Escrito entre el 3 y el 31 de marzo de 1878
Reproducido del periódico
THE LABOR STANDARD.
(Nueva York), 3, 10, 17, 24 y 31 de marzo de 1878

EL LABOR STANDARD.
Consagrado a la organización y emancipación de los trabajadores. La emancipación de las clases trabajadoras debe ser obra de las clases trabajadoras mismas.
Vol. I. – Núm. 8, Nueva York, domingo 3 de marzo de 1878. (Precio 5 centavos.)

I

El año transcurrido ha sido un año fecundo y lleno de acontecimientos para la clase obrera de Europa. Se ha progresado mucho en casi todos los países en cuanto a la organización y extensión de un Partido Obrero; la unidad, amenazada en un momento por una secta pequeña pero activa,[a] ha quedado virtualmente restablecida; el movimiento obrero se ha impuesto cada vez más en el primer plano de la política cotidiana, y, signo seguro del triunfo que se avecina, los acontecimientos políticos, cualquiera que haya sido el giro que tomaran, resultaron siempre, de un modo u otro, favorables al avance de ese movimiento.

El año 1877 se inauguró, ya en sus comienzos, con una de las más grandes victorias alcanzadas jamás por los obreros. El 10 de enero tuvieron lugar las elecciones trienales, por sufragio universal, para el Parlamento alemán (Reichstag); elecciones que, desde 1867, venían ofreciendo al Partido Obrero Alemán la oportunidad de contar sus fuerzas y de hacer desfilar ante el mundo sus batallones, bien organizados y siempre en aumento. En 1874 recayeron cuatrocientos mil votos sobre los candidatos del trabajo; en 1877, más de seiscientos mil. El día 10 fueron elegidos diez candidatos obreros,[b] mientras que otros veinticuatro hubieron de someterse a balotaje en las elecciones complementarias que se celebraron quince días después. De estos veinticuatro, sólo unos pocos salieron realmente elegidos, al unirse contra ellos todos los demás partidos. Pero el hecho importante subsistía: en todas las grandes ciudades y centros industriales del Imperio, el movimiento de la clase obrera había avanzado a pasos agigantados, y todos esos distritos electorales caerían con seguridad en sus manos en la siguiente votación de 1880. Berlín, Dresde, el conjunto de los distritos manufactureros de Sajonia y Solingen habían sido conquistados; en Hamburgo, Breslau, Núremberg, Leipzig, Brunswick, en Schleswig-Holstein y en los distritos manufactureros de Westfalia y del Bajo Rin, apenas había bastado una coalición de todos los partidos para derrotar a los candidatos obreros por mayorías exiguas. El socialismo democrático alemán era una potencia, y una potencia en rápido crecimiento, con la cual tendrían que contar en adelante todos los demás poderes del país, gobernantes o no. El efecto de estas elecciones fue enorme. La burguesía se sintió presa de un verdadero pánico, tanto más cuanto que su prensa había presentado constantemente a la socialdemocracia como reduciéndose hasta la insignificancia. La clase obrera, exaltada por su propia victoria, prosiguió la lucha con renovado vigor y en todos los campos de batalla disponibles; mientras que los obreros de otros países, como veremos, no sólo celebraron la victoria de los alemanes como un triunfo propio, sino que se sintieron estimulados por ella a nuevos esfuerzos para no quedarse rezagados en la carrera por la emancipación del trabajo.

El rápido progreso del Partido Obrero en Alemania no se compra sin sacrificios considerables por parte de quienes toman en él una parte más activa. Sobre ellos caen, como lluvia, las persecuciones gubernamentales y las condenas a multas, y más a menudo a prisión, y hace ya mucho tiempo que han debido resignarse a pasar la mayor parte de su vida en la cárcel. Aunque la mayoría de estas condenas son por breves períodos —de un par de semanas a tres meses—, las condenas largas no constituyen, ni mucho menos, un caso raro. Así, para proteger el importante distrito minero y manufacturero de Saarbrücken del contagio del veneno socialdemócrata, dos agitadores[c] han sido condenados recientemente a dos años y medio cada uno, por haberse aventurado en ese terreno prohibido. Las leyes elásticas del Imperio ofrecen abundantes pretextos para tales medidas, y cuando no son suficientes, los jueces se muestran, en su mayoría, muy dispuestos a estirarlas hasta el punto requerido para una condena.

Una gran ventaja para el movimiento alemán es que la organización sindical actúa codo con codo con la organización política. Las ventajas inmediatas que ofrece la organización sindical atraen al movimiento político a muchos hombres de otro modo indiferentes, mientras que la comunidad de la acción política mantiene unidos y asegura el apoyo mutuo a los sindicatos, que de otra forma estarían aislados.

El éxito obtenido en las elecciones al Parlamento alemán ha animado a nuestros amigos alemanes a probar fortuna en otros campos electorales. Así, en dos de los Parlamentos de los Estados, en los Estados más pequeños del Imperio, han logrado elegir a obreros, y han penetrado también en buen número de Ayuntamientos; en los distritos manufactureros de Sajonia, muchas ciudades están gobernadas por un Consejo socialdemócrata. Al ser el sufragio restringido en estas elecciones, no cabe esperar grandes resultados; sin embargo, cada escaño conquistado contribuye a demostrar a los gobiernos y a la burguesía que, en adelante, tendrán que contar con los obreros.

