Consideremos ahora el proceso de circulación en su totalidad:

Consideremos ante todo el carácter formal de la circulación simple.

En efecto, la circulación representa sólo un proceso formal que media entre ambos momentos —valor de uso y valor de cambio—, los cuales coinciden directamente y directamente se separan en la mercancía, de la cual es la unidad directa. La mercancía alterna constantemente cada una de estas dos determinaciones. En tanto la mercancía está puesta como precio, y siendo también valor de cambio, su ser como valor de uso aparece como su realidad, mientras que su ser como valor de cambio es meramente su relación [con otras mercancías], su ser nocional. En el dinero, aunque también es valor de uso, es su ser como valor de cambio lo que aparece como su realidad, puesto que el valor de uso, cuando aparece como universal, es meramente nocional.

En la mercancía, el material tiene precio; en el dinero, el valor de cambio posee material.

Hay que considerar ambas formas de la circulación: M—D—M y D—M—D.

La mercancía que se cambia por otra mercancía mediante el dinero sale de la circulación para ser consumida como valor de uso. Su determinación como valor de cambio y, por tanto, como mercancía, se extingue. Ahora es valor de uso en cuanto tal. Si, en cambio, se afirma frente a la circulación bajo la forma de dinero, entonces representa sólo la forma universal de la riqueza carente de sustancia y se convierte en un valor de uso inútil, oro, plata, cuando no reingresa a la circulación como medio de compra o medio de pago. En efecto, hay una contradicción en que el valor de cambio devenido independiente, esto es, la existencia absoluta del valor de cambio, deba ser la forma en la cual se sustrae al intercambio. La única realidad, económicamente, que el atesoramiento tiene en la circulación, es una función subsidiaria para la función del dinero como medio de circulación (en las dos formas de medio de compra y medio de pago): la formación de reservorios que permiten expandir y contraer la circulación monetaria (de ahí la función del dinero como mercancía universal).

Hay dos momentos en la circulación. En primer lugar, se intercambian equivalentes, es decir, magnitudes de valor idénticas; al mismo tiempo, sin embargo, las determinaciones de ambos lados cambian de lugar, contradicción que, como armonista, ha de superar, mientras que el vano y obstinado retórico [Bastiat] discierne esta contradicción como situada sólo más allá de los límites de la economía política.

Capítulo segundo. El dinero 479

El valor de cambio fijado en el dinero desaparece (para el poseedor del dinero) tan pronto como el dinero se realiza en la mercancía como valor de uso; y el valor de uso existente en la mercancía desaparece (para su poseedor) tan pronto como su precio se realiza en dinero. Mediante el simple acto del intercambio, cada uno de los dos puede perder su determinación en favor del otro sólo cuando se realiza en el otro. Ninguno puede conservar una determinación al pasar al otro.

Considerada en sí misma, la circulación es la mediación de extremos presupuestos. Pero ella no pone estos extremos. Ella misma debe ser mediada como totalidad de la mediación, como proceso total. Por eso su ser inmediato es pura apariencia. Es el fenómeno de un proceso que transcurre a sus espaldas. Ahora es negada en cada uno de sus momentos: como mercancía, como dinero y como la relación de ambos, como el simple intercambio de los dos, la circulación.

La repetición del proceso desde ambos puntos, dinero y mercancía, no brota de las condiciones de la circulación misma. El acto no puede reavivarse por sí mismo. Por tanto, la circulación no lleva en sí el principio de su autorrenovación. Procede de momentos presupuestos, y no de momentos creados por ella misma. Las mercancías deben ser arrojadas a ella una y otra vez, y ello desde fuera, como combustible al fuego. De lo contrario, se extingue en la indiferencia. Se extinguiría en el dinero como un resultado indiferente, en la medida en que el dinero ya no tendría ninguna conexión con las mercancías, los precios, la circulación, dejaría de ser dinero y de expresar una relación de producción; no quedaría más que su ser metálico, aniquilado su ser económico.

El dinero, como «forma universal de la riqueza», como valor de cambio devenido independiente, enfrenta a todo el mundo de la riqueza real. Es la abstracción pura de ésta, por tanto, fijado de este modo, una magnitud imaginaria. Dondequiera que la riqueza universal parece existir en una forma enteramente material, tangible, tiene su existencia sólo en mi cabeza y es una pura quimera. Como representante material de la riqueza universal, el dinero sólo se realiza cuando es arrojado de nuevo a la circulación, cuando desaparece en el intercambio por las especies particulares de la riqueza. En la circulación, siempre es real sólo cuando es emitido. Si quisiera retenerlo, se evapora en mis manos como un mero espectro de riqueza. Hacerlo desaparecer es la única manera posible de asegurarlo como riqueza. La disolución de lo almacenado en goces efímeros es su realización. Puede ser de nuevo almacenado por otros individuos, pero entonces el proceso comienza de nuevo. La independencia del dinero respecto a la circulación es mera apariencia. De modo que en su determinación de valor de cambio consumado, el dinero se supera a sí mismo.

480 Texto original de Contribución a la crítica de la economía política

En la circulación simple, el valor de cambio en su forma de dinero aparece como una cosa simple para la cual la circulación es sólo un movimiento externo, o que, como sujeto, está individualizada en una materia particular. Además, la circulación misma aparece [B’-5] meramente como un movimiento formal: realización de los precios de las mercancías, intercambio (eventualmente) de diferentes valores de uso entre sí. Ambas están presupuestas como el punto de partida de la circulación: el valor de cambio de la mercancía y las mercancías de diferente valor de uso. La retirada de la mercancía mediante el consumo, es decir, su aniquilación como valor de cambio, y la retirada del dinero, su devenir independiente, que es a su vez otra forma de su aniquilación, quedan igualmente fuera de la circulación. Un precio determinado (valor de cambio medido en dinero, esto es, el valor de cambio mismo, la magnitud de valor) está presupuesto a la circulación, el cual en el dinero sólo recibe un ser formal. Pero no se origina en ella.

//La circulación simple, meramente el intercambio de mercancía y dinero (el intercambio de mercancías en forma mediada), precisamente porque es sólo movimiento mediador entre puntos de partida presupuestos, puede (hasta la formación de tesoros) existir históricamente sin que el valor de cambio se apodere de la producción de un pueblo, ya sea en toda su superficie o en sus profundidades. Al mismo tiempo, sin embargo, el desarrollo histórico muestra cómo la circulación misma conduce a la producción burguesa, esto es, productora de valor de cambio, y se crea una base distinta de aquella de la cual brotó directamente. El intercambio de excedentes es comercio que crea intercambio y valor de cambio. Sin embargo, sólo se extiende al acto mismo del intercambio y discurre al lado de la producción misma. Pero entonces, si la aparición de intermediarios buscadores de intercambio (lombardos, normandos, etc.) se repite y se desarrolla un comercio regular bajo el cual los pueblos productores se dedican sólo a lo que podría llamarse comercio pasivo, en la medida en que el impulso hacia la actividad creadora de intercambio proviene de fuera y no de la estructura interna de la producción, el excedente de la producción no debe ser ya un excedente accidental, ocasional, sino un excedente constantemente recurrente, de modo que el producto mismo adquiere una tendencia hacia la circulación y la creación de nuevos valores de cambio.

