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[Londres, 15-22 de agosto de 1851]

..Habrá usted leído, en diversos periódicos alemanes, el artículo semi-ministerial de la Lithographische Correspondenz en el que la emigración alemana oficial en Londres notifica al público su unificación fraternal, su constitución como cuerpo conjunto. Los demócratas unidos en busca de acuerdo se dividen en 3 camarillas: la camarilla de Ruge, la camarilla de Kinkel, y la indescriptible camarilla de Willich. Entre las tres revolotean «las deidades intercaladas, literatos menores como Meyen, Faucher, Oppenheim, etc., antaño concordantes de Berlín» y, finalmente, «Tausenau junto con unos pocos austríacos».

Comencemos, como es debido, por A. Ruge, la quinta rueda del carruaje estatal de la Democracia Central Europea. A. Ruge llegó a Londres no precisamente cargado de laureles. De él sólo se sabía que, en el momento crítico, había huido de Berlín y que luego, en vano, había solicitado a Brentano el puesto de embajador en París; que durante todo el período de la revolución había abrazado, siempre con la misma convicción inquebrantable, cualquier ilusión que estuviera de moda y que, en un momento de inspiración, había descubierto incluso que la manera más sencilla de resolver los conflictos modernos era «al estilo de Dessau». Pues así llamaba él a la farsa realista-constitucional-democrática de este pequeño Estado modelo. Entretanto, estaba firmemente decidido a convertirse en un gran hombre en Londres. Como siempre, había dispuesto prudentemente mantener contacto con un periódico local democrático de Alemania para poder, sin trabas, regalar al público alemán con habladurías sobre su importante persona. Esta vez la suerte recayó en el Bremer Tages-Chronik. Ahora Ruge podía emprender nuevas operaciones. Como sólo habla un francés muy chapurreado, nadie podía impedirle presentarse ante los extranjeros como el hombre más importante de Alemania, y Mazzini lo caló acertadamente a primera vista como un homme sans conséquence [un hombre sin importancia] al que podía, sin vacilar, recurrir para que pusiera la contrafirma alemana a su manifiesto. De esta manera, A. Ruge se convirtió en la quinta rueda del Gobierno Provisional de Europa y, como dijo una vez Ledru-Rollin, en el homme de Mazzini. Se encontró superado en su propio ideal. Sin embargo, ahora le correspondía presentarse como un poder ante los ojos de Mazzini y Ledru-Rollin, y demostrar que había más que arrojar a la balanza que un nombre equívoco. A. Ruge se propuso realizar tres grandes hazañas. En compañía de los señores Haug, Ronge, Struve y Kinkel, fundó un llamado Comité Central Alemán, fundó una revista modestamente titulada Der Kosmos y, finalmente, trató de obtener un préstamo de 10 millones del pueblo alemán, con la contrapartida de que él les conseguiría la libertad. Los 10 millones nunca llegaron, pero el Kosmos se acabó y el Comité Central se deshizo, desintegrándose en sus elementos originales. El Kosmos sólo había aparecido tres veces. El estilo clásico de Ruge puso en fuga a sus lectores profanos, pero no obstante se había conseguido esto: A. Ruge había podido dejar constancia de su asombro por el hecho de que la Reina hubiera invitado al señor von Radowitz al castillo de Windsor en lugar de a él mismo; y en cartas de su propia invención se había hecho aclamar desde Alemania «como gobierno provisional» y se había hecho compadecer por adelantado por amigos crédulos por el hecho de que, tras su regreso a la patria, «los asuntos de Estado» le impedirían todo trato social.

Apenas apareció la invitación a suscribir el préstamo de 10 millones, firmada por los señores Ruge, Ronge, Haug, Struve y Kinkel, cuando de repente se difundió el rumor de que en la City circulaba una lista de suscripción con el fin de enviar a Struve a América, mientras que al mismo tiempo la Kölnische Zeitung publicaba una declaración de la señora Johanna Kinkel en el sentido de que su marido no había firmado ese llamamiento y que había dimitido del recién formado Comité Central.

