Entre tanto hemos recibido el *Jahrbuch* de Höchberg, que contiene un artículo, «Rückblicke auf die sozialistische Bewegung in Deutschland»,* el cual, según me informó el propio Höchberg, fue escrito en realidad por los tres miembros del comité de Zúrich.

He aquí su auténtica crítica del movimiento hasta el presente y, por tanto, su auténtico programa para la postura del nuevo periódico, en la medida en que ésta depende de nosotros.

Al comienzo mismo leemos:

«El movimiento, considerado por Lassalle como eminentemente político, al que él buscaba sumar no sólo a los obreros sino a todos los demócratas honestos y a cuya vanguardia debían marchar los representantes independientes de la ciencia y todos los hombres imbuidos de un verdadero amor a la humanidad, fue trivializado bajo la presidencia de J. B. von Schweitzer, convirtiéndose en una lucha unilateral de los obreros industriales por promover sus propios intereses.»³

No voy a indagar si esto es históricamente cierto ni en qué medida lo es. La acusación concreta contra Schweitzer es que éste trivializó el lassalleanismo —considerado aquí como un movimiento democrático-filantrópico burgués—, reduciéndolo a una lucha unilateral de los obreros industriales por promover sus propios intereses; lo trivializó al poner el acento en su carácter de *lucha de clases* de los obreros industriales contra la burguesía. Se le acusa, además, de haber «repudiado la democracia burguesa». Pero ¿acaso tiene la democracia burguesa algo que hacer en el Partido Socialdemócrata? Si está compuesta por «hombres honestos», no puede desear afiliarse; y si a pesar de todo quiere hacerlo, sólo puede ser con el propósito de sembrar cizaña.

El partido lassalleano «optó por presentarse de la manera más unilateral como un partido obrero». Los señores que escribieron esas palabras son ellos mismos miembros de un partido que se presenta de la manera más unilateral como un partido obrero, y ahora ocupan cargos en el mismo. Estamos ante una incompatibilidad absoluta. Si piensan como escriben, deberían abandonar el partido o, cuando menos, dimitir de sus cargos. Si no lo hacen, equivale a admitir que pretenden valerse de su posición oficial para combatir el carácter proletario del partido. Por consiguiente, el partido se traiciona a sí mismo si les permite seguir en sus puestos.

Así pues, en opinión de estos señores, el Partido Socialdemócrata no debe ser un partido obrero unilateral, sino un partido multilateral de «todos los hombres imbuidos de un verdadero amor a la humanidad». Y ha de demostrarlo, ante todo, despojándose de las pasiones proletarias groseras y consagrándose, bajo la dirección de filántropos burgueses ilustrados, «a la formación del buen gusto» y «a la adquisición de buenos modales» (pág. 85). Tras lo cual, la «apariencia desaliñada» de algunos de los dirigentes dejaría paso a una respetable «apariencia burguesa».⁴ (¡Como si la apariencia exteriormente desaliñada de los aquí aludidos no fuera lo de menos que se les pudiera reprochar!) Y después de esto, también

«se producirá una afluencia de partidarios provenientes de las filas de las clases cultas y propietarias. Pero a éstos hay que ganárselos primero, si se quiere que la ... agitación emprendida tenga resultados perceptibles...». El socialismo alemán ha puesto «demasiado énfasis en ganar a las masas, omitiendo así llevar a cabo una vigorosa» (!) «propaganda entre las llamadas capas superiores de la sociedad». Pues «al partido aún le faltan hombres aptos para representarlo en el Reichstag». Es, sin embargo, «deseable y necesario confiar los mandatos a hombres que hayan tenido tiempo y oportunidad de familiarizarse a fondo con la materia correspondiente. Sólo rara vez y en casos excepcionales ... el simple obrero y el pequeño maestro artesano disponen del ocio suficiente para ello».⁵

¡Elegid, pues, a burgueses!

En suma: la clase obrera es incapaz de emanciparse por sus propios esfuerzos. Para lograrlo, debe ponerse bajo la dirección de burgueses «cultos y propietarios», los únicos que tienen «tiempo y oportunidad» de conocer lo que conviene a los obreros. Y, en segundo lugar, no hay que combatir a los burgueses —¡ni por asomo!—, sino ganárselos mediante una vigorosa propaganda.

