Los partidos burgueses y reaccionarios se preguntan febrilmente por qué en todas partes, entre los socialistas, la cuestión campesina ha sido puesta de repente a la orden del día. De lo que deberían asombrarse, en rigor, es de que esto no se haya hecho hace mucho tiempo. Desde Irlanda hasta Sicilia, desde Andalucía hasta Rusia y Bulgaria, el campesino es un factor esencialísimo de la población, la producción y el poder político. Sólo dos regiones de Europa occidental constituyen una excepción. En la Gran Bretaña propiamente dicha, la gran propiedad territorial y la agricultura en gran escala han desplazado por completo al campesino que se autoabastecía; en Prusia, al este del Elba, el mismo proceso se ha venido operando desde hace siglos; también aquí se “arrincona”<sup>a</sup> cada vez más al campesino, o, por lo menos, se le va relegando económica y políticamente a un segundo plano.

<sup>a</sup> Wird “gelegt” — Bauernlegen, término técnico de la historia alemana que significa desahucio, expropiación de campesinos. [Nota de Lenin a su traducción rusa del comienzo de la obra de Engels.]

Hasta ahora el campesino se ha manifestado como factor del poder político, en gran parte, sólo por su apatía, que hunde sus raíces en el aislamiento de la vida rústica. Esta apatía de la gran masa de la población constituye el más firme puntal no sólo de la corrupción parlamentaria en París y Roma, sino también del despotismo ruso. Pero no es, en modo alguno, insuperable. Desde el surgimiento del movimiento obrero en Europa occidental, especialmente en las regiones donde predominan las pequeñas explotaciones campesinas, a la burguesía no le ha resultado particularmente difícil hacer que los campesinos miren a los _ socialistas con recelo y odio, presentándolos como *partageux*, como gente que quiere “repartir”, como holgazanes y codiciosos habitantes de las ciudades que les echan el ojo a la propiedad de los campesinos. Las confusas aspiraciones socialistas de la revolución de febrero de 1848 fueron rápidamente liquidadas por los votos reaccionarios del campesinado francés; el campesino, que ansiaba la tranquilidad, extrajo de sus recuerdos atesorados la leyenda de Napoleón, el emperador campesino, y creó el Segundo Imperio. Todos sabemos lo que esta sola hazaña de los campesinos le costó al pueblo de Francia; aún sigue sufriendo sus consecuencias.

Pero mucho ha cambiado desde entonces. El desarrollo de la forma capitalista de producción ha cortado las fibras vitales de la pequeña producción en la agricultura; la pequeña producción se hunde y arruina irremisiblemente. Competidores de América del Norte y del Sur, y también de la India, han inundado el mercado europeo con sus cereales baratos, tan baratos que ningún productor nacional puede competir con ellos. Tanto los grandes terratenientes como los pequeños campesinos ven la ruina ante sus ojos. Y como ambos son propietarios de tierra y gente del campo, los grandes terratenientes asumen el papel de paladines de los intereses de los pequeños campesinos, y los pequeños campesinos los aceptan por lo general como tales.

Mientras tanto, en Occidente ha surgido y se ha desarrollado un poderoso partido socialista obrero. Los oscuros presentimientos y sentimientos que se remontan a la Revolución de Febrero se han clarificado y han adquirido el alcance más amplio y profundo de un programa que satisface todas las exigencias científicas y contiene demandas concretas y tangibles; un número cada vez mayor de diputados socialistas lucha por estas demandas en los parlamentos alemán, francés y belga. La conquista del poder político por el partido socialista se ha convertido en una cuestión del futuro previsible. Pero para conquistar el poder político este partido debe ir primero de las ciudades al campo, debe convertirse en una potencia en el campo. ¿Acaso este partido, que aventaja a todos los demás por poseer una visión clara de las interconexiones entre las causas económicas y los efectos políticos, y que hace ya mucho tiempo ha descubierto al lobo bajo la piel de cordero del gran terrateniente, ese amigo impertinente del campesino, va a dejar tranquilamente al campesino condenado en manos de sus falsos protectores hasta que se haya transformado de adversario pasivo en adversario activo de los obreros industriales? Esto nos lleva directamente al meollo de la cuestión campesina.

La población rural a la cual podemos dirigirnos se compone de partes muy distintas, que varían a su vez considerablemente según las diversas regiones.

En el oeste de Alemania, como en Francia y Bélgica, predomina el cultivo en pequeña escala de los campesinos parcelarios, la mayoría de los cuales posee sus parcelas y la minoría las arrienda.

En el noroeste —en Baja Sajonia y Schleswig-Holstein— tenemos un predominio de grandes y medianos campesinos que no pueden prescindir de mozos y mozas de labranza e incluso de jornaleros. Lo mismo vale para una parte de Baviera.

En Prusia, al este del Elba, y en Mecklemburgo, tenemos la región de las grandes propiedades territoriales y el cultivo en gran escala con mozos de labranza, coteros y jornaleros, y entre ellos pequeños y medianos campesinos en proporción relativamente insignificante y en constante disminución.

En la Alemania central, todas estas formas de producción y propiedad se hallan mezcladas en proporciones diversas, según la localidad, sin que ninguna de ellas predomine claramente sobre una zona extensa.

Además, hay localidades de extensión variable donde la tierra cultivable, propia o arrendada, resulta insuficiente para asegurar la subsistencia de la familia, pero sirve únicamente de base para ejercer una industria doméstica y permitir a ésta recibir los salarios, de otro modo incomprensiblemente bajos, que garantizan la salida regular de sus productos a pesar de toda la competencia extranjera.

¿Cuál de estas subdivisiones de la población rural puede ser ganada por el Partido Socialdemócrata? Sólo investigamos esta cuestión, naturalmente, en sus rasgos generales; destacamos únicamente las formas netamente definidas. Nos falta espacio para considerar los estadios intermedios y las poblaciones rurales mixtas.

Empecemos por el pequeño campesino. Para Europa occidental en general, no sólo es el más importante de todos los campesinos, sino que constituye asimismo el caso crítico que decide toda la cuestión. Una vez hayamos esclarecido en nuestra mente cuál es nuestra actitud hacia el pequeño campesino, dispondremos de todas las bases necesarias para determinar nuestra posición respecto a las demás partes constitutivas de la población rural.

