Escrito entre mediados de mayo de 1874 y abril de 1875

Publicado en el *Volksstaat*, núms. 69, 73, 117 y 118, del 17 y 26 de junio, 6 y 8 de octubre de 1874; núms. 36, 37, 43, 44 y 45, del 28 de marzo, 2, 16, 18 y 21 de abril de 1875. El artículo V apareció como folleto separado: F. Engels, *Soziales aus Rußland*, Leipzig, 1875. Los artículos I, II y V fueron reimpresos en el libro: F. Engels, *Internationales aus dem „Volksstaat“ (1871-75)*, Berlín, 1894

Firmado: F. Engels

Publicado por primera vez según el periódico, cotejado (artículos I, II y V) con el texto de la edición de 1894

I

UNA PROCLAMACIÓN POLACA

Cuando el zar de Rusia llegó a Londres, toda la fuerza policial de la ciudad ya estaba en movimiento. Se afirmaba que los polacos querían dispararle, que ya se había encontrado al nuevo Berezowski y que éste iba mejor armado que antes, en París.2 Las casas de polacos conocidos estaban rodeadas por policías de paisano, e incluso se hizo venir de París al inspector de policía encargado especialmente de la vigilancia de los polacos bajo el Imperio. Las precauciones policiales a lo largo del recorrido del zar desde su residencia hasta la City se organizaron según principios positivamente estratégicos... ¡y todo este trabajo para nada! No apareció ningún Berezowski, no se disparó ningún pistoletazo, y el zar, que temblaba tanto como su hija, salió del paso con un susto. Sin embargo, todo este despliegue no fue del todo en vano, pues el zar concedió una propina de 5 libras a cada superintendente de policía y de 2 libras a cada inspector (33 y 14 táleros,a respectivamente) que había estado de servicio por su causa.

Entre tanto, los polacos tenían otras cosas en la cabeza que asesinar al noble Alejandro. La sociedad llamada «The Polish People» emitió un «Address of the Polish Refugees to the English People», firmado: General W. Wróblewski, Presidente, J. Kryński, Secretario. Este discurso fue distribuido en grandes cantidades durante la visita del zar. Con excepción del *Reynolds’s Newspaper*,b la prensa londinense se negó unánimemente a publicarlo: ¡no se debía insultar al «huésped de Inglaterra»!

El discurso comienza señalando a los ingleses que no era un honor, sino un insulto, que el zar los visitase justo en el momento en que hacía preparativos en Asia Central para derrocar el dominio inglés en la India, y que si Inglaterra, en vez de prestar oído complaciente a las lisonjas del zar, ese aparente padre de los pueblos que oprime, fuera menos indiferente a las aspiraciones de independencia de los polacos, tanto Inglaterra como el resto de Europa occidental podrían suspender tranquilamente sus colosales armamentos. Y esto es completamente cierto. El trasfondo de todo el militarismo europeo es el militarismo ruso. Como reserva en la guerra de 1859 del lado de Francia, en 1866 y 1870 del lado de Prusia,c el ejército ruso permitió a la potencia militar dirigente del momento vencer a su enemigo de forma aislada. Como primera potencia militar europea, Prusia es una creación directa de Rusia, aunque desde entonces ha crecido demasiado para el gusto de su protectora.

El discurso continúa:

«Por su situación geográfica y por su disposición en todo momento a luchar por la causa de la humanidad, Polonia siempre fue, y en el futuro siempre seguirá siendo, la principal campeona de la justicia, la civilización y el desarrollo social en todo el noreste de Europa. Polonia lo ha demostrado incontestablemente con sus siglos de resistencia, por un lado, a las invasiones de los bárbaros orientales y, por otro, a la inquisición que entonces oprimía a casi todo Occidente. ¿Cómo fue posible que las naciones de Europa occidental pudieran dedicarse pacíficamente al desarrollo de su vitalidad social precisamente en la época más decisiva de los tiempos modernos? Sencillamente porque en la frontera oriental de Europa se alzaba de centinela el soldado polaco, siempre vigilante, siempre pronto a cargar, siempre dispuesto a sacrificar su salud, sus bienes, su vida. Gracias al amparo de las armas polacas, en el despertar de Europa a una nueva vida en el siglo XVI, las artes y las ciencias pudieron florecer de nuevo, el comercio, la industria y la riqueza alcanzaron la asombrosa extensión actual. ¿Qué habría sido, por ejemplo, del legado de civilización dejado a Occidente por el trabajo de dos siglos, si Polonia, amenazada por las hordas mongolas a sus espaldas, no hubiese acudido en socorro de Europa central amenazada por los turcos y quebrantado el poder otomano con la brillante victoria bajo las murallas de Viena?»d

El discurso continúa argumentando que aún hoy es esencialmente la resistencia de Polonia lo que impide a Rusia volver sus fuerzas contra Occidente y que ha conseguido incluso desarmar a los aliados más peligrosos de Rusia: sus agentes paneslavistas. El más renombrado historiador ruso, Pogodin, dice en una obra impresa por orden y a expensas del gobierno ruso,e que Polonia, hasta ahora la llaga más dolorosa del cuerpo de Rusia, debe convertirse en su mano derecha restaurándola como un reino pequeño y débil bajo el dominio de algún príncipe ruso; ese sería el cebo más fuerte para los eslavos de Turquía y de Austria:

«Lo proclamaremos [...] en un manifiesto; Inglaterra y Francia se morderán los labios, y en cuanto a Austria, será su golpe mortal... Todos los polacos, incluso los más irreconciliables, volarán a nuestros brazos; los polacos austríacos y prusianos se reunificarán con sus hermanos. Todas las razas eslavas ahora oprimidas por Austria —checos, croatas, húngaros (!), incluso los eslavos de Turquía— anhelarán la hora en que puedan respirar tan libremente como los polacos. Seremos una raza de cien millones bajo un solo cetro, y entonces, ¡naciones de Europa, venid y medid vuestras fuerzas con nosotros!»f

Por desgracia, a este hermoso plan le faltaba solo lo principal: el consentimiento de Polonia. Pero

«a todas esas seducciones —el mundo lo sabe— Polonia respondió: Viviré y debo vivir, si es que he de vivir de algún modo, no como instrumento de los planes de un zar extranjero para la conquista del mundo, sino como nación libre entre las naciones libres de Europa».g

A continuación, el discurso explica con más detalle cómo Polonia ha confirmado esta decisión inquebrantable. En el momento crítico de su existencia, al estallar la Revolución Francesa, Polonia ya estaba mutilada por la primera partición y dividida entre cuatro Estados.10 Sin embargo, tuvo el coraje de alzar la bandera de la Revolución Francesa en el Vístula, mediante la Constitución del 3 de mayo de 1791,10 acto que le valió un lugar muy por encima de todos sus vecinos. La vieja economía polaca quedó así destruida; de haber tenido unas décadas de desarrollo pacífico, sin perturbaciones externas, Polonia se habría convertido en el país más adelantado y más poderoso al este del Rin. Pero a las potencias repartidoras no les convenía que Polonia resurgiera, y menos aún que resurgiera a través de la naturalización de la revolución en el noreste de Europa. Su suerte estaba echada: los rusos impusieron a Polonia lo que prusianos, austriacos y tropas imperiales intentaron en vano en Francia.

«Kosciuszko luchó simultáneamente por la independencia de Polonia y por el principio de igualdad. [...] Y es notorio que, desde el momento en que perdió su independencia nacional y a pesar de ello, Polonia, en virtud de su innato patriotismo y de su solidaridad con todas las naciones que luchaban por los derechos de la humanidad, se convirtió en el campeón más activo de la justicia ultrajada, sin importar en qué país, luchando en cualquier campo de batalla donde se resistiera a la tiranía. Inquebrantable ante sus propios desastres, imperturbable ante la ceguera y la mala voluntad de los gobiernos europeos, Polonia no ha olvidado ni por un instante los deberes que le imponen ella misma, la historia y la posteridad.»

