Antepongo a la obra más extensa arriba mencionada los dos Manifiestos más breves del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana. En primer lugar, porque en La guerra civil se remite al segundo de ellos, el cual, a su vez, no puede comprenderse plenamente sin el primero. Pero también porque estos dos Manifiestos, redactados igualmente por Marx, no son menos que La guerra civil ejemplos sobresalientes del notable don del autor, demostrado por primera vez en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, para captar con claridad el carácter, el alcance y las consecuencias necesarias de los grandes acontecimientos históricos en el momento mismo en que estos acontecimientos se desarrollan ante nuestros ojos o acaban de producirse. Y, por último, porque hoy todavía en Alemania estamos sufriendo las consecuencias que Marx predijo que se derivarían de esos sucesos.

¿No se ha cumplido lo que se declaró en el primer Manifiesto: que si la guerra defensiva de Alemania contra Luis Bonaparte degeneraba en una guerra de conquista contra el pueblo francés, todas las miserias que cayeron sobre Alemania después de las llamadas guerras de independencia’* revivirían con renovado vigor? ¿No hemos tenido otros veinte años de dominación de Bismarck, con la ley de excepción y la caza de socialistas en lugar de la persecución de demagogos,’* con la misma arbitrariedad policial y con las mismas interpretaciones de la ley literalmente pasmosas?

¿Y no se ha confirmado al pie de la letra la predicción de que la anexión de Alsacia-Lorena “echaría a Francia en brazos de Rusia”* y de que, después de esa anexión, Alemania tendría que convertirse en el servidor declarado de Rusia o, tras una breve tregua, armarse para una nueva guerra, y además “una guerra de razas: una guerra con las razas eslava y romana combinadas”*? ¿No ha empujado la anexión de las provincias francesas a Francia en brazos de Rusia? ¿No ha cortejado Bismarck vanamente durante veinte años enteros el favor del zar, cortejándolo con servicios aún más bajos que los que la pequeña Prusia, antes de convertirse en la “primera potencia de Europa”, solía depositar a los pies de la Santa Rusia? ¿Y no pende todavía todos los días sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de la guerra, en cuyo primer día todos los pactos protocolarios de los príncipes se dispersarán como paja; una guerra de la cual nada es seguro excepto la incertidumbre absoluta de su resultado; una guerra de razas que someterá a toda Europa a la devastación por quince o veinte millones de hombres armados, y que no ruge ya únicamente porque incluso el más fuerte de los grandes estados militares retrocede ante la absoluta incalculabilidad de su desenlace final?

Tanto más es nuestro deber volver a hacer accesibles a los obreros alemanes estas brillantes pruebas, hoy medio olvidadas, de la clarividencia de la política internacional de la clase obrera en 1870.

Lo que es cierto de estos dos Manifiestos lo es también de La guerra civil en Francia. El 28 de mayo, los últimos combatientes de la Comuna sucumbieron ante fuerzas superiores en las pendientes de Belleville; y sólo dos días después, el 30 de mayo, Marx leyó ante el Consejo General la obra en la que el significado histórico de la Comuna de París aparece delineado con rasgos breves y enérgicos, pero con un vigor y, sobre todo, una verdad como no se ha vuelto a alcanzar en toda la ingente literatura sobre el tema.

Gracias al desarrollo económico y político de Francia desde 1789, París se ha visto colocado en los últimos cincuenta años en una situación tal que ninguna revolución podía estallar allí sin asumir un carácter proletario, es decir, sin que el proletariado, que había comprado la victoria con su sangre, presentara sus propias reivindicaciones después de la victoria. Estas reivindicaciones eran más o menos confusas e incluso contradictorias, en consonancia con el grado de desarrollo alcanzado por los obreros de París en cada período, pero en última instancia todas ellas equivalían a la abolición del antagonismo de clase entre capitalistas y obreros. Es cierto que nadie sabía cómo llevarla a cabo. Pero la reivindicación misma, por indefinida que aún estuviera formulada, contenía una amenaza al orden social existente; los obreros que la planteaban estaban aún armados; por tanto, el desarme de los obreros era el primer mandamiento para los burgueses que estaban al timón del Estado. De ahí que, tras cada revolución ganada por los obreros, se produjera una nueva lucha que terminaba con la derrota de éstos.

