La historia de la economía política moderna termina con Ricardo y Sismondi: figuras antitéticas, de las cuales una habla inglés y la otra francés, así como comienza a fines del siglo XVII con Petty y Boisguillebert. La literatura posterior de la economía política termina ya sea en compendios eclécticos y sincréticos, como por ejemplo la obra de J. St. Mill,* o en una elaboración más bien detallada de ramas particulares, como la *History of Prices* de Tooke y, en general, los escritos ingleses más recientes sobre la circulación, única rama en la que se han hecho realmente nuevos descubrimientos. Pues los escritos sobre colonización, propiedad territorial (en sus diferentes formas), población, etc., realmente van más allá de los escritos más antiguos solo en lo que respecta a su mayor abundancia de material. Hay algunas reproducciones de viejas controversias económicas para un público más amplio y algunas soluciones prácticas para los problemas cotidianos, como los escritos sobre el LIBRE COMERCIO y la protección. Finalmente, hay exageraciones tendenciosas de las teorías clásicas, por ejemplo, Chalmers exagera a Malthus, Gulich exagera a Sismondi y, en sus escritos tempranos, MacCulloch y Senior exageran en ciertos aspectos a Ricardo. Esta literatura es por completo derivativa, reproducción caracterizada por un mayor refinamiento de la forma, una apropiación más extensa del material, un mayor énfasis, popularización, sinopsis y elaboración del detalle. Carece de fases salientes y decisivas del desarrollo, limitándose, por un lado, al inventario y, por otro, a añadir detalle sobre momentos aislados.

Las únicas excepciones aparentes son los escritos de Carey, el yanqui, y de Bastiat, el francés, reconociendo este último que se apoya en el primero.* Ambos comprenden que la oposición a la economía política —el socialismo y el comunismo— encuentra sus supuestos teóricos en las obras de la propia economía política clásica, especialmente en Ricardo, a quien debe considerarse como su expresión más completa y última. Ambos encuentran por tanto necesario criticar la expresión teórica que la sociedad burguesa ha alcanzado históricamente en la economía política moderna como un malentendido, y demostrar la armonía de las relaciones de producción allí donde los economistas clásicos analizaron ingenuamente su antagonismo. El contexto nacional enteramente diferente, incluso contradictorio, del que derivan sus escritos, los impulsa, no obstante, en la misma dirección.

Carey es el único economista original entre los norteamericanos. Pertenece a un país en el que la sociedad burguesa no se desarrolla sobre la base del feudalismo, sino que ha surgido de sí misma; en el que no aparece como el producto superviviente del desarrollo de siglos, sino como punto de partida de un nuevo desarrollo; en el que el Estado, en contraste con todas las formas nacionales anteriores, estuvo desde el principio subordinado a la sociedad burguesa, a su producción, y nunca pudo pretender ser un fin en sí mismo; en el que la propia sociedad burguesa, combinando las fuerzas productivas de un viejo mundo con el inmenso terreno natural de uno nuevo, se desarrolla en una escala sin precedentes y en condiciones de libertad de movimiento sin precedentes, superando con mucho todos los logros anteriores en el dominio de las fuerzas de la naturaleza, y en el que, finalmente, las contradicciones de la sociedad burguesa misma solo aparecen como momentos transitorios.

¿Qué podría ser más natural que el que Carey considere las relaciones de producción en las que este inmenso Nuevo Mundo ha crecido tan rápidamente, tan asombrosamente y tan afortunadamente, como las relaciones normales eternas de la producción y el intercambio sociales; que a él le parezcan meramente impedidas y restringidas en Europa, y especialmente en Inglaterra, a la que realmente identifica con Europa, por las cadenas heredadas del período feudal; que le parezca que han sido meramente consideradas, descritas o generalizadas de manera distorsionada y falseada por los economistas ingleses, al tomar las perversiones accidentales de ellas por su carácter inmanente?

Relaciones americanas en oposición a las inglesas: a esto se reduce su crítica de la teoría inglesa de la propiedad territorial, los salarios, la población, los antagonismos de clase, etc. La sociedad burguesa no existe en Inglaterra en su forma pura, correspondiente a su concepto, adecuada a sí misma. ¿Cómo podrían entonces las ideas de los economistas ingleses sobre la sociedad burguesa ser la expresión verdadera e inmaculada de una realidad que no conocían?

Carey identifica en última instancia el efecto perturbador de las influencias tradicionales que no emergen del seno mismo de la sociedad burguesa sobre las relaciones naturales de esa sociedad, con la influencia del Estado sobre la sociedad burguesa, con la interferencia estatal y la regulación estatal. Por ejemplo, los salarios [según Carey] aumentan naturalmente con la productividad del trabajo. Si encontramos que la realidad no corresponde a esta ley, solo tenemos que hacer abstracción de la influencia del gobierno, los impuestos, los monopolios [estatales], etc., ya sea en Indostán o en Inglaterra. Las relaciones burguesas consideradas en sí mismas, es decir, después de eliminar la influencia del Estado, confirmarán de hecho siempre las leyes armoniosas de la economía política burguesa. Hasta qué punto estas influencias estatales (deuda pública, impuestos, etc.) surgen ellas mismas de las relaciones burguesas —y aparecen así, por ejemplo, en Inglaterra, de ningún modo como resultados del feudalismo sino más bien de su disolución y supresión—, y hasta qué punto, incluso en Norteamérica, el poder del gobierno central crece con la centralización del capital, esto, naturalmente, Carey no lo investiga.