Al mismo tiempo, ha desarrollado también los principios sobre los cuales se organizará ese futuro, la nueva república polaca: están consignados en los manifiestos de 1836, 1845 y 1863.

«El primero de esos manifiestos, al tiempo que afirma los inquebrantables derechos nacionales de Polonia, proclama la igualdad de derechos del campesinado.h El de 1845, emitido en suelo polaco, en la entonces ciudad libre de Cracovia,15 y sancionado por delegados de todas las partes de Polonia, proclama no solo esta igualdad de derechos, sino también el principio de que la tierra, cultivada por los campesinos durante siglos, se convierta en propiedad de estos.2 —En la parte de Polonia robada por los moscovitas, los terratenientes, aceptando los anteriores manifiestos como parte integrante del derecho nacional polaco, ya mucho antes de la llamada Proclama Imperial de Emancipación habían resuelto arreglar este asunto interno que turbaba sus conciencias, voluntariamente y de acuerdo con los campesinos (1859-1863). La cuestión agraria polaca fue resuelta, en principio, por la Constitución del 3 de mayo de 1791; si desde entonces el campesinado polaco ha sido oprimido, ha sido únicamente a consecuencia del despotismo y el maquiavelismoi del zar, que basaba su dominación en el antagonismo mutuo entre terratenientes y campesinos. La resolución fue tomada mucho antes de la proclama imperial del 19 de febrero de 1861; y esta proclama, aplaudida por toda Europa y que pretendía establecer la igualdad de derechos para los campesinos, no es más que una tapadera de uno de los repetidos intentos del zar de apoderarse de la propiedad ajena. La población rural polaca sigue tan oprimida como antes, pero... ¡la tierra se ha convertido en propiedad del zar! Y como castigo por la sangrienta protesta alzada en 1863 contra la bárbara traición de sus opresores,j Polonia ha tenido que soportar una serie de persecuciones brutales que horrorizarían incluso a la tiranía de los siglos pasados. [...]»

«Y sin embargo, ni el yugo cruel del zar, aunque ya ha pesado sobre ella durante un siglo entero, ni la indiferencia de Europa, han podido matar a Polonia.

«Hemos vivido y viviremos en virtud de nuestra propia voluntad, de nuestra propia fortaleza y de nuestro propio desarrollo social y político, que nos hace superiores a nuestros opresores; pues la existencia de estos se basa, de principio a fin, en la fuerza bruta, las prisiones y el patíbulo, y sus principales medios de acción en el exterior son las maquinaciones clandestinas.»»

Dejemos, sin embargo, el discurso, que ha quedado suficientemente caracterizado por los extractos anteriores, para agregar algunas observaciones sobre la importancia de la cuestión polaca para los trabajadores alemanes.

Por mucho que Rusia se hubiera desarrollado desde Pedro el Grande, por mucho que su influencia hubiera crecido en Europa (a lo que Federico II de Prusia contribuyó no poco, aun sabiendo muy bien lo que hacía), siguió siendo esencialmente una potencia tan no europea como, por ejemplo, Turquía, hasta el momento en que se apoderó de Polonia. La primera partición de Polonia tuvo lugar en 1772; en 1779, en la Paz de Teschenk Rusia ya exigíad y recibía el derecho atestiguado a...

Notas

a En la edición de 1894: «100 y 40 marcos».— Ed.
b *Reynolds’s Newspaper*, núm. 1240, 17 de mayo de 1874.— Ed.
c *Traité de paix entre Sa Majesté l’Impératrice de Hongrie et de Bohême, et Sa Majesté le Roi de Prusse, conclu et signé à Teschen le treize mai 1779, avec un article séparé et les conventions, garanties et actes annexés.*— Ed.
d *Address of the Polish Refugees to the English People*, Londres, 1874, pág. 2.— Ed.
e M. P. Pogodin, *Pol'skiy vopros. Sobranie rassuzhdeniy, zapisok i zamechaniy. 1831-1867.*— Ed.
f *Address...*, págs. 3-4.— Ed.
g Ibíd., pág. 4.— Ed.
h *Address...*, págs. 4-5.— Ed.
i En el original: «Machiavellism».— Ed.
j *Address...*, pág. 5.— Ed.
k *Traité de paix...*— Ed.
d En la edición de 1894 se añadió: «y recibió».— Ed.

I. UNA PROCLAMA POLACA^a

¿inmiscuirse en los asuntos alemanes? Eso debería haber enseñado una lección a los príncipes alemanes; sin embargo, Federico Guillermo II, el único Hohenzollern que jamás ofreció seria resistencia a la política rusa, y Francisco II consintieron el completo desmembramiento de Polonia. Después de las guerras napoleónicas, Rusia tomó, además, la parte del león de las provincias polacas antes prusianas y austríacas y apareció abiertamente como el árbitro de Europa, papel que continuó desempeñando, sin interrupción, hasta 1853. Prusia se sentía evidentemente orgullosa de que se le permitiera arrastrarse ante Rusia; Austria la seguía de mala gana, pero siempre cedía en el momento crucial por temor a la revolución, contra la cual el zar seguía siendo el último baluarte. Así, Rusia se convirtió en el bastión de la reacción europea, sin privarse del placer de preparar nuevas conquistas en Austria y Turquía con su demagógica agitación paneslavista. Durante los años revolucionarios, el aplastamiento de los húngaros por Rusia fue un acontecimiento tan decisivo para Europa oriental y central como lo fue la batalla de junio en París para Occidente; y cuando el zar Nicolás, poco después, se erigió en juez del rey de Prusia^b y del emperador de Austria^c en Varsovia, la dominación rusa consagró el dominio de la reacción en Europa. La guerra de Crimea liberó a Occidente y a Austria de la insolencia del zar; Prusia y los pequeños estados alemanes se mostraron tanto más dispuestos a arrastrarse ante él; pero, en 1859, ya castigaba a los austríacos por su desobediencia asegurándose de que sus vasallos alemanes no se unieran a ellos, y en 1866 Prusia completó el castigo de Austria. Ya hemos visto antes que el ejército ruso constituye el pretexto y la reserva de todo el militarismo europeo. Sólo el hecho de que Nicolás había desafiado a Occidente en 1853, confiando en su millón de soldados (que, hay que reconocerlo, en su mayor parte sólo existían sobre el papel), proporcionó a Luis Napoleón el pretexto en la guerra de Crimea para convertir al entonces más bien debilitado ejército francés en el más fuerte de Europa. Sólo porque el ejército ruso impidió que Austria se uniera a Francia en 1870 pudo Prusia derrotar a Francia y completar la monarquía militar prusiano-alemana. Detrás de todas estas grandiosas representaciones estatales vemos al ejército ruso. Y aunque la victoria de Alemania sobre Francia producirá tan seguramente una guerra entre Rusia y Alemania —a menos que el desarrollo interno de Rusia entre pronto en un flujo revolucionario— como la victoria de Prusia sobre Austria en Sadowa trajo consigo la guerra franco-alemana^d, el ejército ruso estará siempre preparado para oponerse a cualquier movimiento en el interior de Prusia. Incluso hoy, la Rusia oficial es el bastión y baluarte de toda la reacción europea, su ejército la reserva de todos los demás ejércitos, que asegura la represión de la clase obrera en Europa.

Sin embargo, son los obreros alemanes los primeros expuestos al embate de este gran ejército de reserva de la opresión, tanto en el llamado Imperio alemán como en Austria. Mientras los rusos estén detrás de la burguesía y los gobiernos austríacos y alemanes, se le quita el aguijón a todo el movimiento obrero alemán. Así que nosotros, más que ningún otro, tenemos interés en librarnos de la reacción rusa y del ejército ruso.