Esto ocurrió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales de la oposición parlamentaria celebraron banquetes para conseguir una reforma del derecho de sufragio que asegurara la supremacía de su partido. Obligados cada vez más, en su lucha con el gobierno, a apelar al pueblo, tuvieron que ceder gradualmente la primacía a los estratos radicales y republicanos de la burguesía y de la pequeña burguesía. Pero detrás de éstos se hallaban los obreros revolucionarios, que desde 1830 habían adquirido una independencia política mucho mayor de lo que sospechaban los burgueses, e incluso los republicanos. En el momento de la crisis entre el gobierno y la oposición, los obreros iniciaron la lucha en las calles; Luis Felipe desapareció, y con él la reforma del sufragio, y en su lugar surgió la república, y además una república que los obreros victoriosos designaron ellos mismos como república “social”. Sin embargo, nadie tenía claro lo que esta república social debía implicar, ni siquiera los propios obreros. Pero ellos tenían ahora las armas y eran una fuerza en el Estado. Por consiguiente, tan pronto como los republicanos burgueses en el poder sintieron algo así como un terreno firme bajo sus pies, su primer objetivo fue desarmar a los obreros. Esto se llevó a cabo empujándolos a la insurrección de junio de 1848 mediante un quebrantamiento directo de la palabra empeñada, un desafío abierto y el intento de desterrar a los desempleados a una provincia lejana. El gobierno se había cuidado de contar con una abrumadora superioridad de fuerzas. Después de cinco días de lucha heroica, los obreros fueron derrotados. Y a continuación siguió un baño de sangre entre los prisioneros indefensos, como no se había visto desde las guerras civiles que precedieron a la caída de la república romana. Fue la primera vez que la burguesía mostró a qué insensatas crueldades de venganza puede ser empujada en el momento en que el proletariado se atreve a enfrentarse a ella como clase separada, con sus propios intereses y reivindicaciones. Y, sin embargo, 1848 no fue más que un juego de niños comparado con el frenesí de la burguesía en 1871.

El castigo llegó pisándole los talones. Si el proletariado no estaba aún en condiciones de gobernar Francia, la burguesía ya no podía hacerlo. Al menos no en aquel período, en que la mayor parte de ella seguía siendo de inclinaciones monárquicas y estaba dividida en tres partidos dinásticos y un cuarto partido republicano. Sus disensiones internas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando —ejército, policía, maquinaria administrativa— y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851, el último baluarte de la burguesía, la Asamblea Nacional. Comenzó el Segundo Imperio: la explotación de Francia por una pandilla de aventureros políticos y financieros, pero al mismo tiempo también un desarrollo industrial como nunca había sido posible bajo el sistema estrecho de miras y timorato de Luis Felipe, con el dominio exclusivo de sólo una pequeña fracción de la gran burguesía. Luis Bonaparte arrebató el poder político a los capitalistas con el pretexto de protegerlos a ellos, los burgueses, contra los obreros, y, por otra parte, a los obreros contra aquéllos; pero, a cambio, su dominación alentó la especulación y la actividad industrial; en una palabra, el surgimiento y el enriquecimiento de toda la burguesía en una medida hasta entonces desconocida. En una medida aún mayor, ciertamente, se desarrollaron la corrupción y el latrocinio en masa, agrupándose en torno a la corte imperial y extrayendo fuertes porcentajes de este enriquecimiento.

