[Plan del borrador]

1. César y Tácito.

2. La estructura del distrito y el ejército.

3. Las primeras batallas contra Roma.

4. Progreso hasta el período de las migraciones.

Notas

1. en el texto

2. los pueblos germanos

3. el dialecto franconio

[SOBRE LA HISTORIA PRIMITIVA DE LOS GERMANOS]

CÉSAR Y TÁCITO

Los germanos no son en modo alguno los primeros habitantes del país que ocupan actualmente.* Al menos tres razas los precedieron.

Los vestigios más antiguos del hombre en Europa se encuentran en ciertos estratos del sur de Inglaterra, que aún no ha sido posible datar con exactitud, pero que probablemente se sitúan entre los dos períodos glaciales de la llamada Edad de Hielo.

Después del segundo período glacial, a medida que el clima se tornaba gradualmente más cálido, el hombre aparece por toda Europa, el norte de África y el Asia Anterior hasta la India, junto con los grandes paquidermos extinguidos (mamut, elefante de colmillos rectos, rinoceronte lanudo) y carnívoros (león de las cavernas, oso de las cavernas), y con animales aún supervivientes (reno, caballo, hiena, león, bisonte, uro). Las herramientas pertenecientes a este período indican un nivel cultural muy primitivo —toscos cuchillos de piedra, hachas o azuelas de piedra en forma de rombo, utilizadas sin mango, raspadores para la preparación de pieles de animales y perforadores, todo ello de sílex—, lo que corresponde aproximadamente a la fase de desarrollo de los actuales aborígenes de Australia. Los restos óseos hallados hasta ahora no nos permiten formarnos una idea de la constitución física de estos hombres, de cuya amplia distribución y cultura uniforme en su conjunto puede inferirse que este período fue de muy larga duración.

No sabemos qué fue de estos primitivos pueblos paleolíticos. En ninguno de los países donde aparecieron, incluida la India, han sobrevivido razas que pudieran considerarse sus representantes en la humanidad actual.

*
aquí seguimos en lo fundamental a Boyd Dawkins, *Early Man in Britain*, Londres, 1880.

En las cuevas de Inglaterra, Francia, Suiza, Bélgica y el sur de Alemania, las herramientas de estos pueblos extinguidos se encuentran en su mayor parte en las capas más bajas de los depósitos estratificados. Por encima de este estrato cultural más bajo, y a menudo separado de él por una capa más o menos considerable de estalagmita, se encuentra un segundo estrato portador de herramientas. Estas herramientas pertenecen a un período posterior y ya están hechas con mucha más destreza, además de con materiales más variados. Aunque los implementos de piedra aún no están pulidos, están diseñados y modelados de manera más adecuada a su propósito; junto con ellos se encuentran puntas de flecha y de lanza de piedra, asta de reno y hueso; puñales y agujas de coser de hueso o asta, collares de dientes perforados de animales, etc. Algunas piezas sueltas están en parte ornamentadas con dibujos muy vívidos de animales —reno, mamut, uro, foca, ballena— y también escenas de caza con personas desnudas; encontramos incluso inicios de escultura en asta.

Si los pueblos del paleolítico temprano aparecieron en compañía de animales de origen predominantemente meridional, con los pueblos del paleolítico tardío aparecen animales de origen septentrional: dos especies aún supervivientes de oso del norte, el zorro polar, el glotón, el búho nival. Estos pueblos probablemente llegaron con estos animales desde el nordeste, y los esquimales parecen ser sus últimos descendientes que quedan en el mundo moderno. Las herramientas de ambos se corresponden completamente, no solo en los detalles sino en el conjunto. Lo mismo ocurre con los dibujos; el alimento de ambos es suministrado por casi exactamente los mismos animales. Su modo de vida, en la medida en que podemos reconstruirlo para la raza extinguida, se corresponde exactamente.

Estos esquimales, a los que hasta ahora solo se ha rastreado al norte de los Pirineos y los Alpes, han desaparecido también del suelo europeo. Así como los pieles rojas americanos, incluso en el siglo pasado, mediante una guerra de exterminio inexorable, empujaron a los esquimales hacia el extremo norte, así en Europa la nueva raza que ahora aparecía parece haberlos expulsado gradualmente y, finalmente, exterminado sin mezclarse con ellos.

Esta nueva raza llegó del sur, al menos a la Europa Occidental; probablemente penetró desde África en Europa en una época en que los dos continentes aún estaban unidos por tierra, tanto por Gibraltar como por Sicilia. Se hallaba en una fase cultural considerablemente superior a la de sus predecesores. Conocía la agricultura; tenía animales domésticos (perros, caballos, ovejas, cabras, cerdos y vacas). Conocía la alfarería a mano, la hilatura y el tejido. Aunque sus herramientas eran todavía de piedra, ya estaban trabajadas con gran cuidado y en su mayor parte pulidas (se distinguen como neolíticas de las de los períodos anteriores). Las hachas tienen mangos y son así por

primera vez utilizables para talar árboles; de este modo fue posible ahuecar troncos para hacer barcas en las que se podía cruzar a las Islas Británicas, ahora separadas del continente por el hundimiento gradual del terreno.

A diferencia de sus predecesores, enterraban a sus muertos con cuidado; por tanto, disponemos de esqueletos y cráneos suficientes para juzgar su constitución física. Los cráneos alargados, la pequeña estatura (promedio para las mujeres de 1,46 metros, para los hombres de 1,65), la frente baja, la nariz aguileña, los arcos superciliares prominentes, los pómulos débiles y los maxilares moderadamente desarrollados indican una raza cuyos últimos representantes modernos parecerían ser los vascos. Los habitantes neolíticos no solo de España, sino de Francia, Gran Bretaña y toda la región al menos hasta el Rin, eran con toda probabilidad de raza ibérica. Antes de la llegada de los arios, Italia estaba también habitada por una raza similar, pequeña y de pelo oscuro, cuyo estrecho parentesco con los vascos es hoy difícil de juzgar.

Virchow rastrea estos largos cráneos vascos hasta el interior del norte de Alemania y Dinamarca, y los palafitos neolíticos más antiguos de las laderas septentrionales de los Alpes les pertenecen también. Schaaffhausen, por otro lado, declara que una serie de cráneos hallados cerca del Rin son decididamente fineses, en particular lapones, y la historia más antigua solo conoce a los fineses como los vecinos septentrionales de los germanos en Escandinavia, y de los lituanos y eslavos en Rusia. Estas dos razas pequeñas y de pelo oscuro, una procedente del otro lado del Mediterráneo, la otra directamente de Asia al norte del mar Caspio, parecen haberse encontrado en Alemania. Sigue siendo completamente oscuro en qué circunstancias tuvo lugar esto.

A estas diversas inmigraciones siguió finalmente, también todavía en tiempos prehistóricos, la del último gran tronco, los arios, los pueblos cuyas lenguas se agrupan en torno a la más antigua de ellas, el sánscrito. Los inmigrantes más tempranos fueron los griegos y los latinos, que tomaron posesión de las dos penínsulas sudorientales de Europa; además, probablemente también los hoy desaparecidos escitas, habitantes de las estepas al norte del mar Negro, muy probablemente emparentados más de cerca con las tribus de los medos y los persas. Luego siguieron los celtas. De sus migraciones solo sabemos que tuvieron

lugar al norte del mar Negro y a través de Alemania. Su vanguardia se abrió paso hasta Francia, conquistó el país hasta el Garona y sometió incluso una parte de la España occidental y central. Fueron detenidos, aquí por el mar, allí por la resistencia de los íberos, mientras que detrás de ellos presionaban otras tribus celtas procedentes de ambas orillas del Danubio. Heródoto los conoce aquí, en la costa del océano y en las fuentes del Danubio.* Pero debieron de haber llegado mucho antes. Las tumbas y otros hallazgos de Francia y Bélgica prueban que los celtas no conocían herramientas de metal cuando tomaron posesión del país; en Gran Bretaña, sin embargo, aparecen desde el principio con herramientas de bronce. Entre la conquista de la Galia y el traslado a Gran Bretaña debió de transcurrir un cierto tiempo, durante el cual los celtas adquirieron el conocimiento del bronce, a través de sus conexiones comerciales con Italia y Marsella, y lo introdujeron en su tierra.

Entretanto, los pueblos celtas que venían detrás, presionados a su vez por los germanos, presionaban cada vez con más fuerza; ante ellos los caminos estaban bloqueados, y de este modo se produjo un movimiento en dirección sudoriental, como encontramos más tarde también con las migraciones germánicas y eslavas. Tribus celtas cruzaron los Alpes, se desplazaron por Italia, la península tracia y Grecia, y o bien encontraron la destrucción o hallaron asentamiento permanente en la llanura del Po y en Asia Menor. La masa de la tribu se encuentra por aquella época ( -400 a -300) en la Galia, hasta el Garona, en Gran Bretaña e Irlanda, y al norte de los Alpes a ambos lados del Danubio, hasta el Main y los Montes de los Gigantes, si no más allá. Pues, incluso si los nombres celtas de montañas y ríos son menos frecuentes y más discutidos en el norte de Alemania que en el sur, no cabe suponer que los celtas solo eligieran el camino más difícil a través de la montañosa Alemania meridional sin utilizar al mismo tiempo la vía más conveniente a través de la abierta llanura del norte de Alemania.

La inmigración celta solo desplazó parcialmente a los habitantes existentes; especialmente en el sur y el oeste de la Galia, estos formaban aún la mayoría de la población, aunque como raza oprimida, y la población actual ha heredado su constitución física. La costumbre de decolorarse el cabello con jabón, existente tanto entre celtas como entre germanos en sus nuevos lugares de asentamiento, muestra claramente que ambos dominaron sobre una población preexistente de pelo oscuro. El cabello claro era un rasgo de la raza dominante, y donde este se perdía por la mezcla de razas, el jabón tenía que acudir en ayuda.

*
Distingo los años anteriores a nuestra era matemáticamente, mediante un signo menos (—), en aras de la brevedad.

A los celtas siguieron los germanos, y aquí podemos determinar el momento de su inmigración con cierta probabilidad, al menos de manera aproximada. Apenas habrá comenzado mucho antes del -400 y aún no se había completado del todo en tiempos de César.

Hacia el año -325, el relato del viaje de Piteas nos ofrece la primera información auténtica sobre los germanos.* Fue de Marsella a la costa del Ámbar y allí menciona a gutones y teutones, sin duda pueblos germanos. Pero ¿dónde estaba la costa del Ámbar? Es cierto que normalmente pensamos solo en la de Prusia Oriental, y cuando se nombra a los gutones como vecinos de esa costa, eso ciertamente encaja. Sin embargo, las distancias dadas por Piteas no se ajustan a esta región, sino que encajan bastante bien con la gran bahía del mar del Norte entre la costa septentrional alemana y la península cimbria. Los teutones, también nombrados como vecinos, encajan allí también. Allí —en el lado occidental de Schleswig y Jutlandia— hay otra costa del Ámbar; Ringkjøbing tiene hasta el día de hoy un comercio considerable del ámbar que allí se encuentra. También parece de lo más improbable que Piteas hubiera penetrado ya tan temprano en aguas completamente desconocidas, y aún más que la complicada travesía desde el Kattegat hasta Prusia Oriental no solo quedara completamente sin mención en sus muy cuidadosas declaraciones, sino que no encajara en absoluto en ellas. Deberíamos, por tanto, decidirnos decididamente por la opinión, expresada por primera vez por Lelewel, de que la costa del Ámbar de Piteas debe buscarse en el mar del Norte,⁰ si no fuera por el nombre de los gutones, que solo pueden pertenecer al Báltico. Müllenhoff ha dado un paso para eliminar este último obstáculo, al leer gutones como una deformación de teutones.⁴

Alrededor del año 180 antes de nuestra era, los bastarnas, indudablemente germanos, aparecen en el bajo Danubio y pocos años más tarde se los menciona como soldados en el ejército del rey macedonio Perseo contra los romanos: los primeros mercenarios. Son guerreros salvajes:

«Hombres que no saben arar ni navegar por los mares, que no seguían la vida de pastores, sino que practicaban constantemente un solo oficio y un solo arte, el de luchar y conquistar a sus antagonistas».

Es Plutarco quien nos da esta primera información sobre el modo de vida de un pueblo germano.⁵ Siglos más tarde encontramos a estos mismos bastarnas al norte del Danubio, aunque en una posición más

región. Cincuenta años más tarde, cimbrios y teutones irrumpieron en la región céltica ~ del Danubio, fueron rechazados por los boyos celtas, que habitaban en Bohemia, se desplazaron en varias bandas hacia la Galia y hacia Hispania, y derrotaron a un ejército romano tras otro hasta que, por último, Mario puso fin a sus casi veinte años de migración destruyendo sus tropas, sin duda ya muy debilitadas: a los teutones en Aix-en-Provence (—102) y a los cimbrios en Vercelli, en el norte de Italia (—101).

Medio siglo más tarde, César se encontró en la Galia con dos nuevos ejércitos germanos: primero, en el Alto Rin, el de Ariovisto, en el que estaban representados siete pueblos diferentes, incluidos marcomanos y suevos; poco después, en el Bajo Rin, el de los usípetes y los téncteros, quienes, presionados por los suevos, habían abandonado sus anteriores asentamientos y alcanzado el Rin tras vagar durante tres años. Ambos ejércitos sucumbieron a la metódica guerra romana; los usípetes y los téncteros, además, a la violación romana de los tratados. En los primeros años de Augusto, Dión Casio relata una invasión de Tracia por los bastarnos; Marco Craso los derrotó en el Hebro (la actual Maritza). El mismo historiador menciona también un desplazamiento de los hermunduros, quienes al comienzo de nuestra era abandonaron su tierra natal por razones desconocidas y fueron asentados por el general romano Domicio Ahenobarbo «en una parte del país de los marcomanos».* Éstas son las últimas migraciones de aquella época. La consolidación del dominio romano en el Rin y el Danubio les puso freno durante bastante tiempo; pero hay numerosos indicios de que los pueblos del nordeste, más allá del Elba y de los Riesengebirge, no alcanzaron un asentamiento permanente durante mucho tiempo.

Estas expediciones de los germanos constituyeron el primer acto de aquella migración de los pueblos que, detenida durante tres siglos por la resistencia romana, hacia finales del siglo III barrió irresistiblemente los dos ríos fronterizos, inundó el sur de Europa y el norte de África y sólo llegó a su fin con la conquista de Italia por los longobardos en 568 —un fin en lo que respecta a la participación de los germanos, pero no para los eslavos, que durante largo tiempo siguieron en movimiento a sus espaldas. Eran literalmente migraciones de pueblos. Pueblos enteros, o al menos grandes partes de ellos, se ponían en movimiento con mujer e hijos, con bienes y enseres. Carros cubiertos de pieles servían de vivienda y para el transporte de mujeres y niños, así como del pobre menaje doméstico; el

ganado era conducido con ellos. Los hombres iban armados y dispuestos a vencer cualquier resistencia, a repeler cualquier ataque; una hueste militar durante el día, un campamento militar fortificado con los carros durante la noche. Las pérdidas humanas durante estos desplazamientos, a causa de los combates constantes, la miseria, el hambre y las enfermedades, debieron de ser colosales. Era una aventura a vida o muerte. Si la migración tenía éxito, los supervivientes se asentaban en suelo extranjero; si fracasaba, la tribu migrante desaparecía de la faz de la tierra. Quienes no morían en la carnicería de la batalla perecían en la esclavitud. Los helvecios y sus aliados, cuya migración fue detenida por César, partieron con 368.000 cabezas, incluidos 92.000 hombres aptos para las armas. Tras la derrota ante los romanos sólo quedaron 110.000, a quienes César, excepcionalmente, devolvió a su hogar por razones políticas. Los usípetes y los téncteros cruzaron el Rin con 180.000 cabezas; casi todos perecieron en la batalla o huyendo de la persecución. No es de extrañar que durante este largo período migratorio tribus enteras a menudo desaparecieran sin dejar rastro.

Este modo de vida migratorio de los germanos concuerda plenamente con las condiciones que César encontró en el Rin. El Rin no era en absoluto una frontera nítidamente definida entre galos y germanos. Los menapios, belga-gálicos, tenían aldeas y campos en la margen derecha del Rin, en la zona de Wesel; por otra parte, la parte del delta del Mosa, en la margen izquierda del Rin, estaba ocupada por los bátavos germanos, y alrededor de Worms hasta Estrasburgo vivían vangiones, tríbocos y németes germanos; no se sabe con certeza si desde Ariovisto o incluso antes. Los belgas hacían guerras constantes contra los germanos; por doquier el territorio estaba aún en disputa. Al sur del Main y de los Erzgebirge no vivían todavía germanos; poco antes, los helvecios habían sido expulsados por los suevos de la región entre el Main, el Rin, el Danubio y el Bosque de Bohemia, al igual que los boyos de Bohemia (Boihemum), que hasta hoy lleva su nombre. Los suevos no ocuparon la tierra, sin embargo; la transformaron en aquella selva deshabitada, de 600 millas romanas* (150 millas alemanas) de largo, que debía protegerlos desde el sur. Más al este, César indicó más celtas (volcas tectósages) al norte del Danubio, donde Tácito sitúa más tarde a los cuados germanos. Sólo en tiempos de Augusto condujo Maroboduus a sus marcomanos suevos a Bohemia, mientras los romanos cortaban con atrincheramientos el ángulo entre el Rin y el Danubio y

lo poblaban con galos. La zona más allá de esta frontera fortificada parece haber sido asentada por hermunduros. Esto muestra de manera concluyente que los germanos se trasladaron a Germania a través de las llanuras al norte de los Cárpatos y de las montañas fronterizas de Bohemia; sólo después de haber ocupado las llanuras del norte expulsaron a los celtas, que vivían en las montañas más al sur, al otro lado del Danubio. El modo de vida de los germanos descrito por César prueba también que de ningún modo estaban aún asentados en su país. Vivían principalmente de la cría de ganado, de queso, leche y carne, menos de cereales; la ocupación principal de los hombres era la caza y el adiestramiento militar. Labraban un poco la tierra, pero sólo como actividad secundaria y en la forma más primitiva de cultivo forestal. César refiere que trabajaban los campos durante un solo año, tomando siempre al año siguiente nuevas tierras bajo el arado.¹ Parece haber sido un cultivo de roza y quema, como aún se practica hoy en el norte de Escandinavia y Finlandia; el bosque —y fuera del bosque sólo había pantanos y turberas, por entonces inútiles para la agricultura— era quemado, las raíces se eliminaban superficialmente y se quemaban también, junto con el césped; el grano se sembraba en la tierra fertilizada por la ceniza. Pero aun en ese caso, la afirmación de César sobre la renovación anual de la tierra cultivable no debe tomarse al pie de la letra y, por regla general, ha de entenderse como referida a un paso habitual a nuevas tierras después de al menos dos o tres cosechas. Todo el pasaje, la distribución no germana de la tierra por príncipes y funcionarios, y particularmente la motivación atribuida a los germanos para este cambio rápido, rezuma conceptos romanos. Este cambio de tierra era inexplicable para los romanos. Para los germanos del Rin, ya en proceso de transición al asentamiento permanente, pudo aparecer ya como una costumbre heredada, que cada vez perdía más sentido y significado. Sin embargo, para los germanos del interior, los suevos que estaban precisamente llegando al Rin, y para quienes era principalmente válido, seguía siendo una condición esencial de un modo de vida mediante el cual todo el pueblo se movía lentamente hacia adelante, en cualquier dirección y al ritmo que permitiera la resistencia encontrada. También su constitución estaba adaptada a este modo de vida: los suevos estaban divididos en cien distritos, cada uno de los cuales suministraba anualmente mil hombres al ejército, mientras el resto de los hombres permanecía en casa, cuidando el ganado y los campos y tomando su turno en el ejército al año siguiente. La masa del pueblo, con las mujeres y los niños, sólo seguía al ejército cuando éste había

conquistado nuevo territorio. Esto supone ya un avance hacia el asentamiento en comparación con las huestes migratorias de la época de los cimbrios.

César habla repetidamente de la costumbre de los germanos de asegurarse en el lado que da frente a un enemigo, es decir, cualquier pueblo extraño, mediante profundas selvas deshabitadas.⁴ Ésta es la misma costumbre que perduró hasta la Baja Edad Media. Los sajones al norte del Elba estaban protegidos contra los daneses por el bosque fronterizo entre el Eider y el Schlei (antiguo danés Jarnwidhr), y contra los eslavos por el bosque sajón entre la bahía de Kiel y el Elba; y el nombre eslavo de Brandeburgo, Branibor, no es, a su vez, sino la designación de uno de esos bosques protectores (checo braniti —defender, bor— pino y pinar).

Después de todo esto, no puede caber duda sobre el estadio de civilización de los germanos que encontró César. Estaban lejos de ser nómadas en el sentido de los pueblos ecuestres asiáticos contemporáneos. Los nómadas necesitan la estepa, y los germanos vivían en la selva virgen. Pero estaban igualmente alejados del estadio de pueblos campesinos sedentarios. Estrabón, sesenta años más tarde, dice todavía de ellos:

«Es una característica común a todos estos» (pueblos germánicos) «que migran con facilidad, debido a su simple modo de vida, pues no labran el suelo ni acumulan riqueza; viven en cabañas que pueden construir en un día; y se alimentan en su mayor parte de su ganado, como hacen los nómadas, y como los nómadas cargan sus pertenencias en sus carros y con sus rebaños se trasladan adondequiera que consideran mejor».³

Los estudios comparados de las lenguas demuestran que ya habían traído consigo de Asia un conocimiento de la agricultura; César muestra que no lo habían olvidado. Pero era el tipo de agricultura que sirve a tribus guerreras seminómadas, que avanzan lentamente a través de las llanuras boscosas de Europa central, como recurso provisional y subordinado de sustento.

De lo anterior se desprende que en tiempos de César la inmigración de los germanos a su nueva patria entre el Danubio, el Rin y el Mar del Norte aún no había concluido o, a lo sumo, estaba en vías de conclusión. Esto no quiere decir en modo alguno que en tiempos de Piteas, teutones, y quizá también cimbrios, no pudieran haber alcanzado la península de Jutlandia, o los germanos más avanzados el Rin, como puede deducirse de la ausencia de

todo signo de su llegada. Un modo de vida compatible sólo con un movimiento constante, los repetidos desplazamientos hacia el oeste y el sur y, por último, el hecho de que César encontrara a la mayor masa por él conocida, los suevos, aún en pleno movimiento, no admiten más que una conclusión: evidentemente, tenemos aquí atisbos de los últimos momentos de la gran inmigración germánica hacia su principal área de asentamiento en Europa. Fue la resistencia romana en el Rin, y más tarde en el Danubio, la que puso fin a este movimiento, confinó a los germanos a la región que ocupaban entonces y los forzó, por tanto, a adoptar una residencia permanente.

Por lo demás, nuestros antepasados, tal como los vio César, eran auténticos bárbaros. Sólo permitían la entrada de mercaderes en el país para asegurar compradores de su botín, más que para comprarles nada; pues ¿qué necesidad tenían de cosas extranjeras? Incluso preferían sus desgarbados jacos a los hermosos y fuertes caballos de los galos. Los suevos no toleraban importación alguna de vino, pues creían que con él los hombres se afeminaban.⁶ En este aspecto, sus primos bastarnos eran más civilizados; con ocasión de su invasión de Tracia,⁷ enviaron emisarios a Craso, quien los embriagó y les sonsacó todo lo que necesitaba saber sobre las posiciones e intenciones de los bastarnos, a quienes luego atrajo a una emboscada y destruyó. Incluso antes de la batalla del Idistaviso (año 16 de nuestra era), Germánico describió a los germanos ante sus soldados como hombres sin corazas ni cascos, protegidos sólo por escudos de mimbre o tablas ligeras, teniendo únicamente la primera fila lanzas auténticas, y las filas posteriores nada más que palos aguzados y endurecidos al fuego.⁸ La metalistería era, pues, entonces aún apenas conocida por los habitantes de la región del Weser, y los romanos sin duda se cuidaron bien de dejar que los mercaderes llevaran armas a Germania.

Completamente siglo y medio después de César, Tácito nos ofrece su célebre descripción de los germanos. Aquí muchas cosas presentan ya un aspecto muy distinto. Hasta el Elba y más allá, las tribus migratorias se habían detenido y establecido de forma permanente. Desde luego, durante largo tiempo no se trató aún de ciudades; el asentamiento se hacía en aldeas compuestas por granjas individuales, ya muy espaciadas o próximas entre sí, pero incluso en este último caso cada casa se alzaba libre en su propio espacio. Las casas se construían sin piedras de cantería ni tejas, toscamente ensambladas con

madera sin desbastar (materia informi debe significar aquí esto, en contraste con caementa y tegulae); casas de bloques, como todavía en el norte de Escandinavia, pero ya no cabañas que puedan levantarse en un día, como en Estrabón.* De la constitución agraria trataremos más adelante. Los germanos poseían ya también cámaras subterráneas de almacenamiento, una especie de sótano donde residían en invierno para calentarse y donde las mujeres practicaban el tejido, según Plinio.” La agricultura es, por tanto, ya más importante, pero el ganado sigue siendo la riqueza principal; es numeroso, aunque de raza pobre, los caballos feos y sin velocidad, ovejas y vacas pequeñas, estas últimas sin cuernos. Bajo el rubro de “alimento” se consignan carne, leche y manzanas silvestres, pero ningún pan. La caza ya no se practicaba mucho, de ahí que la reserva de caza se hubiera reducido ya notablemente desde César. El vestido seguía siendo muy primitivo, una basta manta para la masa, por lo demás desnudos (casi como entre los cafres zulúes), pero los más ricos poseían ya ropa ceñida; también se usaban pieles de animales; las mujeres vestían de modo muy parecido a los hombres, pero llevaban ya con más frecuencia prendas de lino sin mangas. Los niños correteaban todos desnudos. Leer y escribir eran desconocidos, aunque un pasaje indica que los sacerdotes empleaban ya runas, caracteres derivados del latín, que grababan en varas de madera. Los germanos del interior no atesoraban oro ni plata; las vasijas de plata regaladas por los romanos a príncipes y enviados servían para los mismos usos comunes que las de barro. El insignificante comercio se reducía al simple trueque.

Los hombres conservaban aún la costumbre, común a todos los pueblos primitivos, de dejar el trabajo en la casa y en el campo a las mujeres, los viejos y los niños, por considerarlo poco viril. Habían adoptado, sin embargo, dos costumbres civilizadas: la bebida y el juego, y practicaban ambas con todo el desenfreno de bárbaros intactos, llegando en el juego al extremo de apostar su propia persona a los dados. En el interior, su bebida era cerveza de cebada o de trigo; si ya se hubiera inventado el aguardiente, bien podría haber tomado la historia universal un curso diferente.

En las fronteras del territorio romano se habían hecho más progresos: se bebía vino importado; en cierta medida se habían habituado al dinero, dándose preferencia naturalmente a la plata, por ser más manejable para el intercambio limitado, y, según la costumbre bárbara,

a la moneda con cuño bien conocido de antiguo. Veremos que tenían buenas razones para tal precaución. El comercio con los germanos sólo se realizaba en las riberas mismas del Rin; únicamente los hermunduros, que se extendían a ambos lados del Limes Germanicus, iban y venían en esta época por la Galia y Recia con fines comerciales.

Así pues, la primera gran fase de la historia germana, el tránsito final de la vida migratoria a las habitaciones permanentes, tuvo lugar en el período entre César y Tácito, al menos para la mayor parte del pueblo, desde el Rin hasta mucho más allá del Elba. Los nombres de las distintas tribus comienzan a fundirse más o menos con ciertas extensiones de tierra. Siendo contradictorias las noticias de los autores antiguos, y fluctuando y cambiando los nombres, resulta a menudo imposible asignar a cada tribu un área de asentamiento definida. Ello nos apartaría también demasiado de nuestro tema. Bástenos aquí una afirmación general que se encuentra en Plinio:

«Hay cinco estirpes principales de germanos: los vindili, que comprenden a los burgundiones, varinos, carinos y gutones; la segunda estirpe la constituyen los ingevones, que incluyen a los cimbros, teutones y las tribus de los caucos. Los iscevones, entre ellos los sugambros, viven cerca del Rin. Los hermiones, que abarcan a los suevos, hermunduros, catos y queruscos, ocupan el centro del país. La quinta estirpe comprende a los peucinos y los bastarnos, cuyos vecinos son los dacios.» 4

A éstas puede añadirse una sexta rama: los hilleviones, que habitan en Escandinavia.

De todas las noticias que recogemos de los escritores antiguos, ésta es la que mejor concuerda con los hechos posteriores y con los restos lingüísticos conservados.

Los vindili comprenden pueblos de lengua gótica que ocupaban la costa báltica entre el Elba y el Vístula y el interior profundo; los gutones (godos) estaban asentados más allá del Vístula, en torno al Frische Haff. Los escasos restos lingüísticos conservados no dejan la menor duda de que los vándalos (que debieron de formar parte de los vindili de Plinio, puesto que éste transfiere su nombre a toda la estirpe principal) y los burgundios hablaban dialectos góticos. Sólo los warnos (o varinos), a quienes se suele contar, basándose en informaciones de los siglos V y VI, entre los turingios, pueden suscitar dudas; nada sabemos de su lengua.

La segunda estirpe, los ingevones, comprende ante todo pueblos de habla frisona, habitantes de la costa del Mar del Norte y de la península Címbrica, y muy probablemente también hablantes de la lengua sajona entre el Elba y el Weser, en cuyo caso también habrá que contar entre ellos a los queruscos.

Los iscevones quedan señalados de inmediato por los sugambros, que se unieron a ellos, como los posteriores francos, los habitantes de la orilla derecha del Rin desde el Taunus hasta las fuentes del Lahn, Sieg, Ruhr, Lippe y Ems, limitando al norte con frisones y caucos.

Los hermiones, o herminones, como los llama más correctamente Tácito,5 son los posteriores altos alemanes: hermunduros (turingios), suevos (suevos y marcomanos-bávaros), catos (hesios), etc. Los queruscos están colocados aquí sin duda por error. Es el único error indudable en toda la lista de Plinio.

La quinta estirpe, peucinos y bastarnos, se ha perdido. Sin duda Jacob Grimm acierta al contarla entre la gótica.6

Finalmente, la sexta estirpe, los hilleviones, comprende a los habitantes de las islas danesas y de la gran península escandinava.

