Llegamos ahora a otro descubrimiento de Morgan, que es al menos tan importante como la reconstrucción de la forma primitiva de la familia a partir de los sistemas de consanguinidad. La demostración del hecho de que los grupos de consanguíneos dentro de la tribu india americana, designados con nombres de animales, son en esencia idénticos a las *genea* de los griegos y las *gentes* de los romanos; que la forma americana era la original y la griega y romana la posterior, derivada; que toda la organización social de los griegos y romanos de las épocas primitivas en gens, fratria y tribu encuentra su fiel paralelo en la de los indios americanos; que (hasta donde alcanzan nuestras fuentes de información actuales) la gens es una institución común a todos los bárbaros hasta su entrada en la civilización, e incluso después: esta demostración aclaró de un solo golpe las partes más difíciles de la historia más antigua de Grecia y Roma. Al mismo tiempo, ha arrojado una luz inesperada sobre los rasgos fundamentales de la constitución social de las épocas primitivas —antes de la introducción del Estado—. Por sencillo que esto pueda parecer una vez que se conoce —no obstante, Morgan no lo descubrió hasta hace muy poco—. En su obra anterior, publicada en 1871,⁽b⁾ no había dado aún con el secreto cuyo descubrimiento redujo por un tiempo* a un silencio ratonil a los prehistoriadores ingleses, por lo demás tan confiados.⁽a⁾

La palabra latina *gens*, que Morgan emplea como designación general para este grupo de consanguíneos, proviene, al igual que su equivalente griego, *genos*, de la raíz aria común *gan* (en alemán, donde la *g* aria es, según la regla, reemplazada por *k*, es *kan*), que significa engendrar. *Gens*, *genos*, el sánscrito *ganas*, el gótico *kuni* (de acuerdo con la regla arriba mencionada), el antiguo nórdico y anglosajón *kyn*, el inglés *kin*, el medio alto alemán *künne*, todos significan por igual parentesco, descendencia. Sin embargo, *gens* en latín y *genos* en griego se usan específicamente para un grupo de consanguíneos que se jacta de una descendencia común (en este caso de un antepasado masculino común) y que, en virtud de ciertas instituciones sociales y religiosas, forma una comunidad separada, cuyo origen y naturaleza han permanecido hasta ahora, no obstante, oscuros para todos nuestros historiadores.

Ya hemos visto más arriba, en relación con la familia punalúa, cómo se constituye una gens en su forma original. Consta de todas las personas que, en virtud del matrimonio punalúa y de acuerdo con las concepciones que necesariamente predominan en él, constituyen los descendientes reconocidos de una determinada antepasada individual, la fundadora de la gens. Dado que en esta forma de familia la paternidad es incierta, solo vale la línea femenina. Como los hermanos no pueden casarse con sus hermanas, sino solo con mujeres de descendencia diferente, los hijos nacidos de tales mujeres ajenas quedan, según el derecho materno, fuera de la gens. Así, solo la descendencia de las hijas de cada generación permanece en el grupo de consanguíneos, mientras que la descendencia de los hijos pasa a las gentes de sus madres. ¿Qué sucede, entonces, con este grupo consanguíneo una vez que se constituye como un grupo separado frente a grupos similares dentro de la tribu?

Morgan toma la gens de los iroqueses, en particular la de la tribu seneca, como la forma clásica de la gens original. Tienen ocho gentes, nombradas según los siguientes animales: 1) Lobo; 2) Oso; 3) Tortuga; 4) Castor; 5) Ciervo; 6) Agachadiza; 7) Garza; 8) Halcón. En cada gens prevalecen los siguientes usos:

1. Elige a su sachem (dirigente en tiempos de paz) y a su jefe (líder en la guerra). El sachem debía ser elegido de dentro de la gens misma y su cargo era hereditario en la gens, en el sentido de que debía ser cubierto inmediatamente cada vez que se producía una vacante. El jefe de guerra podía ser elegido también fuera de la gens y en ocasiones podía no existir en absoluto. El hijo del anterior sachem nunca era elegido como su sucesor, puesto que entre los iroqueses prevalecía el derecho materno y el hijo, por tanto, pertenecía a una gens diferente. El hermano o el hijo de la hermana, sin embargo, eran elegidos a menudo. Todos votaban en la elección —hombres y mujeres por igual—. La elección, no obstante, había de ser refrendada por las siete gentes restantes y solo entonces la persona elegida era instalada ceremonialmente, acto que llevaba a cabo el consejo general de toda la Confederación Iroquesa. La importancia de esto se verá más tarde. La autoridad del sachem dentro de la gens era de carácter paternal y puramente moral. No disponía de medio coercitivo alguno. En virtud de su cargo era también miembro del consejo de la tribu de los senecas, así como del Consejo de la Confederación de todos los iroqueses. El jefe de guerra solo podía dar órdenes en las expediciones militares.

2. La gens puede deponer a voluntad al sachem y al jefe de guerra. Esto también lo llevan a cabo conjuntamente los hombres y las mujeres. A partir de entonces, los depuestos figuran como simples guerreros y personas privadas, igual que los demás. El consejo de la tribu puede deponer también a los sachem, incluso contra la voluntad de la gens.

3. A ningún miembro le está permitido casarse dentro de la gens. Esta es la regla fundamental de la gens, el vínculo que la mantiene unida; es la expresión negativa del muy positivo parentesco de sangre en virtud del cual los individuos comprendidos en ella llegan a ser una gens. Con el descubrimiento de este simple hecho, Morgan reveló por primera vez la naturaleza de la gens. Cuán poco se había comprendido la gens hasta entonces lo demuestran los informes anteriores sobre salvajes y bárbaros, en los que los diversos grupos que constituyen la organización gentilicia son referidos con ignorancia e indistintamente como tribu, clan, *thum*, etc.; y respecto a estos se afirma a veces que el matrimonio dentro de cualquiera de tales grupos está prohibido. Esto dio lugar a la confusión sin esperanza en la que el Sr. McLennan pudo intervenir como un Napoleón, creando orden mediante su decreto: Todas las tribus se dividen en aquellas dentro de las cuales el matrimonio está prohibido (exógamas) y aquellas dentro de las cuales está permitido (endógamas). Y habiendo enredado así a fondo las cosas, pudo entregarse a las más profundas investigaciones sobre cuál de sus dos fatuas clases era la más antigua, la exogamia o la endogamia. Esta insensatez cesó automáticamente con el descubrimiento de la gens basada en el parentesco de sangre y la consiguiente imposibilidad de matrimonio entre sus miembros. — Obviamente, en la etapa en que encontramos a los iroqueses, la prohibición del matrimonio dentro de la gens se observa estrictamente.

4. Los bienes de las personas fallecidas se distribuían entre los restantes miembros de la gens —debían permanecer en la gens—. Dada la insignificancia de los efectos que un iroqués podía dejar, la herencia se dividía entre los parientes más cercanos en la gens; cuando moría un hombre, entre sus hermanos y hermanas carnales y su tío materno; cuando moría una mujer, entonces entre sus hijos y hermanas carnales, pero no sus hermanos. Esa es precisamente la razón por la que era imposible que marido y mujer heredaran uno del otro, y por la que los hijos no podían heredar de su padre.

5. Los miembros de la gens estaban obligados a prestarse mutuamente asistencia, protección y particularmente apoyo para vengar las ofensas infligidas por extraños. El individuo dependía, y podía depender, para su seguridad de la protección de la gens. Quienquiera que lo injuriaba, injuriaba a toda la gens. De esto —los vínculos de sangre de la gens— surgía la obligación de la venganza de sangre, que era reconocida incondicionalmente por los iroqueses. Si un no-miembro de una gens mataba a un miembro de la gens, toda la gens a la que pertenecía la persona muerta estaba obligada a tomar venganza de sangre. Primero se intentaba la mediación. Se celebraba un consejo de la gens del homicida y se hacían proposiciones al consejo de la gens de la víctima para un arreglo del asunto —mayormente en forma de expresiones de pesar y presentes de valor considerable—. Si estas eran aceptadas, el asunto quedaba cerrado. Si no, la gens ofendida nombraba uno o más vengadores, cuyo deber era perseguir y matar al asesino. Si esto ocurría, la gens de este último no tenía derecho a quejarse; el asunto se consideraba saldado.