Además, para ello sólo tenemos un aliado seguro, que seguirá siéndolo en todas las circunstancias: el pueblo polaco.

Por su desarrollo histórico y su actual situación, Polonia se enfrenta, mucho más que Francia, a la alternativa de ser revolucionaria o perecer. Y esto acaba con todas las sandeces acerca del carácter esencialmente aristocrático del movimiento polaco. Hay muchos refugiados polacos que tienen veleidades aristocráticas; pero una vez que Polonia misma entra en el movimiento, éste se vuelve revolucionario de arriba abajo, como hemos visto en 1846 y 1863. Estos movimientos no fueron simplemente nacionales; también apuntaban directamente a liberar a los campesinos y transferirles la propiedad de la tierra. En 1871, la gran masa de los refugiados polacos en Francia entró al servicio de la Comuna; ¿fue esto un acto de aristócratas? ¿No prueba eso que esos polacos estaban en la misma cúspide del movimiento moderno? Desde que Bismarck introdujo la Kulturkampf^e en Posen y, con el pretexto de asestar un golpe al Papa^f, persigue los libros de texto polacos, suprime la lengua polaca y hace todo lo posible por empujar a los polacos a los brazos de Rusia, ¿qué ocurre? La aristocracia polaca se alía cada vez más con Rusia para, al menos, reunificar Polonia bajo dominio ruso; las masas revolucionarias responden ofreciendo aliarse con el partido obrero alemán y luchar en las filas de la Internacional.

En 1863, Polonia demostró que no podía ser reducida a muerte, y sigue demostrándolo cada día. Su pretensión de una existencia independiente en la familia de naciones europeas es irrefutable. Su restauración, sin embargo, es una necesidad para dos naciones en particular: para los alemanes y para los propios rusos.

Un pueblo que oprime a otros no puede emanciparse a sí mismo. El poder que necesita para oprimir a otros se vuelve siempre, en última instancia, contra sí mismo. Mientras haya soldados rusos en Polonia, el pueblo ruso no podrá liberarse política ni socialmente. En la actual etapa de desarrollo de Rusia, sin embargo, está fuera de discusión que el día en que Rusia pierda Polonia, el movimiento cobrará en la propia Rusia la fuerza suficiente para derribar el orden existente. La independencia de Polonia y la revolución en Rusia se implican mutuamente. Por lo pronto, la independencia polaca y la revolución en Rusia —que está mucho más cerca de lo que podría parecer a simple vista, dado el completo desmoronamiento social, político y financiero y la corrupción que invade toda la Rusia oficial— significan para los obreros alemanes que la burguesía, los gobiernos, en suma, la reacción en Alemania, quedarán reducidos a sus propias fuerzas, fuerzas que nosotros, con el tiempo, venceremos.

II
PROGRAMA DE LOS REFUGIADOS DE LA COMUNA BLANQUISTA

Tras cada revolución o contrarrevolución fracasada, se desarrolla una actividad febril entre los emigrados que huyeron al extranjero. Se forman grupos de partido de diversos matices, que se acusan mutuamente de haber metido la carreta en el barro, de traición y de todos los demás pecados mortales posibles. Mantienen también estrechos vínculos con la patria, se organizan, conspiran, imprimen panfletos y periódicos, juran que todo volverá a empezar dentro de las próximas veinticuatro horas, que la victoria es segura y, en espera de ella, se reparten los cargos gubernamentales. Naturalmente, a una decepción sigue otra, y como esto no se atribuye a las condiciones históricas inevitables, que no quieren comprender, sino a errores fortuitos de individuos, las recriminaciones se acumulan y dan lugar a rencillas generales. Tal es la historia de todas las sociedades de refugiados, desde los emigrados realistas de 1792 hasta los de hoy; y aquellos emigrados que tienen sentido común y razón abandonan estas estériles rencillas tan pronto como les es posible, y se dedican a algo más útil.

La emigración francesa después de la Comuna no ha escapado tampoco a este destino inevitable. Debido a la campaña europea de difamación, que atacaba a todos por igual, y especialmente en Londres, donde la emigración francesa tenía su centro común en el Consejo General de la Internacional, durante algún tiempo se vio obligada a ocultar sus rencillas internas al menos ante el mundo exterior. En los dos últimos años, sin embargo, ya no ha podido ocultar el proceso de desintegración que avanza rápidamente en sus filas. Ha estallado una querella abierta por todas partes. En Suiza, una parte de los refugiados se unió a los bakuninistas, sobre todo bajo la influencia de Malon, que fue uno de los fundadores de la Alianza secreta. Luego, en Londres, los llamados blanquistas se separaron de la Internacional y formaron un grupo que se autodenominó Comuna Revolucionaria. Más tarde, surgieron otros grupos que, sin embargo, no cesaban de fusionarse y reorganizarse, y no produjeron nada que valiera la pena ni siquiera en lo tocante a manifiestos, mientras que los blanquistas acaban de publicar la proclama a los «Communeux», llamando la atención del mundo sobre su programa.

Se llaman blanquistas no porque sean un grupo fundado por Blanqui —de los 33 firmantes del programa, quizá sólo unos pocos hayan hablado alguna vez con Blanqui—, sino porque quieren actuar en su espíritu y de acuerdo con su tradición. Blanqui es esencialmente un revolucionario político, socialista sólo por sentimiento, a causa de su simpatía por los sufrimientos del pueblo, pero no tiene ninguna teoría socialista ni propuestas prácticas definidas para reformas sociales. En su actividad política era esencialmente un «hombre de acción», que creía que si una pequeña minoría bien organizada intentaba llevar a cabo un levantamiento revolucionario en el momento oportuno, podría, tras obtener algunos éxitos iniciales, arrastrar a la masa del pueblo y lograr así una revolución victoriosa. Naturalmente, bajo Luis Felipe sólo pudo organizar ese núcleo en forma de sociedad secreta, y ésta corrió la suerte que suele estar reservada a las conspiraciones: el pueblo, harto de las constantes promesas vacías de que pronto comenzaría, perdió al fin toda la paciencia, se volvió rebelde, y ya no quedó más alternativa que dejar que la conspiración se derrumbara o lanzarse a la acción sin ninguna causa externa. Se lanzaron a la acción (12 de mayo de 1839), pero la insurrección fue inmediatamente suprimida. Esta conspiración de Blanqui, dicho sea de paso, fue la única en la que la policía nunca logró infiltrarse; para la policía, la insurrección cayó como un rayo en cielo sereno. —Puesto que Blanqui considera toda revolución como un coup de main de una pequeña minoría revolucionaria, se sigue automáticamente que a su victoria ha de suceder necesariamente la instauración de una dictadura —no, nótese bien, de toda la clase revolucionaria, el proletariado, sino del pequeño número de los que llevaron a cabo el golpe y que, a su vez, están organizados en un principio bajo la dictadura de uno o varios individuos.

Evidentemente, Blanqui es un revolucionario de la vieja generación. Estas concepciones sobre el curso de los acontecimientos revolucionarios han quedado obsoletas hace tiempo, al menos en lo que respecta al partido obrero alemán, y también en Francia sólo cuentan con la aprobación de los obreros menos maduros o más impacientes. También veremos que, en el presente caso, estas tradicionales ideas blanquistas se dan por supuestas.

^d Esto se dice ya en el «Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-alemana» (fechado el 9 de septiembre de 1870).

