Las anteriores tiradas numerosas de esta obra están agotadas desde hace casi seis meses, y el editor* desea desde hace tiempo que prepare una nueva edición. Tareas más urgentes me han impedido hacerlo hasta ahora. Han transcurrido siete años desde que apareció la primera edición, y durante este período nuestros conocimientos sobre las formas primitivas de la familia han realizado importantes progresos. Era, por tanto, necesario aplicar diligentemente la mano a la labor de ampliación y mejora, en particular ante el hecho de que la proyectada estereotipia del presente texto hará imposible, por algún tiempo, que yo introduzca nuevas modificaciones.

He sometido, pues, el texto entero a una cuidadosa revisión y he hecho una serie de adiciones en las que, espero, se ha tenido debidamente en cuenta el estado actual de la ciencia. Además, en el curso de este prólogo doy un breve resumen del desarrollo de la historia de la familia desde Bachofen hasta Morgan, sobre todo porque la escuela prehistórica inglesa, teñida de chauvinismo, sigue haciendo todo lo posible por matar con el silencio la revolución que los descubrimientos de Morgan han provocado en las concepciones de la historia de la sociedad primitiva, aunque no vacila en lo más mínimo en apropiarse de sus resultados. También en otros lugares se sigue, con demasiada frecuencia, este ejemplo inglés.

Mi obra ha sido traducida a varios idiomas. Primero al italiano: *L’origine della famiglia, della proprietà privata e dello stato*. Versione riveduta dall’autore, di Pasquale Martignetti. Benevento, 1885. Luego al rumano: *Originea familiei, proprietății private și a statului*. Traducere de Joan Nădejde, en la revista de Iași *Contemporanul*, de septiembre de 1885 a mayo de 1886. Después al danés: *Familjens, Privatejendommens og Statens Oprindelse*. Dansk af Forfatteren gennemgaaet Udgave, besørget af Gerson Trier. Copenhague, 1888. Una traducción francesa de Henri Ravé, basada en la presente edición alemana, está en prensa.

Hasta comienzos del decenio de 1860 no existía una historia de la familia. En este terreno, la ciencia histórica se hallaba todavía por completo bajo la influencia de los Cinco Libros de Moisés. La forma patriarcal de la familia, descrita en ellos con mayor detalle que en ninguna otra parte, no sólo era aceptada implícitamente como la forma más antigua de la familia, sino que también — tras excluir la poligamia — se la identificaba con la familia burguesa actual, como si la familia no hubiera experimentado en realidad desarrollo histórico alguno. A lo sumo se admitía que en los tiempos primitivos pudo haber existido un período de relaciones sexuales promiscuas. — Ciertamente, además de la monogamia, se conocían también la poliginia oriental y la poliandria indotibetana; pero estas tres formas no podían ordenarse en ninguna secuencia histórica y aparecían yuxtapuestas de manera inconexa. El hecho de que entre ciertos pueblos de la Antigüedad, y entre algunos salvajes aún existentes, la línea de descendencia no se contase por el padre sino por la madre, y por tanto sólo fuese considerada válida la línea femenina; de que entre muchos pueblos actuales se prohíba el matrimonio dentro de determinados grupos más amplios — no sometidos entonces a una investigación más profunda —, y de que esta costumbre se encuentre en todas las partes del mundo; estos hechos eran ciertamente conocidos, y constantemente se traían a la luz nuevos ejemplos. Pero nadie sabía qué hacer con ellos, y hasta en las *Researches into the Early History of Mankind, etc. etc.* de E. B. Tylor (1865), figuran meramente como «costumbres extrañas», junto con el tabú vigente entre algunos salvajes contra el contacto de la madera ardiente con herramientas de hierro, y otras pamplinas religiosas por el estilo.

