(Berlín, Franz Duncker, editor.)

1859.

PREFACIO

Examino el sistema de la economía burguesa en el orden siguiente: capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado; el Estado, comercio exterior, mercado mundial. Bajo los tres primeros epígrafes se analizan las condiciones económicas de existencia de las tres grandes clases en que se divide la sociedad burguesa moderna; la interconexión de los otros tres epígrafes se comprende por sí misma. La primera sección del primer libro, que trata del capital, comprende los capítulos siguientes: 1. La mercancía; 2. El dinero o la circulación simple; 3. El capital en general. La presente entrega consta de los dos primeros capítulos. Tengo ante mí todo el material en forma de monografías, redactadas con largos intervalos, no para su publicación, sino para mi propia clarificación; su refundición en un todo integrado según el plan indicado dependerá de las circunstancias.*

Una introducción general* que había bosquejado, la suprimo, porque, tras una consideración más detenida, me parece perturbador anticipar resultados que aún han de ser demostrados, y el lector que realmente quiera seguirme tendrá que decidirse a avanzar de lo particular a lo general. Sin embargo, quizá sean oportunas aquí unas breves observaciones acerca del curso de mis estudios de economía política.

Aunque la jurisprudencia era mi especialidad, la cultivé como disciplina subordinada a la filosofía y a la historia. En el año 1842-43, como redactor de la Rheinische Zeitung, me vi por primera vez en el embarazoso trance de tener que opinar sobre los llamados intereses materiales. Los debates de la Asamblea de la Provincia del Rin sobre los robos de leña y la división de la propiedad de la tierra; la polémica oficial iniciada por el señor von Schaper, a la sazón Oberpräsident de la Provincia del Rin, contra la Rheinische Zeitung acerca de la situación de los campesinos del Mosela, y, finalmente, los debates sobre el libre comercio y el proteccionismo, fueron los que me impulsaron a ocuparme por primera vez de las cuestiones económicas. Por otro lado, en aquella época en que las buenas intenciones de «ir adelante» suplían con frecuencia al conocimiento efectivo, se dejaba notar en la Rheinische Zeitung un eco del socialismo y comunismo franceses, ligeramente teñido de filosofía. Me declaré en contra de ese diletantismo, pero al mismo tiempo, en una controversia con la Allgemeine Augsburger Zeitung, confesé francamente que mis estudios anteriores no me permitían aventurar juicio alguno sobre el contenido de las teorías francesas. Cuando los editores de la Rheinische Zeitung se hicieron la ilusión de que, adoptando el periódico una actitud más sumisa, podía obtenerse la revocación de la sentencia de muerte dictada contra él, aproveché con avidez la oportunidad para retirarme de la escena pública a mi cuarto de estudio.

La primera obra que emprendí para disipar las dudas que me asaltaban fue una revisión crítica de la filosofía del derecho de Hegel; la introducción* a esta obra vio la luz en los Deutsch-Französische Jahrbücher, publicados en París en 1844. Mi investigación desembocaba en el resultado de que tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida, cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de «sociedad civil»*; y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política. El estudio de ésta, comenzado en París, lo continué en Bruselas, adonde me trasladé a consecuencia de una orden de expulsión librada por el señor Guizot.* La conclusión general a que llegué y que, una vez obtenida, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así:

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia. En una determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o —lo cual no es más que la expresión jurídica de lo mismo— con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre entonces una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se subvierte más o menos rápidamente toda la inmensa superestructura. Al considerar tales trastornos, hay que distinguir siempre entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción —que se puede comprobar con la exactitud propia de las ciencias naturales— y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en suma, las formas ideológicas dentro de las cuales los hombres cobran conciencia de este conflicto y lo dirimen. Lo mismo que no se juzga a un individuo por lo que él piensa de sí, no se puede juzgar semejante época de transformación por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Una formación social jamás desaparece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y relaciones de producción nuevas y superiores no ocupan nunca su lugar antes de que las condiciones materiales de existencia de las mismas hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Así pues, la humanidad se propone siempre únicamente los problemas que puede resolver, porque, considerándolo más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no surge sino cuando las condiciones materiales para resolverlo existen ya o están, al menos, en vías de formación. A grandes rasgos, puede designarse el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el burgués moderno como épocas progresistas de la formación económica de la sociedad. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción, antagónica no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que surge de las condiciones sociales de existencia de los individuos; pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean también las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana.

