con la mayor parte de lo que necesitaban en artículos manufacturados. No es de extrañar, por tanto, que el progreso industrial de Inglaterra fuera colosal y sin parangón, y tal que la situación de 1844 nos parece hoy comparativamente insignificante, casi primitiva.

Y a medida que se producía este incremento, en esa misma medida la industria manufacturera fue aparentemente moralizándose. La competencia de fabricante contra fabricante mediante pequeños robos a los trabajadores ya no era rentable. El comercio había superado esos medios bajos de ganar dinero; el fabricante millonario tenía que ser más sensato y no perder el tiempo en triquiñuelas de esta índole. Esas prácticas, a lo sumo, eran bastante buenas para los pequeños peces necesitados de dinero, que debían atrapar cada penique para no sucumbir a la competencia. Así se suprimió el sistema de truck, se promulgó la ley de las diez horas y se introdujeron una serie de otras reformas secundarias, muy en contra del espíritu del libre comercio y de la competencia desenfrenada, pero al mismo tiempo muy a favor del capitalista gigante en su competencia contra su hermano menos favorecido.

Además, cuanto mayor era la empresa y con ella el número de obreros, mayores eran las pérdidas y los trastornos ocasionados por cada conflicto con los trabajadores; y así se extendió entre los fabricantes, sobre todo entre los más grandes, un nuevo espíritu que les enseñó a evitar disputas innecesarias, a aceptar la existencia y el poder de los sindicatos y, finalmente, hasta a descubrir en las huelgas —en momentos oportunos— un poderoso medio para servir a sus propios fines. Los mayores fabricantes, antes adalides de la guerra contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Y por una razón muy fundada.

Todas estas concesiones a la justicia y a la filantropía no eran más que medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos y aplastar a los competidores más pequeños, que no podían sobrevivir sin ingresos suplementarios de esa clase. Para estos pocos, las pequeñas extorsiones accesorias de los años anteriores no sólo habían perdido toda importancia, sino que se habían convertido, por así decirlo, en estorbos para los negocios a gran escala. De este modo, el desarrollo de la producción sobre la base del sistema capitalista ha bastado por sí mismo —al menos en las industrias principales, pues en las ramas más insignificantes esto dista mucho de ser el caso— para eliminar todas esas pequeñas quejas que agravaban la suerte del trabajador durante sus primeros años. Y de esta manera pone de relieve cada vez más el hecho central de que la causa de la miserable situación de la clase obrera no ha de buscarse en esas quejas menores, sino en el propio sistema capitalista. El obrero vende al capitalista su fuerza de trabajo por una suma diaria determinada. Al cabo de unas pocas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma; pero la sustancia de su contrato es que tiene que trabajar otra serie de horas más para completar su jornada laboral; y el valor que produce durante esas horas adicionales de plustrabajo es plusvalía, que al capitalista no le cuesta nada, pero que va a parar a su bolsillo. Ésa es la base del sistema que tiende cada vez más a escindir la sociedad civilizada en unos pocos Rothschild y Vanderbilt, propietarios de todos los medios de producción y subsistencia, por un lado, y un inmenso número de trabajadores asalariados, propietarios únicamente de su fuerza de trabajo, por el otro. Y el hecho de que este resultado no lo cause tal o cual agravio secundario, sino el propio sistema, es algo que el desarrollo del capitalismo en Inglaterra ha puesto claramente de relieve.