Por pequeño campesino entendemos aquí al propietario o arrendatario —en particular al primero— de una parcela de tierra que, por regla general, no es mayor de lo que él y su familia pueden labrar, ni menor de lo que puede sustentar a la familia. Este pequeño campesino, exactamente igual que el pequeño artesano, es

por tanto un trabajador que difiere del proletario moderno en que aún posee sus instrumentos de trabajo; de ahí que sea una supervivencia de un modo de producción pretérito. Hay una triple diferencia entre él y su antepasado, el siervo, el siervo de la gleba o, muy excepcionalmente, el campesino libre sometido a renta y prestaciones feudales. Primera, en que la Revolución Francesa lo liberó de las prestaciones y gabelas feudales que debía al señor y en la mayoría de los casos, al menos en la orilla izquierda del Rin, le asignó su finca campesina como propiedad libre suya. Segunda, en que perdió la protección de la comunidad autoadministrada de la Marca y el derecho a participar en ella, y con ello su parte en los aprovechamientos de la antigua Marca comunal. La Marca comunal fue arrebatada, en parte por el antiguo señor feudal y en parte por la ilustrada legislación burocrática modelada según el derecho romano. Esto priva al pequeño campesino de los tiempos modernos de la posibilidad de alimentar a sus animales de tiro sin comprar forraje. Económicamente, sin embargo, la pérdida de los aprovechamientos derivados de la Marca supera con mucho los beneficios resultantes de la abolición de las prestaciones feudales. El número de campesinos que no pueden mantener animales de tiro propios crece sin cesar. Tercera, el campesino de hoy ha perdido la mitad de su antigua actividad productiva. Antaño, él y su familia producían, a partir de materia prima que él mismo elaboraba, la mayor parte de los productos industriales que necesitaba; el resto de lo que requería lo suministraban los vecinos de la aldea que ejercían un oficio además de la agricultura y que se les pagaba principalmente con artículos de intercambio o con servicios recíprocos. La familia, y más todavía la aldea, se bastaban a sí mismas, producían casi todo cuanto necesitaban. Era una economía natural casi sin mezcla; casi no se necesitaba dinero. La producción capitalista puso fin a esto con su economía monetaria y la gran industria. Pero si los aprovechamientos de la Marca representaban una de las condiciones básicas de su existencia, su actividad industrial secundaria era la otra. Y así el campesino se hunde cada vez más. Los impuestos, las malas cosechas, las particiones de herencia y los litigios empujan a un campesino tras otro a los brazos del usurero; el endeudamiento se generaliza cada vez más y crece de manera constante en su cuantía en cada caso concreto; en suma, nuestro pequeño campesino, al igual que cualquier otra supervivencia de un modo de producción pretérito, está irremisiblemente condenado. Es un futuro proletario.

Como tal, debería prestar oídos atentos a la propaganda socialista. Pero por el momento se lo impide su arraigadísimo sentido de la propiedad. Cuanto más difícil le resulta defender su parcela amenazada, tanto más desesperadamente se aferra a ella, tanto más considera a los socialdemócratas, que hablan

de transferir la propiedad de la tierra a la sociedad entera, un enemigo tan peligroso como el usurero y el abogado. ¿Cómo ha de superar la socialdemocracia este prejuicio? ¿Qué puede ofrecer al pequeño campesino condenado sin volverse infiel a sí misma?

Aquí hallamos un punto de apoyo práctico en el programa agrario de los socialistas franceses de la tendencia marxista, programa tanto más digno de atención cuanto que procede del país clásico de la economía del pequeño campesino.

El Congreso de Marsella de 1892 adoptó el primer programa agrario del Partido.<sup>**</sup> Exige para los trabajadores rurales sin propiedad (es decir, jornaleros y mozos de labranza): salarios mínimos fijados por los sindicatos obreros y los consejos comunales; tribunales industriales rurales compuestos por una mitad de obreros; prohibición de la venta de tierras comunales; y el arriendo de tierras del dominio público a las comunas, las cuales han de arrendar todas esas tierras, tanto si son de su propiedad como si las toman en arriendo, a asociaciones de familias sin propiedad de trabajadores agrícolas para su cultivo en común, a condición de que se prohíba el empleo de jornaleros y de que las comunas ejerzan el control; pensiones de vejez e invalidez, financiadas mediante un impuesto especial sobre las grandes propiedades territoriales.

En nombre de los pequeños campesinos, con especial consideración hacia los arrendatarios, exige: adquisición de maquinaria agrícola por la comuna para ser arrendada a precio de costo a los campesinos; formación de cooperativas campesinas para la compra de abonos, tubos de drenaje, semillas, etc., y para la venta de los productos; abolición del impuesto de transmisión de bienes inmuebles si el valor no excede de 5.000 francos; comisiones de arbitraje según el modelo irlandés para reducir las rentas exorbitantes e indemnizar a los arrendatarios y medieros (*métayers*) que abandonan la tierra por la plusvalía de la misma que les corresponde; derogación del Artículo 2102 del Código Civil que permite al terrateniente embargar la cosecha, y abolición del derecho de los acreedores a embargar las cosechas pendientes; exención de embargo y ejecución de una cantidad determinada de aperos de labranza, y de la cosecha, simientes, abonos, animales de tiro, en suma, de todo cuanto sea indispensable al campesino para continuar su actividad; revisión del catastro general, que ha quedado anticuado hace mucho tiempo, y hasta que ésta se efectúe, una revisión local en cada comuna; por último, enseñanza gratuita de la agricultura y estaciones experimentales agrícolas.

La cuestión campesina en Francia y Alemania

Como vemos, las reivindicaciones formuladas en interés de los campesinos —las formuladas en interés de los obreros no nos conciernen aquí por el momento— no son muy ambiciosas. Algunas de ellas ya se han puesto en práctica en otros lugares. Los tribunales de arbitraje para arrendatarios remiten explícitamente al prototipo irlandés.

33*

Las cooperativas campesinas ya existen en las provincias del Rin. La revisión del catastro ha sido constantemente un piadoso deseo de todos los liberales e incluso de los burócratas en toda Europa occidental. También los otros puntos podrían llevarse a efecto sin menoscabo sustancial del orden capitalista existente. Esto baste simplemente para caracterizar el programa. No se pretende hacer ningún reproche; todo lo contrario.

