[Barmen, principios de octubre de 1844]

Querido Marx:

No cabe duda de que estás sorprendido, y con razón, de no haber tenido noticias mías antes; sin embargo, ni siquiera ahora puedo decirte nada acerca de mi regreso. Llevo tres semanas atascado aquí en Barmen, distrayéndome como puedo con algunos amigos y muchos parientes, entre los cuales, afortunadamente, hay media docena de mujeres amables. Aquí es imposible trabajar, tanto más cuanto que mi hermana* se ha prometido al comunista londinense Emil Blank, conocido de Ewerbeck, y, claro está, la casa está ahora en un estado de agitación infernal. Es más, me doy cuenta de que me seguirán poniendo considerables obstáculos en el camino de regreso a París y que bien pudiera verme obligado a pasar seis meses o un año entero vegetando por Alemania; haré, desde luego, cuanto pueda para evitarlo, pero no tienes idea de las consideraciones mezquinas y los temores supersticiosos con que tengo que luchar.

Pasé tres días en Colonia y me maravilló la enorme propaganda que habíamos desplegado allí. Los nuestros son muy activos, pero se echa mucho en falta el respaldo adecuado. A falta de algunas publicaciones en que los principios se desarrollen lógica e históricamente a partir de las maneras de pensar y la historia pasadas, como su continuación necesaria, todo quedará bastante nebuloso y la mayoría de la gente andará a tientas en la oscuridad. Después estuve en Düsseldorf, donde también tenemos algunos muchachos capaces. Los que más me gustan, dicho sea de paso, son mis elberfeldianos, en quienes un modo de pensar humano se ha convertido verdaderamente en segunda naturaleza; estos muchachos han empezado de veras a revolucionar su vida familiar y a sermonear a sus mayores cuando éstos pretenden dárselas de aristócratas frente a los criados o los obreros —y eso es mucho decir en la patriarcal Elberfeld. Pero además de este grupo particular hay otro en Elberfeld que también es muy bueno, aunque algo más confuso. En Barmen el inspector de policía es comunista. Anteayer me visitó un antiguo compañero de escuela, un profesor de escuela de gramática,* que está completamente mordido, aunque no ha tenido contacto alguno con comunistas. Si pudiéramos ejercer una influencia directa sobre la gente, pronto nos impondríamos, pero eso es prácticamente imposible, sobre todo porque los escritores tenemos que callarnos si no queremos que nos prendan. Por lo demás, aquí hay bastante seguridad, a nadie le importamos gran cosa mientras nos estemos callados, y me parece que los temores de Hess son poco más que fantasmas. Hasta ahora no me han molestado en absoluto, aunque en una ocasión el fiscal interrogó insistentemente a uno de los nuestros acerca de mí, pero no he tenido noticia de nada más.

Según el periódico de aquí, Bernays ha sido acusado por el gobierno y llevado ante los tribunales en París. Hazme saber si esto es cierto, y también cómo va el folleto; supongo que ya estará terminado. Aquí no se ha sabido nada de los Bauer, nadie sabe nada de ellos. En cambio, todo el mundo sigue peleándose por conseguir los Jahrbücher*. Mi artículo sobre Carlyle*, absurdamente, me ha granjeado una tremenda reputación entre la «masa», mientras que muy pocos han leído el que trata de Economía*. Es natural que así sea.

También en Elberfeld el clero ha estado predicando contra nosotros, al menos Krummacher lo ha hecho; por el momento se limitan al ateísmo de los jóvenes, pero espero que pronto siga una filípica contra el comunismo. El verano pasado todo Elberfeld no hablaba más que de esos tipos sin Dios. En general, el movimiento aquí es notable. Desde que estuve aquí la última vez, el valle del Wupper ha progresado más en todos los aspectos que en los cincuenta años anteriores. Las costumbres sociales se han civilizado, la participación en la política, en la oposición, está muy extendida, la industria ha hecho enormes progresos, se han incorporado nuevos barrios a las ciudades, bosques enteros han sido talados, y el nivel de civilización en toda la región está más bien por encima que por debajo del de Alemania en su conjunto, mientras que hace apenas cuatro años era muy inferior. En otras palabras, esto promete ser un terreno de primera para nuestro principio, y si logramos poner en movimiento a nuestros fogosos e impetuosos tintoreros y blanqueadores, el valle del Wupper aún te sorprenderá. De hecho, los obreros ya habían alcanzado hace unos años la última etapa de la antigua civilización, y el rápido aumento de la delincuencia, el robo y el asesinato es su manera de protestar contra la vieja organización social. De noche, las calles son muy inseguras, la burguesía es golpeada, apuñalada y robada; y si los proletarios de aquí se desarrollan según las mismas leyes que en Inglaterra, pronto se darán cuenta de que este modo de protestar individualmente y con violencia contra el orden social es inútil, y protestarán, mediante el comunismo, en su capacidad general de seres humanos. ¡Si tan sólo se pudiera mostrar a estos muchachos el camino! Pero eso es imposible.