Por otra parte, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han mostrado al burgués británico la necesidad urgente de la salubridad en sus ciudades si desea salvarse a sí mismo y a su familia de caer víctimas de esas enfermedades. En consecuencia, los abusos más escandalosos descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos visibles. Se ha introducido o mejorado el alcantarillado, se han abierto amplias avenidas a través de muchos de los peores «barrios bajos». «Little Ireland» ha desaparecido, y los «Siete Diales»**° son los siguientes en la lista para ser derribados. Pero ¿de qué sirve eso? Distritos enteros que en 1844 yo podía describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de deterioro, incomodidad y miseria. Sólo que los cerdos y los montones de basura ya no se toleran. La burguesía ha progresado aún más en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Pero el hecho de que en lo relativo a sus viviendas no se haya producido ninguna mejora sustancial lo prueba ampliamente el Informe de la Comisión Real «sobre la vivienda de los pobres», de 1885. Y lo mismo ocurre en otros aspectos. Los reglamentos policiales son ya más abundantes que las moras; pero sólo pueden acorralar la miseria de los trabajadores, no eliminarla.

Pero mientras que Inglaterra ha superado así el estado juvenil de la explotación capitalista descrito por mí, otros países apenas lo han alcanzado. Francia, Alemania y, sobre todo, América, son los formidables competidores que, en este momento —como yo preveía en 1844—, están rompiendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Sus manufacturas son jóvenes en comparación con las de Inglaterra, pero aumentan con una rapidez mucho mayor que éstas; y en este momento han llegado aproximadamente a la misma fase de desarrollo que la manufactura inglesa en 1844. En lo que respecta a América, el paralelismo es realmente sorprendente. Cierto es que las circunstancias externas en las que se halla la clase obrera en América son muy diferentes, pero actúan las mismas leyes económicas y los resultados, si no idénticos en todos los aspectos, deben ser del mismo orden. Así, encontramos en América las mismas luchas por una jornada laboral más corta, por una limitación legal del tiempo de trabajo, especialmente de mujeres y niños en las fábricas; encontramos el sistema de truck en plena floración y el sistema de cottages,*’ en los distritos rurales, utilizado por los «bosses», los capitalistas y sus agentes, como medio de dominación sobre los trabajadores. Cuando recibí, en 1886, los periódicos americanos con noticias de la gran huelga de 12.000 mineros del carbón de Pensilvania en el distrito de Connellsville,**? me pareció no leer más que mi propia descripción de la huelga de los mineros del carbón del norte de Inglaterra en 1844.* El mismo engaño a los trabajadores mediante medidas falsas; el mismo sistema de truck; el mismo intento de quebrar la resistencia de los mineros mediante el último, pero aplastante, recurso de los capitalistas: el desalojo de los hombres de sus viviendas, las cottages propiedad de las compañías.

Ni aquí ni en las ediciones inglesas he tratado de poner el libro al día, es decir, de enumerar uno por uno los cambios ocurridos desde 1844. No lo he hecho por dos razones. En primer lugar, habría tenido que duplicar el volumen del libro. Y en segundo lugar, el primer tomo de El capital de Marx ofrece una descripción detallada de la situación de la clase obrera británica aproximadamente para 1865, es decir, la época en que la prosperidad industrial de Gran Bretaña había alcanzado su apogeo. Por tanto, yo no habría hecho más que repetir lo que dice Marx.

Apenas será necesario señalar que el punto de vista teórico general de este libro —filosófico, económico, político— no coincide exactamente con mi punto de vista actual. El socialismo internacional moderno, desde que se desarrolló plenamente como ciencia, principal y casi exclusivamente gracias a los esfuerzos de Marx, no existía aún en 1844. Mi libro representa una de las fases de su desarrollo embrionario; y así como el embrión humano, en sus primeras etapas, todavía reproduce los arcos branquiales de nuestros antepasados pisciformes, así este libro muestra por doquier las huellas de la ascendencia del socialismo moderno a partir de uno de sus antepasados, la filosofía clásica alemana. De ahí el gran énfasis que se pone en la afirmación de que el comunismo no es una mera doctrina partidista de la clase obrera, sino una teoría que abarca la emancipación de la sociedad en su conjunto, incluida la clase capitalista, de sus actuales condiciones estrechas. Esto es bastante cierto en abstracto, pero absolutamente inútil —y a veces peor— en la práctica. Mientras las clases ricas no sólo no sientan la necesidad de emancipación alguna, sino que se opongan enérgicamente a la autoemancipación de la clase obrera, la revolución social tendrá que ser preparada y librada por la clase obrera sola. También los burgueses franceses de 1789 declararon que la emancipación de la burguesía era la emancipación de todo el género humano; pero la nobleza y el clero no quisieron verlo; la proposición —aunque por el momento, con respecto al feudalismo, fuera una verdad histórica abstracta— pronto se convirtió en mero sentimentalismo y desapareció por completo de la vista en el fuego de la lucha revolucionaria. Y hoy, precisamente aquellos que, desde la «imparcialidad» de su punto de vista superior, predican a los obreros un socialismo que se eleva muy por encima de sus intereses de clase y de sus luchas de clase, esas gentes son o neófitos que todavía tienen que aprender mucho, o los peores enemigos de los trabajadores, lobos con piel de cordero.