^e En la edición de 1894, «Kulturkampf».

el programa en cuestión, se han impuesto limitaciones bien definidas a estas concepciones. Sin embargo, también nuestros blanquistas londinenses se guían por el principio de que las revoluciones no ocurren por lo general por sí mismas, sino que se hacen; que las hace una minoría relativamente pequeña y según un plan elaborado de antemano; y, por último, que en cualquier momento puede “empezar pronto”. Con semejantes principios, la gente se convierte de manera irremisible en víctima de todos los autoengaños de los refugiados y se precipita de una insensatez en otra. Por encima de todo quieren desempeñar el papel de Blanqui, el “hombre de acción”. Pero con la sola buena voluntad poco se consigue aquí; el instinto revolucionario de Blanqui, su capacidad de decisión rápida, no se le dan a cualquiera, y por mucho que Hamlet hable de la acción, sigue siendo Hamlet. Además, cuando nuestros treinta y tres hombres de acción descubren que en el terreno que ellos llaman acción no hay absolutamente nada que hacer, nuestros treinta y tres Brutos caen en una contradicción consigo mismos, más cómica que trágica, una contradicción en la que la tragedia no se ve realzada por el aire sombrío que adoptan, como si fueran un hatajo de “Moros, de la capa y el puñal”*, cosa que, por lo demás, ni se les pasa por la cabeza. ¿Qué pueden hacer? Se preparan para el próximo “estallido”, confeccionando listas de proscripción para el futuro, a fin de depurar (épuré) las filas de las personas que participaron en la Comuna, razón por la cual los demás refugiados los llaman los puros (les purs). Si ellos mismos se han arrogado o no ese título, lo ignoro; a algunos les sentaría mal. Sus reuniones son cerradas, sus decisiones se guardan en secreto, mas ello no impide que a la mañana siguiente resuenen por todo el Barrio Francés. Como siempre les ocurre a estos hombres de acción tan serios cuando no tienen nada que hacer, han empezado por buscarse una querella, primero personal y luego literaria, con un digno adversario, uno de los miembros más notorios de la prensa menuda de París, un tal Vermersch, que durante la Comuna publicó el Père Duchêne, mísera caricatura del periódico de Hébert de 1793. En respuesta a su indignación moral, este caballero publicó un panfleto en el que los tachaba de “bribones o cómplices de bribones” y vertió sobre ellos un auténtico torrente de vituperios:

Cada palabra un orinal,  
y no precisamente vacío.ᶜ  

a F. Schiller, Die Bürgschaft («Damon und Phintias»), 1.ª estrofa.— Ed.  
b E. Vermersch, Un mot au public, Londres, abril de 1874; Les partageux. Poème, 12 de mayo de 1874.— Ed.  
ᶜ H. Heine, «Disputation», verso 86, Romanzero. Drittes Buch. Hebräische Melodien.— Ed.  

¡Y nuestros treinta y tres Brutos consideran que vale la pena buscar una querella pública con semejante adversario!

Si de algo se puede estar seguro es de que, tras la guerra agotadora, tras el hambre de París y, señaladamente, tras la espantosa sangría de los días de mayo de 1871, el proletariado parisino necesita un largo descanso para reponerse, y que todo intento prematuro de insurrección solo puede desembocar en una nueva derrota, acaso aún más horrible. Nuestros blanquistas opinan de otro modo. A su juicio, la descomposición de la mayoría monárquica en Versalles** anuncia

«la caída de Versalles, la revancha por la Comuna. Esto se debe a que nos aproximamos a un gran momento histórico, a una de esas grandes crisis en las que el pueblo, aparentemente sucumbiendo en la miseria y condenado a muerte, reanuda su avance revolucionario con renovada fuerza».ª  

Así que vuelta a empezar, y además, de inmediato. Esta esperanza de una inmediata «revancha por la Comuna» no es una mera ilusión de emigrados; es un artículo de fe esencial para quienes se han metido en la cabeza hacer de «hombres de acción» en un momento en el que, en el sentido que ellos le dan, es decir, en el sentido de precipitar una revolución, no hay absolutamente nada que hacer. Con todo, ya que va a empezar, opinan que «ha llegado el momento de que todos los refugiados a los que aún les quede una chispa de vida definan su posición». Y así, los treinta y tres nos dicen que son 1) ateos, 2) comunistas, 3) revolucionarios.

Nuestros blanquistas comparten con los bakuninistas un rasgo fundamental, en cuanto que quieren representar la tendencia más extrema y de más largo alcance. Por eso, dicho sea de paso, los blanquistas, aun oponiéndose a los bakuninistas en cuanto a los fines, coinciden a menudo con ellos en los medios. Trátase, pues, de ser más radical que todos los demás en lo tocante al ateísmo. Por fortuna, hoy día es bastante fácil ser ateo. En los partidos obreros europeos, el ateísmo se da más o menos por descontado, si bien en algunos países se asemeja bastante al del bakuninista español que declaraba: creer en Dios va contra todo socialismo, pero creer en la Virgen María es algo muy distinto, y todo socialista decente debe, por supuesto, hacerlo. En lo que respecta a los obreros socialdemócratas alemanes,ᶜ puede decirse que el ateísmo ha dejado ya de serles útil; esta negación pura no se aplica a ellos, puesto que ya no mantienen una oposición teórica, sino solo práctica, frente a toda creencia en Dios: han liquidado sencillamente a Dios, viven y piensan en el mundo real y son, por tanto, materialistas. Probablemente, lo mismo vale para Francia. Si no fuera así, nada más sencillo que organizar la distribución en masa, entre los obreros, de la espléndida literatura materialista francesa del siglo pasado, de la literatura en la que el espíritu francés ha alcanzado su expresión más sublime tanto en la forma como en el contenido, y que, habida cuenta del nivel de la ciencia entonces existente, aún hoy se mantiene muy alta en cuanto al contenido, y sigue sin ser superada en cuanto a la forma. Pero esto no les conviene a nuestros blanquistas. Para demostrar que son los más radicales de todos, se decreta la inexistencia de Dios, como en 1793:

«Que la Comuna libre para siempre a la humanidad de ese espectro de la miseria pasada» (Dios), «de esa causa» (¡un Dios inexistente, una causa!) «de su miseria presente.— No hay lugar para sacerdotes en la Comuna; todo servicio religioso, toda organización religiosa debe ser prohibida».”  

Y esta exigencia de transformar al pueblo par ordre du mufti en ateos la firman dos miembros de la Comuna, quienes seguramente tuvieron ocasión sobrada de descubrir, primero, que sobre el papel se puede decretar cualquier cosa, pero que eso no significa que se vaya a cumplir; segundo, ¡que la persecución es el mejor medio de fortalecer convicciones indeseables! De algo podemos estar seguros: el único servicio que todavía puede prestársele a Dios hoy día es convertir el ateísmo en dogma obligatorio y superar las leyes del Kulturkampf anticlerical de Bismarck prohibiendo la religión en general.

El segundo punto del programa es el comunismo. Aquí nos encontramos en terreno más conocido, pues la nave en que viajamos se llama Manifiesto del Partido Comunista, publicado en febrero de 1848. Ya en otoño de 1872 los cinco blanquistas que habían abandonado la Internacional abrazaron un programa socialista que, en todos sus rasgos esenciales, era el del comunismo alemán actual, y basaron su retirada únicamente en la negativa de la Internacional a jugar a la revolución al estilo de aquellos cinco. Ahora, el consejo de los treinta y tres ha adoptado este programa, con toda su concepción materialista de la historia, si bien su traducción al francés blanquista deja bastante que desear allí donde no se ha conservado casi literalmente la letra del Manifiesto, como, por ejemplo, en esta frase:

«La burguesía ha quitado los velos místicos a la explotación del trabajo, con los que antes se encubría esta última expresión de todas las formas de esclavitud: gobiernos, religiones, la familia, las leyes, las instituciones tanto del pasado como del presente quedan finalmente revelados, en esta sociedad que descansa sobre la simple oposición de capitalistas y obreros asalariados, como los instrumentos de opresión con ayuda de los cuales la burguesía sostiene su dominación y reprime al proletariado».ª  

Compárese con el Manifiesto Comunista, sección I: «En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha puesto la explotación desnuda, descarada, directa, brutal. La burguesía ha despojado de su halo a todas las ocupaciones hasta entonces honradas y consideradas con respetuoso temor. Ha convertido al médico, al jurista, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en sus obreros asalariados a sueldo. La burguesía ha rasgado el velo sentimental que envolvía a la familia y ha reducido la relación familiar a una mera relación de dinero», etc.