6. La gens tiene nombres o series de nombres definidos que ella sola, en toda la tribu, tiene derecho a usar, de modo que el nombre de un individuo indica también la gens a la que pertenece. Un nombre gentilicio lleva consigo los derechos gentilicios como cosa natural.

7. La gens puede adoptar extraños y admitirlos así en la tribu como un todo. Los prisioneros de guerra que no eran muertos se convertían en miembros de la tribu seneca mediante la adopción en una gens y obtenían así plenos derechos tribales y gentilicios. La adopción tenía lugar a petición de miembros individuales de la gens —los hombres colocaban al extraño en la relación de un hermano o una hermana, las mujeres en la de un hijo—. Para su confirmación, era necesaria la aceptación ceremonial en la gens. Las gentes individuales, excepcionalmente mermadas, eran a menudo reabastecidas mediante la adopción en masa desde otra gens, con el consentimiento de esta última. Entre los iroqueses, la ceremonia de adopción en la gens se realizaba en una reunión pública del consejo de la tribu, lo que la convertía prácticamente en un rito religioso.

8. Sería difícil probar ritos religiosos especiales entre las gentes indias —y sin embargo las ceremonias religiosas de los indios están más o menos conectadas con las gentes—. Entre los iroqueses, en sus seis festivales religiosos anuales, los sachem y los jefes de guerra de las gentes individuales estaban incluidos entre los «Guardianes de la Fe» *ex officio* y ejercían funciones sacerdotales.

9. La gens tiene un lugar de entierro común. El de los iroqueses del Estado de Nueva York, que han sido acorralados por los blancos, ha desaparecido ahora, pero existía antes. Aún sobrevive entre otras tribus indias, como, por ejemplo, entre los tuscaroras, una tribu estrechamente emparentada con los iroqueses, quienes, aunque cristianos, retienen todavía en su cementerio una fila especial para cada gens, de modo que la madre es enterrada en la misma fila que sus hijos, pero no el padre. Y también entre los iroqueses, todos los miembros de la gens son dolientes en el funeral, preparan la tumba, pronuncian oraciones fúnebres, etc.

10. La gens tiene un consejo, la asamblea democrática de todos los miembros adultos, varones y hembras, de la gens, todos con igual voz. Este consejo elegía y deponía a los sachem y a los jefes de guerra y, asimismo, al resto de los «Guardianes de la Fe». Decidía sobre las ofrendas de penitencia (wergeld) o la venganza de sangre por los gentiles asesinados. Adoptaba extraños en la gens. En resumen, era el poder soberano en la gens.

Tales son los poderes de una típica gens india.

«Todos sus miembros eran personalmente libres, y estaban obligados a defender la libertad de los demás; eran iguales [...] en derechos personales, sin que los sachem y los jefes reclamaran superioridad alguna; y formaban una hermandad unida por los vínculos del parentesco. Libertad, igualdad y fraternidad, aunque nunca formuladas, eran principios cardinales de la gens. [...] La gens era la unidad de un sistema social, el fundamento sobre el que se organizaba la sociedad india. [...] [Esto] sirve para explicar ese sentido de independencia y dignidad personal universalmente atributo del carácter indio.»⁽ᵈ⁾

En la época de su descubrimiento, los indios de toda Norteamérica estaban organizados en gentes de acuerdo con el derecho materno. Solo en unas pocas tribus, como entre los dakotas, las gentes habían caído en decadencia, mientras que en algunas otras, como los ojibwas y los omahas, estaban organizadas de acuerdo con el derecho paterno.

Entre numerosas tribus indias que cuentan con más de cinco o seis gentes, encontramos tres, cuatro y más gentes unidas en un grupo especial que Morgan —traduciendo fielmente el término indio por su equivalente griego— denomina fratría (hermandad). Así, los senecas tienen dos fratrias; la primera abarca las gentes 1 a 4, y la segunda, las gentes 5 a 8. Una investigación más detenida muestra que estas fratrias representan, en lo fundamental, aquellas gentes originarias en que la tribu se escindió al comienzo; pues, con la prohibición del matrimonio dentro de la gens, cada tribu tenía que componerse necesariamente de al menos dos gentes para poder subsistir por sí misma. A medida que la tribu se multiplicaba, cada gens volvía a subdividirse en dos o más gentes, cada una de las cuales aparece ahora como gens independiente, mientras que la gens originaria, que abarca todas las gentes hijas, perdura como fratría. Entre los senecas y la mayoría de los demás indios, las gentes de una fratría son gentes hermanas, mientras que las de la otra son sus gentes primas; designaciones que, como hemos visto, poseen un significado muy real y expresivo en el sistema americano de consanguinidad. En su origen, ningún seneca podía casarse dentro de su fratría; pero esta prohibición caducó hace mucho tiempo y sólo se mantiene limitada a la gens. Los senecas tenían la tradición de que el Oso y el Ciervo eran las dos gentes originarias, de las que las demás eran ramificaciones. Una vez que esta nueva institución arraigó firmemente, fue modificada según las necesidades. Para mantener el equilibrio, gentes enteras de otras fratrias eran ocasionalmente transferidas a aquellas cuyas gentes se habían extinguido. Esto explica por qué encontramos en tribus diferentes gentes del mismo nombre agrupadas de manera diversa entre las fratrias.

Entre los iroqueses, las funciones de la fratría son en parte sociales y en parte religiosas. 1) El juego de pelota se juega por fratrias, una contra otra; cada fratría presenta a sus mejores jugadores, mientras los demás miembros de la fratría son espectadores, distribuidos por fratrias, que apuestan entre sí por el éxito de su bando respectivo. 2) En el consejo de la tribu, los sachemes y los jefes guerreros de cada fratría se sientan juntos, los dos grupos uno frente al otro, y cada orador se dirige a los representantes de cada fratría como a un cuerpo separado. 3) Si se había cometido un asesinato en la tribu y el homicida y la víctima no pertenecían a la misma fratría, la gens agraviada apelaba con frecuencia a sus gentes hermanas; éstas celebraban un consejo de fratría y se dirigían a la otra fratría como un todo, solicitándole que convocara también un consejo para resolver el asunto. También aquí la fratría aparece como la gens originaria, y con mayores perspectivas de éxito que la gens individual, más débil, su descendiente. 4) A la muerte de personas importantes, la fratría contraria se encargaba de la organización de los funerales y de los ritos de inhumación, mientras que la fratría del difunto participaba en calidad de dolientes. Cuando moría un sachem, la fratría contraria notificaba al consejo federal de los iroqueses la vacante del cargo. 5) El consejo de la fratría volvía a entrar en escena con motivo de la elección de un sachem. La confirmación por las gentes hermanas se consideraba casi como un trámite, pero las gentes de la otra fratría podían oponerse. En tal caso, se reunía el consejo de esta fratría y, si mantenía la oposición, la elección quedaba nula y sin efecto. 6) Antiguamente, los iroqueses tenían misterios religiosos especiales, que los blancos llamaban “logias de medicina”. Entre los senecas, eran celebrados por dos cofradías religiosas, una por cada fratría, con un ritual regular de iniciación para los nuevos miembros. 7) Si, como es casi seguro, los cuatro utneaces (grupos de parentesco) que ocupaban los cuatro barrios de Tlascala en la época de la Conquista eran cuatro fratrias, esto prueba que también las fratrias, como entre los griegos, y asociaciones consanguíneas similares entre los germanos, servían de unidades militares. Estos cuatro linajes iban a la batalla, cada uno como una división separada, con su propio uniforme y estandarte, y un jefe propio.

