En el debate sobre la famosa ley que sitúa a los socialistas alemanes fuera de la ley,<sup>*</sup> el señor Bismarck declaró que la fuerza por sí sola no bastaba para aplastar el socialismo; que se necesitaban, además, medidas para remediar los innegables males sociales, para asegurar la regularidad del trabajo, para prevenir las crisis industriales y demás. Prometió introducir esas medidas «positivas» de bienestar social.<sup>**</sup> Pues, dijo, quien ha dirigido los asuntos de su país durante 17 años, como yo he hecho, tiene derecho a considerarse un juez competente en materia de economía política; lo que es como si alguien dijera que comer patatas durante 17 años basta para proporcionar un conocimiento profundo de la agronomía.

En todo caso, esta vez el señor Bismarck fue fiel a su palabra. Ha otorgado a Alemania dos grandes «medidas sociales», y aún no ha terminado.

La primera fue un arancel aduanero<sup>***</sup> destinado a asegurar a la industria alemana derechos exclusivos sobre el mercado interior.

Hasta 1848, Alemania no había tenido, hablando con propiedad, una gran industria a gran escala. Dominaba el trabajo manual. El vapor y la mecanización no eran sino la excepción. En 1848 y 1849, tras haber sufrido una vergonzosa derrota en la esfera política debido a su cobardía, la burguesía alemana se consoló lanzándose con entusiasmo a la gran industria. La faz del país se transformó rápidamente. Quien no hubiera visto Renania prusiana, Westfalia, Sajonia real, la Alta Silesia, Berlín y los puertos marítimos desde 1849, ya no podía reconocerlos en 1864. El vapor y las máquinas habían invadido todo el país. Las grandes fábricas habían suplantado, en su mayoría, a los pequeños talleres. Los buques de vapor reemplazaban gradualmente a los veleros, primero en el tráfico costero, luego en el comercio transatlántico. Los ferrocarriles se multiplicaban; en los astilleros, en las minas de carbón y de hierro reinaba una actividad como la que los lentos alemanes nunca se hubieran creído capaces de desarrollar. Comparado con el desarrollo de la gran industria en Inglaterra, e incluso en Francia, todo esto era poca cosa; pero, en cualquier caso, era un comienzo. Además, todo ello se había hecho sin ayuda alguna de los gobiernos, sin subsidios ni primas a la exportación, y bajo un arancel aduanero que, comparado con los aranceles de otros países continentales, podía considerarse realmente librecambista.

Este movimiento industrial, dicho sea de paso, no dejó de tener las consecuencias sociales que ha tenido en todas partes. Los obreros industriales alemanes habían vegetado, hasta entonces, en condiciones que recordaban las de la Edad Media. En general, aún tenían alguna posibilidad de convertirse poco a poco en pequeños burgueses, maestros de su oficio, propietarios de varios telares manuales, etc. Ahora todo esto desaparecía. Los obreros, al convertirse en asalariados de los grandes capitalistas, empezaban a formar una clase permanente, un verdadero proletariado. Pero quien dice «proletariado» dice «socialismo». Además, quedaba aún un resto de las libertades que los obreros habían conquistado en las barricadas en 1848. Gracias a estas dos circunstancias, el socialismo alemán, que antes de 1848 había tenido que limitarse a la propaganda clandestina y a una organización secreta con pocos miembros, pudo ahora desplegarse a plena luz del día y penetrar en las masas. De ahí que 1863 sea el año en que Lassalle reinició la agitación socialista.<sup>****</sup>

Luego vinieron la guerra de 1870, la paz de 1871 y los miles de millones.<sup>*****</sup> Si Francia estuvo lejos de arruinarse al pagarlos, Alemania estuvo a punto de perecer al recibirlos. Dilapidados irreflexivamente por un gobierno de advenedizos en un imperio de advenedizos, los miles de millones cayeron en manos de la alta finanza, que se apresuró a hacerlos fructificar en la Bolsa. Berlín vio el retorno de los días de esplendor del Crédit mobilier.<sup>******</sup> Era una carrera por ver quién fundaba más sociedades anónimas y comanditarias, bancos, sociedades de construcción e instituciones financieras, compañías de construcción de ferrocarriles, fábricas de todo tipo, astilleros, sociedades que especulaban con terrenos y edificios, y otras cosas cuyo ropaje industrial no era más que un pretexto para la más desvergonzada agiotaje. Las supuestas necesidades públicas del comercio, las comunicaciones, el consumo, etc., servían simplemente de cobertura a la necesidad frenética de los lobos de la Bolsa de poner a trabajar esos miles de millones mientras los tenían en sus manos. Por lo demás, todo esto se había visto en París en los gloriosos días de Péreire y Fould; los mismos agiotistas trabajaban en Berlín, reapareciendo bajo los nombres de Bleichroeder y Hansemann.