Pero la mejor prueba del rápido avance de la organización consciente de la clase obrera se halla en el número creciente de sus órganos periódicos en la prensa. Y aquí hemos de traspasar las fronteras del «Imperio» de Bismarck, pues la influencia y la acción de la socialdemocracia alemana no están en modo alguno limitadas por ellas. El 31 de diciembre de 1877 se publicaban en lengua alemana, en total, nada menos que setenta y cinco órganos periódicos al servicio del Partido Obrero. De ellos, 62 en el Imperio alemán (entre los cuales 15 órganos de otros tantos sindicatos), 3 en Suiza, 3 en Austria, 1 en Hungría, 6 en América; 75 en total, más que el número de órganos obreros en todas las demás lenguas juntas.

Después de la batalla de Sedán, en septiembre de 1870, el Comité Ejecutivo del Partido Obrero Alemán dijo a sus representados que, como consecuencia de los resultados de la guerra, el centro de gravedad del movimiento obrero europeo se había desplazado de Francia a Alemania, y que los obreros alemanes quedaban así investidos de una responsabilidad superior y de nuevos deberes que exigían de su parte esfuerzos renovados.[d] El año 1877 ha probado la verdad de esto, y ha demostrado, al mismo tiempo, que el proletariado de Alemania no ha sido en absoluto inferior a la tarea de dirección temporal que se le imponía. Cualesquiera que hayan podido ser los errores cometidos por algunos de los dirigentes —y son tanto numerosos como múltiples—, las masas mismas han marchado hacia adelante con resolución, sin vacilación y en la dirección correcta. Su conducta, organización y disciplina forman un marcado contraste con la debilidad, la irresolución, la sumisión y la cobardía tan características de todos los movimientos de la burguesía en Alemania. Pero mientras la burguesía alemana ha clausurado su carrera hundiéndose en una adulación más que bizantina hacia «Guillermo el Victorioso»[e] y entregándose, atada de pies y manos, a la voluntad veleidosa del Bismarck único, la clase obrera marcha de victoria en victoria, ayudada en su avance y fortalecida incluso por las mismas medidas que el gobierno y la burguesía urden para sojuzgarla.

II

Tan grande como fue el efecto de las elecciones alemanas en el país mismo, lo fue aún mayor en el extranjero. Y, en primer lugar, restableció esa armonía en el movimiento obrero europeo que había sido perturbada, en los últimos seis años, por las pretensiones de una secta pequeña pero extremadamente activa.

Aquellos de nuestros lectores que hayan seguido la historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores, recordarán que, inmediatamente después de la caída de la Comuna de París, surgieron disensiones en el seno de la gran organización obrera, que condujeron a una escisión abierta en el Congreso de La Haya de 1872 y a la consiguiente desintegración.[f] Estas disensiones fueron causadas por un ruso, Bakounine, y sus seguidores, quienes pretendían la supremacía, por las buenas o por las malas, sobre un cuerpo del cual formaban tan sólo una pequeña minoría. Su principal panacea era una objeción de principio contra toda acción política por parte de la clase obrera; a tal punto que, a sus ojos, votar en una elección constituía un acto de traición a los intereses del proletariado. No admitían como medio de acción nada que no fuera la revolución violenta y directa. Desde Suiza, donde estos «anarquistas», como se llamaban a sí mismos, habían echado primero raíces, se extendieron a Italia y a España, donde, durante un tiempo, dominaron efectivamente el movimiento obrero. Dentro de la «Internacional», fueron más o menos apoyados por los belgas, quienes, aunque por motivos distintos, se declararon también partidarios de la abstención política. Después de la escisión mantuvieron una apariencia de organización y celebraron congresos, en los que un par de docenas de hombres, siempre los mismos, pretendiendo representar a la clase obrera de toda Europa, proclamaban sus dogmas en nombre de ésta. Pero ya las elecciones alemanas de 1874, y

[a] Véase este volumen, pág. 213. – Ed.

[b] I. Auer, W. Blos, W. Bracke, A. Demmler, F. W. Fritzsche, W. Hasenclever, W. Liebknecht, J. Most, J. Motteler (Hasenclever obtuvo dos mandatos). – Ed.

[c] H. Kaulitz y R. Hackenberger. – Ed.

[d] «Manifest des Ausschusses der sozial-demokratischen Arbeiterpartei. An alle deutschen Arbeiter» [5 de septiembre de 1870], Der Volksstaat, núm. 73, 11 de septiembre de 1870. – Ed.

[e] Guillermo I. – Ed.

[f] Véase este volumen, pág. 213. – Ed.