Así pues, la división de Plinio concuerda con sorprendente exactitud con la agrupación de los dialectos germánicos que más tarde aparecen efectivamente. No conocemos dialectos que no pertenezcan a las ramas gótica, frisón-bajo sajona, francona, alto alemana o escandinava, y aún hoy podemos reconocer la división de Plinio como ejemplar. Lo que eventualmente pudiera alegarse contra ella lo examinaré en mi nota sobre los pueblos germánicos.7

Hemos de concebir, por tanto, la inmigración originaria de los germanos a su nueva patria aproximadamente del siguiente modo: en primera instancia avanzaron los iscevones hacia el centro de la llanura del norte de Alemania, entre las montañas meridionales y los mares Báltico y del Norte; de cerca, pero más próximos a la costa, los ingevones. A éstos parecen haberlos seguido los hilleviones, que sin embargo se desviaron hacia las islas. Les siguen los godos (los vindili de Plinio), que dejaron atrás en el sureste a peucinos y bastarnos; el nombre gótico en Suecia atestigua que secciones sueltas se unieron a los hilleviones migratorios. Finalmente, al sur de los godos, los herminones, quienes, al menos en su mayor parte, no se trasladaron hasta tiempos de César e incluso de Augusto

a sus asentamientos, que conservaron hasta la migración de los pueblos.*

LAS PRIMERAS BATALLAS CONTRA ROMA

Desde César, romanos y germanos se enfrentaron frente a frente a través del Rin, y desde el sometimiento de Recia, Nórico y Panonia por Augusto, frente a frente a través del Danubio. Entretanto, el dominio romano se había consolidado en la Galia; Agripa había cubierto todo el país con una red de calzadas militares, se habían construido fortalezas, había crecido una nueva generación nacida bajo el yugo romano. Puesta en comunicación directísima con Italia por las vías alpinas del Pequeño y el Gran San Bernardo, construidas por Augusto, la Galia podía servir de base para la conquista de Germania desde el Rin. Augusto encomendó a su hijastro (¿o hijo verdadero?) Druso la realización de esta conquista con las ocho legiones estacionadas en el Rin.

Los pretextos los suministraban constantes fricciones entre los fronterizos, las incursiones germánicas en la Galia y una pretendida o real conjura de los belgas descontentos con los sugambros, según la cual éstos debían cruzar el Rin y provocar un levantamiento general. Druso se aseguró de los jefes belgas (— 12), cruzó el río junto a la isla de Batavia, aguas arriba del delta del Rin, devastó el país de los usípetes y en parte el de los sugambros, navegó Rin abajo, obligó a los frisones a suministrarle infantería auxiliar y navegó con la flota a lo largo de la costa y hasta la desembocadura del Ems para hacer la guerra a los caucos. Pero aquí sus marinos romanos, no acostumbrados a las mareas, vararon la flota durante el reflujo; sólo con ayuda de las tropas auxiliares frisias, mejor conocedoras del asunto, logró liberarla y regresó a casa.

Esta primera campaña fue sólo un extenso reconocimiento. Al año siguiente (—11) emprendió la conquista propiamente dicha. Volvió a cruzar el Rin aguas abajo de la desembocadura del Lippe, sometió a los usípetes que allí vivían, tendió un puente sobre el Lippe e invadió el país de los sugambros, que acababan de salir al campo contra los catos porque éstos no quisieron sumarse a la alianza contra los romanos bajo la dirección de los sugambros. En la confluencia del Lippe y el Eliso construyó un campamento fortificado (Aliso) y se retiró de nuevo más allá del Rin cuando se acercaba el invierno.

Durante esta retirada fue emboscado en un estrecho desfiladero por los germanos, y sólo con la mayor dificultad escapó su ejército a la aniquilación. Este mismo año construyó también otro campamento fortificado «en el país de los catos, cerca del Rin» 8.

Esta segunda campaña de Druso contiene ya el plan completo de conquista tal como después se siguió consecuentemente. La región que se debía conquistar de inmediato quedaba delimitada con bastante nitidez: el interior iscevónico hasta la frontera con queruscos y catos y la franja costera que le pertenecía hasta el Ems, y a ser posible hasta el Weser. A la flota se le asignó la tarea principal de someter las tierras costeras. En el sur, la base de operaciones era Maguncia, fundada por Agripa y ampliada por Druso, en cuyas cercanías hay que buscar el fuerte construido «en el país de los catos» (hoy se lo busca en la Saalburg, junto a Homburg). Desde aquí, el curso del bajo Main conduce a la comarca abierta del Wetterau y el alto Lahn, cuya ocupación separaría a iscevones y catos. En el centro del frente de ataque, la llanura que riega el Lippe y, en particular, la ancha cordillera entre el Lippe y el Ruhr ofrecían la línea de operaciones más cómoda para la fuerza principal romana; con su ocupación se podía dividir la región a conquistar en dos áreas aproximadamente iguales y al mismo tiempo separar a los brúcteros de los sugambros. Desde esta posición se podían coordinar sus acciones con la flota, a la izquierda; junto con la columna que desembocaba desde el Wetterau, aislar a la derecha las montañas de pizarra iscevónicas, y al frente mantener a raya a los queruscos. El fuerte de Aliso constituía el punto de apoyo más avanzado de esta línea de operaciones; estaba situado cerca de las fuentes del Lippe, ya sea en Elsen, cerca de Paderborn, en la confluencia del Alme y el Lippe, o en Lippstadt, donde recientemente se ha descubierto un gran fuerte romano.9

En el año siguiente (−10) los catos, dándose cuenta del peligro común, se aliaron por fin a los sugambros. Pero Druso los atacó y los sometió, al menos en parte. Sin embargo, esto no puede haber durado más allá del invierno, pues en la primavera siguiente (−9) atacó de nuevo, avanzó hasta los suevos (es decir, probablemente los turingios, según Floro y Orosio también

marcomanos, que en aquel entonces aún vivían al norte de los Erzgebirge), luego atacó a los queruscos, cruzó el Weser y solo retrocedió al llegar al Elba. Devastó toda la tierra por la que se movía, pero encontró en todas partes una tenaz resistencia. En el camino de regreso murió, a los treinta años, antes siquiera de alcanzar el Rin.

Al relato anterior, tomado de Dión Casio, añadimos por Suetonio que Druso hizo cavar el canal desde el Rin hasta el IJssel, por el que condujo su flota al mar del Norte a través de Frisia y el Flevo (Vliestrom, la actual ruta entre Vlieland y Terschelling, saliendo del Zuider Zee)”; por Floro, que erigió más de 50 fortines a lo largo del Rin y un puente en Bonn, y que también fortificó la línea del Maas, asegurando así la posición de las legiones renanas tanto contra las sublevaciones de los galos como contra las incursiones de los germanos. Las fábulas de Floro sobre fortalezas y terraplenes en el Weser y el Elba son vana jactancia‘; él [Druso] pudo haber levantado atrincheramientos allí durante sus marchas, pero era demasiado buen general como para dejar allí siquiera un solo hombre de guarnición. Pero no cabe duda de que dotó a la línea de operaciones a lo largo del Lippe de bases fortificadas. También fortificó los pasos sobre el Taunus.

Tiberio, sucesor de Druso en el Rin, cruzó el río en el año siguiente (−8); los germanos, excepto los sugambros, enviaron negociadores de paz; Augusto, que se hallaba en la Galia, rechazó todas las negociaciones mientras los sugambros no estuviesen representados. Cuando por fin también ellos enviaron embajadores, «hombres numerosos y respetados», dice Dión, Augusto los hizo apresar y los internó en diversas ciudades del interior del imperio; «afligidos por ello, se quitaron la vida».‘ En el año siguiente (−7), Tiberio marchó de nuevo con un ejército a Germania, donde ya nada quedaba por combatir, salvo unos pocos focos insignificantes de inquietud. Veleyo dice de esta época:

«Tiberio sometió de tal modo el país (Germania) que en nada se diferenciaba de una provincia tributaria».

Este éxito probablemente habrá que atribuirlo no solo a las armas romanas y a la tan pregonada «sabiduría» diplomática de

4*

Tiberio, sino en particular al trasplante de germanos a la ribera romana del Rin. Ya Agripa había trasladado a los ubios, siempre muy adictos a los romanos, a la margen izquierda del Rin, en Colonia, con su consentimiento. Tiberio obligó a 40.000 sugambros a pasar el río y establecerse, y con ello quebrantó la fuerza de resistencia de este pueblo poderoso durante un tiempo considerable.

Tiberio se retiró entonces por algún tiempo de todos los asuntos de Estado, y nada sabemos de lo que ocurrió en Germania durante varios años. Un fragmento de Dión habla de una expedición de Domicio Enobarbo desde el Danubio hasta más allá del Elba.* Poco después, sin embargo, hacia el año primero de nuestra era, los germanos se sublevaron. Según los relatos de Veleyo, Marco Vinicio, el comandante supremo romano, combatió en general con éxito y recibió recompensas en reconocimiento.» A pesar de ello, en el año 4, poco después de su adopción por Augusto, Tiberio tuvo que cruzar de nuevo el Rin para restaurar el quebrantado poder romano. Sometió primero a los caninefates y catuarios, que habitaban junto al río, luego a los brúcteros, y «se ganó» a los queruscos. Veleyo, que participó en esta y en las siguientes campañas, no da más detalles. El invierno benigno permitió a las legiones mantenerse en movimiento hasta diciembre; después se acuartelaron en la propia Germania, probablemente en las fuentes del Lippe.

La campaña del año siguiente (5) debía completar el sometimiento de Germania occidental. Mientras Tiberio avanzaba desde Aliso y derrotaba a los langobardos en el bajo Elba, la flota navegó a lo largo de la costa y «se ganó» a los chaucos. En el bajo Elba, el ejército se encontró con la flota que remontaba el río. Con el éxito de esta campaña, la labor de los romanos en el norte parecía terminada, según Veleyo‘; al año siguiente Tiberio se dirigió al Danubio, donde los marcomanos, que recientemente se habían trasladado a Bohemia bajo Maroboduus, amenazaban la frontera. Educado en Roma y familiarizado con la táctica romana, Maroboduus contaba con un ejército de 70.000 infantes y 4.000 jinetes, organizado según el modelo romano. Tiberio atacó frontalmente a este ejército en el Danubio, mientras Sentio Saturnino debía conducir las legiones desde el Rin, a través del país de los catos, hacia la retaguardia y el flanco enemigo. Entonces se sublevaron los panonios en la retaguardia del propio Tiberio, y el ejército tuvo que volverse y reconquistar su

base de operaciones. La lucha duró tres años; pero apenas habían sido derrotados los panonios cuando en la Germania septentrional las cosas tomaron también un giro tal que ya no podía hablarse de conquistas en el país de los marcomanos. El plan de conquista de Druso se había mantenido plenamente; pero para ejecutarlo con seguridad se habían hecho necesarias campañas por tierra y por mar hasta el Elba. En el plan de campaña contra Maroboduus trasluce la idea de desplazar la frontera hasta los Pequeños Cárpatos, los Riesengebirge y el Elba hasta su desembocadura; mas por el momento esto quedaba todavía en un futuro remoto y pronto se volvió del todo impracticable. No sabemos hasta dónde llegaban los fortines romanos en la Wetterau; por todos los indicios, esta línea de operaciones fue descuidada entonces en favor de la línea más importante a lo largo del Lippe. Allí, empero, los romanos parecían haberse instalado bastante bien. La llanura del Rin, en la margen derecha desde Bonn hacia abajo, les pertenecía; la llanura de Westfalia desde el Ruhr hacia el norte más allá del Ems, hasta las fronteras de los frisios y los chaucos, se mantenía en ocupación militar. A la retaguardia, bátavos y frisios eran en aquel tiempo todavía amigos seguros; más al oeste, chaucos, queruscos y catos podían considerarse suficientemente dominados, después de sus repetidas derrotas y del golpe que también había alcanzado a los langobardos. Y en todo caso, en aquellos pueblos existía entonces un partido bastante poderoso que solo veía salvación en unirse a Roma. En el sur, el poder de los sugambros estaba por el momento quebrantado; parte de su territorio, entre el Lippe y el Ruhr, y también en la llanura del Rin, estaba ocupado; el resto se hallaba rodeado por tres lados por las posiciones romanas en el Rin, el Ruhr y la Wetterau, y con toda seguridad era recorrido con bastante frecuencia por columnas romanas. En dirección a las fuentes del Lippe, desde Neuwied hasta el Sieg, desde Deutz y Neuss hasta el Wupper, caminos romanos que discurrían por crestas montañosas dominantes han sido recientemente rastreados al menos hasta la frontera de Berg y Mark.’ Más alejados aún, los hermunduros, de acuerdo con Domicio Enobarbo, ocuparon parte de la región abandonada por los marcomanos y mantenían tranquilo intercambio con los romanos. Y, finalmente, la bien conocida desunión de los pueblos germanos justificaba la expectativa de que los romanos solo tendrían que librar

aquellas pequeñas guerras que ellos mismos debían considerar deseables para ir transformando gradualmente a sus aliados en súbditos.

El núcleo de la posición romana era el territorio a ambos lados del Lippe hasta el Osning. Allí, el dominio romano y las costumbres romanas se hacían aceptables mediante la presencia constante de las legiones en campamentos fortificados y «transformaban virtualmente» a los bárbaros, según Dión.* Aquí, cerca de los acuartelamientos permanentes del ejército, surgieron aquellas ciudades y mercados de los que escribe el mismo historiador y cuyo apacible trato contribuyó en mayor medida a consolidar la dominación extranjera. Todo parecía marchar espléndidamente. Pero las cosas iban a ser de otro modo.

Quintilio Varo fue nombrado comandante supremo de las tropas en Germania. Un romano del comienzo de la decadencia, flemático e indolente, inclinado a dormirse en los laureles de sus predecesores, y más aún a sacar provecho de esos laureles para sí mismo.

«Que no era despreciador del dinero lo demuestra su gobernación de Siria: entró pobre en la rica provincia, pero la dejó rico él y pobre la provincia» (Veleyo).>

Por lo demás, era «un hombre de carácter apacible»; pero este carácter apacible debió de verse grandemente perturbado por el traslado a un país donde la exacción se le hacía tan difícil porque casi no había nada que exigir. Varo lo intentó, no obstante, y precisamente por el método que desde hacía tiempo se había hecho habitual entre los procónsules y propretores romanos.‘ Ante todo era necesario organizar lo más rápidamente posible la parte ocupada de Germania sobre el pie de una provincia romana, sustituir la autoridad pública indígena, que hasta entonces había seguido funcionando bajo el mando militar, por la autoridad romana, y convertir así el país en una fuente de ingresos, tanto para el fisco como para el procónsul. En consecuencia, Varo trató de «transformar» a los germanos «más rápida y eficazmente». «Les daba órdenes como si fueran esclavos y les exigía dinero como lo haría con naciones sometidas» (Dión).“ Y el principal instrumento de sometimiento y exacción que empleó allí fue el bien probado del poder de juez supremo ejercido por los gobernadores provinciales romanos, que él se arrogó aquí y en virtud del cual trató de imponer el derecho romano a los germanos.

Por desgracia, Varo y su misión civilizadora se adelantaron en casi mil quinientos años a la historia; pues ese fue

aproximadamente el tiempo que transcurrió hasta que Alemania estuvo en condiciones de «recibir el derecho romano». De hecho, el derecho romano, con su clásica disección de las relaciones de propiedad privada, debió de parecerles un puro desatino a los germanos, cuyo título sobre la escasa propiedad privada que entre ellos se había desarrollado emanaba únicamente de su propiedad común sobre la tierra. Igualmente, las formas solemnes y los desafíos procesales, las constantes dilaciones que caracterizan los procedimientos jurídicos romanos, debieron de series, a ellos, acostumbrados a hallar juicio y sentencia por sí mismos en tribunal público y abierto en pocas horas según la costumbre heredada, simple denegación de justicia; como la enjambre de funcionarios y leguleyos que rodeaban al procónsul debió de parecerles lo que en realidad eran: simples bandoleros. ¡Y ahora se pretendía que los germanos entregaran su libre Thing, donde el miembro de la tribu juzgaba al miembro de la tribu, y se sometieran a la sentencia perentoria de un solo hombre que instruía el procedimiento en una lengua extranjera, que en el mejor de los casos se basaba en un derecho para ellos desconocido y del todo inaplicable, y que él mismo era parte interesada! El germano libre, al que según Tácito solo un sacerdote podía castigar corporalmente en contadas ocasiones,* que solo podía perder la vida y los miembros por traición contra su pueblo, pero que en los demás casos podía expiar todo delito, incluso el homicidio, mediante una multa (wergeld), y que además estaba acostumbrado a ejercer por sí mismo la venganza de sangre para sí y para sus parientes, ¡este germano libre debía ahora someterse al látigo y al hacha del lictor romano? Y todo por ninguna otra razón que para abrir de par en par las puertas al fisco, que desangraba al país a fuerza de impuestos, y a la exacción y corrupción del procónsul y de sus secuaces.

Pero Varo había calculado mal. Los germanos no eran sirios. No los impresionó con su forzada civilización romana más que en un aspecto. Se limitó a mostrar a los pueblos vecinos arrastrados a la alianza qué yugo intolerable los esperaba también a ellos, y de ese modo les impuso una unidad que nunca antes habían podido alcanzar.

Varo se hallaba en Germania con tres legiones, Asprenas con otras dos en el bajo Rin, a solo cinco o seis marchas de Aliso, el centro de la posición. Frente a semejante fuerza, solo un golpe decisivo, larga y cuidadosamente preparado pero asestado de súbito, ofrecía perspectivas de éxito. La conspiración era, pues, imperativa. Arminio se encargó de organizarla.

Arminio, de la nobleza querusca, hijo de Segimero, quien parece haber sido un jefe militar de su pueblo, había pasado su primera juventud en el servicio militar romano, dominaba la lengua y las costumbres romanas y era un huésped frecuente y bien recibido en el cuartel general romano; su lealtad parecía fuera de toda duda. Incluso en la víspera del ataque por sorpresa, Varo confiaba en él como en una roca. Veleyo lo llamó

«un joven de noble cuna, valeroso en la acción y despierto de mente, más de lo que suelen serlo los bárbaros; un joven cuyo semblante y ojos brillaban con el fuego de la inteligencia. Había sido nuestro compañero constante en campañas anteriores» (es decir, contra los germanos), «y gozaba, además de la ciudadanía romana, de la dignidad romana del rango ecuestre»4.

Pero Arminio era más que todo eso: era un gran estadista y un considerable general. Una vez resuelto a poner fin al dominio romano en la orilla derecha del Rin, dio los pasos necesarios sin vacilar. La nobleza militar querusca, ya muy dominada por la influencia romana, tenía que ser ganada al menos en gran parte, y los catos y caucos, y más aún los brúcteros y sugambros, que se hallaban directamente bajo el yugo romano, debían ser arrastrados a la conspiración. Todo ello llevó tiempo, aun cuando las extorsiones de Varo hubieran preparado el terreno; y durante ese tiempo era preciso adormecer a Varo en la seguridad. Esto se consiguió embaucándolo con su afición a administrar justicia y poniéndolo completamente en ridículo con ella. Veleyo nos cuenta que los germanos,

«que a su extrema ferocidad unen una gran astucia, en un grado apenas creíble para quien no haya tenido trato con ellos, y son una raza de mentirosos natos; inventando una serie de pleitos ficticios, ya demandándose unos a otros sin motivo, ya dándole las gracias por resolver sus disputas con justicia romana ―de manera que su propia naturaleza bárbara se iba suavizando con esta nueva y hasta entonces desconocida disciplina y orden, y que las querellas que solían dirimirse por las armas se resolvían ahora por la ley―, llevaron a Varo a tal grado de negligencia, que llegó a considerarse un pretor urbano que administraba justicia en el foro, y no un general al mando de un ejército en el corazón de Germania» >.

Así transcurrió el verano del año 9. Para hacer aún más seguro el éxito, se indujo a Varo a dividir sus tropas destacándolas de diversas maneras, lo que no puede haber sido difícil dado el carácter del hombre y las circunstancias.

«Varo ―dice Dión― no mantenía sus tropas convenientemente reunidas, como era necesario en un país hostil, sino que prestaba equipos de soldados a las gentes que necesitaban ayuda y

la pedían, ya fuera para guardar un lugar fortificado, para atrapar ladrones o para escoltar transportes de trigo.» *

Entretanto, los principales conspiradores, en particular Arminio y Segimero, estaban constantemente a su alrededor y con frecuencia a su mesa. Según Dión, ya se le había advertido a Varo, pero su confianza no conocía límites. Por fin, en el otoño, cuando todo estaba listo para asestar el golpe y Varo, con el grueso de sus tropas, había sido atraído hasta lo profundo del país de los queruscos, hasta el Weser, un levantamiento fingido a cierta distancia dio la señal. Aun cuando Varo recibió la noticia y dio la orden de partida, fue advertido por otro jefe de los queruscos, Segestes, que parece haber mantenido una especie de enemistad de clan con la familia de Arminio. Varo no quiso creerle. Segestes propuso entonces que él mismo, Arminio y los demás jefes de los queruscos fueran puestos en cadenas antes de que Varo emprendiera la marcha; el éxito demostraría quién tenía razón. Pero la confianza de Varo era inquebrantable, incluso cuando a su partida los conspiradores se quedaron atrás, con el pretexto de que estaban reuniendo aliados para unírsele con ellos.

Así ocurrió, en efecto, aunque no como Varo esperaba. Las tropas de los queruscos ya estaban reunidas. Lo primero que hicieron fue masacrar a los destacamentos romanos apostados entre ellos a petición suya anterior, y luego atacar a Varo por el flanco mientras se hallaba en marcha. Este avanzaba por malos senderos forestales, pues aquí, en el país de los queruscos, no había aún calzadas militares romanas pavimentadas. Tomado por sorpresa, al fin comprendió su situación, se rehizo y, a partir de entonces, demostró ser un general romano, pero demasiado tarde. Hizo cerrar filas a sus tropas, dispuso en orden su gran tren de mujeres, niños, carros, acémilas, etc., protegiéndolo lo mejor posible dadas las sendas estrechas y los bosques densos, y se dirigió hacia su base de operaciones, que debemos considerar era Aliso. La lluvia torrencial ablandaba el terreno, dificultaba la marcha y deshacía una y otra vez el orden del pesado convoy. Con grandes pérdidas logró Varo alcanzar una montaña densamente arbolada, que ofrecía, sin embargo, espacio abierto para un campamento provisional. Este fue ocupado y fortificado todavía en bastante buen orden y conforme al reglamento; el ejército de Germánico, que visitó el lugar seis años más tarde, reconoció aún claramente

«la obra de tres legiones». Con una resolución adecuada a la

situación, Varo mandó quemar allí todos los carros y bagajes no absolutamente necesarios. Al día siguiente avanzó por campo abierto, pero de nuevo sufrió tanto que las tropas se dispersaron aún más, y por la tarde ya no se pudo fortificar el campamento según el reglamento; Germánico solo encontró un montículo semiderruido y una fosa poco profunda. Al tercer día la marcha condujo otra vez por montes boscosos, y aquí Varo y la mayoría de los jefes perdieron el ánimo. Varo se suicidó, las legiones fueron aniquiladas casi hasta el último hombre. Solo escapó la caballería al mando de Vala Numonio; algunos fugitivos aislados de la infantería parece que también consiguieron llegar a Aliso. La propia Aliso resistió al menos durante cierto tiempo, pues los germanos no conocían el ataque regular de asedio; más tarde la guarnición se abrió paso luchando de algún modo, total o parcialmente. Asprenas, intimidado, parece haberse limitado a un breve avance para recibirlos. Brúcteros, sugambros y todos los pueblos menores se sublevaron, y el poder romano fue rechazado de nuevo al otro lado del Rin.

Las localidades de esta expedición han sido muy discutidas. Lo más probable es que, antes de la batalla, Varo estuviera acantonado en la hondonada del valle de Rinteln, en algún lugar entre Hausberge y Hameln; la retirada decidida tras el primer ataque se hizo en dirección al desfiladero de Doren, cerca de Detmold, que forma un paso llano y ancho a través del Osning. Esta es la opinión general que se ha hecho tradicional y concuerda tanto con las fuentes como con las exigencias militares de la situación bélica. Si Varo alcanzó el desfiladero de Doren sigue siendo incierto; la irrupción de la caballería y acaso de las primeras filas de la infantería parece indicar que sí lo hizo.*

La noticia de la aniquilación de las tres legiones y de la sublevación de toda la Germania occidental cayó sobre Roma como un rayo. Algunos veían ya a Arminio cruzando el Rin y extendiendo la insurrección por la Galia, y a Maroboduo, por el otro lado, atravesando el Danubio y llevando consigo a los panonios, apenas sometidos, en una marcha a través de los Alpes. E Italia estaba ya tan agotada que apenas podía suministrar hombres. Dión refiere que apenas quedaban jóvenes en condiciones de portar armas entre la ciudadanía, que los hombres de más edad se negaban a alistarse, de modo que Augusto los castigó con la confiscación de sus bienes, y a algunos incluso con la muerte; que el emperador logró finalmente reclutar unas pocas tropas para la protección de Roma de entre

libertos y veteranos, desarmó a su guardia personal germana y prohibió a todos los germanos la entrada en la ciudad.*

Arminio, sin embargo, no cruzó el Rin; Maroboduo no pensaba en ningún ataque, y así Roma pudo entregarse sin perturbación a estallidos de furia contra los «pérfidos germanos». Ya hemos visto la descripción que Veleyo hace de ellos como gentes que «a su extrema ferocidad unen una gran astucia… y son una raza de mentirosos natos». De modo parecido Estrabón. Él no sabe nada de la «lealtad germana» y la «perfidia céltica»; muy al contrario. Mientras que llama a los celtas «sencillos y francos», tan simples de espíritu que «se reúnen para la batalla a la vista de todos y sin ninguna precaución, facilitando así al enemigo la

victoria», dice de los germanos:

«Al tratar con ellos siempre fue aconsejable no fiarse; aquellos en quienes se ha confiado han causado grandes daños, como, por ejemplo, los queruscos, en cuyo país tres legiones, con su general Varo, fueron destruidas por una emboscada en violación de los tratados».

Por no hablar de los indignados y vengativos versos de Ovidio. Uno podría creer estar leyendo a autores franceses del período más chovinista, hirviendo de rabia por la ruptura de la palabra de Yorck o la perfidia de los sajones en Leipzig. Los germanos ya habían conocido bien la lealtad romana a los pactos y la probidad cuando César atacó a los usípetes y téncteros durante las negociaciones y la tregua; la habían conocido cuando Augusto hizo apresar a los enviados de los sugambros, habiendo rechazado antes de su llegada toda negociación con los pueblos germanos. Todos los pueblos conquistadores tienen en común que tratan de burlar a sus adversarios por cualquier medio; y lo encuentran muy natural; pero en cuanto sus adversarios hacen lo mismo, llaman a esto ruptura de la fe y perfidia. Mas los instrumentos del sometimiento también deben poder servir para sacudirse el yugo. Mientras haya naciones y clases explotadoras y dominantes de un lado, y explotadas y dominadas del otro, el uso de la astucia junto a la fuerza será para ambos lados una necesidad contra la cual toda prédica moral será impotente.

Por mucho que pueda ser infantil la fantástica estatua de Arminio erigida en Detmold ―solo tuvo un lado bueno, a saber, que indujo a Luis

Napoleón a erigir un coloso igualmente ridículo y fantástico de Vercingétorix en una montaña de Aliso [-Sainte-Reine]―, sigue siendo cierto que la batalla de Varo fue uno de los puntos de inflexión más decisivos de la historia. Decidió de una vez para siempre la independencia de Germania respecto a Roma. Se puede discutir largamente sin sentido si esta independencia fue o no una ganancia tan grande para los propios germanos; lo cierto es que sin ella toda la historia habría tomado un rumbo distinto. Y aunque, en realidad, toda la historia posterior de los germanos casi no haya sido más que una larga serie de desastres nacionales, en su mayor parte por su propia culpa, hasta el punto de que incluso los éxitos más brillantes casi siempre redundaron en perjuicio del pueblo, hay que decir sin embargo que aquí, al comienzo de su historia, los germanos fueron indudablemente afortunados.

César utilizó las últimas fuerzas vitales de la República moribunda para someter la Galia. Las legiones, que desde Mario consistían en mercenarios reclutados pero aún exclusivamente itálicos, a partir de César se extinguieron literalmente en la medida en que el propio pueblo itálico se extinguía bajo los latifundios en rápida expansión y su economía esclavista. Los 150.000 hombres que componían la infantería pesada de las 25 legiones solo podían mantenerse unidos mediante medidas extremas. El servicio de veinte años no se respetaba; los veteranos que habían cumplido su servicio eran obligados a permanecer bajo las banderas por un período indefinido. Esa fue la causa principal del motín de las legiones renanas a la muerte de Augusto, que Tácito describe de manera tan imaginativa, y que con su extraordinaria mezcla de insubordinación y disciplina recuerda tan vivamente los motines de los soldados españoles de Felipe II en los Países Bajos,' en ambos casos testimoniando la solidez del ejército en un momento en que el príncipe había roto la palabra que les había dado. Vimos cuán vano fue el intento de Augusto después de la batalla de Varo de restablecer las antiguas leyes de reclutamiento, que hacía tiempo habían caído en desuso; cómo tuvo que recurrir a veteranos e incluso a libertos —ya los había utilizado una vez antes, durante la insurrección panónica. La reserva de hijos de campesinos itálicos libres había desaparecido junto con los propios campesinos itálicos libres. Cada nuevo contingente de reserva introducido en las legiones empeoraba la calidad del ejército. Y puesto que estas legiones, núcleo de todo el poder del ejército, difíciles de mantener, debían ser ahorradas en la medida de lo posible, las tropas auxiliares pasaron cada vez más a primer plano y libraron batallas en las que las legiones solo formaban la reserva, de modo que

ya en tiempos de Claudio los bátavos podían decir: las provincias se conquistaban con la sangre de las provincias.

Con un ejército así, que se alejaba cada vez más de la antigua disciplina y solidez romanas y, por tanto, de la antigua manera de combatir romana, compuesto cada vez más por provinciales y, finalmente, por bárbaros extraños al imperio, apenas podían ya emprenderse grandes guerras de agresión; pronto no pudieron librarse grandes batallas ofensivas. El deterioro del ejército colocó al Estado a la defensiva, que primero se llevó de forma agresiva, luego cada vez más pasiva, hasta que al fin el peso del ataque, desplazado ya por completo del lado de los germanos, irrumpió irresistiblemente a través del Rin y del Danubio a lo largo de toda la línea, desde el Mar del Norte hasta el Mar Negro.

