En nuestro último número consideramos la acción de los sindicatos en la medida en que imponen la ley económica de los salarios frente a los patronos.* Volvemos a este tema, pues es de suma importancia que las clases trabajadoras en general lo comprendan a fondo.

Suponemos que a ningún obrero inglés de nuestros días hace falta enseñarle que redunda en interés del capitalista individual, así como de la clase capitalista en general, reducir los salarios todo lo posible. El producto del trabajo, una vez deducidos todos los gastos, se divide, como ha demostrado irrefutablemente David Ricardo, en dos partes: una constituye el salario del obrero, la otra la ganancia del capitalista.” Ahora bien, siendo este producto neto del trabajo, en cada caso individual, una cantidad dada, es claro que la parte llamada ganancia no puede aumentar sin que la parte llamada salario disminuya. Negar que redunde en interés del capitalista reducir los salarios equivaldría a decir que no le interesa aumentar sus ganancias.

Sabemos muy bien que hay otros medios de aumentar temporalmente las ganancias, pero no alteran la ley general y, por lo tanto, no necesitan ocuparnos aquí.

Ahora bien, ¿cómo pueden los capitalistas reducir los salarios si la tasa de salarios está regida por una ley de economía social distinta y bien definida? La ley económica de los salarios existe y es irrefutable. Pero, como hemos visto, es elástica, y lo es en dos sentidos. La tasa de salarios puede reducirse, en un oficio determinado, ya directamente, acostumbrando gradualmente a los obreros de ese oficio a un nivel de vida más bajo, ya indirectamente, aumentando el número de horas de trabajo al día (o la intensidad del trabajo durante las mismas horas de trabajo) sin aumentar la paga.

Y el interés de cada capitalista individual en aumentar sus ganancias reduciendo los salarios de sus obreros recibe un nuevo estímulo de la competencia de los capitalistas del mismo oficio entre sí. Cada uno de ellos trata de vender más barato que sus competidores y, a menos que quiera sacrificar sus ganancias, tiene que intentar reducir los salarios. Así, la presión sobre la tasa de salarios que ejerce el interés de cada capitalista individual se decuplica por la competencia entre ellos. Lo que antes era una cuestión de mayor o menor ganancia se convierte ahora en una cuestión de necesidad.

Frente a esta presión constante e incesante, el trabajo no organizado no dispone de ningún medio efectivo de resistencia. Por lo tanto, en los oficios donde los obreros no están organizados, los salarios tienden constantemente a bajar y las horas de trabajo a aumentar. Lenta pero seguramente, este proceso continúa. Las épocas de prosperidad pueden interrumpirlo de vez en cuando, pero las épocas de mal negocio lo aceleran aún más después. Los obreros se acostumbran gradualmente a un nivel de vida cada vez más bajo. Mientras la duración de la jornada laboral se acerca cada vez más al máximo posible, los salarios se aproximan cada vez más a su mínimo absoluto: la suma por debajo de la cual se hace absolutamente imposible que el obrero viva y reproduzca su estirpe.

Hubo una excepción temporal a esto hacia principios de este siglo. La rápida extensión del vapor y de la maquinaria no bastaba para la demanda aún más rápidamente creciente de sus productos. Los salarios en estos oficios, excepto los de los niños vendidos desde el asilo de pobres ** al fabricante, eran por regla general altos; los de aquellos trabajos manuales cualificados de los que no se podía prescindir eran muy altos; lo que solía recibir un tintorero, un mecánico, un cortador de terciopelo, un hilandero manual de mula, suena hoy fabuloso. Al mismo tiempo, los oficios desplazados por la maquinaria eran lentamente condenados a morir de hambre. Pero la maquinaria recién inventada pronto desplazó a estos obreros bien pagados; se inventó maquinaria que fabricaba maquinaria, y a un ritmo tal que la oferta de mercancías hechas a máquina no sólo igualaba, sino que superaba la demanda. Cuando la paz general, en 1815,* restableció la regularidad del comercio, comenzaron las fluctuaciones decenales entre prosperidad, superproducción y pánico comercial. Las ventajas que los obreros habían conservado de los viejos tiempos de prosperidad, y que quizás incluso aumentaron durante el período de superproducción frenética, les fueron arrebatadas durante el período de mal negocio y pánico; y pronto la población manufacturera de Inglaterra se sometió a la ley general de que los salarios del trabajo no organizado tienden constantemente hacia el mínimo absoluto.