El estudio de la historia de la familia data de 1861, de la publicación de *Das Mutterrecht* de Bachofen. En esta obra, el autor formula las siguientes tesis: 1) que en un principio la humanidad vivió en un estado de promiscuidad sexual, que el autor designa, desgraciadamente, como heterismo; 2) que tal promiscuidad excluye toda certeza en cuanto a la paternidad, por lo que la descendencia sólo podía contarse por la línea femenina — según el derecho materno —, y que originariamente este fue el caso entre todos los pueblos de la Antigüedad; 3) que en consecuencia, las mujeres, que como madres eran los únicos progenitores conocidos con certeza de la generación más joven, eran tratadas con un alto grado de consideración y respeto, lo cual, según la concepción de Bachofen, se elevó hasta el pleno dominio de las mujeres (ginecocracia); 4) que el paso a la monogamia, en la que la mujer pertenece exclusivamente a un solo hombre, implicaba la violación de un precepto religioso primitivo (es decir, en realidad, la violación del antiguo derecho tradicional de los demás hombres sobre esa misma mujer), violación que debía ser expiada o cuya tolerancia debía ser comprada mediante la entrega de la mujer durante un período limitado de tiempo.

Bachofen encuentra pruebas en apoyo de estas tesis en innumerables pasajes de la literatura clásica antigua, reunidos por él con extraordinaria diligencia. Según él, la evolución del «heterismo» a la monogamia, y del derecho materno al derecho paterno, tiene lugar, particularmente entre los griegos, como consecuencia de la evolución de las ideas religiosas, la intrusión de nuevas divinidades, representantes de la nueva mentalidad, en el viejo panteón tradicional que representaba la antigua mentalidad, de modo que esta última es cada vez más desplazada por la primera. Así, según Bachofen, no es el desarrollo de las condiciones reales en que los hombres viven, sino el reflejo religioso de esas condiciones de vida en la cabeza de los hombres, lo que provocó los cambios históricos en la posición social recíproca del hombre y la mujer. Bachofen señala, por consiguiente, la *Orestíada* de Esquilo como una representación dramática de la lucha entre el derecho materno en declive y el derecho paterno ascendente y victorioso en la Edad Heroica. Clitemnestra ha matado a su esposo Agamenón, recién regresado de la guerra de Troya, por causa de su amante Egisto; pero Orestes, hijo suyo con Agamenón, venga el asesinato de su padre matando a su madre. Por ello es perseguido por las Erinias, las defensoras demoníacas del derecho materno, según el cual el matricidio es el más horrendo e inexpiable de los crímenes. Pero Apolo, que mediante su oráculo ha incitado a Orestes a cometer este acto, y Atenea, a quien se llama como árbitro — las dos divinidades que aquí representan el nuevo orden, basado en el derecho paterno —, lo protegen. Atenea escucha a ambas partes. Toda la controversia se resume brevemente en el debate que se entabla a continuación entre Orestes y las Erinias. Orestes declara que Clitemnestra es culpable de un doble ultraje; pues al matar a su marido, mató también a su padre. ¿Por qué entonces las Erinias lo han perseguido a él, y no a Clitemnestra, que es la culpable mucho mayor? La respuesta es sorprendente:

«No era de la misma sangre el hombre al que ella mató.» ⁴

El asesinato de un hombre no emparentado por la sangre, aunque sea el esposo de la asesina, es expiable y no concierne a las Erinias. Su función consiste únicamente en vengar los asesinatos entre parientes consanguíneos, y el más horrendo de todos, según el derecho materno, es el matricidio. Apolo interviene ahora en defensa de Orestes. Atenea convoca a los areopagitas — los jurados atenienses — a votar sobre la cuestión. Los votos por la absolución y por la condena son iguales. Entonces Atenea, como presidenta del tribunal, emite su voto a favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno ha vencido al derecho materno. Los «dioses de linaje más joven», como los describen las propias Erinias, triunfan sobre las Erinias, y estas se dejan persuadir finalmente para asumir un nuevo oficio al servicio del nuevo orden.