Entre tanto, era necesario, incluso para salvaguardar la línea del Rin, que los germanos sintieran una vez más, en su propio territorio, la fuerza superior de las armas romanas. Con este fin Tiberio se apresuró a acudir al Rin, restauró la disciplina debilitada mediante su propio ejemplo y severos castigos, limitó el tren del ejército móvil a lo estrictamente necesario y marchó a través de la Germania occidental en dos expediciones (años 10 y 11). Los germanos no se presentaron para batallas decisivas, los romanos no se atrevieron a ocupar sus campamentos de invierno en la margen derecha del Rin. No hay constancia de que Aliso y el fuerte establecido en la desembocadura del Ems, en el país de los caucos, conservaran su guarnición permanente también en invierno, pero es probable.

En el año 14, en agosto, murió Augusto. Las legiones renanas, que después de cumplir su servicio no eran licenciadas ni recibían su paga, se negaron a reconocer a Tiberio y proclamaron emperador a Germánico, hijo de Druso. Él mismo calmó la sublevación, devolvió la obediencia a las tropas y las condujo a Germania en tres expediciones que han sido descritas por Tácito.* Aquí se le enfrentó Arminio, quien demostró ser un general plenamente digno de su adversario. Buscaba evitar toda batalla decisiva en campo abierto, dificultar al máximo la marcha de los romanos y atacarlos solo en pantanos y desfiladeros donde no pudieran desplegar sus fuerzas. Pero los germanos no siempre lo siguieron. La combatividad los arrastraba a menudo a luchar en circunstancias desfavorables; la codicia de botín salvó más de una vez a romanos que ya estaban firmemente atrapados en una emboscada. Así, Germánico obtuvo las dos victorias infructuosas en el Idistaviso y en el limes de los angrivarios, apenas escapó en las retiradas

a través de estrechos pasos pantanosos, perdió barcos y tripulaciones por tormentas e inundaciones en la costa frisia y, finalmente, fue llamado por Tiberio tras la expedición del año 16. Con esto terminaron las expediciones romanas al interior de Germania.

Pero los romanos sabían muy bien que una línea fluvial solo se mantiene si se dominan también los pasos a la otra orilla. Lejos de retirarse pasivamente detrás del Rin, los romanos trasladaron su defensa a la margen derecha. Las fortificaciones romanas que cubren, en grandes conjuntos, las regiones del bajo Lippe, el Ruhr y el Wupper, al menos en algunos casos correspondientes a distritos posteriores, [y] los caminos militares construidos desde el Rin hasta la frontera del Ducado de Mark, nos llevan a conjeturar aquí un sistema de obras defensivas a lo largo de una línea desde el IJssel hasta el Sieg, que corresponde a la actual línea fronteriza entre francos y sajones, con desviaciones ocasionales de la frontera de la provincia renana en dirección a Westfalia. Este sistema, que probablemente todavía era en cierta medida defendible en el siglo VII, debió de impedir entonces también que los sajones, que avanzaban en aquella época, alcanzaran el Rin, fijando así su actual frontera étnica frente a los francos. Los descubrimientos más interesantes se han realizado aquí en los últimos años (por J. Schneider)*; bien podemos esperar nuevos hallazgos.

Más arriba del Rin se fue construyendo gradualmente el gran Limes romano, especialmente bajo Domiciano y Adriano; se extiende desde más abajo de Neuwied sobre las alturas de Montabaur hasta Ems, allí cruza el Lahn, gira al oeste en Adolfseck, siguiendo la vertiente septentrional del Taunus, envuelve Griiningen en la Wetterau como su punto más septentrional, y de allí, en dirección sur-sureste, alcanza el Meno al sur de Hanau. Desde aquí el Limes discurre por la margen izquierda del Meno hasta Miltenberg; de ahí, en una línea recta interrumpida una sola vez, hasta el Rems de Wurtemberg, cerca del castillo de Hohenstaufen. Aquí la línea, construida más tarde, probablemente bajo Adriano, gira hacia el este pasando por Dinkelsbühl, Gunzenhausen, Ellingen y Kipfenberg, y alcanza el Danubio en Irnsing, por encima de Kehlheim. Tras el Limes se encontraban fortificaciones menores, y a mayor distancia fuertes más grandes como puntos de apoyo. Así cercado, el país a la derecha del Rin, que al menos al sur del Meno había estado desierto desde que los helvecios fueron expulsados por los suevos, fue poblado por vagabundos galos, rezagados de las tropas, según Tácito.°

Así, las condiciones se fueron haciendo gradualmente más tranquilas y seguras en el Rin, el Limes y el Danubio. Continuaron los combates y las expediciones, pero las fronteras mutuas permanecieron sin cambios durante algunos siglos.

PROGRESO HASTA LA ÉPOCA DE LAS MIGRACIONES

Las fuentes escritas sobre la situación y los acontecimientos en el interior de Germania fallan después de Tácito y Ptolomeo. En su lugar se nos abre una serie de otras fuentes, mucho más vivas: los hallazgos de antigüedades en la medida en que pueden atribuirse al período que examinamos.

Hemos visto que en la época de Plinio y Tácito el comercio romano con el interior de Germania era prácticamente inexistente. Pero encontramos en Plinio una indicación de una antigua ruta comercial, que en su tiempo se utilizaba aún ocasionalmente, desde Carnuntum (frente a la confluencia del March con el Danubio), a lo largo del March y del Óder hasta la costa del ámbar.* Esta ruta, y también otra, a través de Bohemia a lo largo del Elba, fue probablemente utilizada en un período muy temprano por los etruscos, cuya presencia en los valles septentrionales de los Alpes está documentada por numerosos hallazgos, especialmente el de Hallstatt.* La invasión de los galos en el norte de Italia habrá puesto fin a este comercio (ca. 400) (Boyd Dawkins). Si esta opinión se confirma, este comercio etrusco, especialmente la importación de artículos de bronce, debió de realizarse con los pueblos que ocupaban el país en el Vístula y el Elba antes de los germanos, probablemente con celtas, y la inmigración de los germanos habría tenido tanto que ver con su interrupción como el reflujo de los celtas hacia Italia. La ruta comercial más oriental, desde las ciudades griegas del Mar Negro a lo largo del Dniéster y el Dniéper hasta la zona de la desembocadura del Vístula, parecería entonces haber entrado en uso solo después de esta interrupción. Las antiguas monedas griegas halladas cerca de Bromberg, en la isla de Oesel y en otros lugares sugieren esta interpretación; entre ellas hay piezas del siglo IV, posiblemente del V antes de nuestra era, acuñadas en Grecia, Italia, Sicilia, Cirene, etc.

Las rutas comerciales interrumpidas a lo largo del Óder y del Elba estaban destinadas a restablecerse tan pronto como los pueblos migratorios se detuvieran. En tiempos de Ptolomeo no solo estas, sino otras vías de

tráfico a través de Germania parecen haber vuelto a utilizarse, y donde falla el testimonio de Ptolomeo, los hallazgos siguen dando fe.

C. F. Wiberg * ha aclarado mucho aquí mediante una cuidadosa recopilación de los hallazgos, y ha proporcionado la prueba de que en el siglo II de nuestra era las rutas comerciales tanto a través de Silesia bajando por el Óder como a través de Bohemia bajando por el Elba se utilizaban de nuevo. En Bohemia, Tácito menciona ya a

“traficantes de botín y mercaderes” (lixae ac negotiatores) “de nuestras provincias

a quienes la avaricia y el olvido de sus hogares han llevado a territorio enemigo y al campamento del ejército de Marobóduo”.4

Así también los hermunduros, quienes, amigos de los romanos desde hacía tiempo, tenían, según Tácito,° acceso sin trabas a los Agri Decumates' y a Recia hasta Augsburgo, seguramente habrán comerciado con mercancías y monedas romanas desde el alto Meno hacia el Saale y el Werra. También se han revelado vestigios de una ruta comercial hacia el interior más abajo del Limes romano, en el Lahn.

La ruta a través de Moravia y Silesia parece haber seguido siendo la más importante. La única divisoria de aguas que hay que cruzar, la que se encuentra entre el March, o Bečva, y el Óder, atraviesa un país de colinas abiertas y se halla a menos de 325 metros sobre el nivel del mar; aún hoy pasa por allí el ferrocarril. A partir de la Baja Silesia se abren las tierras bajas del norte de Alemania, de modo que los caminos pueden ramificarse en todas direcciones hacia el Vístula y el Elba. Comerciantes romanos debieron de residir en Silesia y Brandeburgo en los siglos II y III. Allí encontramos no solo urnas de vidrio, lacrimatorios y urnas funerarias con inscripciones latinas (Massel, cerca de Trebnitz, en Silesia, y en otros lugares), sino incluso completas bóvedas sepulcrales romanas con hornacinas para urnas (columbaria) (Nacheln, cerca de Glogau). También se han encontrado indudables tumbas romanas en Warin, en Mecklemburgo. Asimismo, los hallazgos de monedas, artículos metálicos romanos, lámparas de arcilla, etc., atestiguan el comercio a lo largo de esta ruta. En general, toda la Alemania oriental, aunque nunca fue pisada por ejércitos romanos, está sembrada de monedas y manufacturas romanas, documentándose estas últimas con frecuencia por las mismas marcas de fábrica que aparecen en hallazgos de las provincias del Imperio Romano. Lámparas de arcilla halladas en Silesia llevan la misma marca de fábrica que otras encontradas en Dalmacia, Viena, etc. La marca: Ti. Robilius Sitalces, por ejemplo,

* Bidrag till kännedomen om grekers och romares förbindelse med Norden. Traducción alemana de Mestorf: Der Einfluß der klassischen Völker etc., Hamburgo, 1867.

está estampada en vasos de bronce, uno de los cuales se encontró en Mecklemburgo y otro en Bohemia; esto indica una ruta comercial a lo largo del Elba.

Además, en los primeros siglos después de Augusto, barcos mercantes romanos navegaron por el mar del Norte. Así lo prueba el hallazgo en Neuhaus, sobre el Oste (desembocadura del Elba), de 344 monedas romanas de plata de los tiempos de Nerón a Marco Aurelio, junto con restos de una nave que probablemente naufragó allí. La navegación se extendió también a lo largo de la costa meridional del Báltico, alcanzando las islas danesas, Suecia y Gotland, y tendremos que estudiarla más de cerca. Las distancias entre los distintos puntos de la costa que dan Ptolomeo y Marciano (hacia el año 400) solo pueden haberse obtenido de los informes de los mercaderes que navegaron a lo largo de esa costa. Se indican desde la costa de Mecklemburgo hasta Danzig y de allí a Scandia. Por último, este comercio está probado por otros innumerables hallazgos de origen romano en Holstein, Schleswig, Mecklemburgo, Pomerania Occidental, las islas danesas y el sur de Suecia, en lugares que se encuentran muy próximos unos de otros cerca de la costa.

Es difícil determinar hasta qué punto este tráfico romano incluía la importación de armas a Germania. Las numerosas armas romanas halladas en Germania podrían ser igualmente botín, y las autoridades fronterizas romanas hacían naturalmente todo lo posible por cortar el suministro de armas a los germanos. Algunas pudieron haber llegado por mar, sin embargo, sobre todo a los pueblos más alejados, como los de la península címbrica.

El resto de los productos romanos que llegaron a Germania por estas diversas vías consistía en objetos de uso doméstico, joyas, artículos de tocador, etc. Los objetos de uso doméstico incluyen cuencos, medidas, vasos, recipientes, ollas, tamices, cucharas, tijeras, cazos, etc., de bronce; algunos recipientes de oro o plata; lámparas de barro, que están muy difundidas; joyas de bronce, plata u oro: collares, diademas, brazaletes y anillos, broches semejantes a nuestras fíbulas; entre los artículos de tocador encontramos peines, pinzas, cucharillas para los oídos, etc., por no mencionar objetos cuyo uso es discutible. La mayoría de estas manufacturas, según Worsaae, se elaboraron bajo la influencia de los gustos dominantes en Roma en el siglo I.

La diferencia entre los germanos de César, e incluso de Tácito, y el pueblo que usaba estos objetos es grande, aun admitiendo que los usasen únicamente las familias nobles y ricas. Los «platos sencillos sin mucho aparato (sine apparatu) ni condimentos» con los que los germanos, según Tácito, «desterraban el hambre»* habían dado paso a una cocina que empleaba ya un instrumental bastante refinado y que, además, probablemente obtenía también de los romanos los condimentos correspondientes. El desprecio por los objetos de oro y plata había cedido ante el deseo de adornarse con ellos; la indiferencia hacia el dinero romano, ante su difusión por todo el territorio germánico. Y en particular los artículos de tocador: ¡qué transformación de las costumbres revela su mera presencia en un pueblo que, según sabemos, inventó el jabón, cierto, pero solo lo usaba para blanquearse el cabello!

Respecto a las mercancías que los germanos proporcionaban a los comerciantes romanos a cambio de todo este dinero y estos objetos, dependemos en primera instancia de la información de los escritores antiguos que, como hemos dicho, nos dejan casi completamente a oscuras. Plinio menciona legumbres, cañones de ganso, géneros de lana y jabón como artículos que el imperio importaba de Germania.* Pero este comercio incipiente en la frontera no puede ser una pauta para el período posterior. El principal artículo comercial del que tenemos noticia era el ámbar; sin embargo, no basta para explicar un tráfico que se extendía por todo el país. El ganado, principal riqueza de los germanos, habrá sido también la exportación más importante; solo las legiones estacionadas en la frontera garantizaban una gran demanda de carne. Cueros y pieles, que en tiempos de Jornandes se enviaban desde Escandinavia a la desembocadura del Vístula y de allí al territorio romano, sin duda encontraron ya en períodos anteriores su camino desde los bosques de Germania oriental. Las fieras para el circo eran traídas del norte por navegantes romanos, piensa Wiberg. Pero allí no se podía obtener nada más que osos, lobos y posiblemente uros, y leones, leopardos e incluso osos eran más fáciles de conseguir más cerca, en África y Asia. —¿Esclavos? —pregunta Wiberg al fin, casi con timidez, y ahí tiene probablemente la idea acertada. En efecto, aparte del ganado, los esclavos eran la única mercancía que Germania podía exportar en cantidades suficientes para equilibrar su comercio con Roma. Las ciudades y los latifundios de Italia por sí solos consumían una enorme población esclava, que se reproducía solo en muy escasa medida. Toda la economía de la gran propiedad territorial romana tenía como premisa aquella importación colosal de prisioneros de guerra comerciados que afluyó a Italia en las incesantes guerras de conquista de la república agonizante, e incluso de Augusto. Aquello había llegado a su fin. El imperio estaba a la defensiva dentro de fronteras fijas. El ejército romano suministraba en número decreciente enemigos vencidos, de entre los cuales se reclutaba la masa de los esclavos. Había que comprarlos a los bárbaros. ¿Y no deberían los germanos haberse presentado también como vendedores en el mercado? Los germanos que ya vendían esclavos según Tácito (Germania, 24),* que estaban constantemente en guerra unos con otros, que, como los frisones, cuando les faltaba el dinero pagaban su tributo a los romanos entregando a sus mujeres e hijos a la esclavitud, y que ya en el siglo III, si no antes, navegaban por el mar Báltico, y cuyas expediciones marítimas en el mar del Norte, desde las incursiones sajonas del siglo III hasta las normandas del siglo X, tenían como objetivo principal, junto a otras formas de piratería, la caza de esclavos —casi exclusivamente para el comercio—, ¿esos mismos germanos que, unos siglos después, tanto durante la migración de los pueblos como en sus guerras contra los eslavos, actuaron como los principales cazadores y traficantes de esclavos de su tiempo? O bien tenemos que suponer que los germanos de los siglos II y III eran personas completamente distintas de todos los demás vecinos de los romanos, y completamente distintas de sus propios descendientes de los siglos III, IV y V y posteriores, o bien tenemos que admitir que también ellos participaron en gran medida en la trata de esclavos hacia Italia, que a la sazón se consideraba algo muy decente e incluso honorable. Y entonces cae el velo misterioso que, de otro modo, oculta la exportación germánica de aquella época.

Aquí hemos de volver al tráfico báltico de aquellos tiempos. Mientras que la costa del Kattegat casi no ofrece hallazgos romanos, la costa meridional del Báltico hasta Livland, Schleswig-Holstein, los bordes meridionales y el interior de las islas danesas, las costas meridional y suroriental de Suecia, Öland y Gotland son muy ricas en ellos. Con mucho, la mayor parte de estos hallazgos pertenece al llamado período del denario, sobre el que tendremos más que decir después, y que duró hasta los primeros años del reinado de Septimio Severo, es decir, aproximadamente hasta el año 200. Ya Tácito llama a los suiones fuertes en virtud de sus flotas de remos y dice que honran la riqueza*; por tanto, seguramente practicaban ya el comercio marítimo. La navegación, que se desarrolló primero en los Belt y en el Öresund y el Ölandsund y en la navegación de cabotaje, tuvo que atreverse a alta mar para incorporar a Bornholm y Gotland a su círculo; tuvo que haber adquirido una considerable seguridad en el manejo de las embarcaciones para desplegar el vivo tráfico cuyo centro era la isla de Gotland, la más alejada del continente. En efecto, allí se han encontrado hasta 1873 más de 3.200 denarios romanos de plata,* contra unos 100 en Öland, apenas 50 en el continente sueco, 200 en Bornholm y 600 en Dinamarca y Schleswig (de estos, 428 en un solo hallazgo, Slagelse, en Selandia).* Un examen de estos hallazgos muestra que hasta el año 161, cuando Marco Aurelio llegó a ser emperador, llegaron a Gotland solo unos pocos denarios romanos, pero desde entonces hasta el final del siglo, masas de ellos. En la última mitad del siglo II, la navegación en el Báltico tuvo que haber alcanzado ya un desarrollo considerable; que existió ya antes lo muestra la afirmación de Ptolomeo* de que la distancia desde la desembocadura del Vístula hasta Scandia era de 1.200 a 1.600 estadios (30 a 40 millas geográficas*). Ambas distancias son aproximadamente correctas tanto para el punto oriental de Blekinge como para la punta meridional de Öland o Gotland, según se mida desde Rixhöft o desde Neufahrwasser y Pillau respectivamente. Solo pueden basarse en informes de navegantes, como también las demás mediciones de distancias a lo largo de la costa germánica hasta las bocas del Vístula.

Que este tráfico marítimo en el Báltico no era practicado por los romanos lo indica, en primer lugar, el carácter totalmente nebuloso de sus concepciones sobre Escandinavia y, en segundo lugar, la ausencia de hallazgos de monedas romanas en el Kattegat y en Noruega. El cabo Címbrico (Skagen), al que llegaron los romanos bajo Augusto y desde el cual vieron extenderse el mar infinito, parece haber seguido siendo el límite de su tráfico marítimo directo. De ahí que fueran los propios germanos quienes navegaban por el Báltico y sostenían el intercambio que llevó dinero romano y manufacturas romanas a Escandinavia. Y no podía ser de otra manera. A partir de la segunda mitad del siglo III, las expediciones marítimas sajonas aparecen de repente en las costas de la Galia y Britania, y ello con una audacia y una seguridad que no pudieron haber adquirido de la noche a la mañana, que presuponen más bien una larga familiaridad con la navegación en mar abierto. Y los sajones, entre los cuales hemos de entender aquí también a todos los pueblos de la península címbrica, por tanto también frisones, anglos y jutos, solo pudieron haber adquirido esa familiaridad en el Báltico. Este gran mar interior, sin mareas, donde los vientos del sudoeste atlánticos solo llegan tras haber agotado su furia en gran parte en el mar del Norte, esta extensa y alargada cuenca con sus muchas islas, sus bahías y estrechos poco profundos y cerrados, donde al cruzar de costa a costa no se pierde de vista la tierra más que por cortas distancias, estaba como hecha para servir de aguas de adiestramiento a una navegación en pleno desarrollo. Aquí, los grabados rupestres suecos, atribuidos a la edad del bronce, con sus numerosas representaciones de barcas de remos, señalan un tráfico marítimo de gran antigüedad. Aquí, el hallazgo del pantano de Nydam, en Schleswig, nos presenta una embarcación hecha de tablones de roble, de 70 pies de largo y de ocho a nueve de ancho, fechada a principios del siglo III, y muy adecuada para la navegación en alta mar.* Aquí crecieron en silencio aquella técnica de construcción naval y aquella experiencia marinera que hicieron posibles las posteriores expediciones de conquista de sajones y normandos en alta mar, y echaron los cimientos que permitieron al pueblo germánico ponerse hasta hoy a la cabeza de todos los pueblos navegantes del mundo.

Las monedas romanas que llegaron a Germania antes del final del siglo II eran predominantemente denarios de plata (1 denario = 1,06 marcos). Y además, como nos informa Tácito, los germanos preferían las monedas viejas y bien conocidas de borde dentado, cuyo diseño incluía una biga. En efecto, entre las monedas antiguas se han hallado muchos de estos denarios serrati bigatique. Estas monedas viejas sólo llevaban añadido al cobre un 5 a 10 por ciento de plata; Trajano ordenó ya que se añadiera un 20 por ciento de cobre a la plata, y los germanos no parecen haberse percatado de ello. Pero cuando Septimio Severo, a partir del año 198, elevó la adición al 50-60 por ciento, a los germanos les pareció demasiado malo; estos denarios posteriores devaluados aparecen en los hallazgos sólo de manera muy excepcional; la importación de moneda romana cesó. No se reanudó hasta que Constantino, en el año 312, estableció el sólido de oro como unidad monetaria (72 sólidos por libra romana de 327 g de oro fino, de modo que 1 sólido = 4,55 g de fino = 12,70 marcos), y entonces fueron sobre todo monedas de oro, sólidos, las que llegaron a Germania, pero aún más a Oeland y particularmente a Gotland. Este segundo período de importación monetaria romana, el período del sólido, duró hasta el fin del Imperio de Occidente para las monedas romanas occidentales, y para las monedas bizantinas hasta Anastasio (muerto en 518). La mayor parte de los hallazgos se han hecho en Suecia, en las islas danesas y unos pocos en la costa báltica alemana; en el interior de Germania son esporádicos.

La falsificación de moneda por Septimio Severo y sus sucesores no basta, sin embargo, para explicar la cesación repentina de las relaciones comerciales entre germanos y romanos. Tienen que haber intervenido otras causas. Una hay que buscarla evidentemente en la situación política. A comienzos del siglo III comenzó la guerra ofensiva de los germanos contra Roma, y hacia el año 250 se había encendido a todo lo largo de la línea desde las bocas del Danubio hasta el delta del Rin. Naturalmente, en estas circunstancias las partes beligerantes no podían mantener un comercio regular. Pero estas guerras ofensivas súbitas, generales y persistentes exigen a su vez una explicación. Las condiciones internas de Roma no las explican; al contrario, el imperio seguía resistiendo en todas partes con éxito, y entre períodos aislados de anarquía salvaje se producían aún emperadores fuertes, precisamente por esta época. Los ataques tuvieron que ser, pues, condicionados por cambios entre los propios germanos. Y también aquí los hallazgos proporcionan la explicación.

A comienzos de los años sesenta de nuestro siglo se hicieron hallazgos de importancia excepcional en dos turberas de Schleswig, los cuales, estudiados cuidadosamente por Engelhardt en Copenhague, han sido depositados ahora, tras diversas peregrinaciones, en el Museo de Kiel. Se distinguen de otros hallazgos similares por las monedas que los acompañan, las cuales fijan su antigüedad con bastante certeza. Uno de estos hallazgos, procedente de la ciénaga de Taschberg (en danés Thorsbjerg) cerca de Süderbrarup, contiene 37 monedas desde Nerón hasta Septimio Severo; el otro, de la ciénaga de Nydam, una bahía marina cubierta de turba y colmatada, contiene 34 monedas desde Tiberio hasta Macrino (218). Por tanto, los hallazgos son sin duda del período comprendido entre 220 y 250. Contienen no sólo objetos de origen romano, sino también otros muchos fabricados en el propio país, los cuales, conservados casi perfectamente gracias al agua ferruginosa de la turba, revelan con asombrosa claridad el estado de la metalurgia, la tejeduría y la construcción naval del norte de Germania, y, a través de las letras rúnicas, incluso la escritura en uso en la primera mitad del siglo III.

Aquí nos sorprende todavía más el nivel de la propia industria. Los tejidos finos, las delicadas sandalias y las correas de cuero prolijamente trabajadas testimonian una etapa cultural muy superior a la de los germanos de Tácito; pero lo que despierta particular asombro es el trabajo local del metal.

Las comparaciones lingüísticas muestran que los germanos trajeron consigo de su patria asiática el conocimiento de los metales y de sus usos. El arte de fundir y trabajar el metal acaso también les fuera conocido, pero apenas lo habían conservado en la época en que entraron en colisión con los romanos. Al menos los escritores del siglo I no dan indicio alguno de que se produjeran y trabajaran hierro o bronce entre el Rin y el Elba; más bien sugieren lo contrario. Es verdad que Tácito dice de los gotinos (¿en la Alta Silesia?) que extraían hierro, y Ptolomeo atribuye herrerías a los cuados vecinos; ambos pudieron haber adquirido de nuevo el conocimiento de la fundición desde la región del Danubio. Tampoco los hallazgos del siglo I documentados por monedas contienen en parte alguna productos metálicos locales, sino sólo romanos; y ¿cómo habrían podido llegar a Germania las masas de artículos metálicos romanos si hubiera existido allí una industria metalúrgica autóctona? Se encuentran ciertamente antiguos moldes de fundición, piezas fundidas incompletas y desechos de bronce, pero nunca con monedas que documenten su antigüedad; con toda probabilidad se trata de vestigios de tiempos pregermánicos, residuos del trabajo de fundidores de bronce etruscos itinerantes. En cualquier caso, la cuestión de si los inmigrantes germanos habían perdido por completo el arte de trabajar el metal es ociosa; todas las pruebas apuntan a que en el siglo I no se practicaba ningún trabajo del metal, o apenas.

Ahora bien, los hallazgos de la ciénaga de Taschberg aparecen de repente y nos revelan un nivel inesperadamente alto de la industria metalúrgica indígena. Hebillas, placas metálicas para guarniciones, decoradas con cabezas de animales y de hombres; un casco de plata que enmarca por completo el rostro, dejando libres sólo ojos, nariz y boca; cota de malla de red de alambre, que presupone operaciones muy laboriosas, pues el alambre tenía primero que ser martillado (el trefilado no se inventó hasta 1306), y un anillo de cabeza de oro, por no mencionar otros objetos cuyo origen indígena podría ser discutido. Estos hallazgos coinciden con otros —los de la ciénaga de Nydam y hallazgos de turbera de Fyn, y por último un hallazgo de Bohemia (Hofovice), descubierto igualmente a comienzos de los años sesenta, que contiene magníficos discos de bronce con cabezas humanas, hebillas, etc., enteramente al modo de los hallazgos de Taschberg, por tanto, probablemente del mismo período.

A partir del siglo III la industria del metal se habrá extendido por toda el área germánica, perfeccionándose cada vez más; hacia la época de las migraciones de los pueblos, digamos hacia finales del siglo V, alcanzó un nivel relativamente muy alto. No sólo hierro y bronce, también oro y plata se trabajaban regularmente, se imitaban monedas romanas en bracteatos de oro, se doraban los metales bajos; aparecen trabajos de incrustación, esmalte y filigrana; se encuentran ornamentos muy artísticos y de buen gusto, que imitan sólo en parte la labor romana, en piezas que por lo demás estaban a menudo toscamente elaboradas, especialmente en broches, hebillas o fíbulas, que tienen en común ciertas formas características. Hebillas procedentes de Kerch, en el mar de Azov, se hallan en el Museo Británico junto a otras muy similares encontradas en Inglaterra; podrían ser de la misma manufactura. El estilo de estas piezas es básicamente el mismo, desde Suecia hasta el bajo Danubio y desde el mar Negro hasta Francia e Inglaterra, aunque a menudo con particularidades locales claramente distinguibles. Este primer período de la industria metalúrgica germana llegó a su fin en el continente con el final de las migraciones de los pueblos y la general aceptación del cristianismo; en Inglaterra y Escandinavia duró algo más.

Que esta industria estaba ampliamente difundida entre los germanos en los siglos VI y VII y que ya se había convertido en rama industrial separada lo prueban las leyes locales [Volksrechte]. Se mencionan con frecuencia herreros, forjadores de espadas, orfebres y plateros; en la ley alamana, incluso herreros que han aprobado un examen público (publice probati). La ley bávara castiga con penas más severas el robo en una iglesia, en una corte ducal, en una herrería o en un molino “porque estos cuatro son edificios públicos y están siempre abiertos”. En la ley frisona el orfebre tiene un wergeld superior en un cuarto al de otras gentes de su estamento; la ley sálica valora al simple siervo en 12 sólidos, pero a uno que sea herrero (faber) en 35.

Ya hemos mencionado la construcción naval. Las barcas de Nydam son botes de remos; la mayor, hecha de roble, para catorce pares de remeros; la menor es de pino. Dentro estaban aún los remos, el timón y las achicaderas. Sólo cuando los germanos comenzaron a navegar también por el mar del Norte, parece que adoptaron las velas de romanos y celtas.

Conocían la alfarería ya en tiempos de Tácito, pero probablemente sólo a mano. Los romanos tenían grandes alfarerías en las fronteras, particularmente dentro del Limes en Suabia y Baviera, que también empleaban a germanos, como lo prueban los nombres de los obreros grabados al fuego en las vasijas. Con estos obreros habrá llegado a Germania el conocimiento del barnizado, del torno de alfarero y también una mayor destreza técnica. La fabricación de vidrio era asimismo conocida por los germanos que irrumpieron a través del Danubio; vasijas de vidrio, cuentas de vidrio coloreado e incrustaciones de vidrio en objetos metálicos, todo ello de origen germano, se han encontrado con frecuencia en Baviera y Suabia.