Así como varias gentes constituyen una fratría, así, en la forma clásica, varias fratrias constituyen una tribu. En muchos casos falta el eslabón intermedio, la fratría, entre tribus muy diezmadas.

¿Cuáles son los rasgos distintivos de la tribu india en América?

1. Su propio territorio y su propio nombre. Además del área de asentamiento efectivo, cada tribu poseía un territorio considerable para la caza y la pesca. Más allá se extendía una amplia franja de tierra neutral que llegaba hasta el territorio de la tribu vecina; la extensión de esta tierra neutral era menor cuando las dos tribu estaban emparentadas lingüísticamente, y mayor cuando no. Tal tierra neutral era el bosque fronterizo de los germanos, la tierra baldía que los suevos de César creaban en torno a su territorio, el isarnholt (en danés jarnved, limes Danicus) entre daneses y germanos, el bosque de los sajones y el branibor (bosque protector en eslavo) —de donde Brandeburgo deriva su nombre— entre germanos y eslavos. El territorio demarcado de esta manera por límites imperfectamente definidos era la tierra común de la tribu, reconocida como tal por las tribus vecinas y defendida por la tribu contra cualquier usurpación. En la mayoría de los casos, la imprecisión de las fronteras se convertía en un inconveniente práctico sólo cuando la población había aumentado considerablemente. — Los nombres tribales parecen haber sido resultado más del azar que de una elección deliberada. Con el tiempo, ocurría con frecuencia que las tribus vecinas designaban a una tribu con un nombre distinto del que ella misma usaba, como en el caso de los germanos, cuyo primer nombre histórico que abarcaba a todos ellos —teutones— les fue otorgado por los celtas.

2. Un dialecto propio y peculiar sólo de esta tribu. De hecho, tribu y dialecto son sustancialmente coextensivos. La formación de nuevas tribus y dialectos mediante subdivisión estaba en curso en América hasta hace muy poco, y difícilmente puede haber cesado por completo aun hoy. Cuando dos tribus diezmadas se han amalgamado en una, sucede, por vía de excepción, que en la misma tribu se hablan dos dialectos estrechamente emparentados. La fuerza media de las tribus americanas es inferior a 2,000 individuos. Los cherokees, sin embargo, cuentan con cerca de 26,000 —el mayor número de indios en los Estados Unidos que hablan el mismo dialecto.

3. El derecho de investir a los sachemes y jefes guerreros elegidos por las gentes, y

4. El derecho de deponerlos de nuevo, incluso contra la voluntad de su gens. Como estos sachemes y jefes guerreros son miembros del consejo tribal, estos derechos de la tribu en relación con ellos se explican por sí mismos. Dondequiera que se establecía una confederación de tribus y todas las tribus estaban representadas en un consejo federal, los derechos anteriores eran transferidos a este último cuerpo.

5. La posesión de ideas religiosas comunes (mitología) y de ritos de culto.

“Al modo de los bárbaros, los [...] indios eran un pueblo religioso”.a

Su mitología no ha sido investigada críticamente hasta ahora en absoluto. Ya personificaban sus ideas religiosas —espíritus de toda clase—, pero en la fase inferior de la barbarie en que vivían no había aún representaciones figurativas, ni los llamados ídolos. Era un culto a la naturaleza y a los elementos que evolucionaba hacia el politeísmo. Las diversas tribus tenían sus festivales regulares con formas definidas de culto, en particular danzas y juegos. Las danzas eran una parte esencial de todas las ceremonias religiosas, y cada tribu celebraba las suyas por separado.

6. Un consejo tribal para los asuntos comunes. Se componía de todos los sachemes y jefes guerreros de las gentes particulares —los verdaderos representantes de éstas, porque siempre podían ser depuestos. El consejo sesionaba en público, rodeado de los demás miembros de la tribu, quienes tenían derecho a intervenir en la discusión y a hacer oír su opinión; el consejo tomaba las decisiones. Por regla general, estaba abierto a todos los presentes que deseaban dirigirse a él; incluso las mujeres podían expresar su parecer a través de un portavoz de su elección. Entre los iroqueses, las decisiones finales tenían que adoptarse por unanimidad, como ocurría también con muchas de las decisiones de las comunidades de la Marca alemana.* En particular, la regulación de las relaciones con otras tribus incumbía al consejo tribal. Recibía y enviaba embajadas, declaraba la guerra y concertaba la paz. Cuando estallaba la guerra, se llevaba a cabo principalmente por voluntarios. En principio, cada tribu se hallaba en estado de guerra con toda otra tribu

a L. H. Morgan, Ancient Society, págs. 85-86. La cita está algo abreviada y ligeramente modificada conforme a los “Extractos de Marx...”, op. cit., pág. 150. — Ed.

* En Alemania se denomina constitución de la “Marca” al antiguo sistema de propiedad de la tierra, transmitido por la costumbre y el usufructo, en el que se han conservado hasta hoy vestigios de la vieja propiedad común germánica de la tierra. El área de tierra perteneciente a una comunidad, llamada la “Marca”, se dividía en tres partes: (1) la aldea propiamente dicha, donde cada miembro de la comunidad recibía una parcela de igual tamaño para vivienda, patio y huerto; (2) la “Marca” dividida, es decir, la zona destinada a tierras de labor y praderas; (3) la “Marca” comunal o indivisa, esto es, toda la tierra restante —bosques, pastizales, brezales, turberas, aguas, caminos, etc.

La Marca dividida se repartía primero en una serie de parcelas según su ubicación y fertilidad, llamadas “gewanne”. Cada “gewanne” se subdividía a su vez en tantas parcelas de igual tamaño como miembros tuviera la comunidad, es decir, cabezas de familia. Estas parcelas se distribuían luego por sorteo, de modo que cada miembro de la comunidad recibía su parte de cada “gewanne”; en otras palabras, tanta tierra —y tan buena— como todos los demás. La vivienda y el patio se convirtieron muy pronto en propiedad personal de cada miembro; las tierras comunales, por el contrario, se redistribuían, al principio anualmente, y más tarde cada cuatro, seis o doce años. Pero también ellas se transformaron pronto en propiedad hereditaria y enajenable del poseedor. Sólo en torno al Rin persistió el ciclo constante de redistribución —hasta bien entrado este siglo [XIX] en el Palatinado y en los actuales distritos prusianos al sur del Mosela— y puede que aún subsista en unas cuantas aldeas bajo el nombre de “Gehöferschaften”. Pero incluso allí donde la tierra de labor y los pastizales se habían convertido en propiedad privada, debían cultivarse conforme a un plan comunal establecido por la comunidad (la tierra de labor se dividía generalmente en campos de invierno, campos de verano y barbechos), y después de la cosecha y durante el barbecho estaba abierta a todos los miembros de la comunidad como pasto común.

La Marca indivisa o común era propiedad comunal de todos los miembros y era utilizada por igual por todos para pastoreo, montanera, corta de madera, recolección de heno, caza, pesca, etc.

El modo de usarla, los derechos de cada individuo, el cultivo y el uso común de la Marca dividida y todos los demás asuntos relativos a la tierra, se discutían en la asamblea pública de los miembros y se decidían por votación, como lo eran también todas las disputas e infracciones del derecho agrario. Allí todos los miembros eran iguales, sin importar que un hombre fuera siervo y el otro su señor feudal, como ocurría a menudo en la Baja Edad Media; en la asamblea de la Marca ningún hombre valía más que el siguiente: era la democracia en su forma más perfecta.