Esta nueva interpretación, pero absolutamente correcta, de la *Orestíada* es uno de los mejores y más bellos pasajes de todo el libro, pero muestra al mismo tiempo que el mismo Bachofen cree en las Erinias, en Apolo y en Atenea, por lo menos tanto como Esquilo en su día; de hecho, cree que en la Edad Heroica de Grecia realizaron el milagro de derrocar el derecho materno y sustituirlo por el derecho paterno. Es evidente que una concepción tal — que considera la religión como la palanca decisiva de la historia universal — tiene que desembocar finalmente en puro misticismo. Es, por tanto, una tarea ardua y en modo alguno siempre provechosa abrirse paso a través del voluminoso tomo en cuarto de Bachofen. Pero todo esto no menoscaba su mérito como pionero, pues fue el primero en sustituir las meras frases acerca de un desconocido estado primitivo de relaciones sexuales promiscuas por la prueba de que la literatura clásica antigua está llena de vestigios de una situación que existió de hecho antes de la monogamia entre los griegos y los asiáticos, en la que no sólo un hombre tenía relaciones sexuales con más de una mujer, sino que una mujer tenía relaciones sexuales con más de un hombre, sin violar la costumbre establecida; de que esta costumbre no desapareció sin dejar huellas en forma de la entrega limitada mediante la cual las mujeres se veían obligadas a comprar su derecho al matrimonio monógamo; de que la descendencia, por tanto, sólo podía contarse originalmente por la línea femenina, de madre a madre; de que esta validez exclusiva de la línea femenina persistió hasta muy adentrado el período de monogamia con paternidad asegurada, o al menos reconocida; y de que esta posición originaria de la madre como único progenitor cierto de sus hijos le aseguraba a ella, y con ello a las mujeres en general, un estatus social más elevado que el que jamás han disfrutado desde entonces. Bachofen no expresó estas tesis con tanta claridad — su mentalidad mística se lo impidió —; pero demostró que eran correctas, y esto, en 1861, significó una revolución completa.

El voluminoso tomo de Bachofen estaba escrito en alemán, es decir, en la lengua de la nación que por aquel entonces se interesaba menos que ninguna otra por la prehistoria de la familia actual. Permaneció, pues, desconocido. Su sucesor inmediato en este campo apareció en 1865, sin haber oído hablar nunca de Bachofen.

Este sucesor fue J. F. McLennan, la antítesis directa de su predecesor. En lugar del místico talentoso, tenemos aquí al abogado seco y árido; en lugar de la exuberante fantasía poética, los argumentos verosímiles del abogado que defiende su caso. McLennan encuentra entre muchos pueblos salvajes, bárbaros e incluso civilizados de la Antigüedad y de los tiempos modernos una forma de matrimonio en la cual el novio, solo o acompañado de amigos, tiene que simular que arrebata a la novia por la fuerza a sus parientes. Esta costumbre debe ser la supervivencia de otra costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu adquirían sus esposas de fuera, de otras tribus, raptándolas realmente por la fuerza. ¿Cómo se originó entonces este «matrimonio por rapto»? Mientras los hombres pudieran encontrar mujeres suficientes en su propia tribu, no había ocasión alguna para ello. Pero encontramos con igual frecuencia que entre los pueblos no desarrollados existen ciertos grupos (que hacia 1865 se identificaban a menudo todavía con las propias tribus) dentro de los cuales está prohibido el matrimonio, de modo que los hombres se ven obligados a conseguir sus mujeres, y las mujeres sus maridos, de fuera del grupo; mientras que entre otros pueblos prevalece la costumbre de que los hombres de un determinado grupo están obligados a encontrar sus esposas únicamente dentro de su propio grupo. McLennan llama al primer tipo de grupo exógamo, y al segundo, endógamo, y sin más preámbulos establece una antítesis rígida entre «tribus» exógamas y endógamas. Y aunque sus propias investigaciones sobre la exogamia le ponen delante de las narices el hecho de que en muchos casos, cuando no en la mayoría o incluso en todos, esta antítesis existe sólo en su imaginación, él no obstante la convierte en la base fundamental de toda su teoría.

Éste es el fundamento de toda su teoría. En consecuencia, las tribus exógamas sólo pueden obtener sus esposas de otras tribus; y en el estado de guerra intertribal permanente que caracteriza al salvajismo, esto, según cree, sólo puede lograrse por rapto.