[215] y la gran ventaja que el movimiento alemán experimentó por la presencia de nueve* de sus miembros más activos en el Parlamento, había arrojado elementos de duda en medio de los “anarquistas”. Los acontecimientos políticos habían reprimido el movimiento en España,²⁾ el cual desapareció sin dejar apenas huella; en Suiza el partido partidario de la acción política, que trabajaba codo con codo con los alemanes, se fortalecía cada día y pronto superó en número a los pocos anarquistas en una proporción de 300 a 1; en Italia, tras un pueril intento de “revolución social” (Bolonia, 1874)*** en el que ni la sensatez ni el valor de los “anarquistas” se mostraron con ventaja, el verdadero elemento obrero comenzó a buscar medios de acción más racionales. En Bélgica, el movimiento, gracias a la política abstencionista de los dirigentes, que dejaba a la clase obrera sin campo alguno para una acción real, había llegado a un punto muerto. De hecho, mientras la acción política de los alemanes los llevaba de éxito en éxito, la clase obrera de aquellos países donde la abstención era la orden del día sufría derrota tras derrota y se cansaba de un movimiento estéril en resultados; sus organizaciones caían en el olvido, sus órganos de prensa desaparecían uno tras otro. La parte más sensata de estos obreros no pudo menos que quedar impresionada por este contraste; la rebelión contra la doctrina “anarquista” y abstencionista estalló tanto en Italia como en Bélgica, y la gente comenzó a preguntarse a sí misma y unos a otros por qué, por mor de un dogmatismo estúpido, debían verse privados de aplicar precisamente los medios de acción que se habían demostrado como los más eficaces de todos. Tal era el estado de cosas cuando la gran victoria electoral de los alemanes disipó todas las dudas, venció toda vacilación. No era posible resistencia alguna contra un hecho tan tozudo. Italia y Bélgica se declararon por la acción política; los restos de los abstencionistas italianos, llevados a la desesperación, intentaron otra insurrección cerca de Nápoles; una treintena de anarquistas proclamó la “revolución social”, pero la policía se encargó rápidamente de ellos.²⁾ Todo lo que consiguieron fue el completo desmoronamiento de su propio movimiento sectario en Italia. Así, la organización anarquista, que había pretendido regir el movimiento obrero de uno a otro extremo de Europa, quedó nuevamente reducida a su núcleo original, unos doscientos hombres en el distrito del Jura en Suiza, donde, desde el aislamiento de sus recovecos montañosos, continúan protestando contra la herejía victoriosa del resto del mundo y defendiendo la verdadera ortodoxia tal como la estableció el emperador Bakunin, hoy difunto. Y cuando en septiembre pasado se reunió en Gante, Bélgica, el Congreso Socialista Universal**° —congreso que ellos mismos habían convocado—, se encontraron en una minoría insignificante, frente a los delegados de las grandes organizaciones obreras de Europa, unidas y unánimes. El Congreso, al tiempo que repudiaba enérgicamente sus ridículas doctrinas y sus arrogantes pretensiones, y dejaba sentado el hecho de que repudiaba meramente a una pequeña secta, les extendió, al final, una generosa tolerancia.

Así, después de una lucha intestina de cuatro años, se restableció la completa armonía en la acción de la clase obrera de Europa, y la política proclamada por la mayoría del último Congreso de la Internacional quedó plenamente vindicada por los acontecimientos. Se había recuperado ahora una base sobre la cual los obreros de los diferentes países europeos podían de nuevo actuar firmemente juntos y darse mutuamente ese apoyo que constituye la fuerza principal del movimiento. La Asociación Internacional de los Trabajadores se había hecho imposi-[...]* muchos países, que prohibían a los obreros de esos países entrar en cualquier lazo internacional semejante. Los gobiernos podrían haberse ahorrado toda esta molestia. El movimiento obrero había superado no sólo la necesidad, sino incluso la posibilidad de cualquier lazo formal semejante; pero no sólo se ha cumplido plenamente la obra de la gran organización proletaria, sino que ésta continúa viviendo, más poderosa que nunca, en el vínculo mucho más fuerte de unión y solidaridad, en la comunidad de acción y de política que ahora anima a la clase obrera de toda Europa, y que es enfáticamente su propia obra y su obra más grandiosa. Hay una gran diversidad de opiniones entre los obreros de los diferentes países, e incluso entre los de cada país por separado; pero ya no hay sectas, no más pretensiones de ortodoxia dogmática ni de supremacía doctrinal, y existe un plan común de acción originalmente trazado por la Internacional pero ahora adoptado universalmente, porque en todas partes ha surgido, consciente o inconscientemente, de la lucha y de las necesidades del movimiento; un plan que, si bien se adapta libremente a las condiciones variables de cada nación y cada localidad, es no obstante el mismo en todas partes en sus rasgos fundamentales, y asegura así la unidad de propósito y la congruencia general de los medios aplicados para obtener el fin común, la emancipación de la clase obrera por la clase obrera misma.

a A. Bebel, A. Geib, W. Hasenclever, W. Hasselmann, W. Liebknecht, J. Most, J. Motteler, O. Reimer, J. Vahlteich.— Ed.
b Véase este volumen, p. 49.— Ed.

[216] II

En el artículo precedente, ya hemos esbozado los principales hechos de interés relacionados con la historia del movimiento obrero en Italia, España, Suiza y Bélgica. Sin embargo, algo queda por decir.

En España, el movimiento se había extendido rápidamente entre 1868 y 1872, cuando la Internacional se jactaba de contar con más de 30.000 miembros cotizantes. Pero todo esto era más aparente que real, resultado más bien de la excitación momentánea provocada por el inestable estado político del país que de un verdadero progreso intelectual. Envuelta en la sublevación cantonalista (federalista-republicana) de 1873°*, la Internacional española fue aplastada junto con ella. Durante un tiempo continuó bajo la forma de una sociedad secreta, de la cual, sin duda, existe todavía un núcleo. Pero como nunca ha dado señal alguna de vida salvo enviar a tres delegados al Congreso de Gante,“* nos vemos forzados a concluir que esos tres delegados representan a la clase obrera española de manera muy semejante a como antaño los tres sastres de Tooley Street representaban al pueblo de Inglaterra. Y cada vez que una revulsión política dé a los obreros de España la posibilidad de volver a desempeñar un papel activo, podemos predecir con seguridad que el nuevo rumbo no vendrá de esos “anarquistas” charlatanes, sino del pequeño grupo de obreros inteligentes y enérgicos que en 1872 permanecieron fieles a la Internacional"? y que ahora esperan su momento en lugar de jugar a la conspiración secreta.

