Del 4 de octubre al 12 de noviembre de 1852, fueron condenadas por tentativa de alta traición las siguientes personas: Roser, Burgers y Nothjung a seis, Reiff, Otto y Becker a cinco y Lessner a tres años de reclusión en una fortaleza; Daniels, Klein, Jacobi y Erhard fueron absueltos.

Con el proceso de Colonia, este primer período del movimiento obrero comunista alemán llega a su fin. Inmediatamente después de la sentencia, disolvimos nuestra Liga; pocos meses después, la Sonderbund de Willich-Schapper fue también sepultada en el descanso eterno.

Toda una generación media entre entonces y ahora. En aquella época, Alemania era un país de artesanía y de industria doméstica basada en el trabajo manual; hoy es un gran país industrial que está experimentando aún una continua transformación industrial. En aquella época había que buscar uno por uno a los obreros que tenían conciencia de su posición como obreros y de su antagonismo histórico-económico frente al capital, porque ese antagonismo mismo se hallaba en proceso de formación. Hoy es necesario someter a todo el proletariado alemán a leyes de excepción, tan sólo para frenar un poco el proceso de su desarrollo hacia la plena conciencia de su posición como clase oprimida. En aquella época, las pocas personas que alcanzaban a comprender el papel histórico del proletariado tenían que reunirse en secreto, concentrarse clandestinamente en pequeñas comunidades de 3 a 20 personas. Hoy el proletariado alemán ya no necesita ninguna organización oficial, ni pública ni secreta. La simple interconexión, de suyo evidente, de camaradas de clase del mismo sentir, basta, sin necesidad de reglas, autoridades, acuerdos u otras formas tangibles, para estremecer todo el Imperio alemán. Bismarck es el árbitro de Europa más allá de las fronteras de Alemania, pero dentro de ellas crece, cada día más amenazadora, la atlética figura del proletariado alemán que Marx previó ya en 1844, el gigante para quien el angosto edificio imperial, concebido a la medida del filisteo, se está volviendo ya demasiado pequeño, y cuya poderosa estatura y anchos hombros se ensanchan hasta que llega el momento en que, con sólo levantarse de su asiento, hará saltar en pedazos toda la estructura de la constitución imperial. Y aún más. El movimiento internacional del proletariado europeo y americano ha crecido tanto en fuerza, que no sólo su primera forma estrecha —la Liga secreta—, sino incluso su segunda forma, infinitamente más amplia —la abierta Asociación Internacional de los Trabajadores—, se ha convertido en una traba para él, y que el simple sentimiento de solidaridad, basado en la comprensión de la identidad de la posición de clase, basta para crear y mantener unido a un solo y mismo gran partido del proletariado entre los obreros de todos los países y lenguas. La doctrina que la Liga representó de 1847 a 1852, y que en aquel tiempo fue tratada por los sabios filisteos con un encogimiento de hombros, como las alucinaciones de unos locos de atar, como la doctrina secreta de unos cuantos sectarios dispersos, tiene ahora innumerables adeptos en todos los países civilizados del mundo, tanto entre los condenados a las minas de Siberia como entre los buscadores de oro de California; y el fundador de esta doctrina, el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo, Karl Marx, era, cuando murió, el consejero siempre solicitado y siempre dispuesto del proletariado del viejo y del nuevo mundo.

Londres, 8 de octubre de 1885

Frederick Engels