Inicialmente, la influencia es más bien material. La gama de necesidades se amplía; el objetivo es satisfacer nuevas necesidades, y de ahí la mayor regularidad y escala de la producción. La organización de la producción dentro del país ha sido ya modificada por la circulación y el valor de cambio, pero aún no se ha apoderado de ella ni en toda su superficie ni en toda su profundidad. Ésa es la llamada influencia civilizadora del comercio exterior. La medida en que

Capítulo segundo. El dinero 481

el movimiento que pone el valor de cambio se apodera de toda la producción depende, por una parte, de la intensidad de dicha influencia externa, y, por otra, del nivel de desarrollo interno.

Por ejemplo, en Inglaterra en el siglo XVI, el desarrollo de la industria holandesa dio gran importancia comercial a la producción de lana inglesa, y, por otra parte, aumentó especialmente la necesidad de mercancías holandesas e italianas. Para tener más lana para exportar como medio de intercambio, las tierras de cultivo fueron convertidas en pastizales para ovejas y se desarticuló el sistema de pequeños arrendatarios, produciendo esa agitación económica bastante violenta que Thomas More deploró (denunció).* 

Así, la agricultura perdió su carácter de trabajo para el valor de uso —como fuente inmediata de subsistencia— y el intercambio de su excedente dejó de ser algo indiferente y externo para la estructura interna de las relaciones agrícolas. En algunos lugares, la agricultura misma comenzó a estar totalmente determinada por la circulación y se transformó en producción creadora únicamente de valores de cambio. De este modo, no sólo hubo un cambio en el modo de producción, sino también una desintegración de todas las correspondientes relaciones tradicionales y viejas de población y producción, relaciones económicas. Así, aquí el presupuesto para la circulación era una producción que implicaba valor de cambio sólo en la forma de excedente, un excedente sobre el valor de uso; pero cedió el paso a una producción que sólo puede existir en relación con la circulación, con la creación de valor de cambio como su objeto inmediato. Éste es un ejemplo del retroceso histórico de la circulación simple al capital, al valor de cambio como forma dominante de la producción.

El movimiento, por tanto, se apodera sólo del excedente de la producción orientada a la creación de valor de uso inmediato y procede sólo dentro de esos límites. Cuanto menos está atrapada aún toda la estructura económica interna de la sociedad por el valor de cambio, tanto más aparecen ellos [los participantes en el intercambio] como extremos externos de la circulación —firmemente dados de antemano y adoptando una actitud pasiva ante ella. El movimiento entero como tal aparece independiente respecto a ellos como comercio intermediario cuyos portadores, como los semitas en los intersticios del mundo antiguo, y los judíos, lombardos y normandos en los intersticios de la sociedad medieval, representan alternativamente respecto a ellos los diferentes momentos de la circulación: dinero y mercancía. Ellos son los mediadores del intercambio social de materia.

482 Texto original de Contribución a la crítica de la economía política

En este punto, sin embargo, no tenemos nada que ver con la transición histórica de la circulación al capital. La circulación simple es, más bien, una esfera abstracta del proceso burgués de producción en su conjunto, que mediante sus propias determinaciones se muestra como un momento, [B’-6] una mera forma de manifestación de un proceso más profundo que subyace tras ella, que incluso resulta de ella y la produce: el capital industrial.//

a Thomas More, Utopia, Book I.— Ed.

La circulación simple, por una parte, es un intercambio de mercancías presentes y la mera mediación de estos extremos presupuestos que se hallan más allá de ella. Toda la actividad se limita al intercambio y al poner las determinaciones formales a través de las cuales la mercancía transcurre como unidad de valor de cambio y valor de uso. Como tal unidad, la mercancía estaba presupuesta, o algún otro producto determinado era mercancía sólo como unidad inmediata de ambas determinaciones. En efecto, la mercancía es tal unidad, pero no en un ser inerte (fijo), sino sólo en el movimiento social de la circulación, en el cual, por un lado, ambas determinaciones de la mercancía —valor de uso y valor de cambio— se distribuyen entre las distintas partes. Para el vendedor se convierte en valor de cambio; para el comprador, en valor de uso. Para el vendedor es medio de cambio, es decir, lo opuesto al valor de uso directo, porque es valor de uso para el otro; en otras palabras, es valor de uso directo, individual, negado; por otra parte, sin embargo, como precio, su magnitud como medio de cambio, su poder de compra, se mide. Para el comprador, se convierte en valor de uso en la medida en que su precio se realiza, es decir, en que su ser ideal se realiza como dinero. Sólo porque el comprador realiza la mercancía para otro en la determinación del valor de cambio puro, la mercancía se convierte para él mismo en una mercancía en la determinación de valor de uso. El valor de uso mismo aparece como doble: en manos del vendedor, es meramente una materialización particular del valor de cambio, la existencia del valor de cambio, y para el comprador, valor de uso como tal, es decir, un objeto que satisface necesidades particulares; para ambos, la mercancía aparece como precio. Uno de ellos, sin embargo, quiere realizarlo como precio, como dinero; el otro realiza dinero en ella.

Es específico del ser de la mercancía como medio de cambio el que el valor de uso aparezca 1) como valor de uso directo (individual) superado, es decir, como valor de uso para otros, para la sociedad; 2) como materialización del valor de cambio para el poseedor de la mercancía.

La bifurcación y la alternancia de la mercancía en ambas determinaciones —mercancía y dinero— es el contenido principal de la circulación. Pero la mercancía no se enfrenta simplemente al dinero; su valor de cambio aparece en ella nocionalmente como dinero; como precio, es dinero nocional, y el dinero con respecto a ella es meramente la realidad de su propio precio. En la mercancía, el valor de cambio es asimismo determinación nocional, ecuación nocional con el dinero. Luego adquiere en el dinero, como moneda, una existencia abstracta, unilateral pero fugaz, como mero valor; el valor se extingue entonces en el valor de uso de la mercancía comprada. Desde el momento en que la mercancía se convierte en simple valor de uso, deja de ser mercancía. Su ser como valor de cambio se extingue. Pero mientras se halla en la circulación, está siempre puesta de un modo doble: no sólo en que existe como mercancía respecto al dinero, sino también en que existe siempre como mercancía con un precio, valor de cambio medido en la unidad de medida de los valores de cambio.