Las comunidades de la Marca primitivas abarcaban extensos distritos (Gaus enteros, o centenas), poseyendo cada aldea su propia tierra comunal, mientras que junto a esta existía aún una gran cantidad de tierra comunal que pertenecía a todas ellas. En el Rheingau esto existió hasta bien entrados los siglos XVI y XVII. Tal era también el caso en Escandinavia. La antigua ley sueca conocía los comunales de aldea, los comunales de distrito, los comunales provinciales y, finalmente, los comunales del Rey (es decir, hablando con propiedad, del pueblo); en otras palabras, aparte de la tierra comunal de la aldea, existía la tierra comunal perteneciente a la centena, a la provincia y, en última instancia, la tierra perteneciente al Rey como representante de toda la nación. En Alemania, aún en el siglo XIV, había de seis a doce aldeas por «Marca»; más tarde, por regla general, cada aldea solo poseía su propia «Marca», es decir, la gran «Marca» comunal de épocas anteriores había sido robada por los señores feudales.

Del sistema de la «Marca» se desarrolló el sistema aldeano, y, allí donde las aldeas se reorganizaron como ciudades, el sistema urbano. En tales ciudades, los antiguos miembros de la «Marca» tenían naturalmente el derecho exclusivo, en un principio, a participar en la gestión de los asuntos de la ciudad, es decir, en los asuntos relativos a su propia tierra, mientras que los forasteros que habían emigrado a las ciudades y no tenían derecho a la «Marca» carecían de derechos legales y permanecían así. De este modo, la democracia originaria practicada en la comunidad de la Marca se convirtió en una aristocracia cerrada de las «familias» de la ciudad, los patricios. Los forasteros recién llegados, artesanos, etc., constituían la plebe de la ciudad, cuya lucha por la igualdad de derechos con las familias privilegiadas llena la historia de ciudades enteras a lo largo de toda la Edad Media.

Allí donde la «Marca» cayó bajo el control de un señor feudal, se transformó, inicialmente, en un sistema señorial solo en la medida en que el señor se convirtió en el jefe permanente de la asamblea de la Marca y recibió una parte mayor en el cultivo de la «Marca» comunal; los poderes legislativo, ejecutivo y judicial permanecieron en manos de los miembros en su conjunto. Pero muy pronto los señores feudales usurparon los derechos de los miembros, socavándolos hasta que al final poco o nada quedó de ellos.

El sistema de la Marca fue el sistema originario de todas las tribus germánicas; alcanzó su mayor fortaleza en Alemania, Escandinavia, Inglaterra y el norte de Francia; en todos estos países aún se encuentran restos del mismo. Pero solo en Alemania se ha estudiado su historia en detalle, a saber, por G. L. Maurer. [Nota de Engels a la edición danesa de 1888.]

Expediciones militares contra tales enemigos eran organizadas en su mayor parte por unos pocos guerreros destacados. Estos ejecutaban una danza de guerra; quien se unía a la danza declaraba con ello su intención de participar en la expedición. Se formaba inmediatamente un destacamento y partía de inmediato. Cuando se atacaba el territorio tribal, su defensa era asimismo conducida principalmente por voluntarios. La partida y el regreso de tales destacamentos siempre proporcionaban ocasión para festividades públicas. La sanción del consejo tribal para tales expediciones no era necesaria. No se buscaba ni se otorgaba. Eran exactamente como las expediciones bélicas privadas de los séquitos guerreros germanos, tal como las ha descrito Tácito,¹ salvo que entre los germanos el cuerpo de séquitos había asumido un carácter más permanente y constituía un núcleo fuerte, ya organizado en tiempos de paz, alrededor del cual se agrupaban los voluntarios restantes en caso de guerra. Tales destacamentos militares rara vez eran numéricamente fuertes. La organización social más importante de los indios, incluso aquellas que cubrían grandes distancias, eran llevadas a cabo por fuerzas de combate insignificantes. Cuando varios de estos séquitos se reunían para un enfrentamiento importante, cada grupo obedecía solo a su propio líder. La cohesión del plan de campaña estaba asegurada, más o menos, por un consejo de estos líderes. Era el método de guerra adoptado por los alamanes del Alto Rin en el siglo IV, tal como lo describe Amiano Marcelino.

7. En algunas tribus encontramos un jefe principal, cuyos poderes son, sin embargo, muy escasos. Es uno de los sachem, que en casos que requieren una acción rápida ha de tomar medidas provisionales hasta el momento en que el consejo pueda reunirse y tomar la decisión final. Este es un intento débil pero, ulteriormente, generalmente infructuoso de crear un funcionario con autoridad ejecutiva; en realidad, como se verá, fue el comandante militar supremo quien, en la mayoría de los casos, si no en todos, se desarrolló hasta convertirse en tal funcionario.

La gran mayoría de los indios americanos nunca fue más allá del estadio de la integración tribal. Constituyendo tribus numéricamente pequeñas, separadas unas de otras por amplias tierras fronterizas y debilitadas por la guerra perpetua, ocupaban un territorio enorme con poca gente. Alianzas surgidas de emergencias temporales se concertaban aquí y allá entre tribus emparentadas y se disolvían cuando estas pasaban. Pero en ciertas áreas, tribus originariamente emparentadas pero ulteriormente desunidas se reunieron en confederaciones duraderas, dando así el primer paso hacia la formación de naciones. En los Estados Unidos encontramos la forma más avanzada de tal confederación entre los iroqueses. Emigrando de su hogar originario al oeste del Misisipí, donde probablemente constituían una rama de la gran familia dakota, se asentaron tras prolongadas andanzas en lo que hoy es el Estado de Nueva York. Estaban divididos en cinco tribus: senecas, cayugas, onondagas, oneidas y mohawks. Subsistiendo a base de pescado, caza y los productos de una horticultura rudimentaria, vivían en aldeas protegidas en su mayoría por empalizadas. Sin superar nunca los 20.000 individuos, tenían un número de gentes comunes a las cinco tribus; hablaban dialectos estrechamente relacionados de la misma lengua y ocupaban una extensión continua de territorio que estaba dividida entre las cinco tribus. Puesto que esta área había sido recién conquistada, la cooperación habitual entre estas tribus contra aquellos a quienes desplazaban era algo natural. No más tarde del comienzo del siglo XV, esto se desarrolló hasta convertirse en una «liga permanente» regular, una confederación que, consciente de su nueva fuerza, asumió inmediatamente un carácter ofensivo y en la cúspide de su poder —alrededor de 1675— había conquistado grandes extensiones del territorio circundante, expulsando a algunos de sus habitantes y forzando a otros a pagar tributos. La Confederación Iroquesa fue la organización social más avanzada alcanzada por los indios que no habían ido más allá del estadio inferior de la barbarie (esto es, exceptuando a los mexicanos, neomexicanos* y peruanos). Las reglas principales de la Confederación eran las siguientes:

1. Alianza perpetua de las cinco tribus consanguíneas sobre la base de la completa igualdad e independencia en todos los asuntos tribales internos. Esta relación de sangre constituía la verdadera base de la Confederación. 

* Nota del traductor: Se refiere a los pueblos del actual suroeste de EE. UU.

 De las cinco tribus, tres eran llamadas tribus paternas y eran hermanas entre sí; las otras dos eran llamadas tribus filiales y eran asimismo tribus hermanas entre sí. Tres gentes —las más antiguas— tenían aún representantes vivos en las cinco tribus, mientras que otras tres los tenían en tres tribus. Los miembros de cada una de estas gentes eran todos hermanos a través de las cinco tribus. La lengua común, con meras diferencias dialectales, era la expresión y la prueba de la descendencia común.

2. El órgano de la Confederación era un Consejo Federal compuesto por cincuenta sachem, todos de igual rango y dignidad; este consejo tomaba las decisiones finales sobre todos los asuntos pertenecientes a la Confederación.