El período recurrente de la gran crisis industrial se fija en el texto en cinco años. Éste era el período indicado aparentemente por la marcha de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 ha mostrado que el período real es de diez años; que las conmociones intermedias eran secundarias y habían ido desapareciendo cada vez más a partir de 1842. Desde 1868 el estado de cosas ha vuelto a cambiar, de lo cual hablaremos más adelante.

He tenido cuidado de no suprimir del texto las muchas profecías, entre otras la de una inminente revolución social en Inglaterra, que mi ardor juvenil me indujo a aventurar. Lo sorprendente no es que unas cuantas de estas profecías resultaran falsas, sino que tantas de ellas hayan resultado acertadas, y que el estado crítico del comercio inglés, provocado por la competencia continental y especialmente americana, que yo preveía entonces —aunque en un plazo demasiado corto—, se haya cumplido ahora realmente. A este respecto, me veo obligado a poner el libro al día insertando aquí un artículo que apareció en el London Commonweal del 1 de marzo de 1885, en inglés, y en Neue Zeit en junio del mismo año (número 6), en alemán.**°

«Hace cuarenta años Inglaterra se hallaba frente a una crisis que, según todas las apariencias, sólo la fuerza podía resolver. El inmenso y rápido desarrollo de las manufacturas había superado la extensión de los mercados exteriores y el aumento de la demanda. Cada diez años la marcha de la industria se veía violentamente interrumpida por una crisis comercial general, seguida, tras un largo período de depresión crónica, por unos pocos años cortos de prosperidad, que siempre terminaban en una febril superproducción y en un consiguiente colapso renovado. La clase capitalista clamaba por el libre comercio de cereales y amenazaba con imponerlo enviando de vuelta la población hambrienta de las ciudades a los distritos rurales de los que procedía, para invadirlos, como decía John Bright, no como indigentes que mendigan pan, sino como un ejército acantonado sobre el enemigo.* Las masas trabajadoras de las ciudades exigían su parte del poder político —la Carta del Pueblo*’—; estaban apoyadas por la mayoría de la pequeña clase comerciante, y la única diferencia entre ambos era si la Carta debía llevarse a cabo por la fuerza física o por la fuerza moral. Luego vinieron la crisis comercial de 1847 y la hambruna irlandesa, y con ambas la perspectiva de la revolución.»

La Revolución Francesa de 1848 salvó a la clase media inglesa. Las proclamas socialistas de los obreros franceses victoriosos atemorizaron a la pequeña clase media de Inglaterra y desorganizaron el movimiento más estrecho, pero más práctico, de la clase obrera inglesa. En el preciso momento en que el cartismo estaba llamado a imponerse con toda su fuerza, se derrumbó internamente antes incluso de derrumbarse externamente, el 10 de abril de 1848. La acción de la clase obrera fue relegada a un segundo plano. La clase capitalista triunfó en toda la línea.