El movimiento de la mercancía recorre diversos momentos cuando es precio, se convierte en moneda y finalmente se transforma en valor de uso. Está presupuesta como valor de uso y valor de cambio, pues sólo entonces es mercancía. Pero realiza estas determinaciones formalmente en la circulación y, además, de tal modo que, en primer lugar, como se ha dicho, recorre diversas determinaciones; y, en segundo lugar, de modo que en el proceso de intercambio su ser como valor de uso y valor de cambio se distribuye siempre entre los dos lados, entre los dos extremos del intercambio. En la circulación, su naturaleza doble se desmiembra y llega a ser, en cada una de las condiciones presupuestas en ella, sólo como resultado de este proceso formal. La unidad de ambas determinaciones aparece como un movimiento inquieto que recorre momentos determinados y que al mismo tiempo es siempre bilateral. Siempre sólo en esta relación social, de manera que las distintas determinaciones de la mercancía no son, de hecho, sino relaciones alternantes en las que se hallan los sujetos del intercambio en el proceso de intercambio. Esta relación aparece, sin embargo, como una relación objetiva en la que ellos son puestos por el contenido del intercambio, por su determinabilidad social, independientemente de su voluntad. En el precio, en la moneda, como dinero, estas relaciones sociales aparecen respecto a estos sujetos como exteriores y subsumidoras. La negación de la mercancía en una de sus determinaciones es siempre su realización en la otra. Como precio, ella ya está nocionalmente negada como valor de uso y puesta como valor de cambio. Como precio realizado, es decir, como dinero, es valor de uso negado. Como dinero realizado, es decir, como medio de compra superado, es valor de cambio negado, valor de uso realizado. Inicialmente ella es valor de uso y valor de cambio sólo δυνάμει⁴; sólo en la circulación se pone como ambos, y la circulación es la alternancia de estas determinaciones. Siendo, pues, la circulación la alternancia y la confrontación de estas determinaciones, es también siempre su ecuación recíproca.

Sin embargo, en la medida en que examinamos la forma M—D—M, el valor de cambio, ya sea en su forma de precio, ya en su forma de moneda, ya en la forma del movimiento de equiparación, en la forma del movimiento del intercambio mismo, aparece sólo como una mediación fugaz. La mercancía se intercambia eventualmente por mercancía, o, más exactamente, puesto que la determinación de mercancía se extingue, son valores de uso de cualidad diferente los que se intercambian entre sí, mientras que la circulación misma ha servido meramente, por un lado, para hacerlos cambiar de manos con arreglo a la necesidad y, por otro, para hacerlos cambiar de manos con arreglo al tiempo de trabajo que contienen; [B″-7] para que se sustituyan mutuamente en la medida en que son momentos igualmente pesados del tiempo de trabajo social general. Ahora bien, llegadas a la circulación, las mercancías han alcanzado su meta. En manos de su nuevo poseedor, cada una de ellas deja de ser mercancía; cada una se convierte en un objeto de necesidad y, como tal, se consume con arreglo a su naturaleza.

Allí, por tanto, la circulación llega a su fin. No queda más que los medios de circulación como mero residuo. Pero, como tal residuo, éste pierde su determinación formal. Se hunde en su materia, que permanece bajo la forma de ceniza inorgánica de todo el proceso. Tan pronto como la mercancía se ha convertido en valor de uso como tal, es arrojada fuera de la circulación y ha dejado de ser mercancía. Por eso no es desde este aspecto del contenido (sustancia) desde donde debemos buscar determinaciones formales ulteriores. El valor de uso se convierte en la circulación sólo en aquello como lo que había sido puesto independientemente de la circulación: un objeto de una necesidad determinada. Como tal objeto, era y sigue siendo un motivo físico de la circulación; pero ésta, como forma social, lo deja completamente intacto. En el movimiento M—D—M, la materia física aparece como el contenido real del movimiento; el movimiento social, sólo como una mediación fugaz para la satisfacción de necesidades individuales. El cambio de materia del trabajo social. En este movimiento, la superación de las determinaciones formales, es decir, de aquellas que brotan del proceso social, aparece no sólo como resultado, sino también como meta; de un modo muy parecido a como los trámites judiciales se le aparecen al campesino, aunque no a su abogado. Así pues, para examinar la ulterior determinación formal que surge del movimiento de la circulación misma, debemos atenernos al lado donde el aspecto formal, el valor de cambio como tal, se desarrolla ulteriormente y recibe una determinación más profunda mediante el proceso de la circulación misma. Esto significa el aspecto del desarrollo del dinero, la forma D—M—D.

Objetivado en la circulación, el valor de cambio, como un quantum objetivado de tiempo de trabajo social, avanza hasta su ser como dinero en la forma de atesoramiento y medio universal de pago. Si el dinero queda ahora fijado en esta forma, su determinación formal se extingue igualmente; deja de ser dinero y se convierte en mero metal, mero valor de uso, el cual, sin embargo, como no tiene que servir como tal en su cualidad metálica, es inútil, es decir, no se realiza como lo hace la mercancía en el consumo como valor de uso.

Hemos visto cómo la mercancía realiza los momentos que contiene al negar continuamente uno de ellos. Desde el punto de vista del movimiento de la mercancía como tal, el valor de cambio existe nocionalmente en ella como precio; la mercancía deviene medio abstracto de cambio en la moneda, pero en su realización final en otra mercancía, su valor de cambio se extingue y sale del proceso como simple valor de uso, objeto inmediato de consumo (M—D—M). Éste es el movimiento de la mercancía en el cual su ser como valor de uso es el momento dominante, y el movimiento consiste de hecho sólo en que ella asume la forma del valor de uso correspondiente a la necesidad, en lugar de aquella en la que es mercancía.

Si consideramos, empero, el desarrollo ulterior del valor de cambio en el dinero, encontraremos que en el primer movimiento [M—D] sólo alcanza su ser como dinero nocional, o moneda, como unidad [de medida del valor] y número [de unidades]. Pero si tomamos ambos movimientos [M—D y D—M] conjuntamente, se pondrá de manifiesto que el dinero, existiendo en el precio sólo como unidad de medida ideal, como materia imaginada del trabajo general, en la moneda —sólo como signo de valor, como ser abstracto y fugaz del valor, como concepción materializada, es decir, como símbolo—, en su forma, finalmente, como dinero, niega, en primer lugar, ambas determinaciones, pero contiene también ambas como momentos y, simultáneamente, se establece firmemente en una materialización independiente de la circulación, en una relación constante, aunque negativa, con ella.

Lo que deviene, emerge, se produce en la circulación, cuando se considera su forma misma, es el dinero mismo y nada más. Las mercancías se intercambian en la circulación, pero no se originan en ella. El dinero, como precio y moneda, es ya un producto propio de la circulación, pero sólo formalmente. El valor de cambio de la mercancía es la premisa del precio, así como la moneda misma no es sino la forma autoestablecida de la mercancía como medio de cambio igualmente presupuesto. La circulación no crea valor de cambio, como tampoco crea su magnitud. Para que la mercancía sea medida en dinero,