El Partido hizo tan buen negocio con este programa entre los campesinos en las más diversas regiones de Francia que —como el apetito viene comiendo— se sintió la necesidad de adaptarlo aún más a su gusto. Se tenía la sensación, sin embargo, de que esto sería pisar terreno peligroso. ¿Cómo ayudar al campesino, no al campesino como futuro proletario, sino al campesino propietario actual, sin violar los principios básicos del programa socialista general? Para salir al paso de esta objeción, las nuevas propuestas prácticas fueron precedidas por un preámbulo teórico que pretende demostrar que está en consonancia con los principios del socialismo proteger la propiedad del pequeño campesino de la destrucción por el modo capitalista de producción, aunque se es perfectamente consciente de que esta destrucción es inevitable. Examinemos ahora más de cerca este preámbulo, así como las propias reivindicaciones, adoptadas por el Congreso de Nantes en septiembre de este año.

El preámbulo comienza así:

«Considerando que, según los términos del programa general del Partido, los productores no pueden ser libres sino en la medida en que estén en posesión de los medios de producción;

Considerando que, en la esfera de la industria, estos medios de producción han alcanzado ya tal grado de centralización capitalista que solo pueden ser restituidos a los productores en forma colectiva o social, pero que —al menos en la Francia actual— no es este en modo alguno el caso en la esfera de la agricultura, donde los medios de producción, a saber, la tierra, se hallan todavía en muchísimas localidades en manos de los propios productores individuales como propiedad individual suya;

Considerando que, aun cuando este estado de cosas caracterizado por la propiedad parcelaria está fatalmente llamado a desaparecer, no corresponde al socialismo acelerar esta perdición, pues su tarea no consiste en separar la propiedad del trabajo sino, por el contrario, en unir estos dos factores de toda producción poniéndolos en las mismas manos, factores cuya separación entraña la servidumbre y la pobreza de los trabajadores reducidos a proletarios;

Considerando que, si bien es deber del socialismo poner de nuevo a los proletarios agrícolas en posesión —en forma colectiva o social— de los grandes dominios, tras expropiar a sus actuales propietarios ociosos, no es menos su deber imperativo mantener a los propios campesinos que cultivan sus parcelas de tierra en posesión de las mismas frente al fisco, al usurero y a las usurpaciones de los grandes terratenientes recién surgidos;

Considerando que es conveniente extender esta protección también a los productores que, como arrendatarios o aparceros (métayers), cultivan la tierra propiedad de otros y que, si

La cuestión campesina en Francia y Alemania 489

explotan a jornaleros, se ven en cierta medida obligados a ello por la explotación a la que ellos mismos están sometidos—,

el Partido Obrero —que, a diferencia de los anarquistas, no cuenta con un aumento y propagación de la pobreza para la transformación del orden social, sino que espera que el trabajo y la sociedad en general se emancipen únicamente mediante la organización y los esfuerzos concertados de los trabajadores del campo y de la ciudad, mediante su toma de posesión del gobierno y de la legislación— ha adoptado el siguiente programa agrario a fin de reunir a todos los elementos de la producción rural, a todas las ocupaciones que en virtud de diversos derechos y títulos utilizan el suelo nacional, para librar una lucha idéntica contra el enemigo común: la feudalidad de la propiedad territorial.»

Ahora, un examen más detenido de estos «considerandos».

Para empezar, la afirmación en el programa francés de que la libertad de los productores presupone la posesión de los medios de producción debe ser completada con las que siguen inmediatamente: que la posesión de los medios de producción solo es posible en dos formas: o bien como posesión individual, forma que nunca y en ninguna parte existió para los productores en general, y que el progreso industrial hace cada día más imposible; o bien como posesión común, forma cuyas condiciones materiales e intelectuales previas han sido establecidas por el desarrollo de la propia sociedad capitalista; que, por tanto, la toma de posesión colectiva de los medios de producción debe ser combatida por todos los medios a disposición del proletariado.

La posesión común de los medios de producción se expone aquí, pues, como la única meta principal por la que luchar. No solo en la industria, donde el terreno ya ha sido preparado, sino en general, por tanto también en la agricultura. Según el programa, la posesión individual nunca y en ninguna parte se dio de modo general para todos los productores; por esa misma razón, y porque el progreso industrial la elimina de todos modos, el socialismo no está interesado en mantenerla, sino más bien en suprimirla; porque allí donde existe y en la medida en que existe hace imposible la posesión común. Una vez que citamos el programa en apoyo de nuestra tesis, debemos citar el programa entero, que modifica considerablemente la proposición citada en Nantes al hacer que la verdad histórica universal expresada en ella dependa de las condiciones bajo las cuales únicamente puede seguir siendo una verdad hoy en Europa occidental y Norteamérica.

La posesión de los medios de producción por los productores individuales ya no otorga hoy a estos productores ninguna libertad real. La artesanía ya se ha arruinado en las ciudades; en metrópolis como Londres ha desaparecido incluso por completo, habiendo sido reemplazada por la gran industria, el sistema de sudoración y miserables chapuceros que prosperan con la bancarrota. El

pequeño campesino que se sustenta a sí mismo no está ni en la posesión segura de su minúscula parcela de tierra ni es libre. Él, así como su casa, su granja y sus pocos campos, pertenecen al usurero; su sustento es más incierto que el del proletario, quien al menos goza de días tranquilos de vez en cuando, algo que nunca es el caso del torturado esclavo de la deuda. Suprimid el artículo 2102 del Código Civil, disponed por ley que una cantidad determinada de aperos de labranza, ganado, etc., del campesino quede exenta de embargo y ejecución; pero no podréis asegurarlo contra una emergencia en la que se vea obligado a vender «voluntariamente» su ganado, en la que deba entregarse en cuerpo y alma al usurero y alegrarse de obtener una prórroga. Vuestro intento de proteger al pequeño campesino en su propiedad no protege su libertad, sino solo la forma particular de su servidumbre; prolonga una situación en la que no puede ni vivir ni morir. Es, por tanto, completamente fuera de lugar citar aquí el primer párrafo de vuestro programa.