Pero el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, era la exigencia de restaurar las fronteras del Primer Imperio, perdidas en 1814, o por lo menos las de la Primera República. Un imperio francés dentro de las fronteras de la vieja monarquía y, de hecho, dentro de las fronteras aún más mutiladas de 1815, tal cosa era imposible por mucho tiempo. De ahí la necesidad de guerras ocasionales y de ampliaciones de las fronteras. Pero ninguna ampliación de fronteras deslumbraba tanto la imaginación de los chovinistas franceses como la ampliación hasta la orilla izquierda alemana del Rin. Una milla cuadrada en el Rin significaba para ellos más que diez en los Alpes o en cualquier otra parte. Dado el Segundo Imperio, la exigencia de restaurar la orilla izquierda del Rin, de una sola vez o por partes, era sólo cuestión de tiempo. El momento llegó con la guerra austro-prusiana de 1866; frustrado Napoleón en la esperada “compensación territorial” por Bismarck y por su propia política, demasiado astuta y vacilante, no le quedó más remedio que la guerra, que estalló en 1870 y lo arrastró primero a Sedán y de allí a Wilhelmshöhe.

La consecuencia necesaria fue la Revolución parisiense del 4 de septiembre de 1870. El imperio se derrumbó como un castillo de naipes y se proclamó de nuevo la república. Pero el enemigo estaba ante las puertas; los ejércitos del imperio estaban sitiados sin esperanza en Metz o prisioneros en Alemania. En esta situación de emergencia, el pueblo permitió que los diputados de París al antiguo cuerpo legislativo se constituyeran en “Gobierno de la Defensa Nacional”. Esto fue tanto más fácilmente concedido cuanto que, para fines de la defensa, todos los parisienses en condiciones de portar armas se habían alistado en la Guardia Nacional y estaban armados, de modo que ahora los obreros constituían una gran mayoría. Pero muy pronto el antagonismo entre el gobierno, casi completamente burgués, y el proletariado armado desembocó en conflicto abierto. El 31 de octubre, batallones obreros asaltaron el ayuntamiento y capturaron a parte de los miembros del gobierno. La traición, la ruptura directa por parte del gobierno de sus compromisos y la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses los dejaron libres de nuevo, y, para no provocar el estallido de una guerra civil en el interior de una ciudad sitiada por una potencia militar extranjera, se mantuvo en funciones al gobierno anterior.

Por fin, el 28 de enero de 1871, París hambriento capituló. Pero con honores sin precedentes en la historia de las guerras. Los fuertes fueron entregados, las murallas despojadas de sus cañones, las armas de los regimientos de línea y de la Guardia Móvil fueron entregadas, y sus hombres considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones, y sólo concertó un armisticio con los vencedores. Y éstos no se atrevieron a entrar triunfalmente en París. Sólo se atrevieron a ocupar un pequeño rincón de París, que, por añadidura, en parte consistía en parques públicos, ¡y aun esto lo ocuparon sólo durante unos días! Y durante ese tiempo, ellos, que habían mantenido el cerco de París durante 131 días, se vieron a su vez cercados por los obreros armados de París, que vigilaban estrechamente para que ningún “prusiano” traspasara los estrechos límites del rincón cedido al conquistador extranjero. Tal era el respeto que los obreros parisienses inspiraban en el ejército ante el cual todos los ejércitos del imperio habían depuesto las armas; y los junkers prusianos, que habían venido a tomar venganza en la patria de la revolución, se vieron obligados a mantenerse respetuosamente a distancia y a saludar precisamente a esta revolución armada.