Pero en cuanto dejamos de lado la teoría y pasamos a la práctica, se hace patente la posición peculiar de los treinta y tres:

«Somos comunistas porque queremos llegar a nuestro fin sin hacer escala en estaciones intermedias, sin entrar en componendas, que solo posponen la victoria y prolongan la esclavitud».ᵇ  

Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las estaciones intermedias y compromisos, creados no por ellos, sino por el desarrollo histórico, perciben claramente el fin último: la abolición de las clases, la instauración de una sociedad en la que no habrá propiedad privada sobre la tierra y los medios de producción. Los treinta y tres son comunistas porque se imaginan que, con solo tener la buena voluntad de saltarse las estaciones intermedias y los compromisos, todo está asegurado, y si, como creen firmemente, «empieza» dentro de uno o dos días y ellos toman el timón, «el comunismo será introducido» pasado mañana. Y no son comunistas si esto no puede hacerse de inmediato. ¡Qué candor infantil presentar la impaciencia como un argumento teórico convincente!

Finalmente, nuestros treinta y tres son «revolucionarios». En lo tocante a manejar grandes palabras, es sabido que los bakuninistas han hecho todo lo humanamente posible a este respecto. Pero nuestros blanquistas se sienten obligados a superarlos. ¿Cómo? Se recordará que todo el proletariado socialista, desde Lisboa y Nueva York hasta Budapest y Belgrado, asumió en bloque la responsabilidad por los actos de la Comuna de París. Mas esto no basta a nuestros blanquistas:

«Por lo que a nosotros respecta, reivindicamos nuestra parte de responsabilidad por las ejecuciones» (durante la Comuna) «de los enemigos del pueblo» (se adjunta una lista de los ejecutados), «reivindicamos nuestra parte de responsabilidad por los incendios que destruyeron los instrumentos de la opresión monárquica o burguesa o protegieron a quienes estaban en lucha».

ª Aux Communeux, p. 2.— Ed.  
b Ibíd.— Ed.  
ᶜ En la edición de 1894 dice: «En lo que respecta a la gran mayoría de los obreros socialdemócratas alemanes».— Ed.  
ª Aux Communeux, p. 4.— Ed.  
b por orden del muftí, por orden superior.— Ed.  
ᶜ Un lapsus de la pluma; la proclama está firmada por cuatro miembros de la Comuna: Edouard Vaillant, Emile Eudes, Jean Clement y Frédéric Cournet.— Ed.  
ª Aux Communeux, pp. 4-5.— Ed.  
b Véase la presente edición, t. 6, p. 487.— Ed.  
ᶜ Aux Communeux, p. 5.— Ed.  
d La edición de 1894 dice: «perciben y persiguen claramente».— Ed.  
e Aux Communeux, p. 7.— Ed.

En toda revolución se cometen inevitablemente muchas necedades, como, por lo demás, en cualquier otro tiempo, y cuando al fin la gente se tranquiliza lo suficiente para poder pasar revista crítica a los acontecimientos, llega de manera inevitable a la conclusión siguiente: hemos hecho muchas cosas que habría sido mejor no hacer, y hemos dejado de hacer muchas que habría sido mejor hacer, y por eso las cosas tomaron mal cariz. Pero, ¡qué falta de sentido crítico se necesita para declarar a la Comuna impecable e infalible y para afirmar que, cada vez que se incendió una casa o se fusiló a un rehén, fue un caso de justicia retributiva, hasta el último detalle! ¿No equivale esto a afirmar que, durante la semana de mayo, el pueblo fusiló precisamente el número de personas necesario, y ni una más, y que se incendiaron exactamente aquellos edificios, y ni uno más, que tenían que ser incendiados? ¿No equivale esto a decir de la primera revolución francesa: cada decapitado recibió su merecido, primero aquellos a quienes Robespierre hizo decapitar, y luego el propio Robespierre? Semejante cháchara pueril resulta cuando personas de natural bondadoso ceden al impulso de parecer salvajemente brutales.

Basta. A pesar de todas las acciones insensatas cometidas por los refugiados y de los cómicos intentos de hacer que el muchacho Karl (¿o Eduard?)⁠ parezca imponente, se puede constatar cierto progreso definido en este programa. Es el primer manifiesto en el que obreros franceses se adhieren a la causa del comunismo alemán actual. Además, estos obreros pertenecen a una corriente que considera a los franceses el pueblo elegido de la revolución, y a París la Jerusalén revolucionaria. Haberlos llevado hasta este punto es mérito indiscutible de Vaillant, que es uno de los firmantes y que, como es bien sabido, tiene buen conocimiento de la lengua alemana y de los escritos socialistas alemanes. Los obreros socialistas alemanes que, en 1870, demostraron que todo chovinismo nacional les es absolutamente ajeno, pueden considerar como un augurio favorable el que los obreros franceses estén adoptando principios teóricos correctos, aunque estos provengan de Alemania.

a Aux Communeux, págs. 11-12. — Ed.

b Engels juega con las palabras de Felipe II del drama Don Carlos de Schiller (Acto I, Escena 6). En la edición de 1894 se omiten las palabras «(¿o Eduard?)» —alusión a Édouard Vaillant.— Ed.

III

En Londres aparece, en lengua rusa y a intervalos irregulares, una revista titulada Vperyod! (¡Adelante!). La edita un erudito personalmente muy respetable, a quien la estricta etiqueta imperante en la literatura rusa del exilio me impide nombrar. Pues incluso aquellos rusos que posan de ogros revolucionarios a ultranza, que tachan de traición a la revolución el respetar cosa alguna —en sus polémicas, incluso ellos respetan la apariencia del anonimato con una escrupulosidad que solo encuentra parangón en la prensa burguesa inglesa; la respetan incluso cuando resulta cómico, como ocurre aquí, porque todos los refugiados rusos y el gobierno ruso saben perfectamente cuál es el nombre del hombre. Jamás se nos ocurriría revelar un secreto tan cuidadosamente guardado sin una buena razón; pero, puesto que la criatura ha de tener un nombre, esperemos que el editor del Adelante nos disculpe si, en aras de la brevedad, en este artículo lo llamamos por el popular nombre ruso de Pedro.

En su filosofía, el amigo Pedro es un ecléctico que selecciona lo mejor de todos los diferentes sistemas y teorías: ¡probadlo todo y quedaos con lo mejor! Sabe que todo tiene un lado bueno y un lado malo, y que lo principal es apropiarse del lado bueno de todo sin cargar también con el malo. Puesto que toda cosa, toda persona, toda teoría tiene estos dos lados, uno bueno y uno malo, toda cosa, toda persona, toda teoría es, a este respecto, tan buena y tan mala como cualquier otra; de ahí que, desde esta atalaya, sería necio apasionarse en pro o en contra de una u otra. Desde este punto de vista, las luchas y disputas de los revolucionarios y socialistas entre sí no pueden sino aparecer como meros absurdos fatuos que no sirven más que para regocijar a sus adversarios. Además, nada más comprensible para un hombre de esta opinión que intentar reunir a todas estas facciones mutuamente hostiles y exhortarlas encarecidamente a no ofrecer por más tiempo a la reacción este espectáculo escandaloso, sino a atacar exclusivamente al adversario común. Tanto más natural, desde luego, si se viene de Rusia, donde el movimiento obrero está, como sabemos, tan sumamente desarrollado.

