El autor del artículo «Karl Marx ante el tribunal del Sr. Zhukovski» es evidentemente un hombre inteligente y, de haber hallado en mi exposición de la «acumulación originaria» un solo pasaje que respaldase sus conclusiones, lo habría citado. A falta de semejante pasaje, considera necesario aferrarse a un anexo, a una salida polémica contra un «literato» ruso, impresa en el apéndice de la primera edición alemana de El Capital. ¿Qué le reprocho allí a ese escritor? El hecho de que descubriera el comunismo «ruso» no en Rusia, sino en el libro de Haxthausen, el consejero del gobierno prusiano, y de que, en sus manos, la comunidad rusa solo sirva como argumento para demostrar que la vieja y putrefacta Europa tiene que regenerarse mediante la victoria del paneslavismo. Mi apreciación de este escritor podrá ser correcta o equivocada, pero en ningún caso podría brindar la clave de mis opiniones sobre los esfuerzos de los rusos por encontrar para su patria una vía de desarrollo distinta de la que ha seguido y sigue Europa Occidental, etc.

En el epílogo a la segunda edición alemana de El Capital —que el autor del artículo sobre el Sr. Zhukovski conoce, puesto que lo cita— hablo de «un gran erudito y crítico ruso» con la alta estima que merece. En sus notables artículos, este último abordó la cuestión de si Rusia debía empezar, como quieren sus economistas liberales, por destruir la comunidad rural para pasar a un régimen capitalista o si, por el contrario, podía adquirir todos los frutos de ese régimen sin padecer sus tormentos, desarrollando sus propias condiciones históricas. Se pronuncia a favor de la segunda solución. Y mi honorable crítico habría tenido al menos el mismo derecho a inferir de mi estima por ese «gran erudito y crítico ruso» que yo compartía sus opiniones sobre esta cuestión, que el que tiene para concluir, a partir de mi polémica contra el «literato» y paneslavista, que yo las rechazaba.

Sea como fuere, ya que no me gusta dejar nada librado a las «conjeturas», hablaré con franqueza. Para formarme un juicio informado del desarrollo económico de la Rusia contemporánea, aprendí ruso y luego dediqué varios largos años a estudiar publicaciones oficiales y otras que guardaban relación con este tema. He llegado a este resultado: si Rusia continúa por el camino que ha seguido desde 1861, dejará pasar la oportunidad más hermosa que la historia haya ofrecido jamás a una nación, solo para sufrir todas las vicisitudes fatales del régimen capitalista.

II

El capítulo sobre la acumulación originaria no pretende sino trazar la vía por la cual, en Europa Occidental, el orden económico capitalista surgió de las entrañas del orden económico feudal. Describe, pues, el movimiento histórico que, al divorciar a los productores de sus medios de producción, los transforma en trabajadores asalariados (proletarios en el sentido moderno de la palabra) y a los propietarios de los medios de producción en capitalistas. En esta historia, «cada revolución que sirve de palanca al avance de la clase capitalista en su proceso de formación señala una época; sobre todo, aquella que, al despojar a grandes masas de hombres de sus medios de producción y subsistencia tradicionales, los arroja de súbito al mercado de trabajo. Pero la base de todo este desarrollo es la expropiación del productor agrícola. Hasta ahora esto no se ha realizado de manera radical en ninguna parte, salvo en Inglaterra…, pero todos los demás países de Europa Occidental están recorriendo el mismo proceso, etc.» (El Capital, edición francesa, p. 315). Al final del capítulo se resume así la tendencia histórica de la producción capitalista: que «ella misma engendra su propia negación con la inexorabilidad que gobierna las metamorfosis de la naturaleza»; que ella misma ha creado los elementos de un nuevo orden económico, al imprimir el mayor impulso a la vez a las fuerzas productivas del trabajo social y al desarrollo integral de cada productor individual; que la propiedad capitalista, que ya descansa de hecho sobre un modo colectivo de producción, no puede más que transformarse en propiedad social.

No aporto aquí prueba alguna por la muy buena razón de que esta afirmación misma no es sino un resumen recapitulativo de largos desarrollos expuestos previamente en los capítulos sobre la producción capitalista.

Ahora bien, ¿de qué manera mi crítico pudo aplicar este esbozo histórico a Rusia? Solo de esta: si Rusia tiende a convertirse en una nación capitalista, según el modelo de los países de Europa Occidental —y en los últimos años se ha afanado mucho por moverse en esa dirección—, no lo logrará sin haber transformado antes a una gran parte de sus campesinos en proletarios; y después, una vez colocada en el seno del régimen capitalista, estará sometida a sus leyes implacables, como los demás pueblos profanos. ¡Eso es todo! Pero esto es demasiado poco para mi crítico. Le es absolutamente necesario metamorfosear mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Europa Occidental en una teoría histórico-filosófica de desarrollo general, impuesta por el destino a todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se hallen, para alcanzar finalmente esa formación económica que, con un salto prodigioso de las fuerzas productivas del trabajo social, asegura el desarrollo más integral de cada productor individual. Pero pido perdón. Esto me hace demasiado honor y, al mismo tiempo, me llena de vergüenza. Tomemos un ejemplo. En varios lugares de El Capital aludo al destino de los plebeyos de la antigua Roma. Eran originalmente campesinos libres que cultivaban, por cuenta propia, sus parcelas de tierra. En el curso de la historia romana fueron expropiados. El mismo movimiento que los separó de sus medios de producción y subsistencia implicó no solo la formación de la gran propiedad territorial, sino también la formación del gran capital dinerario. Así, una buena mañana, hubo de un lado hombres libres despojados de todo, salvo de su fuerza de trabajo, y del otro, a fin de explotar ese trabajo, los propietarios de toda la riqueza adquirida. ¿Qué ocurrió? Los proletarios romanos no se convirtieron en trabajadores asalariados, sino en una turba ociosa, más abyecta que los antiguos «pobres blancos» de los estados del sur de América; y a su lado se desarrolló un modo de producción que no era capitalista, sino basado en la esclavitud. Así, acontecimientos sorprendentemente análogos, pero que ocurren en medios históricos diferentes, condujeron a resultados por completo dispares. Estudiando cada una de estas evoluciones por separado y comparándolas luego, se descubrirá fácilmente la clave del fenómeno, pero jamás se llegará a ella aplicando la fórmula multiuso de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica.