Ahora bien, la Bolsa de Trabajo de París es una institución completamente posibilista. La han acaparado con ayuda de los concejales oportunistas y radicales del Ayuntamiento de París, y todo sindicato que se atreve a oponerse abiertamente a los principios y tácticas posibilistas queda inmediatamente excluido. Por consiguiente, la mencionada circular, aunque se publica en nombre de 78 sindicatos parisinos, es una producción posibilista en la misma medida que si la hubiera publicado el propio Comité posibilista.

Esta circular insta a «todas las organizaciones obreras de Francia, sin distinción de matices republicanos o socialistas» a que se unan al Congreso posibilista. Ahora bien, esto parece bastante justo. Y como nuestra fracción de los socialistas franceses ha expulsado por completo a los posibilistas de las provincias, tanto que no se atrevieron a asistir a su propio Congreso de Troyes en cuanto oyeron que íbamos a ser admitidos, y como nuestras organizaciones en provincias son con mucho más numerosas que todas las organizaciones posibilistas de Francia juntas, no cabe duda de que tendríamos la mayoría de los delegados franceses incluso en este Congreso posibilista, si se garantizase una base equitativa de representación. Pero ahí está el quid. El Comité posibilista ha elaborado montones de reglamentos para su Congreso, mas este punto tan importante jamás se menciona.

Nadie sabe si cada grupo ha de enviar uno, dos o más delegados, o si el número de delegados ha de regularse por el número de miembros de cada grupo. Ahora bien, como se reconoce que los posibilistas son más fuertes en París, podrían enviar dos o tres delegados por cada grupo, mientras nosotros, en nuestra simplicidad, enviamos uno solo. Pueden fabricar tantos delegados como quieran. Los tienen a mano en París y sólo necesitan designarlos. Y así, con toda esta aparente imparcialidad, la sección francesa del Congreso podría convertirse en un conjunto amañado de posibilistas, que nos tratarían como se les antojase, a menos que tuviéramos un recurso ante el Congreso.

Por esta sola razón, no podríamos renunciar a la soberanía del Congreso en todo lo referente a sus asuntos internos, si es que ese principio fundamental y primero puede siquiera cederse. No se ha olvidado aún en Londres, creo yo, que el Comité parlamentario dejó bien claro en noviembre pasado que ellos habían alquilado la sala y que el Congreso se celebraba allí con su permiso — y no queremos que eso se repita en París.