En otra columna publicamos una carta del señor J. Noble* criticando algunas de nuestras observaciones en un artículo de fondo del *Labour Standard* del 18 de junio. Aunque, por supuesto, no podemos convertir nuestras columnas principales en vehículo de polémicas sobre hechos históricos o teorías económicas, por una vez responderemos a un hombre que, aunque ocupa una posición oficial de partido, es evidentemente sincero.

A nuestra afirmación de que lo que se pretendía con la derogación de las Leyes de Cereales era “reducir el precio del pan y, con ello, el nivel monetario de los salarios”, el señor Noble replica que se trataba de una “falacia proteccionista” combatida persistentemente por la Liga, y aporta algunas citas de discursos de Richard Cobden y de un manifiesto del Consejo de la Liga para probarlo.**

El autor del artículo en cuestión vivía por aquel entonces en Manchester —un fabricante entre fabricantes—***. Sabe perfectamente, desde luego, cuál era la doctrina oficial de la Liga. Reducida a su expresión más breve y generalmente reconocida (pues existen muchas variantes), venía a decir lo siguiente: la derogación del derecho sobre los cereales aumentará nuestro comercio con los países extranjeros, incrementará directamente nuestras importaciones, a cambio de las cuales los clientes extranjeros comprarán nuestras manufacturas, aumentando así la demanda de nuestros productos manufacturados; aumentará, por tanto, la demanda del trabajo de nuestra población obrera industrial y, en consecuencia, los salarios habrán de subir. Y a fuerza de repetir esta teoría día tras día y año tras año, los representantes oficiales de la Liga, economistas superficiales como eran, pudieron al final salir con la asombrosa afirmación de que los salarios subían y bajaban en razón inversa, no a las ganancias, sino al precio de los alimentos; que el pan caro significaba salarios bajos y el pan barato, salarios altos. Así, las crisis comerciales decenales que han existido antes y después de la derogación de los derechos sobre los cereales fueron declaradas por los portavoces de la Liga como simples efectos de las Leyes de Cereales, destinadas a desaparecer tan pronto como aquellas odiosas leyes fueran removidas; las Leyes de Cereales eran el único gran obstáculo que se alzaba entre el fabricante británico y los pobres extranjeros que anhelaban los productos de ese fabricante, desnudos y tiritando por falta de paños británicos. Y así Cobden pudo de hecho sostener, en el pasaje que cita el señor Noble, que la depresión comercial y la caída de los salarios de 1839 a 1842 eran la consecuencia del muy alto precio de los cereales durante aquellos años, cuando no era sino una de las fases regulares de la depresión comercial, que se repite con la mayor regularidad, hasta ahora, cada diez años; fase ciertamente prolongada y agravada por las malas cosechas y la estúpida intromisión de la legislación de los terratenientes ávidos.

Bien, ésa era la teoría oficial de Cobden, quien, con toda su habilidad como agitador, era un pobre hombre de negocios y un economista superficial; sin duda él la creía tan fielmente como el señor Noble la cree todavía hoy. Pero el grueso de la Liga estaba formado por hombres prácticos de negocios, más atentos a los negocios y generalmente más exitosos en ellos que Cobden. Y para éstos las cosas eran completamente distintas. Desde luego, ante extraños y en reuniones públicas, especialmente ante sus “obreros”, se solía considerar que la teoría oficial era “lo que correspondía”. Pero los hombres de negocios, cuando se dedican a los negocios, no acostumbran a decir lo que piensan a sus clientes, y si el señor Noble es de una opinión distinta, haría bien en mantenerse alejado de la Bolsa de Manchester. Bastaba con apretar muy poco sobre qué se entendía por el modo en que los salarios debían subir a consecuencia del librecambio en cereales, para hacer aflorar que se suponía que esa subida afectaba a los salarios expresados en mercancías, y que bien podía ser posible que el nivel monetario de los salarios no subiera —pero ¿no era eso sustancialmente una subida de los salarios?—. Y cuando se apretaba más en el tema, solía salir a relucir que el nivel monetario de los salarios podía incluso bajar, mientras que las comodidades proporcionadas al trabajador por esa suma reducida de dinero serían aún superiores a las que disfrutaba en aquel momento. Y si se hacían unas cuantas preguntas más precisas sobre la manera en que habría de producirse la esperada inmensa extensión del comercio, muy pronto se oía decir que era esta última contingencia en la que principalmente confiaban: una reducción del nivel monetario de los salarios, combinada con una baja del precio del pan, etc., que compensara con creces esa reducción. Además, se encontraban muchos que ni siquiera trataban de disimular su opinión de que se quería el pan barato sencillamente para hacer bajar el nivel monetario de los salarios, y de ese modo golpear a la competencia extranjera en la cabeza. Y que éste era, en realidad, el fin y el objetivo del grueso de los fabricantes y comerciantes que formaban el gran cuerpo de la Liga, no era tan difícil de descubrir para cualquiera acostumbrado a tratar con hombres de negocios y, por tanto, habituado a no tomar siempre sus palabras como evangelio. Esto es lo que dijimos y lo repetimos. De la doctrina oficial de la Liga no dijimos ni una palabra. Era, económicamente, una “falacia”, y en la práctica un mero disfraz para fines interesados, aunque algunos de los dirigentes la repetirían a menudo hasta acabar ellos mismos por creérsela.