Durante la guerra, los obreros de París se habían limitado a reclamar que la lucha se llevara adelante con energía. Pero ahora, cuando la paz había llegado tras la capitulación de París,¹* ahora Thiers, nuevo jefe supremo del gobierno, se veía obligado a reconocer que el dominio de las clases propietarias —los grandes terratenientes y los capitalistas— corría peligro constante mientras los obreros de París tuvieran armas en las manos. Su primer acto fue un intento de desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con la orden de despojar a la Guardia Nacional de la artillería que le pertenecía, artillería que había sido construida durante el sitio de París y pagada por suscripción pública. El intento fracasó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia, y se declaró la guerra entre París y el gobierno francés instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida la Comuna de París y el 28 se proclamó. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había ejercido el gobierno, presentó su dimisión ante la Comuna después de haber decretado primero la abolición de la escandalosa «Policía de la Moral» de París. El 30 de marzo la Comuna abolió el servicio militar obligatorio y el ejército permanente, y declaró que la única fuerza armada sería la Guardia Nacional, en la que debían inscribirse todos los ciudadanos capaces de portar armas. Condonó todos los pagos de alquileres de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril, de modo que las cantidades ya abonadas se computarían como futuros pagos de alquiler, y suspendió todas las ventas de objetos empeñados en el montepío municipal. Ese mismo día los extranjeros elegidos para la Comuna fueron confirmados en sus cargos, porque «la bandera de la Comuna es la bandera de la República Universal».* El 1 de abril se decidió que el salario máximo que podría percibir cualquier empleado de la Comuna, y por tanto también sus propios miembros, no excedería de 6.000 francos (4.800 marcos). Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de todos los pagos estatales para fines religiosos, así como la transformación de todas las propiedades eclesiásticas en propiedad nacional; como consecuencia de ello, el 8 de abril se ordenó la exclusión de las escuelas de todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones —en una palabra, «de todo lo que pertenece a la esfera de la conciencia individual»—, disposición que se fue poniendo gradualmente en práctica. El 5, en respuesta a los fusilamientos, día tras día, de los combatientes de la Comuna capturados por las tropas de Versalles, se dictó un decreto para la prisión de rehenes, pero nunca llegó a cumplirse. El 6, el batallón 137 de la Guardia Nacional sacó la guillotina y la quemó públicamente, en medio del gran regocijo popular. El 12, la Comuna decidió que la Columna de la Victoria en la plaza Vendôme, fundida con cañones capturados por Napoleón después de la guerra de 1809, debía ser demolida como símbolo de chovinismo y de incitación al odio nacional. Esto se llevó a cabo el 16 de mayo. El 16 de abril ordenó un recuento estadístico de las fábricas que habían sido cerradas por los fabricantes y la elaboración de planes para la explotación de esas fábricas por los obreros que antes trabajaban en ellas, organizados en sociedades cooperativas, y también planes para la organización de estas cooperativas en una gran unión. El 20 abolió el trabajo nocturno de los panaderos, así como las oficinas de colocación, que desde el Segundo Imperio habían sido explotadas como monopolio por criaturas nombradas por la policía —explotadores del trabajo de primer orden—; estas oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos (arrondissements) de París. El 30 de abril ordenó el cierre de los montes de piedad, alegando que constituían una explotación privada de los obreros y estaban en contradicción con el derecho de los obreros a sus instrumentos de trabajo y al crédito. El 5 de mayo ordenó la demolición de la Capilla Expiatoria, construida en expiación de la ejecución de Luis XVI.

De este modo, a partir del 18 de marzo, el carácter de clase del movimiento parisino, que antes había sido relegado a un segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, surgió nítida y claramente. Como en la Comuna casi sólo se sentaban obreros, o representantes reconocidos de los obreros, sus decisiones tenían un carácter netamente proletario. O bien estas decisiones decretaban reformas que la burguesía republicana no había logrado aprobar por pura cobardía, pero que proporcionaban una base necesaria para la libre actividad de la clase obrera —como la puesta en práctica del principio de que, frente al Estado, la religión es un asunto puramente privado—, o bien la Comuna promulgó decretos que interesaban directamente a la clase obrera y que, en parte, realizaban profundos cortes en el viejo orden social. En una ciudad sitiada, sin embargo, lo más que se podía hacer era empezar a realizar todo esto. Y desde comienzos de mayo todas sus energías fueron absorbidas por la lucha contra los ejércitos congregados por el gobierno de Versalles en número cada vez mayor.