McLennan argumenta además: ¿De dónde procede esta costumbre de la exogamia? Las ideas de consanguinidad e incesto nada tienen que ver con ella, pues son cosas que sólo se desarrollaron mucho más tarde. Pero la costumbre, muy extendida entre los salvajes, de matar a las niñas inmediatamente después del nacimiento, podría haberlo motivado. Esta costumbre creaba un excedente de hombres en cada tribu, cuya secuela necesaria e inmediata era la posesión común de una mujer por varios hombres: la poliandria. Consecuencia de esto fue, a su vez, que se conocía a la madre de un niño, pero no al padre; de ahí que el parentesco sólo se contara por línea femenina, con exclusión de la masculina: el derecho materno. Y otra consecuencia de la escasez de mujeres dentro de una tribu –escasez que la poliandria mitigaba pero no superaba– era precisamente el rapto sistemático y violento de mujeres de otras tribus.

* «Como la exogamia y la poliandria son atribuibles a una misma causa –la falta de equilibrio entre los sexos–, nos vemos obligados a considerar que todas las razas exógamas fueron originariamente poliándricas… Por consiguiente, debemos considerar fuera de toda duda que entre las razas exógamas el primer sistema de parentesco fue el que reconocía los lazos de sangre sólo por vía materna.» * (McLennan, Studies in Ancient History, 1886, “Primitive Marriage”, p. 124.)

El mérito de McLennan reside en haber llamado la atención sobre la generalización y la gran importancia de lo que él llama exogamia. Pero de ningún modo descubrió la existencia de grupos exógamos, y mucho menos la comprendió. Aparte de las notas anteriores y aisladas de muchos observadores que sirvieron a McLennan de fuente, Latham (Descriptive Ethnology, 1859) describió con exactitud y corrección esta institución entre los magares de la India y declaró que estaba generalizada y existía en todas las partes del mundo, pasaje que el propio McLennan cita. Y también nuestro Morgan, ya en 1847, en sus cartas sobre los iroqueses (en la American Review), y en 1851 en The League of the Iroquois demostró que existía en esta tribu y la describió correctamente, mientras que, como veremos, la mentalidad de leguleyo de McLennan causó mucha mayor confusión en esta materia que la fantasía mística de Bachofen en la esfera del derecho materno. También hay que reconocerle a McLennan el mérito de haber reconocido que el sistema de filiación por vía materna era el originario, aunque, como él mismo admitió más tarde, Bachofen se le adelantó en esto. Pero también aquí está lejos de ser claro; habla continuamente de “PARENTESCO SÓLO POR VÍA FEMENINA” y aplica constantemente esta expresión –correcta para una etapa anterior– también a etapas posteriores de desarrollo, en las cuales, aunque la descendencia y la herencia se siguen contando exclusivamente por la línea femenina, el parentesco también se reconoce y expresa en la línea masculina. Tal es la óptica limitada del jurista, que se forja un término jurídico rígido y continúa aplicándolo sin modificación a condiciones que, entre tanto, lo han hecho inaplicable.

A pesar de su verosimilitud, la teoría de McLennan no parecía estar demasiado bien fundada ni siquiera para su propio autor. Al menos, a él mismo le llama la atención el hecho de que

* “es observable que la forma de” (simulacro de) “rapto se marca ahora con la mayor nitidez e impresiona justo entre aquellas razas que tienen parentesco por línea masculina” * (es decir, descendencia por línea masculina) (pág. 140).

Y de nuevo:

* “Es un hecho curioso que en ninguna parte, que sepamos, el infanticidio constituye un sistema allí donde coexisten la exogamia y la forma más antigua de parentesco” * (pág. 146).

Ambos hechos refutan directamente su interpretación, y a ellos no puede oponerles sino hipótesis nuevas y aún más embrolladas.

No obstante, en Inglaterra su teoría gozó de gran aceptación y provocó un amplio eco. En general se le consideraba allí como el fundador de la historia de la familia y la máxima autoridad en este campo. Su antítesis entre “tribus” exógamas y endógamas, pese a las pocas excepciones y modificaciones que admitía, seguía siendo el fundamento reconocido de la opinión dominante y la anteojera que hacía imposible toda visión libre del campo investigado y, en consecuencia, todo progreso efectivo. La sobreestimación de McLennan, que se puso de moda en Inglaterra, y, según la moda inglesa, también en otras partes, obliga a señalar, en contraste, que los perjuicios que causó con su antítesis completamente errónea entre “tribus” exógamas y endógamas superan los beneficios aportados por sus investigaciones.