Frederick Engels, con quien yo mantenía un constante intercambio de ideas por correspondencia desde la publicación de su brillante ensayo sobre la crítica de las categorías económicas* (aparecido en los Deutsch-Französische Jahrbücher), había llegado por otro camino (compárese su Situación de la clase obrera en Inglaterra) al mismo resultado que yo, y cuando en la primavera de 1845 se estableció también él en Bruselas, decidimos exponer de consuno nuestra concepción en oposición a la concepción ideológica de la filosofía alemana, en realidad, ajustar cuentas con nuestra antigua conciencia filosófica. El propósito se llevó a cabo en forma de una crítica de la filosofía posthegeliana.* El manuscrito, dos gruesos volúmenes en octavo,* hacía ya mucho que había llegado a manos del editor en Westfalia, cuando se nos informó de que, por un cambio de circunstancias, no podía imprimirse. Abandonamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, tanto más a gusto cuanto que habíamos alcanzado nuestro propósito principal: la autocomprensión. De los trabajos dispersos en que por aquel entonces expusimos al público uno u otro aspecto de nuestras concepciones, mencionaré únicamente el Manifiesto del Partido Comunista, redactado conjuntamente por Engels y yo, y un Discurso sobre la cuestión del libre comercio, que yo publiqué. Los puntos decisivos de nuestra concepción fueron expuestos por primera vez de manera académica, aunque polémica, en mi Miseria de la filosofía..., libro que, dirigido contra Proudhon, apareció en 1847. La publicación de un ensayo sobre el Trabajo asalariado, escrito en alemán y en el que yo había reunido las conferencias que había pronunciado sobre este tema en la Sociedad de Obreros Alemanes de Bruselas,* fue interrumpida por la Revolución de Febrero y mi consiguiente expulsión de Bélgica.

La publicación de la Neue Rheinische Zeitung en 1848 y 1849, y los acontecimientos posteriores, interrumpieron mis estudios económicos, que no pude reanudar hasta 1850, en Londres. La enorme masa de materiales sobre historia de la economía política acumulados en el British Museum, la circunstancia de que Londres es un punto de observación favorable para seguir el desarrollo de la sociedad burguesa, y, finalmente, la nueva fase de desarrollo a que parecía haber llegado esta sociedad con el descubrimiento del oro en California y Australia,* me indujeron a comenzar de nuevo desde el principio y a estudiar a fondo los nuevos materiales. Estos estudios me llevaron, en parte por sí mismos, a materias aparentemente muy alejadas, en las que tuve que detenerme algún tiempo. Pero fue sobre todo la necesidad imperiosa de ganarme la vida lo que redujo el tiempo a mi disposición. Mi colaboración, que ya dura ocho años, en el New York Tribune, el primer periódico angloamericano, me obligó a una excesiva dispersión de mis estudios, ya que solo en casos excepcionales escribo correspondencia periodística propiamente dicha. Como una parte considerable de mis colaboraciones consistía en artículos sobre acontecimientos económicos importantes en Gran Bretaña y en el Continente, me vi obligado a familiarizarme con detalles prácticos que, hablando con rigor, caen fuera de la órbita de la economía política.

Este esbozo del curso de mis estudios en el dominio de la economía política tiende simplemente a demostrar que mis concepciones —cualquiera que sea el juicio que merezcan y por muy poco que concuerden con los prejuicios interesados de las clases dominantes— son el fruto de una investigación concienzuda y largamente proseguida. Pero en la puerta de la ciencia, como en la puerta del infierno, debe imponerse la consigna:

Qui si convien lasciare ogni sospetto;
Ogni viltà convien che qui sia morta.

Karl Marx
Londres, enero de 1859

LIBRO PRIMERO

SOBRE EL CAPITAL

SECCIÓN PRIMERA