Toda la sabiduría política del señor Struve antes y después de la revolución de Marzo se había limitado notoriamente a predicar el «odio a los príncipes». No obstante, en Londres se vio forzado a escribir artículos por dinero para el periódico alemán del duque Karl von Brunswick e incluso a someterse a la censura ducal ejercida por Su Alteza misma. Mazzini había sido secretamente informado de esto y, cuando el señor Struve quiso ver su nombre aparecer con esplendor al pie de la circular europea, Mazzini pronunció un veto. Con el corazón lleno de rabia contra el Comité Central, Struve se sacudió el polvo de los pies y zarpó hacia Nueva York, para aclimatar allí su idée fixe, su inevitable Deutscher Zuschauer.

En cuanto a Kinkel, si se ha de creer el chismorreo de A. Ruge y del New York Schnellpost, no había firmado realmente ese llamamiento, pero lo había aprobado; el plan se había urdido en su propia habitación, él mismo se había encargado de enviar una cantidad de ejemplares a Alemania y sólo había dimitido porque el Comité Central había elegido presidente al general Haug en lugar de a él mismo. A. Ruge acompañó esta explicación con furiosos ataques contra la «vanidad» de Kinkel, a quien describió como un Beckerath democrático, y con difamaciones contra la señora Johanna Kinkel por tener acceso a periódicos tan execrados como la Kölnische Zeitung.

Así, el Comité Central democrático quedó reducido a los señores Ruge, Ronge y Haug; incluso A. Ruge se dio cuenta de que esta trinidad era incapaz de crear algo, y mucho menos un mundo. Sin embargo, el infatigable sujeto no tiró la esponja en absoluto. Todo lo que realmente le importaba a este gran hombre era que siempre hubiera algo en marcha que le diera un aire de actividad, de estar inmerso en profundas combinaciones políticas, y, sobre todo, que le proporcionara material para chácharas petulantes, idas y venidas, negociaciones, chismes complacientes y menciones en la prensa. Afortunadamente para él, Fickler llegó entonces a Londres. Al igual que sus paisanos del sur de Alemania, Goegg y Sigel, le repelían los amaneramientos pretenciosos de Kinkel. Sigel no sentía inclinación alguna a ponerse bajo el mando supremo de Willich, como tampoco Goegg a aceptar sus planes de mejoramiento del mundo. Finalmente, los tres conocían demasiado poco la historia de la filosofía alemana para no confundir a Ruge con un pensador significativo, demasiado ingenuos para no dejarse engañar por su falsa bonhomie, y demasiado crédulos para no tomar au sérieux [en serio] todas las actividades de la llamada emigración. Decidieron, como escribe uno de ellos en el New York Schnellpost, unirse a las otras camarillas con el fin de restaurar la reputación del moribundo Comité Central. Pero, se queja el mismo corresponsal, había pocas perspectivas para esta piadosa y bienintencionada tarea; Kinkel seguía intrigando; había formado un comité compuesto por su salvador, su biógrafo y varios tenientes prusianos; debía trabajar oculto, expandirse en secreto, atraer si era posible fondos democráticos y luego, de repente, salir a la luz del día como el poderoso partido de Kinkel. Esto no era ni honorable, ni justo, ni sensato. En el mismo número del periódico, Ruge no pudo resistirse a unas cuantas insinuaciones a costa del «mártir absoluto». El mismo día en que el New York Schnellpost trajo estos chismes a Londres, las camarillas hostiles celebraron oficialmente por primera vez su unificación fraternal. Pero eso no es todo. A. Ruge está haciendo propaganda en América a través del New York Schnellpost a favor del desdichado préstamo europeo. Pero Kinkel, que renegó de esta absurda empresa en la Kölnische Zeitung, está ahora, por su cuenta, pidiendo un préstamo en los periódicos transatlánticos, con el comentario de que el dinero debe enviarse al hombre que goce de la mayor confianza; que él es ese hombre, se sobreentiende.