El preámbulo afirma que en la Francia actual los medios de producción, es decir, la tierra, se hallan todavía en muchísimas localidades en manos de productores individuales como propiedad individual suya; que, sin embargo, no es —continúa— tarea del socialismo separar la propiedad del trabajo, sino, por el contrario, unir estos dos factores de toda producción poniéndolos en las mismas manos.— Como ya se ha señalado, esto último, en esta forma general, no es en modo alguno la tarea del socialismo. La tarea de este consiste más bien únicamente en transferir los medios de producción a los productores como posesión común de estos. Tan pronto como perdemos esto de vista, la afirmación anterior se convierte en directamente engañosa, en cuanto que implica que es la misión del socialismo convertir la actual propiedad ficticia del pequeño campesino sobre sus campos en propiedad real, es decir, convertir al pequeño arrendatario en propietario y al propietario endeudado en propietario libre de deudas. Indudablemente, el socialismo está interesado en que desaparezca la falsa apariencia de propiedad campesina, pero no de esta manera.

En cualquier caso, hemos llegado ahora tan lejos que el preámbulo puede declarar francamente que es deber del socialismo, más aún, su deber imperativo,

«mantener a los propios campesinos que cultivan sus parcelas de tierra en posesión de las mismas frente al fisco, al usurero y a las usurpaciones de los grandes terratenientes recién surgidos».

El preámbulo impone así al socialismo el deber imperativo de llevar a cabo algo que en el párrafo precedente había declarado imposible. Le encarga «mantener» la propiedad parcelaria de los campesinos, aunque él mismo afirma

La cuestión campesina en Francia y Alemania 491

que esta forma de propiedad está «fatalmente llamada a desaparecer». ¿Qué son el fisco, el usurero y los grandes terratenientes recién surgidos sino los instrumentos mediante los cuales la producción capitalista produce esta perdición inevitable? Qué medios ha de emplear el «socialismo» para proteger al campesino contra esta trinidad lo veremos más abajo.

Pero no solo el pequeño campesino ha de ser protegido en su propiedad. Es igualmente

«conveniente extender esta protección también a los productores que, como arrendatarios o aparceros (métayers), cultivan la tierra propiedad de otros y que, si explotan a jornaleros, se ven en cierta medida obligados a ello por la explotación a la que ellos mismos están sometidos».

Aquí entramos ciertamente en un terreno peculiar. El socialismo se opone particularmente a la explotación del trabajo asalariado. ¡Y aquí se declara que es el deber imperativo del socialismo proteger a los arrendatarios franceses cuando «explotan a jornaleros», por citar el texto textualmente! ¡Y eso porque se ven obligados a ello en cierta medida «por la explotación a la que ellos mismos están sometidos»!

¡Qué fácil y agradable es dejarse deslizar una vez que se ha tomado la pista del tobogán! Cuando los campesinos grandes y medios de Alemania vengan ahora a pedir a los socialistas franceses que intercedan ante la Ejecutiva del Partido alemán para que el Partido Socialdemócrata Alemán los proteja en la explotación de sus mozos y mozas de labranza, citando en apoyo de su pretensión «la explotación a la que ellos mismos están sometidos» por usureros, recaudadores de impuestos, especuladores de grano y tratantes de ganado, ¿qué responderán? ¿Qué garantía tienen de que nuestros grandes terratenientes agrarios no les enviarán al conde Kanitz (puesto que él también presentó una propuesta como la suya en favor de un monopolio estatal de importación de grano) y pedirán asimismo protección socialista para su explotación de los trabajadores rurales, citando en apoyo «la explotación a la que ellos mismos están sometidos» por bolsistas, prestamistas y especuladores de grano?

Digamos aquí desde el principio que las intenciones de nuestros amigos franceses no son tan malas como podría suponerse. El párrafo anterior, se nos dice, pretende cubrir solo un caso muy especial, a saber, el siguiente: En el norte de Francia, al igual que en nuestros distritos de remolacha azucarera, se arriendan tierras a los campesinos obligados a cultivar remolacha en condiciones extremadamente onerosas. Deben entregar la remolacha a una fábrica determinada a un precio fijado por esta, deben comprar semilla determinada, utilizar una cantidad fija de fertilizante prescrito y, para colmo, son estafados vilmente en la entrega. Esto lo conocemos también sobradamente en Alemania. Pero si a esta clase

Si se ha de tomar al campesino bajo el ala, esto debe decirse abierta y explícitamente. Tal como reza la frase ahora, en su forma general ilimitada, constituye una violación directa no sólo del programa francés, sino también del principio fundamental del socialismo en general, y los autores no tendrán motivo de queja si este descuidado fragmento de redacción es utilizado en su contra en diversos sectores, en contra de su intención.

También son susceptibles de semejante tergiversación las palabras finales del preámbulo, según las cuales es tarea del Partido Obrero Socialista

«reunir a todos los elementos de la producción rural, a todas las ocupaciones que en virtud de diversos derechos y títulos utilizan el suelo nacional, para librar una lucha idéntica contra el enemigo común: la feudalidad de la propiedad territorial».

Niego categóricamente que al partido obrero socialista de ningún país se le encomiende la tarea de acoger en su seno, además de a los proletarios rurales y a los pequeños campesinos, también a los medianos y grandes campesinos y acaso incluso a los arrendatarios de grandes fincas, a los ganaderos capitalistas y a los demás explotadores capitalistas del suelo nacional. Para todos ellos, la feudalidad de la propiedad territorial puede parecer un enemigo común. En ciertas cuestiones podemos hacer causa común con ellos y luchar durante algún tiempo a su lado por objetivos determinados. Cierto es que en nuestro Partido podemos utilizar individuos de todas las clases de la sociedad, pero no nos sirven en absoluto los grupos que representen intereses capitalistas, de la mediana burguesía o del campesinado medio. También en este caso lo que se quiere decir no es tan malo como parece. Los autores, evidentemente, ni siquiera reflexionaron sobre todo esto. Pero, desgraciadamente, se dejaron llevar por su afán de generalización, y no deben sorprenderse si se les toma la palabra.

Tras el preámbulo vienen los nuevos apéndices recién adoptados para el programa mismo. Delatan la misma redacción apresurada que el preámbulo.

El artículo que dispone que los municipios deben adquirir maquinaria agrícola y arrendarla a los campesinos a precio de coste se modifica para establecer que los municipios han de recibir, en primer lugar, subvenciones del Estado para este fin y, en segundo lugar, que la maquinaria se ha de poner gratuitamente a disposición de los pequeños campesinos. Esta nueva concesión no será de gran utilidad para los pequeños campesinos, cuyos campos y modo de producción apenas permiten el uso de maquinaria.