Entretanto, pronto salieron a la luz más y más hechos que no encajaban en su pulcro esquema. McLennan no conocía más que tres formas de matrimonio: la poligamia, la poliandria y la monogamia. Pero, una vez dirigida la atención a este punto, se descubrieron cada vez más pruebas de que entre los pueblos no desarrollados existían formas de matrimonio en las que un grupo de hombres poseía en común a un grupo de mujeres; y Lubbock (The Origin of Civilisation, 1870) reconoció este matrimonio comunal como un hecho histórico.

Inmediatamente después, en 1871, Morgan apareció con material nuevo y, en muchos aspectos, decisivo. Se había convencido de que el peculiar sistema de parentesco vigente entre los iroqueses era común a todos los aborígenes de los Estados Unidos y se extendía, por tanto, por todo un continente, aunque contradecía directamente los grados de parentesco que realmente surgían del sistema conyugal vigente en dicha tribu. Acto seguido, consiguió que el Gobierno federal norteamericano recopilara informaciones sobre los sistemas de parentesco de otros pueblos, basándose en cuestionarios y cuadros elaborados por él mismo; y descubrió, a partir de las respuestas: 1) que el sistema indio-americano de parentesco imperaba también entre numerosas tribus de Asia, y, en forma algo modificada, en África y Australia; 2) que encontraba su explicación completa en una forma de matrimonio por grupos, ya en vías de extinción, en Hawái y en otras islas australianas; y 3) que, sin embargo, junto a esa forma matrimonial, imperaba en esas mismas islas un sistema de parentesco que sólo podía explicarse por una forma aún anterior, pero ya extinguida, de matrimonio por grupos. Publicó los datos recogidos y las conclusiones que extrajo de ellos en su Systems of Consanguinity and Affinity, 1871, con lo que trasladó la discusión a un terreno infinitamente más amplio. Tomando como punto de partida los sistemas de parentesco, reconstruyó las formas de familia que les correspondían, y abrió así una nueva vía de investigación y una mirada retrospectiva de mayor alcance sobre la prehistoria de la humanidad. Si se reconocía la validez de este método, la pulcra construcción de McLennan se desvanecería en el aire.

McLennan defendió su teoría en una nueva edición de “Primitive Marriage” (Studies in Ancient History, 1876). Mientras él mismo construye con sumo artificio una historia de la familia a base de meras hipótesis, exige de Lubbock y Morgan no sólo pruebas para cada una de sus afirmaciones, sino pruebas de una validez incontestable, como las que únicamente se admitirían en un tribunal de justicia escocés. ¡Y esto lo hace el mismo hombre que, a partir de la estrecha relación entre el hermano de la madre y el hijo de la hermana entre los germanos (Tácito, Germania, cap. 20), del relato de César de que los britanos poseían en común a sus mujeres por grupos de diez o doce, y de todos los demás informes de los autores antiguos sobre la comunidad de mujeres entre los bárbaros, concluye sin vacilar que la poliandria era la regla entre todos esos pueblos! Es como oír a un fiscal que se permite toda clase de licencias para preparar su causa, pero que exige la prueba más formal y jurídicamente más válida para cada palabra que pronuncie el abogado defensor.

Afirma que el matrimonio por grupos es un puro producto de la imaginación y retrocede así mucho más atrás que Bachofen. Los sistemas de parentesco de Morgan, dice, no son más que meros preceptos de cortesía social, lo cual se probaría por el hecho de que los indios también llaman hermano o padre a los desconocidos, a los blancos. Es como si se pretendiera argumentar que los términos padre, madre, hermano, hermana no son más que fórmulas vacías de tratamiento porque también a los sacerdotes y abadesas católicos se les llama padre y madre, y porque a los monjes y monjas, e incluso a los francmasones y a los miembros de los sindicatos de oficio ingleses, en sesión solemne, se les trata de hermano y hermana. En una palabra, la defensa de McLennan era miserablemente débil.