Mientras que Carey busca así confrontar a los economistas ingleses con la potencia superior de la sociedad burguesa en Norteamérica, Bastiat busca confrontar a los socialistas franceses con la potencia inferior de la sociedad burguesa en Francia. Vosotros pensáis [dice a los socialistas franceses] que os estáis rebelando contra las leyes de la sociedad burguesa en un país en el que nunca se ha permitido a esas leyes su plena realización. No conocéis esas leyes sino en su forma francesa atrofiada y tomáis por su forma inmanente lo que solo es su deformación nacional francesa. Mirad a Inglaterra. Aquí en Francia, la tarea consiste en liberar a la sociedad burguesa de las cadenas que el Estado le impone. Vosotros queréis multiplicar esas cadenas. Desarrollad primero las relaciones burguesas en su forma pura, después discutiremos de nuevo el asunto. (Bastiat tiene razón hasta este punto: que en Francia, debido a su peculiar estructura social, se toma por socialismo mucho de lo que en Inglaterra es economía política.)

Carey, sin embargo, cuyo punto de partida es la emancipación americana de la sociedad burguesa respecto del Estado, termina exigiendo la intervención del Estado, para que el desarrollo puro de las relaciones burguesas no sea perturbado por influencias externas de la manera en que esto ha sucedido realmente en América. Es un proteccionista, mientras que Bastiat es un librecambista.

La armonía de las leyes económicas aparece en el mundo entero como desarmonía, y los comienzos de esta desarmonía llaman la atención de Carey incluso en los Estados Unidos. ¿Cómo se explica este extraño fenómeno? Carey lo atribuye al efecto destructivo de la lucha de Inglaterra por el monopolio industrial en el mercado mundial. En su origen, las relaciones [económicas] fueron distorsionadas dentro de Inglaterra por las falsas teorías de sus economistas. Ahora, como potencia dominante en el mercado mundial, Inglaterra distorsiona la armonía de las relaciones económicas en todos los países del mundo. Esta desarmonía es real, no se basa meramente en la percepción subjetiva de los economistas.

Lo que Rusia es para Urquhart en lo político, Inglaterra lo es para Carey en lo económico. La armonía de las relaciones económicas se basa, según Carey, en la cooperación armoniosa de la ciudad y el campo, de la industria y la agricultura. Inglaterra, al haber destruido esta armonía básica dentro de sí misma, la destruye en todas partes del mercado mundial mediante su competencia, y es así el elemento destructivo de la armonía universal. La única defensa contra esto son los aranceles protectores: el aislamiento forzoso de la nación respecto del poder destructivo de la gran industria inglesa. De ahí que el Estado, estigmatizado desde el principio como el único perturbador de las “*harmonies économiques*”, se convierta en su último refugio.

Por un lado, Carey articula aquí una vez más el desarrollo nacional específico de los Estados Unidos, su oposición y su competencia con Inglaterra. Lo hace en la forma ingenua de proponer que los Estados Unidos destruyan el industrialismo propagado por Inglaterra desarrollando el propio más rápidamente mediante aranceles protectores. Aparte de esta ingenuidad, la armonía de las relaciones burguesas de producción termina en Carey en la desarmonía total de esas relaciones precisamente allí donde aparecen en el escenario más grandioso, el mercado mundial, y en su desarrollo más grandioso, como relaciones de las naciones productoras. Todas las relaciones que a él le parecen armoniosas dentro de las fronteras nacionales particulares, o también en la forma abstracta de las relaciones generales de la sociedad burguesa —la concentración del capital, la división del trabajo, el trabajo asalariado, etc.— le parecen desarmoniosas cuando se muestran en su forma más desarrollada —en su forma de mercado mundial—, como las relaciones internas que producen la dominación de Inglaterra en el mercado mundial y que, como influencias destructivas, son el resultado de esa dominación.

Es armonioso si, dentro de un país, la producción patriarcal cede el paso a la producción industrial, y el proceso de disolución que acompaña a este desarrollo se concibe solo en su aspecto positivo. Pero se vuelve desarmonioso si la gran industria inglesa disuelve las formas patriarcales, pequeñoburguesas u otras formas primitivas de la producción nacional de otro país. La concentración del capital dentro de un país y el efecto disolvente de esta concentración se le presentan solo en su aspecto positivo. Pero el monopolio del que goza el capital inglés concentrado y sus efectos disolventes sobre los capitales nacionales más pequeños de otros países son desarmoniosos. Carey no ha comprendido que estas desarmonías del mercado mundial no son más que la última expresión adecuada de las desarmonías que se han fijado en las categorías económicas como relaciones abstractas o que tienen una existencia local en la escala más pequeña.