Además:

«sustitución de todos los impuestos directos e indirectos existentes por un impuesto único y progresivo sobre todas las rentas superiores a 3.000 francos».

Una exigencia semejante figura desde hace muchos años en casi todos los programas socialdemócratas. Pero que esta reivindicación se plantee especialmente en interés de los pequeños campesinos es algo nuevo y demuestra cuán poco se ha calculado su verdadero alcance. Tomemos Inglaterra. Allí el presupuesto del Estado asciende a 90 millones de libras esterlinas, de los cuales de 13½ a 14 millones corresponden al impuesto sobre la renta. La parte menor de los 76 millones restantes se recauda mediante impuestos sobre las transacciones comerciales (tarifas de correos y telégrafos, impuesto de timbre), pero la parte con mucho mayor procede de gravámenes sobre los artículos de consumo masivo, mediante el descuento constante y repetido de pequeñas sumas imperceptibles que, sumadas, arrojan muchos millones de las rentas de todos los miembros de la población, particularmente de las capas más pobres. En la sociedad actual apenas es posible sufragar los gastos del Estado de otro modo. Supongamos que en Inglaterra los 90 millones recaen por entero, mediante un impuesto directo progresivo, sobre las rentas de 120 libras esterlinas = 3.000 francos y las que las excedan. La acumulación anual media, el aumento anual de la riqueza nacional total, ascendió, según Giffen, de 1865 a 1875 a 240 millones de libras esterlinas. Supongamos que ahora equivale a 300 millones al año; una carga tributaria de 90 millones absorbería casi un tercio de la acumulación total. En otras palabras, ningún gobierno, salvo uno socialista, puede emprender cosa semejante. Cuando los socialistas estén al timón, habrán de llevar a cabo cosas al lado de las cuales esa reforma tributaria aparecerá como un mero arreglo momentáneo, y bastante insignificante, mientras se abren perspectivas por completo diferentes para los pequeños campesinos.

Parece reconocerse que los campesinos tendrán que esperar bastante tiempo por esta reforma tributaria, de modo que «entretanto» (en attendant) se les ofrece la siguiente perspectiva:

«abolición de los impuestos sobre la tierra para todos los campesinos que viven de su propio trabajo, y reducción de estos impuestos sobre todas las parcelas hipotecadas».

La segunda mitad de esta exigencia sólo puede referirse a explotaciones campesinas demasiado grandes para ser trabajadas por la propia familia; por tanto, es de nuevo una disposición en favor de campesinos que «explotan jornaleros».

De nuevo:

«libertad de caza y pesca sin más restricciones que las necesarias para la conservación de la caza y la pesca y la protección de las cosechas en crecimiento».

Esto suena muy popular, pero la parte final de la frase anula la parte introductoria. ¿Cuántas liebres, perdices, lucios y carpas hay aún hoy por familia campesina en todas las comarcas rurales? ¿Diríais que más de las que justificarían conceder a cada campesino sólo un día al año para cazar y pescar gratuitamente?

«Reducción del tipo legal y convencional de interés» —

de ahí, leyes renovadas contra la usura, un intento renovado de introducir una medida de policía que ha fracasado siempre en todas partes durante los últimos dos mil años. Si un pequeño campesino se halla en una situación en que acudir a un usurero es el mal menor para él, el usurero siempre encontrará formas y medios de desangrarlo sin contravenir las leyes contra la usura. Esta medida podría servir a lo sumo para tranquilizar al pequeño campesino, pero no obtendrá de ella ventaja alguna; al contrario, le dificulta obtener crédito precisamente cuando más lo necesita.

«Asistencia médica gratuita y medicamentos a precio de coste» —

ésta, en todo caso, no es una medida para la protección especial de los campesinos. El programa alemán va más lejos y exige que también los medicamentos sean gratuitos.

«Indemnización a las familias de los reservistas llamados al servicio militar durante el tiempo de éste» —
esto ya existe, aunque de manera muy insuficiente, en Alemania y Austria, y tampoco es una reivindicación campesina especial.

«Reducción de las tarifas de transporte para abonos y maquinaria agrícola y productos del campo» —
está en vigor, en términos generales, en Alemania, y principalmente en interés de los grandes terratenientes.

«Trabajos preparatorios inmediatos para la elaboración de un plan de obras públicas para el mejoramiento del suelo y el fomento de la producción agrícola» —
deja todo en el reino de la incertidumbre y las promesas rimbombantes, y además es, ante todo, en interés de las grandes propiedades territoriales.

En resumen, tras el tremendo esfuerzo teórico desplegado en el preámbulo, las propuestas prácticas del nuevo programa agrario resultan aún menos reveladoras en cuanto al modo en que el Partido Obrero Francés espera poder mantener a los pequeños campesinos en posesión de sus pequeñas propiedades, que, según su propio testimonio, están condenadas irremisiblemente.

II

En un punto tienen toda la razón nuestros camaradas franceses: en Francia no es posible una transformación revolucionaria duradera contra la voluntad del pequeño campesino. Sólo que me parece que no han hallado la palanca adecuada si pretenden asir al campesino.

Parecen empeñados en ganarse al pequeño campesino de inmediato, posiblemente incluso para las próximas elecciones generales. Esto sólo pueden esperar lograrlo haciendo promesas generales muy arriesgadas, en defensa de las cuales se ven obligados a exponer consideraciones teóricas aún mucho más arriesgadas. Luego, examinándolo más de cerca, se ve que las promesas generales son contradictorias en sí mismas (prometen mantener un estado de cosas que, según se declara, está condenado irremisiblemente) y que las diversas medidas carecen por completo de efecto (leyes contra la usura), o son reivindicaciones obreras generales, o exigencias que benefician también a los grandes terratenientes, o, en fin, son de escasa importancia para los intereses de los pequeños campesinos. En consecuencia, la parte directamente práctica del programa corrige por sí misma la errónea parte inicial y reduce la grandilocuencia, en apariencia formidable, del preámbulo a proporciones realmente inocuas.