El Reform Bill de 1831 había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La derogación de las Leyes de Cereales fue la victoria del capitalista manufacturero no sólo sobre la aristocracia terrateniente, sino también sobre aquellos sectores de capitalistas cuyos intereses estaban más o menos ligados al interés agrario —banqueros, agiotistas, rentistas, etc. El librecambio significó el reajuste de toda la política interior y exterior, comercial y financiera de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas manufactureros —la clase que ahora representaba a la nación. Y emprendieron esta tarea con empeño. Se eliminó sin piedad todo obstáculo a la producción industrial. El arancel aduanero y todo el sistema fiscal fueron revolucionados. Todo se subordinó a un solo fin, pero ese fin de la mayor importancia para el capitalista manufacturero: el abaratamiento de todas las materias primas, y especialmente de los medios de vida de la clase obrera; la reducción del coste de la materia prima y la contención —si no la rebaja aún— de los salarios. Inglaterra debía convertirse en el «taller del mundo»; todos los demás países debían llegar a ser para Inglaterra lo que Irlanda ya era: mercados para sus mercancías manufacturadas, suministrándole a cambio materias primas y alimentos. Inglaterra, el gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número cada vez mayor de Irlandas cultivadoras de cereales y algodón girando a su alrededor, el sol industrial. ¡Qué perspectiva tan gloriosa!

Los capitalistas manufactureros emprendieron la realización de este su gran objetivo con ese robusto sentido común y ese desprecio por los principios tradicionales que siempre les ha distinguido de sus competidores más estrechos de miras en el continente. El cartismo se estaba extinguiendo. El renacimiento de la prosperidad comercial, natural después de que la crisis de 1847 se hubiera agotado, se atribuyó enteramente al mérito del librecambio. Ambas circunstancias habían convertido a la clase obrera inglesa, políticamente, en la cola del «gran Partido Liberal», el partido dirigido por los manufactureros. Esta ventaja, una vez obtenida, debía perpetuarse. Y los capitalistas manufactureros, de la oposición cartista, no al librecambio, sino a la transformación del librecambio en la única cuestión nacional vital, habían aprendido, y aprendían cada vez más, que la clase media jamás puede obtener pleno poder social y político sobre la nación sin la ayuda de la clase obrera. Así se produjo un cambio gradual en las relaciones entre ambas clases. Las Leyes Fabriles, antaño la pesadilla de todos los manufactureros, no sólo fueron aceptadas de buen grado, sino que se toleró su expansión a leyes que regulaban casi todos los oficios. Los Sindicatos Obreros, considerados hasta entonces invenciones del mismísimo diablo, fueron ahora mimados y patrocinados como instituciones perfectamente legítimas y como medios útiles para difundir sanas doctrinas económicas entre los obreros. Incluso las huelgas, nada más nefasto que ellas hasta 1848, se descubrió gradualmente que en ocasiones eran muy útiles, especialmente cuando eran provocadas por los propios patronos, en el momento que ellos elegían. De las disposiciones legales que colocaban al obrero en un nivel inferior o en desventaja respecto al patrono, al menos las más repugnantes fueron derogadas. Y, en la práctica, aquella horrenda Carta del Pueblo se convirtió realmente en el programa político de los mismísimos manufactureros que la habían combatido hasta el final. La Abolición del Sufragio Censitario y el Voto Secreto son ahora ley del país. Las Reform Acts de 1867 y 1884 se aproximan mucho al sufragio universal, al menos tal como existe ahora en Alemania; el Redistribution Bill actualmente ante el Parlamento crea distritos electorales iguales —en conjunto no más desiguales que los de Francia o Alemania; el pago de los diputados, y parlamentos más cortos, si no realmente anuales, se vislumbran en el horizonte —y sin embargo, hay gente que dice que el cartismo ha muerto.