El Adelante está, pues, lleno de exhortaciones que instan a la concordia a todos los socialistas o los instan, al menos, a evitar toda discordia pública. Cuando los intentos de los bakuninistas de someter la Internacional a su dominio con falsos pretextos, mediante mentiras y engaños, ocasionaron la bien conocida escisión en la Asociación, de nuevo fue el Adelante el que nos exhortó a la unidad. Esta unidad solo podía alcanzarse, por supuesto, dejando que los bakuninistas se salieran inmediatamente con la suya y entregándoles la Internacional atada de pies y manos a sus conspiraciones secretas. No se fue tan carente de principios como para hacerlo; se aceptó el desafío; el Congreso de La Haya tomó su decisión, expulsó a los bakuninistas y resolvió publicar los documentos que justificaban esta expulsión.

Hubo grandes lamentos en el consejo de redacción del Adelante por el hecho de que no se hubiera sacrificado todo el movimiento obrero a la querida «unidad». Sin embargo, aún mayor fue el horror cuando los comprometedores documentos bakuninistas aparecieron realmente en el informe de la comisión (véase «Ein Komplott gegen die Internationale», edición alemana, Brunswick, Bracke). Oigamos al propio Adelante:

«Esta publicación... tiene el carácter de una polémica cáustica contra personas que se hallan en las primeras filas de los federalistas... su contenido está colmado de asuntos privados que solo pudieron ser recogidos de oídas, y cuya credibilidad, por consiguiente, no pudo haber sido indiscutible para los autores.»

Para demostrar a las personas que ejecutaron la decisión del Congreso de La Haya qué crimen colosal habían cometido, el Adelante remite a un folletín de la Neue Freie Presse debido a un tal Karl Thaler, el cual,

«habiendo surgido del campo burgués, merece particular atención porque prueba con la mayor claridad la importancia que tienen para los enemigos comunes de la clase obrera, para la burguesía y los gobiernos, los panfletos de acusación mutua de los contendientes por la supremacía en las filas de los obreros.»

Obsérvese en primer lugar que aquí se presenta a los bakuninistas simplemente como «federalistas», por oposición a los pretendidos centralistas, como si el autor creyera en esta oposición inexistente inventada por los bakuninistas. Que esto no era así, de hecho, se hará evidente. En segundo lugar, obsérvese que de este folletín, escrito por encargo para un periódico burgués tan venal como la vienesa Neue Freie Presse, se saca la conclusión de que los revolucionarios genuinos no deberían desenmascarar a revolucionarios meramente ostensibles porque estas acusaciones mutuas proporcionan diversión a la burguesía y a los gobiernos. Creo que la Neue Freie Presse y toda esa canalla de la prensa podrían escribir diez mil artículos sin que ello tuviera el menor efecto sobre la postura del partido obrero alemán. Toda lucha tiene momentos en que no se puede negar al adversario cierta satisfacción, si uno no quiere infligirse un daño positivo a sí mismo. Afortunadamente, hemos llegado tan lejos que podemos permitir a nuestros adversarios este placer privado si con ello alcanzamos éxitos reales.

La acusación principal, sin embargo, es que el informe está lleno de asuntos privados cuya credibilidad no pudo haber sido indiscutible para los autores, porque solo pudieron ser recogidos de oídas. Cómo sabe el amigo Pedro que una sociedad como la Internacional, que tiene sus órganos oficiales en todo el mundo civilizado, solo puede recoger tales hechos de oídas, es cosa que no se dice. Su aseveración es, en cualquier caso, de una frivolidad extrema. Los hechos en cuestión están atestiguados por pruebas auténticas, y los interesados se guardaron muy mucho de contestarlos.

Pero el amigo Pedro opina que los asuntos privados, tales como las cartas privadas, son sagrados y no deben publicarse en debates políticos. Aceptar la validez de este argumento bajo cualquier condición es imposibilitar la escritura de toda la historia. La relación entre Luis XV y Du Barry o Pompadour era un asunto privado, pero sin ella toda la prehistoria de la Revolución Francesa resulta incomprensible. O, para dar un paso hacia el presente: si una muchacha inocente llamada Isabel se casa con un hombre que, según los expertos (el assessor Ulrichs, por ejemplo) no soporta a las mujeres y por eso solo se enamora de hombres; si, viéndose abandonada, ella toma hombres donde los encuentra, entonces eso es un asunto puramente privado. Pero si dicha inocente Isabel es Reina de España y uno de estos jóvenes mantenidos por ella es un joven oficial llamado Serrano; si este Serrano es ascendido a mariscal de campo y primer ministro en reconocimiento a las hazañas que ha realizado a puerta cerrada, es luego suplantado y derrocado por otro, posteriormente arroja del país a su infiel amada con ayuda de otros compañeros de infortunio, y después de diversas aventuras acaba convirtiéndose él mismo en dictador de España y en un hombre tan grande que Bismarck hace todo lo posible por persuadir a las grandes potencias de que lo reconozcan, entonces este asunto privado entre Isabel y Serrano se convierte en un fragmento de la historia de España, y cualquiera que desee escribir sobre la historia moderna de España y oculte a sabiendas este bocado suculento a sus lectores estaría falseando la historia. Además, si se describe la historia de una banda como la Alianza, entre la que hay un número tan grande de embaucadores, aventureros, pillos, espías de policía, estafadores y cobardes junto a aquellos a quienes han engañado, ¿debería uno falsear esta historia ocultando a sabiendas las villanías individuales de estos señores como «asuntos privados»? Por mucho que esto horrorice al amigo Pedro, puede estar seguro de que no hemos acabado ni mucho menos con estos «asuntos privados». El material sigue acumulándose.

Cuando, sin embargo, el Adelante describe el informe como una burda amalgama de hechos esencialmente privados, está cometiendo un acto difícil de calificar. Cualquiera que haya podido escribir tal cosa, o bien no ha leído en absoluto el informe en cuestión; o bien era demasiado limitado o prejuicioso para entenderlo; o bien escribía algo que sabía incorrecto. Nadie puede leer el «Komplott gegen die Internationale» sin convencerse de que los asuntos privados que en él se intercalan constituyen su parte más insignificante, son ilustraciones destinadas a proporcionar un cuadro más detallado de los personajes implicados, y que todos ellos podrían suprimirse sin poner en peligro el punto principal del informe. La organización de una sociedad secreta, con el único fin de someter el movimiento obrero europeo a la dictadura oculta de unos cuantos aventureros, las infamias cometidas para promover este fin, particularmente por Nechayev en Rusia: este es el tema central del libro, y sostener que todo gira en torno a asuntos privados es, por decir lo menos, irresponsable.

Sin duda, puede resultar sumamente penoso para algunos rusos ver de pronto el lado sucio —y ciertamente es muy sucio— del movimiento ruso expuesto sin piedad ante Europa Occidental. Pero ¿quién tiene la culpa? ¿Quién, sino esos mismos rusos que representan ese lado sucio, quienes, no contentos con engañar a sus propios compatriotas, intentaron subordinar todo el movimiento obrero europeo a sus fines personales? Si Bakunin y compañía hubieran restringido sus hazañas heroicas a Rusia, la gente de Europa Occidental apenas se habría tomado la molestia de apuntar sus miras contra ellos. Los propios rusos lo habrían hecho. Pero tan pronto como esos señores, que ni siquiera entienden los rudimentos de las condiciones y el desarrollo del movimiento obrero de Europa Occidental, pretenden erigirse en dictadores entre nosotros, la cosa deja de ser divertida: se les dispara a quemarropa.