Digámoslo sin rodeos: en vista de los prejuicios que surgen de toda su situación económica, de su educación y de su modo de vida aislado, prejuicios alimentados por la prensa burguesa y los grandes terratenientes, sólo podemos ganarnos a la masa de los pequeños campesinos de inmediato si les hacemos una promesa que nosotros mismos sabemos que no podremos cumplir. Es decir, debemos prometerles no sólo proteger su propiedad en todo caso contra todas las fuerzas económicas que se ciernen sobre ellos, sino también aliviarles de las cargas que ya ahora los oprimen: convertir al arrendatario en propietario libre y pagar las deudas del propietario que sucumbe al peso de su hipoteca. Si pudiéramos hacerlo, volveríamos a llegar al punto del que la situación actual se desarrollaría de nuevo necesariamente. No habremos emancipado al campesino, sino tan sólo concedídole una prórroga.

Pero no nos conviene ganarnos al campesino de la noche a la mañana para perderlo de nuevo al día siguiente si no podemos mantener nuestra promesa. Tan poco nos sirve el campesino como miembro del Partido si espera que perpetuemos su propiedad parcelaria, como el pequeño artesano que quisiera perpetuarse como patrón. Estas gentes son para los antisemitas. Que vayan a ellos y obtengan la promesa de salvar sus pequeñas empresas. Una vez que allí aprendan lo que realmente significan esas frases relucientes y qué melodías se tocan desde los cielos antisemitas, se darán cuenta cada vez más de que nosotros, que prometemos menos y buscamos la salvación en direcciones completamente distintas, somos, al fin y al cabo, gente más fiable. Si los franceses tuvieran la estridente demagogia antisemita que tenemos nosotros, difícilmente habrían cometido el error de Nantes.

¿Cuál es, pues, nuestra actitud hacia los pequeños campesinos? ¿Cómo habremos de tratar con ellos el día en que accedamos al poder?

Para empezar, el programa francés es absolutamente correcto al afirmar: que prevemos la inevitable perdición del pequeño campesino, pero que no es nuestra misión acelerarla mediante ninguna intervención por nuestra parte.

En segundo lugar, es igualmente evidente que cuando estemos en posesión del poder del Estado no pensaremos siquiera en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (sea con o sin indemnización), como tendremos que hacer en el caso de los grandes terratenientes. Nuestra tarea respecto al pequeño campesino consiste, en primer lugar, en efectuar la transición de su empresa privada, de su propiedad privada, a una cooperativa, no por la fuerza, sino mediante el ejemplo y el ofrecimiento de asistencia social para este fin. Y entonces, naturalmente, tendremos amplios medios para mostrar al pequeño campesino ventajas potenciales que ya hoy han de resultarle evidentes.

Hace casi veinte años, los socialistas daneses, que sólo cuentan con una verdadera ciudad en su país — Copenhague — y por ello tienen que apoyarse casi exclusivamente en la propaganda campesina fuera de ella, ya estaban elaborando planes semejantes. Los campesinos de una aldea o parroquia — en Dinamarca hay muchas grandes granjas individuales — debían poner en común sus tierras para formar una sola granja grande, cultivarla por cuenta común y distribuir el producto en proporción a la tierra, el dinero y el trabajo aportados. En Dinamarca la pequeña propiedad territorial desempeña sólo un papel secundario. Pero si aplicamos esta idea a una región de pequeñas propiedades, veremos que, al agruparlas y cultivar la superficie total en gran escala, parte de la fuerza de trabajo empleada hasta entonces se vuelve superflua. Precisamente este ahorro de trabajo constituye una de las principales ventajas de la agricultura en gran escala. Para esta fuerza de trabajo sobrante pueden encontrarse ocupaciones de dos maneras. O bien se ponen a disposición de la cooperativa campesina tierras adicionales tomadas de los grandes latifundios vecinos, o bien se proporciona a los campesinos en cuestión los medios y la oportunidad de dedicarse a actividades industriales complementarias, principalmente y en la medida de lo posible para su propio uso. En ambos casos, su situación económica mejora y, al mismo tiempo, se asegura a la autoridad social general de dirección la influencia necesaria para transformar gradualmente la cooperativa campesina en una forma superior y para equilibrar los derechos y deberes de la cooperativa en su conjunto, así como de cada uno de sus miembros, con

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los de los demás departamentos de la comunidad entera. La manera de llevarlo a la práctica en cada caso concreto dependerá de las circunstancias del caso y de las condiciones bajo las cuales tomemos posesión del poder político. Podremos entonces tal vez estar en condiciones de ofrecer a estas cooperativas aún más ventajas: asunción de toda su deuda hipotecaria por el banco nacional con una simultánea reducción drástica del tipo de interés; anticipos de fondos públicos para la creación de la producción en gran escala (no necesaria ni principalmente en dinero, sino en forma de productos necesarios: maquinaria, fertilizantes artificiales, etc.), y otras ventajas más.

El punto principal es y será hacer comprender a los campesinos que solo podemos salvar y preservar para ellos sus casas y campos transformándolos en propiedad cooperativa explotada cooperativamente. Es precisamente la explotación individual condicionada por la propiedad individual lo que conduce a los campesinos a la ruina. Si insisten en la explotación individual, serán inevitablemente arrojados de hogar y casa, y su anticuado modo de producción será sustituido por la gran producción capitalista. Así es como están las cosas. Y entonces llegamos nosotros y ofrecemos a los campesinos la posibilidad de introducir ellos mismos la gran producción, no por cuenta de los capitalistas, sino por cuenta propia, común. ¿Será realmente imposible hacerles entender que esto es en su propio interés, que es el único medio de salvación?