La Revolución de 1848, no menos que muchas de sus predecesoras, ha tenido extraños compañeros de cama y sucesores. Las mismísimas personas que la sofocaron se han convertido, como solía decir Karl Marx, en sus albaceas testamentarios. Luis Napoleón tuvo que crear una Italia independiente y unida, Bismarck tuvo que revolucionar Alemania y restaurar la independencia húngara, y los manufactureros ingleses tuvieron que promulgar la Carta del Pueblo.

Para Inglaterra, los efectos de esta dominación de los capitalistas manufactureros fueron al principio asombrosos. El comercio revivió y se extendió a un grado inaudito incluso en esta cuna de la industria moderna; las pasmosas creaciones anteriores del vapor y la maquinaria empequeñecieron hasta la nada en comparación con la inmensa masa de producción de los veinte años que van de 1850 a 1870, con las abrumadoras cifras de exportaciones e importaciones, de riqueza acumulada en manos de los capitalistas y de fuerza humana de trabajo concentrada en las grandes ciudades. El progreso se vio ciertamente interrumpido, como antes, por una crisis cada diez años, tanto en 1857 como en 1866; pero estas crisis se consideraban ahora como acontecimientos naturales e inevitables, a los que había que someterse fatalistamente, y que al final siempre se arreglaban solos.

¿Y la condición de la clase obrera durante este período? Hubo una mejora temporal incluso para la gran masa. Pero esta mejora siempre quedaba reducida al antiguo nivel por la afluencia del gran cuerpo de la reserva de desempleados, por el constante desplazamiento de brazos por nueva maquinaria, por la inmigración de la población agrícola, ahora también, cada vez más, desplazada por máquinas.

Sólo se puede constatar una mejora permanente para dos secciones «protegidas» de la clase obrera. En primer lugar, los obreros fabriles. La fijación por ley del Parlamento de su jornada laboral dentro de límites relativamente racionales ha restaurado su constitución física y les ha dotado de una superioridad moral, realzada por su concentración local. Están indudablemente mejor que antes de 1848. La mejor prueba es que, de cada diez huelgas que hacen, nueve son provocadas por los manufactureros en su propio interés, como único medio para asegurar una producción reducida. Jamás se puede conseguir que los patronos accedan a trabajar a «jornada reducida», por muy invendibles que sean los productos manufacturados; pero consígase que los obreros vayan a la huelga, y los patronos cierran sus fábricas sin excepción.

En segundo lugar, los grandes Sindicatos Obreros. Son las organizaciones de aquellos oficios en los que predomina, o es aplicable únicamente, el trabajo de hombres adultos. Aquí, ni la competencia de mujeres y niños ni la de la maquinaria ha debilitado hasta ahora su fuerza organizada. Los maquinistas, los carpinteros y ebanistas, los albañiles, son cada uno de ellos un poder, hasta tal punto que, como en el caso de los albañiles y peones de albañil, pueden incluso resistir con éxito la introducción de maquinaria. Que su condición ha mejorado notablemente desde 1848 no cabe duda, y la mejor prueba de ello está en el hecho de que durante más de quince años no sólo sus patronos han estado con ellos, sino ellos con sus patronos, en excelentes términos. Forman una aristocracia dentro de la clase obrera; han conseguido imponer para sí mismos una posición relativamente confortable, y la aceptan como definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen (y también del digno Lujo Brentano), y son realmente gente muy agradable con la que tratar hoy en día, para cualquier capitalista sensato en particular y para toda la clase capitalista en general.

Pero en cuanto a la gran masa del pueblo trabajador, el estado de miseria e inseguridad en que viven ahora es tan bajo como siempre, si no más bajo. El East End de Londres es un charco cada vez más extenso de miseria estancada y desolación, de inanición cuando falta el trabajo, y de degradación física y moral cuando hay trabajo. Y lo mismo ocurre en todas las demás grandes ciudades —dejando de lado a la minoría privilegiada de los obreros; y lo mismo en las ciudades más pequeñas y en los distritos agrícolas. La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al valor de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que reduce su precio medio, por regla general, al mínimo de esos medios de subsistencia, estas leyes actúan sobre ellos con la fuerza irresistible de un motor automático que los tritura entre sus ruedas.