[217] En Portugal, el movimiento permaneció siempre libre de la mácula “anarquista” y procedió sobre la misma base racional que en la mayoría de los demás países. Los obreros portugueses tenían numerosas secciones de la Internacional y sindicatos; celebraron un Congreso muy exitoso en enero de 1877! y contaban con un excelente semanario: “O Protesto” (La Protesta). Sin embargo, también ellos se veían obstaculizados por leyes adversas, restrictivas de la prensa y del derecho de asociación y reunión pública. Siguen luchando a pesar de todo, y en este momento están celebrando otro Congreso en Oporto, que les brindará la oportunidad de mostrar al mundo que la clase obrera de Portugal toma su parte correspondiente en la gran y universal lucha por la emancipación del trabajo.

Los obreros de Italia también se ven muy obstaculizados en su acción por la legislación burguesa. Una serie de leyes especiales"? promulgadas bajo el pretexto de suprimir el bandolerismo y las extendidas organizaciones secretas de bandoleros, leyes que otorgan al gobierno inmensos poderes arbitrarios, se aplican sin escrúpulos a las asociaciones obreras; sus miembros más prominentes, al igual que los bandoleros, son sometidos a vigilancia policial y destierro sin juez ni jurado. Aun así, el movimiento avanza y, como mejor signo de vida, su centro de gravedad se ha desplazado de las venerables pero semi-muertas ciudades de la Romaña hacia las activas ciudades industriales y manufactureras del Norte, un cambio que aseguró el predominio del verdadero elemento obrero sobre la multitud de “anarquistas” intrusos de origen burgués que anteriormente habían llevado la voz cantante. Los clubes obreros y los sindicatos, siempre disueltos y disoluciones por el gobierno, se reorganizan siempre bajo nuevos nombres. La prensa proletaria, aunque muchos de sus órganos son de corta vida a consecuencia de los procesos, multas y condenas de prisión contra los redactores, renace tras cada derrota y, a pesar de todos los obstáculos, cuenta con varios periódicos de antigüedad relativamente larga. Algunos de estos órganos, en su mayoría efímeros, profesan aún doctrinas “anarquistas”, pero esa fracción ha renunciado a toda pretensión de dirigir el movimiento y va desapareciendo gradualmente, junto con el partido republicano mazzinista o burgués, y cada palmo de terreno perdido por estas dos facciones es otro tanto ganado por el verdadero e inteligente movimiento obrero.

También en Bélgica, el centro de gravedad de la acción obrera se ha desplazado, y esta acción misma ha experimentado en consecuencia un cambio importante. Hasta 1875, dicho centro se hallaba en la parte francófona del país, incluida Bruselas, que es mitad francesa y mitad flamenca; durante este periodo, el movimiento estuvo fuertemente influido por las doctrinas proudhonianas, que también imponen la abstención de toda injerencia política, especialmente de las elecciones. No quedaba entonces más que las huelgas, generalmente reprimidas mediante la sangrienta intervención de los militares, y las reuniones en las que se repetían constantemente las viejas frases estereotipadas. Los obreros se cansaron de esto y todo el movimiento fue cayendo gradualmente en el letargo. Pero desde 1875 las ciudades manufactureras de la parte flamencófona entraron en la lucha con un espíritu mayor y, como pronto se demostró, nuevo. En Bélgica no hay leyes fabriles de ninguna clase que limiten las horas de trabajo de las mujeres o los niños; y el primer clamor de los votantes obreros de Gante y sus alrededores fue en demanda de protección para sus esposas e hijos, a quienes se hacía trabajar como esclavos quince y más horas al día en las hilanderías de algodón. La oposición de los doctrinarios proudhonianos, que consideraban tales bagatelas muy por debajo de la atención de hombres ocupados en el revolucionarismo trascendente, no sirvió de nada y fue superada gradualmente. La demanda de protección legal para los niños fabriles se convirtió en uno de los puntos de la plataforma de la clase obrera belga, y con ello se rompió el hechizo que hasta entonces había prohibido la acción política. El ejemplo de los alemanes hizo el resto, y ahora los obreros belgas, al igual que los de Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Hungría, Austria y parte de Italia, se están constituyendo en un partido político, distinto de todos los demás partidos políticos, opuesto a ellos y que tiene por objetivo la conquista de su emancipación por cuanta acción política exija la situación.

La gran masa de los obreros suizos —la parte de habla alemana— se había organizado desde hacía algunos años en una «Confederación de Trabajadores» que a finales de 1876 contaba con más de 5.000 miembros cotizantes. Junto a ellos existía otra organización, la «Sociedad Grütli», formada originalmente por los radicales burgueses para difundir el radicalismo entre los obreros y los campesinos; pero gradualmente las ideas socialdemócratas penetraron en esta asociación ampliamente extendida y acabaron por conquistarla. En 1877, ambas sociedades se unieron en una alianza, casi una fusión, con el propósito de organizar un partido político obrero suizo; y actuaron con tal vigor que lograron que se aprobara, en votación nacional, la nueva Ley Fabril Suiza, de entre todas las leyes fabriles existentes la más favorable a los trabajadores. Ahora están organizando una vigilancia atenta para asegurar su debida aplicación contra la mala voluntad ruidosamente proclamada de los propietarios de las fábricas. Los «anarquistas», desde su superior punto de vista revolucionario, se opusieron como es natural violentamente a toda esta acción, denunciándola como una traición manifiesta a lo que ellos llaman «la Revolución»ᵃ. Pero como no pasan de 200 y aquí, como en todas partes, no son más que un estado mayor de oficiales sin ejército, esto no significó diferencia alguna.— El programa del Partido Obrero Suizo es casi idéntico al de los alemanes, demasiado idéntico incluso, pues ha adoptado incluso algunos de sus pasajes más imperfectos y confusos. Pero la mera redacción del programa importa poco, siempre que el espíritu que domina el movimiento sea del tipo correcto.