El 7 de abril, las tropas de Versalles habían capturado el cruce del Sena en Neuilly, en el frente occidental de París; en cambio, en un ataque en el frente sur el día 11, fueron rechazadas con graves pérdidas por el general Eudes. París era bombardeada sin cesar, y además por las mismas personas que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la misma ciudad por los prusianos. Esas mismas personas rogaban ahora al gobierno prusiano que apresurase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y Metz, para que reconquistasen París para ellos. A partir de comienzos de mayo, la llegada gradual de estas tropas dio a las fuerzas de Versalles una superioridad decidida. Esto se hizo ya evidente cuando, el 23 de abril, Thiers rompió las negociaciones para el canje, propuesto por la Comuna, del arzobispo de París* y todo un grupo de otros sacerdotes retenidos como rehenes en París, por un solo hombre, Blanqui, que había sido elegido dos veces para la Comuna pero estaba prisionero en Clairvaux. Y más aún por el cambio en el lenguaje de Thiers; antes dilatorio y equívoco, se volvió de repente insolente, amenazador, brutal. Las fuerzas de Versalles tomaron el reducto de Moulin Saquet en el frente sur el 3 de mayo; el 9, el fuerte de Issy, completamente reducido a ruinas por el cañoneo; el 14, el fuerte de Vanves. En el frente occidental avanzaron gradualmente, apoderándose de los numerosos pueblos y edificios que se extendían hasta la muralla de la ciudad, hasta alcanzar las defensas principales; el 21, gracias a una traición y a la negligencia de los guardias nacionales allí apostados, lograron abrirse paso hasta el interior de la ciudad. Los prusianos, que ocupaban los fuertes del norte y del este, permitieron que las tropas de Versalles avanzaran a través del terreno al norte de la ciudad, territorio que les estaba vedado por el armisticio, y de este modo marcharon adelante atacando en un amplio frente que los parisinos, naturalmente, creían cubierto por el armisticio y que, por tanto, estaba defendido sólo débilmente. Como resultado de ello, en la mitad occidental de París, en la ciudad propiamente del lujo, sólo se opuso una débil resistencia; ésta se hizo más fuerte y tenaz cuanto más se aproximaban las tropas invasoras a la mitad oriental, la ciudad obrera propiamente dicha. Sólo después de ocho días de lucha sucumbieron los últimos defensores de la Comuna en las alturas de Belleville y Ménilmontant; y entonces la matanza de hombres, mujeres y niños indefensos, que había estado haciendo estragos toda la semana en escala creciente, alcanzó su apogeo. Los fusiles de retrocarga ya no podían matar lo bastante deprisa; los vencidos eran abatidos a centenares por el fuego de las ametralladoras. El «Muro de los Federados» en el cementerio del Père Lachaise, donde se consumó el asesinato masivo final, se alza aún hoy, mudo pero elocuente testimonio de la furia de que es capaz la clase dominante en cuanto la clase obrera se atreve a defender sus derechos. Luego, cuando la matanza de todos resultó imposible, vinieron las detenciones en masa, el fusilamiento de víctimas arbitrariamente seleccionadas entre las filas de los prisioneros, y el traslado del resto a grandes campos donde aguardaban el juicio ante consejos de guerra. Las tropas prusianas que rodeaban la mitad nordeste de París tenían orden de no dejar pasar a ningún fugitivo; pero los oficiales cerraban a menudo los ojos cuando los soldados obedecían más a los dictados de la humanidad que a los del Mando Supremo; particular honor corresponde al cuerpo de ejército sajón, que se comportó de forma muy humanitaria y dejó pasar a muchos que eran manifiestamente combatientes de la Comuna.

Si hoy, al cabo de veinte años, volvemos la vista atrás hacia la actividad y la significación histórica de la Comuna de París de 1871, nos encontramos con que es necesario hacer algunas adiciones al relato dado en La guerra civil en Francia.

Los miembros de la Comuna se dividían en una mayoría, los blanquistas, que también habían predominado en el Comité Central de la Guardia Nacional; y una minoría, miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, compuesta principalmente por adeptos de la escuela proudhoniana del socialismo. La gran mayoría de los blanquistas eran entonces socialistas sólo por instinto revolucionario proletario; sólo unos pocos habían alcanzado una mayor claridad de principios, a través de Vaillant, que estaba familiarizado con el socialismo científico alemán. Es comprensible, por tanto, que en la esfera económica quedase mucho por hacer que, según nuestra visión actual, la Comuna debería haber hecho. Lo más difícil de entender es ciertamente el santo temor con el que se detuvieron respetuosamente ante las puertas del Banco de Francia. Éste fue también un grave error político. El banco en manos de la Comuna… esto habría valido más que diez mil rehenes. Habría significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el gobierno de Versalles a favor de la paz con la Comuna. Pero lo que es aún más admirable es la justeza de mucho de lo que, a pesar de todo, hizo la Comuna, compuesta como estaba por blanquistas y proudhonianos. Naturalmente, los proudhonianos fueron los principales responsables de los decretos económicos de la Comuna, tanto de sus aspectos loables como de los no loables; como los blanquistas lo fueron de sus aciertos y omisiones políticos. Y en ambos casos la ironía de la historia quiso —como suele ocurrir cuando los doctrinarios toman el timón— que ambos hicieran lo contrario de lo que prescribían las doctrinas de su escuela.