tanto el dinero como la mercancía deben relacionarse entre sí como valores de cambio, es decir, como objetivación de tiempo de trabajo. En el precio, al valor de cambio de la mercancía solo se le da una expresión separada de su valor de uso; de manera similar, la ficha de valor surge solo del equivalente, de la mercancía como medio de intercambio. Como medio de intercambio, la mercancía debe ser valor de uso, pero solo puede llegar a serlo mediante la enajenación, puesto que es valor de uso no para aquel en cuyas manos es mercancía, sino para aquel que la adquiere en el intercambio como valor de uso. Su valor de uso para el poseedor de la mercancía consiste meramente en su intercambiabilidad, su enajenabilidad hasta el monto del valor de cambio que representa. Así, como medio universal de intercambio, se convierte en mero valor de uso en la circulación como existencia estable del valor de cambio, mientras que su valor de uso como tal se extingue. El que el valor de cambio sea puesto como precio, y el medio de intercambio como dinero, aparece como un simple cambio formal [de determinaciones]. Toda mercancía como valor de cambio realizado es el dinero de cuenta para las otras mercancías, su elemento dador de precio, así como toda mercancía es medio de intercambio (pero aquí choca con los límites dentro de los cuales es medio de intercambio, pues solo puede serlo respecto a aquel que posee la mercancía que el intercambiante desea, y tendría que pasar por una serie de intercambios para convertirse eventualmente en medio de intercambio; aparte de la torpeza de este proceso, volvería a entrar en [B'-8] conflicto con su propia naturaleza como valor de uso, pues tendría entonces que ser divisible en porciones para satisfacer sucesivamente todos los diferentes intercambios en las proporciones requeridas), medio de circulación, moneda. En el precio y la moneda, ambas determinaciones se transfieren únicamente a una mercancía singular. Esto aparece meramente como una simplificación [del proceso de intercambio]. En las relaciones en que una mercancía aparece como medida del valor de todas las demás mercancías, es un medio de intercambio, un equivalente enajenable frente a ellas; puede servir realmente como equivalente, como medio de intercambio. El proceso de circulación solo da a estas determinaciones una forma más abstracta en el dinero como moneda y medio de intercambio.

La forma M—D—M, esta corriente de circulación, en la que el dinero figura solo como medida y moneda, aparece, por tanto, solo como una forma mediada del trueque, en cuya base y contenido nada ha cambiado. La conciencia reflexiva de los pueblos percibe, pues, el dinero en sus determinaciones de medida y moneda como algo arbitrario, como invenciones introducidas convencionalmente por mor de la conveniencia; pues las transformaciones que experimentan las determinaciones contenidas en la mercancía como unidad de valor de uso y

Capítulo Segundo. El dinero 487

valor de cambio no son más que formales. El precio es meramente una expresión determinada del valor de cambio, una expresión generalmente comprensible [dada] al valor de cambio en el lenguaje de la circulación misma, así como la moneda, que también puede existir realmente como mero símbolo, no es más que una expresión simbólica del valor de cambio, pero como medio de intercambio sigue siendo precisamente nada más que un medio para el intercambio de la mercancía, razón por la cual no se introduce ningún contenido nuevo. Es cierto que el precio y la moneda se originan en el comercio: son, de hecho, expresiones creadas por el comercio, las expresiones comerciales de la mercancía como valor de cambio y medio de intercambio.

Pero las cosas son diferentes con el dinero. Es un producto de la circulación que ha surgido de ella, por así decirlo, contra el acuerdo inicial.

El dinero no es meramente una forma mediadora del intercambio de mercancías. Es una forma del valor de cambio que surge del proceso de circulación, un producto social que, en virtud de las relaciones en que los individuos entran en la circulación, se crea a sí mismo. Tan pronto como el oro y la plata (o cualquier otra mercancía) se han desarrollado como medida del valor y medio de circulación (como este último, ya sea en forma corpórea o como símbolo), se convierten en dinero sin la ayuda ni el deseo de la sociedad. Su poder aparece como una especie de fatalidad, y la conciencia de los hombres, especialmente en los órdenes sociales que declinan a causa de un desarrollo más profundo de las relaciones de valor de cambio, se rebela contra el poder que una materia física, una cosa, adquiere respecto a los hombres, contra la dominación del maldito metal, que aparece como pura insensatez. Es en el dinero, y en su forma más abstracta y, por tanto, más insensata, incomprensible, la forma en que toda mediación está superada, donde aparece por primera vez esta transformación de las interrelaciones sociales en una relación social sólida, avasalladora, que subsume al individuo. Y esta apariencia es tanto más dura cuanto que brota de la premisa de personas privadas libres, desembarazadas, atomísticas, vinculadas entre sí en la producción solo por necesidades recíprocas. El dinero mismo contiene en sí la negación de sí mismo como mera medida [de valores] y moneda.

//Considerada en sí misma, la mercancía debería, de hecho, ser meramente el ser del valor de cambio para su poseedor; para él, su materialización solo tiene el significado de ser la objetivación de tiempo general de trabajo, intercambiable por cualquier otra objetivación del mismo; es, en consecuencia, equivalente universal inmediato, dinero. Este aspecto, sin embargo, está oculto y aparece solo como un lado.//

488 Texto original de Una contribución a la crítica de la economía política.

Los viejos filósofos, y de manera similar Boisguillebert, consideran esto como una perversión, un mal uso del dinero, que se convierte de esclavo en amo, deprecia la riqueza natural y elimina las medidas iguales de los equivalentes. En su De Republica, Platón quiere mantener por la fuerza el dinero como mero medio de circulación y medida [del valor], pero no permitir que se convierta en dinero como tal.* Por la misma razón, Aristóteles considera la forma de circulación M—D—M, en la que el dinero funciona solo como medida y moneda —un movimiento que él llama económico— como natural y razonable, y estigmatiza la forma D—M—D, la crematística, como antinatural e inapropiada. Lo que aquí se ataca es solo el valor de cambio que se convierte en el contenido y fin en sí de la circulación, es decir, el poner el valor de cambio como algo independiente, y el que el valor como tal se convierta en el objetivo del intercambio y adquiera una forma independiente, al principio todavía en la forma simple, tangible del dinero. El valor de uso es el objetivo de vender para comprar; y el valor mismo, de comprar para vender.

Hemos visto, ciertamente, que el dinero es, de hecho, solo un medio de circulación suspendido en su función, ya sea que luego entre en la circulación como medio de compra o como medio de pago. Pero su actitud independiente respecto a la circulación, su retiro de esta, lo despoja de ambos valores: de su valor de uso, ya que no tiene que servir como metal; de su valor de cambio, ya que posee este valor de cambio solo como un momento de la circulación, como un símbolo abstracto del valor propio de las mercancías recíprocamente contrapuestas; como un momento del movimiento de la forma de la mercancía misma. Mientras el dinero permanece retirado de la circulación, es tan carente de valor como si yaciera enterrado en la mina más profunda. Pero si reingresa [B'-9] en la circulación, su intransitoriedad llega a su fin, el valor que contiene desaparece en los valores de uso de las mercancías por las que se intercambia, y se convierte de nuevo en un mero medio de circulación. Ese es un momento. El dinero sale de la circulación como su resultado, es decir, como ser adecuado del valor de cambio, como equivalente universal para sí mismo y coagulado en sí mismo.

Por otra parte: Como objetivo del intercambio, es decir, como movimiento que tiene por contenido el valor de cambio mismo, el dinero mismo, el único contenido [del proceso] es un incremento del valor de cambio, acumulación de dinero. Pero este incremento es, de hecho, puramente formal. Aquí el valor no proviene del valor, sino que el valor en forma de

Capítulo Segundo. El dinero 489

mercancía se arroja a la circulación para extraerlo de ella en la forma de valor inútil como atesoramiento.