3. En el momento de constituirse la Confederación, estos cincuenta sachem fueron distribuidos entre las tribus y las gentes como portadores de nuevos oficios creados especialmente para adecuarse a los fines de la Confederación. Eran elegidos de nuevo por las gentes concernidas cada vez que surgía una vacante, y siempre podían ser destituidos por ellas. El derecho de investirlos con el oficio pertenecía, sin embargo, al Consejo Federal.

4. Estos sachem federales eran también sachem en sus respectivas tribus, y cada uno tenía asiento y voto en el consejo tribal.

5. Todas las decisiones del Consejo Federal debían ser unánimes.

6. La votación se hacía por tribus, de modo que cada tribu y todos los miembros del consejo en cada tribu debían estar de acuerdo antes de que se pudiera tomar una decisión vinculante.

7. Cada uno de los cinco consejos tribales podía convocar al Consejo Federal, pero este último no tenía poder para convocarse a sí mismo.

8. Sus reuniones tenían lugar ante el pueblo reunido. Cada iroqués tenía derecho a hablar; el consejo solo decidía.

9. La Confederación no tenía jefe oficial, ni ejecutivo principal.

10. Tenía, sin embargo, dos jefes de guerra supremos, que gozaban de igual autoridad e igual poder (los dos «reyes» de los espartanos, los dos cónsules en Roma).

Esta era la entera constitución social bajo la cual los iroqueses vivieron durante más de cuatrocientos años, y bajo la cual viven todavía. La he descrito con cierto detalle siguiendo a Morgan porque nos da la oportunidad de estudiar la organización de una sociedad que aún no conoce Estado. El Estado presupone un poder público especial separado de la totalidad de los respectivamente concernidos; y el instinto de Maurer es correcto al reconocer la constitución de la Marca germana como una institución puramente social, que difiere esencialmente del Estado, aunque en gran medida sirvió más tarde como fundamento de este. Por ello, en todos sus escritos, Maurer investiga el surgimiento gradual del poder público a partir de, y al lado de, las constituciones originarias de las Marcas, aldeas, señoríos y ciudades.¹ Los indios norteamericanos muestran cómo una tribu originariamente unida se extendió gradualmente por un continente inmenso; cómo las tribus, al fragmentarse, se convirtieron en pueblos, en grupos enteros de tribus; cómo las lenguas cambiaron no solo hasta volverse mutuamente ininteligibles, sino hasta que casi todo rastro de unidad originaria desapareció; y cómo al mismo tiempo las gentes individuales dentro de las tribus se fragmentaron para volverse varias; cómo las antiguas gentes madres persistieron como fratrías, y sin embargo los nombres de estas gentes más antiguas permanecen aún iguales entre tribus muy remotas y largamente separadas —el Lobo y el Oso son aún nombres gentilicios entre una mayoría de las tribus indias. En términos generales, la constitución arriba descrita puede aplicárseles a todas ellas —salvo que muchas de ellas no llegaron hasta una confederación de tribus emparentadas.

Pero vemos también que, una vez que la gens existió como unidad social, el sistema entero de gentes, fratrías y tribus se desarrolló con necesidad casi imperiosa —porque naturalmente— a partir de esta unidad. Los tres son grupos de diversos grados de consanguinidad, cada uno completo en sí mismo y administrando sus propios asuntos, pero cada uno complementando también al resto. Y la esfera de asuntos que recaía sobre ellos comprendía la totalidad de los asuntos públicos de los bárbaros en el estadio inferior. Dondequiera, por tanto, que encontremos entre un pueblo la gens como unidad social, podemos buscar una organización de la tribu similar a la aquí descrita; y donde hay fuentes suficientes disponibles, como, por ejemplo, entre los griegos y los romanos, no solo la encontraremos, sino que también nos convenceremos de que, donde las fuentes nos fallan, una comparación con la constitución social americana nos ayudará a salir de las dudas y enigmas más difíciles.

Y esta constitución gentilicia es maravillosa en toda su sencillez pueril. ¡Todo marcha sin soldados, gendarmes ni policía; sin nobles, reyes, gobernadores, prefectos ni jueces; sin cárceles; sin procesos. Todas las querellas y disputas las dirime la colectividad de los interesados: la gens o la tribu o las distintas gentes entre sí. La venganza de sangre solo amenaza como un recurso extremo, raramente aplicado, del cual nuestra pena de muerte no es más que la forma civilizada, con todas las ventajas y todos los inconvenientes de la civilización. Aunque haya muchos más asuntos en común que en la actualidad —la casa es llevada en común y comunísticamente por varias familias, la tierra es propiedad tribal, y solo los pequeños huertos se asignan temporalmente a las casas—, no se necesita ni una pizca de nuestra extensa y

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complicada maquinaria administrativa. Los interesados deciden, y en la mayoría de los casos una costumbre centenaria ya lo ha decidido todo. No puede haber pobres ni necesitados: la casa y la gens comunistas conocen sus obligaciones para con los ancianos, los enfermos y los inválidos de guerra. Todos son libres e iguales, incluidas las mujeres. Todavía no hay lugar para esclavos, ni, por regla general, para el sojuzgamiento de tribus extranjeras. Cuando los iroqueses conquistaron a los eries y a las «naciones neutrales» hacia el año 1651, los invitaron a entrar en la Confederación como miembros iguales; solo cuando los vencidos se negaron, fueron expulsados de su territorio. Y qué clase de hombres y mujeres produce una sociedad así lo indica la admiración sentida por todos los blancos que entraron en contacto con indios no corrompidos: admiración por la dignidad personal, la rectitud, la entereza de carácter y la valentía de estos bárbaros.

Hemos presenciado muy recientemente ejemplos de esta valentía en África. Los cafres zulúes hace unos años, como los nubios hace un par de meses —ambas tribus en las que las instituciones gentilicias aún no se han extinguido—, hicieron lo que ningún ejército europeo puede hacer. Armados solo con picas y lanzas, sin armas de fuego, avanzaron bajo una lluvia de balas de los fusiles de retrocarga hasta las bayonetas de la infantería inglesa —reconocida como la mejor del mundo en el combate en formación cerrada—, sembrando el desorden en sus filas más de una vez e incluso haciéndolas retroceder; y esto, a pesar de la colosal disparidad de armamento y a pesar de que no tienen nada parecido al servicio militar y no saben lo que son los ejercicios militares. Su capacidad y resistencia las prueba la queja de los ingleses de que un cafre puede moverse más rápido y cubrir una distancia mayor en veinticuatro horas que un caballo. Como dice un pintor inglés, su músculo más pequeño resalta, duro y acerado, como un cordel de látigo.

Así eran la humanidad y la sociedad humana antes de que surgieran las divisiones de clase. Y si comparamos su situación con la de la inmensa mayoría de los hombres civilizados de hoy, encontraremos un abismo enorme entre el proletario y el pequeño campesino actuales y el antiguo miembro libre de una gens.

