A Marx no le fue dado preparar personalmente para la imprenta esta tercera edición. El potente pensador, ante cuya grandeza se inclinan hoy hasta sus adversarios, falleció el 14 de marzo de 1883.

Sobre mí, que en Marx he perdido al mejor, al más fiel amigo que he tenido —y he tenido durante cuarenta años—, al amigo a quien debo más de lo que las palabras pueden expresar, recae ahora el deber de atender a la publicación de esta tercera edición, así como del segundo tomo, que Marx ha dejado manuscrito. Debo dar cuenta aquí al lector del modo como he cumplido la primera parte de este deber.

La intención originaria de Marx era reescribir gran parte del texto del primer tomo, precisar muchos puntos teóricos, insertar otros nuevos y poner al día los datos históricos y estadísticos. Pero su quebrantada salud y la necesidad urgente de dar la última mano al segundo tomo* le hicieron renunciar a este propósito. Sólo se habían de hacer las modificaciones más indispensables, y únicamente se incorporarían las adiciones que ya contenía la edición francesa (Le Capital. Par Karl Marx. Paris, Lachâtre, 1873)¹.

Entre los libros dejados por Marx se encontraba un ejemplar alemán corregido por él mismo aquí y allá, con remisiones a la edición francesa, y un ejemplar francés en el que había señalado los pasajes exactos que debían utilizarse. Estas modificaciones y adiciones se limitan, salvo pocas excepciones, a la última [Ed. ingl.: penúltima] parte del libro: «La acumulación del capital». Aquí el texto anterior seguía el borrador primitivo más de cerca que en otras partes, mientras que las secciones precedentes habían sido revisadas más a fondo. El estilo era, por tanto, más vivaz, más fundido de un solo golpe, pero también más descuidado, salpicado de anglicismos y en parte oscuro; presentaba aquí y allá lagunas en la exposición de los argumentos, aludiéndose apenas a algunos detalles importantes.

En cuanto al estilo, Marx mismo había revisado a fondo varias subsecciones, con lo que me indicó, tanto en ellas como en numerosas sugestiones orales, hasta dónde podía llegar en la eliminación de los términos técnicos ingleses y demás anglicismos. En todo caso, Marx habría revisado las adiciones y los textos suplementarios y habría sustituido el terso francés por su conciso alemán; al trasladarlos, hube de contentarme con armonizarlos en todo lo posible con el texto originario.

Así, pues, en esta tercera edición no se ha modificado una sola palabra sin el firme convencimiento de que el autor la habría cambiado por sí mismo. Jamás se me ocurriría introducir en _Das Kapital_ la jerga al uso con que gustan expresarse los economistas alemanes, esa jerigonza en la que, por ejemplo, a quien por dinero contante hace que otros le entreguen su trabajo se le llama dador de trabajo [Arbeitgeber], y a aquel a quien a cambio de un salario se le quita el trabajo se le llama tomador de trabajo [Arbeitnehmer]. También en francés, la palabra _travail_ se emplea en la vida cotidiana en el sentido de «ocupación». Pero los franceses, con razón, considerarían loco a todo economista que llamase al capitalista _donneur de travail_ [dador de trabajo] y al obrero _receveur de travail_ [tomador de trabajo].

Tampoco me he tomado la libertad de convertir en sus equivalentes en las nuevas medidas alemanas las monedas, pesas y medidas inglesas que se utilizan a lo largo del texto. Cuando apareció la primera edición, en Alemania había casi tantas clases de pesas y medidas como días tiene el año. Había, además, dos clases de marcos (el _Reichsmark_ sólo existía entonces en la imaginación de Soetbeer, que lo había inventado a fines de los años treinta), dos clases de florines y por lo menos tres de táleros, entre ellos uno llamado _neues Zweidrittel_.² En las ciencias naturales imperaba el sistema métrico, y en el mercado mundial, las pesas y medidas inglesas. En estas circunstancias, era perfectamente natural el empleo de unidades de medida inglesas en un libro que tenía que extraer sus pruebas de hecho casi exclusivamente de las relaciones industriales británicas. Esta última razón es decisiva aún hoy, en particular porque las relaciones correspondientes en el mercado mundial apenas han cambiado, y porque precisamente en las industrias decisivas, las del hierro y el algodón, las pesas y medidas inglesas siguen predominando casi por completo.

Para terminar, unas palabras acerca del arte de Marx en el manejo de las citas, tan poco comprendido. Cuando se trata de puras comprobaciones de hechos o de descripciones, las citas, por ejemplo de los libros azules ingleses, sirven, naturalmente, de simple prueba documental. Pero no sucede lo mismo cuando se citan las opiniones teóricas de otros economistas. Aquí la cita sólo tiene por objeto indicar dónde, cuándo y por quién fue enunciada claramente por primera vez una idea económica surgida en el curso del desarrollo. Lo único que importa aquí es que la concepción económica en cuestión tenga alguna significación para la historia de la ciencia, que sea la expresión teórica, más o menos adecuada, de la situación económica de su época. En cambio, es por completo indiferente que, desde el punto de vista del autor, esa concepción conserve aún una validez absoluta o relativa o que haya pasado ya enteramente a la historia. De ahí que esas citas no sean más que un comentario continuado al texto, un comentario tomado de la historia de la ciencia económica, y que fijen las fechas y los autores de algunos de los progresos más importantes de la teoría económica. Y esto era tanto más necesario en una ciencia cuyos historiadores se han distinguido hasta ahora únicamente por una ignorancia tendenciosa, propia de arribistas. Ahora se comprenderá por qué Marx, en consonancia con el epílogo a la segunda edición,ª sólo en casos muy excepcionales tuvo ocasión de citar a economistas alemanes.

Es de esperar que el segundo tomo aparezca en el transcurso de 1884.

Frederick Engels
Londres, 7 de noviembre de 1883

* El segundo tomo se halla en prensa y aparecerá en el transcurso de 1884.

¹ _Le Capital. Par Karl Marx. Paris, Lachâtre, 1873._

² El _neues Zweidrittel_ era una moneda de plata por valor de dos tercios de un tálero, corriente en varios Estados alemanes.

ª Véase este volumen, pp. 12-20.