“Todos dicen que eres rico; yo afirmo que eres pobre. Pues la prueba de la riqueza es el uso de ella.” 104

En cuanto al contenido, por tanto, el enriquecimiento aparece como empobrecimiento voluntario. Solo la ausencia de necesidades, la renuncia a las necesidades, el divorcio del valor de uso del valor que existe en forma de mercancía, hace posible amontonarlo en forma de dinero. El hecho es que el movimiento real de la forma D—M—D no existe en la circulación simple, donde los equivalentes se transfieren meramente de la forma de mercancía a la de dinero y viceversa. Si cambio un tálero por una mercancía con un valor de un tálero, y esta de nuevo por un tálero, es un proceso que no tiene contenido. Solo una cosa debe examinarse en la circulación simple: el contenido de esta forma misma, es decir, el dinero como fin en sí mismo. Es claro que se presenta en tal forma; aparte de la cantidad, la forma predominante del comercio consiste en cambiar dinero por mercancía y mercancía por dinero. Puede ocurrir, y ocurre, que no regrese tanto dinero como se había adelantado. En un mal negocio, puede retornar menos de lo que se dio. Aquí solo debe considerarse el principio; la determinación ulterior no pertenece a la circulación simple misma. En la circulación simple misma, el incremento de la magnitud de valor, el movimiento en que el incremento del valor mismo es el objetivo, solo puede aparecer en forma de acumulación, a través de la fase M—D, una venta continuamente reanudada de la mercancía, cuando no se permite que el dinero recorra todo su curso y se transforme de nuevo en mercancía después de que la mercancía se ha transformado en dinero. Es por eso que el dinero no aparece como punto de partida, como lo exige la forma D—M—D, sino siempre solo como resultado del intercambio. Es punto de partida solo en la medida en que, para el vendedor, la mercancía tiene el significado de mero precio, como dinero todavía solo en potencia, y él la arroja a la circulación en esta forma transitoria para retirarla de allí en su forma imperecedera. El valor de cambio era, de hecho, la premisa de la circulación, es decir, el dinero, y el resultado de la circulación, en la medida en que termina en la acumulación de dinero, es de nuevo el ser adecuado e incremento del valor de cambio.

El dinero, por tanto, incluso en su determinación concreta como dinero, en la que ya es una negación de sí mismo como mera medida [del valor] y mera moneda, es negado en el movimiento de circulación en

490 Texto original de Una contribución a la crítica de la economía política.

el que es puesto como dinero. Pero lo que aquí se niega es meramente la forma abstracta en que el valor de cambio que deviene independiente aparece en el dinero, y también la forma abstracta del proceso de este devenir independiente. Desde el punto de vista del valor de cambio, toda la circulación es negada, ya que no lleva en sí el principio de la autorrenovación.

La circulación procede de ambas determinaciones de la mercancía, de ella como valor de uso y de ella como valor de cambio. En la medida en que prevalece la primera determinación, la circulación termina con el valor de uso que deviene independiente; la mercancía se convierte en objeto de consumo. En la medida en que prevalece la segunda determinación, la circulación termina con la segunda determinación, el valor de cambio que deviene independiente. La mercancía se convierte en dinero. Pero la mercancía pasa a esta última determinación solo a través del proceso de circulación, y sigue estando referida a la circulación. En esta última determinación, la mercancía se desarrolla ulteriormente como tiempo general de trabajo objetivado —en su forma social—. Es, pues, desde este último aspecto, desde donde debe haber una determinación ulterior del trabajo social, que aparece inicialmente como el valor de cambio de la mercancía, y luego como dinero. El valor de cambio es la forma social como tal; su análisis ulterior es, por tanto, un análisis ulterior, o una profundización, del proceso social que arroja la mercancía a su superficie.

Si ahora, [sabiendo que] la independencia del valor de cambio resulta del proceso de circulación, partimos del valor de cambio como tal, como antes partimos de la mercancía, encontraremos que:

1) El valor de cambio existe en una forma dual, como mercancía y como dinero; este último aparece como su forma adecuada; pero en la mercancía, mientras esta siga siendo mercancía, el dinero no se pierde, sino que existe como su precio. Así, la existencia del valor de cambio se desdobla, de modo que existe una vez en valores de uso, y una vez en dinero. Ambas formas, sin embargo, se intercambian la una por la otra, y a través de este mero intercambio como tal el valor no perece.

2) Si el dinero ha de conservarse como dinero, debe, tal como aparece en la forma de residuo y resultado del proceso de circulación, [B”-10] ser capaz de reingresar en este proceso, es decir, de no convertirse en la circulación en un mero medio de circulación que desaparece en la forma de mercancía a cambio de un mero valor de uso. El dinero, mientras se encuentra en una determinación, no debe perderse en la otra, es decir, debe seguir siendo dinero también en su ser como mercancía, y, en su ser como dinero, existir solo como una forma transitoria de mercancía; en su ser como mercancía no debe perder

Capítulo segundo. El dinero 49]

su valor de cambio, y, en su ser como dinero, no debe perder su relación con el valor de uso. Su entrada en la circulación debe ser ella misma un momento de su permanecer cabe sí, y su permanecer cabe sí, entrada en la circulación. Así, el valor de cambio queda ahora determinado como un proceso y no meramente como una forma efímera del valor de uso, indiferente a este valor de uso mismo como contenido material, y no meramente como una cosa en la forma de dinero; queda determinado como relación consigo mismo a través del proceso de circulación. De otra parte, la circulación misma ya no está determinada como un proceso meramente formal en el cual la mercancía recorre sus diversas determinaciones, sino que el valor de cambio mismo, y, desde luego, el valor de cambio medido en dinero, debe estar presupuesto como puesto por la circulación, y, como puesto así por ella, aparecer como algo que le está presupuesto. La circulación misma debe aparecer como un momento de la producción de valores de cambio (como el proceso de producción de valores de cambio). En el proceso del valor de cambio que deviene independiente en el dinero, solo está puesta de hecho su indiferencia respecto al valor de uso particular en el cual se incorpora. El equivalente universal independiente es dinero, ya exista en la forma de mercancía o en la forma de dinero. El proceso del valor de cambio que deviene independiente en el dinero debe aparecer él mismo solo como un momento del movimiento, como un resultado de la circulación, pero como un resultado determinado para volver a ponerla en marcha, sin congelarse en esta forma.

El dinero, es decir, el valor de cambio independiente que surge en el proceso de circulación como resultado de ella y, simultáneamente, como impulso vivo a la circulación (solo en la forma limitada del atesoramiento, es cierto), se ha negado a sí mismo meramente como moneda, es decir, como una forma meramente fugaz del valor de cambio, como algo que simplemente se disuelve en la circulación; también se ha negado a sí mismo como algo que enfrenta independientemente a la circulación. Si no ha de petrificarse como tesoro, debe ingresar de nuevo a la circulación del mismo modo como salió de ella, y no como simple medio de circulación, sino de modo que su ser como medio de circulación, y por tanto su tránsito a mercancía, fueran ellos mismos solo un cambio de forma para reaparecer en su forma adecuada como valor de cambio adecuado, pero simultáneamente como valor de cambio multiplicado, incrementado, valor de cambio valorizado. El valor que se valoriza, es decir, que se multiplica, en la circulación es en general valor-de-cambio-para-sí que recorre la circulación como un fin-en-sí. Esta valorización, este incremento cuantitativo del valor —el único proceso que el valor puede realizar como tal— aparece en la acumulación de dinero solo como lo contrario de la circulación, es decir, a través de su propia superación. Además, la circulación misma debe ser puesta como un proceso en el cual el valor se conserva y se valoriza.