Finalmente, encontramos ahora la escritura rúnica ampliamente difundida y de uso general. El hallazgo de Taschberg tiene una vaina de espada y un umbo de escudo ornados con runas. Las mismas runas se encuentran en un anillo de oro hallado en Valaquia, en hebillas de Baviera y Borgoña y, por último, en las piedras rúnicas más antiguas de Escandinavia. Se trata del alfabeto rúnico más completo, aquel del que se derivaron más tarde las runas anglosajonas; contiene siete caracteres más que la escritura rúnica nórdica que predominó posteriormente en Escandinavia e indica también una forma lingüística más antigua que aquella en que se ha conservado el nórdico más viejo. Era, por lo demás, un sistema de escritura extremadamente torpe, compuesto de letras romanas y griegas tan alteradas que fuesen fáciles de grabar [eingeritzt = writan] en piedra, metal y especialmente en varas de madera. Las formas redondeadas tuvieron que ceder el paso a las angulares; sólo eran posibles trazos verticales o inclinados, no horizontales, a causa de la veta de la madera; de este modo, sin embargo, se convirtió en una escritura muy inhábil para pergamino o papel. Y en efecto, por lo que alcanzamos a ver, sólo ha servido para fines religiosos y mágicos y para inscripciones, acaso también para otras comunicaciones breves; en cuanto se sintió la necesidad de una verdadera escritura literaria, como entre los godos y más tarde los anglosajones, se desechó y se hizo una nueva adaptación del alfabeto griego o romano, que conservó sólo caracteres rúnicos sueltos.

Finalmente, los germanos habrán hecho también progresos considerables en la agricultura y la ganadería en el período aquí examinado. La obligada fijación en asentamientos permanentes los forzó a ello; el enorme crecimiento demográfico, que desbordó en las migraciones de los pueblos, habría sido imposible sin él. Muchos trechos de bosque virgen tuvieron que ser roturados, entre ellos la mayoría de los «Hochacker» —terrenos boscosos que muestran vestigios de antiguos cultivos—, en la medida en que se sitúan en territorio que era entonces germánico. Pruebas especiales faltan aquí, por supuesto. Pero si ya Probo, hacia finales del siglo III, prefería caballos germanos para su caballería, y si el ganado vacuno grande y blanco, que reemplazó al ganado celta, pequeño y negro, en las regiones sajonas de Britania llegó aquí a través de los anglosajones, como hoy se supone, esto indica una revolución completa también en la ganadería y, en consecuencia, en la agricultura de los germanos.

* * *

El resultado de nuestro estudio es que los alemanes realizaron considerables progresos en civilización en el período de César a Tácito, pero que progresaron aún con mayor rapidez desde Tácito hasta la migración de los pueblos —alrededor del 400—. El comercio llegó a ellos, les trajo productos industriales romanos y con ellos al menos algunas necesidades romanas; despertó una industria propia, que se apoyaba en modelos romanos, ciertamente, pero que al mismo tiempo se desarrolló con total independencia. Los hallazgos de las turberas en Schleswig representan la primera fase de esta industria que puede ser datada; los hallazgos de la época de la migración de los pueblos representan la segunda fase, mostrando un desarrollo superior. Aquí es notable que los pueblos más occidentales estaban decididamente más atrasados que los del interior, y especialmente que los de las costas bálticas. Los francos y alamanes, y más tarde aún los sajones, produjeron objetos de metal de una calidad inferior a la de los anglosajones, escandinavos y los pueblos que habían salido del interior —los godos en el Mar Negro y el bajo Danubio, los burgundios en Francia—. La influencia de las antiguas rutas comerciales desde el Danubio medio a lo largo del Elba y el Oder es aquí innegable. Al mismo tiempo, los habitantes de la costa se convirtieron en diestros constructores de barcos y audaces navegantes; por doquier la población crecía rápidamente; el territorio restringido por los romanos ya no bastaba. Surgieron nuevos movimientos de pueblos en busca de tierras, al principio lejos, en el este, hasta que finalmente las masas agitadas se desbordaron irresistiblemente por todos los puntos, por tierra y por mar, hacia nuevos territorios.

NOTA: LOS PUEBLOS GERMANOS

Los ejércitos romanos sólo alcanzaron el interior de Germania propiamente dicha por unas pocas rutas de marcha y durante un corto período de tiempo, y aun así sólo hasta el Elba; tampoco los mercaderes y otros viajeros llegaron allí a menudo, ni se adentraron mucho hasta la época de Tácito. De ahí que no sorprenda que la información sobre este país y sus habitantes sea tan exigua y contradictoria; más bien sorprende que lleguemos a saber con certeza tanto como sabemos.

Incluso los dos geógrafos griegos entre nuestras fuentes sólo pueden ser utilizados sin reservas allí donde encuentran confirmación independiente. Ambos poseían únicamente saber libresco. Eran recopiladores y, a su manera y según sus recursos, también cribadores críticos de un material hoy en gran parte perdido para nosotros. Les faltaba conocimiento personal

del país. Estrabón hace que el Lippe, tan bien conocido por los romanos, desemboque en el Mar del Norte paralelo al Ems y al Weser, en lugar de en el Rin, y es lo bastante honesto para admitir que el país más allá del Elba es completamente desconocido.* Mientras él resuelve las contradicciones en sus fuentes y sus propias dudas mediante un racionalismo ingenuo que a menudo recuerda el comienzo de nuestro siglo, el geógrafo científico Ptolomeo intenta asignar a los distintos pueblos germanos mencionados en sus fuentes ubicaciones matemáticamente determinadas en la inexorable cuadrícula de su mapa. La geografía de Germania de Ptolomeo es tan engañosa como grandiosa es su obra en conjunto para su época." En primer lugar, el material disponible para él es en su mayor parte vago y contradictorio, a menudo directamente erróneo. En segundo lugar, sin embargo, su mapa está mal trazado, muchos ríos y cadenas montañosas están consignados de manera completamente equivocada. Es como si un geógrafo berlinés que no hubiera viajado, digamos hacia 1820, se sintiera obligado a llenar los espacios vacíos del mapa de África poniendo en armonía las informaciones de todas las fuentes desde León el Africano y asignando a cada río y a cada cadena montañosa una ‘ubicación definida’, a cada pueblo un asiento preciso. Tales intentos de hacer lo imposible sólo pueden empeorar los errores de las fuentes utilizadas. Así, Ptolomeo consignó muchos pueblos dos veces, Laccobardi en el bajo Elba, Langobardi desde el Rin medio hasta el Elba medio; tiene dos Bohemias, una habitada por marcomanos, la otra por Bainochaimi, etc." Mientras Tácito dice específicamente que no hay ciudades en Germania,' Ptolomeo, apenas 50 años después, ya es capaz de nombrar 96 lugares." Muchos de esos nombres bien pueden ser verdaderos nombres de lugares; Ptolomeo parece haber recogido mucha información de mercaderes, quienes en esta época ya visitaban el este de Germania en mayor número y comenzaban a aprender los nombres de los lugares que visitaban, los cuales se iban fijando gradualmente. El origen de ciertos otros lo muestra el ejemplo de la supuesta ciudad de Siatutanda, que nuestro geógrafo cree leer en Tácito, probablemente de un mal manuscrito, quien escribió: ad sua tutanda.' Encontramos lado a lado información de sorprendente exactitud y del mayor valor histórico. Así, Ptolomeo es el único escritor antiguo que sitúa a los langobardos, bajo el nombre distorsionado de Laccobardi, es cierto, exactamente donde hasta el día de hoy encontramos

que Bardengau y Bardenwik dan testimonio de ellos; de igual modo, a los Ingrioni en Engersgau donde hoy todavía encontramos Engers en el Rin cerca de Neuwied.* Él también, él solo, da los nombres de los lituanos Galindi y Suditi que hasta el día de hoy continúan en los distritos prusianos orientales de Galinden y Sudauen. Pero tales casos sólo muestran su gran erudición, no la corrección de sus otras afirmaciones. Además, el texto está terriblemente distorsionado, especialmente donde lo principal, los nombres, están en cuestión.

Los romanos siguen siendo las fuentes más directas, particularmente aquellos que visitaron el país personalmente. Veleyo estuvo en Germania como soldado y escribe como soldado, aproximadamente al modo de un oficial de la grande armée" que escribiera sobre las expediciones de 1812 y 1813. Su relato no nos permite establecer las localidades ni siquiera para los acontecimientos militares; no es de sorprender en un país sin ciudades. Plinio también sirvió en Germania como oficial de caballería y visitó la costa de los caucos entre otros lugares. Describió todas las guerras conducidas contra los germanos en veinte libros*’; ésta fue la fuente de Tácito. Además, Plinio fue el primer romano que tomó un interés más que militar y político en los asuntos del país bárbaro; su interés era teórico." Su información sobre los pueblos germanos debe, por tanto, ser de especial importancia al descansar en las propias indagaciones del científico enciclopedista romano. Tradicionalmente se sostiene que Tácito había estado en Germania, pero no puedo encontrar la evidencia. En todo caso, en aquella época él sólo podría haber recogido información directa de cerca del Rin y el Danubio.

Dos obras clásicas han intentado en vano cuadrar las cartas de pueblos en la Germania [de Tácito] y la de Ptolomeo entre sí y con el caos de otras informaciones antiguas: la Deutsche de Kaspar Zeuss y la Geschichte der deutschen Sprache de Jacob Grimm. Donde estos dos brillantes eruditos no tuvieron éxito, ni nadie desde entonces, tendremos que considerar la tarea como insoluble con nuestros recursos actuales. La insuficiencia de los recursos se desprende ya del solo hecho de que ambos tuvieron que recurrir a la construcción de falsas teorías auxiliares; Zeuss pensaba que Ptolomeo debía tener la última palabra en todas las cuestiones disputadas, aunque nadie ha criticado los errores fundamentales de Ptolomeo más agudamente que él; Grimm creía que el poder que derrocó al imperio mundial romano debía haber crecido sobre un terreno más extenso que el área entre

el Rin, el Danubio y el Vístula, y que por tanto, con los godos y dacios, la mayor parte del país al norte y nordeste del bajo Danubio debía considerarse también germánica. Las suposiciones tanto de Zeuss como de Grimm están hoy obsoletas.

Intentemos aportar al menos algo de claridad al asunto limitando el tema. Si logramos establecer una agrupación más general de los pueblos en unas pocas ramas principales, las investigaciones posteriores sobre el detalle habrán ganado terreno firme. Y aquí se nos ofrece un punto de partida por Plinio* en un pasaje que ha demostrado ser cada vez más fiable en el curso de la investigación y ciertamente conduce a menos dificultades y nos envuelve en menos contradicciones que ningún otro.

Cuando comenzamos con Plinio debemos, por cierto, abandonar la validez incondicional de la tríada de Tácito y la vieja leyenda de Mannus y sus tres hijos Ing, Isk y Ermin." Pero en primer lugar, el propio Tácito es incapaz de hacer nada con sus Ingaevones, Iscaevones y Herminones. No hace el menor intento de agrupar a los pueblos que enumera individualmente bajo estas tres ramas principales, y en segundo lugar, nadie más ha logrado hacerlo. Zeuss hace un esfuerzo tremendo por forzar a los pueblos góticos, a quienes concibe como “Istaevones”, dentro de la tríada, y con ello sólo agrava la confusión. En cuanto a los escandinavos, ni siquiera intenta incorporarlos en ella y los construye como una cuarta rama principal. Pero con eso la tríada queda destruida tanto como con las cinco ramas principales de Plinio.

Ahora examinemos estas cinco ramas individualmente.

I. Vindili, quorum pars Burgundiones, Varini, Carini, Guttones.

Aquí tenemos tres pueblos, los vándalos, los burgundios y los propios godos, de quienes está establecido, en primer lugar, que hablaban dialectos góticos, y en segundo lugar que en aquella época vivían en lo profundo del este de Germania: los godos en y más allá de la desembocadura del Vístula; los burgundios, situados por Ptolomeo en el área del Warta y hasta el Vístula,? y los vándalos, situados en Silesia por Dión Casio, quien llama Riesengebirge por ellos.© Deberíamos sin duda contar también dentro de esta rama principal gótica, para nombrarla por la lengua, a todos aquellos pueblos cuyos dialectos deriva Grimm del gótico, esto es, en primer lugar las áreas a las que Procopio adscribe directamente

la lengua gótica, incluidos los vándalos.* No sabemos nada de su domicilio anterior, ni del de los hérulos, a quienes Grimm sitúa entre los godos, lado a lado con esciros y rugios." Plinio nombra a los esciros en el Vístula," Tácito a los rugios inmediatamente junto a los godos en la costa.* De ahí que el dialecto gótico ocupara una región bastante compacta entre las montañas vándalas (Riesengebirge), el Oder y el Báltico hasta y más allá del Vístula.

No sabemos quiénes eran los Carini. Alguna dificultad la causan los Varini. Tácito los enumera junto a los anglos entre los siete pueblos que hacen sacrificios a Nerthus,° de quienes Zeuss ya observó, con razón, que se parecen extraordinariamente a los Ingaevones. Pero los anglos son contados por Ptolomeo entre los suevos, lo cual es obviamente erróneo. Zeuss ve en uno o dos nombres distorsionados por el mismo geógrafo a los Varini y en consecuencia los sitúa en el Havelland y los cuenta como suevos." El encabezamiento del antiguo derecho común identifica a Varini y turingios' sin reserva; pero el derecho mismo es común a Varini y anglos. Después de todo esto debemos dejarlo en duda sobre si los Varini han de ser contados dentro de la rama gótica o la ingaevónica; puesto que han desaparecido por completo la cuestión no es de gran importancia.

II. Altera pars Ingaevones, quorum pars Cimbri, Teutoni ac Chaucorum gentes:

Plinio aquí asigna la Península Címbrica y los distritos costeros entre el Elba y el Ems a los Ingaevones como su domicilio. De los tres pueblos aquí nombrados, los caucos eran con seguridad parientes muy cercanos de los frisios. Hasta el día de hoy la lengua frisona predomina a lo largo del Mar del Norte, en la Frisia occidental holandesa, en el Saterland de Oldenburg y en la Frisia septentrional de Schleswig. Durante el período carolingio™ se hablaba frisón casi exclusivamente a lo largo de toda la costa, desde el Sinkfal (la bahía que hoy todavía

forma el límite entre Flandes belga y la Zelandia holandesa) hasta Sylt y el Widau de Schleswig, y probablemente aún bastante más al norte; la lengua sajona sólo en ambas orillas de la desembocadura del Elba, hasta el mar.

Plinio entiende evidentemente por Cimbri y Teutoni los entonces habitantes del Quersoneso Címbrico,* quienes por tanto pertenecían a la rama lingüística cauco-frisona. Con Zeuss y Grimm debemos, pues, ver en los frisones septentrionales a los descendientes directos de estos más antiguos germanos peninsulares.

Es cierto que Dahlmann (*Geschichte von Danemark*) sostiene que los frisones del norte no inmigraron a la península hasta el siglo V, desde el sudoeste. Pero no aduce la menor prueba en apoyo de esta afirmación, que con razón ha sido dejada completamente de lado en todos los estudios posteriores.

Ingaevonio sería, pues, aquí en primer lugar sinónimo de frisón, en el sentido de que damos a toda la rama lingüística el nombre del dialecto del cual únicamente se conservan monumentos antiguos y dialectos supervivientes. Pero, ¿se agota con ello la extensión de la rama ingaevonia? ¿O tiene razón Grimm cuando incluye en ella la totalidad de lo que él, no del todo exactamente, denomina bajo alemán, es decir, junto a los frisones también a los sajones?

Para empezar, podemos admitir que Plinio asigna a los sajones un lugar completamente equivocado al contar a los queruscos entre los herminones. Más adelante veremos que, en efecto, no queda otra opción que contar también a los sajones entre los ingaevones y, por tanto, entender esta rama principal como la frisona-sajona.

Aquí es oportuno mencionar a los anglos, a quienes Tácito posiblemente, y Ptolomeo con certeza, cuenta entre los suevos. Este último los sitúa en la margen derecha del Elba,* frente a los longobardos, con lo cual sólo puede referirse a los auténticos longobardos del bajo Elba si se quiere que esta afirmación encierre algo fiable; por consiguiente, los anglos debieron de ocupar la región que va aproximadamente desde Lauenburg hasta el Prignitz. Más tarde los encontramos en la península misma, donde su nombre se ha conservado y desde donde pasaron a Britania junto con los sajones. Su lengua aparece ahora como un elemento del anglosajón, en particular como el elemento decididamente frisón de este dialecto recién formado.

Cualquiera que haya sido la suerte de aquellos anglos que permanecieron en el interior de Germania o que erraron por él, este solo hecho nos obliga a contar a los anglos entre los ingaevones, en particular en su rama frisona. A ellos se debe la vocalización del anglosajón, mucho más frisona que sajona, y el hecho de que el desarrollo ulterior de esta lengua en muchos casos discurra de manera sorprendentemente paralela al de los dialectos frisones. De todos los dialectos continentales, los frisones son hoy los más próximos al inglés. Asimismo, el paso de los sonidos guturales a sibilantes en inglés no es de origen francés, sino frisón. El inglés *ch* = *c* en lugar de *k*, el inglés *dz* por *g* ante vocales palatales podría perfectamente provenir del frisón *tz*, *tj* por *k*, *dz* por *g*, pero nunca del francés *ch* y *g*.

Junto con los anglos debemos contar también a los jutos en la rama frisona-ingaevonia, tanto si ocupaban ya la península en tiempos de Plinio o de Tácito como si no inmigraron hasta más tarde. Grimm encuentra su nombre en el de los eudoses, uno de los pueblos de Tácito que veneraban a Nerthus*; si los anglos son ingaevones, resulta difícil asignar los demás pueblos de este grupo a otra rama. En ese caso, los ingaevones se extenderían hasta la desembocadura del Oder, y queda colmada la laguna entre ellos y los pueblos godos.

III. *Proximi autem Rheno Iscaevones (alias Istaevones), quorum pars Sicambri.*

Ya Grimm, y otros después de él, Waitz por ejemplo, identifican más o menos a los iscaevones con los francos. Pero su lengua confunde a Grimm. Desde mediados del siglo IX, todos los documentos alemanes del reino de los francos están redactados en un dialecto que no se distingue del antiguo alto alemán; de ahí que Grimm suponga que el antiguo fráncico pereció en el país extraño y que en su tierra de origen fue sustituido por el alto alemán, por lo que terminó contando a los francos entre los altoalemanes.

El propio Grimm afirma, como resultado de su investigación de los restos lingüísticos conservados, que el antiguo fráncico tiene el valor de un dialecto independiente que ocupa una posición intermedia entre el sajón y el alto alemán.* Esto basta aquí por el momento; una investigación más detenida de la situación lingüística franca, en la que aún hay muchas cosas oscuras, debe reservarse para una nota especial.°

MAPA
DE LOS ASENTAMIENTOS GERMANOS
SEGÚN LA OBRA DE ENGELS
“SOBRE LA HISTORIA ANTIGUA
DE LOS GERMANOS”

PUEBLOS GERMANOS

GODOS (pueblos godos) (los “Vindili” de Plinio):
Godos — Escirios
Burgundios
Rugios
Vándalos
Bastarnos

INGAEVONES (pueblos frisones-sajones):
Frisones
Frisones peninsulares (cimbros y teutones)
Caucos
Sajones
Anglos
Jutos (eudoses)
Queruscos
Varianos (?)

ISCAEVONES (pueblos francos):
Ubios
Usípetes
Camavos__ Tríbocos
Brúcteros menores Vangíones} (¿iscaevónicos?)
Sugambros Nemetes pueblos
Tencteros

HERMINONES:
Suevos (longobardos, suabos-alamanes, bávaros-marcomanos),
Hermunduros (turingios)
Catos (hesianos)
Pueblos catos: Bátavos y Chattuarios

ESCANDINAVOS (Hilleviones)

100 0] 100 200 km [= |

Ciertamente, el área asignada a la rama iscaevonia es comparativamente pequeña para toda una rama principal germana, y además una rama que ha desempeñado un papel tan poderoso en la historia. Desde el Rheingau en adelante, acompaña al Rin, extendiéndose hacia el interior hasta las fuentes del Dill, Sieg, Ruhr, Lippe y Ems, quedando al norte aislada del mar por los frisones y los caucos, y penetrada en la desembocadura del Rin por astillas de otros pueblos, en su mayoría de origen cato: bátavos, chattuarios, etc. Los germanos asentados en la orilla izquierda del bajo Rin pertenecerán entonces también a los francos; pero ¿también los tríbocos, vangíones y németes? La escasa extensión de esta área se explica, no obstante, por la resistencia que opusieron a la expansión de los iscaevones hacia el Rin los celtas y, desde César, los romanos; mientras que, a su espalda, los queruscos ya se habían asentado, y en su flanco los suevos, particularmente los catos, los cercaban cada vez más, como atestigua César.* Aquí una población densa, para las condiciones germánicas, se hallaba comprimida en un pequeño espacio, como lo prueba el constante empuje a través del Rin: primero en incursiones de conquista, más tarde por traslado voluntario a territorio romano, como en el caso de los ubios. Por la misma razón, los romanos lograron fácilmente aquí, y sólo aquí, trasplantar ya en época temprana considerables secciones de pueblos iscaevónicos a territorio romano.

La investigación que se realizará en la nota sobre el dialecto fráncico demostrará que los francos forman un grupo separado de germanos, compuesto de diversas ramas, que hablan un dialecto particular dividido en muchos subdialectos, y que en resumen poseen todos los rasgos de una rama principal germana, como es necesario si se les quiere declarar idénticos a los iscaevones. Acerca de los pueblos particulares de esta rama principal, J. Grimm ya ha dicho lo necesario. Además de los sugambros, cuenta entre ellos a ubios, camavos, brúcteros, tencteros y usípetes, es decir, los pueblos que habitaban la zona de la orilla derecha del Rin que antes hemos designado como iscaevónica.

IV. *Mediterranei Hermiones, quorum Suevi, Hermunduri, Chatti, Cherusci.*

J. Grimm ya identificó a los herminones, para usar la grafía más correcta de Tácito, con los altoalemanes.* El nombre

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de suevos, que según César abarcaba a todos los altoalemanes por él conocidos, comienza a diferenciarse. Los turingios (hermunduros) y los hesianos (catos) aparecen como pueblos separados. El resto de los suevos permanece aún indiferenciado. Dejando de lado por inescrutables los numerosos nombres misteriosos que ya se pierden en los siglos posteriores, debemos, sin embargo, distinguir entre estos suevos tres grandes ramas de lengua altoalemana que más tarde desempeñaron su papel en la historia: los alamanes-suabos, los bávaros y los longobardos. Sabemos con certeza que los longobardos vivían en la orilla izquierda del bajo Elba, en los alrededores del Bardengau, separados de sus otros compañeros de rama, internados en medio de pueblos ingaevones. Tácito describe esta posición aislada, que había de mantenerse por medio de prolongados combates, de manera excelente, sin conocer su causa. Sabemos también desde Zeuss y Grimm que los bávaros vivían en Bohemia bajo el nombre de marcomanos, y los hesianos y turingios en sus actuales moradas y en las comarcas vecinas al sur. Puesto que el territorio romano comenzaba al sur de los francos, hesianos y turingios, no quedaba otro espacio para los suabos-alamanes que el comprendido entre el Elba y el Oder, en la actual Marca de Brandeburgo y el Reino de Sajonia; y aquí encontramos a un pueblo suevo, los semnones. Así pues, probablemente eran idénticos a éstos, lindando con los ingaevones al noroeste y con las ramas godas al nordeste y este.

Hasta aquí todo parece marchar bastante bien. Pero ahora Plinio cuenta también a los queruscos entre los herminones,* y aquí comete decididamente un desliz. César ya los distingue claramente de los suevos, entre los cuales aún cuenta a los catos.© Tampoco Tácito sabe nada de que los queruscos pertenezcan a ninguna rama altoalemana. Tampoco Ptolomeo, que extiende el nombre de suevos hasta los anglos. El mero hecho de que los queruscos ocuparan el espacio entre los catos y los hermunduros al sur y los longobardos al nordeste no basta, ni con mucho, para concluir de ello un parentesco de rama cercano; aunque bien pudiera haber sido precisamente eso lo que indujo a error a Plinio aquí.

Que yo sepa, ningún erudito cuya opinión cuente incluye a los queruscos entre los altoalemanes. Esto sólo deja pendiente la cuestión de si hay que contarlos entre los ingaevones o los iscaevones. Los pocos nombres que nos han llegado muestran un cuño franco: *ch* en lugar de la *h* posterior en *Cherusci*, *Chariomerus*; *e* en lugar de *i* en *Segestes*, *Segimerus*, *Segimundus*. Pero casi todos los nombres germanos que llegaron a los romanos procedentes de las orillas del Rin parecen haberles sido transmitidos por los francos en forma franca. Además, no sabemos si la aspirada gutural del primer desplazamiento consonántico, que en el siglo VII era todavía *ch* entre los francos, no sonaba como *ch* entre todos los germanos occidentales en el siglo primero y sólo más tarde se debilitó hasta la *h* común a todos ellos. Tampoco encontramos, por otra parte, ningún parentesco de rama de los queruscos con los iscaevones, como el que se manifestó cuando los sugambros acogieron a los restos de los usípetes y tencteros después de haber escapado de César. Además, el país de la orilla derecha del Rin ocupado en tiempos de Varo por los romanos y tratado por ellos como provincia coincide con el territorio iscaevono-franco. Aquí se hallaban Aliso y las demás fortalezas romanas; del país querusco, a lo sumo, sólo la franja entre el Osning y el Weser parece haber estado realmente ocupada. Más allá, los catos, queruscos, caucos y frisones eran aliados más o menos inseguros, mantenidos a raya por el temor, pero autónomos en sus asuntos internos y libres de guarniciones romanas permanentes. En esta zona, los romanos, cuando tropezaban con una resistencia de cierta fuerza, hacían siempre del límite de la rama el límite de la conquista por el momento. Así había obrado César en la Galia; en la frontera de los belgas se detuvo y sólo la cruzó cuando creyó haberse asegurado de la Galia propiamente dicha, la llamada Galia céltica.*

No queda sino contar a los queruscos y a sus parientes más próximos entre los pueblos menores vecinos de la rama sajona y, por tanto, entre los ingaevones, siguiendo a J. Grimm y la opinión común. El hecho de que la *a* del antiguo sajón se conserve en su forma más pura precisamente en el antiguo territorio querusco, frente a la *o* del genitivo plural y del masculino débil que predomina en Westfalia, apunta en el mismo sentido. De este modo desaparecen todas las dificultades; la rama ingaevonia, como las demás, recibe un territorio bastante redondeado, en el cual sólo se adentran un poco los longobardos herminónicos. De las dos grandes divisiones de la rama, la frisona-anglia-juta ocupa la costa y, al menos, las partes septentrional y occidental
de la península, y la división sajona el interior y quizás también ya ahora una parte de la Albingia septentrional, donde poco después Ptolomeo menciona por primera vez a los sajones por su nombre.*

V. *Quinta pars Peucini, Basternae contermini Dacis.*

Lo poco que sabemos de estos dos pueblos los señala como parientes colaterales de los godos, cosa que hace incluso la forma del nombre, Bastarnae. Si Plinio los enumera como una rama separada, ello se debe probablemente a que tuvo noticia de ellos desde el bajo Danubio, a través de intermediarios griegos, mientras que su conocimiento de los pueblos godos en el Oder y el Vístula lo había obtenido en el Rin y el mar del Norte, de modo que la conexión entre godos y bastarnos se le escapó. Tanto los bastarnos como los peucinos son pueblos germanos que se rezagaron junto a los Cárpatos y las bocas del Danubio y continuaron migrando durante algún tiempo, preparando el posterior gran reino de los godos, en el cual quedaron inmersos.

VI. Menciono a los Hilleviones, el nombre colectivo bajo el cual Plinio enumera a los escandinavos germanos,° solo en aras de la exhaustividad y para establecer una vez más que todos los autores antiguos asignan a esta rama principal únicamente las islas (que incluyen Suecia y Noruega), excluyéndolas de la península cimbria.

Tenemos, pues, cinco ramas germanas principales con cinco dialectos principales.

El gótico, en el este y nordeste, tiene -é en el genitivo plural del masculino y del neutro, -6 y -é en el femenino; el masculino débil tiene -a. Las formas flexionadas del presente (del indicativo) son aún cercanas a las de las lenguas originariamente emparentadas, en particular el griego y el latín, si se tiene presente el desplazamiento de las consonantes.

El ingaevónico, en el noroeste, tiene -a en el genitivo plural, y también para el masculino débil; en el presente de indicativo las tres personas del plural terminan en -d o -dh, habiéndose eliminado todos los sonidos nasales. Se divide en las dos ramas principales del sajón y el frisón, que a su vez confluyen en el anglosajón. Próxima a la rama frisona se halla

la escandinava; genitivo plural terminado en -a, masculino débil en -2, debilitado desde -a, como muestra toda la declinación. En el presente de indicativo la -s originaria de la segunda persona del singular

pasa a -r, la primera persona del plural conserva -m, la segunda -dh, las restantes personas están más o menos mutiladas.

Estas tres se enfrentan a las dos ramas meridionales: la iscaevónica y la herminónica, en el modo de expresión posterior la franconia y el alto alemán. Ambas tienen en común la terminación del masculino débil -0; muy probablemente también la terminación del genitivo plural -6, aunque no está atestiguada en franconio, y en los documentos occidentales (sálicos) más antiguos el acusativo plural termina en -as. En el presente los dos dialectos, en la medida en que podemos documentarlo para el franconio, son cercanos y, en este aspecto como el gótico, se corresponden estrechamente con las lenguas originariamente emparentadas. Pero todo el curso de la historia lingüística, desde las muy significativas peculiaridades arcaicas del franconio más antiguo hasta las grandes diferencias entre los dialectos modernos de ambos, nos impide echar juntos los dos dialectos en uno; al igual que todo el curso de la historia de los pueblos mismos nos hace imposible ponerlos a ambos en una sola rama principal.

Si en toda esta investigación he considerado únicamente las formas de flexión y no las relaciones fonéticas, esto se explica por los considerables cambios que han ocurrido en estas últimas —al menos en muchos dialectos— entre el siglo primero y la época en que se redactaron nuestras fuentes lingüísticas más antiguas. En Alemania solo necesito recordar el segundo desplazamiento de las consonantes; en Escandinavia las aliteraciones de los cantos más antiguos muestran cuánto se alteró la lengua entre la época en que fueron compuestos y aquella en que fueron puestos por escrito. Lo que aún pueda hacerse al respecto será realizado muy probablemente por lingüistas germanos competentes; aquí no habría hecho sino complicar innecesariamente la investigación.