No es de extrañar, entonces, que por otra parte olvide el contenido positivo de estos procesos de disolución —el único aspecto que él reconoce de las categorías económicas en su forma abstracta o de las relaciones reales dentro de países particulares de las que son abstraídas— en su forma completa de mercado mundial. De ahí que, cuando se enfrenta a las relaciones económicas en su verdad, es decir, en su realidad universal, se derrumba de su optimismo sistemático en un pesimismo denunciatorio e irritado. Esta contradicción constituye la originalidad de sus escritos y les da su significado. Es americano tanto en su afirmación de la armonía dentro de la sociedad burguesa como en su afirmación de la desarmonía de las mismas relaciones en su forma de mercado mundial.

En Bastiat no hay nada de todo esto. En él, la armonía de estas relaciones pertenece a otro mundo que se encuentra más allá de las fronteras de Francia, en Inglaterra y América. Es meramente la forma imaginada, ideal, de las relaciones angloamericanas no francesas, no la forma real que realmente lo confronta en su propio territorio. De ahí que, mientras que en Bastiat la armonía no surge en modo alguno de una riqueza de observación viva, sino que es más bien el producto afectado de una reflexión delgada y forzada, contradictoria, el único aspecto de la realidad es su exigencia de que el Estado francés renuncie a sus límites económicos.

Carey ve las contradicciones inherentes a las relaciones económicas [burguesas] tan pronto como aparecen como relaciones inglesas en el mundo

mercado. Bastiat, que no hace sino imaginar la armonía, empieza a vislumbrar su realización solo allí donde termina Francia y donde todas las partes componentes de la sociedad burguesa, nacionalmente separadas, compiten entre sí, liberadas de la tutela del Estado. Sin embargo, esta armonía última suya —y la premisa de todas las anteriormente imaginadas por él— no es, en sí misma, más que un mero postulado que la legislación librecambista se supone que hará realidad.

[111-4] Así pues, si Carey, dejando enteramente de lado el valor científico de sus investigaciones, tiene al menos el mérito de articular en forma abstracta la magnitud de las relaciones americanas, y de hacerlo en contraposición a las del Viejo Mundo, el único trasfondo real de Bastiat es la mezquindad de las relaciones francesas, cuyas largas orejas asoman por todas partes en sus armonías. Pero este es un mérito superfluo, porque las relaciones de un país tan viejo son suficientemente conocidas y, menos que nada, necesitan ser dadas a conocer por una vía tan negativa y tortuosa. Carey es, pues, rico en investigaciones, por así decirlo, de buena fe sobre áreas de la economía política como el crédito, la renta, etc. Bastiat solo se ocupa de paráfrasis que disimulan el resultado contradictorio de sus investigaciones; l’hypocrisie du contentement.

La generalidad de Carey es universalidad yanqui. Para él, Francia y China están igualmente cerca. Es en todo momento el hombre que vive tanto en la costa atlántica como en la del Pacífico. La generalidad de Bastiat es un apartarse de todos los países. Carey, como verdadero yanqui, absorbe de todas partes el abundante material que el Viejo Mundo le ofrece, no ciertamente para conocer el alma inmanente de este material y concederle así su derecho a una vida propia, sino para elaborarlo como piezas de evidencia inertes, como materia indiferente, para sus propios fines, es decir, para las proposiciones derivadas de su punto de vista yanqui. De ahí su recorrido por todos los países, sus montañas de estadísticas acríticas, su lectura enciclopédica. Bastiat, por el contrario, produce historia fantástica: su abstracción toma la forma ora de razonamientos lógicos, ora de acontecimientos nocionales que jamás han ocurrido realmente en parte alguna. Tal como el teólogo discute el pecado ya como una ley de la naturaleza humana, ya como la historia de la caída del hombre.

Bastiat y Carey son, por tanto, igualmente ahistóricos y antihistóricos. Pero el elemento ahistórico en Carey es el principio histórico contemporáneo de Norteamérica, mientras que el elemento ahistórico en Bastiat es solo una reminiscencia del modo francés de generalización del siglo XVIII. Carey es, por ello, informe y difuso; Bastiat, afectado y formalmente lógico. Lo máximo que Bastiat consigue son lugares comunes expresados paradójicamente, pulidos en facettes. La obra de Carey va

precedida por unas pocas tesis generales en forma axiomática. A estas les sigue su material informe —compilación que sirve de verificación— que no está en modo alguno elaborado para sostener sus tesis. En Bastiat, el único material —aparte de unos pocos ejemplos locales o de algunos fenómenos ingleses corrientes fantásticamente distorsionados— no pasa de ser más que las tesis generales de los economistas.

La principal contraparte de Carey es Ricardo, en suma los economistas ingleses modernos; de Bastiat, los socialistas franceses.