Proudhon, el socialista del pequeño campesino y del maestro artesano, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que había en ella más mal que bien; que era por naturaleza estéril, incluso perjudicial, porque era una traba a la libertad del obrero; que era un dogma puro, improductivo y gravoso, en contradicción tanto con la libertad del obrero como con la economía del trabajo; que sus desventajas se multiplicaban más rápidamente que sus ventajas; que, comparadas con ella, la competencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales —como Proudhon los llamaba— de la gran industria y los grandes establecimientos, como los ferrocarriles, estaba en su lugar la asociación de los obreros. (Véase Idée générale de la révolution, tercer esbozo.)[8]

Para 1871, la gran industria había dejado de ser hasta tal punto un caso excepcional incluso en París, centro de las artes artesanales, que el decreto de lejos más importante de la Comuna instauró una organización de la gran industria e incluso de la manufactura que no solo debía basarse en la asociación de los obreros en cada fábrica, sino también unir todas esas asociaciones en una gran unión; en suma, una organización que, como dice Marx con toda razón en La guerra civil, habría tenido que conducir necesariamente al comunismo,* es decir, a lo directamente opuesto a la doctrina proudhoniana. Y por eso la Comuna fue la tumba de la escuela proudhoniana del socialismo. Hoy esa escuela ha desaparecido de los círculos obreros franceses; aquí, ¡entre los posibilistas no menos que entre los “marxistas”, domina indiscutida la teoría de Marx. Solo entre la burguesía “radical” quedan todavía proudhonianos.

A los blanquistas no les fue mejor. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos unidos por la estricta disciplina que esta lleva consigo, partían del punto de vista de que un número relativamente pequeño de hombres resueltos y bien organizados sería capaz, en un momento favorable dado, no solo de apoderarse del timón del Estado, sino también, mediante un gran despliegue de energía implacable, de mantenerse en el poder hasta que lograran arrastrar a la masa del pueblo a la revolución y agruparla en torno al pequeño núcleo de dirigentes. Esto implicaba, ante todo, la más severa centralización dictatorial de todo el poder en manos del nuevo gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo de hecho la Comuna, compuesta en su mayoría por esos mismos blanquistas? En todas sus proclamas a los franceses de las provincias, les pidió que constituyeran una federación libre de todas las Comunas francesas con París, una organización nacional que por primera vez iba a ser creada realmente por la nación misma. Precisamente el poder opresor del antiguo gobierno centralizado, ejército, policía política, burocracia, que Napoleón había creado en 1798 y que desde entonces había sido adoptado por cada nuevo gobierno como un instrumento bienvenido y utilizado contra sus adversarios, precisamente ese poder debía caer en todas partes, tal como ya había caído en París.