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EL PERÍODO FRANCO

LA TRANSFORMACIÓN RADICAL DE LAS RELACIONES

DE PROPIEDAD DE LA TIERRA BAJO LOS MEROVINGIOS

Y CAROLINGIOS

El sistema de la marca siguió siendo la base de casi la entera vida de la nación germana hasta el fin de la Edad Media. Finalmente, tras una existencia de un milenio y medio, se desintegró gradualmente por razones puramente económicas. Sucumbió a los avances económicos con los que no podía mantenerse al paso. Más tarde examinaremos su declive y destrucción final y veremos que restos del sistema de la marca continúan existiendo aún hoy.

Solo a costa de su importancia política le fue posible sobrevivir durante tanto tiempo. Durante siglos había sido la forma que encarnaba la libertad de las tribus germánicas. Luego se convirtió en la base de la servidumbre del pueblo durante mil años. ¿Cómo fue esto posible?

La comunidad más temprana, como hemos visto, comprendía a todo el pueblo. Originariamente el pueblo poseía toda la tierra apropiada. Más tarde el conjunto de los habitantes de un distrito [Gau], estrechamente emparentados entre sí, se convirtieron en propietarios del territorio colonizado por ellos, y el pueblo como tal retuvo únicamente el derecho a disponer de las extensiones que aún no habían sido reclamadas. La población del distrito, a su vez, entregó sus marcas de campo y bosque a comunidades aldeanas individuales, que igualmente consistían en gentes estrechamente emparentadas, y también en este caso la tierra sobrante era retenida por el distrito. El mismo procedimiento se siguió cuando las aldeas originarias establecieron nuevas colonias aldeanas: la aldea madre les proveyó tierra de la antigua marca.

Con el crecimiento de la población y el ulterior desarrollo del pueblo, los lazos de sangre, sobre los cuales aquí como en todas partes descansaba toda la estructura nacional, cayeron cada vez más en el olvido.

Esto ocurrió primeramente en lo que respecta al pueblo en su conjunto. La descendencia común se veía cada vez menos como consanguinidad real, la memoria de ella se hacía más y más débil, y lo que quedaba era meramente la historia común y el dialecto. Por otra parte, los habitantes de un distrito conservaban naturalmente por más tiempo una conciencia de su consanguinidad. El pueblo vino así a significar meramente una confederación más o menos estable de distritos. Tal parece haber sido el estado de cosas entre los germanos en la época de las grandes migraciones. Amiano Marcelino lo informa con certeza acerca de los alamanes, y en el derecho local aún es patente en todas partes. Los sajones se hallaban todavía en esta fase de desarrollo en tiempos de Carlomagno, y los frisones hasta que perdieron su independencia.

Pero la migración a suelo romano rompió los lazos de sangre, como estaba destinada a hacerlo. Si bien la intención era asentarse por tribus y parentelas, fue imposible llevarlo a cabo. Las largas marchas habían mezclado no solo tribus y parentelas, sino también pueblos enteros. A duras penas podían aún mantenerse unidos los lazos de sangre de las comunidades aldeanas individuales, y estas se convirtieron así en las verdaderas unidades políticas de las que constaba el pueblo. Los nuevos distritos en territorio romano fueron desde el comienzo, o se convirtieron pronto en, divisiones judiciales establecidas de manera más o menos arbitraria —u ocasionadas por condiciones ya existentes.

El pueblo se desintegró así en una asociación de pequeñas comunidades aldeanas, entre las cuales no existía ninguna, o prácticamente ninguna, conexión económica, pues cada marca era autosuficiente, produciendo lo bastante para satisfacer sus propias necesidades, y además los productos de las diversas marcas vecinas eran casi exactamente los mismos. Apenas podía tener lugar, por tanto, intercambio alguno entre ellas. Y puesto que el pueblo se componía enteramente de pequeñas comunidades que tenían intereses económicos idénticos, pero por esa misma razón ninguno común, la existencia continuada de la nación dependía de un poder estatal que no derivaba de esas comunidades, sino que se les enfrentaba como algo ajeno y las explotaba en medida creciente.

La forma de este poder estatal depende a su vez de la forma de las comunidades en la época en cuestión. Allí donde, como entre los pueblos arios de Asia y los rusos, surge en un tiempo en que los campos son aún cultivados por la comunidad por cuenta común, o cuando en todo caso los campos son solo temporalmente

asignados por ella a familias individuales, es decir, cuando todavía no existe propiedad privada de la tierra, el poder estatal aparece como despotismo. Por el contrario, en las tierras romanas conquistadas por los germanos, las porciones individuales de tierra arable y prados toman ya, como hemos visto, la forma del alodio, la propiedad libre de los dueños, sujeta solo a las obligaciones ordinarias de la marca. Debemos examinar ahora cómo sobre la base de este alodio surgió una estructura social y política que —con la usual ironía de la historia— al final disolvió el Estado y abolió por completo el alodio en su forma clásica.

El alodio hizo que la transformación de la originaria igualdad de la propiedad de la tierra en su contrario no solo fuera posible, sino inevitable. Desde el momento en que se estableció en suelo antes romano, el alodio germano se convirtió en lo que la propiedad territorial romana adyacente a él venía siendo desde hacía mucho tiempo: una mercancía. Es una ley inexorable de todas las sociedades basadas en la producción y el intercambio de mercancías que la distribución de la propiedad dentro de ellas se hace cada vez más desigual, que la oposición entre riqueza y pobreza crece constantemente y que la propiedad se concentra cada vez más en pocas manos. Es cierto que esta ley alcanza su pleno desarrollo en la moderna producción capitalista, pero de ningún modo opera solo en ella. Desde el momento, pues, en que surgió el alodio, propiedad territorial libremente disponible, propiedad territorial como mercancía, desde ese momento la emergencia de la gran propiedad territorial fue solo una cuestión de tiempo.

Pero en el período que nos ocupa, la agricultura y la cría de ganado eran las ramas principales de la producción. La propiedad territorial y sus productos constituían con mucho la parte mayor de la riqueza de aquel tiempo. Otros tipos de riqueza mobiliaria entonces existentes seguían a la propiedad territorial como algo natural y se acumulaban gradualmente en las mismas manos que esta. La industria y el comercio ya se habían deteriorado durante la decadencia del Imperio romano; la invasión germana los arruinó casi por completo. Lo poco que quedó fue llevado en su mayor parte por hombres no libres y extranjeros, y siguió siendo una ocupación despreciada. La clase dominante que, con la emergente desigualdad de propiedad, surgió gradualmente, solo podía ser una clase de grandes terratenientes; su forma de dominio político, la de una aristocracia. Si bien, como veremos, palancas políticas, violencia y engaño contribuyen con frecuencia, y según parece incluso de manera predominante, a la formación y desarrollo de esta clase, no debemos olvidar que esas palancas políticas no hacen sino impulsar y acelerar un inevitable proceso económico. De hecho, veremos con igual frecuencia que esas palancas políticas obstaculizan el desarrollo

económico; esto ocurre muy a menudo, e invariablemente cuando las distintas partes interesadas las aplican en direcciones opuestas o que se entrecruzan.

¿Cómo surgió esta clase de grandes terratenientes?

Ante todo sabemos que, incluso después de la conquista franca, permaneció en la Galia un gran número de grandes terratenientes romanos, cuyas propiedades eran en su mayor parte cultivadas por tenedores a censo libres o adscritos, contra el pago de una renta (canon).

Además, hemos visto que, como resultado de las guerras de conquista, la monarquía se había convertido en una institución permanente y en un poder real entre todos los germanos que habían emigrado, y que había transformado la tierra que anteriormente pertenecía al pueblo en dominios reales, apropiándose asimismo de las tierras del Estado romano. Estas tierras de la corona se acrecentaban constantemente mediante la confiscación en masa de las propiedades de los llamados rebeldes durante las numerosas guerras civiles derivadas de las particiones del imperio. Pero, con la misma rapidez con que aumentaban, estas tierras se dilapidaban en donaciones a la Iglesia y a particulares, francos y romanos, a los leales (antrustiones) y a otros favoritos del rey. Una vez que se formaron los rudimentos de una clase dominante, compuesta por los grandes y poderosos, terratenientes, funcionarios y generales, durante y a causa de las guerras civiles, los gobernantes locales trataron de comprar su apoyo mediante concesiones de tierras. Roth ha demostrado de manera concluyente que, en la mayoría de los casos, se trataba de verdaderas donaciones, transferencias de tierra que se convertían en propiedad libre, heredable y enajenable, hasta que esto fue modificado por Carlos Martel.*

* P. Roth, Geschichte des Beneficialwesens, Erlangen, 1850. Uno de los mejores libros del período anterior a Maurer. He tomado mucho de él en este capítulo.

Cuando Carlos tomó el timón del Estado, el poder de los reyes estaba completamente quebrantado, pero, por el momento, de ningún modo había sido sustituido por el de los mayordomos de palacio.* La clase de los grandes, creada bajo los merovingios a expensas de la Corona, fomentó la ruina del poder real por todos los medios, pero ciertamente no para someterse a los mayordomos de palacio, sus iguales. Por el contrario, toda la Galia estaba, como dice Einhard, en manos de estos

“tiranos, que se arrogaban el poder por doquier” (tyrannos per totam Galliam dominatum sibi vindicantes).4

Esto no lo hacían solo los grandes seculares, sino también los obispos, que se apropiaron de condados y ducados vecinos en muchas zonas,

* P. Roth, Geschichte des Beneficialwesens, Erlangen, 1850. Uno de los mejores libros del período anterior a Maurer. He tomado mucho de él en este capítulo.

y estaban protegidos por su inmunidad y la fuerte organización de la Iglesia. A la desintegración interna del imperio siguieron las incursiones de enemigos exteriores. Los sajones invadieron la Franconia renana, los ávaros Baviera y los árabes cruzaron los Pirineos hacia Aquitania. En semejante situación, el mero sometimiento de los enemigos internos y la expulsión de los externos no podía ofrecer una solución a largo plazo. Había que encontrar un método para vincular más firmemente a la Corona a los grandes humillados, o a sus sucesores nombrados por Carlos. Y dado que su poder se basaba hasta entonces en la gran propiedad territorial, el primer requisito para ello era una transformación total de las relaciones de propiedad de la tierra. Esta transformación fue la principal realización de la dinastía carolingia.** El rasgo distintivo de esta transformación es que los medios elegidos para unir el imperio, para atar permanentemente a los grandes a la Corona y, de ese modo, hacer a esta más poderosa, condujeron al final a la total impotencia de la Corona, a la independencia de los grandes y a la disolución del imperio.

Para comprender cómo Carlos llegó a elegir este medio, debemos examinar primero las relaciones de propiedad de la Iglesia en aquella época, que de todos modos no pueden pasarse por alto aquí, pues constituyen un elemento esencial de las relaciones agrarias contemporáneas.

Ya durante la época romana, la Iglesia poseía en la Galia una considerable propiedad territorial, cuyos ingresos se veían incrementados por sus grandes privilegios en materia de impuestos y otras obligaciones. Pero el verdadero siglo de oro para la Iglesia gala no comenzó hasta la conversión de los francos al cristianismo.** Los reyes rivalizaban entre sí en donaciones de tierras, dinero, joyas, utensilios eclesiásticos, etc., a la Iglesia. Ya Chilperico solía decir (según Gregorio de Tours):

“Mirad qué pobre se ha vuelto nuestro tesoro, mirad, toda nuestra riqueza ha sido transferida a la Iglesia”.7

Bajo Gontrán, el predilecto y lacayo de los sacerdotes, las donaciones sobrepasaron todos los límites. Así, las tierras confiscadas a los francos libres acusados de rebelión pasaron a ser, en su mayor parte, propiedad de la Iglesia.

El pueblo siguió el ejemplo de los reyes. Grandes y pequeños no podían dar lo suficiente a la Iglesia.

“Una curación milagrosa de una dolencia real o imaginaria, el cumplimiento de un deseo ardiente, por ejemplo, el nacimiento de un hijo o la liberación de un peligro, acarreaba un regalo a la Iglesia cuyo santo se había mostrado eficaz. Se estimaba tanto más necesario mostrarse siempre generoso cuanto que, tanto entre los de arriba como entre los de abajo, estaba muy extendida la idea de que las donaciones a la Iglesia conducían a la remisión de los pecados” (Roth, p. 250).

A esto se sumaba la inmunidad que protegía la propiedad de la Iglesia contra toda violación en una época de incesantes guerras civiles, saqueos y confiscaciones. Muchos pequeños propietarios consideraron prudente ceder su propiedad a la Iglesia a condición de conservar su usufructo mediante una renta moderada.

Pero todo esto no era suficiente para los piadosos sacerdotes. Mediante amenazas de castigo eterno en el infierno, prácticamente arrancaban más y más donaciones, de modo que todavía en 811 Carlomagno les reprocha esto en el Capitular de Aquisgrán,7 añadiendo que inducen a la gente

“a cometer perjurio y a dar falso testimonio, para acrecentar vuestra” (de los obispos y abades) “riqueza”.4

Mediante toda clase de ardides se obtenían donaciones ilícitas, con la esperanza de que, aparte de su condición judicial privilegiada, la Iglesia disponía de medios suficientes para burlarse de la justicia. Apenas hubo concilio de la Iglesia gala en los siglos VI y VII que no amenazara con excomulgar a cualquiera que intentara impugnar las donaciones a la Iglesia. De este modo, incluso las donaciones formalmente inválidas debían ser convalidadas, y las deudas privadas de clérigos particulares protegidas contra el cobro.

“Vemos que se empleaban medios verdaderamente despreciables para despertar, una y otra vez, el deseo de hacer donaciones. Cuando las descripciones de la bienaventuranza celestial y de los tormentos infernales dejaron de surtir efecto, se traían reliquias de lugares lejanos, se organizaban traslados y se construían nuevas iglesias; esto fue un verdadero negocio en el siglo IX” (Roth, p. 254). “Cuando los emisarios del monasterio de San Medardo en Soissons, por medio de una solicitud muy insistente, obtuvieron el cuerpo de San Sebastián en Roma y además robaron el de Gregorio, y ambos cuerpos fueron depositados en el monasterio, acudió tanta gente a ver a los nuevos santos que toda la comarca parecía pulular de langostas, y los que buscaban alivio no eran curados individualmente sino en rebaños enteros. El resultado fue que los monjes midieron el dinero por almudes, contando hasta 85, y su acervo de oro ascendió a 900 libras” (p. 255).

El engaño, los juegos de manos, las apariciones de muertos, sobre todo de santos, y finalmente también, e incluso de manera predominante, la falsificación de documentos, se emplearon para obtener riquezas para la Iglesia. La falsificación de documentos era —para dejar hablar de nuevo a Roth—

“practicada por muchos clérigos en vasta escala... este negocio comenzó muy pronto....

La magnitud de esta práctica se puede colegir de la gran cantidad de documentos falsificados que contienen nuestras colecciones. De los 360 certificados merovingios de Bréquigny, casi 130 son falsificaciones indudables... El testamento falsificado de Remigio fue utilizado por Hincmaro de Reims para procurar a su iglesia una serie de propiedades que no se mencionaban en el testamento auténtico, aunque este jamás se había perdido y Hincmaro sabía muy bien que aquel era espurio.”

Incluso el papa Juan VIII intentó obtener las posesiones del monasterio de Saint-Denis, cerca de París, mediante un documento que sabía que era una falsificación. (Roth, pp. 256 ss.)

No es de extrañar, pues, que la propiedad territorial que la Iglesia acumuló mediante donaciones, extorsión, astucia, fraude, falsificación y otras actividades criminales asumiera proporciones enormes en pocos siglos. El monasterio de Saint-Germain-des-Prés, hoy dentro del contorno de París, poseía a comienzos del siglo IX una propiedad territorial de 8.000 mansi o hides,4 una superficie que Guérard estima en 429.987 hectáreas con un rendimiento anual de un millón de francos = 800.000 marcos.** Si aplicamos el mismo promedio, es decir, una superficie de 54 hectáreas con un rendimiento de 125 francos = 100 marcos por hide, entonces los monasterios de Saint-Denis, Luxeuil, San Martín de Tours, que poseían cada uno 15.000 mansi en aquella época, detentaban una propiedad territorial de 810.000 hectáreas con una renta de 1'/) millones de marcos. ¡Y esta era la situación después de la confiscación de la propiedad de la Iglesia por Pipino el Breve!* Roth estima (p. 249) que toda la propiedad de la Iglesia en la Galia a finales del siglo VII era probablemente superior, más bien que inferior, a un tercio de la superficie total.

Estas enormes propiedades eran cultivadas en parte por colonos no libres y en parte también por colonos libres de la Iglesia. Entre los no libres, los esclavos (servi) estaban originalmente sujetos a servicio ilimitado para con sus señores, puesto que no eran personas ante la ley. Pero parece que también para los esclavos residentes se estableció pronto una cantidad consuetudinaria de deberes y prestaciones. En cambio, las prestaciones de las otras dos clases no libres, los colonos y los lites* (carecemos de información sobre la diferencia de su posición jurídica en aquella época), estaban fijadas y consistían en ciertos servicios personales y corveas, así como en una parte determinada del producto de su parcela. Eran estas relaciones de dependencia establecidas desde largo tiempo. Pero para los germanos era algo completamente nuevo que hombres libres cultivaran no su propia tierra o la tierra comunal. Es cierto que los germanos se encontraron con bastante frecuencia con colonos romanos libres en la Galia y, en general, en los territorios donde imperaba el derecho romano; sin embargo, durante el asentamiento en el país se cuidaron de que ellos mismos no tuvieran que convertirse en colonos, sino de que pudieran establecerse en su propia tierra. De ahí que, antes de que los francos libres pudieran convertirse en colonos hereditarios de alguien, debían haber perdido de alguna manera el alodio que recibieron al ser ocupado el país, tenía que haber surgido una clase diferenciada de francos libres sin tierra.

Esta clase surgió como resultado de la incipiente concentración de la propiedad territorial, debida a las mismas causas que condujeron a dicha concentración, es decir, por un lado las guerras civiles y las confiscaciones y, por otro, la transferencia de tierras a la Iglesia, principalmente bajo la presión de las circunstancias y el deseo de seguridad. La Iglesia pronto descubrió un medio específico para alentar tales transferencias: permitía al donante no solo disfrutar del usufructo de su tierra por una renta, sino también arrendar además una porción de tierra de la Iglesia. Pues tales donaciones se hacían de dos formas. O bien el donante conservaba el usufructo de su granja durante su vida, de modo que pasaba a ser propiedad de la Iglesia solo después de su muerte (donatio post obitum). En este caso era habitual, y más tarde quedó expresamente establecido en los Capitulares de los reyes, que el donante pudiera arrendar a la Iglesia el doble de la tierra que había donado. O bien la donación surtía efecto inmediatamente (cessio a die praesente) y, en este caso, el donante podía arrendar el triple de tierra de la Iglesia además de su propia granja, mediante un documento conocido como precaria, expedido por la Iglesia, que le transfería la tierra generalmente de por vida, aunque a veces por un período más largo o más corto. Una vez que surgió una clase de hombres libres sin tierra, algunos de ellos entraron igualmente en semejante relación. Las precarias que se les otorgaban parecen haber sido concedidas al principio en su mayoría por cinco años, pero también en su caso se extendieron pronto de por vida.

Apenas cabe duda de que ya bajo los merovingios se desarrollaron en las propiedades de los magnates seculares relaciones muy semejantes a las que imperaban en las propiedades de la Iglesia, y de que también aquí vivían lado a lado colonos libres y no libres que pagaban renta. Debieron de ser muy numerosos ya en la época de Carlos Martel, pues de lo contrario resultaría inexplicable por lo menos un aspecto de la transformación de las relaciones de propiedad territorial iniciada por él y completada por su hijo y su nieto.*

Esta transformación se basó fundamentalmente en dos nuevas instituciones. En primer lugar, para mantener ligados a la Corona a los barones del imperio, las tierras de la Corona que recibían ya no eran, por regla general, un regalo, sino sólo un «beneficium», concedido de por vida y, además, bajo ciertas condiciones cuyo incumplimiento acarreaba la pérdida de la tierra. De ese modo se convertían ellos mismos en arrendatarios de la Corona. Y en segundo lugar, para asegurarse de que los arrendatarios libres de los barones se presentaran al servicio militar, a éstos se les concedieron algunas de las atribuciones oficiales del conde de distrito sobre los hombres libres que vivían en sus propiedades, y se les nombró sus «seniores». Por el momento sólo necesitamos considerar el primero de estos dos cambios.

Al someter a los pequeños «tiranos» rebeldes, es probable que Carlos —no tenemos información al respecto— confiscara sus propiedades territoriales según la vieja costumbre, pero en la medida en que los restableció en sus cargos y dignidades, se las habrá concedido total o parcialmente como beneficio. Todavía no se atrevía a tratar de la misma manera las tierras eclesiásticas de los obispos recalcitrantes. Los deponía y entregaba sus puestos a personas que le eran adictas, aunque el único rasgo clerical de muchos de ellos era su tonsura (sola tonsura clericus). Estos nuevos obispos y abades comenzaron entonces, por orden suya, a transferir grandes extensiones de tierra eclesiástica a laicos como precaria. Ya se habían dado antes casos semejantes, pero ahora se hacía a escala masiva. Su hijo Pipino fue considerablemente más lejos. La Iglesia se hallaba en decadencia, el clero despreciado; el Papa,* duramente presionado por los longobardos, dependía exclusivamente del apoyo de Pipino. Éste ayudó al Papa, favoreció la extensión de su dominio eclesiástico y le sostuvo el estribo. Pero como remuneración incorporó a los dominios de la Corona la mayor parte, con mucho, de las tierras de la Iglesia, y dejó a los obispados y monasterios lo justo para su sustento. La Iglesia aceptó pasivamente esta primera secularización a gran escala; el sínodo de Lestines*** la confirmó, aunque con una cláusula restrictiva que, sin embargo, jamás se observó. Esta ingente masa de tierras puso de nuevo los exhaustos dominios de la Corona sobre una base segura y se utilizó en gran medida para ulteriores concesiones, las cuales muy pronto adoptaron de hecho la forma de beneficios ordinarios.

Añadamos aquí que la Iglesia pudo pronto recuperarse de este golpe. Inmediatamente después del conflicto con Pipino, los dignos varones de Dios reanudaron sus viejas prácticas. Raudas y abundantes llegaron otra vez las donaciones de todas partes; los pequeños campesinos libres seguían en la misma situación lastimosa, entre el martillo y la forja, como lo habían estado

durante los últimos 200 años. Bajo Carlomagno y sus sucesores les fue mucho peor aún, y muchos se encomendaron a sí mismos y a todas sus posesiones a la protección del báculo. Los reyes devolvieron parte de su botín a monasterios favorecidos y donaron vastas extensiones de tierras de la Corona a otros, sobre todo en Alemania. Los benditos tiempos de Gontrán parecieron haber vuelto para la Iglesia durante el reinado de Luis el Piadoso. Los archivos monásticos contienen abundantes registros de donaciones hechas en el siglo IX.

El beneficio, esta nueva institución que debemos examinar ahora más de cerca, no era aún el futuro feudo, pero sí ciertamente su embrión. Desde el principio se concedía por el espacio común de vida tanto del otorgante como del receptor. Si uno u otro moría, revertía al propietario o a sus herederos. Para renovar la relación anterior era preciso efectuar una nueva transferencia de la propiedad al receptor o a sus herederos. De ahí que el beneficio estuviera sujeto tanto a la «caída del trono» como a la «reversión al señor», por emplear una terminología posterior. La caída del trono pronto cayó en desuso; los grandes beneficiarios se hicieron más poderosos que el rey. La reversión al señor, ya en una etapa temprana, entrañó no pocas veces la retransferencia de la finca al heredero del anterior beneficiario. Patriciacum (Percy), una finca cerca de Autun, que Carlos Martel concedió como beneficio a Hildebrannus, permaneció en la familia pasando de padre a hijo durante cuatro generaciones, hasta que en 839 el rey la entregó al hermano del cuarto beneficiario en plena propiedad. Casos similares se dan con bastante frecuencia desde mediados del siglo VIII.

El beneficio podía ser revocado por el otorgante en todos los casos en que fuera aplicable la confiscación de bienes. Y tales casos no escasearon bajo los carolingios. Los levantamientos en Alamannia bajo Pipino el Breve, la conspiración de los turingios y las repetidas sublevaciones de los sajones*° condujeron invariablemente a nuevas confiscaciones, ya fuera de tierras de campesinos libres o de propiedades y beneficios de magnates. Esto ocurrió también, pese a todas las estipulaciones de tratados en contrario, durante las guerras intestinas bajo Luis el Piadoso y sus hijos.*' Ciertos delitos no políticos fueron asimismo castigados con la confiscación.

La Corona podía además retirar beneficios si el beneficiario descuidaba sus obligaciones generales como súbdito, por ejemplo, si no entregaba a un bandido que había buscado asilo, no se presentaba armado a una campaña, no prestaba atención a las cartas reales, etc.

_ Por otra parte, los beneficios eran concedidos en condiciones especiales, cuyo quebrantamiento entrañaba su revocación, la cual, naturalmente, no se extendía al resto de los bienes del beneficiario. Éste era

el caso, por ejemplo, cuando se concedían antiguas propiedades eclesiásticas y el beneficiario dejaba de pagar a la Iglesia las cargas que las acompañaban (nonae et decimae*). O si dejaba que la finca se deteriorara, en cuyo caso solía dársele primero un aviso con un año de antelación, a modo de advertencia, para que el beneficiario pudiera mejorar las cosas y evitar así la confiscación que de lo contrario sobrevendría, etc. La transferencia de una finca podía también vincularse a servicios determinados, y esto se hizo cada vez con mayor frecuencia a medida que el beneficio se iba desarrollando gradualmente hasta convertirse en el feudo propiamente dicho. Pero al principio esto no era en modo alguno necesario, sobre todo por lo que respecta al servicio militar, pues muchos beneficios se concedieron a clérigos inferiores, monjes y mujeres, tanto espirituales como laicas.

Finalmente, no es en absoluto imposible que en un comienzo la Corona también concediera tierras sujetas a revocación o por un período determinado, es decir, como precaria. Algunos datos y el proceder de la Iglesia lo hacen probable. Pero, en todo caso, esto cesó pronto, al prevalecer en el siglo IX la concesión de tierras como beneficio.

En cuanto a la Iglesia —y hemos de suponer que lo mismo se aplica a los grandes terratenientes y beneficiarios—, la Iglesia, que hasta entonces había concedido fincas a sus arrendatarios libres mayoritariamente sólo como precaria por un período de tiempo determinado, hubo de seguir el estímulo dado por la Corona. La Iglesia no sólo empezó a conceder también beneficios, sino que este tipo de concesión se hizo tan predominante que las precaria ya existentes se convirtieron en vitalicias y, de manera imperceptible, en beneficios, hasta que las primeras se fundieron casi por completo en los segundos en el siglo IX. Los beneficiarios de la Iglesia, y también los de los magnates seglares, debieron de desempeñar un papel importante en el Estado ya en la segunda mitad del siglo IX; algunos de ellos debieron de ser hombres de considerable fortuna, los fundadores de la futura baja nobleza. De lo contrario, Carlos el Calvo no habría ayudado tan vigorosamente a quienes habían sido privados sin razón de sus beneficios por Hincmaro de Laón.

El beneficio, como vemos, presenta muchos aspectos que reaparecen en el feudo desarrollado. La caída del trono y la reversión al señor son comunes a ambos. El beneficio, como el feudo, sólo puede ser revocado en determinadas condiciones. La jerarquía social creada por los beneficios, que desciende desde la Corona a través de los grandes beneficiarios —predecesores de los príncipes imperiales— hasta los medianos bene-

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ficiarios —la futura nobleza—, y de ellos a los campesinos libres y no libres, cuya mayor parte vivía en comunidades de marca, constituyó el cimiento de la futura y compacta jerarquía feudal. Mientras que el feudo posterior es, en todas las circunstancias, tenido a cambio de servicios y lleva aparejado el servicio militar para con el señor feudal, el beneficio no exige aún el servicio militar y otros servicios no son en modo alguno ineludibles. Pero la tendencia del beneficio a convertirse en una finca poseída a cambio de servicios es ya patente, y se difunde de manera constante durante el siglo IX; y en la misma medida en que se despliega, el beneficio se transforma en feudo.

Otro factor contribuyó a este desarrollo, a saber, las transformaciones ocurridas en la estructura de los distritos y del ejército, primero bajo la influencia de la gran propiedad territorial y, más tarde, bajo la de los grandes beneficios, en los que la gran propiedad territorial se fue convirtiendo cada vez más a resultas de las incesantes guerras intestinas y de las confiscaciones y retransferencias asociadas a ellas.

Es evidente que en este capítulo sólo se ha examinado la forma pura, clásica, del beneficio, la cual ciertamente no fue más que una forma transitoria y ni siquiera apareció en todas partes de manera simultánea. Pero tales manifestaciones históricas de las relaciones económicas sólo pueden comprenderse si se las considera en su estado puro, y uno de los principales méritos de Roth es haber puesto al descubierto esta forma clásica del beneficio, despojándola de todos sus confusos añadidos.

LA ESTRUCTURA DE DISTRITO Y DEL EJÉRCITO

La transformación de la situación de la propiedad territorial que acabamos de describir estaba llamada a influir sobre la vieja estructura. Provocó en ésta cambios igualmente significativos, y éstos a su vez repercutieron sobre las relaciones de propiedad territorial. Dejaremos a un lado por ahora la remodelación de la estructura política en su conjunto y nos limitaremos a examinar la influencia que la nueva situación económica ejerció sobre los restos aún subsistentes de la antigua estructura popular en los distritos y en el ejército.

Ya en el período merovingio nos encontramos con frecuencia a condes y duques como administradores de dominios de la Corona. Pero no fue hasta el siglo IX cuando determinados dominios de la Corona quedaron vinculados de manera definitiva al condado, de tal modo que el conde de turno percibía sus rentas. El cargo, antes honorario, se había transformado en retribuido. Además de esto, encontramos a los condes en posesión de beneficios reales que les eran concedidos personalmente, lo

que es algo que se daba por supuesto bajo las condiciones de aquel tiempo. El conde se convertía así en un poderoso terrateniente dentro de su condado.

Ante todo, es obvio que la autoridad del conde tenía que resentirse cuando surgían bajo él y junto a él grandes propietarios territoriales. De gentes que a menudo habían despreciado las órdenes de los reyes bajo los merovingios y los primeros carolingios cabía esperar que mostraran todavía menos respeto por las del conde. Sus arrendatarios libres, confiados en la protección de poderosos señores, desoían con igual frecuencia la citación del conde para comparecer ante el tribunal o presentarse a su leva para el ejército. Ésta fue una de las razones que llevaron a que las concesiones se hicieran en forma de beneficios en lugar de en alodios, y más tarde a la paulatina transformación de la mayoría de las grandes propiedades antes libres en beneficios.