492 Texto original de la Contribución a la crítica de la economía política

En la circulación, empero, el dinero se convierte en moneda y, como tal, se intercambia por mercancía. Si este intercambio ha de ser más que formal, si el valor de cambio no ha de perderse en el consumo de la mercancía, de modo que no haya meramente un cambio en la forma del valor de cambio (una vez como su ser abstracto universal en el dinero, y otra vez, su ser en un valor de uso particular de la mercancía), el valor de cambio debe intercambiarse de hecho por un valor de uso, y la mercancía debe ser consumida como valor de uso, pero en este consumo debe conservarse como valor de cambio, en otras palabras, su desaparición debe desaparecer, y debe ser ella misma meramente un medio para la emergencia de un valor de cambio mayor, para la reproducción y producción de valor de cambio — consumo productivo, es decir, consumo a través del trabajo para objetivar trabajo, para crear valor de cambio. La producción de valor de cambio es en general solo la producción de un valor de cambio mayor, una multiplicación del mismo. Su reproducción simple modifica el valor de uso en el que existe, tal como lo hace la circulación simple, pero sin crear, sin producirlo.

El valor de cambio devenido independiente implica la circulación como un momento desarrollado y aparece como un proceso ininterrumpido que pone la circulación y desde ella retorna constantemente a sí mismo para ponerla de nuevo. Como movimiento que se pone a sí mismo, el valor de cambio ya no aparece como un movimiento meramente formal de valores de cambio presupuestos, sino que es a la vez un movimiento que se produce y se reproduce a sí mismo. La producción misma ya no está aquí presente antes de sus resultados, es decir, no está presupuesta, sino que aparece como producción que al mismo tiempo produce ella misma estos resultados; pero pone el valor de cambio como algo que ya no solo conduce a la circulación, sino como uno que implica simultáneamente la circulación desarrollada en su [B’-11] proceso.

Para establecerse como algo independiente, el valor de cambio no solo tendría que emerger como resultado de la circulación, sino que también tendría que ser capaz de reingresar a la circulación, de conservarse en ella, convirtiéndose en mercancía. En el dinero, el valor de cambio ha recibido una forma independiente respecto a la circulación M—D—M, es decir, respecto a su disolución final en simple valor de uso. Pero esta forma, cuando se fija, es solo negativa, fugaz o ilusoria. El dinero existe solo en relación con la circulación y como posibilidad de entrar en ella. Pero pierde esta determinación tan pronto como se realiza. Vuelve a caer en ambas funciones suyas como medida y medio de circulación. Como mero dinero, no va más allá de esta determinación. Simultáneamente, sin embargo, está puesto en la circulación el que siga siendo dinero, ya exista

Capítulo segundo. El dinero 493

como tal o como precio de la mercancía. El movimiento de la circulación no debe aparecer como el movimiento de su desaparición, sino, al contrario, como el movimiento de su real ponerse-a-sí-mismo como valor de cambio, su realización como valor de cambio. Si la mercancía se intercambia por dinero, la forma del valor de cambio, el valor de cambio puesto como valor de cambio, el dinero, se congela en esta determinación solo mientras el dinero se mantiene fuera del intercambio en el cual funciona como valor, mientras lo evade, y es, en consecuencia, una realización puramente ilusoria del valor, su realización puramente ideal en la forma en que la independencia del valor de cambio existe tangiblemente.

El mismo valor de cambio debe convertirse en dinero, mercancía, mercancía, dinero, como lo exige la forma D—M—D. En la circulación simple, la mercancía se convierte en dinero y luego en mercancía; es otra mercancía la que una vez más se pone como dinero. El valor de cambio no se conserva en este cambio de su forma. Pero en la circulación ya está puesto que el dinero es tanto dinero como mercancía, y se conserva en la alternancia de ambas determinaciones.

En la circulación, el valor de cambio aparece de manera doble: una vez como mercancía y otra vez como dinero. Si se encuentra en una determinación, no está en la otra. Esto es válido para cualquier mercancía particular; e igualmente para el dinero como medio de circulación. Pero implícito en la circulación como un todo está que el mismo valor de cambio, el valor de cambio como sujeto, una vez se ponga como mercancía, y otra vez como dinero, y que sea de hecho el movimiento encaminado a ponerse en estas dos determinaciones y a mantenerse en cada una de ellas como su opuesto, en la mercancía como dinero, y en el dinero como mercancía. Esto es lo que está presente en la circulación simple en sí, pero no está puesto en ella.

Allí donde estas determinaciones en la circulación simple son positivamente independientes entre sí, como en la mercancía que deviene objeto de consumo, la circulación deja de ser un momento del proceso económico; donde lo son negativamente, como en el dinero, se convierte en insania, una insania que brota del proceso económico mismo.

No puede decirse que el valor de cambio se realice en la circulación simple, porque el valor de uso no lo enfrenta como tal, como valor de uso determinado por él mismo. Inversamente, el valor de uso como tal no deviene él mismo valor de cambio o deviene tal solo en la medida en que la determinación de los valores de uso —la de ser trabajo general objetivado— se les superpone como una escala externa. Su unidad se desgarra todavía de manera inmediata, y su diferencia forma todavía de manera inmediata una unidad. El que el valor de uso

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como tal esté mediado por el valor de cambio, y el que el valor de cambio se medie a sí mismo a través del valor de uso, tiene ahora que ser puesto.

En la circulación simple, solo teníamos dos determinaciones formalmente distintas del valor de cambio —dinero y precio de la mercancía— y solo dos valores de uso físicamente distintos —M—M, para los cuales el dinero, el valor de cambio, es únicamente una mediación fugaz, una forma que estos valores de uso adoptan temporalmente. No se establecía ninguna relación real entre el valor de cambio y el valor de uso. Es cierto que en el valor de uso el valor de cambio existe también como precio (determinación nocional); es cierto que en el dinero el valor de uso existe también como su realidad, su material. En un caso, era el valor de cambio lo que era meramente nocional, y en el otro, el valor de uso. La mercancía como tal —su valor de uso particular— es, por tanto, solo un motivo físico del intercambio, pero como tal desaparece de la determinación formal económica; o bien la determinación formal económica no es más que la forma superficial, la determinación formal que no penetra en la esfera de la sustancia real de la riqueza y no guarda relación alguna con esa sustancia como tal; por eso, si esta determinación formal como tal ha de establecerse en la forma de atesoramiento, ella [la determinación formal] se transforma imperceptiblemente en un producto natural indiferenciado, un metal, en el que incluso su última relación con la circulación queda extinguida. El metal como tal no expresa, desde luego, ninguna relación social; en él, hasta la forma de moneda, el último signo de vida de su significación social, se ha extinguido.