Desde el principio mismo, la Comuna se vio obligada a reconocer que la clase obrera, una vez llegada al poder, no podía seguir manejándose con la vieja máquina estatal; que, para no perder de nuevo su supremacía apenas conquistada, esa clase obrera debía, de una parte, suprimir toda la vieja maquinaria represiva que antes se había empleado contra ella misma, y, de otra, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuál había sido el rasgo característico del Estado anterior? La sociedad había creado sus propios órganos para velar por sus intereses comunes, originalmente por simple división del trabajo. Pero estos órganos, al frente de los cuales se hallaba el poder estatal, con el correr del tiempo, en prosecución de sus propios intereses particulares, se transformaron de servidores de la sociedad en amos de la sociedad. Esto puede verse, por ejemplo, no solo en la monarquía hereditaria, sino igualmente en la república democrática. En ninguna parte forman “los políticos” un sector más separado y poderoso de la nación que precisamente en Norteamérica. Allí, cada uno de los dos grandes partidos que se alternan en el poder está a su vez controlado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con los escaños de las asambleas legislativas tanto de la Unión como de los distintos Estados, o que viven de la agitación en favor de su partido y, al triunfar este, son recompensados con cargos. Es bien sabido cómo los americanos llevan treinta años intentando sacudirse ese yugo, que se ha vuelto insoportable, y cómo, a pesar de todo, siguen hundiéndose cada vez más en ese pantano de corrupción. Es precisamente en América donde mejor vemos cómo se opera este proceso de independización del poder estatal frente a la sociedad, de la que originariamente no debía ser más que un mero instrumento. Allí no existe dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente –salvo los pocos hombres que vigilan a los indios–, ni burocracia con cargos vitalicios o con derecho a pensión. Y sin embargo encontramos dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que se apoderan alternativamente del poder estatal y lo explotan con los medios más corruptos y para los fines más corruptos; y la nación se ve impotente frente a esos dos grandes cárteles de políticos que nominalmente son sus servidores, pero en realidad la dominan y la saquean. 

Contra esa transformación del Estado y de los órganos del Estado, de servidores de la sociedad en amos de la sociedad –transformación inevitable en todos los Estados anteriores–, la Comuna se valió de dos medios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los puestos –administrativos, judiciales y docentes– mediante elección por sufragio universal de todos los interesados, con derecho de revocación en cualquier momento por los mismos electores. Y, en segundo lugar, todos los funcionarios, altos o bajos, solo recibían el salario que percibían los demás obreros. El sueldo máximo que la Comuna pagó a nadie fue de 6.000 francos. Con esto se erigía una barrera eficaz contra la caza de cargos y el arribismo, aun prescindiendo del mandato imperativo para los delegados a los cuerpos representativos que además se añadió. 

Esta destrucción (Sprengung) del antiguo poder estatal y su sustitución por uno nuevo, verdaderamente democrático, se describe detalladamente en la tercera sección de La guerra civil. Pero era necesario detenerse aquí, una vez más, brevemente en algunos de sus rasgos, porque precisamente en Alemania la creencia supersticiosa en el Estado ha pasado de la filosofía a la conciencia general de la burguesía e incluso de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la “realización de la idea”, o el Reino de Dios en la tierra, traducido a términos filosóficos, la esfera en la que la verdad y la justicia eternas se realizan o deben realizarse. Y de aquí se deriva una veneración supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que a él se halla vinculado, veneración que arraiga tanto más fácilmente cuanto que la gente está acostumbrada desde la infancia a imaginarse que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no podrían ser atendidos de otro modo que como lo han sido en el pasado, es decir, a través del Estado y de sus funcionarios lucrativamente situados. Y la gente cree haber dado un paso extraordinariamente audaz cuando se ha desembarazado de la fe en la monarquía hereditaria y jura por la república democrática. Sin embargo, en realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, y ello en la república democrática no menos que en la monarquía; y, en el mejor de los casos, un mal heredado por el proletariado después de su lucha victoriosa por la supremacía de clase, mal cuyos peores aspectos el proletariado triunfante, al igual que la Comuna, no podrá menos que extirpar de inmediato en la mayor medida posible, hasta que una generación educada en condiciones sociales nuevas y libres sea capaz de arrojar todo el trasto del Estado al montón de chatarra. 

De nuevo, últimamente, el filisteo alemán se ha llenado de sano terror ante las palabras: Dictadura del proletariado. ¡Bien, está bien, señores! ¿Quieren saber qué aspecto tiene esa dictadura? Miren a la Comuna de París. Eso fue la Dictadura del proletariado. 

Londres, en el vigésimo aniversario de la Comuna de París, 18 de marzo de 1891. F. Engels