Sólo esto no bastaba para asegurar que los hombres libres que vivían en las propiedades de los magnates cumpliesen de hecho sus servicios al Estado. Hubo de introducirse un nuevo cambio. El rey se vio obligado a hacer responsables a los grandes terratenientes de la comparecencia ante los tribunales de sus tenentes libres y de la prestación de los servicios militares y demás servicios tradicionales al Estado, del mismo modo que hasta entonces se había hecho responsable al conde de todos los habitantes libres de su condado. Y esto no podía lograrse más que otorgando el rey a los magnates algunas de las atribuciones oficiales del conde sobre sus tenentes. El terrateniente o beneficiario era quien había de velar por que sus gentes comparecieran ante el tribunal; por tanto, habían de ser citados a través de él. Tenía que llevarlos al ejército, de modo que la leva debía efectuarla él, y, para que siempre se le pudiera pedir cuentas de ellos, había de conducirlos y poseer el derecho de imponerles disciplina militar. Pero los servicios que los tenentes prestaban eran y siguieron siendo servicios al rey, y el recalcitrante no era castigado por el terrateniente, sino por el conde real, y la multa iba al fisco real.

También esta innovación se remonta a Carlos Martel. En todo caso, sólo desde su época encontramos la costumbre de que altos dignatarios eclesiásticos entrasen personalmente en campaña, costumbre que, según Roth, se debió a que Carlos hizo que sus obispos se incorporasen al ejército al frente de sus tenentes, con el fin de asegurar la comparecencia de estos últimos.* Sin duda, esto se aplicaba igualmente a los magnates laicos y a sus tenentes. Con Carlomagno, la nueva ordenación está ya firmemente establecida y se impone de manera general.

Pero esto acarreó un cambio sustancial también en la posición política de los tenentes libres. Aquellos que antes, por mucho que dependieran económicamente de su terrateniente, se hallaban en pie de igualdad con él ante la ley, pasaron ahora a ser subordinados suyos también en la esfera jurídica. Su sujeción económica quedó políticamente sancionada. El terrateniente se convierte en Senior, Seigneur; los tenentes se convierten en sus homines; el «señor» pasa a ser el amo de su «hombre». La igualdad jurídica de los hombres libres ha desaparecido; el hombre situado en el peldaño más bajo de la escala, cuya plena libertad ya estaba gravemente menoscabada por la pérdida de su tierra ancestral, desciende un escalón más, acercándose al no libre. El nuevo «señor» se eleva tanto más por encima del nivel de la antigua libertad comunal. La base de la nueva aristocracia, ya constituida económicamente, es reconocida por el Estado y se convierte en una de las ruedas motrices plenamente operativas de la maquinaria estatal.

Pero, junto a estos homines formados por tenentes libres, existía todavía otra clase. Eran los hombres libres empobrecidos que habían entrado voluntariamente al servicio, o se habían hecho mesnaderos, de un magnate. La mesnada de los merovingios la constituían los antrustiones; los magnates de aquella época tendrían igualmente sus mesnaderos. Los mesnaderos del rey eran llamados, bajo los carolingios, vassi, vasalli o gasindi, términos que en los códigos más antiguos del derecho consuetudinario se habían aplicado a hombres no libres, pero que ya entonces designaban habitualmente a mesnaderos libres. Las mismas expresiones se aplicaban a los mesnaderos de los grandes, que ahora aparecen con toda frecuencia y se convierten en un elemento cada vez más numeroso e importante de la sociedad y del Estado.

Antiguas fórmulas de tratado muestran cómo llegaron los grandes a tener tales mesnaderos. Una de ellas (Formulae Sirmondicae 44) dice, por ejemplo:

«Puesto que es notorio para todos que no tengo con qué alimentarme y vestirme, pido a vuestra» —la del señor— «piedad que pueda entregarme y encomendarme a vuestra protección» (mundoburdum, tutela, por así decirlo) «… de modo que … estéis obligado a ayudarme con alimento y vestido, según os sirva y lo merezca; en cambio, quede yo obligado a prestaros servicio y obediencia a la manera de un hombre libre (ingenuili ordine); y no estará en mi poder retirarme de vuestra autoridad y patrocinio durante mi vida, sino que pasaré mis días bajo vuestra autoridad y protección.» 42

Esta fórmula proporciona información completa sobre el origen y la naturaleza de las relaciones ordinarias de fidelidad, despojadas de toda mezcla extraña, y es especialmente reveladora porque presenta el caso extremo de un pobre diablo reducido a la penuria absoluta. La entrada en la mesnada del señor se efectuaba mediante un libre acuerdo entre ambas partes —libre en el sentido del derecho romano y del derecho moderno—, a menudo bastante semejante a la entrada de un obrero actual al servicio de un fabricante. El «hombre» se encomendaba al señor, y este aceptaba su encomendación. Quedaba confirmada por un apretón de manos y un juramento de fidelidad. El acuerdo era vitalicio y solo se disolvía con la muerte de uno de los dos contratantes. El hombre ligio estaba obligado a cumplir todos los servicios compatibles con la posición de un hombre libre que su señor pudiera imponerle. A cambio, el señor proveía a su sustento y lo recompensaba según estimase conveniente. No entrañaba necesariamente una concesión de tierras y, de hecho, ciertamente no se daba en todos los casos.

Bajo los carolingios, sobre todo desde Carlomagno, esta relación no solo fue tolerada, sino directamente fomentada y, a la postre, según parece, hecha obligatoria para todos los hombres libres corrientes —por un Capitular de 847— y reglamentada por el Estado. Por ejemplo, el hombre ligio podía anular unilateralmente la relación con su señor solo si este intentaba matarlo, le golpeaba con un palo, deshonraba a su esposa o su hija o le despojaba de su propiedad hereditaria (Capitular de 813). El hombre ligio, además, quedaba vinculado a su señor tan pronto como recibía de él un valor equivalente a un sólido.* Esto demuestra de nuevo claramente cuán poco estaba vinculada en aquella época la relación de vasallaje a la concesión de tierras. Las mismas estipulaciones se repiten en un Capitular de 816, con el añadido de que el hombre ligio quedaba liberado de sus obligaciones si su señor intentaba injustamente reducirlo a la condición de hombre no libre o no le prestaba la protección prometida pudiendo hacerlo.*

Respecto a sus mesnaderos, el señor ligio tenía ahora los mismos derechos y deberes hacia el Estado que el terrateniente o beneficiario tenía respecto a sus tenentes. Como antes, estaban obligados a servir al rey, pero también aquí el señor ligio se interponía entre el rey y sus condes. El señor ligio llevaba a los vasallos a los tribunales, los convocaba, los conducía en la guerra y mantenía la disciplina entre ellos; era responsable de ellos y de su equipo reglamentario. Esto le otorgaba un cierto grado de autoridad penal sobre sus subordinados y fue el punto de partida de la jurisdicción del señor feudal sobre sus vasallos, que se desarrolló posteriormente.

En estas dos instituciones adicionales —la formación del sistema de mesnadas y la transferencia de las atribuciones oficiales de los condes, es decir, del Estado, al terrateniente, al titular de un beneficio de la Corona y al señor ligio sobre sus subordinados—, tanto tenentes como mesnaderos sin tierra (a quienes pronto se llamaría a todos vassi, vasalli u homines), en esta confirmación y fortalecimiento político del poder efectivo del señor sobre sus vasallos vemos un importante desarrollo ulterior del germen del sistema de feudos contenido en los beneficios. La jerarquía de estamentos sociales, desde el rey hacia abajo a través de los grandes beneficiarios hasta sus tenentes libres y, finalmente, hasta los hombres no libres, se ha convertido, en su capacidad oficial, en un elemento reconocido de la organización política. El Estado reconoce que no puede existir sin su ayuda. Veremos más tarde cómo, de hecho, se prestó esa ayuda.

La diferenciación entre mesnaderos y tenentes solo es importante al principio, para mostrar que la dependencia de los hombres libres se produjo por dos caminos. Ambas clases de vasallos se confundieron muy pronto de manera inseparable, tanto en el nombre como en los hechos. Se hizo cada vez más costumbre que los grandes beneficiarios se encomendaran al rey, de modo que no solo eran sus beneficiarios, sino también sus vasallos. A los reyes les interesaba que los magnates, obispos, abades, condes y vasallos les prestaran personalmente juramento de fidelidad (Annales Bertiniani 837** y otros documentos del siglo IX); en consecuencia, la distinción entre el juramento general del súbdito y el juramento específico del vasallo estaba destinada a desaparecer pronto. De este modo, todos los grandes hombres se convirtieron gradualmente en vasallos del rey. La lenta transformación de los grandes terratenientes en un estamento especial, una aristocracia, quedaba así reconocida por el Estado, incorporada a la estructura estatal y se convertía en uno de sus elementos oficialmente operantes.

De manera análoga, los mesnaderos de los distintos grandes terratenientes se convirtieron paulatinamente en tenentes. Aparte de proporcionarles el sustento en la casa solariega, lo que al fin y al cabo solo podía hacerse con un número reducido de personas, no había más que un medio de asegurarse mesnaderos: asentarlos en la tierra, concederles tierras como beneficio. Un numeroso séquito armado —condición principal para la existencia de los magnates en aquellos tiempos de lucha incesante— solo podía obtenerse, por tanto, concediendo tierras a los vasallos. En consecuencia, los mesnaderos sin tierra van desapareciendo gradualmente del señorío, mientras crece la masa de los asentados en tierras del señor.

Pero cuanto más penetraba este nuevo elemento en la antigua estructura, tanto más había de debilitarla. El viejo ejercicio directo del poder estatal por el rey y los condes fue reemplazado cada vez más por un método indirecto; el señor, al que los hombres libres corrientes estaban cada vez más ligados por una fidelidad personal, se interponía ahora entre ellos y el Estado. El conde, resorte principal del mecanismo estatal, estaba llamado a pasar cada vez más a un segundo plano, y así sucedió. Ante esta situación, Carlomagno obró como solía hacerlo. Primero alentó la difusión de la relación de vasallaje, como hemos visto, hasta que los pequeños hombres libres independientes casi habían desaparecido, y cuando se hizo patente el debilitamiento de su poder que de ello se derivaba, intentó ponerlo de nuevo en pie mediante la intervención estatal. Bajo un gobernante tan enérgico y formidable, esto pudo tener éxito en algunos casos; pero la fuerza de las circunstancias creadas con su ayuda se impuso inexorablemente bajo sus débiles sucesores.

El método predilecto de Carlomagno consistía en enviar emisarios regios (missi dominici) con poderes plenipotenciarios. Donde el funcionario real ordinario, el conde, era incapaz de atajar la propagación del desorden, se esperaba que lo hiciera un enviado especial. (Esto ha de ser históricamente fundamentado y ampliado.)

Había, no obstante, otro método, y consistía en colocar al conde en una posición tal que dispusiese de medios materiales para imponer su autoridad que fueran al menos iguales a los de los magnates de su condado. Esto solo era posible si también el conde se convertía en un gran terrateniente, lo cual, a su vez, podía lograrse de dos maneras. Se podían adscribir al cargo de conde, en los diversos distritos, determinadas propiedades como una especie de dotación, de modo que el conde de turno las administrara ex officio y percibiese las rentas que produjeran. Encontramos muchos ejemplos de este tipo, sobre todo en documentos, ya desde finales del siglo VIII, y esta ordenación es bastante habitual a partir del siglo IX. Es evidente que tales dotaciones proceden en su mayor parte de las propiedades fiscales del rey, y ya en tiempos de los merovingios hallamos con frecuencia a condes y duques administrando las propiedades fiscales del rey situadas en su territorio.

Extrañamente, hay también bastantes ejemplos (e incluso una fórmula para este propósito) de obispos que utilizaban bienes de la Iglesia para dotar el cargo de conde, desde luego bajo la forma de alguna suerte de beneficio, puesto que los bienes eclesiásticos eran inalienables. La munificencia de la Iglesia es demasiado conocida para permitir otra razón que no fuera la necesidad más acuciante. Bajo la creciente presión de los magnates seculares vecinos, a la Iglesia no le quedó otro recurso que aliarse con los restos de la autoridad estatal.

Estas pertenencias asociadas al cargo de conde (res comitatus, pertinentiae comitatus) eran originalmente del todo distintas de los beneficios que se concedían personalmente al conde de turno. También éstos se distribuían por lo general generosamente, de modo que, sumando dotación y beneficios, los condados, originalmente cargos honoríficos, se habían convertido para entonces en puestos muy lucrativos y, desde Ludovico Pío, se otorgaban, como otros favores reales,

El período franco [47]

a personas a las que el rey quería ganar para su causa o de las que quería asegurarse. Así, se dice de Luis el Tartamudo que “quos potuit conciliavit [sibi], dans eis comitatus et abbatias ac villas” (Annales Bertiniani 877). El término honor, empleado antiguamente para designar el cargo en referencia a los derechos honoríficos vinculados a él, adquirió el mismo significado que beneficio en el transcurso del siglo IX. Y esto provocó necesariamente un cambio sustancial en el carácter del cargo de conde, como con razón subraya Roth (pág. 408). En su origen, la señoría, en la medida en que poseía un carácter público, se modeló sobre el cargo de conde y fue investida con algunos de los poderes condales. Luego, en la segunda mitad del siglo IX, la señoría se había extendido tanto que amenazaba con eclipsar al cargo de conde, el cual sólo podía mantener su autoridad asumiendo cada vez más las características de la señoría. Los condes buscaban cada vez más, y no sin éxito, usurpar la posición de un señor frente a los habitantes de sus distritos (pagenses) tanto en sus relaciones privadas como públicas. Del mismo modo que los otros “señores” procuraban subordinar a la gente menuda de su vecindad, los condes intentaban, por medios amistosos o por la fuerza, inducir a los habitantes libres menos pudientes de su distrito a convertirse en sus vasallos. Tenían éxito tanto más fácilmente cuanto que el mero hecho de que los condes pudieran abusar así de su poder oficial era la mejor prueba de que los hombres libres comunes que quedaban podían esperar muy poca protección de la autoridad real y sus órganos. Expuestos a la opresión por todas partes, los hombres libres más pequeños tenían que alegrarse de encontrar un patrón, incluso al precio de ceder su alodio y recibirlo de vuelta como un mero beneficio. Ya en el Capitular de 811, Carlomagno se quejaba de que obispos, abades, condes, jueces y centenarios, mediante continuas artimañas legales y reiteradas llamadas al ejército, reducían a la gente menuda a tal estado que consentían en transferirles o venderles su alodio, y de que los pobres lamentaban amargamente que se les despojara de su propiedad, etc. La mayor parte de la propiedad libre en la Galia había pasado ya de este modo a manos de la Iglesia, los condes y otros magnates para fines del siglo IX (Hincmar, Annales Remenses 869). Y algo más tarde ya no existía ninguna propiedad territorial libre perteneciente a pequeños hombres libres en

algunas provincias (Maurer, Einleitung, pág. 212).* Cuando el creciente poder de los beneficiarios y el menguante poder de la Corona hicieron que los beneficios se volvieran gradualmente hereditarios, el cargo de conde se volvió también hereditario por regla general. Si en el gran número de beneficiarios reales vimos los inicios de la posterior nobleza, aquí vemos el germen de la soberanía territorial de los futuros príncipes que surgió a partir de los condes de distrito.

Mientras el sistema social y político cambiaba así por completo, la antigua constitución del ejército, basada en el servicio militar de todos los hombres libres —un servicio que era tanto su derecho como su deber—, permaneció exteriormente inalterada, salvo que, donde existían las nuevas relaciones de dependencia, el señor se interponía entre sus vasallos y el conde. Sin embargo, año tras año los hombres libres comunes estaban menos capacitados para soportar la carga del servicio militar. Éste no consistía sólo en el servicio personal; el recluta debía también equiparse y vivir a sus propias expensas durante los primeros seis meses. Esto continuó hasta que las incesantes guerras de Carlomagno agotaron por completo los recursos. La carga se hizo tan insoportable que, para librarse de ella, los pequeños hombres libres comenzaron en masa a transferir no sólo su propiedad restante, sino también su propia persona y sus descendientes a los magnates, y especialmente a la Iglesia. Carlomagno había reducido a los libres y guerreros francos a tal estado que preferían convertirse en siervos o adscritos a la gleba para evitar ir a la guerra. Ésa fue la consecuencia de la insistencia de Carlomagno en mantener, e incluso llevar al extremo, un sistema militar basado en la propiedad universal e igualitaria de la tierra por todos los hombres libres, en un momento en que el grueso de los hombres libres había perdido toda o la mayor parte de su propiedad territorial.

Los hechos, sin embargo, fueron más fuertes que la obstinación y la ambición de Carlomagno. El viejo sistema militar ya no era sostenible. Equipar y aprovisionar al ejército a expensas del Estado era aún menos factible en aquella era de economía de subsistencia que funcionaba prácticamente sin dinero ni comercio. Carlomagno se vio, por tanto, obligado a restringir la obligación de servicio de manera que el equipo y la comida pudieran seguir siendo responsabilidad de los propios hombres. Esto se hizo en el Capitular de Aquisgrán de 807, en un momento en que

las guerras se habían reducido a meras escaramuzas fronterizas, y la existencia continuada del imperio parecía, en general, asegurada. En primer lugar, todos los beneficiarios del rey sin excepción debían presentarse; luego, los que poseían doce hides (mansi) de tierra debían comparecer revestidos de armadura, y por tanto presumiblemente también a caballo (la palabra caballarius —caballero— se usa en el mismo Capitular). Los propietarios de tres a cinco hides de tierra también estaban obligados a servir. Dos propietarios con dos hides de tierra cada uno, tres propietarios con un hide de tierra cada uno, o seis propietarios que poseyeran medio hide de tierra cada uno, debían enviar a un hombre equipado por los demás. En cuanto a los hombres libres que no tenían tierra alguna pero sí bienes personales por valor de cinco sueldos, uno de cada seis debía entrar en campaña y recibir un sueldo como ayuda pecuniaria de cada uno de los otros cinco. Además, la obligación de las diversas partes del país de tomar parte en los combates, una obligación que se aplicaba plenamente cuando la guerra se libraba en la vecindad, se reducía, en el caso de guerras más distantes, a entre la mitad y una sexta parte de la fuerza total de hombres, dependiendo de la distancia al teatro de guerra.*

Evidentemente, Carlomagno intentó adaptar el viejo sistema a la cambiada posición económica de los hombres sujetos al servicio militar, para salvar lo que aún pudiera salvar. Pero incluso estas concesiones fueron en vano, y pronto se vio obligado a otorgar más exenciones en el Capitulare de exercitu promovendo. Todo el contenido de este Capitular, que normalmente se considera anterior al de Aquisgrán, muestra que fue redactado indudablemente varios años después. Según éste, un hombre debe cumplir el servicio militar por cada cuatro hides de tierra, en lugar de tres como antes. Los propietarios de medio hide de tierra y aquellos sin tierra parecen estar exentos del servicio militar, y en lo que respecta a los beneficiarios, su obligación también se restringe a proporcionar un hombre por cada cuatro hides de tierra. Bajo los sucesores de Carlomagno, el número mínimo de hides de tierra obligados a proporcionar un hombre parece haberse elevado incluso a cinco.

Es extraño que la movilización de los propietarios de doce hides, que debían ir acorazados, parezca haber encontrado las mayores dificultades. En cualquier caso, la orden de que deben presentarse revestidos de armadura se repite innumerables veces en los Capitulares.

Así, los hombres libres comunes desaparecieron en medida creciente. De igual manera que la gradual separación de la tierra había llevado a

una parte de ellos a convertirse en vasallos de los nuevos grandes terratenientes, el temor a verse completamente arruinados por el servicio militar empujó a la otra parte a la servidumbre. Cuán rápidamente procedió este sometimiento a la servidumbre puede verse en el políptico (registro de tierras) del monasterio de Saint-Germain-des-Prés, que entonces se hallaba aún fuera de París. Fue compilado por el abad Irminon a principios del siglo IX, y entre los arrendatarios del monasterio enumera 2.080 familias de colonos, 35 de lites, 220 de esclavos (servi), pero sólo ocho familias libres.* En la Galia de aquellos días, sin embargo, la palabra colonus denotaba inequívocamente a un siervo. El matrimonio de una mujer libre con un colonus o esclavo la sometía al señor como mancillada (deturpatam) (Capitular de 817). Ludovico Pío ordenó que “colonus vel servus” (de un monasterio en Poitiers) “ad naturale servitium velit nolit redeat”. Recibían golpes (Capitulares de 853, 861, 864 y 873) y a veces eran liberados (véase Guérard, Irmino). Y estos campesinos reducidos a la servidumbre no eran en absoluto de estirpe romance, sino que, según el testimonio de Jacob Grimm (Geschichte der deutschen Sprache, I, pág. [537]), quien examinó sus nombres, “eran casi exclusivamente francos, superando con mucho al pequeño número de los de origen romance”.

Este enorme aumento de la población no libre cambió a su vez las relaciones de clase de la sociedad franca. Junto a los grandes terratenientes, que emergían rápidamente como un estamento social por derecho propio, y junto a sus vasallos libres, apareció ahora una clase de hombres no libres que gradualmente absorbió los restos de los hombres libres comunes. Pero estos hombres no libres habían sido ellos mismos libres o eran hijos de hombres libres; quienes habían vivido durante tres o más generaciones en servidumbre hereditaria formaban una pequeña minoría. Además, en su mayor parte no eran sajones, wendos u otros prisioneros de guerra traídos de fuera, sino nativos de origen franco o romance. Con tales personas, especialmente cuando comenzaron a constituir el grueso de la población, no era tan fácil lidiar como con los siervos hereditarios o extranjeros. No estaban aún acostumbradas a la servidumbre; los golpes que incluso el colonus recibía (Capitulares de 853, 861, 873) se consideraban todavía una humillación y no algo natural. De ahí las muchas conjuras y levantamientos de hombres no libres e incluso de vasallos campesinos. El propio Carlomagno

El período franco [81]

aplastó brutalmente un levantamiento de los arrendatarios del obispado de Reims. En un Capitular de 821, Ludovico Pío menciona a esclavos (servorum) conspirando en Flandes y Menapiscus (en el alto Lys). Los levantamientos de los hombres de cargo (homines) del obispado de Maguncia tuvieron que ser sofocados en 848 y 866.* Las órdenes para extirpar tales conjuras se reiteran en los capitulares desde 779 en adelante. El levantamiento de los Stellinga en Sajonia** debe igualmente incluirse aquí. El hecho de que desde finales del siglo VIII y principios del IX se fijara gradualmente un límite definido para las obligaciones de los hombres no libres, e incluso de los esclavos asentados, y que este límite, que no debía ser sobrepasado, fuera establecido por Carlomagno en sus Capitulares, fue obviamente una consecuencia de la actitud amenazante de las masas subyugadas.

El precio, por tanto, que Carlomagno tuvo que pagar por su nuevo Imperio Romano fue la aniquilación del estamento social de los hombres libres comunes, que habían constituido la totalidad del pueblo franco en la época de la conquista de la Galia, y la división del pueblo en grandes terratenientes, vasallos y siervos. Pero con los hombres libres comunes se derrumbó el viejo sistema militar, y con ambos se hundió la monarquía. Carlomagno había destruido el fundamento de su propio poder. Éste aún podía sostenerle a él, pero bajo sus sucesores se hizo evidente lo que la obra de sus manos había sido en realidad.

NOTA: EL DIALECTO FRANCÓNICO 47

Este dialecto ha recibido un tratamiento curioso por parte de los filólogos. Mientras que Grimm lo dejó desaparecer en el francés y el alto alemán, los más recientes le conceden una extensión que va desde Dunkerque y Ámsterdam hasta el Unstrut, el Saale y el Rezat, y en algunos casos incluso hasta el Danubio y, mediante la colonización, hasta el Riesengebirge. Mientras incluso un filólogo como Moritz Heyne construye una lengua «antiguo bajo franconio» a partir de un manuscrito del Heliand preparado en Werden,* una lengua que es casi puro antiguo sajón con un levísimo matiz franconio, Braune agrupa sin más comentario todos los dialectos auténticamente bajo franconios como sajón aquí y neerlandés allá. Y, por último,

Arnold limita el territorio conquistado por los ripuarios a la zona al norte de la divisoria de aguas del Ahr y el Mosela, dejando que todo lo situado al sur y suroeste fuera ocupado, primero por los Alamanni, más tarde exclusivamente por los Chatti (a los que también agrupa con los francos), haciéndoles hablar así alamánico-chático.

Reduzcamos primero el área lingüística franconia a sus verdaderos límites. Turingia, Hesse y la Franconia del Meno no tienen otro derecho a ser incluidas en ella que el hecho de que en el período carolingio formaban parte de lo que se llamaba Francia. La lengua hablada al este del Spessart, el Vogelsberg y el Kahler Asten es cualquier cosa menos franconia. Hesse y Turingia poseen sus propios dialectos independientes, pues las habitan pueblos independientes; en la Franconia del Meno, una población mezclada de eslavos, turingios y hessianos, impregnada de elementos bávaros y francos, desarrolló su propio dialecto peculiar. Sólo si se emplea como criterio principal la medida en que la mutación consonántica del alto alemán penetró en estos dialectos, se pueden adscribir estas tres ramas lingüísticas al franconio. Pero, como veremos, es precisamente este procedimiento el que crea toda la confusión cuando la lengua franconia es evaluada por no francos.

Comencemos por los registros más antiguos y contemplemos primero el llamado antiguo bajo franconio de Moritz Heyne* bajo la luz correcta. El llamado Manuscrito Cotton del Heliand, preparado en Werden y hoy conservado en Oxford, se supone que es antiguo bajo franconio porque fue redactado en el monasterio de Werden, todavía en suelo franco aunque cerca de la frontera con Sajonia. Aquí la vieja frontera tribal es, hasta hoy, el límite entre Berg y Mark; de las abadías situadas en medio, Werden pertenece a Franconia, Essen a Sajonia. Werden linda en las inmediaciones, al este y al norte, con comunidades indiscutiblemente sajonas; en la llanura entre el Ruhr y el Lippe, la lengua sajona avanza en algunos lugares casi hasta el Rin. El hecho de que una obra sajona sea copiada en Werden, evidentemente por un franco, y que aquí y allá a este franco se le hayan escapado de la pluma formas léxicas francas, está lejos de ser razón suficiente para declarar franconia la lengua de la copia. Además del Heliand Cotton, Heyne considera como bajo franconio una serie de

* Kleine altsächsische und altniederfränkische Grammatik, de Moritz Heyne,
Paderborn, 1873.

fragmentos de Werden que muestran el mismo carácter, y los restos de una traducción de los salmos,* que según él proceden de la zona de Aquisgrán, mientras que Kern (Glossen in der Lex Salica) afirma llanamente que es neerlandés. De hecho, contiene por un lado formas puramente neerlandesas, pero también genuinas formas del franconio renano e incluso huellas de la mutación consonántica del alto alemán. Evidentemente, surgió en la frontera entre el neerlandés y el franconio renano, digamos entre Aquisgrán y Maastricht. Su lengua es mucho más tardía que la de los dos manuscritos del Heliand.

Sin embargo, el Heliand Cotton basta por sí solo para establecer fuera de toda duda, a partir de las pocas formas francas que aparecen en él, algunas de las principales diferencias entre el franconio y el sajón.

I. En todos los dialectos ingaevónicos, las tres personas del plural del presente de indicativo tienen todas la misma terminación, a saber, una dental precedida de vocal: antiguo sajón -d, anglosajón -dh, antiguo frisón -th (que probablemente también representa -dh). Así, el antiguo sajón hebbiad significa «tenemos, tenéis, tienen»; de manera semejante, las tres personas de fallan, gewinnan son iguales: fallad, winnad. Es la tercera persona la que se ha impuesto a las tres, pero, nótese bien, con la pérdida específicamente ingaevónica de n ante -d o -dh, pérdida que afecta a los tres dialectos mencionados. De todos los dialectos vivos, sólo el westfaliano ha conservado esta peculiaridad; a día de hoy el westfaliano tiene wi, ji, se hebbed, etc. Los demás dialectos sajones ya no conservan este rasgo, como tampoco el frisón occidental; diferencian las tres personas.

Los salmos renanos occidentales tienen, como el alto alemán medio, -n en la primera persona del plural, -t en la segunda, -nt en la tercera. Sin embargo, a veces el Heliand Cotton presenta, junto a las formas sajonas, formas muy distintas: tholônd — ellos padecen, gornênd — vosotros os quejáis, y como imperativo, mârient — anunciad, seggient — decid, donde el sajón exige tholôd, gornêd, mâriad, seggiad. Estas formas no son meramente francas, sino que son de hecho genuino dialecto local de Werden, el dialecto de Berg, hasta hoy. En el bergués encontramos también que las tres personas del presente de plural son iguales, pero no terminan como en sajón en -d, sino como en franconio en -nt. Frente al markués wi hebbed, justo en la frontera se dice wi hant, y como en el imperativo arriba citado seggient, se dice seient ens —[en alemán] sagt einmal (dime). Sobre la base de esta simple observación, la de que aquí en el bergués se han nivelado las tres personas, Braune y otros* han declarado sencillamente que toda la región montañosa del Berg es sajona. Ciertamente, la regla avanzó hacia la zona desde Sajonia; desgraciadamente, sin embargo, se aplica a la manera franconia, probando así lo contrario de lo que se pretende probar.

La pérdida de n ante dentales en los dialectos ingaevónicos no se limita a este caso; es menos común en antiguo frisón, pero bastante extendida en antiguo sajón y anglosajón: mûdh — Mund [boca], kûdh — kund [conocido], ûs — wuns [a nosotros], ôdhar — ein anderer [otro]. El copista franco del Heliand en Werden tiene dos veces la forma franconia andar por ôdhar. Los registros fiscales de Werden* alternan entre la forma franconia de los nombres Reinswind, Meginswind y la sajona Reinswid y Meginswid. Los salmos de la orilla izquierda del Rin, en cambio, tienen regularmente munt, kunt, uns; sólo una vez las llamadas Glosas de Lipsius (extractadas del manuscrito perdido de estos salmos) presentan farkutha abominabiles en lugar de farkuntha. De modo similar, los documentos sálicos antiguos han conservado sistemáticamente la n en los nombres Gund, Segenand, Chlodosindis, Ansbertus, etcétera, lo cual no viene al caso. Los dialectos franconios modernos tienen regularmente la n (única excepción en el bergués es la forma os — wuns [a nosotros]).