Este es un aspecto de la cuestión. Pero no olvidemos que esta organización estaba condenada a perecer. No se desarrolló más allá de la tribu; la confederación de tribus ya significó el comienzo de su decadencia, como veremos más tarde y como mostraron los intentos de los iroqueses de sojuzgar a otros. Lo que estaba fuera de la tribu, estaba fuera de la ley. Donde no existía un tratado de paz expreso, la guerra reinaba entre tribu y tribu; y la guerra se

hacía con la crueldad que distingue al hombre de todos los demás animales y que solo más tarde se mitigó por interés propio. La constitución gentilicia en plena floración, tal como la hemos visto en América, presuponía una producción extremadamente poco desarrollada, por tanto, una población sumamente escasa y dispersa en un vasto territorio, y por consiguiente la dominación casi completa del hombre enfrentado a una naturaleza exterior ajena e incomprensible, una dominación reflejada en sus pueriles ideas religiosas. La tribu seguía siendo el límite para el hombre, tanto frente al extraño como frente a sí mismo: la tribu, la gens y sus instituciones eran sagradas e inviolables, un poder superior, instituido por la naturaleza, al que el individuo permanecía absolutamente sometido en el sentimiento, el pensamiento y la acción. Por impresionantes que nos puedan parecer los hombres de esta época, en nada se diferencian unos de otros, siguen estando atados, como dice Marx, al cordón umbilical de la comunidad naturalmente desarrollada. El poder de estas comunidades naturalmente desarrolladas tenía que ser quebrado, y fue quebrado. Pero fue quebrado por influencias que desde un principio se nos aparecen como una degradación, una caída desde la simple grandeza moral de la antigua sociedad gentilicia. Los más bajos intereses —la vil codicia, la brutal sensualidad, la sórdida avaricia, el egoísta saqueo de las posesiones comunes— inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más escandalosos —el robo, la violación, el engaño y la traición— minan y derriban la antigua sociedad gentilicia sin clases. Y la nueva sociedad, durante todos los 2.500 años de su existencia, nunca ha sido más que el desarrollo de la pequeña minoría a expensas de la gran mayoría explotada y oprimida; y lo es hoy más que nunca antes.

IV
LA GENS GRIEGA

Los griegos, así como los pelasgos y otros pueblos del mismo origen tribal, se constituyeron desde los tiempos prehistóricos en la misma serie orgánica que los americanos: gens, fratria, tribu, confederación de tribus. La fratria podía faltar, como entre los dorios; la confederación de tribus podía no estar desarrollada en todas partes, pero en todo caso la gens era la unidad. En el momento en que los griegos entran en la historia, se hallan en el umbral de la civilización. Entre los griegos y las tribus americanas arriba mencionadas se extienden casi dos períodos enteros de desarrollo, por lo que los griegos de la Edad Heroica están mucho más adelantados que los iroqueses. Por esta razón la gens griega ya no llevaba el carácter arcaico de

Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado 205

la gens iroquesa; la impronta del matrimonio por grupos[a] comenzaba a borrarse considerablemente. El derecho materno había cedido paso al derecho paterno; con ello, la riqueza privada naciente abrió la primera brecha en la constitución gentilicia. Una segunda brecha siguió naturalmente a la primera: tras la introducción del derecho paterno, la fortuna de una rica heredera pasaba, en virtud de su matrimonio, a su marido, es decir, a otra gens; y así se rompía el fundamento de todo derecho gentilicio, y en tales casos no solo se permitía, sino que se obligaba a la muchacha a casarse dentro de la gens, con el fin de que esta conservara la fortuna.

Según la historia de Grecia de Grote,[b] la gens ateniense en particular se mantenía unida por:

1. Ceremonias religiosas comunes, y el derecho exclusivo del sacerdocio en honor de un dios determinado, supuesto antepasado de la gens, y caracterizado en esta calidad por un sobrenombre especial.
2. Un lugar de sepultura común (cf. el Eubúlides de Demóstenes).
3. Derechos de herencia recíprocos.
4. Obligación recíproca de prestar ayuda, defensa y apoyo contra el uso de la fuerza.
5. Derecho y obligación mutuos de casarse dentro de la gens en ciertos casos, especialmente para las hijas huérfanas o herederas.
6. Posesión, al menos en algunos casos, de propiedad común, y de un arconte (magistrado) y un tesorero propios.

La fratria, que agrupaba varias gentes, era menos íntima, pero también aquí encontramos derechos y deberes mutuos de carácter similar, especialmente la comunión de ciertos ritos religiosos y el derecho de persecución penal en caso de que un frator fuera asesinado. A su vez, todas las fratrías de una tribu celebraban periódicamente ciertas ceremonias sagradas comunes bajo la presidencia de un phylobasileus (magistrado de la tribu), elegido entre los nobles (eupátridas).

Así Grote. Y Marx añade: “En la gens griega se discierne inconfundiblemente al salvaje (por ejemplo, al iroqués).”[c] Se discierne aún más inconfundiblemente cuando investigamos algo más.

Pues la gens griega tiene también los siguientes atributos:

7. Descendencia según el derecho paterno.
8. Prohibición del matrimonio dentro de la gens salvo en el caso de las herederas. Esta excepción, y su formulación como

a La edición de 1884 dice «familia punalúa» en lugar de «matrimonio por grupos». — Ed.
b G. Grote, A History of Greece, Vol. III, pp. 54-55. — Ed.
c “Marx’s Excerpts...”, op. cit., p. 198. — Ed.

precepto obligatorio, prueba la validez de la antigua regla. Esto se sigue también de la regla universalmente aceptada de que cuando una mujer se casaba renunciaba a los ritos religiosos de su gens y adquiría los de su marido, en cuya fratria quedaba inscrita. Esto, y un famoso pasaje de Dicearco,[a] prueban que el matrimonio fuera de la gens era la regla. Becker en Caricles supone directamente que a nadie le estaba permitido casarse en su propia gens.[b]
9. El derecho de adopción en la gens; se practicaba mediante adopción en la familia, pero con formalidades públicas, y solo en casos excepcionales.
10. El derecho de elegir y deponer a los jefes. Sabemos que cada gens tenía su arconte; pero en ninguna parte se afirma que este oficio fuera hereditario en determinadas familias. Hasta el fin de la barbarie la probabilidad está siempre en contra de la herencia estricta,[c] que sería totalmente incompatible con condiciones en las que ricos y pobres tenían derechos absolutamente iguales en la gens.

No solo Grote, sino también Niebuhr, Mommsen y todos los demás historiadores anteriores de la antigüedad clásica, fracasaron con la gens. Aunque señalaron correctamente muchas de sus características distintivas, siempre la consideraron como un grupo de familias y así se hicieron imposible a sí mismos comprender la naturaleza y el origen de la gens. Bajo la constitución gentilicia, la familia nunca fue una unidad de organización, ni podía serlo, pues el marido y la mujer pertenecían necesariamente a dos gentes diferentes. La gens como un todo pertenecía a la fratria, la fratria a la tribu; pero en el caso de la familia, la mitad pertenecía a la gens del marido y la otra mitad a la de la mujer. El Estado tampoco reconoce a la familia en el derecho público; hasta hoy, la familia solo existe en el derecho civil. Sin embargo, toda nuestra historiografía toma hasta ahora como punto de partida el absurdo supuesto, que se hizo inviolable particularmente en el siglo XVIII, de que la familia individual monogámica, que apenas es más antigua que la civilización, es el núcleo alrededor del cual la sociedad y el Estado cristalizaron gradualmente.

“El señor Grote hará bien en notar también”, añade Marx,[d] “que aunque los griegos remontaban sus gentes a la mitología, las gentes son más antiguas que la mitología con sus dioses y semidioses, que ellos mismos habían creado.”[e]

Morgan cita con preferencia a Grote como un testigo respetado

a Citado en W. Wachsmuth, Hellenische Alterthumskunde aus dem Gesichtspunkte des Staates, Parte 1, Sección 1, p. 312. — Ed.
b W. A. Becker, Charikles, Bilder altgriechischer Sitte, Parte 2, p. 447. — Ed.
c La palabra «estricta» fue añadida por Engels en la edición de 1891. — Ed.
d “Marx’s Excerpts...”, op. cit., p. 200. — Ed.
e El subrayado es de Engels. — Ed.

Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado 207

y fuera de toda sospecha. Relata además que cada gens ateniense tenía un nombre derivado de su supuesto antepasado; que antes de la época de Solón, como regla general, y después si un hombre moría intestado, sus gentiles (gennétes) heredaban sus bienes; y que si un hombre era asesinado, primero sus parientes, luego sus gentiles, y finalmente los fratores del muerto tenían el derecho y el deber de perseguir al criminal ante los tribunales:

“Todo lo que oímos de las más antiguas leyes atenienses se basa en las divisiones gentilicias y frátricas.”