Pero si se quiere ganar a las capas superiores de la sociedad, o al menos a sus elementos bienintencionados, no hay que asustarlas: ¡ni por asomo! Y aquí el trío de Zúrich cree haber hecho un descubrimiento tranquilizador:

«Ahora, justo en el momento en que se ve oprimido por la Ley contra los socialistas, el partido está demostrando que no desea seguir el camino de la revolución violenta y sangrienta, sino que está decidido ... a seguir la senda de la legalidad, es decir, de la reforma.»⁶

Así pues, si los quinientos o seiscientos mil electores socialdemócratas —entre 7/19 y 1/5 del electorado total, y dispersos, por añadidura, a lo largo y ancho del país— tienen suficiente sensatez para no darse de cabezazos contra el muro e intentar una «revolución sangrienta» con una desventaja de uno a diez, ¡esto pretendería demostrar que renuncian para siempre a cualquier posibilidad de aprovechar un estallido violento en el extranjero, una súbita oleada de fervor revolucionario engendrada por él o incluso una victoria popular lograda en un choque resultante! Si Berlín llegara a ser alguna vez tan inculto como para escenificar otro 18 de marzo,⁷ correspondería a los socialdemócratas no tomar parte en los combates como «mozalbetes embrutecidos por las barricadas» (pág. 88), sino más bien «seguir la senda de la legalidad», apaciguar, retirar las barricadas y, si fuera necesario, marchar con el glorioso ejército contra las masas unilaterales, groseras e incultas. O, si los señores insisten en que no es eso lo que querían decir, ¿qué es lo que querían decir entonces?

Pero aún hay más.

«Por tanto, cuanto más tranquilo, sobrio y ponderado se muestre (el Partido) en su crítica de las circunstancias existentes y en sus propuestas para cambiarlas, tanto menor será la probabilidad de que se repita la presente jugada exitosa» (la introducción de la Ley contra los socialistas) «mediante la cual la reacción consciente ha metido a la burguesía el miedo en el cuerpo esgrimiendo el espectro rojo» (pág. 88).

Para librar a la burguesía del último vestigio de ansiedad, hay que mostrar clara y convincentemente que el espectro rojo no es más que un espectro y no existe. Pero ¿cuál es el secreto del espectro rojo, sino el miedo de la burguesía a la inevitable lucha a vida o muerte entre ella y el proletariado, miedo al desenlace ineludible de la moderna lucha de clases? ¡Suprímanse sin más la lucha de clases, y la burguesía y «todas las personas independientes» «no dudarán en ir de la mano con los proletarios»!⁸ En cuyo caso los únicos engañados serían esos mismos proletarios.

Demuestre, pues, el partido, mediante su porte humilde y sumiso, que ha renunciado de una vez por todas a las «impropiedades y excesos»⁹ que provocaron la Ley contra los socialistas. Si se compromete voluntariamente a mantenerse por completo dentro de los límites de la Ley contra los socialistas, Bismarck y la burguesía tendrán, sin duda, la cortesía de derogar una ley que entonces resultaría superflua.

«Que nadie nos malinterprete»; no queremos «renunciar a nuestro partido ni a nuestro programa,⁷ pero en nuestra opinión tendremos suficiente trabajo para los años venideros si concentramos toda nuestra fuerza, todas nuestras energías, en la consecución de ciertos objetivos inmediatos que habrán de ser alcanzados en cualquier caso antes de que pueda pensarse en nada más.»¹⁰

Entonces también los burgueses, pequeñoburgueses y obreros que «ahora se ven ahuyentados ... por demandas ambiciosas»,¹¹ se unirán a nosotros en masa.

No se trata de renunciar al programa, sino de aplazarlo por un período indeterminado. Lo aceptan, pero no para sí mismos, en vida, sino de manera póstuma, como legado para sus hijos y los hijos de sus hijos. Mientras tanto, consagran «toda su fuerza y energías» a toda suerte de nimiedades, a remiendos en el orden social capitalista, para que al menos parezca que se hace algo sin alarmar al mismo tiempo a la burguesía. Aquí no puedo sino elogiar a aquel comunista, Miquel, que da prueba de su inquebrantable fe en el inevitable derrumbe de la sociedad capitalista dentro de algunos cientos de años timándola en todo lo que puede, contribuyendo valerosamente al crac de 1873 y haciendo así realmente algo en favor del colapso del orden existente.*