II. Los testimonios lingüísticos a partir de los cuales se construye habitualmente la llamada gramática del antiguo sajón pertenecen todos al suroeste de Westfalia: Münster, Freckenhorst, Essen. La lengua de estos documentos muestra unas cuantas desviaciones esenciales no sólo respecto de las formas ingaevónicas generales, sino también de aquellas formas que nos han sido conservadas en nombres propios de Engern y Ostfalia como genuino antiguo sajón; sin embargo, presentan una curiosa coincidencia con el franconio y el antiguo alto alemán. El último gramático del dialecto, Cosijn, lo denomina por ello incluso antiguo sajón occidental.*

Dado que en esta investigación hemos de apoyarnos casi por entero en nombres propios de documentos latinos, las diferencias formales demostrables entre el sajón occidental y el oriental sólo pueden ser pocas en número; se limitan a dos casos, pero éstos son muy importantes.

1. El anglosajón y el antiguo frisón tienen -a en el genitivo plural de todas las declinaciones. El antiguo sajón occidental, el antiguo franconio y el antiguo alto alemán, en cambio, tienen -ô. ¿Cuál es entonces la forma correcta del antiguo sajón? ¿Debe este dialecto apartarse en este punto de la regla ingaevónica?

Los documentos de Engern y Ostfalia proporcionan la respuesta. En Stedieraburg, Horsadal, Winethahûsen, Edingahûsun, Magathaburg y muchos otros nombres, el primer miembro del compuesto está en genitivo plural y tiene -a. Incluso en Westfalia, la -a no ha desaparecido del todo: el Registro de Freckenhorst presenta una vez Aningera lô y Wernera-Holthison, y la -a de Osnabrück es asimismo un antiguo genitivo plural.

2. De manera similar, el masculino débil en franconio, como en antiguo alto alemán, termina en -o, frente al gótico-ingaevónico -a. En antiguo sajón occidental se constata igualmente -o como regla; otra desviación, pues, del uso ingaevónico. Pero esto en modo alguno vale para el antiguo sajón en su conjunto. Ni siquiera en Westfalia se aplicaba -o sin excepción; junto a -o, el Registro de Freckenhorst presenta ya toda una serie de nombres en -a (Siboda, Uffa, Asica, Hassa, Wenda, etc.); las actas de Paderborn en Wigand* muestran casi siempre -a, sólo excepcionalmente -o; en los documentos de Ostfalia domina -a casi de forma exclusiva; de modo que Jakob Grimm (Geschichte der deutschen Sprache) llega ya a la conclusión de que no puede caber duda de que -a y -an (en los casos oblicuos) era la forma sajona primitiva común a todos los sectores de la nación. El avance de -o en lugar de -a tampoco se restringió a Westfalia. A comienzos del siglo xv, los nombres masculinos de las crónicas frisias orientales, etc., tienen casi regularmente -o: Fokko, Occo, Enno, Smelo, etc., frente a la -a anterior, que aún se conserva en casos esporádicos en el frisón occidental.

Cabe, por tanto, dar por sentado que ambas desviaciones del sajón occidental respecto de la regla ingaevónica no son originariamente sajonas, sino causadas por influencia externa. Esta influencia se explica fácilmente por el hecho de que la Sajonia occidental era antiguamente territorio franco. Sólo después de la partida del grueso de los francos avanzaron los sajones a través del Osning y el Egge, gradualmente hasta la línea que aún hoy separa Mark y Sauerland de Berg y Siegerland. La influencia de los francos que quedaron atrás y que hoy se han fusionado con los sajones se manifiesta en esos dos casos de -o

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en lugar de -a; todavía es inconfundible en los dialectos actuales.

III. Una peculiaridad de la lengua franconia renana que se extiende desde el Ruhr hasta el Mosela es la terminación de la 1.ª [persona] del presente de indicativo en -n, que se conserva mejor en los casos en que va seguida de vocal: dat don ek — das tue ich [yo hago eso], ek han — ich habe [yo he] (bergués). Esta forma verbal se aplica a todo el bajo Rin y el Mosela, al menos hasta la frontera lorenesa: don, han. La misma peculiaridad se encuentra ya en los salmos renanos de la orilla izquierda: biddon — ich bitte [yo pido], wirthon — ich werde [yo llego a ser], aunque no de manera consecuente. Esta -n falta en el dialecto sálico; allí, incluso el testimonio más antiguo presenta ec forsacho, gelobo. Falta también en neerlandés. El antiguo sajón occidental se distingue aquí del franconio en la medida en que conoce esta -n en una sola conjugación (la llamada segunda débil): skawôn — ich schaue [yo miro], thionôn — ich diene [yo sirvo], etc. Es totalmente ajena al anglosajón y al antiguo frisón. Podemos por tanto suponer que esta -n es también un residuo franconio en el antiguo sajón occidental.

Aparte de los numerosos nombres propios conservados en documentos, etc., y de las glosas de la Lex Salica, a menudo desfiguradas hasta resultar irreconocibles, apenas poseemos resto alguno del dialecto sálico. No obstante, Kern (Die Glossen in der Lex Salica) ha eliminado un número considerable de esas desfiguraciones y ha fijado el texto, en muchos casos con certeza y en otros con gran probabilidad, demostrando que está escrito en una lengua que es la precursora inmediata del neerlandés medio y moderno. Pero el material reconstruido de este modo no es, naturalmente, directamente aplicable a la gramática. Aparte de esto, lo único que poseemos es el breve conjuro de abjuración añadido al Capitular de Carlomán del 743 y redactado probablemente en el sínodo de Lestines, es decir, en Bélgica. Y aquí tropezamos desde el principio con dos palabras características del franconio: ec forsacho — ich entsage [renuncio]. Ec por ich [yo] está muy extendido todavía hoy entre los francos. En Tréveris y Luxemburgo eich, en Colonia y Aquisgrán éch, en el bergués ek. Aunque el neerlandés escrito tiene ik, en la lengua vernácula se oye con frecuencia ek, sobre todo en Flandes. Los nombres sálicos antiguos Segenandus, Segemundus, Segefredus muestran unánimemente e por i.

En forsacho, ch representa g entre vocales: esto aparece en otros lugares de los documentos (rachineburgius) y constituye aún hoy un signo

de todos los dialectos franconios, desde el Palatinado hasta el mar del Norte. Volveremos sobre estas dos características principales del franconio —e a menudo por i, y ch entre vocales por g— en los distintos dialectos.

Como resultado de la investigación precedente, que puede compararse con las afirmaciones de Grimm sobre el franconio antiguo en la Geschichte der deutschen Sprache, al final del primer tomo [pág. 547], podemos sentar esta tesis, que por lo demás apenas se discute ya: que en los siglos VI y VII el franconio era ya un dialecto propio, que formaba la transición entre el alto alemán, en particular el alamánico, y el ingaevónico, en particular el sajón y el frisón, y que entonces se hallaba todavía enteramente en la fase de mutación consonántica gótico-bajoalemana. Pero, una vez concedido esto, se ha reconocido también que los francos no eran una mezcolanza de pueblos diferentes unidos por circunstancias externas, sino un pueblo germánico principal por derecho propio: los iscaevones, que probablemente absorbieron elementos extraños en distintos momentos, pero que tuvieron también la fuerza para asimilarlos. Asimismo, podemos considerar probado que cada una de las ramas principales del pueblo franconio hablaba ya en una fase temprana un dialecto peculiar, que la lengua se dividió en sálico y ripuario y que muchas peculiaridades distintivas de los antiguos dialectos perviven aún hoy en las hablas vernáculas.

Pasemos ahora a estos dialectos todavía vivos.

1. No cabe ya duda alguna de que el sálico pervive en los dos

dialectos neerlandeses, el flamenco y el neerlandés, y en estado más puro en las zonas que han sido francas desde el siglo VI. Pues después de que las grandes mareas de tempestad de los siglos XII, XIII y XIV arrasaran casi toda Zelanda y formaran el Zuiderzee, el Dollart y el Jade, rompiendo así la cohesión geográfica y también política de los frisones, los restos de la antigua libertad frisona sucumbieron a la presión de la nobleza territorial circundante, y con ellos, en casi todas partes, también la lengua frisona. Hacia el oeste fue arrinconada o suprimida del todo por el neerlandés, hacia el este y el norte por el sajón y el danés, dejando en todos los casos fuertes huellas en la lengua invasora. En los siglos XVI y XVII, la antigua zona frisona de Zelanda y Holanda se convirtió en el centro y principal sostén de la lucha por la independencia en los Países Bajos, del mismo modo que ya antes había sido la sede de las principales ciudades comerciales del país. Así pues, fue principalmente aquí donde surgió la moderna

lengua escrita de los Países Bajos, absorbiendo elementos, palabras y formas léxicas frisonas, que pueden distinguirse claramente del fundamento franconio. Por otra parte, la lengua sajona avanzó desde el este sobre territorio anteriormente frisón y franco. Ha de dejarse a investigaciones detalladas el trazar los límites exactos; son puramente sálicas únicamente las partes de habla flamenca de Bélgica, el Brabante Septentrional, Utrecht, junto con Güeldres y Overijssel, a excepción de las zonas orientales, sajonas.

Entre la frontera lingüística francesa en el Mosa y la frontera sajona al norte del Rin, los sálicos y los ripuarios chocaron. Discutiremos más adelante la cuestión de la línea de demarcación, que también aquí ha de ser establecida aún mediante estudio detallado. Pero antes consideremos las peculiaridades gramaticales del neerlandés.

Por lo que respecta a las vocales, vemos en seguida que i es reemplazada por e a la auténtica manera franconia: brengen — bringen [traer], kreb — Krippe [pesebre], hemel — Himmel [cielo], geweten — Gewissen [conciencia], ben — bin [soy], stem — Stimme [voz]. Esto ocurre con mayor frecuencia aún en el neerlandés medio: gewes — gewiss [cierto], es — ist [es], selver — Silber [plata], blent — blind [ciego], mientras que el neerlandés moderno tiene gewis, is, zilver, blind. Del mismo modo, en las cercanías de Gante encuentro dos localidades, Destelbergen y Desteldonck, en relación con las cuales Distel [cardo] se dice hoy día Destel. El neerlandés medio, surgido en suelo puramente franconio, coincide aquí exactamente con el ripuario, mientras que la lengua escrita neerlandesa moderna, que ha estado expuesta a la influencia frisona, lo hace en menor medida.

Además, de nuevo en coincidencia con el ripuario, o reemplaza a u ante m o n seguidas de consonante, aunque no tan consecuentemente como en el neerlandés medio y el ripuario. Junto a konst, gonst, kond, el neerlandés moderno tiene kunst, gunst, kund [arte, favor, conocido]; sin embargo, ambos coinciden en mond — Mund [boca], hond — Hund [perro], jong — jung [joven], ons — uns [nosotros].

En contraste con el ripuario, la i larga (ij) se ha convertido en ei en lo que a la pronunciación se refiere, cosa que aún no parece haber sido el caso en el neerlandés medio. Sin embargo, esta ei no se pronuncia como el ei = ai del alto alemán, sino realmente como e + i, aunque no tan fina como, por ejemplo, el e-i de los daneses y los eslavos. Apenas diverge de este sonido el diptongo escrito no como ij, sino como ei. En correspondencia con el au del alto alemán encontramos ou, ouw.

La metafonía ha desaparecido de la flexión. En la declinación, el singular y el plural tienen la misma vocal radical, y lo mismo ocurre con el indicativo y el subjuntivo en la conjugación. En cambio,

la metafonía sí aparece en la formación de palabras bajo dos formas: 1. en la mutación de a a e por i común a todos los dialectos posgóticos; 2. en una forma peculiar del neerlandés que no se desarrolló hasta más tarde. El neerlandés medio y el ripuario conservan aún ambos hus — Haus [casa], brun — braun [marrón], rum — geräumig [espacioso], tun — Zaun [cerca], plural huse, brune. El neerlandés moderno solo presenta las formas huis, bruin, ruim, tuin (ui = alto alemán eu), ajenas al neerlandés medio y al ripuario. Por otra parte, eu está desplazando ya a o breve (alto alemán u) en el neerlandés medio: jeughet, junto a joghet, neerlandés moderno jeugd — Jugend [juventud]; doghet — Tugend [virtud], dor — Tür [puerta], kor — Wahl [elección], junto a las formas con eu; el neerlandés moderno solo admite las formas deugd, keur, deur. Esto concuerda perfectamente con la eu que se desarrolló a partir del siglo XII en el francés septentrional en lugar de la o tónica latina. Kern llama la atención sobre un tercer caso*: la forma mutada ei a partir de é (ee) en neerlandés moderno. Estas tres formas de metafonía son desconocidas en ripuario, así como en los demás dialectos, y constituyen una característica especial del neerlandés.

Ald, alt, old, olt, uld, ult se transforman en oud, out. Esta transición aparece ya en el neerlandés medio, en el que, sin embargo, aún se encuentran guldin, hulde, sculde junto a goudin, houde, scoude (sollte) [debía], de modo que es posible fijar aproximadamente la época en que se introdujo. También es propia del neerlandés, al menos en oposición a todos los demás dialectos germánicos continentales; pero existe en el dialecto inglés de Lancashire: gowd, howd, owd por gold, hold, old.

En lo que concierne a las consonantes, el neerlandés carece de g pura (la g gutural italiana, francesa o inglesa). Esta consonante se pronuncia como una gh fuertemente aspirada, que en determinadas combinaciones fónicas no se distingue de la ch profundamente gutural (suiza, griega moderna o rusa). Hemos visto que esta transición de g a ch era ya conocida en el sálico antiguo. Se la encuentra también en una parte del ripuario y en los dialectos sajones que se desarrollaron en suelo anteriormente franco; por ejemplo, en Münsterland, donde, como en el bergués, incluso la j inicial, sobre todo en palabras extranjeras, suena en ocasiones como ch, y es posible oír Choseph e incluso Chahr (Jahr) [año]. Si M. Heyne hubiera tenido esto en cuenta, se habría ahorrado su dificultad con la frecuente confusión y aliteración mutua de j, g y ch en el Heliand.

En algunos casos el neerlandés conserva la wr inicial: wringen — ringen [retorcer], wreed — cruel, áspero, wreken — rächen [vengar]. De ello queda asimismo un resto en ripuario.

La palatalización del diminutivo -ken en -tje, -je procede del frisón: mannetje — Männchen [hombrecito], bietje — Bienchen [abejita], halsje — Hälschen [gargantilla], etc. Pero también se conserva k: vrouken — Frauchen [mujercita], hoedeken — Hütchen [sombrerito]. El flamenco conserva mejor la k, al menos en la lengua vernácula; el famoso hombrecito de Bruselas se llama Manneken-Pis. De ahí que los franceses hayan tomado su mannequin, y los ingleses su manikin, del flamenco. El plural de ambas terminaciones es -s: vroukens, mannetjes. Volveremos a encontrar esta -s en el ripuario.

Al igual que los dialectos sajones e incluso escandinavos, el neerlandés muestra la pérdida de la d entre vocales, sobre todo entre dos e: leder y leer, weder y weer, neder y neer, vader y vaer, moeder y moer — Mutter [madre].

La declinación neerlandesa presenta una mezcla completa de formas fuertes y débiles, de modo que, al faltar también la metafonía del plural, las formas de plural neerlandesas solo en los casos más raros coinciden siquiera con las ripuarias o sajonas, y también esto constituye una característica muy palpable de la lengua.

Es común al sálico y al ripuario y a todos los dialectos ingaevónicos la pérdida del indicador de nominativo en er, der, wer [él, el, quién]: neerlandés hy, de (artículo) y die (pronombre demostrativo), we.

Entrar en la conjugación nos llevaría demasiado lejos. Lo dicho aquí bastará para distinguir en todas partes la lengua sálica actual de los dialectos vecinos. Un examen más detenido de los dialectos neerlandeses forzosamente sacará a la luz muchas cosas de importancia.

II. Franconio renano. Con este término designo todos los dialectos franconios restantes. No opongo el sálico al ripuario al antiguo modo, y hay una razón muy fundada para ello.

Ya Arnold* ha llamado la atención sobre el hecho de que los ripuarios en sentido propio ocupaban un área relativamente limitada, cuyo límite meridional está marcado más o menos por los dos lugares de Reifferscheid, cerca de Adenau y cerca de Schleiden. Esto es correcto en la medida en que de este modo el territorio puramente ripuario queda delimitado lingüísticamente frente a los territorios ocupados por genuinos ripuarios después, o al mismo tiempo, que otras tribus germánicas. Puesto que el nombre de franconio bajo ha adquirido ya otro significado que incluye también el sálico, solo me queda el

término ripuario —en sentido estricto— para designar el grupo de dialectos estrechamente emparentados que se extienden desde la frontera lingüística sálica hasta esta línea.

1. Ripuario. La línea divisoria entre este grupo de dialectos

y el sálico de ningún modo coincide con la frontera holandesa-alemana. Por el contrario, la mayor parte del distrito de Rees, donde en la zona de Wesel se encuentran el sálico, el ripuario y el sajón, pertenece todavía al sálico en la orilla derecha del Rin. En la orilla izquierda las comarcas de Kleve y Geldern son sálicas, aproximadamente hasta una línea trazada desde el Rin entre Xanten y Wesel, al sur del pueblo de Vluyn (al oeste de Mors) y de allí hacia el sudoeste en dirección a Venlo. Una definición más precisa de la frontera sólo es posible in situ, pues numerosos nombres ripuarios se han conservado en los mapas en forma sálico-holandesa como resultado de muchos años de administración holandesa no sólo en Geldern, sino también en el condado de Mors.

Desde la zona de Venlo hacia arriba, la mayor parte de la orilla derecha del Mosa parece ser ripuaria, de modo que aquí la frontera política no cruza en ningún punto territorio sálico, sino sólo ripuario, y éste se extiende casi hasta Maastricht. Nombres en -heim (no -hem) y la terminación específicamente ripuaria -ich se encuentran aquí en gran número en territorio holandés; más al sur aparecen ya nombres en -broich (holandés -broek), p. ej., Dallenbroich cerca de Roermond; igualmente en -rade (Bingelrade cerca de Sittard, más Amstenrade, Hobbelrade y otros 6 o 7); el pequeño trozo de territorio alemán que ha correspondido a Bélgica a la derecha del Mosa es enteramente ripuario (cf. Kriitzenberg, a 9 kilómetros del Mosa, con Kruisberg, al norte de Venlo). Es más, en la orilla izquierda del Mosa, en el llamado Limburgo belga, encuentro Kessenich cerca de Maaseyk, Stockhetm y Reekheim sobre el Mosa, Gellik cerca de Maastricht, como prueba de que aquí no vive una población puramente sálica.

La frontera del ripuario con el sajón arranca de la zona de Wesel, discurriendo hacia el sudeste, a distancia creciente del Rin, entre Mülheim del Ruhr y Werden por el lado franconio y Essen por el lado sajón, hasta la frontera entre Berg y Mark, todavía hoy límite entre la provincia del Rin y Westfalia. No abandona esta frontera hasta el sur de Olpe, donde se dirige hacia el este, separando el Siegerland, franconio, del Sauerland sajón. Más al este, el dialecto hesiano toma pronto el relevo.

La frontera meridional, antes mencionada, con el dialecto que denomino franconio medio coincide a grandes rasgos con los límites meridionales de los antiguos distritos de Avalgau, Bonngau y Eiflia, y desde allí corre hacia el oeste, en dirección a Valonia, manteniéndose más bien al sur. Esta zona así circunscrita comprende el gran distrito antiguo de Ripuaria, así como partes de los distritos colindantes por el norte y el oeste.

Como ya se ha dicho, el ripuario coincide en muchos aspectos con el holandés, pero de tal modo que el holandés medio está más próximo a él que el holandés moderno. El ripuario coincide con el holandés moderno en su pronunciación de ei=e+i y de ou en lugar de au, y en el paso de i a e, que va mucho más lejos en ripuario y en holandés medio que en holandés moderno: las formas del holandés medio gewes, es, blend, selver (silver) son todavía hoy buen ripuario. Análogamente, y de manera consecuente, u se convierte en o ante m o n seguidas de consonante: jong, lomp, domm, konst. Si esta consonante siguiente es una d o una t, ésta se convierte en g o k en algunos dialectos; p. ej., honk — Hund [perro], plural héng, donde el debilitamiento a g es un efecto posterior de la pérdida de la vocal final, e.

Sin embargo, la situación en cuanto al umlaut en ripuario es muy diferente de la del holandés; coincide en general con el alto alemán y, en algunas excepciones, con el sajón (p. ej., hanen por Hahne [gallos]).

La wr inicial se ha endurecido a fr, conservada en fringen — escurrir agua de un paño, etc., y fréd (holandés wreed) con el significado de recio, curtido por la intemperie.

Para er, der, wer tiene hé, dé, wé.

La declinación está a medio camino entre el alto alemán y el sajón. Las formas de plural en -s son frecuentes, pero casi nunca coinciden con las del holandés; esta -s se convierte en -r en el alto alemán local, en correcta memoria del desarrollo lingüístico.

El diminutivo -ken, -chen se convierte en -schen tras n: mannschen; el plural tiene -s como en holandés (männsches). Ambas formas se extienden hasta la Lorena.

La r se pierde ante s, st, d, t, z, quedando la vocal precedente breve en algunos dialectos y alargándose en otros. Así, hart [duro] se convierte en hatt (bergués), haad (Colonia). En este proceso, st se convierte en scht por influencia del alemán superior: Durst [sed] — doascht (bergués), ddscht (Colonia).

Análogamente, sl, sw, st, sp iniciales se han convertido en schl, etc., por influencia del alto alemán.

Al igual que en holandés, la g pura es desconocida en ripuario. Algunos dialectos de la frontera sálica, así como el bergués, tienen una gh aspirada para la g inicial y media, aunque más suave que en holandés. Los demás tienen j. La g final se pronuncia en todas partes como ch, aunque no como el sonido duro holandés, sino como la suave ch del franconio renano, que suena como una j endurecida. El carácter esencialmente bajoalemán del ripuario queda atestiguado por términos como boven por oben [arriba].

La mayoría de las consonantes sordas se encuentran en todas partes en la primera fase de la mutación consonántica. Sólo t y k media y final, y ocasionalmente p, muestran la mutación consonántica altoalemana en los dialectos meridionales: tienen lésze por loten — lassen [dejar], holz por holt [madera], rich por rik — reich [rico], éch por ek — ich [yo], pief por pipe — Pfeife [pipa]. Pero et, dat, wat y algunas otras se conservan.

Es esta intrusión, ni siquiera realizada de manera consecuente, de la mutación consonántica altoalemana en tres casos, sobre la que se basa la habitual demarcación entre franconio medio y bajo. Pero de este modo, un grupo de dialectos que se pertenecen entre sí por determinados rasgos del sistema fonético, como se ha demostrado, y que todavía son reconocidos en la conciencia popular como afines, quedan desgarrados arbitrariamente y sobre la base de una característica que aquí es completamente fortuita.

Completamente fortuita, digo. Cada uno de los demás dialectos del alemán central —hesiano, turingio, alto sajón, etc.— se encuentra, en términos generales, en una fase específica de la mutación consonántica altoalemana. Pueden mostrar un corrimiento algo menor en la frontera con el bajo sajón y algo mayor en la frontera con el alemán superior, pero esto basta a lo sumo para justificar diferencias locales. El franconio, en cambio, no muestra corrimiento alguno en la costa del Mar del Norte, en el Mosa y en el Bajo Rin, mientras que en la frontera alamánica presenta un corrimiento casi enteramente alamánico; entre ambos extremos hay al menos tres fases intermedias. La mutación penetró, pues, en el franconio renano cuando éste ya se había desarrollado independientemente, desgarrándolo en varios fragmentos. El último rastro de esta mutación no tiene por qué desaparecer necesariamente en la frontera de un grupo dialectal ya existente; puede extinguirse en medio de tal grupo, como de hecho sucede. Por otra parte, la influencia realmente formadora de dialectos de la mutación, como veremos, cesa efectivamente en la frontera de dos grupos dialectales que ya eran distintos de antemano. ¿Y no nos vinieron del alto alemán el schl, schw, etc., y el scht final de manera análoga y en fecha aún más tardía? Éstos, sin embargo —al menos los primeros—, penetran incluso profundamente en Westfalia.

Los dialectos ripuarios formaban un grupo fijo mucho antes de que algunos de ellos aprendiesen a desplazar la t y la k y la p medias y finales. Hasta dónde pudo avanzar este cambio dentro del grupo fue y sigue siendo para el grupo una cuestión de azar. El dialecto de Neuss es idéntico al de Krefeld y Mönchen-Gladbach —salvo pequeñas diferencias que un extraño no puede percibir en absoluto—. No obstante, se supone que uno es franconio medio y el otro franconio bajo. El dialecto de la comarca industrial de Berg se funde con el de la llanura del Rin sudoccidental en gradaciones imperceptibles. Y sin embargo, se supone que pertenecen a dos grupos completamente distintos. Para quien está familiarizado con la región, es evidente que la erudición libresca está forzando aquí a los dialectos vivos, que apenas conoce o no conoce en absoluto, al lecho de Procusto de unas características construidas a priori.

A consecuencia de esta distinción puramente superficial, los dialectos ripuarios meridionales se amontonan, junto con otros dialectos, en un llamado franconio medio, del que divergen, como veremos, mucho más que del llamado franconio bajo. Debido a la misma distinción superficial, se retiene una estrecha franja porque uno no sabe qué hacer con ella y finalmente se ve obligado a declarar una parte sajona y otra holandesa, lo cual está en flagrante contradicción con el estado de cosas en estos dialectos.

Tomemos, por ejemplo, el dialecto bergués, que Braune sin más califica de 'sajón'. Forma, como hemos visto, las tres personas del plural del presente de indicativo de la misma manera, pero, como en franconio, con la antigua terminación -nt. Regularmente tiene o en lugar de u ante m y n seguidas de consonante, lo que según el mismo Braune es decididamente no sajón y específicamente bajo franconio. Coincide con los demás dialectos ripuarios en todas las características más arriba señaladas. Mientras que se funde imperceptiblemente con el dialecto de la llanura del Rin de pueblo en pueblo, de granja en granja, está separado de manera tajantísima del dialecto sajón en la frontera westfaliana. Quizá en ninguna otra parte de toda Alemania exista un límite lingüístico tan abruptamente trazado como aquí. ¡Y qué distancia entre las lenguas! Todo el sistema vocálico parece estar patas arriba; el agudo ei bajo franconio contrasta abruptamente con el ai más abierto, del mismo modo que ou contrasta con au; ni uno solo de los numerosos diptongos y deslizamientos vocálicos concuerda; aquí sch como en el resto de Alemania, allí s-ch como en Holanda; aquí wi hant, allí wi hebbed; aquí las formas duales get y enk utilizadas como plural (alemán ihr y euch), allí sólo i, ü, y wt, jii; aquí al gorrión se le llama con el ripuario común Moédsche, allí con el westfaliano común Liining. Por no mencionar otras peculiaridades específicas del dialecto bergués, que también desaparecen de repente aquí, en la frontera.

La individualidad de un dialecto se manifiesta con la mayor claridad al forastero cuando la persona en cuestión no habla el dialecto, sino el alto alemán, que es más comprensible para el extraño y que, en el caso de la mayoría de los alemanes, está, desde luego, fuertemente teñido por su respectivo dialecto. Pero entonces, el habitante presuntamente sajón del distrito industrial de Berg resulta para el no nativo del todo indistinguible del habitante de la llanura del Rin, al que se supone franconio medio, salvo por la gh aspirada algo más ásperamente, donde el otro dice j. Un hombre de Heckinghausen, en Berg (de Oberbarmen, a la izquierda del Wupper), y un hombre de Langerfeld, en Mark, que vive apenas a un kilómetro más al este, están sin embargo más alejados en el alto alemán local de la vida cotidiana que el hombre de Heckinghausen y uno de Coblenza, por no hablar de cualquiera de Aquisgrán o Bonn.

El avance del desplazamiento de la t y de la k final causa una impresión tan débil al franco renano mismo, como frontera lingüística, que incluso en una comarca que conoce bien tendrá primero que reflexionar dónde corre el límite entre t y z, k y ch, y que, al atravesar dicha frontera, encuentra que una le sale casi con la misma naturalidad que la otra. Esto se ve facilitado aún más por las muchas palabras altogermanas con sz, z, ch y f desplazadas que han penetrado en los dialectos. Un ejemplo llamativo lo ofrece el antiguo código penal bergués del siglo XIV (Lacomblet, Archiv, I, pág. 79 y ss.*). Allí encontramos zo, utss (aus), zween, bezahlen; junto a ellos en la misma frase: setien, dat nutteste (nützeste); igualmente Dache, redelich al lado de reicket (reicht); Upladen, upheven, hulper (Helfer) al lado de verkouffen. En otro párrafo, pág. 85, aparecen alternativamente zo y tho—zu. En suma, los dialectos de la montaña y de la llanura se mezclan sin cesar sin que esto perturbe en lo más mínimo al escribano. Como de costumbre, esta última ola con que la mutación consonántica altogermana barrió el territorio franco también fue la más débil y superficial. Ciertamente reviste interés trazar la línea que muestre hasta dónde alcanza dicha ola. Pero semejante línea no puede ser una frontera dialectal; no es capaz de desgarrar un grupo autónomo de dialectos emparentados desde antiguo y muy estrechamente, ni de proporcionar el pretexto para adjudicar los fragmentos tan violentamente divididos a grupos más lejanos, en contradicción con todos los hechos lingüísticos.

2. Franconio medio. De lo anterior resulta suficientemente claro que sitúo la frontera septentrional del franconio medio mucho más al sur de lo que se acostumbra.

Del hecho de que la región franconia media de la orilla izquierda del Rin parece haber estado en posesión de los alamanes en tiempos de Clodoveo, Arnold encuentra motivo para investigar allí los nombres de lugar en busca de huellas de asentamiento alamánico, y llega a la conclusión de que es posible probar la existencia de una población pre-franca, alamánica, hasta la línea Colonia-Aquisgrán; las huellas, más numerosas al sur, naturalmente se van haciendo más raras hacia el norte. Los nombres de lugar, según dice, apuntan a

«un avance temporal de los alamanes hasta la comarca de Coblenza y Aquisgrán, e incluso más allá, así como a una ocupación más prolongada de la Wetterau y las comarcas meridionales de Nassau. Pues los nombres con las genuinas terminaciones alamánicas -ach, -brunn, -felden, -hofen, -ingen, -schwand, -stetten, -wangen y -weiler, que no se presentan en ningún lugar dentro del territorio puramente franco, se encuentran diseminados desde Alsacia por todo el Palatinado, la Hesse renana y la Prusia renana, solo que hacia el norte se vuelven más raros, cediendo el paso cada vez más a los nombres franconios por excelencia en -bach, -berg, -dorf, -born, -feld, -hausen, -heim y -scheid» (Deutsche Urzeit, pág. [140]).