Ni ahora ni en ningún momento futuro podemos prometer a los campesinos parcelarios que preservaremos su propiedad y explotación individuales frente a la avasalladora fuerza de la producción capitalista. Solo podemos prometerles que no interferiremos por la fuerza, contra su voluntad, en sus relaciones de propiedad. Además, podemos propugnar que la lucha de los capitalistas y los grandes terratenientes contra los pequeños campesinos se libre ya ahora con un mínimo de medios desleales y que, en lo posible, se impida el robo y la estafa directos, que se practican harto a menudo. En esto solo tendremos éxito en casos excepcionales. Bajo el modo de producción capitalista desarrollado, nadie puede decir dónde termina la honestidad y dónde comienza la estafa. Pero siempre supondrá una diferencia considerable que la autoridad pública esté del lado del que estafa o del estafado. Nosotros, por supuesto, estamos decididamente del lado del pequeño campesino; haremos todo lo permisible para hacer su suerte más soportable, para facilitar su transición a la cooperativa si se decide por ella, e incluso para hacerle posible que permanezca en su parcela

durante un período prolongado para pensarlo, si aún no puede decidirse. Hacemos esto no solo porque consideramos al pequeño campesino que vive de su propio trabajo como virtualmente parte de los nuestros, sino también en interés directo del Partido. Cuanto mayor sea el número de campesinos a los que podamos salvar de ser realmente precipitados al proletariado, a los que podamos ganar para nuestra causa mientras aún son campesinos, tanto más rápida y fácilmente se realizará la transformación social. De nada nos servirá esperar con esta transformación hasta que la producción capitalista se haya desarrollado en todas partes hasta sus últimas consecuencias, hasta que el último pequeño artesano y el último pequeño campesino hayan caído víctimas de la gran producción capitalista. El sacrificio material que para este fin ha de hacerse en interés de los campesinos y ser costeado con fondos públicos, desde el punto de vista de la economía capitalista, no puede aparecer sino como dinero tirado, pero es, sin embargo, una excelente inversión, porque producirá un ahorro tal vez diez veces mayor en el costo de la reorganización social en general. En este sentido, podemos, por tanto, permitirnos ser muy generosos con los campesinos. No es este el lugar para entrar en detalles, para hacer propuestas concretas al respecto; aquí solo podemos tratar de principios generales.

Por consiguiente, no podemos hacer al Partido, así como a los pequeños campesinos, mayor flaco servicio que hacer promesas que siquiera creen la impresión de que pretendemos preservar permanentemente las pequeñas propiedades. Eso significaría cerrar directamente el camino de la emancipación a los campesinos y degradar al Partido al nivel del antisemitismo vulgar. Por el contrario, es deber de nuestro Partido dejar claro a los campesinos una y otra vez que su situación es absolutamente desesperada mientras impere el capitalismo, que es absolutamente imposible preservar para ellos como tales sus parcelas, que la gran producción capitalista está absolutamente segura de arrollar su impotente y anticuado sistema de pequeña producción como un tren arrolla a una carretilla. Si hacemos esto, actuaremos en consonancia con la tendencia inevitable del desarrollo económico, y este desarrollo no dejará de hacer que nuestras palabras calen hondo en los pequeños campesinos.

Dicho sea de paso, no puedo dejar este tema sin expresar mi convicción de que los autores del programa de Nantes también son esencialmente de mi opinión. Su perspicacia es demasiado grande para no saber que las superficies hoy divididas en pequeñas propiedades están igualmente destinadas a convertirse en propiedad común. Ellos mismos admiten que la propiedad parcelaria está destinada a desaparecer. El informe del Consejo Nacional redactado por Lafargue y presentado al

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Congreso de Nantes corrobora igualmente por completo esta opinión. Ha sido publicado en alemán en el Berlin Sozialdemokrat del 18 de octubre de este año.*. El carácter contradictorio de las expresiones empleadas en el propio programa de Nantes delata el hecho de que lo que los autores dicen realmente no es lo que quieren decir. Si no son comprendidos y sus afirmaciones son mal utilizadas, como de hecho ya ha ocurrido, es, por supuesto, culpa suya. En todo caso, tendrán que elucidar su programa y el próximo congreso francés revisarlo a fondo.

Pasemos ahora a los campesinos grandes. Aquí, a consecuencia de las divisiones hereditarias, así como del endeudamiento y de las ventas forzosas de tierras, nos encontramos con un abigarrado cuadro de estadios intermedios, desde el campesino parcelario hasta el gran propietario campesino que ha conservado intacto su antiguo patrimonio o incluso lo ha acrecentado. Donde el campesino medio vive entre campesinos parcelarios, sus intereses y sus puntos de vista no diferirán mucho de los de estos; sabe por propia experiencia cuántos de su especie han descendido ya al nivel de los pequeños campesinos. Pero donde predominan los campesinos medios y grandes y la explotación de las granjas requiere, por lo general, la ayuda de criados y criadas, la cosa es muy distinta. Por supuesto, un partido obrero tiene que luchar, en primer lugar, en favor de los trabajadores asalariados, es decir, por los criados y criadas y los jornaleros. Por lo tanto, está incuestionablemente prohibido hacer promesas a los campesinos que incluyan la persistencia de la esclavitud asalariada de los trabajadores. Pero mientras los campesinos grandes y medios sigan existiendo como tales, no podrán arreglárselas sin trabajadores asalariados. Si, por tanto, sería una verdadera locura de nuestra parte ofrecer a los campesinos parcelarios la perspectiva de seguir siéndolo permanentemente, rayaría en la traición prometer lo mismo a los campesinos grandes y medios.

Aquí tenemos nuevamente el caso análogo de los artesanos en las ciudades. Es cierto que están más arruinados que los campesinos, pero aún hay algunos que emplean oficiales además de aprendices, o para quienes los aprendices hacen el trabajo de oficiales. Que aquellos de estos maestros artesanos que quieran perpetuar su existencia como tales se junten con los antisemitas hasta que se hayan convencido de que tampoco en ese campo obtienen ayuda. Los demás, que han comprendido que su modo de producción está inevitablemente condenado, se están pasando a nosotros y, además, están dispuestos a compartir en el futuro la suerte que aguarda a todos los demás trabajadores. Lo mismo vale para los campesinos grandes y medios. Huelga decir que nos interesan más sus criados, criadas y jornaleros que ellos mismos. Si estos campesinos quieren que se les garantice la persistencia de sus explotaciones, no estamos en modo alguno en condiciones de asegurárselo. Entonces tendrán que ir a ocupar su lugar entre los antisemitas, los de la liga campesina y partidos similares que disfrutan prometiéndolo todo y no cumpliendo nada. Estamos económicamente seguros de que el campesino grande y medio también tiene que sucumbir inevitablemente a la competencia de la producción capitalista y del trigo barato de ultramar, como lo prueban el creciente endeudamiento y la decadencia, por doquier evidente, también de estos campesinos. Nada podemos hacer contra esta decadencia sino recomendar también aquí la unión de las granjas para formar empresas cooperativas, en las que la explotación del trabajo asalariado se eliminará cada vez más, y pueda instaurarse su transformación gradual en ramas de las grandes cooperativas nacionales de productores, gozando cada rama de iguales derechos y deberes. Si estos campesinos comprenden la inevitabilidad de la ruina de su actual modo de producción y sacan las conclusiones necesarias, vendrán a nosotros y tendremos el deber de facilitar, en la medida de nuestras posibilidades, también su transición al modo de producción modificado. De lo contrario, tendremos que abandonarlos a su suerte y dirigirnos a sus trabajadores asalariados, entre los cuales no dejaremos de encontrar simpatía. Lo más probable es que también aquí podamos abstenernos de recurrir a la expropiación forzosa, y, por lo demás, contar con que el desarrollo económico futuro haga entrar en razón incluso a estos caracteres más obstinados.