Otro atentado contra las buenas costumbres fueron los «ataques exagerados contra los *Gründer*»,** quienes, a fin de cuentas, no eran sino «hijos de su tiempo»; de ahí que «la vilificación de Strousberg y de hombres semejantes ... habría sido mejor omitirla».¹² Tristemente, todos somos «hijos de nuestro tiempo», y si ello bastara como excusa, ya no estaría permitido atacar a nadie y nosotros, por nuestra parte, tendríamos que desistir de toda polémica, de toda lucha; nos someteríamos tranquilamente a las patadas de nuestros adversarios, sabios como somos de que ellos son «sólo hijos de su tiempo» y no pueden actuar de otra manera. En lugar de devolverles sus patadas con creces, más bien deberíamos, según parece, compadecernos de los pobres muchachos.

Análogamente, nuestro apoyo a la Comuna tuvo al menos un inconveniente, a saber:

«que apartó a personas por lo demás bien dispuestas hacia nosotros y acrecentó en general el odio que nos profesa la burguesía». Además, el partido «no puede ser enteramente exonerado de haber provocado la Ley de Octubre,²⁵ pues había exacerbado innecesariamente el odio de la burguesía».¹³

He ahí el programa de los tres censores de Zúrich.  
En cuanto a claridad, no deja nada que desear. Y mucho menos por lo que a nosotros respecta, ya que conocemos sobradamente todas esas consignas de 1848. Son las voces de los representantes de la pequeña burguesía, aterrorizados ante la idea de que el proletariado, impulsado por su situación revolucionaria, «vaya demasiado lejos». En lugar de una oposición política resuelta: conciliación general; en lugar de lucha contra el gobierno y la burguesía: el intento de ganárselos y convencerlos con palabras; en lugar de resistencia desafiante a los malos tratos desde arriba: sumisión humilde y reconocimiento de que el castigo era merecido. Todo conflicto históricamente necesario se reinterpreta como un malentendido, y toda discusión se concluye con la seguridad de que, naturalmente, todos estamos de acuerdo en lo fundamental. Los hombres que en 1848 salieron a la palestra como demócratas burgueses podrían muy bien llamarse ahora socialdemócratas. Para aquéllos, la república democrática era una meta tan inalcanzablemente remota como lo es para éstos el derrocamiento del orden capitalista y, por tanto, del todo irrelevante para la práctica política presente; se puede conciliar, transigir, filantropear a placer. Lo mismo vale para la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Sobre el papel se la reconoce, porque ya no es posible negarla, pero en la práctica se la disimula, se la suprime, se la castra. El Partido Socialdemócrata no debe ser un partido obrero, no debe atraer sobre sí el odio de la burguesía ni, en rigor, el de nadie; ante todo, debe hacer vigorosa propaganda entre la burguesía; en lugar de poner el acento en metas ambiciosas, calculadas para espantar a la burguesía y, de todos modos, irrealizables en nuestra generación, debe más bien consagrar todas sus fuerzas y energías a esas reformas transitorias pequeñoburguesas que proporcionan nuevos puntales al viejo orden social y que, tal vez, puedan transformar la catástrofe final en un proceso de disolución gradual, paulatino y, en lo posible, pacífico. Son los mismos que aparentan una actividad incesante y, sin embargo, no sólo no hacen nada por sí mismos, sino que procuran que no se haga absolutamente nada, salvo charla insustancial; los mismos cuyo miedo a cualquier tipo de acción en 1848 y 1849 frenó el movimiento a cada paso y acabó provocando su hundimiento; los mismos que nunca ven la reacción y luego quedan completamente estupefactos al hallarse al fin en un callejón sin salida en el que ya no es posible ni resistir ni huir; los mismos que pretenden encerrar la historia dentro de sus estrechos horizontes filisteos, y por encima de cuyas cabezas la historia pasa invariablemente a la orden del día.

Por lo que hace a su contenido socialista, éste ya fue criticado de manera adecuada en el Manifiesto, en el capítulo sobre «El socialismo alemán o el socialismo “verdadero”». Allí donde la lucha de clases se echa a un lado por considerarla una manifestación desagradable y «cruda», al socialismo no le queda más base que un «verdadero amor a la humanidad» y frases vacías sobre la «justicia».