Habiendo surgido de la circulación como su presupuesto y resultado, el valor de cambio tiene que volver a entrar igualmente en ella.

Ya hemos visto en el examen del dinero, y aparece claramente en el atesoramiento, que el crecimiento del dinero, su multiplicación, es el único proceso de la forma de la circulación que constituye el fin en sí mismo para el valor, es decir, que el valor que se vuelve independiente y se conserva en la forma de valor de cambio (sobre todo en dinero) es simultáneamente el proceso de su aumento; que su conservación de sí mismo como valor es simultáneamente su avance más allá de sus límites cuantitativos, su expansión como magnitud de valor, y que el proceso del devenir independiente del valor de cambio no tiene otro contenido. El mantenimiento del valor de cambio como tal por medio de la circulación aparece simultáneamente como su autoexpansión, y esta autoexpansión es [B'-12] su autovalorización, su ponerse activo como valor que crea valor; como valor que se reproduce al mismo tiempo que se conserva, pero que simultáneamente se pone como valor, es decir, como plusvalía. En el atesoramiento, este proceso es todavía puramente

Capítulo segundo. El dinero 495

formal. Por lo que respecta al individuo, este proceso aparece como un movimiento sin contenido que convierte la riqueza de una forma útil en una inútil y, en cuanto a su determinación, innecesaria. En lo que concierne al proceso económico en su conjunto, el atesoramiento sirve meramente como condición de la circulación metálica misma. Mientras el dinero permanece como tesoro, no funciona como valor de cambio, es meramente imaginario. Por otra parte, la expansión —el ponerse a sí mismo como valor, valor que no solo se conserva mediante la circulación, sino que se origina de ella, es decir, se pone como plusvalía— es igualmente meramente imaginaria. La misma magnitud de valor que antes existía en forma de mercancía existe ahora en forma de dinero; se acumula en esta última forma porque se abandona en la otra. Si se realiza, desaparece en el consumo. La conservación y la expansión del valor son, por tanto, meramente abstractas, formales. Solo la forma de esto está puesta en la circulación simple.

Como forma de la riqueza universal, como valor de cambio vuelto independiente, el dinero no es capaz de otro movimiento que el cuantitativo: expandirse. Por concepto, es la esencia de todos los valores de uso; pero sus límites cuantitativos, como los límites de lo que siempre es solo una magnitud determinada de valor, una suma determinada de oro y plata, están en contradicción con su cualidad. Por eso está arraigado en su naturaleza un impulso constante a ir más allá de sus propios límites.

(Como riqueza que consume, por ejemplo, en la época de los emperadores romanos, el dinero aparece por esa razón como disipación ilimitada, insensata, que intenta elevar incluso el consumo de alimentos a su ilimitación imaginaria, es decir, una disipación que trata el dinero, como tal forma de riqueza, al mismo tiempo directamente como valor de uso. Ensalada de perlas, etc.)

Para el valor, firmemente establecido como valor, su expansión coincide, por tanto, con su autoconservación, y solo se conserva a sí mismo impulsándose constantemente más allá de sus límites cuantitativos, lo cual contradice su universalidad interior. Así, el enriquecimiento es un fin en sí mismo. La actividad determinante del fin del valor de cambio vuelto independiente solo puede ser el enriquecimiento, es decir, su propia autoexpansión; reproducción, y no una meramente formal, sino una en la que se expande. Pero como magnitud de valor cuantitativamente determinada, el dinero es también solo un representante limitado de la riqueza universal, o un representante de riqueza limitada que se extiende exactamente hasta donde alcanza la magnitud de su valor de cambio exactamente medida según él. Por consiguiente, no posee en absoluto la capacidad que debería tener según su concepto general, la capacidad de comprar

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todos los objetos de consumo, todas las mercancías, la totalidad de la riqueza material; no es un «précis de toutes les choses».

Así, fijado como riqueza, como la forma universal de la riqueza, como valor que vale como valor, el dinero es un impulso constante a ir más allá de sus límites cuantitativos; un proceso sin fin. Su propia vitalidad consiste exclusivamente en esto; se conserva como valor que se tiene por importante, distinto del valor de uso, solo cuando se multiplica continuamente por medio del proceso de intercambio mismo. El valor activo solo es un valor que pone plusvalía. La única función [del dinero] como valor de cambio es el intercambio mismo. En esta función, por tanto, tiene que expandirse, pero no mediante su retirada [de la circulación] como en el atesoramiento. En él, el dinero no funciona como dinero. Cuando se retira como tesoro, no funciona ni como valor de cambio ni como valor de uso, es tesoro muerto, improductivo. De él mismo no se origina ningún tipo de acción. Su expansión es una adición externa procedente de la circulación, cuando la mercancía se lanza de nuevo a la circulación y el valor se convierte de la forma de mercancía en la forma de dinero, y luego esta última se guarda en seguro, es decir, cuando el dinero en general deja de ser dinero. Una vez que entra de nuevo en la circulación, desaparece como valor de cambio.

Resultando de la circulación como valor de cambio adecuado e independiente, pero entrando de nuevo en la circulación, perpetuándose y valorizándose (multiplicándose) en ella y mediante ella, el dinero es capital. En el capital, el dinero ha perdido su rigidez y de cosa tangible se ha convertido en un proceso. El dinero y la mercancía como tales, al igual que la circulación simple misma, existen para el capital meramente como momentos abstractos particulares de su ser, en los cuales aparece tan continuamente, pasando del uno al otro, como continuamente desaparece. El proceso de devenir independiente aparece no solo en la forma de que el capital se enfrenta a la circulación como un valor de cambio abstracto e independiente —dinero—, sino también en que la circulación es simultáneamente el proceso de su devenir independiente, en que surge de la circulación como algo vuelto independiente.

La forma D—M—D expresa claramente que el establecimiento de la independencia del dinero debe aparecer como un proceso, igualmente como un presupuesto y un resultado de la circulación. Esta forma como tal no recibe, sin embargo, contenido alguno en la circulación simple, y ni siquiera aparece como el movimiento del contenido —un movimiento de la circulación para el cual el valor de cambio no es solo una forma, sino también el contenido y el fin mismo, y que, por eso, es la forma del valor de cambio en proceso mismo.

Capítulo segundo. El dinero 497

El valor de cambio vuelto independiente, el dinero como tal, aparece en la circulación simple siempre solo como el resultado, caput mortuum del movimiento. Debe aparecer igualmente como su presupuesto; su resultado, como su presupuesto; y su presupuesto [B”-13] como su resultado.

El dinero debe conservarse como dinero tanto en su forma de dinero como en la forma de mercancía; el cambio de estas determinaciones, el proceso en el que atraviesa estas metamorfosis, debe aparecer al mismo tiempo como un proceso de su producción, como creador de sí mismo, es decir, como aumento de su magnitud de valor. Cuando el dinero se convierte en mercancía, y la mercancía como tal es necesariamente consumida como valor de uso y tiene que desaparecer, esta desaparición debe desaparecer a su vez, esta aniquilación debe aniquilarse a sí misma, de modo que el consumo de la mercancía como valor de uso aparezca él mismo como un momento del proceso del valor que se reproduce a sí mismo.