Pero entretanto, los sindicatos, legalizados en 1824,* habían intervenido también, y ya era hora. Los capitalistas están siempre organizados. En la mayoría de los casos no necesitan ninguna unión formal, ni reglamentos, ni dirigentes, etc. Su reducido número, comparado con el de los obreros, el hecho de que forman una clase aparte, su constante trato social y comercial les sirven de sustituto; sólo más tarde, cuando un ramo de la manufactura se ha adueñado de un distrito, como el comercio del algodón lo ha hecho de Lancashire, se hace necesaria una organización formal de los capitalistas, un sindicato capitalista. Por otra parte, los obreros desde el principio no pueden prescindir de una organización fuerte, bien definida por reglamentos y que delegue su autoridad en dirigentes y comités. La ley de 1824 hizo legales estas organizaciones. Desde aquel día, el Trabajo se convirtió en un poder en Inglaterra. La masa hasta entonces impotente, dividida contra sí misma, dejó de serlo. A la fuerza que da la unión y la acción común pronto se añadió la fuerza de una caja bien abastecida: “dinero de resistencia”, como lo llaman expresivamente nuestros hermanos franceses. Toda la situación cambió entonces. Para el capitalista se volvió arriesgado permitirse una reducción de salarios o un aumento de las horas de trabajo.

De ahí los violentos estallidos de la clase capitalista de aquellos tiempos contra los sindicatos. Esa clase había considerado siempre su práctica consuetudinaria de explotar a la clase obrera como un derecho adquirido y un privilegio legítimo. Ahora se le iba a poner fin. No es de extrañar que gritaran con vehemencia y se consideraran al menos tan lesionados en sus derechos y su propiedad como los terratenientes irlandeses de nuestros días.*°

Sesenta años de experiencia de lucha les han hecho ceder en cierta medida. Los sindicatos han llegado a ser instituciones reconocidas, y su acción como uno de los reguladores de los salarios se reconoce tanto como la acción de las Leyes de Fábricas y Talleres como reguladoras de las horas de trabajo. Es más, los fabricantes de algodón de Lancashire han tomado últimamente una hoja del libro de los obreros, y ya saben organizar una huelga, cuando les conviene, tan bien o mejor que cualquier sindicato.

Así pues, es mediante la acción de los sindicatos como se impone la ley de los salarios frente a los patronos, y como los obreros de cualquier oficio bien organizado logran obtener, al menos aproximadamente, el valor íntegro de la fuerza de trabajo que alquilan a su patrono; y como, con la ayuda de las leyes del Estado, las horas de trabajo no exceden al menos demasiado de aquella duración máxima más allá de la cual la fuerza de trabajo se agota prematuramente. Esto, sin embargo, es lo máximo que los sindicatos, tal como están organizados actualmente, pueden aspirar a obtener, y eso sólo mediante una lucha constante, mediante un inmenso derroche de fuerzas y dinero; y luego las fluctuaciones del comercio, una vez cada diez años por lo menos, echan abajo por el momento lo conquistado, y la lucha ha de recomenzarse de nuevo. Es un círculo vicioso del que no hay salida. La clase obrera sigue siendo lo que era, y lo que nuestros antepasados cartistas no tuvieron reparo en llamar: una clase de esclavos del salario. ¿Ha de ser éste el resultado final de todo este trabajo, sacrificio y sufrimiento? ¿Ha de seguir siendo para siempre el objetivo supremo de los obreros británicos? ¿O va la clase obrera de este país a intentar por fin romper este círculo vicioso y encontrar una salida en un movimiento por la ABOLICIÓN TOTAL DEL SISTEMA DEL SALARIO?

La semana próxima examinaremos el papel que desempeñan los sindicatos como organizadores de la clase obrera.

II

Hasta aquí hemos considerado las funciones de los sindicatos únicamente en cuanto contribuyen a la regulación de la tasa de salarios y aseguran al obrero, en su lucha contra el capital, al menos algunos medios de resistencia. Pero este aspecto no agota nuestro tema.

La lucha del obrero contra el capital, decíamos. Esa lucha existe, digan lo que digan los apologistas del capital. Existirá mientras la reducción de los salarios siga siendo el medio más seguro y rápido de aumentar las ganancias; es más, mientras exista el propio sistema del salario. La mera existencia de los sindicatos es prueba suficiente de este hecho; si no están hechos para luchar contra las usurpaciones del capital, ¿para qué están hechos? De nada sirve andarse con rodeos. No hay palabras melosas que puedan ocultar el feo hecho de que la sociedad actual está dividida principalmente en dos grandes clases antagónicas: por un lado, los capitalistas, propietarios de todos los medios para el empleo del trabajo; por otro, los obreros, propietarios únicamente de su propia fuerza de trabajo.

El producto del trabajo de esta última clase ha de dividirse entre ambas clases, y es por esta división por lo que la lucha prosigue constantemente. Cada clase trata de obtener la mayor parte posible; y el aspecto más curioso de esta lucha es que la clase obrera, mientras lucha por obtener sólo una parte de su propio producto, ¡es a menudo acusada de estar robando efectivamente al capitalista!