El descenso de las gentes de antepasados comunes ha sido un rompecabezas desconcertante para los “filisteos instruidos en la escuela” (Marx).° Naturalmente, puesto que afirman que esos antepasados son puramente míticos, se ven en apuros para explicar cómo las gentes se desarrollaron a partir de familias separadas y distintas, originalmente sin relación alguna; y sin embargo, tienen que lograr esto de algún modo, aunque solo sea para explicar la existencia de las gentes. Así que dan vueltas en un torbellino de palabras y no van más allá de la frase: la genealogía es ciertamente mítica, pero la gens es real. Y finalmente, Grote dice —siendo los comentarios entre paréntesis de Marx—:

“Oímos hablar de esta genealogía solo raramente, porque solo se presenta ante el público en ciertos casos preeminentes y venerables. Pero las gentes más humildes tenían sus ritos comunes” (¡bastante peculiar, señor Grote!) “y un antepasado sobrehumano común y una genealogía, así como las más célebres” (¡qué extraño es esto de parte de las gentes humildes!); “el esquema y la base ideal (¡querido señor! No ideal, sino carnal —en buen alemán, fleischlich!) era el mismo en todas”.4

Marx resume la respuesta de Morgan a esto de la siguiente manera: “El sistema de consanguinidad que correspondía a la gens en su forma arcaica —y que los griegos poseyeron en su día como otros mortales— preservaba un conocimiento de las relaciones de todos los miembros de una gens entre sí. Aprendían este hecho, decisivamente importante para ellos, mediante la práctica desde la primera infancia. Esto cayó en desuso con el surgimiento de la familia monogámica. El nombre gentilicio creaba un pedigrí junto al cual el de la familia individual era insignificante. Este nombre debía ahora preservar el hecho de la descendencia común de quienes lo portaban; pero el linaje de la gens se remontaba tan atrás que sus miembros ya no podían probar el parentesco real existente entre ellos, excepto en un número limitado de casos mediante antepasados comunes recientes. El nombre mismo era la prueba de una descendencia común, y prueba concluyente, excepto en casos de adopción. La negación real de todo parentesco entre gentiles à la Grote* y Niebuhr, que transforma la gens en una creación puramente ficticia y fantástica del cerebro, es, por otra parte, digna de científicos ‘ideales’, es decir, de ratones de biblioteca enclaustrados. Porque la concatenación de las generaciones, especialmente con el inicio de la monogamia, se aleja en la distancia, y la realidad del pasado parece reflejada en la fantasía mitológica, los buenos y viejos filisteos concluyeron, y aún concluyen, ¡que la genealogía fantaseada creó gentes reales!” '”

Como entre los americanos, la fratria era una gens madre, escindida en varias gentes hijas, y que las unía, remontándolas a menudo a todas a un antepasado común. Así, según Grote,

“todos los miembros contemporáneos de la fratria de Hecateo tenían un dios común como antepasado suyo en el decimosexto grado”.b

De ahí que todas las gentes de esta fratria fueran literalmente gentes hermanas. La fratria aparece todavía en Homero como una unidad militar en aquel famoso pasaje donde Néstor aconseja a Agamenón: Dispón a los hombres por tribus y por fratrias, de modo que la fratria apoye a la fratria, y la tribu a la tribu.c Además, la fratria tiene el derecho y el deber de perseguir al asesino de un frator, lo que indica que en una etapa anterior tenía el deber de la venganza de sangre. Además, tiene santuarios y festivales comunes; pues el desarrollo de toda la mitología griega a partir del tradicional y antiguo culto ario de la naturaleza se debió esencialmente a las gentes y a las fratrias y tuvo lugar dentro de ellas. La fratria tenía también un jefe (fratriarca) y, según De Coulanges, asambleas y decisiones vinculantes, un tribunal y una administración.d Incluso el Estado de un período posterior, aunque ignoraba a la gens, dejó ciertas funciones públicas a la fratria.

Un cierto número de fratrias emparentadas constituía una tribu. En el Ática había cuatro tribus de tres fratrias cada una, constando cada fratria de treinta gentes. Una demarcación tan meticulosa de los grupos presupone una interferencia consciente y planificada en el orden de cosas naturalmente desarrollado. Sobre cómo, cuándo y por qué sucedió esto, la historia griega guarda silencio, pues los propios griegos conservaron recuerdos que no se remontaban más allá de la Edad Heroica.

Hacinados en un territorio comparativamente pequeño como estaban los griegos, sus diferencias dialectales estaban menos desarrolladas que las de los extensos bosques americanos. Sin embargo, incluso aquí encontramos solo tribus del mismo dialecto principal unidas en un todo mayor; e incluso la pequeña Ática tenía su propio dialecto, que más tarde llegaría a ser dominante como lengua universal de la prosa.

En las epopeyas de Homero encontramos generalmente a las tribus griegas ya combinadas en pequeños pueblos, dentro de los cuales, sin embargo, las gentes, las fratrias y las tribus conservaban aún su plena independencia. Ya vivían en ciudades amuralladas. La población aumentaba con el crecimiento de los rebaños, con la agricultura de campo y los inicios de la artesanía. Con esto vinieron mayores diferencias de riqueza, lo que dio lugar a un elemento aristocrático dentro de la antigua democracia naturalmente desarrollada. Los distintos pueblos pequeños se enzarzaban en guerras constantes por la posesión de las mejores tierras y también por el botín. La esclavización de los prisioneros de guerra era ya una institución reconocida.

La constitución de estas tribus y pequeños pueblos era la siguiente:

1. La autoridad permanente era el consejo (boulé), compuesto originalmente, muy probablemente, por los jefes de las gentes, pero más tarde, cuando su número se volvió demasiado grande, por una selección, lo que creó la oportunidad de desarrollar y fortalecer el elemento aristocrático. Dionisio habla expresamente del consejo de la Edad Heroica como compuesto de notables (kratistoi).a El consejo tenía la decisión final en los asuntos importantes. En Esquilo, el consejo de Tebas aprueba una decisión definitiva en el caso dado de que el cuerpo de Eteocles sea enterrado con todos los honores, y el cuerpo de Polinices sea arrojado para ser devorado por los perros.b Más tarde, con el surgimiento del Estado, este consejo se transformó en un senado.

2. La asamblea popular (ágora). Entre los iroqueses vimos que el pueblo, hombres y mujeres, se situaba en un círculo alrededor de las reuniones del consejo, tomando parte ordenadamente en las discusiones e influyendo así en sus decisiones. Entre los griegos homéricos, este Umstand, por usar una antigua expresión jurídica alemana, se había desarrollado ya en una asamblea plenaria del pueblo, como fue también el caso entre los antiguos germanos. La asamblea era convocada por el consejo para decidir asuntos importantes; todo hombre tenía derecho a hablar. Las decisiones se tomaban a mano alzada (Esquilo en Las suplicantes), o por aclamación. Eran soberanas y definitivas, pues, como dice Schoemann en sus Griechische Alterthümer [Vol. I, p. 27],

“siempre que se discute un asunto que requiere la cooperación del pueblo para su ejecución, Homero no nos da indicación alguna de ningún medio por el cual se pudiera obligar al pueblo a ello contra su voluntad”.

En esta época, cuando todo miembro varón adulto de la tribu era un guerrero, no existía aún ninguna autoridad pública separada del pueblo que pudiera habérsele opuesto. La democracia naturalmente desarrollada estaba todavía en pleno florecimiento, y esto debe seguir siendo el punto de partida para juzgar el poder y la posición del consejo y del basileus.