Es una manifestación inevitable, y enraizada en el proceso de desarrollo, el que personas procedentes de lo que hasta ahora ha sido la clase dominante se sumen también al proletariado militante y le aporten elementos de cultura. Ya lo hemos dicho claramente en el Manifiesto. Pero a este respecto hay que hacer dos observaciones:

En primer lugar, para que estas personas sean de utilidad al movimiento proletario, tienen que introducir en él elementos de auténtica cultura. Ahora bien, en el caso de la inmensa mayoría de los conversos burgueses alemanes, no es así. Ni die Zukunft ni die Neue Gesellschaft han aportado nada que haya hecho avanzar el movimiento un solo paso. Aquí nos encontramos con una carencia total de auténtico contenido formativo, tanto de hecho como teórico. En su lugar, intentos de conciliar ideas socialistas asimiladas superficialmente con los más diversos puntos de vista teóricos que estos señores han traído de la universidad o de cualquier otra parte, y cada uno de los cuales es más confuso que el anterior gracias al proceso de descomposición en que se halla hoy lo que queda de la filosofía alemana. En vez de estudiar primero a fondo la nueva ciencia, cada cual prefirió adaptarla al punto de vista que traía consigo, sin vacilar en elaborar su propia marca de ciencia y arrogarse de inmediato el derecho de enseñarla. De ahí que, entre estos señores, haya casi tantos puntos de vista como cabezas; en lugar de dilucidar nada, no han hecho sino empeorar la confusión —por fortuna, casi exclusivamente entre ellos mismos—. El partido puede muy bien prescindir de elementos de cultura como ésos, para quienes es un axioma enseñar lo que no han aprendido.

En segundo lugar, cuando personas de este tipo, procedentes de diversas clases, se suman al movimiento proletario, la primera condición es que no traigan consigo el menor residuo de prejuicios burgueses, pequeñoburgueses, etc., sino que asuman sin reservas la concepción proletaria. Estos señores, como ya se ha mostrado, están llenos hasta los topes de ideas burguesas y pequeñoburguesas. En un país tan pequeñoburgués como Alemania, tales ideas tienen ciertamente alguna justificación. Pero sólo fuera del Partido Socialdemócrata Obrero. Si los señores se constituyen en un partido pequeñoburgués socialdemócrata, están en su pleno derecho: en ese caso podríamos negociar con ellos y, según las circunstancias, formar una alianza, etc. Pero dentro de un partido obrero son un elemento adulterador. Si hubiera alguna razón para tolerar su presencia allí durante un tiempo, nuestro deber sería sólo tolerarlos, sin concederles ninguna intervención en la dirección del Partido y manteniendo la conciencia de que la ruptura con ellos es solo cuestión de tiempo. Y ese momento, por lo demás, parece haber llegado. Cómo puede el Partido soportar que los autores de este artículo permanezcan por más tiempo en su seno nos parece incomprensible. Pero si la dirección del Partido cayese realmente, en mayor o menor medida, en manos de tales hombres, el Partido quedaría igualmente castrado, y eso pondría fin a su fibra proletaria.

Por lo que a nosotros respecta, y en vista de todos nuestros antecedentes, sólo hay un camino abierto. Durante casi cuarenta años hemos subrayado que la lucha de clases es el motor inmediato de la historia y, en particular, que la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado es la gran palanca de la revolución social moderna; por tanto, no podemos cooperar en modo alguno con hombres que pretenden eliminar esa lucha de clases del movimiento. En la fundación de la Internacional formulamos expresamente el grito de combate: La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por consiguiente, no podemos cooperar con hombres que dicen abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por sí mismos y que deben ser emancipados desde arriba por miembros filantrópicos de las clases medias superior e inferior. Si el nuevo órgano del partido ha de adoptar una política que corresponda a las opiniones de estos señores, si es burgués y no proletario, entonces lo único que podríamos hacer —por mucho que lo lamentáramos— sería declararnos públicamente opuestos a él y abandonar la solidaridad con la que hasta ahora hemos representado al Partido alemán en el extranjero. Pero esperamos que no se llegue a ese extremo.

Está previsto que esta carta se comunique a los cinco miembros de la comisión en Alemania, así como a Bracke… Tampoco tenemos ningún inconveniente en que se comunique a la gente de Zúrich.