Pero una lucha entre dos grandes clases de la sociedad se convierte necesariamente en una lucha política. Así ocurrió con la larga batalla entre la clase media o burguesía y la aristocracia terrateniente; así también con la lucha entre la clase obrera y esos mismos capitalistas. En toda lucha de clase contra clase, el fin próximo por el que se lucha es el poder político; la clase dominante defiende su supremacía política, es decir, su mayoría segura en la legislatura; la clase inferior lucha, primero por una parte, luego por la totalidad de ese poder, para poder cambiar las leyes existentes de conformidad con sus propios intereses y necesidades. Así, la clase obrera de Gran Bretaña luchó durante años con ardor e incluso con violencia por la Carta del Pueblo,*”’ que debía darle ese poder político; fue derrotada, pero la lucha había causado tal impresión en la clase media vencedora que ésta, desde entonces, se alegró sobradamente de comprar un prolongado armisticio al precio de concesiones siempre renovadas al pueblo trabajador.

Ahora bien, en una lucha política de clase contra clase, la organización es el arma más importante. Y en la misma medida en que la organización meramente política o cartista se desmoronó, la organización sindical se hizo cada vez más fuerte, hasta alcanzar en la actualidad un grado de fuerza sin parangón en ninguna organización obrera del extranjero. Unas cuantas grandes organizaciones sindicales, que agrupan entre uno y dos millones de obreros, y respaldadas por los sindicatos más pequeños o locales, representan un poder que ha de ser tenido en cuenta por cualquier Gobierno de la clase dominante, sea whig o tory.

De acuerdo con las tradiciones de su origen y desarrollo en este país, estas poderosas organizaciones se han limitado hasta ahora casi estrictamente a su función de participar en la regulación de los salarios y de las horas de trabajo, y de imponer la derogación de leyes abiertamente hostiles a los obreros. Como se ha dicho antes, lo han hecho con toda la eficacia que tenían derecho a esperar. Pero han conseguido más que eso: la clase dominante, que conoce su fuerza mejor que ellos mismos, les ha concedido voluntariamente concesiones más allá de eso. El sufragio de hogar de Disraeli *”* confirió el voto a, por lo menos, la mayor parte de...

clase obrera organizada. ¿Habría él propuesto tal medida si no hubiese supuesto que esos nuevos electores mostrarían una voluntad propia —que dejarían de ser conducidos por los políticos liberales de la clase media? ¿Habría podido llevarla a cabo si los trabajadores, en la gestión de sus colosales sociedades obreras [Trade Societies], no hubiesen demostrado su capacidad para la labor administrativa y política?

Esa misma medida abrió una nueva perspectiva a la clase obrera. Les otorgó la mayoría en Londres y en todas las ciudades manufactureras, permitiéndoles así entrar en la lucha contra el capital con nuevas armas, enviando al Parlamento a hombres de su propia clase. Y aquí es donde, lamentamos decirlo, las trade unions olvidaron su deber como vanguardia de la clase obrera. La nueva arma ha estado en sus manos por más de diez años, pero apenas si la han desenvainado. No deberían olvidar que no pueden seguir manteniendo la posición que hoy ocupan a menos que marchen realmente en la vanguardia de la clase obrera. No está en la naturaleza de las cosas que la clase obrera de Inglaterra posea el poder de enviar cuarenta o cincuenta trabajadores al Parlamento y, no obstante, se contente para siempre con ser representada por capitalistas o por sus empleados, tales como abogados, redactores, etc.

Más aún, abundan los síntomas de que la clase obrera de este país está despertando a la conciencia de que desde hace algún tiempo se ha estado moviendo por un carril equivocado; de que los actuales movimientos, dirigidos exclusivamente a obtener salarios más altos y jornadas más cortas, la mantienen en un círculo vicioso del que no hay salida; de que el mal fundamental no es lo bajo de los salarios, sino el sistema de trabajo asalariado mismo. Una vez que este conocimiento se haya extendido de manera general entre la clase obrera, la posición de las trade unions habrá de cambiar considerablemente. Dejarán de gozar del privilegio de ser las únicas organizaciones de la clase obrera. Al lado de las uniones de oficios particulares, o por encima de ellas, deberá surgir una unión general, una organización política de la clase obrera en su conjunto.

Hay, pues, dos puntos que los oficios organizados harían bien en considerar: en primer lugar, que se aproxima rápidamente el momento en que la clase obrera de este país reclamará, con una voz que no podrá ser malinterpretada, su plena participación en la representación parlamentaria. En segundo lugar, que también se aproxima rápidamente el momento en que la clase obrera habrá comprendido que la lucha por salarios altos y jornadas cortas, y toda la acción de las trade unions tal como se lleva a cabo ahora, no es un fin en sí mismo, sino un medio, un medio muy necesario y eficaz, pero sólo uno entre varios medios hacia un fin más elevado: la abolición total del sistema de trabajo asalariado.

Para la plena representación del trabajo en el Parlamento, así como para la preparación de la abolición del sistema de trabajo asalariado, se tornarán necesarias organizaciones, no de oficios separados, sino de la clase obrera como cuerpo. Y cuanto antes se haga esto, mejor. No hay poder en el mundo que pudiera resistir por un solo día a la clase obrera británica organizada como un cuerpo.