Por el momento exige un anticipo de 500 libras esterlinas para fabricar papel moneda revolucionario. Ruge, que no es ningún perezoso, hace saber a través del Schnellpost que él, A. Ruge, es el tesorero del Comité Central democrático y que los billetes, ya listos y a mano, se pueden obtener de él; cualquiera que tenga 500 libras esterlinas para perder haría mejor en cambiarlas por billetes ya impresos que por otros aún inexistentes. Y la redacción del Schnellpost ha declarado con bastante claridad que, si el señor Kinkel no desiste de sus maquinaciones, será tratado como enemigo de la revolución. Finalmente, mientras Ruge despacha su chismorreo semanal en el Schnellpost, hace aquí sus cabriolas como hombre del futuro y se hace conceder todos los honores debidos a una quinta rueda, Kinkel escribe en el New-Yorker Staatszeitung, el antagonista directo del Schnellpost:

«Así ve usted que, al otro lado del océano Atlántico, la guerra se libra en debida forma, mientras que a este lado se intercambian besos de Judas.»

Si usted me preguntara cómo un A. Ruge —un hombre que, casi desde el principio, ha sido completamente inútil, que en teoría hace mucho que abandonó este mundo y sólo se ha distinguido por su estilo clásicamente confuso— cómo puede seguir desempeñando algún papel, señalaría en primer lugar que ese papel es una pura ficción periodística que él intenta, con una diligencia única y persistente y mediante los métodos más mezquinos, difundir y hacer creer a sí mismo y a los demás. En cuanto a su posición entre la llamada emigración aquí, es una posición adecuada, aunque sólo sea como sumidero para la recepción de todas las contradicciones, inconsecuencias y limitaciones de los demócratas unidos. Como representante clásico de su confusión general y su estado mental nebuloso, reclama con razón su lugar como su Confucius.

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Por lo que precede habrá visto usted cómo Kinkel tan pronto avanza como retrocede, tan pronto se embarca en una empresa como la reniega, siempre de acuerdo con la dirección en que cree que sopla el viento popular. En un artículo para la efímera Kosmos, expresó particular admiración por un gigantesco espejo exhibido en el Crystal Palace.* Ése es Kinkel; el espejo es el elemento en que existe. Es ante todo un actor. Como mártir por excelencia de la revolución alemana, ha recibido aquí en Londres los honores debidos a las demás víctimas de la lucha. Pero mientras, oficialmente, se deja pagar y agasajar por la burguesía liberal-estética, a espaldas de ésta se entrega a tratos ilícitos con la fracción más extrema de los emigrados conciliadores representados por Willich, pensando asegurarse así tanto las delicias del presente burgués como un título para el futuro revolucionario. Aunque las condiciones en que vive aquí podrían calificarse de espléndidas en comparación con su antigua situación en Bonn, escribe no obstante a San Luis diciendo que se aloja y vive como corresponde al representante de los pobres. > De este modo cumple simultáneamente con la etiqueta exigida frente a la burguesía, al tiempo que hace la reverencia debida al proletariado. Sin embargo, como hombre en quien la imaginación supera con mucho a la inteligencia, no ha podido evitar sucumbir a algunos de los vicios y pretensiones del advenedizo, y esto le ha enajenado a muchos emigrados pomposos y respetables. Por el momento parece tener la intención de hacer una gira por Inglaterra para dar conferencias en diversas ciudades ante auditorios de comerciantes alemanes, recibir homenajes y extender al norte de Inglaterra el privilegio de la doble cosecha normalmente reservado a las latitudes meridionales. Es un autoengaño de Kinkel si se considera ambicioso. Es un hombre de apetitos vanidosos, y el destino no podría gastarle una broma peor a este por lo demás inofensivo perorador que permitirle alcanzar la meta de sus deseos y un puesto de responsabilidad. Sería un fracaso completo e irremediable.

Por último, en cuanto a Willich, no necesito más que informarle de la opinión de sus conocidos, todos los cuales le tienen por un visionario sin inspiración. Dudan de su talento pero, precisamente por eso, le declaran un carácter.¢ Es feliz en esta situación y la explota con más astucia prusiana de la que generalmente se le atribuye. Ahora sabe usted quiénes son los grandes hombres del futuro.