Muy divertida es la cita que hace el señor Noble de las palabras de Cobden acerca de las clases trabajadoras “frotándose las manos de satisfacción” ante la perspectiva del trigo a 25 chelines el *quarter*. Las clases trabajadoras por aquel entonces no desdeñaban el pan barato; pero estaban tan llenas de “satisfacción” con los procederes de Cobden y Cía. que durante varios años habían hecho imposible que la Liga celebrara una sola reunión realmente pública en todo el Norte. El autor tuvo la “satisfacción” de estar presente, en 1843, en el último intento de la Liga de celebrar una reunión de ese tipo en el Ayuntamiento de Salford, y de verla casi disuelta por la mera presentación de una enmienda en favor de la Carta del Pueblo.**** Desde entonces, la regla en todas las reuniones de la Liga fue la “entrada por billete”, que distaba mucho de ser accesible para todo el mundo. A partir de ese momento cesó la “obstrucción cartista”. Las masas trabajadoras habían alcanzado su fin: demostrar que la Liga no las representaba, como pretendía.

Para terminar, unas pocas palabras sobre la teoría de los salarios de la Liga. El precio medio de una mercancía es igual a su costo de producción; la acción de la oferta y la demanda consiste en reconducirlo a esa norma alrededor de la cual oscila. Si esto es cierto para todas las mercancías, lo es también para la mercancía trabajo (o, hablando con más rigor, fuerza de trabajo). Entonces, la tasa de salarios está determinada por el precio de aquellas mercancías que entran en el consumo habitual y necesario del trabajador. En otras palabras, permaneciendo todo lo demás inalterado, los salarios suben y bajan con el precio de los medios de subsistencia necesarios. Ésta es una ley de la economía política contra la cual todos los Perronet Thompson, los Cobden y los Bright serán siempre impotentes. Pero todo lo demás no permanece siempre inalterado, y por ello la acción de esta ley en la práctica se ve modificada por la acción concurrente de otras leyes económicas; aparece oscurecida, y a veces en tal grado que hay que tomarse algún trabajo para rastrearla. Esto sirvió de pretexto a los economistas vulgarizadores y vulgares que datan de la Anti-Corn Law League para fingir, primero, que el trabajo, y luego todas las demás mercancías, no tenían un valor real determinable, sino sólo un precio fluctuante, regulado por la oferta y la demanda más o menos sin tener en cuenta el costo de producción, y que para elevar los precios, y por tanto los salarios, no había más que aumentar la demanda. Y así se desembarazaban de la desagradable conexión de la tasa de salarios con el precio de los alimentos, y podían proclamar audazmente esa doctrina cruda y ridícula de que el pan caro significaba salarios bajos y el pan barato, salarios altos.

Quizá el señor Noble pregunte si los salarios no son, en general, tan altos, o incluso más, con el pan barato de hoy que con el pan caro y gravado de antes de 1847. Responder a eso requeriría una larga investigación. Pero una cosa es segura: allí donde una rama industrial ha prosperado y al mismo tiempo los obreros han estado fuertemente organizados para su defensa, sus salarios generalmente no han bajado, y a veces tal vez hayan subido. Esto prueba meramente que la gente estaba mal pagada antes. Allí donde una rama industrial ha decaído, o donde los trabajadores no han estado fuertemente organizados en sindicatos obreros, esos salarios han bajado invariablemente, y a menudo hasta el nivel de la inanición. ¡Vayan al East End de Londres y véanlo con sus propios ojos!

* J. Noble, “The Anti-Corn Law League and Wages”, *The Labour Standard*, núm. 10, 9 de julio de 1881. — Ed.
** Véase este volumen, pp. 389-393. — Ed.
*** Alusión a Engels, que trabajaba en Manchester y era empleado en la firma de su padre. — Ed.
**** La Carta del Pueblo, programa de los cartistas, movimiento de masas obreras en Gran Bretaña. — Ed.