Mi hermano* se encuentra actualmente de soldado en Colonia y, mientras no levante sospechas, proporcionará una buena dirección a la que se puedan enviar cartas para Hess, etc. Por el momento yo mismo no estoy seguro de su dirección exacta y, por tanto, no puedo dártela.

Desde que he escrito lo anterior he estado en Elberfeld, donde de nuevo me he topado con varios comunistas de los que nunca había oído hablar. Gires adonde gires, vayas adonde vayas, tropezarás con un comunista. Un comunista muy apasionado, caricaturista y aspirante a pintor de temas históricos, llamado Seel, irá a París dentro de dos meses. Te lo remitiré a ti; te gustarán el entusiasmo de este muchacho, su arte y su amor por la música, y puede ser de mucha utilidad como caricaturista. Es posible, aunque no muy probable, que para entonces yo mismo esté allí.

Aquí llegan algunos ejemplares del Vorwärts! y yo me he ocupado de que otros también hagan pedidos; pide al departamento de envíos que mande ejemplares de muestra a los siguientes en Elberfeld: Richard Roth, capitán Wilhelm Blank hijo, F. W. Strücker, Meyer, tabernero bávaro en la Funkenstrasse (una cervecería comunista), todos en envíos a través de Bädeker, el librero comunista, y bajo sobre lacrado. Una vez que estos muchachos vean que llegan ejemplares, también ellos harán pedidos. Asimismo a W. Müller, Dr., en Düsseldorf; y, si te parece, a d’Ester, Dr., Löllchen, el tabernero, tu cuñado, etc., en Colonia. Todos ellos, naturalmente, por medio de los libreros y bajo sobre lacrado.

Procura que el material que has reunido salga pronto al mundo. ¡Ya va siendo hora, válgame Dios! Yo también me pondré a trabajar y empezaré hoy mismo. Los teutones siguen todos muy confusos acerca de la factibilidad del comunismo; para deshacer este absurdo pienso escribir un breve folleto que muestre que el comunismo ya se ha puesto en práctica, describiendo en términos populares cómo se está haciendo actualmente en Inglaterra y en América. La cosa me llevará unos tres días y debería resultar muy esclarecedora para estos muchachos. Ya lo he observado al hablar con la gente de aquí.

¡Manos a la obra, pues, y pronto a la imprenta! Transmite mis saludos a Ewerbeck, Bakunin, Guerrier y los demás, sin olvidar a tu mujer, y escríbeme muy pronto contándome todas las noticias. Si esta carta te llega sin novedad y sin haber sido abierta, manda tu respuesta bajo sobre lacrado a F. W. Strücker y Cía., Elberfeld, con la dirección escrita con letra lo más comercial posible; en caso contrario, a cualquiera de las otras direcciones que di a Ewerbeck. Sentiré curiosidad por saber si los sabuesos postales se dejan engañar por el aspecto damiselesco de esta carta.

Adiós por ahora, querido Karl, y escríbeme muy pronto. No he logrado recobrar el ánimo jovial y benévolo que experimenté durante los diez días que pasé contigo. Todavía no he tenido ocasión real de hacer nada en relación con el establecimiento que hemos de fundar.*

a Marie
b Gustav Wurm — K. Marx and F. Engels, The Holy Family, or Critique of Critical Criticism.
c Deutsch-Französische Jahrbücher
d F. Engels, ‘The Condition of England. Past and Present by Thomas Carlyle’
e F. Engels, ‘Outlines of a Critique of Political Economy’
4 Hermann