Lo que había ocurrido en París en 1867, lo que había ocurrido muchas veces en Londres y en Nueva York, volvió a ocurrir en 1873 en Berlín: la especulación desenfrenada terminó en un derrumbe general. Las compañías quebraron por centenares; las acciones de las que sobrevivieron se volvieron invendibles; la derrota fue completa en toda la línea. Pero para especular había sido necesario crear los medios de producción y de comunicación, las fábricas, los ferrocarriles, etc., cuyas acciones habían sido objeto de esta especulación. En el momento del crac se vio que la necesidad pública que había servido de pretexto había sido superada con creces; que en cuatro años se habían creado más ferrocarriles, fábricas, minas, etc., de lo que el desarrollo normal de la industria habría producido en un cuarto de siglo.

Después de los ferrocarriles, sobre los que volveremos más abajo, la especulación se había dirigido sobre todo a la industria del hierro y el acero. Las acerías se habían multiplicado rápidamente; más de una planta se había levantado que dejaba en la sombra a Creuzot. Desgraciadamente, el día de la crisis resultó que no había consumidores para esa gigantesca producción. Las grandes empresas manufactureras se encontraron al borde de la bancarrota. Como buenos patriotas alemanes que eran, sus directores acudieron al gobierno en busca de ayuda: aranceles protectores que les aseguraran la explotación del mercado interior frente a la competencia del hierro inglés. Pero si se reclamaban aranceles protectores para el hierro, no se podía negar la misma protección a otras industrias, e incluso a la agricultura. Así se organizó en toda Alemania una ruidosa agitación en favor de la protección arancelaria, agitación que permitió al señor Bismarck introducir un arancel aduanero que se suponía debía cumplir este fin. Este arancel, convertido en ley en el verano de 1879, está actualmente en vigor.<sup>*******</sup>

Pero la industria alemana, tal como era, había vivido siempre al aire libre de la libre concurrencia. Llegada la última a la escena, después de Inglaterra y Francia, se había visto obligada a limitarse a llenar los pequeños huecos que le dejaban sus predecesoras; a suministrar, a gran escala, artículos demasiado pobres para los ingleses, demasiado chillones para los franceses; a fabricar a pequeña escala productos siempre cambiantes, mercancías baratas a bajo precio. No se crea que esto es una mera afirmación nuestra: son las palabras textuales de la apreciación oficial de los productos alemanes expuesta en Filadelfia (1876) por el comisionado oficial del gobierno alemán, el señor Reuleaux, hombre de reputación científica europea.<sup>*</sup>

Una industria de este género sólo puede afirmarse en los mercados neutrales si en el interior hay libre comercio. Si se espera que los textiles alemanes, los metales manufacturados y la maquinaria resistan la competencia extranjera en el exterior, entonces todas las materias primas necesarias para su producción —algodón, hilo de lino o de seda, hierro en lingotes o alambre metálico— deben estar disponibles al mismo bajo precio al que las compran sus competidores extranjeros. De manera que uno tiene que elegir entre dos cosas. Si se quiere seguir exportando textiles y productos de la industria metálica, entonces es necesario el librecambio, aun a riesgo de que estas industrias utilicen materiales procedentes del extranjero. Si, por el contrario, se quiere proteger la hilatura y la producción de metales en bruto en Alemania mediante aranceles aduaneros, muy pronto se habrá eliminado la posibilidad de exportar los productos de los que el hilo y el metal en bruto son las materias primas.

Al proteger la hilatura y la metalurgia con su famoso arancel, el señor Bismarck destruyó la última posibilidad que hasta entonces tenían los textiles alemanes, los metales manufacturados, las agujas y la maquinaria de encontrar una salida al extranjero. Pero la Alemania cuya agricultura producía un excedente para la exportación en la primera mitad del siglo no puede prescindir ahora de un suplemento de productos agrícolas extranjeros. Si el señor Bismarck prohíbe a su industria producir para la exportación, ¿con qué pagará esas importaciones y muchas otras que todos los aranceles del mundo no le impedirán necesitar?