Los obreros daneses entraron en liza hacia 1870 y al principio progresaron muy rápidamente. Mediante una alianza con el partido de los pequeños propietarios campesinos, entre los cuales lograron difundir sus concepciones, alcanzaron una influencia política considerable, hasta el punto de que la «Izquierda Unida», de la que el partido campesino formaba el núcleo, tuvo durante varios años la mayoría en el parlamento. Pero en este rápido crecimiento del movimiento había más apariencia que solidez. Un día se descubrió que dos de los dirigentesᵃ habían desaparecido después de malgastar el dinero recogido entre los obreros para fines del partido. El escándalo consiguiente fue enorme, y el movimiento danés aún no se ha repuesto del desaliento producido. De todas maneras, si el partido obrero danés procede ahora de un modo más discreto que antes, hay sobradas razones para creer que está sustituyendo gradualmente la dominación efímera y aparente sobre las masas, que hoy ha perdido, por una influencia más real y más duradera.

En Austria y Hungría la clase obrera ha de luchar con las mayores dificultades. La libertad política, en lo que respecta a la prensa, las reuniones y las asociaciones, se halla allí reducida al nivel más bajo compatible con una falsa monarquía constitucional. Un código de leyes de una elasticidad inaudita permite al gobierno obtener condenas incluso por la más moderada expresión de las reivindicaciones e intereses de la clase obrera. Y, sin embargo, el movimiento allí, como en todas partes, avanza incontenible. Los centros principales son los distritos fabriles de Bohemia, Viena y Pest. Se publican periódicos obreros en alemán, bohemio y húngaro. De Hungría el movimiento se ha extendido a Servia, donde, antes de la guerra, se publicaba un periódico semanal en lengua serviaᵇ, pero al estallar la guerra el periódico fue simplemente suprimido.

Así, dondequiera que miremos en Europa, el movimiento de la clase obrera avanza, no solo favorablemente sino con rapidez y, lo que es más, en todas partes con el mismo espíritu. Se ha restablecido la completa armonía, y con ella un trato constante y regular, de uno u otro modo, entre los obreros de los distintos países. Los hombres que fundaron, en 1864, la Asociación Internacional de los Trabajadores, que mantuvieron en alto su bandera durante años de lucha, primero contra enemigos externos, luego contra enemigos internos, hasta que necesidades políticas, incluso más que las disensiones intestinas, trajeron la ruptura y un aparente retiro — estos hombres pueden hoy exclamar con orgullo: «La Internacional ha cumplido su obra; ha alcanzado plenamente su gran objetivo: la unión del proletariado de todo el mundo en la lucha contra sus opresores».

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IV

Nuestros lectores habrán notado que en los tres artículos precedentes apenas se ha hecho mención de uno de los países más importantes de Europa: Francia, y ello por esta razón: en los países hasta ahora tratados, la acción de la clase obrera, aunque esencialmente política, no está íntimamente mezclada con la política general, o, por así decirlo, oficial. La clase obrera de Alemania, Italia, Bélgica, etc., no constituye aún un poder político en el Estado; es un poder político solo en perspectiva, y si los partidos oficiales en algunos de esos países —conservadores, liberales o radicales— tienen que contar con ella, es meramente porque su rápido progreso hacia adelante hace evidente que, en muy poco tiempo, el partido proletario será lo bastante fuerte para hacer sentir su influencia. Pero en Francia ocurre de otro modo. Los obreros de París, secundados por los de las grandes ciudades de provincia, han sido, desde la gran Revolución, un poder en el Estado. Han sido durante casi noventa años el ejército combatiente del progreso; en cada gran crisis de la historia francesa, descendían a las calles, se armaban lo mejor que podían, levantaban barricadas y provocaban la batalla, y era su victoria o su derrota lo que decidía el porvenir de Francia durante años. De 1789 a 1830, las revoluciones burguesas fueron llevadas a cabo por los obreros de París; fueron ellos quienes conquistaron la República en 1848, y, habiendo creído erróneamente que esa República significaba la emancipación del trabajo, fueron cruelmente desengañados por la derrota que se les infligió en junio del mismo año; resistieron en las barricadas el Golpe de Estado de Luis Napoleón de 1851 y fueron derrotados de nuevo; barrieron en septiembre de 1870 el difunto Imperio, que los radicales burgueses eran demasiado cobardes para tocar. En marzo de 1871, el intento de Thiers de quitarles las armas con las que habían defendido París contra la invasión extranjera les forzó a la revolución de la Comuna y a la lucha prolongada que terminó en su sangrienta extinción.

Una clase obrera nacional que, de este modo, durante casi un siglo no solo ha tomado parte decisiva en cada crisis de la historia de su propio país, sino que al mismo tiempo ha sido siempre la vanguardia de la Revolución europea, una clase obrera así no puede vivir la vida comparativamente aislada que sigue siendo la esfera de acción propia del resto de los obreros continentales. Una clase obrera como la de Francia está ligada a su historia pasada y por su historia pasada. Su historia, no menos que su reconocida y decisiva potencia combativa, la ha mezclado indisolublemente con el desarrollo político general del país. Y así, no podemos hacer una retrospectiva de la acción de la clase obrera francesa sin adentrarnos en la política francesa en general.