El dinero y la mercancía, al igual que su relación mutua en la circulación, aparecen ahora igualmente como meros presupuestos del capital, así como, por otra parte, la forma de su ser; igualmente como meros presupuestos elementales existentes para el capital, como, por otra parte, formas de su ser y de sus resultados.

La intransitoriedad por la que el dinero se esfuerza al ponerse negativamente respecto a la circulación (retirándose de ella) la adquiere el capital en cuanto que se conserva precisamente entregándose a la circulación. El capital, como valor de cambio que supone la circulación, antepuesto a ella y conservándose en ella, asume alternativamente la forma de ambos momentos contenidos en la circulación simple, pero no como en la circulación simple, en la que meramente pasa de una forma a la otra, sino de tal modo que en cada una de las determinaciones conserva simultáneamente la relación con el momento opuesto. Si aparece como dinero, ahora es solo una expresión abstracta unilateral de sí mismo como universalidad; al despojarse también de esta forma, se despoja solo de su determinación basada en lo opuesto (se despoja de la forma de universalidad basada en lo opuesto). Si está puesto como dinero, es decir, como esta forma basada en lo opuesto de la universalidad del valor de cambio, está puesto simultáneamente en él que no debe perder la universalidad como en la circulación simple, sino su determinación basada en lo opuesto, o que no asume la forma de dinero más que fugazmente, es decir, se intercambia una vez más por la mercancía, pero una mercancía que expresa ya en su particularidad la universalidad del valor de cambio y que, por tanto, va cambiando su forma determinada.

La mercancía no es solo un valor de cambio, sino también un valor de uso, y como tal debe ser consumida adecuadamente. Cuando la mercancía sirve como valor de uso, es decir, durante su consumo, el

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valor de cambio debe conservarse simultáneamente y aparecer como el alma determinante del fin del consumo. El proceso de la desaparición de la mercancía debe, por tanto, aparecer al mismo tiempo como un proceso de la desaparición de su desaparición, es decir, como un proceso reproductivo. El consumo de la mercancía, por consiguiente, no está dirigido a ningún disfrute inmediato, sino que aparece él mismo como un momento de la reproducción de su valor de cambio. El valor de cambio, por tanto, es, como resultado, no solo la forma de la mercancía, sino que aparece como el fuego en el que su sustancia misma es consumida. Esta determinación surge del concepto mismo de valor de uso. Y en la forma de dinero, el capital, por un lado, no aparecerá más que fugazmente como medio de circulación, y, por otro lado, solo como un momento, como su estar-puesto fugaz en la determinidad del valor de cambio adecuado.

Por un lado, la circulación simple es una premisa existente para la mercancía, y sus extremos, dinero y mercancía, aparecen como premisas elementales, como formas que devienen capital según la posibilidad; o bien son meramente esferas abstractas del proceso de producción del capital presupuesto. Por otro lado, retornan a ella como a su abismo o conducen a ella. (Aquí habría que dar el ejemplo histórico anterior.*)

En el capital, el dinero, el valor de cambio presupuesto devenido independiente, aparece no sólo como valor de cambio, sino, siendo valor de cambio independiente, como resultado de la circulación. En efecto, no tiene lugar formación alguna de capital antes de que la esfera de la circulación simple se haya desarrollado hasta un nivel determinado, aunque a partir de condiciones de producción por completo diferentes de las del capital mismo. Por otra parte, el dinero está puesto como ponente de la circulación en cuanto movimiento de su propio proceso, el movimiento de su propia realización, como un valor que se perpetúa y se valoriza a sí mismo. Como premisa, es aquí simultáneamente resultado del proceso de circulación y, como resultado, simultáneamente también premisa de su forma determinada, que quedó determinada como la forma D—M—D (al principio, sólo esta corriente suya). Es una unidad de mercancía y dinero, pero su unidad en proceso, y en la misma medida en que no es ni mercancía ni dinero, es al mismo tiempo tanto lo uno como lo otro.

Se conserva y se valoriza en y mediante la circulación. Por otro lado, el valor de cambio ya no está presupuesto como simple valor de cambio, tal como existe en la mercancía en su determinación simple, antes de entrar en circulación o, más precisamente, como una

a Véase este volumen, pp. 480–481. — Ed.

determinación meramente implícita, puesto que la mercancía sólo deviene un valor de cambio efímero en la circulación. Existe bajo la forma de la objetividad (Gegenständlichkeit), pero le es indiferente si se trata de la objetividad del dinero o de la mercancía. Surge de la circulación; por tanto, la presupone. Pero surge, al mismo tiempo, de sí mismo como premisa respecto de la circulación.

En el intercambio real de dinero por mercancía, tal como se expresa en la forma D—M—D, es decir, en la medida en que el ser real de la mercancía es su valor de uso, y el ser real del valor de uso es su consumo, de la mercancía que se realiza como valor de uso ha de emerger una vez más el valor de cambio mismo, apareciendo el dinero y el consumo de la mercancía igualmente como la forma de su conservación y como su autovalorización. La circulación aparece, respecto al valor de cambio, como un momento del proceso de su propia realización.

[B’-14] El ser real de la mercancía, su ser como valor de uso, se sale de la circulación simple. Así también ha de ocurrir con el momento del proceso del capital en el que el consumo de la mercancía aparece como un momento de la autovalorización del capital.

En tanto que el dinero, es decir, el valor de cambio devenido independiente, se fija meramente frente a su opuesto, el valor de uso como tal, es de hecho capaz sólo de un ser abstracto. En su opuesto, en su devenir valor de uso, y en el proceso del consumo del valor de uso, debe simultáneamente conservarse y acrecentarse como valor de cambio, es decir, transformar el consumo del valor de uso mismo —su negación activa tanto como su posición— en la reproducción y producción del valor de cambio mismo.

En la circulación simple, toda mercancía aparece alternativamente como valor de cambio o como valor de uso. Tan pronto como se realiza como este último, sale de la circulación. En tanto que la mercancía se fija como valor de cambio, en el dinero, tiende hacia esa misma falta de forma, pero en cuanto algo que cae dentro de la relación económica. De todas formas, la relación de intercambio (circulación simple) sólo interesa a las mercancías en tanto que ellas tienen valores de cambio. Por otra parte, su valor de cambio es meramente de un interés transitorio, en la medida en que suspende la unilateralidad del valor de uso —el ser valor de uso sólo inmediatamente para los individuos—, es decir, conduce el valor de uso a su consumidor; no cambia nada en el valor de uso, salvo que lo pone como un valor de uso para otros (para los compradores). Pero en tanto que el valor de cambio se fija como tal, en el dinero, el valor de uso se le enfrenta ahora sólo como caos abstracto; y es precisamente a través de la separación de su sustancia que se diluye y sale de la esfera del simple valor de cambio, cuyo movimiento supremo es la circulación simple, y cuyo logro supremo es el dinero. Dentro de la esfera misma, sin embargo, la diferencia existe sólo como una diferenciación formal, superficial. El dinero en su fijación suprema es, él mismo, una vez más, mercancía.’ 

2 El pie de la página 14 y toda la página 15 del manuscrito se dejaron en blanco. — Ed.