De cualquier modo, el movimiento ruso puede tomar tales revelaciones con ecuanimidad. Un país que ha producido dos escritores de la talla de Dobrolyubov y Chernyshevsky, dos Lessing socialistas, no se vendrá abajo porque, de repente, engendre a un farsante como Bakunin y a unos cuantos estudiantes inmaduros, que se inflan con grandes palabras como ranas y acaban devorándose unos a otros. Incluso entre los rusos más jóvenes conocemos a personas de talento teórico y práctico de primer orden y de gran energía, personas que llevan ventaja a los franceses y a los ingleses, gracias a su conocimiento de idiomas, en su íntimo conocimiento del movimiento en distintos países, y a los alemanes en su versatilidad cosmopolita. Aquellos rusos que comprenden y participan en el movimiento obrero solo pueden considerar como un servicio que se les haya liberado de la complicidad con los actos de villanía de los bakuninistas. Todo esto no impide, sin embargo, que el *Forward* concluya su crónica con estas palabras:

«No sabemos qué piensan los autores de este panfleto sobre los resultados que ha conseguido. La mayoría de nuestros lectores probablemente compartirán el sentimiento de abatimiento con el que lo hemos leído y con el que registramos estos lamentables fenómenos en nuestras páginas, en cumplimiento de nuestro deber como cronistas.»4

Con este sentimiento de abatimiento por parte del Amigo Peter concluimos la primera sección de nuestro relato. La segunda comienza con el siguiente párrafo del mismo volumen del *Forward*:

«Nuestros lectores se alegrarán de recibir otra noticia en una línea similar. Entre nosotros, en nuestras filas, tenemos también al conocido escritor Peter Nikitich Tkachov; tras cuatro años de detención, ha logrado escapar del lugar donde estaba internado y condenado a la inactividad, para reforzar nuestras filas.»b

Quién es el conocido escritor Tkachov lo aprendemos de un panfleto ruso, *Las tareas de la propaganda revolucionaria en Rusia*, que él mismo publicó en abril de 1874 y que lo retrata como un verde alumno de gramática de singular inmadurez, el Karlchen Missnick, por así decirlo, de la juventud revolucionaria rusa. Nos cuenta que muchas personas le han pedido que colabore en el *Forward*; sabía que el editor era un reaccionario; sin embargo, consideró su deber tomar el *Forward* bajo su ala, aunque —cabe señalar— no se lo habían pedido. Al llegar encuentra, para su asombro, que el editor, el Amigo Peter, se permite tomar la decisión final sobre la aceptación o el rechazo de los artículos. Semejante procedimiento antidemocrático lo enfurece, naturalmente; redacta un detallado documento reclamando, para sí mismo y para los demás colaboradores (que —cabe señalar— no lo habían pedido), «en nombre de la justicia, sobre la base de consideraciones puramente teóricas ... igualdad de derechos y obligaciones» (con el redactor jefe) «con respecto a todo lo que afecta al aspecto literario y económico de la empresa».a

Aquí vemos de inmediato la inmadurez que, aunque no domina el movimiento de los refugiados rusos, es, no obstante, más o menos tolerada. Un erudito ruso, que goza de considerable reputación en su propio país, se convierte en refugiado y adquiere los medios para fundar una revista política en el extranjero. Apenas lo ha conseguido, cuando se presenta algún joven más o menos entusiasta, sin que se le llame, y se ofrece a participar, bajo la condición más o menos pueril de que debe tener igual voz que el fundador de la revista en todos los asuntos literarios y financieros. En Alemania se habrían reído de él. Pero los rusos no son tan toscos. El Amigo Peter se toma grandes esfuerzos para convencerlo de que está equivocado, tanto «en nombre de la justicia como sobre la base de consideraciones puramente teóricas» —naturalmente en vano. Tkachov, ofendido, se retira como Aquiles a su tiendac y lanza su panfleto contra el Amigo Peter, a quien llama un «filósofo filisteo».b

Con un sofocante cúmulo de frases bakuninistas eternamente repetidas sobre la naturaleza de la verdadera revolución, acusa al Amigo Peter del crimen de preparar al pueblo para la revolución, de tratar de llevarlo a una «comprensión clara y conciencia de sus necesidades». Pero cualquiera que desee hacer eso no es un revolucionario, sino un hombre de progreso pacífico, es decir, un reaccionario, un partidario de la «revolución incruenta al gusto alemán».a El verdadero revolucionario «sabe que el pueblo está siempre dispuesto para la revolución»; quien no cree esto no cree en el pueblo, y la fe en el pueblo «constituye nuestra fuerza».b A quien no comprenda esto, el escritor le cita una proclama de Nechayev, ese «representante típico de nuestra juventud moderna».c El Amigo Peter dice que debemos esperar hasta que el pueblo esté listo para la revolución —«pero nosotros no podemos ni queremos esperar»; el verdadero revolucionario se distingue del filósofo filisteo en que «se arroga el derecho de llamar al pueblo a la revolución en cualquier momento».d Y así sucesivamente.

Aquí, en Europa Occidental, despacharíamos sin más todas estas tonterías pueriles con la respuesta: «Si vuestro pueblo está dispuesto para la revolución en cualquier momento, si os arrogáis el derecho de llamarlo a la revolución en cualquier momento, y si sencillamente no podéis esperar, ¿por qué seguís aburriéndonos con vuestra cháchara, por qué, por amor de Dios, no procedéis y golpeáis ahora?».

Pero nuestros rusos no ven las cosas de manera tan simple. El Amigo Peter piensa que las observaciones pueriles, tediosas y contradictorias del señor Tkachov, que giran en un círculo eterno, pueden ejercer la atracción seductora de un *mons veneris* sobre la juventud rusa y, como el fiel Eckart de esta juventud, emite una exhortación admonitoria de sesenta páginas densamente impresas contra ellas.e En ella expone sus propios puntos de vista sobre la naturaleza de la revolución, investigando con la mayor seriedad si el pueblo está o no dispuesto para la revolución y en qué circunstancias tienen los revolucionarios el derecho de llamarlo a la revolución o no, y otras sutilezas similares, que a este nivel de generalidad tienen aproximadamente tanto valor como los estudios de los escolásticos sobre la Virgen María. En el proceso, «la Revolución» misma se convierte en una especie de Virgen María, la teoría se convierte en fe, la actividad en el movimiento se convierte en una religión, y todo el debate no tiene lugar sobre tierra firme, sino en un cielo nublado de generalidades.

Aquí, sin embargo, el Amigo Peter se ve envuelto en una trágica contradicción consigo mismo. Él, el predicador de la unidad, el oponente de toda polémica, de todo «panfleto de acusaciones mutuas» dentro del partido revolucionario, no puede, por supuesto, cumplir con su deber de Eckart sin emprender también una polémica; no puede responder a las acusaciones de su oponente sin acusarlo de manera similar. El Amigo Peter dará testimonio él mismo del «sentimiento de abatimiento» que acompaña a este «lamentable fenómeno».f

Su panfleto comienza así:

«De dos males, hay que elegir el menor.

Sé muy bien que toda esta literatura de refugiados de panfletos de acusaciones mutuas, de polémicas sobre quién es el auténtico amigo del pueblo y quién no, quién es honesto y quién no y, en particular, quién es el auténtico representante de la juventud rusa, del verdadero partido revolucionario —que toda esta literatura sobre la suciedad personal de la emigración rusa es tan repugnante para el lector como insignificante para la lucha revolucionaria, y solo puede regocijar a nuestros enemigos—, esto lo sé, y sin embargo encuentro necesario pergeñar estas líneas, necesario aumentar con mi propia mano el número de estos escritos miserables con uno más, para tedio de nuestros lectores y deleite de nuestros enemigos —necesario, porque de dos males, hay que elegir el menor.»g

Espléndido. Pero ¿por qué el Amigo Peter, que muestra tanta tolerancia cristiana en el *Forward* y exige lo mismo de nosotros hacia los embaucadores que hemos desenmascarado —embaucadores a quienes, como veremos, conoce tan bien como nosotros—, por qué no tuvo siquiera la mínima tolerancia hacia los redactores del informe para preguntarse si ellos también estaban obligados a elegir el menor de dos males? ¿Por qué es necesario que el fuego le queme primero los dedos antes de que comprenda que podría haber males aún mayores que una pequeña polémica dura contra personas que, bajo la apariencia de una actividad ostensiblemente revolucionaria, se esforzaban por envilecer y destruir todo el movimiento obrero europeo?