Ya fuera luchando por su propia batalla o por la batalla de la burguesía liberal, radical o republicana, cada derrota que ha sufrido la clase obrera francesa ha sido seguida hasta ahora por una reacción política opresiva, tan violenta como duradera. Así, a las derrotas de junio de 1848 y diciembre de 1851 sucedieron los dieciocho años del Imperio bonapartista, durante los cuales la prensa fue encadenada, el derecho de reunión y de asociación suprimido y la clase obrera, por consiguiente, privada de todo medio de intercomunicación y organización. El resultado necesario fue que, cuando llegó la revolución de septiembre de 1870, los obreros no tuvieron otros hombres a quienes poner en el gobierno sino aquellos radicales burgueses que bajo el Imperio habían formado la oposición parlamentaria oficial y que, como es natural, les traicionaron a ellos y a su país. Después del aplastamiento de la Comuna, la clase obrera, incapacitada durante años en su poder combativo, no tuvo más que un interés inmediato: evitar la repetición de otro reinado tan prolongado de represión, y con ello la necesidad de luchar de nuevo, no por su emancipación directa, sino por un estado de cosas que les permitiera preparar la lucha emancipadora final. Ahora bien, en Francia hay cuatro grandes partidos políticos: tres monárquicos, los legitimistas, orleanistas y bonapartistas, cada uno con un pretendiente distinto a la corona; y el partido republicano. Cualquiera de los tres pretendientesᵈ que ascendiera al trono, contaría en todo caso con el apoyo de una pequeña minoría del pueblo, y por consiguiente tendría que apoyarse únicamente en la fuerza. Así, el reinado de la violencia, la supresión de todas las libertades públicas y los derechos personales, que la clase obrera debe desear evitar, era el acompañante necesario de toda restauración monárquica. Por otra parte, el mantenimiento del gobierno republicano establecido les dejaba al menos la posibilidad de obtener un grado tal de libertad personal y pública que les permitiera establecer una prensa obrera, una agitación mediante reuniones y una organización como partido político independiente; y además, la conservación de la República les ahorraría la necesidad de librar una batalla separada para su futura reconquista.

Fue así otra prueba de la elevada inteligencia política instintiva de la clase obrera francesa, que tan pronto como, el 16 de mayo pasado, la gran conspiración de las tres facciones monárquicas declaró la guerra a la República, los obreros, unánimemente, proclamaron el mantenimiento de la República como su principal objetivo inmediato. No cabe duda de que en esto actuaron como la cola de los republicanos y radicales burgueses; pero una clase obrera que no tiene prensa, ni reuniones, ni clubes, ni sociedades políticas, ¿qué otra cosa puede ser sino la cola del partido burgués radical? ¿Qué puede hacer, para conquistar su independencia política, sino apoyar al único partido que está obligado a asegurar al pueblo en general, y por tanto también a los obreros, libertades tales que permitan una organización independiente? Algunos dicen que los obreros en las últimas elecciones debían haber presentado sus propios candidatos; pero, incluso en aquellos lugares donde habrían podido hacerlo con éxito, ¿dónde estaban los candidatos obreros, lo bastante conocidos entre su propia clase para encontrar el apoyo necesario? Pues bien, el gobierno, desde la Comuna, se ha encargado de detener, como participante en aquella insurrección, a todo obrero que se diera a conocer, incluso por su agitación privada en su propio distrito de París.

La victoria de los republicanos en las elecciones del pasado noviembre fue señalada. Fue seguida de triunfos aún más señalados en las elecciones departamentales, municipales y complementarias que la siguieron. La conspiración monárquica quizá no habría cedido a pesar de todo; pero su mano fue paralizada por la actitud inequívoca del ejército. No solo había numerosos oficiales republicanos, sobre todo en los grados inferiores, sino que, lo que fue más decisivo, la masa de los soldados se negó a marchar contra la República. Ese fue el primer resultado de la reorganización del

ᵃ “Manifest der sozialistischen Partei in Brabant (Belgien), Vorwärts!, Núms. 10 y 11, 25 y 27 de enero de 1878.— Ed.

ᵃ L. Pio y P. Geleff.— Ed.

ᵇ Narodna Volja.— Ed.

ᵈ Chambord, Napoleón Eugenio Bonaparte y el Conde de París.— Ed.

«... ejército, mediante el cual se había suprimido el sistema de sustitutos comprados y el ejército se transformó en una representación justa de los jóvenes de todas las clases». Así, la conspiración se desmoronó sin tener que ser aplastada por la fuerza. Y esto también fue muy en interés de la clase obrera, que, todavía demasiado débil después de la sangría de 1871, no puede desear volver a desperdiciar su mayor poder, su poder combativo, en luchas por el beneficio de otros, ni empeñarse en una serie de colisiones violentas antes de haber recuperado su plena fuerza.