Ésta era, pues, la situación creada por la política librecambista de 1847, y por veinte años de dominio de los capitalistas manufactureros. Pero entonces se produjo un cambio. El crac de 1866 fue, ciertamente, seguido por una ligera y breve reactivación hacia 1873; pero ésta no duró. Ciertamente, no pasamos por la crisis plena en el momento en que era esperable, en 1877 o 1878; pero hemos tenido, desde 1876, un estado crónico de estancamiento en todas las ramas dominantes de la industria. Ni llegará el crac total; ni llegará el período de anhelada prosperidad al que solíamos tener derecho antes y después de él. Una depresión sorda, una saturación crónica de todos los mercados para todos los ramos comerciales, eso es en lo que hemos estado viviendo durante casi diez años. ¿A qué se debe esto?

La teoría del librecambio se basaba en un supuesto: que Inglaterra iba a ser el único gran centro manufacturero de un mundo agrícola. Y el hecho real es que este supuesto ha resultado ser una pura ilusión. Las condiciones de la industria moderna, la fuerza del vapor y la maquinaria, pueden establecerse dondequiera que haya combustible, especialmente carbón. Y otros países además de Inglaterra —Francia, Bélgica, Alemania, América, incluso Rusia— tienen carbón. Y la gente de allí no vio la ventaja de convertirse en granjeros pauperizados irlandeses meramente para mayor riqueza y gloria de los capitalistas ingleses. Se pusieron resueltamente a manufacturar, no sólo para sí mismos, sino para el resto del mundo; y la consecuencia es que el monopolio manufacturero disfrutado por Inglaterra durante casi un siglo está irremediablemente roto.

Pero el monopolio manufacturero de Inglaterra es el pivote del presente sistema social de Inglaterra. Incluso mientras duró ese monopolio, los mercados no podían seguir el ritmo de la creciente productividad de los manufactureros ingleses; las crisis decenales eran la consecuencia. Y los nuevos mercados escasean cada día más, tanto que incluso los negros del Congo han de ser ahora forzados a entrar en la civilización que acompaña a los calicós de Manchester, la cerámica de Staffordshire y la quincalla de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando los productos continentales, y especialmente los americanos, afluyan en cantidades cada vez mayores, cuando la parte predominante, que aún ostentan los manufactureros británicos, se reduzca de año en año? Responde, librecambio, panacea universal.

No soy el primero en señalar esto. Ya en 1883, en la reunión de Southport de la British Association, el Sr. Inglis Palgrave, Presidente de la sección económica, declaró claramente que

los días de las grandes ganancias comerciales en Inglaterra habían terminado, y había una pausa en el progreso de varias ramas importantes del trabajo industrial. Casi podría decirse que el país está entrando en el estado no progresivo.

Pero ¿cuál ha de ser la consecuencia? La producción capitalista no puede detenerse. Debe seguir aumentando y expandiéndose, o debe morir. Incluso

Ahora bien, la mera reducción de la parte del león que corresponde a Inglaterra en el abastecimiento del mercado mundial significa estancamiento, penuria, exceso de capital aquí, exceso de trabajadores desocupados allí. ¿Qué será cuando el aumento de la producción anual se detenga por completo?

«He aquí el punto vulnerable, el talón de Aquiles de la producción capitalista. Su base misma es la necesidad de una expansión constante, y esta expansión constante se vuelve ahora imposible. Desemboca en un punto muerto. Cada año, Inglaterra se ve más cerca de enfrentar cara a cara la cuestión: o el país se derrumba, o la producción capitalista lo hace. ¿Cuál de las dos?»

