«Su Alteza Imperial», cuando tuve por última vez el honor de veros,
expresasteis casualmente cierta curiosidad por Carl Marx y me preguntasteis
si lo conocía. Me resolví, en consecuencia, a aprovechar la primera
oportunidad de trabar conocimiento con él; pero esa oportunidad no se
presentó hasta ayer, cuando lo encontré en un almuerzo y pasé tres horas
en su compañía.

Es un hombre bajo, más bien menudo, de pelo y barba grises que
contrastan de manera extraña con un bigote aún oscuro. El rostro es
algo redondo, la frente bien modelada y llena —la mirada más bien dura,
pero el conjunto de la expresión resulta más bien agradable que lo contrario,
en modo alguno la de un caballero que tenga por costumbre comerse a los
niños en la cuna —que es, me atrevo a decir, la imagen que la Policía se
hace de él.

Su conversación era la de un hombre bien informado, más aún, docto,
muy interesado por la gramática comparada, que lo había llevado al
antiguo eslavo y a otros estudios fuera de lo común, y estaba salpicada de
muchos giros curiosos y ligeros toques de humor seco, como cuando,
al hablar de la vida del príncipe Bismarck escrita por Hesekiel, la calificaba
siempre, para contraponerla al libro del Dr. Busch, de Antiguo Testamento.

Todo ello era muy positif, ligeramente cínico —sin apariencia alguna
de entusiasmo—, interesante y a menudo, según pensé, mostrando ideas
muy acertadas cuando conversaba del pasado o del presente; pero vago e
insatisfactorio cuando se volvía hacia el porvenir.

a Victoria Adelaide Mary Louisa.— Ed.
b Véase G. Hesekiel, Das Buch vom Grafen Bismarck, Bielefeld y Leipzig, 1869;
M. Busch, Graf Bismarck und seine Leute während des Kriegs mit Frankreich, Vols. 1-2,
Leipzig, 1878.— Ed.

[Apéndices 581]

Espera, no sin razón, un grande y no lejano derrumbe en Rusia; cree
que comenzará con reformas desde arriba que el viejo y mal edificio no
podrá soportar y que conducirán a su completo desmoronamiento. En
cuanto a lo que ocuparía su lugar, no tenía, evidentemente, una idea clara,
salvo que durante mucho tiempo Rusia sería incapaz de ejercer influencia
alguna en Europa.

A continuación piensa que el movimiento se extenderá a Alemania,
tomando allí la forma de una revuelta contra el sistema militar existente.

A mi pregunta: «Pero ¿cómo podéis esperar que el ejército se subleve
contra sus jefes?», respondió: —Olvidáis que en Alemania, hoy, el ejército
y la nación son casi idénticos. Esos socialistas de que oís hablar son
soldados instruidos como cualesquiera otros. No debéis pensar sólo en el
ejército permanente. Tenéis que pensar en la Landwehr* —e incluso en el
ejército permanente hay mucho descontento. Jamás ha existido un ejército
en el que la severidad de la disciplina haya provocado tantos suicidios. El
paso de dispararse uno mismo a disparar contra el oficial no es largo, y un
ejemplo de esa clase, una vez dado, halla pronto imitadores.

Pero, suponiendo —dije— que los gobernantes de Europa llegasen a
un entendimiento entre sí para una reducción de los armamentos que
pudiera aliviar en gran medida la carga que pesa sobre el pueblo, ¿qué
sería de la revolución que vos esperáis que un día provoque?

—¡Ah! —fue su respuesta— no pueden hacerlo. Toda clase de temores
y recelos lo harán imposible. La carga se hará cada vez más grave a
medida que la ciencia avance, pues las mejoras en el arte de la destrucción
irán a la par de su avance, y cada año habrá que destinar más y más a
costosas máquinas de guerra. Es un círculo vicioso: no hay escapatoria.
Pero —dije yo— jamás habéis tenido un levantamiento popular serio si
no ha existido una miseria realmente grande. —No tenéis ni idea
—replicó— de lo terrible que ha sido la crisis por la que Alemania ha
venido atravesando en estos cinco últimos años.*

—Bien —dije—, suponiendo que vuestra revolución se haya realizado
y que tengáis vuestra forma republicana de gobierno, aún queda un
larguísimo trecho hasta la realización de las ideas especiales vuestras y
de vuestros amigos. —Sin duda —contestó—, pero todos los grandes
movimientos son lentos. No sería más que un paso hacia cosas mejores,
como lo fue vuestra Revolución de 1688: una mera etapa en el camino.**

Lo que antecede dará a Su Alteza Imperial una idea bastante exacta
de la clase de pensamientos acerca del futuro próximo de Europa que
trabajan en su mente.

[582 Apéndices]

Son demasiado quiméricos para ser peligrosos, salvo justamente en la
medida en que la situación, con su loco gasto en armamentos, es manifiesta
e indudablemente peligrosa.

Si, no obstante, en el próximo decenio los gobernantes de Europa no
hubieran encontrado los medios de hacer frente a este mal sin que medie
advertencia alguna de intento de revolución, yo, por mi parte, desesperaré
del porvenir de la humanidad, al menos en este continente.

En el curso de la conversación, Carl Marx habló varias veces tanto de
Su Alteza Imperial como del Príncipe Heredero* y lo hizo siempre con
el debido respeto y decoro. Incluso en el caso de individuos eminentes
de los que no habló en modo alguno con respeto, no hubo rastro de
amargura ni de saña —abundaba la crítica acre y disolvente, pero nada
del tono de Marat.

De las cosas horribles que se han relacionado con la Internacional
habló como lo habría hecho cualquier persona respetable.

Una cosa que mencionó mostraba los peligros a que están expuestos
los exiliados a quienes ha precedido un nombre revolucionario. El
desdichado Nobiling, según había sabido, había tenido la intención, cuando
estaba en Inglaterra, de ir a verlo. —Si lo hubiera hecho —dijo—, sin duda
lo habría recibido, pues habría enviado su tarjeta como empleado de la
Oficina de Estadística de Dresde y, como yo me ocupo de estadística, me
habría interesado hablar con él… ¡En qué agradable posición me habría
encontrado —añadió— si hubiera venido a verme!

En conjunto, mi impresión de Marx, aun teniendo en cuenta que se
halla en el polo opuesto de las opiniones propias, no fue en modo alguno
desfavorable y volvería a encontrarme con él de buena gana. No será él
quien, lo quiera o no, pondrá el mundo patas arriba.