3. El comandante militar (basileus). Sobre este punto, Marx hace el siguiente comentario: “Los sabios europeos, en su mayoría siervos natos de príncipes, presentan al basileus como un monarca en el sentido moderno. El republicano yanqui Morgan se opone a esto. De manera muy irónica, pero veraz, dice del untuoso Gladstone y su Juventus Mundi:

“‘El señor Gladstone, que presenta a sus lectores a los jefes griegos de la Edad Heroica como reyes y príncipes, con las cualidades añadidas de caballeros, se ve obligado a admitir que en conjunto parece que tenemos la costumbre o ley de la primogenitura suficientemente, pero no demasiado definidamente, especificada.’ a

De hecho, el propio señor Gladstone debe darse cuenta de que un sistema tan contingente de primogenitura, suficiente pero no excesivamente definido, es tan bueno como ninguno.

Cuál era la situación en lo que respecta a la herencia en el caso de los cargos de jefes entre los iroqueses y otros indios ya lo hemos visto. Todos los funcionarios eran elegidos, mayormente dentro de la gens, y eran, en esa medida, hereditarios en la gens. Gradualmente, las vacantes llegaron a ser cubiertas preferentemente por el pariente gentilicio más cercano —el hermano o el hijo de la hermana— a menos que existieran buenas razones para pasarlo por alto. El hecho de que en Grecia, bajo el derecho paterno, el cargo de basileus se transmitiera generalmente al hijo, o a uno de los hijos, solo indica que la probabilidad de sucesión por elección pública estaba a favor de los hijos; pero de ningún modo implica una sucesión legalmente vinculante sin elección pública. Lo que tenemos aquí, entre los iroqueses y los griegos, son los primeros rudimentos de familias aristocráticas especiales dentro de las gentes y, entre los griegos, también los primeros rudimentos de una futura jefatura o monarquía hereditaria. Por consiguiente, ha de suponerse que entre los griegos el basileus era o bien elegido por el pueblo o, al menos, tenía que ser confirmado por sus órganos reconocidos —el consejo o el ágora— como era el caso del “rey” (rex) romano.

En la Ilíada, el soberano de hombres, Agamenón, aparece no como el rey supremo de los griegos, sino como comandante supremo de un ejército federal ante una ciudad sitiada. Y cuando estalló la disensión entre los griegos, es a esta cualidad suya a la que apunta Odiseo en el famoso pasaje: el mando de muchos no es cosa buena; tengamos un solo comandante, etc. (a lo que se añadió más tarde el verso popular sobre el cetro).a “Odiseo no está aquí dando una lección sobre la forma de gobierno, sino exigiendo obediencia al comandante supremo del ejército en campaña. Para los griegos, que aparecen ante Troya solo como un ejército, los procedimientos en el ágora son suficientemente democráticos. Cuando habla de dones, es decir, del reparto del botín, Aquiles nunca hace a Agamenón o a algún otro basileus el repartidor, sino siempre a los ‘hijos de los aqueos’, es decir, al pueblo. Los atributos ‘engendrado por Zeus’, ‘nutrido por Zeus’, no prueban nada porque toda gens desciende de algún dios, y la gens del jefe tribal de un dios ‘prominente’, en este caso Zeus. Incluso los personalmente no libres, como el porquerizo Eumeo y otros, son ‘divinos’ (dioi o theioi), y esto en la Odisea, y por tanto en un período mucho más tardío que la Ilíada. Asimismo en la Odisea, encontramos el nombre de héroe dado al heraldo Mulios así como al bardo ciego Demódoco.” En suma, la palabra basileia, que los escritores griegos aplican a la llamada realeza de Homero (porque la jefatura militar es su principal marca distintiva), junto al consejo y la asamblea popular a su lado, significa meramente —democracia militar. (Marx.)c

Además de las funciones militares, el basileus tenía también funciones sacerdotales y judiciales; estas últimas no estaban claramente especificadas, pero las primeras las ejercía en su calidad de representante supremo de la tribu o de la confederación de tribus. En ningún lugar se mencionan funciones civiles o administrativas; pero parece que era, ex officio, miembro del consejo. Etimológicamente, es perfectamente correcto traducir basileus como König (rey), porque König (kuning) 

a Homer, Iliad, Canto II.— Ed. 

b En “Marx’s Excerpts...” aquí sigue la frase omitida por Engels: “el término kairanos empleado por Odysseus junto con basileus, en relación con Agamemnon, también significa meramente 'comandante en el campo de batalla'”.— Ed. 

c “Marx’s Excerpts...”, op. cit., p. 207. Marx cita a Morgan (Ancient Society, pp. 248-49) con algunos añadidos. Engels también hace aquí algunas abreviaciones y cambios.— Ed. 

se deriva de kuni, künne y significa jefe de una gens. Pero el antiguo basileus griego en modo alguno corresponde al significado moderno de la palabra König. Tucídides se refiere expresamente a la antigua basileia como patriké, es decir, derivada de las gentes, y afirma que tenía funciones especificadas, por tanto, restringidas.* Y Aristóteles dice que la basileia de la edad heroica era una jefatura sobre hombres libres, y que el basileus era un jefe militar, juez y sumo sacerdote.° Por consiguiente, el basileus no tenía poder gubernamental en el sentido posterior.*

Así, en la constitución griega de la edad heroica, encontramos todavía el antiguo sistema gentilicio en plena vitalidad; pero vemos también el comienzo de su decadencia: el derecho paterno y la herencia de la propiedad por los hijos, que favorecían la acumulación de riqueza en la familia y conferían a ésta un poder frente a la gens; la diferenciación de la riqueza, que a su vez repercutía en la constitución social creando los primeros rudimentos de una nobleza hereditaria y una monarquía; la esclavitud, limitada al principio a los prisioneros de guerra, pero que abría ya la perspectiva de la esclavización de miembros de la propia tribu e incluso de la gens; la degeneración de la antigua guerra intertribal en un robo sistemático por tierra y mar con el fin de capturar ganado, esclavos y tesoros, convertida en una fuente regular de ingresos. En una palabra, la riqueza es alabada y respetada como el más alto bien, y se abusa del viejo sistema gentilicio para justificar el robo violento de la riqueza. Sólo faltaba una cosa: una institución que no sólo protegiese las riquezas recién adquiridas de los individuos contra las tradiciones comunistas del sistema gentilicio, que no sólo santificase la propiedad privada, antes tan menospreciada, y proclamase esta santificación como el fin supremo de toda sociedad humana, sino que imprimiese también el sello del reconocimiento público general a las nuevas formas de adquisición de la propiedad que se desarrollaban sucesivamente, y por tanto, a la aceleración constante del incremento de la riqueza; una institución que perpetuase no sólo la división de la sociedad en clases que iba surgiendo, sino también el derecho de la clase poseedora a explotar a las clases no poseedoras y la dominación de la primera sobre las segundas.

* Al igual que el basileus griego, el jefe militar azteca ha sido erróneamente presentado como un príncipe en el sentido moderno. Morgan fue el primero en someter a crítica histórica los relatos de los españoles, quienes al principio malinterpretaron y exageraron, y más tarde falsearon deliberadamente las cosas; demostró que los mexicanos se hallaban en el estadio medio de la barbarie, aunque en un plano superior al de los indios pueblo de Nuevo México, y que su constitución, en la medida en que los relatos adulterados nos permiten juzgar, correspondía a lo siguiente: una confederación de tres tribus, que habían hecho tributarias a otras varias, y que era gobernada por un Consejo Federal y un jefe militar federal, a quien los españoles habían convertido en un “emperador”. {Véase L. H. Morgan, Ancient Society, pp. 186-214.— Ed] 

4 Thucydides, The History of the Peloponnesian War, Book I, Ch. 13.— Ed. 
b Aristotle, Politics, Book III, Ch. 10.— Ed. 

Origin of the Family, Private Property and State 213 

Y esta institución llegó. El Estado fue inventado.