Pero esta victoria republicana tiene aún otra significación. Demuestra que desde 1870 los campesinos han dado un gran paso adelante. Hasta ahora, cada victoria de la clase obrera obtenida en París era anulada en muy poco tiempo por el espíritu reaccionario del pequeño campesinado, que forma la gran masa de la población francesa. Desde comienzos de este siglo, el campesinado francés había sido bonapartista. La segunda República, instaurada por los obreros de París en febrero de 1848, había sido anulada por los seis millones de votos campesinos otorgados a Luis Napoleón en diciembre siguiente. Pero la invasión prusiana de 1870 ha sacudido la fe imperialista del campesinado, y las elecciones de noviembre último demuestran que la masa de la población rural se ha hecho republicana, y este es un cambio de la mayor importancia. No significa sólo que, de ahora en adelante, toda restauración monárquica se haya vuelto imposible en Francia. Significa también la alianza próxima entre los obreros de las ciudades y el campesinado del campo. Los pequeños propietarios campesinos creados por la gran Revolución son propietarios del suelo, pero sólo de nombre. Sus granjas están hipotecadas a los usureros; sus cosechas se gastan en el pago de intereses y costas judiciales; el notario, el procurador, el alguacil, el subastador amenazan constantemente a sus puertas. Su situación es tan mala como la de los obreros, y casi tan insegura. Y si estos campesinos ahora se vuelven del bonapartismo hacia la República, demuestran con ello que ya no esperan una mejora de su condición de aquellos milagros imperialistas que Luis Napoleón siempre prometió y nunca cumplió. La fe de Thiers en los misteriosos poderes salvadores de un «Emperador de los campesinos» ha sido brutalmente disipada por el segundo Imperio. El hechizo está roto. El campesinado francés se encuentra por fin en un estado de ánimo lo bastante racional como para buscar las causas reales de la miseria crónica y los medios prácticos para eliminarla; y una vez que se pongan a pensar, no tardarán en descubrir que su único remedio reside en una alianza con la única clase que no tiene ningún interés en su actual condición miserable, la clase obrera de la ciudad.

Así, por despreciable que pueda ser el actual gobierno republicano de Francia, el establecimiento definitivo de la República ha dado por fin a los obreros franceses el terreno sobre el cual pueden organizarse como partido político independiente y librar sus futuras batallas, no en beneficio de otros, sino en el suyo propio; el terreno, además, sobre el cual pueden unirse con la masa hasta ahora hostil del campesinado y hacer así que las victorias futuras no sean, como hasta aquí, triunfos efímeros de París sobre Francia, sino triunfos definitivos de todas las clases oprimidas de Francia, dirigidas por los obreros de París y de las grandes ciudades de provincia.

CONCLUSIÓN

Hay todavía otro país europeo importante que considerar: Rusia. No es que exista en Rusia un movimiento de la clase obrera digno de mención. Pero las circunstancias internas y externas en que se halla Rusia son de lo más peculiares y preñadas de acontecimientos de la mayor importancia para el futuro, no sólo de los obreros rusos, sino de los de toda Europa.

En 1861, el gobierno de Alejandro II llevó a cabo la emancipación de los siervos, la transformación de la inmensa mayoría del pueblo ruso de siervos de la gleba, atados a la tierra y sujetos al trabajo forzoso para su señor, en libres propietarios campesinos. Este cambio, cuya necesidad había sido evidente desde hacía mucho tiempo, se efectuó de tal manera que ni los antiguos señores ni los antiguos siervos salieron ganando. Las aldeas campesinas recibieron parcelas de tierra, que en adelante serían suyas, mientras que los señores debían ser indemnizados por el valor de la tierra así cedida a las aldeas y también, en cierta medida, por el derecho que hasta entonces habían tenido al trabajo del campesino. Como los campesinos evidentemente no podían reunir el dinero para pagar a los señores, el Estado intervino. Una parte de este pago se realizó transfiriendo al señor una porción de la tierra que hasta entonces cultivaban los campesinos por su cuenta; el resto se pagó en forma de bonos del Estado, adelantados por el Estado y que los campesinos debían reembolsar con intereses, en plazos anuales. La mayoría de los señores vendieron estos bonos y gastaron el dinero; así, no sólo quedaron más pobres que antes, sino que no pueden encontrar trabajadores que labren sus propiedades, pues los campesinos se niegan a trabajar en ellas y a dejar sus propios campos sin cultivar. En cuanto a los campesinos, sus parcelas de tierra no sólo habían sido reducidas en tamaño con respecto a lo que tenían antes, y muy a menudo hasta un punto que, en las circunstancias rusas, las dejaba insuficientes para mantener a una familia; esas parcelas, en la mayoría de los casos, se habían tomado de las peores tierras de la finca, de pantanos u otras tierras baldías, mientras que la buena tierra, hasta entonces propiedad de los campesinos y mejorada por su trabajo, había sido transferida a los señores. En estas circunstancias, los campesinos también estaban considerablemente peor que antes; pero además de esto, se esperaba que pagaran cada año al gobierno los intereses y parte del capital adelantado por el Estado para rescatarlos, y, por añadidura, los impuestos que se les cobraban aumentaban de año en año. Además, antes de la emancipación, los campesinos habían poseído ciertos derechos comunales sobre las tierras de la finca, como el pasto para su ganado, la tala de madera para construcción y otros fines, etc. Estos derechos les fueron expresamente arrebatados por el nuevo acuerdo; si querían ejercerlos de nuevo, tenían que negociar con su antiguo señor.

Así, mientras la mayoría de los propietarios territoriales se endeudaron aún más, a consecuencia del cambio, de lo que ya estaban antes, el campesinado fue reducido a una posición en la que no podían ni vivir ni morir. El gran acto de emancipación, tan universalmente ensalzado y glorificado por la prensa liberal de Europa, no había creado sino las bases y la absoluta necesidad de una futura revolución.