Resolver esta cuestión exigía nada menos que el genio del señor Bismarck combinado con el de sus amigos y consejeros de la Bolsa. He aquí cómo se hace:

Tomemos el hierro. El período de especulación y de producción febril ha dotado a Alemania de dos firmas (la Dortmund Union y la Laurahütte), cada una de las cuales tiene por sí sola capacidad para producir, como promedio, lo bastante para satisfacer todo el consumo del país. Luego está la gigantesca empresa Krupp en Essen, otra similar en Bochum, y luego un número infinito de otras más pequeñas. Como resultado, el consumo interior de hierro está cubierto, como mínimo, tres o cuatro veces. Se podría decir que ésta es una situación que exige con la mayor urgencia un librecambio ilimitado, el único capaz de asegurar una salida a esta enorme sobreproducción. Se podría decir, pero no es la opinión de los interesados. Puesto que hay a lo sumo una docena de compañías que cuentan y que dominan a las demás, se forma lo que los americanos llaman un *ring*, una asociación para mantener los precios en el interior y regular las exportaciones.

En cuanto hay una licitación para raíles u otros productos de sus fábricas, el Comité designa por turno al miembro que ha de encargarse del trabajo y fija el precio al que debe hacerlo. Los otros asociados presentan ofertas a un precio más alto, igualmente convenido de antemano. Como resultado, cesa toda competencia; hay un monopolio absoluto. Lo mismo ocurre con las exportaciones. Para asegurar la ejecución de este plan, cada miembro del *ring* deposita en el Comité una letra en blanco por valor de 125.000 francos, que será puesta en circulación y presentada al pago tan pronto como el firmante haya roto el acuerdo. De esta manera, el precio del monopolio arrancado a los consumidores alemanes permitirá a las fábricas vender en el extranjero su producción excedente a precios que incluso los ingleses rechazan, y el filisteo alemán (que en cualquier caso lo merece) paga los platos rotos. Así es como las exportaciones alemanas vuelven a ser posibles, gracias a los mismos aranceles protectores que, a los ojos del vulgo, parecen destruirlas.

¿Quieren ejemplos? El año pasado, una compañía ferroviaria italiana, que podríamos nombrar, necesitaba 30.000 o 40.000 toneladas (de 1.000 kg) de raíles. Después de largas negociaciones, una fábrica inglesa se llevó 10.000; el resto del pedido fue a parar a la Dortmund Union, que ofreció la entrega a un precio que en Inglaterra fue rechazado. Un competidor inglés, preguntado por qué no podía ofrecer mejores condiciones que la firma alemana, respondió: «¿Quién diablos puede competir con un quebrado?».

En Escocia se iba a construir un puente ferroviario sobre un brazo de mar cerca de Edimburgo. Para este puente se necesitaban 10.000 toneladas de acero Bessemer. ¿Quién aceptó el precio más bajo, quién derrotó a todos los competidores, y en el suelo natal de la gran industria del hierro, Inglaterra? Un alemán, protegido por Bismarck en más de un sentido, el señor Krupp de Essen, el «rey del cañón».

Hasta aquí el hierro. No hace falta decir que este bonito sistema no puede sino aplazar unos cuantos años la quiebra inevitable de estas grandes compañías conspiradoras. Entre tanto, a medida que las otras industrias las imiten, no arruinarán la competencia extranjera, sino su propio mercado interior; y la Alemania industrial despertará un buen día, después de la crisis definitiva, sin mercados de exportación y sin otra perspectiva que la de un consumo interior menguado. Pero el señor Bismarck habrá cumplido su misión. Habrá protegido a la industria nacional arruinándola.

propio país. Es casi como vivir en un país de locos; y, sin embargo, todos los hechos arriba relatados han sido tomados de periódicos burgueses librecambistas de la propia Alemania. Organizar la demolición de la industria alemana bajo el pretexto de protegerla —¿acaso se equivocan, pues, esos socialistas alemanes que llevan años repitiendo que el señor Bismarck trabaja para el socialismo, como si estuviera a sueldo de ellos?