Sin embargo, quedaba un punto en el que no había sido refutado. La antítesis entre “tribus” exógamas y endógamas, sobre la que descansaba todo su sistema, no sólo permaneció incólume, sino que se aceptó generalmente como la piedra angular de toda la historia de la familia. Se admitía que el intento de McLennan de explicar esta antítesis era insuficiente y contradecía los mismos hechos por él enumerados. Pero la antítesis en sí, la existencia de dos tipos mutuamente excluyentes de tribus separadas e independientes, una de las cuales tomaba sus esposas del interior de la tribu, mientras que para la otra esto estaba absolutamente prohibido, pasaba por ser una verdad evangélica incontrovertible. Compárese, por ejemplo, Giraud-Teulon, Origines de la famille (1874) e incluso Lubbock, Origin of Civilisation (4.ª edición, 1882).

Éste es el punto en que entra en escena la obra principal de Morgan: Ancient Society (1877), el libro en el que se basa el presente trabajo. Lo que Morgan sólo vislumbró confusamente en 1871 aparece aquí desarrollado con plena comprensión. Endogamia y exogamia no constituyen antítesis alguna; hasta ahora no se ha descubierto en parte alguna la existencia de “tribus” exógamas. Pero en la época en que todavía imperaba el matrimonio por grupos –y, con toda probabilidad, existió en alguna época en todas partes– la tribu se componía de una serie de grupos emparentados por la sangre por línea materna, gens, en cuyo seno estaba rigurosamente prohibido el matrimonio, de modo que, aunque los hombres de una gens podían tomar, y por regla general tomaban, sus esposas del interior de la tribu, tenían que tomarlas, sin embargo, de fuera de su gens. Así, mientras la gens misma era estrictamente exógama, la tribu, que abarcaba todas las gens, era tan estrictamente endógama. Con esto se derrumbaban definitivamente los últimos restos de la construcción artificial de McLennan.

Sin embargo, Morgan no se contentó con esto. La gens de los indios americanos le sirvió además como medio para dar el segundo avance decisivo en el campo de investigación en el que se había adentrado. Descubrió que la gens, organizada según el derecho materno, era la forma originaria de la que se desarrolló la gens posterior, organizada según el derecho paterno, la gens tal como la encontramos entre los pueblos civilizados de la Antigüedad. La gens griega y romana, enigma para todos los historiadores anteriores, quedó explicada ahora por la gens india, y con ello se encontró una nueva base para toda la historia de la sociedad primitiva.

El redescubrimiento de la gens originaria de derecho materno como estadio previo a la gens de derecho paterno de los pueblos civilizados tiene, para la historia de la sociedad primitiva, la misma significación que la teoría de la evolución de Darwin para la biología y la teoría de la plusvalía de Marx para la economía política. Le permitió a Morgan trazar por vez primera una historia de la familia en la que, por lo menos en sus rasgos generales, quedan provisionalmente establecidas las etapas clásicas de desarrollo, dentro de lo que permite el material hoy disponible. Salta a la vista que esto abre una nueva era en el tratamiento de la historia de la sociedad primitiva. La gens de derecho materno se ha convertido en el pivote en torno al cual gira toda esta ciencia; desde su descubrimiento sabemos en qué dirección conducir nuestras investigaciones, qué investigar y cómo clasificar los resultados de las mismas. Como consecuencia, el progreso en este campo es ahora mucho más rápido que antes de que apareciera el libro de Morgan.

Los descubrimientos de Morgan son hoy generalmente reconocidos, o más bien apropiados, también por los prehistoriadores ingleses. Pero apenas uno solo de ellos reconocerá abiertamente que es a Morgan a quien debemos esta revolución en el punto de vista. En Inglaterra su libro se silencia en todo lo posible, y al propio Morgan se le despacha con elogios condescendientes por sus trabajos anteriores; se echan con avidez sobre los detalles de su exposición para criticarlos, mientras se guarda un obstinado silencio acerca de sus descubrimientos verdaderamente grandes. La edición original de *Ancient Society* está hoy agotada; en América no hay un mercado rentable para libros de este género; en Inglaterra, al parecer, el libro fue sistemáticamente suprimido, y la única edición de esta obra que marca época y que aún puede encontrarse en el comercio librero es… la traducción alemana.