«¿Y la clase obrera? Si incluso bajo la expansión comercial e industrial sin paralelo, desde 1848 hasta 1868, han tenido que soportar semejante miseria; si incluso entonces la gran masa de ellos experimentó en el mejor de los casos sólo una mejora temporal de su condición, mientras que una pequeña minoría privilegiada y ‘protegida’ se benefició permanentemente, ¿qué será cuando este período deslumbrante llegue por fin a su fin; cuando el actual y sombrío estancamiento no sólo se intensifique, sino que esta, su condición intensificada, se convierta en el estado permanente y normal del comercio inglés?»

«La verdad es esta: durante el período del monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa ha compartido, en cierta medida, los beneficios del monopolio. Estos beneficios se repartían muy desigualmente entre ellos; la minoría privilegiada se embolsaba la mayor parte, pero incluso la gran masa tenía, al menos, una parte temporal de vez en cuando. Y esa es la razón por la que, desde la extinción del owenismo, no ha habido socialismo en Inglaterra. Con el derrumbe de ese monopolio, la clase obrera inglesa perderá esa posición privilegiada; se encontrará en general —sin exceptuar a la minoría privilegiada y dirigente— al nivel de sus compañeros de trabajo en el extranjero. Y esa es la razón por la que habrá de nuevo socialismo en Inglaterra.»

Tal escribí yo en 1885. En el Prefacio a la edición inglesa, fechado el 11 de enero de 1892, proseguí diciendo:

«A esta exposición del caso, tal como se me presentaba en 1885, poco tengo que añadir. Huelga decir que hoy en día hay ciertamente “socialismo otra vez en Inglaterra”, y en abundancia; socialismo de todos los matices: socialismo consciente e inconsciente, socialismo prosaico y poético, socialismo de la clase obrera y de la clase media, pues, en verdad, esa abominación de las abominaciones, el Socialismo, no sólo se ha vuelto respetable, sino que incluso se ha puesto frac y se recuesta perezosamente en los sofás de los salones. Ello muestra la incurable veleidad de ese terrible déspota que es la “opinión pública” de la clase media, y una vez más justifica el desprecio en que nosotros, los socialistas de una generación pasada, tuvimos siempre a esa opinión pública. Al mismo tiempo, no tenemos motivo para quejarnos del síntoma mismo.

»Lo que considero mucho más importante que esa moda pasajera entre los círculos burgueses de adoptar una suave dilución del socialismo, e incluso más que el progreso real que el socialismo ha hecho en Inglaterra en general, es el resurgimiento del East End de Londres. Esa inmensa guarida de la miseria ya no es el estanque estancado que era hace seis años. Se ha sacudido su torpe desesperación, ha vuelto a la vida y se ha convertido en el hogar de lo que se llama el ‘Nuevo sindicalismo’, es decir, la organización de la gran masa de trabajadores ‘no cualificados’. Esta organización puede adoptar en gran medida la forma de los viejos sindicatos de trabajadores ‘cualificados’, pero es esencialmente diferente en su carácter. Los viejos sindicatos conservan las tradiciones de la época en que se fundaron y consideran el sistema del trabajo asalariado como un hecho definitivo, establecido de una vez por todas, que en el mejor de los casos pueden modificar en interés de sus miembros. Los nuevos sindicatos se fundaron en un momento en que la fe en la eternidad del sistema del trabajo asalariado estaba seriamente sacudida; sus fundadores y promotores eran socialistas, ya consciente o sentimentalmente; las masas, cuya adhesión les dio fuerza, eran rudas, descuidadas, menospreciadas por la aristocracia obrera; pero tenían la inmensa ventaja de que sus mentes eran tierra virgen, enteramente libres de los prejuicios burgueses ‘respetables’ heredados que entorpecían los cerebros de los sindicalistas ‘viejos’ mejor situados. Y así vemos ahora que estos nuevos sindicatos toman la dirección del movimiento obrero en general y cada vez arrastran más a remolque a los ricos y orgullosos ‘viejos’ sindicatos.