Esta revolución, el gobierno hizo todo lo que estuvo a su alcance para acelerarla: la corrupción que invadía todas las esferas oficiales, y que anulaba cualquier poder para el bien que se les pudiera suponer, esa corrupción hereditaria seguía siendo tan grave como siempre, y salió a la luz de manera flagrante en todos los departamentos públicos al estallar la guerra turca. Las finanzas del imperio, completamente desordenadas al final de la guerra de Crimea, empeoraron aún más. Se contrató un empréstito tras otro, hasta que no hubo más medio de pagar los intereses de las viejas deudas que contratando otros nuevos. Durante los primeros años del reinado de Alejandro, el viejo despotismo imperial se había relajado un tanto; se había concedido más libertad a la prensa, se había establecido el juicio por jurados y se había permitido que cuerpos representativos, elegidos por la nobleza, los ciudadanos de las ciudades y los campesinos respectivamente, tomaran alguna parte en la administración local y provincial. Incluso con los polacos se había llevado a cabo cierto coqueteo político. Pero el público había malinterpretado las benévolas intenciones del gobierno. La prensa se volvió demasiado franca. Los jurados absolvían de hecho a los presos políticos que el gobierno esperaba que condenaran en contra de las pruebas. Las asambleas locales y provinciales, todas y cada una, declararon que el gobierno, con su acto de emancipación, había arruinado al país, y que las cosas no podían seguir así por más tiempo. Incluso se insinuó la idea de una asamblea nacional como único medio para salir de unos apuros que se estaban volviendo insoportables. Y finalmente, los polacos se negaron a dejarse engatusar con bellas palabras, y estallaron en una rebelión que requirió todas las fuerzas del imperio y toda la brutalidad de los generales rusos para ser sofocada en torrentes de sangre. Entonces el gobierno volvió a dar marcha atrás. La represión severa se convirtió de nuevo en la orden del día. Se amordazó a la prensa, se entregó a los presos políticos a tribunales especiales, compuestos por jueces designados a propósito, se ignoró a las asambleas locales y provinciales. Pero ya era demasiado tarde. El gobierno, habiendo mostrado una vez signos de temor, había perdido su prestigio. La creencia en su estabilidad y en su poder de aplastar absolutamente toda resistencia interna había desaparecido. Había brotado el germen de una futura opinión pública. Ya no se podía hacer volver a las fuerzas a la antigua obediencia implícita a la dictación gubernamental. La discusión de los asuntos públicos, aunque sólo fuera en círculos privados, se había convertido en un hábito entre las clases instruidas. Y finalmente, el gobierno, con todo su deseo de volver al despotismo desenfrenado del reinado de Nicolás, seguía fingiendo mantener, ante los ojos de Europa, las apariencias del liberalismo iniciado por Alejandro. La consecuencia fue un sistema de vacilación y titubeo, de concesiones hechas hoy y retractadas mañana, para ser de nuevo medio concedidas y medio retractadas por turnos, una política que cambiaba de hora en hora, que hacía patente a todos la debilidad intrínseca, la falta de perspicacia y de voluntad de un gobierno que nada era si no poseía una voluntad y los medios para imponerla. ¿Qué más natural que cada día aumentara el desprecio hacia un gobierno que, considerado desde hacía mucho tiempo impotente para el bien y obedecido sólo por el temor, demostraba ahora que dudaba de su poder para mantener su propia existencia, que tenía al menos tanto miedo al pueblo como el pueblo lo tenía a él? Sólo había un camino de salvación para el gobierno ruso, el camino abierto a todos los gobiernos puestos frente a una resistencia popular abrumadora: la guerra exterior. Y se decidió la guerra exterior; una guerra proclamada ante Europa como emprendida para la liberación de los cristianos de la prolongada tiranía turca, pero proclamada ante el pueblo ruso como llevada a cabo para traer a casa a sus hermanos de raza eslavos, de la servidumbre turca al seno del Sacro Imperio Ruso.

Esta guerra, tras meses de derrotas ignominiosas, ha llegado ahora a su fin mediante el aplastamiento, igualmente ignominioso, de la resistencia turca, en parte por la traición, en parte por una superioridad numérica abrumadora. Pero la conquista rusa de la mayor parte de la Turquía europea no es en sí misma más que el preludio de una guerra general europea. O bien Rusia, en la inminente Conferencia Europea (si es que esa Conferencia llega a reunirse), tendrá que retroceder tanto de la posición ahora ganada, que la desproporción entre los inmensos sacrificios y los exiguos resultados habrá de empujar el descontento popular a un violento estallido revolucionario; o bien Rusia tendrá que mantener su nueva posición conquistada en una guerra europea. Agotada ya en más de la mitad, su gobierno no puede sacarla adelante en una guerra semejante —cualquiera que sea su resultado final— sin importantes concesiones populares. Tales concesiones, ante una situación como la arriba descrita, significan el comienzo de una revolución. De esta revolución no puede escapar en modo alguno el gobierno ruso, aunque logre retrasar su estallido uno o dos años. Pero una revolución rusa significa más que un mero cambio de gobierno en la propia Rusia. Significa la desaparición de un vasto, aunque desmañado, poderío militar que, desde la Revolución Francesa, ha formado la columna vertebral de los despotismos unidos de Europa. Significa la emancipación de Alemania respecto de Prusia, pues Prusia ya ha sido la criatura de Rusia, y sólo ha existido apoyándose en ella. Significa la emancipación de Polonia. Significa el despertar de las nacionalidades eslavas más pequeñas de Europa Oriental de los sueños paneslavistas fomentados entre ellas por el actual gobierno ruso. Y significa el comienzo de una vida nacional activa entre el propio pueblo ruso, y con ella el surgimiento de un verdadero movimiento obrero en Rusia. En conjunto, significa un cambio tal en toda la situación de Europa que los trabajadores de todos los países han de saludar con júbilo como un paso gigantesco hacia su meta común: la emancipación universal del Trabajo.

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Karl Marx y Frederick Engels

HERR BUCHER