¿A qué obedece esta reserva, en la que es difícil no ver una conspiración de silencio, particularmente en vista del cúmulo de citas hechas por mera cortesía y de otras muestras de camaradería de que abundan los escritos de nuestros prehistoriadores reconocidos? ¿Acaso se debe a que Morgan es un americano, y resulta muy duro para los prehistoriadores ingleses, pese a su muy loable diligencia en la recopilación de material, tener que depender, para el punto de vista general que determina el ordenamiento y la agrupación de ese material, en suma, para sus ideas, de dos extranjeros de talento —Bachofen y Morgan—? A un alemán se le podría tolerar, ¿pero a un americano? Todo inglés se exalta de patriotismo ante un americano, ejemplos divertidos de lo cual topé durante mi estancia en los Estados Unidos. A esto hay que añadir que McLennan era, por así decirlo, el fundador y jefe oficialmente proclamado de la escuela prehistórica inglesa; que entre los prehistoriadores se consideraba, en cierto modo, de buen tono referirse sólo con la mayor reverencia a su artificiosa teoría histórica que llevaba del infanticidio, pasando por la poliandria y el matrimonio por rapto, a la familia de derecho materno; que la más mínima duda arrojada sobre la existencia de “tribus” mutuamente excluyentes por completo entre exógamas y endógamas era considerada una herejía de primer orden; de manera que Morgan, al disolver todos estos dogmas consagrados en puro humo, cometió una especie de sacrilegio. Y además los disolvió de tal modo que le bastó con exponer su tesis para que ésta resultara evidente al instante; y los adoradores de McLennan, que hasta entonces habían estado dando tumbos confusos entre la exogamia y la endogamia, casi se vieron llevados a golpearse la frente y a exclamar: ¡Cómo pudimos ser tan estúpidos para no haber descubierto todo esto por nosotros mismos hace ya mucho tiempo!

Y, como si esto no fuera crimen suficiente para que la escuela oficial no pudiera tratarlo más que con fría indiferencia, Morgan colmó la medida no sólo criticando la civilización, la sociedad de la producción de mercancías, forma básica de nuestra sociedad actual, de una manera que recuerda a Fourier, sino también hablando de una transformación futura de la sociedad en palabras que Karl Marx hubiera podido emplear. Recibió, pues, su merecido cuando McLennan, indignado, le acusó de tener “una profunda aversión al método histórico”, y cuando el profesor Giraud-Teulon suscribió ese juicio en Ginebra aún en 1884. ¿No era acaso ese mismo señor Giraud-Teulon quien, en 1874 (*Origines de la famille*), andaba todavía extraviado, sin rumbo, en el laberinto de la exogamia de McLennan, del que hubo de liberarlo Morgan?

No es necesario que trate aquí de los demás progresos que la historia de la sociedad primitiva debe a Morgan; en el curso de este libro se hallará la referencia a lo pertinente. Durante los catorce años transcurridos desde la publicación de su obra principal, nuestro material relativo a la historia de las sociedades humanas primitivas ha aumentado enormemente. Junto a los antropólogos, viajeros y prehistoriadores profesionales, han entrado en el campo los estudiosos del derecho comparado y han aportado material nuevo y nuevos puntos de vista. Como consecuencia, algunas de las hipó tesis de Morgan relativas a puntos particulares se han visto sacudidas, o incluso han devenido insostenibles. Pero en ninguna parte los datos recién recopilados han llevado a que sus concepciones principales fueran suplantadas por otras. En sus rasgos fundamentales, el orden que él introdujo en el estudio de la historia de la sociedad primitiva sigue vigente hasta hoy. Podemos incluso decir que encuentra una aceptación cada vez más general en la misma medida en que se va ocultando que él es el autor de este gran avance.*

Londres, 16 de junio de 1891

Frederick Engels