»Indudablemente, los del East End han cometido errores colosales; también los cometieron sus predecesores, y los cometen los socialistas doctrinarios que los menosprecian. Una clase numerosa, como una gran nación, nunca aprende mejor ni más rápido que sufriendo las consecuencias de sus propios errores. Y a pesar de todas las faltas cometidas en el pasado, presente y futuro, el resurgimiento del East End de Londres sigue siendo uno de los hechos más grandes y fecundos de este fin de siècle, y me siento contento y orgulloso de haber vivido para verlo.»

Desde que escribí lo anterior, hace seis meses, el movimiento obrero inglés ha dado nuevamente un buen paso adelante. Las elecciones parlamentarias que tuvieron lugar hace unos días notificaron formalmente a ambos partidos oficiales, el conservador y el liberal, que de ahora en adelante uno y otro tendrán que contar con un tercer partido, el partido obrero. Este partido obrero está aún en proceso de formación; sus elementos todavía están ocupados en sacudirse los prejuicios tradicionales de todo tipo —burgueses, del viejo sindicalismo, e incluso socialistas doctrinarios— para poder al fin unirse en un terreno común a todos ellos. Y sin embargo, el instinto de unión que siguieron era ya tan fuerte que produjo resultados electorales hasta ahora inauditos en Inglaterra. En Londres, dos obreros se presentaron a las elecciones, y además abiertamente como socialistas; los liberales no se atrevieron a presentar a uno de los suyos contra ellos, y los dos socialistas han ganado por una mayoría aplastante e inesperada. En Middlesbrough, un candidato obrero se ha presentado contra un liberal y un conservador y ha sido elegido en las mismísimas barbas de ambos; en cambio, los nuevos candidatos obreros que se aliaron con los liberales han sido derrotados sin esperanza, con la excepción de uno solo. Entre los que hasta ahora se han llamado representantes obreros, es decir, aquellos a quienes se les perdona su calidad de obreros porque ellos mismos la ahogarían de buen grado en el océano de su liberalismo, el representante más significativo del viejo sindicalismo, Henry Broadhurst, ha sufrido una derrota notable por haberse declarado en contra de la jornada de ocho horas. En dos distritos electorales de Glasgow, uno de Salford y varios otros, candidatos obreros independientes se enfrentaron a candidatos de los dos viejos partidos; fueron derrotados, pero también lo fueron los candidatos liberales. En resumen, en varias circunscripciones de grandes ciudades e industriales, los obreros han roto resueltamente todo vínculo con los dos viejos partidos y han logrado así éxitos directos o indirectos como nunca habían obtenido en elección alguna hasta ahora. Y el júbilo por ello entre los trabajadores es ilimitado. Por primera vez han visto y sentido lo que pueden hacer cuando utilizan sus derechos electorales en interés de su clase. La creencia supersticiosa en el “gran Partido Liberal” que durante casi cuarenta años dominó a los trabajadores ingleses ha quedado destruida. Han visto, mediante ejemplos contundentes, que ellos, los obreros, son la fuerza decisiva en Inglaterra con sólo tener la voluntad y conocer su propia voluntad; y las elecciones de 1892 han sido el inicio de ese conocimiento y esa voluntad. El movimiento obrero en el Continente se encargará del resto: los alemanes y los franceses, que ya están tan fuertemente representados en parlamentos y concejos municipales, mantendrán el espíritu de emulación de los ingleses suficientemente alto mediante ulteriores éxitos. Y si en un futuro no muy lejano resulta que este nuevo parlamento no puede llegar a nada con el señor Gladstone, ni el señor Gladstone con este parlamento, el partido obrero inglés estará seguramente lo bastante constituido para poner fin pronto al juego de balancín de los dos viejos partidos que se han ido sucediendo en el poder y perpetuando así la dominación burguesa.

F. Engels
Londres, 21 de julio de 1892