La inmensa mayoría de la emigración oficial se compone, con muy pocas excepciones, de ceros, cada uno de los cuales piensa convertirse en el número uno combinándose con otros para formar una docena. De ahí sus constantes intentos de unirse y conglomerarse, que son constantemente deshechos por las mezquinas envidias, intrigas, bajezas y rivalidades de estos petits grands hommes, y tan incesantemente recomenzados. Mientras se arrojan barro unos a otros en los periódicos norteamericanos, creen que, frente a Alemania, forman un frente y que, al coagularse en un gran pastel de queso de chismorreo, producirán inevitablemente el efecto de ser un poder y un corpus venerabile». Siempre tienen la impresión de que les falta algo para impresionar, de ahí su cortejo organizado a cada recién llegado. Sus esfuerzos por ganarse a Freiligrath, a quien ahora han enviado a Coventry, y por apartarlo de Marx, fueron tan importunos como, por supuesto, infructuosos. Kinkel no dejó piedra sin remover, y A. Ruge llegó incluso a escribirle una carta para inducirle a ingresar en la Liga de los Justos. Por supuesto, ahora no pertenece a «la emigración», como tampoco W. Wolff y otros refugiados que se mantienen al margen de estos manejos. ¡Un nombre más! Si estos capuchinos de la revolución, estos frailes mendicantes de la misma, tuvieran algo que regalar, darían un reino por un nombre más, sobre todo por un nombre tan popular como el de Freiligrath. Buscadores de puestos y mercaderes de popularidad, eso es todo lo que da de sí toda esta pandilla. Estos señores creen que la revolución está al caer y que, naturalmente, deben hacer sus disposiciones. De igual modo, los hombres de la Asamblea Imperial en Suiza se constituyeron en una asociación en la que los futuros cargos se repartían jerárquicamente por números. Y engendró amargas disputas sobre quién debía representar el número 17 o el 18.

Usted se sorprende de que estos señores hagan de la semiministerial Lithographische Correspondenz su mentor. Su sorpresa cesará cuando le diga que uno de sus gacetilleros escribe regularmente en la Neue Preussische Zeitung, otro sirve de factótum general en la Russian Morning Chronicle, etc., etc. Y esto no ocurre a espaldas de la emigración oficial —ni mucho menos. De hecho, su primera asamblea general se abrió con la lectura del artículo de la Lithographische Correspondenz. Reunieron a unos 50 hombres, número que, en la segunda sesión, se redujo a menos de la mitad.* La semilla de la discordia había comenzado ya a germinar libremente entre los anhelantes de concordia, quienes, por cierto, según observó uno de ellos en confianza, se componían únicamente de «refugiados superiores». Del profanum vulgusb de los obreros refugiados, no se veía ni uno.

Si hay un punto en el que la emigración fraternizante es toda unánime, es en su común y fanático odio a Marx, un odio que considera que ninguna fatuidad, ninguna bajeza, ninguna intriga son demasiado caras para satisfacer su mal humor contra éste, su bête noire. Pues estos señores ni siquiera han considerado indigno de ellos ponerse en contacto con Beta o Bettziech, antiguo colaborador del Gesellschafter de Gubitz, y, a través de ese gran autor y patriota que escribe en el órgano del alegre vinatero Louis Drucker,° insinuar que Marx es un espía por ser cuñado del ministro prusiano, von Westphalen.* La única conexión que el señor von Westphalen tuvo jamás con Marx consistió en la confiscación de la imprenta de Becker y el encarcelamiento de H. Becker en Colonia, con lo que frustró la publicación de los Gesammelte Aufsätze de Marx que Becker había emprendido y de la cual había aparecido ya el primer volumen, e impidió igualmente la publicación de una Revue que se estaba imprimiendo entonces. Su odio a Marx se intensificó aún más por la publicación, por parte del gobierno sajón, de la proclama comunista,4 ya que se le tenía por autor de la misma.

Marx, sin embargo, enteramente ocupado en la elaboración de su crítica e historia de la economía política, comenzada años atrás, no tenía ni tiempo ni inclinación, como tampoco Freiligrath y los amigos comunes, para prestar atención a los chismorreos de la emigración fraternizante.

Pero cuanto más se les ignora, más frenéticos se vuelven los ladridos de estos perros falderos del futuro. Gustav Julius, un hombre de intelecto rigurosamente crítico y científicamente formado, muerto demasiado joven y a quien ahora la emigración reclama como suyo, llegó a cansarse tanto de sus superficiales y disparatados manejos que escribió una descripción completa y detallada de los mismos y, pocas semanas antes de morir, la envió a un periódico del norte de Alemania, que, sin embargo, la rechazó....

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