* a P. Lafargue, «Das bäuerliche Eigentum und die ökonomische Entwicklung.» — Ed.

Solo los grandes latifundios presentan un caso perfectamente simple. Aquí nos las habemos con la producción capitalista no disimulada, y ningún escrúpulo de ningún tipo ha de refrenarnos. Aquí nos enfrentamos a masas de proletarios rurales, y nuestra tarea es clara. En cuanto nuestro Partido esté en posesión del poder político, sencillamente tendrá que expropiar a los grandes terratenientes, al igual que a los fabricantes de la industria. Que esta expropiación haya de ser indemnizada o no dependerá en amplia medida, no de nosotros, sino de las circunstancias bajo las cuales obtengamos el poder y, _ particularmente, de la actitud que adopten esos caballeros, los grandes terratenientes, ellos mismos. De ningún modo consideramos la indemnización como algo inadmisible en todo caso; Marx me dijo (¡y cuántas veces!) que, a su juicio, saldríamos más baratos si pudiéramos comprar a toda la pandilla. Pero esto no nos incumbe aquí. Las grandes haciendas, así restituidas a la comunidad, serán entregadas por nosotros a los trabajadores rurales que ya las cultivan y que deben organizarse en cooperativas. Se les asignarán para su uso y beneficio bajo el control de la comunidad. Nada puede decirse aún acerca de los términos de su tenencia. En todo caso, la transformación de la empresa capitalista en empresa social se halla aquí plenamente preparada y puede llevarse a efecto de la noche a la mañana, exactamente igual que en la fábrica del Sr. Krupp o del Sr. von Stumm. Y el ejemplo de estas cooperativas agrícolas convencería incluso al último de los pequeños campesinos aún recalcitrantes, y seguramente también a muchos campesinos ricos, de las ventajas de la producción cooperativa en gran escala.

Así pues, podemos abrir aquí perspectivas ante los proletarios rurales tan espléndidas como las que se ofrecen a los obreros industriales, y solo puede ser cuestión de tiempo, y de muy poco tiempo, el que ganemos para nuestra causa a los trabajadores rurales de la Prusia al este del Elba. Pero, una vez que tengamos a los trabajadores rurales del Elba oriental, en toda Alemania soplará un viento distinto. La semi-servidumbre efectiva de los trabajadores rurales del Elba oriental es la base principal de la dominación del junkerismo prusiano y, por tanto, de la soberanía específicamente prusiana en Alemania. Son los Junkers al este del Elba quienes han creado y conservado el carácter específicamente prusiano de la burocracia, así como del cuerpo de oficiales del ejército—los Junkers, que se ven reducidos cada vez más a la ruina por su endeudamiento, empobrecimiento y parasitismo a costa del Estado y de los particulares, y precisamente por eso se aferran con tanta mayor desesperación al dominio que ejercen; los Junkers, cuya altivez, intolerancia y arrogancia han acarreado al Imperio alemán de la nación prusiana tanto odio dentro del país—aun haciendo todas las concesiones al hecho de que, actualmente, este Imperio es inevitable como única forma en que la unidad nacional puede ser alcanzada hoy—y tan poco respeto en el extranjero, pese a sus brillantes victorias. El poder de estos Junkers se basa en que dentro del territorio compacto de las siete viejas provincias prusianas—esto es, aproximadamente un tercio de todo el territorio del Imperio—ellos disponen de la propiedad territorial, que aquí trae consigo tanto poder social como político; y no solo la propiedad territorial, sino, a través de sus refinerías de azúcar de remolacha y sus destilerías de aguardiente, también las industrias más importantes de esta zona. Ni los grandes terratenientes del resto de Alemania ni los grandes industriales se hallan en una posición igualmente favorable. Ni unos ni otros disponen de un reino compacto. Ambos están desperdigados por una vasta extensión de territorio y compiten entre sí y con otros elementos sociales que los rodean por la preponderancia económica y política. Pero la base económica de esta dominación de los Junkers prusianos se deteriora de continuo. También aquí el endeudamiento y el empobrecimiento se propagan irresistiblemente, pese a toda la ayuda estatal (y desde Federico II esta partida ha figurado en todo presupuesto regular de los Junkers). Solo la semi-servidumbre efectiva, sancionada por la ley y la costumbre, y la resultante posibilidad de explotación ilimitada de los trabajadores rurales, mantiene todavía a duras penas a flote a los Junkers que se ahogan. Sembrad la semilla de la Social Democracia entre estos trabajadores, dadles el coraje y la cohesión para hacer valer sus derechos, y se acabará la gloria de los Junkers. El gran poder reaccionario, que para Alemania representa el mismo elemento bárbaro y depredador que el zarismo ruso para toda Europa, se derrumbará como una burbuja pinchada. Los «regimientos escogidos» del ejército prusiano se volverán socialdemócratas, lo que resultará en un desplazamiento del poder preñado de toda una convulsión. Mas por esta razón es de una importancia inmensamente mayor ganar al proletariado rural al este del Elba que a los pequeños campesinos de la Alemania occidental o incluso a los campesinos medios de la Alemania meridional. Es aquí, en Prusia al este del Elba, donde habrá de librarse la batalla decisiva por nuestra causa, y por esto mismo tanto el gobierno como el junkerismo harán cuanto esté en su mano para impedir que tengamos acceso aquí. Y si, como se nos amenaza, se recurre a nuevas medidas coactivas para estorbar la difusión de nuestro Partido, su propósito primordial será proteger de nuestra propaganda al proletariado rural del Elba oriental. Lo mismo nos da. Lo conquistaremos a pesar de todo.