Examinemos primero los pretendidos nombres alamánicos de la comarca franconia media. No he encontrado las terminaciones -brunn, -stetten, -felden, -wangen en ninguna parte del mapa de Reymann (que utilizo aquí, dicho sea de una vez por todas). La terminación -schwand aparece una vez: Metzelschwander Hof cerca de Winnweiler, y luego otra Schwanden al norte de Landstuhl. Por lo tanto, ambas en el Palatinado franconio superior, del cual no nos ocupamos aquí. En -ach tenemos a lo largo del Rin Kreuznach, Bacharach, Hirzenach cerca de St. Goar, Riibenach cerca de Coblenza (el Ribiniacus del mapa de distritos de Spruner-Menke), Andernach (Antunnacum de los romanos), así como Wassenach. Ahora bien, dado que la terminación celta romanizada -acum se halla en general a todo lo largo de la orilla izquierda del Rin en época romana —Tolbiacum (Zülpich), Juliacum (Jülich), Tiberiacum (Ziewerich) cerca de Bergheim, Mederiacum—, en la mayoría de estos casos la elección de la forma -ach por -ich podría, a lo sumo, delatar influencia alamánica. Solo uno, Hirzenach (=Hirschenbach), es decididamente germánico, y este se llamaba antiguamente Hirzenowe, Hirschenau, no Hirschenbach, según el mapa de distritos. Pero entonces, ¿cómo explicamos Wallach, entre Biderich y Rheinberg, muy cerca de la frontera salia? En cualquier caso, no es alamánico con toda seguridad.

En la región del Mosela también hay unos pocos -ach: Irmenach al este de Bernkastel, Waltrach, Crettenach cerca de Tréveris, Mettlach en el Sarre. En Luxemburgo Echternach, Medernach, Kanach; en Lorena, a la derecha del Mosela únicamente: Montenach, Rodelach, Brettnach. Aun si quisiéramos conceder que estos nombres indican un asentamiento alamánico, se trata tan solo de un asentamiento disperso y débil que, además, no se extiende más allá de la parte más meridional del territorio franconio medio.

Quedan -weiler, -hofen y -ingen, que requieren un examen más detenido.

En primer lugar, la terminación -weiler no es propiamente alamánica, sino el latín provincial villarium, villare, y solo se encuentra, de manera muy excepcional, fuera de las antiguas fronteras del Imperio romano. La germanización de villare a weiler no fue un privilegio de los alamanes, sino que estos tenían predilección por usar dicha terminación también para nuevos asentamientos, en grandes cantidades. En la medida en que existían villaria romanos, los francos también se vieron obligados a adoptar la terminación, germanizándola como wilare, más tarde weiler, o a suprimirla del todo. Probablemente hicieron ora una cosa, ora la otra, del mismo modo que sin duda dieron a nuevos asentamientos nombres en -weiler aquí y allá, pero con mucha menos frecuencia que los alamanes.

Arnold* no logra encontrar ningún lugar importante en -weiler al norte de Eschweiler, cerca de Aquisgrán, y de Ahrweiler. Pero la importancia actual del lugar nada tiene que ver con ello; el hecho es que en la orilla izquierda del Rin los nombres en -weiler se extienden casi hasta la frontera salia en el norte (Garzweiler y Holzweiler están a menos de cinco millas del lugar neerlandófono más próximo de la región de Geldern), y al norte de la línea Eschweiler-Ahrweiler hay por lo menos veinte. Se comprende que sean más frecuentes en las cercanías de la antigua calzada romana de Maastricht a Colonia por Jülich; dos de ellos, Walwiller y Nyswiller, se hallan incluso en territorio neerlandés: ¿son estos también asentamientos alamánicos?

Más al sur apenas aparecen en la Eifel; la sección de Malmedy (Reymann, núm. 159) no contiene ni un solo caso. También en Luxemburgo son raros, al igual que en el bajo Mosela y hasta la cresta del Hunsrück. En cambio, aparecen con frecuencia en el alto Mosela, en ambas riberas, y se van haciendo cada vez más comunes hacia el este, hasta volverse la terminación dominante al este de Saarlouis. Pero aquí es donde comienza la lengua franconia superior, y en esta comarca nadie discute que los alamanes hubieran ocupado el país antes que los francos.

Así pues, para la zona franconia media y ripuaria los -weiler no indican asentamiento alamánico, al igual que tampoco lo hacen los numerosos -villers en Francia.

Pasemos a -hofen. Esta terminación es todavía menos exclusivamente alamánica. Aparece en toda la región franconia, incluida la actual Westfalia, que más tarde fue ocupada por los sajones. En la orilla derecha del Rin, solo unos cuantos ejemplos: Wehofen cerca de Ruhrort, Mellinghofen y Eppinghofen cerca de Duisburg, Benninghofen cerca de Mettmann, otro Eppinghofen cerca de Dinslaken; en Westfalia Kellinghofen cerca de Dorsten, Westhofen cerca de Castrop, Wellinghofen, Wichlinghofen, Niederhofen, dos Benninghofen, Berghofen, Westhofen, Wandhofen, todos en el Hellweg, etc. Ereshofen en el Agger, Martis villa, se remonta a la época pagana, y la designación misma del dios de la guerra como Eru demuestra que aquí no son concebibles alamanes: estos se llamaban a sí mismos Tiuwari y, por consiguiente, llamaban al dios no Eru sino Tiu, desplazado más tarde a Ziu.

En la orilla izquierda del Rin es aún más difícil mostrar la derivación alamánica de -hofen. Hay otro Eppinghofen al sudeste de Xanten, es decir, posiblemente ya salio, y de allí hacia el sur toda la zona ripuaria está sembrada de -hofen, junto a -hof para granjas aisladas. Pero si pasamos al país salio, la cosa empeora aún más. El Mosa está flanqueado por -hofen a ambas márgenes, a partir de la frontera lingüística francesa. En aras de la brevedad, pasemos directamente a la orilla occidental. En Holanda y Bélgica encontramos al menos siete Ophovens; en Holanda Kinckhoven, etc.; para Bélgica acudamos primero a la hoja de Lovaina (Reymann, núm. 139). Aquí hallamos Ruykhoven, Schalkhoven, Bommershoven, Wintershoven, Mettecoven, Helshoven, Engelmannshoven cerca de Tongeren; Zonhoven, Reekhoven, Konings-Hoven cerca de Hasselt; más al oeste Bogenhoven, Schuerhoven, Nieuwenhoven, Gippershoven, Baulershoven cerca de St. Truiden; los más occidentales Gussenhoven y Droenhoven al este y nordeste de Tirlemont (Thienen). La hoja de Turnhout (núm. 120) contiene al menos 33 -hoven, la mayoría en territorio belga. Más hacia el sudoeste, los -hove (aquí se elide regularmente la -n del dativo) bordean toda la frontera lingüística francesa: desde Heerlinkhove y Nieuwenhove cerca de Ninove —este mismo un -hove romanizado—, omitiendo los intermedios, una decena, hasta Ghyverinckhove y Pollinchove cerca de Dixmuyden y Volckerinckhove cerca de St. Omer, en la Flandes francesa. Nieuwenhove aparece tres veces, lo que prueba que la terminación sigue viva entre el pueblo. A ello se suma un gran número de granjas aisladas en -hof. Sobre esta base puede juzgarse el pretendido carácter exclusivamente alamánico de -hofen.

Finalmente, a -ingen. La designación de descendencia común con -ing, -ung es común a todos los pueblos germánicos. Dado que el asentamiento se producía por estirpes, la terminación desempeña en todas partes un papel importante en la toponimia. A veces va unida, en genitivo plural, a una terminación local: Wolvarad-inga-husun cerca de Minden, Snotingaham (Nottingham) en Inglaterra. Otras veces el plural por sí solo representa la designación del lugar: Flissingha (Vlissingen), Phladirtinga (Vlaardingen), Crastlingi en la Frisia holandesa; Grupilinga, Britlinga, Otlinga en la Vieja Sajonia. Actualmente estos nombres se han reducido en su mayoría al dativo, con terminación en -ingen, rara vez en -ing. Casi todos los pueblos conocen y emplean ambas formas; los alamanes, según parece, principalmente la segunda, por lo menos en la actualidad.* Puesto que, sin embargo, esta también se da entre los francos, sajones y frisones, es muy audaz deducir de inmediato un asentamiento alamánico a partir de la presencia de topónimos en -ingen.

Los nombres arriba citados demuestran que los nombres en -ingas (nominativo plural) y -ingum, -ingon (dativo plural) no eran nada insólito ni entre los frisones ni entre los sajones, desde el Escalda hasta el Elba. Todavía hoy los -ingen no son ninguna rareza en toda la Baja Sajonia. En Westfalia, a ambas orillas del Ruhr, al sur de la línea Unna-Soest, hay al menos doce -ingen, junto a -ingsen e -inghausen. Y hasta donde alcanza el territorio franconio, encontramos nombres en -ingen.

En la orilla derecha del Rin encontramos primero, en Holanda, Wageningen sobre el Rin y Genderingen sobre el Ijssel (y excluimos todos los nombres posiblemente frisones); en la región berguesa Huckingen, Ratingen, Ehingen (inmediatamente detrás, en territorio sajón, Hattingen, Sodingen, Ummingen), Heisingen cerca de Werden (que Grimm deriva de la Silva Caesia de Tácito y que, por tanto, sería muy antiguo), Solingen, Husingen, Leichlingen (en la carta distrital Leigelingon, por consiguiente, de casi mil años de antigüedad), Quettingen y en el Sieg Bédingen y Rocklingen, sin contar dos nombres en -ing. Honningen cerca de Rheinbrohl y Ellingen en la comarca del Wied establecen el enlace con la zona entre el Rin, el Lahn y el Dill, la cual, en un cómputo bajo, suma 12 -ingen. No tiene sentido avanzar más hacia el sur, pues aquí comienza la comarca que pasó indisputablemente por un período de asentamiento alamánico.

* Rümmingen, cerca de Lörrach, se llamaba antiguamente (764) Romaninchova, de modo que a veces también los -ingen suabos son de origen reciente (Mone, Urzeit des badischen Landes, I, pág. 213). Los -kon y -kofen suizos se han contraído casi todos a partir de -inghofen: Zollinchovun—Zollikhofen, Smarinchova—Schmerikon, etc. Cf. F. Beust, Historischer Atlas des Kantons Zürich, donde hay docenas de ellos en el mapa 3, que representa el período alamánico.

A la izquierda del Rin encontramos Millingen en Holanda, aguas arriba de Nimega; Lüttingen aguas abajo de Xanten, otro Müllingen aguas abajo de Rheinberg; después Kippingen, Rodingen, Höningen, Worringen, Fühlingen, todos más al norte que Colonia, Wesseling y Köttingen cerca de Brühl. A partir de aquí los nombres en -ingen siguen dos direcciones. En la Alta Eifel son raros; encontramos cerca de Malmedy, en la frontera lingüística francesa: Büllingen, Hünningen, Mürringen, Iveldingen, Eibertingen, como transición hacia los muy numerosos -ingen de Luxemburgo y del alto Mosela prusiano y lorenés. Otra línea de conexión sigue el Rin y los valles laterales (en la zona del Ahr 7 u 8) y, finalmente, el valle del Mosela, igualmente después de la región aguas arriba de Tréveris, donde predominan los -ingen, pero separados de la gran masa de -ingen alamánico-suabos primero por los -weiler y luego por los -heim. De modo que si, conforme a la exigencia de Arnold, “consideramos todos los hechos en su contexto”,* llegamos a la conclusión de que los -ingen de la zona alemana superior del Mosela son franconios y no alamánicos.

Cuán poco necesitamos aquí la ayuda alamánica se vuelve aún más claro en cuanto seguimos los -ingen desde la frontera lingüística franco-ripuaria cerca de Aquisgrán hacia el territorio salio. Cerca de Maaseik, al oeste del Mosa, se halla Geystingen; más al oeste, cerca de Brée, Gerdingen. Luego encontramos, volviendo a la sección n.º 139, en Löwen: Mopertingen, Vlytingen, Rixingen, Aerdelingen, Grimmersingen, Gravelingen, Ordange (por Ordingen), Bevingen, Hatingen, Buvingen, Hundelingen, Bovelingen, Curange, Raepertingen, Boswinningen, Wimmertingen y otros, en la zona de Tongeren, St. Truiden y Hasselt. Los más occidentales, no lejos de Löwen, son Willebringen, Redingen, Grinningen. Aquí parece romperse la conexión. Pero si avanzamos hacia un territorio que hoy es de habla francesa, pero que entre los siglos VI y IX fue disputado por las dos lenguas, encontramos a partir del Mosa todo un cinturón de -ange franceses, forma que corresponde a -ingen también en Lorena y Luxemburgo, extendiéndose de este a oeste: Ballenge, Roclenge, Ortrange, Lantremange, Roclange, Libertange, Noderange, Herdange, Oderinge, Odange, Gobertang, Wahenges; un poco más al oeste, Louvrenge cerca de Wavre y Revelinge cerca de Waterloo forman el nexo con Huysinghen y Buisinghen, el puesto avanzado de un grupo de más de 20 -inghen que se extiende al suroeste de Bruselas desde Hal hasta Grammont a lo largo de la frontera lingüística. Y por último, en la Flandes francesa: Gravelingen, Wulverdinghe (exactamente el antiguo sajón Wölvaradinges-hîsun), Leubringhen, Leulinghen, Bonninghen, Peuplingue, Hardinghen, Hermelinghen, cerca de Saint-Omer y hasta más allá de Boulogne Herbinghen, Hocquinghen, Velinghen, Lottinghen, Ardinghen, todos netamente diferenciados de los aún más numerosos nombres en -inghem (= -ingheim) de la misma zona.

Así pues, las tres terminaciones que Arnold considera típicamente alamánicas resultan ser igualmente franconias, y el intento de demostrar a partir de estos nombres un poblamiento alamánico en terreno franconio medio anterior al poblamiento franconio debe considerarse fallido. Aunque todavía puede concederse la posibilidad de un elemento alamánico no muy fuerte en la parte sudoriental de este territorio.

De los alamanni nos conduce Arnold a los catos. Con excepción de los ripuarios propiamente dichos, se supone que ocuparon la región al sur del distrito ripuario, es decir, la misma que llamamos Franconia Media y Alta, después y junto con los alamanni. También esto se fundamenta remitiendo a los topónimos hessianos que se encuentran en la zona junto a los alamánicos.

“La coincidencia en los nombres de lugar a este y al otro lado del Rin hasta la frontera alamánica es tan peculiar y tan llamativa que sería un verdadero milagro que fuese casual; por el contrario, resulta de lo más natural en cuanto suponemos que los inmigrantes dieron a sus nuevos domicilios los topónimos de su tierra natal, como hoy sigue ocurriendo en América.”

Poco hay que objetar a esta frase. Pero tanto más a la conclusión de que los ripuarios propiamente dichos no tuvieron nada que ver con el poblamiento de todo el país franconio medio y alto, que aquí solo encontramos alamanni y catos. La mayoría de los catos que abandonaron su hogar hacia el oeste parecen haberse unido a los iscevones desde tiempo inmemorial (como hicieron los bátavos, caninefates y cattuarios); ¿y hacia dónde más habrían de dirigirse? En los dos primeros siglos d. C. los catos solo estaban unidos por la espalda a los otros herminones a través de los turingios; por un lado tenían a los ingaevónicos queruscos, por otro a los iscevones, y ante ellos a los romanos. Las tribus herminónicas, que después aparecen unidas como alamanni, procedían del corazón de Germania, habiendo estado separadas de los catos durante siglos por los turingios y otros pueblos, y se les habían vuelto más extrañas que los iscevónicos francos, a los que estaban unidos por una fraternidad de armas secular. La participación de los catos en la ocupación de la zona en cuestión no se pone, pues, en duda. Pero la exclusión de los ripuarios sí. Ésta solo puede probarse si no aparecen aquí nombres específicamente ripuarios. La situación es justo la contraria.

De las terminaciones que Arnold* señala como específicamente francónicas, -hausen es común a francos, sajones, hessianos y turingios; -heim es el salio -ham; -bach, salio y bajo ripuario -beek; de las demás, solo -scheid es realmente característica. Es específicamente ripuaria, exactamente igual que -ich, -rath o -rade y -siepen. Además, comunes a ambos dialectos franconios son -loo (-loh), -donk y -bruch o -broich (salio broek).

-scheid aparece solo en las montañas y, por regla general, en lugares sobre las divisorias de aguas. Los francos dejaron esta terminación en todo el Sauerland westfaliano hasta la frontera hessiana, donde aparece, solo como nombres de montaña, hasta los confines orientales de Korbach. Sobre el Ruhr, el antiguo franconio -scheid tropieza con la terminación en su forma sajona, -schede: Melschede, Selschede, Meschede; en las cercanías inmediatas, Langscheid, Ramscheid, Bremscheid. Frecuente en la zona de Berg, se le encuentra hasta el Westerwald y dentro de él, pero no más al sur, en la orilla derecha del Rin. A la izquierda del Rin, en cambio, comprensiblemente los -scheid no comienzan hasta la Eifel*; en Luxemburgo hay por lo menos 21, en el Hochwald y el Hunsrück son corrientes. Pero al igual que al sur del Lahn, también aquí, en los flancos oriental y meridional del Hunsrück y del Soonwald, se les añade la forma -schied, que parece una adaptación hessiana. Ambas formas juntas avanzan hacia el sur a través del Nahe hasta los Vosgos, donde encontramos: Bisterscheid al oeste del Donnersberg, Langenscheid cerca de Kaiserslautern, una meseta llamada Breitscheid al sur de Hochspeyer, Haspelscheid cerca de Bitsch, el Scheidwald al norte de Lützelstein y, por fin, como el más meridional de los puestos avanzados, Walscheid en la vertiente septentrional del Donon, más al sur aún que el pueblo de Hessen cerca de Saarburg, el más adelantado de los puestos avanzados cáticos según Arnold.

* En la llanura solo encuentro Waterscheid, al este de Hasselt en el Limburgo belga,
donde ya hemos observado antes una fuerte mezcla ripuaria [véase este tomo, pág. 90].

También es específicamente ripuaria la terminación -ich, procedente de la misma raíz, gótico -ahva (agua), que -ach; ambas son también las formas alemanas del belga-románico -acum, como lo prueba Tiberiacum, en el mapa de distritos Civiraha, hoy Ziewerich. No es muy frecuente en la orilla derecha del Rin; Meiderich y Lirich junto a Ruhrort son las más septentrionales, desde donde bordean el Rin hasta Biebrich. La llanura en la orilla izquierda del Rin, desde Büderich enfrente de Wesel en adelante, está llena de ellas; cruzan la Eifel hasta el Hochwald y el Hunsrück, pero desaparecen en el Soonwald y la región del Nahe, incluso antes de que dejen de aparecer -scheid y -roth. En la parte occidental de nuestro territorio, sin embargo, prosiguen hasta la frontera lingüística francesa y más allá. De la zona de Tréveris, que tiene muchas, prescindiremos; en el Luxemburgo holandés cuento doce, al otro lado, en la parte belga, Tornich y Merzig (messancy —la grafía -ig no supone diferencia, la etimología y la pronunciación son las mismas); en Lorena, Soetrich, Sentzich, Marspich, Daspich al oeste del Mosela; al este del mismo, Kuntzich, Penserich, Cemplich, Destrich, dos veces Kerprich, Hibrich, Hilsprich.

La terminación -rade, -rad, en la ribera izquierda del Rin -rath, también rebasa considerablemente los límites de su vieja patria ripuaria. Llena toda la Eifel y el valle medio e inferior del Mosela, así como sus valles laterales. En la misma zona donde -scheid se mezcla con -schied, -rod, -roth aparece junto a -rad y -rath en ambas orillas del Rin, también de origen hessiano, salvo que en la orilla derecha, en el Westerwald, los -rod se extienden más al norte. En el Hochwald la vertiente septentrional tiene -rath, la meridional -roth, por regla general.

La menos avanzada es -siepen, con mutación consonántica -seifen. La palabra significa un pequeño valle de arroyo con fuerte pendiente y aún está en uso general con este significado. A la izquierda del Rin no se aleja mucho de la vieja frontera ripuaria; a la derecha se encuentra en el Westerwald junto al Nister e incluso cerca de Langenschwalbach (Langenseifen).

Examinar las demás terminaciones nos llevaría demasiado lejos. Pero en todo caso podemos afirmar que los innumerables -heim que acompañan el Rin aguas arriba desde Bingen hasta muy dentro del territorio alamánico y se encuentran allí donde los francos se asentaron no son cáticos, sino ripuarios. Su patria no está en Hesse, donde raramente aparecen y parecen haber penetrado más tardíamente, sino en el país salio y en la llanura del Rin en torno a Colonia, donde aparecen junto a los otros nombres específicamente ripuarios en proporciones casi iguales.

Así pues, el resultado de esta investigación es que los ripuarios, lejos de haber sido detenidos por la corriente de la inmigración hessiana en el Westerwald y la Eifel, por el contrario, rebasaron por sí mismos todo el territorio franconio medio. Y con más fuerza en dirección suroeste, hacia la zona del alto Mosela, que en dirección sudeste hacia el Taunus y la región del Nahe. Ello queda corroborado también por la lengua. Los dialectos sudoccidentales, hasta Luxemburgo y el oeste de Lorena, son mucho más cercanos al ripuario que los orientales, particularmente los de la orilla derecha del Rin. Aquéllos podrían considerarse como una prolongación del ripuario con una mutación consonántica altoalemana más avanzada.

Lo característico de los dialectos francónicos medios es, en primer lugar, la penetración de la mutación consonántica altoalemana. No la mera mutación de unas pocas tenues a aspiradas, que afecta a relativamente pocas palabras y no modifica el carácter del dialecto, sino la incipiente mutación de las consonantes sonoras oclusivas, que provoca esa peculiar confusión de b y p, g y k, d y t del alemán medio y alto. Solo cuando aparece la imposibilidad de distinguir nítidamente entre b y p, d y t, g y k iniciales, es decir, lo que los franceses entienden particularmente por accent allemand —solo entonces percibe el bajoalemán la gran escisión que la segunda mutación consonántica ha abierto en la lengua alemana. Y esta escisión discurre entre el Sieg y el Lahn, el Ahr y el Mosela. En consecuencia, el franconio medio posee una g inicial que falta en los dialectos más septentrionales, mientras que en interior y final de palabra aún pronuncia una ch suave por g. Además, el ei y ou de los dialectos del norte pasan a ai y au.

Unas cuantas peculiaridades genuinamente francónicas: en todos los dialectos salios y ripuarios, Bach, la forma no mutada Beek, es femenino. Esto también se cumple, al menos, en la mayor parte occidental del franconio medio. Como los numerosos -bach del mismo nombre en los Países Bajos y en el bajo Rin, el Glabach luxemburgués (Gladbach, neerlandés Glabeek) es asimismo femenino. En cambio, los nombres de niña se tratan como neutros: no solo es das Madchen, das Mariechen, das Lisbethchen, sino también das Marie, das Lisbeth, desde Barmen hasta Tréveris y más allá. Cerca de Forbach, en Lorena, el mapa, levantado originalmente por los franceses, muestra un «Karninschesberg» (Kaninchenberg). Por tanto, el mismo diminutivo -schen, plural -sches, que más arriba vimos que era ripuario.

Con la divisoria de aguas entre el Mosela y el Nahe y, en la margen derecha del Rin, con la región de colinas al sur del Lahn, comienza un nuevo grupo de dialectos:

3. Franco superior. Nos encontramos aquí en una región que fue indiscutiblemente territorio alamánico por conquista (haciendo caso omiso de la ocupación anterior por vangiones, etc., de cuyas afinidades tribales y lengua nada sabemos) y donde puede admitirse sin dificultad una mezcla chática bastante fuerte. Pero también aquí los nombres de lugar, como no hace falta repetir, indican la presencia de elementos ripuarios no insignificantes, sobre todo en la llanura del Rin. Y la lengua lo indica aún más. Tomemos el dialecto definible más meridional que posee al mismo tiempo una literatura, el del Palatinado. Aquí volvemos a tropezar con la incapacidad franconia general de pronunciar la g medial y final de otro modo que como una ch suave.* Allí se dice: Vöchel, Flechel, geleche (gelegen) [situado], gsacht—gesagt, licht—liegt, etc. Igualmente la w franconia general en lugar de b en posición media: Bûwe—Buben, glâwe—glauben (pero i glâb), bleiwe, selwer—selbst, halwe—halbe. La mutación dista mucho de ser tan completa como parece; incluso hay un desplazamiento inverso, particularmente en palabras extranjeras, es decir, la consonante inicial sorda no se desplaza una fase hacia delante, sino hacia atrás: t se convierte en d, p se convierte en b, como se verá; la d y la p iniciales permanecen en el estadio bajo alemán: dun—tun, dag, dame, diir, dodt; pero ante r: trinke, trage; paff—Pfaff, peife, palz—Pfalz, parre—Pfarrer. Ahora bien, como d y p representan la t y la Pf altoalemanas, la t inicial se desplaza hacia atrás a d, y la p inicial a b, incluso en palabras extranjeras: derke—Türke, dafel—Tafel, babeer—Papier, borzlan—Porzellan, bulwer—Pulver. A continuación, el dialecto palatino, coincidiendo solo con el danés en este punto, no tolera ninguna tenuis entre vocales: ebbes—etwas, labbe—Lappen, schlubbe—schlüpfen, schobbe—Schoppen, Peder—Peter, dridde—dritte, rodhe—raten. La única excepción es la k: brocke, backe. Pero en palabras extranjeras, g: musigande—Musikanten. También esto es un vestigio del estadio bajo alemán del sistema fonético, que se ha extendido más mediante un desplazamiento inverso*; solo porque dridde, hadde permanecieron sin mutación, Peter pudo convertirse en Peder y la correspondiente t altoalemana recibir el mismo trato imparcial. Igualmente, la d en halde—halten, alde—alte, etc., permanece en el estadio bajo alemán.

A pesar de la impresión decididamente altoalemana que produce a los bajoalemanes, el dialecto palatino dista mucho de haber adoptado la mutación consonántica del alto alemán siquiera en la medida en que la ha conservado nuestra lengua escrita. Por el contrario, mediante su desplazamiento inverso, el dialecto palatino protesta contra el estadio altoalemán, el cual, habiendo penetrado desde fuera, se revela hasta hoy como un elemento extraño en el dialecto.

Este es el lugar para examinar un rasgo que suele malentenderse: la confusión entre d y t, b y p e incluso g y k entre aquellos alemanes en cuyos dialectos las consonantes oclusivas sonoras han experimentado la mutación consonántica del alto alemán. Esta confusión no surge mientras cada cual habla su propio dialecto. Al contrario. Acabamos de ver que el natural del Palatinado, por ejemplo, establece aquí una distinción muy precisa, hasta el punto de que incluso desplaza hacia atrás las palabras extranjeras para adaptarlas a las exigencias de su dialecto. La t inicial extranjera solo se convierte para él en d porque la t del alemán escrito corresponde a su d; la p extranjera solo se convierte en b porque su p corresponde a la pf del alemán escrito. Tampoco se mezclan las consonantes sordas en los demás dialectos del alto alemán mientras se habla en dialecto. Cada uno de estos dialectos tiene su propia ley de mutación consonántica, aplicada con precisión. Pero la situación cambia en cuanto se habla la lengua escrita o una lengua extranjera. El intento de aplicar a esta la ley de desplazamiento propia del dialecto en cuestión —intento que se realiza involuntariamente— choca con el intento de hablar correctamente la nueva lengua. En ese proceso, la b y la p, la d y la t escritas pierden todo significado fijo, y así es como Börne, por ejemplo, en sus cartas desde París, se queja de que los franceses eran incapaces de distinguir entre b y p, porque se empeñaban obstinadamente en que su nombre, que él pronunciaba Perne, comenzaba con p.

Pero volvamos al dialecto palatino. La prueba de que la mutación consonántica del alto alemán le fue impuesta desde fuera, por así decirlo, y ha seguido siendo un elemento extraño hasta hoy, sin alcanzar siquiera el estadio de sistema fonético propio de la lengua escrita (estadio que los alamanes y los bávaros, superándolo con mucho, conservan en general en una u otra fase del antiguo alto alemán) —esta prueba basta por sí sola para establecer el carácter predominantemente franconio del dialecto palatino. Pues incluso en Hesse, que está mucho más al norte, la mutación ha sido, en conjunto, llevada más lejos, con lo que el pretendido carácter predominantemente hesiano del dialecto palatino queda reducido a proporciones modestas. Para ofrecer semejante resistencia a la mutación consonántica del alto alemán justo en la frontera alamánica, entre los alamanes que se habían quedado rezagados, tuvo que haber al menos tantos ripuarios como hesianos —los cuales, a su vez, eran esencialmente altoalemanes. Y su presencia queda probada además —aparte de los nombres de lugar— por dos peculiaridades generalmente francónicas: la conservación de la w franconia en lugar de la b en posición media, y la pronunciación de la g como ch en posición media y final. A esto puede añadirse multitud de casos sueltos de coincidencia. Con el palatino Gundach —«guten Tag»— se llega hasta Dunkerque y Ámsterdam. De igual modo que «a certain man» es ein sichrer Mann en el Palatinado, en todos los Países Bajos es een zekeren man. Handsching por Handschuh [guante] corresponde al ripuario Händschen. Incluso la g por j en Ghannisnacht (Johannisnacht [noche de San Juan]) es ripuaria y se extiende, como hemos visto, hasta la región de Münster. Y baten (mejorar, ser de provecho, de bat —mejor), común a todos los francos, y también a los neerlandeses, es de uso corriente en el Palatinado: «’s badd alles nix» —todo es inútil—, donde la t ni siquiera se ha desplazado a la tz del alto alemán, sino que se ha suavizado a d entre vocales a la manera palatina.

* Todas las citas proceden de Fröhlich Palz, Gott erhalts! Gedichte in Pfälzer Mundart, de K. G. Nadler, Frankfurt am Main, 1851.