Seamos, sin embargo, indulgentes con el Amigo Peter; el destino ha sido bastante duro con él. Apenas ha hecho, con plena conciencia de su propia culpa, aquello que nos reprocha haber hecho, Némesis lo empuja y lo fuerza a suministrar al señor Karl Thaler nuevo material para varios artículos más en la *Neue Freie Presse*.

«O —le pregunta al siempre dispuesto tarambana Tkachov—, ¿acaso vuestra agitación ya ha hecho su trabajo? ¿Está quizá lista vuestra organización? ¿Lista? ¿Realmente lista? ¿O tenemos aquí ese notorio comité secreto de revolucionarios ‘típicos’, el comité que consta de dos hombres y hace circular decretos? A nuestros jóvenes se les han dicho tantas mentiras, se les ha engañado tan a menudo, se ha abusado tan vergonzosamente de su confianza, que no creerán, de buenas a primeras, en la disposición de la organización revolucionaria.»h

Para el lector ruso huelga, por supuesto, añadir que los «dos hombres» son Bakunin y Nechayev. Más adelante:

«Pero hay quienes pretenden ser amigos del pueblo, partidarios de la revolución social, y que, al mismo tiempo, aportan a su actividad esa mendacidad y deshonestidad que he descrito más arriba como un eructo del viejo orden.»i

...sociedad... Estas gentes utilizaban el rencor de los partidarios del nuevo orden social contra la injusticia de la vieja sociedad, afirmando el principio de que en la guerra todo medio es lícito. Entre estos medios lícitos incluían el engaño a sus colaboradores, el engaño al pueblo al que, sin embargo, pretendían servir. Estaban dispuestos a mentir a todo quisque con tal de organizar un partido lo bastante fuerte, ¡como si un partido social-revolucionario fuerte pudiera surgir sin la solidaridad honesta de sus miembros! Estaban dispuestos a despertar en el pueblo las viejas pasiones del bandidaje y el goce sin trabajo... Estaban dispuestos a explotar a sus amigos y camaradas, a convertirlos en instrumentos de sus planes; estaban dispuestos a defender de palabra la más completa independencia y autonomía de personas y secciones, mientras que al mismo tiempo organizaban la más acusada dictadura secreta y adiestraban a sus partidarios en la más borreguil e irreflexiva obediencia, ¡como si la revolución social pudiera llevarla a cabo una unión de explotadores y explotados, un grupo de gentes cuyos actos son, a cada paso, una bofetada a todo lo que sus palabras predican!»²

Resulta increíble, pero es cierto: estas líneas, que se asemejan a un extracto del «Komplott gegen die Internationale» como un huevo a otro, fueron escritas por el mismo hombre que, unos meses antes, había calificado ese folleto de crimen contra la causa común a causa de sus ataques contra esas mismas personas, ataques que concordaban plenamente con las líneas anteriores. Pues bien, démonos por satisfechos con esto.

Si ahora, empero, volvemos la vista hacia el señor Tkachov, con sus grandes pretensiones y sus logros de todo punto insignificantes, y hacia el pequeño *malheur* que le sobrevino a nuestro amigo Peter en esta ocasión, bien podríamos considerar que nos toca a nosotros decir:

«No sabemos lo que los autores piensan de los resultados alcanzados. La mayoría de nuestros lectores probablemente compartirían el sentimiento de “diversión” con que lo hemos leído y con el que registramos estos “extraños” fenómenos en nuestras páginas, en cumplimiento de nuestro deber de cronistas.»

Pero, bromas aparte. Muchos fenómenos peculiares del movimiento ruso hasta la fecha se explican por el hecho de que, durante mucho tiempo, toda publicación rusa fue un libro cerrado para Occidente, y que, por consiguiente, era fácil para Bakunin y sus consortes ocultarle sus manejos, que desde hacía tiempo eran conocidos por los rusos. Propagaban celosamente la afirmación de que incluso los aspectos sucios del movimiento ruso debían —en interés del propio movimiento— mantenerse en secreto ante Occidente; quien comunicaba a Europa asuntos rusos, en la medida en que fueran de naturaleza desagradable, era un traidor. Eso ha cesado ahora. El conocimiento de la lengua rusa —una lengua que, tanto por sí misma, como una de las lenguas vivas más ricas y poderosas, como por la literatura que con ella se vuelve accesible, merece sobradamente ser

a Ibíd., págs. 44, 45. — Ed.

estudiada— ya no es una gran rareza, al menos entre los socialdemócratas alemanes. Los rusos tendrán que inclinarse ante el inevitable destino internacional: en adelante, su movimiento se desarrollará a plena vista y bajo la vigilancia del resto de Europa. Nadie ha tenido que pagar tan caro su anterior aislamiento como ellos mismos. De no haber sido por este aislamiento, jamás habría sido posible engañarlos tan vergonzosamente durante años y años, como hicieron Bakunin y sus consortes. Quienes mayor provecho obtendrán de la crítica de Occidente, de la interacción internacional de los diversos movimientos de Europa Occidental sobre el movimiento ruso y viceversa, de la fusión final del movimiento ruso con el movimiento paneuropeo, son los propios rusos.

29

IV

Los lectores del *Volksstaat* han sufrido una desgracia. Algunos recordarán quizá que, en mi último artículo sobre la «literatura del exilio» (núms. 117 y 118),ⁱ me ocupé de algunos pasajes de la publicación periódica rusa *Forward* y de un folleto de su redactor.⁲ Casualmente mencioné a un tal señor Peter Tkachov, que ha publicado un libelo atacando al citado redactor,⁳ y con el que me había ocupado tan poco como me era absolutamente indispensable. Lo describí, a juzgar por la forma y el contenido de su obra inmortal, «como un verde colegial de singular inmadurez, el Karlchen Missnick, por así decir, de la juventud revolucionaria rusa»⁴ y compadecí al redactor del *Forward* por estimar necesario cruzar palabras con semejante adversario. Pronto iba a saber, sin embargo, que el muchacho Karl empieza a enfadarse conmigo⁵ y a enredarme a mí también en polémicas con él. Publica un folleto: *Offener Brief an Herrn Friedrich Engels* von Peter Tkachov, Zurich, Druck der Tagwacht, 1874. El hecho de que en él se me imputen todo tipo de cosas que el señor Tkachov debe saber que jamás he sostenido me sería indiferente; pero el hecho de que ofrezca a los obreros alemanes una imagen por completo falsa de la situación en Rusia, a fin de justificar las actividades de los bakuninistas en relación con Rusia, hace necesaria una respuesta.

En su carta abierta, el señor Tkachov se erige consecuentemente en representante de la juventud revolucionaria rusa. Sostiene que yo «dispensé consejos a los revolucionarios rusos... ¡instándolos a establecer una alianza conmigo (!)»⁶*; al mismo tiempo, yo los había pintado, a ellos, «los representantes del partido revolucionario ruso en el extranjero», sus esfuerzos y su literatura, con «los colores más desfavorables ante el mundo del trabajo alemán»; dice: «Expresáis vuestro profundo desprecio hacia nosotros los rusos por ser tan “estúpidos” e “inmaduros”», etc. «...“verdes colegiales”, como os place llamarnos» —y finalmente sigue el inevitable triunfo—: «Al burlaros de nosotros habéis hecho un valioso servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso». Le he sometido, afirma el señor Tkachov, «a todo tipo concebible de injurias».⁷

Ahora bien, nadie sabe mejor que Peter Nikitich Tkachov que no hay ni una pizca de verdad en todo esto. En primer lugar, en el artículo en cuestión no hice responsable a nadie de las declaraciones del señor Tkachov salvo al propio señor Tkachov. Jamás se me pasó por la cabeza considerarlo representante de los revolucionarios rusos. Si él se designa a sí mismo como tal, transfiriendo así lo del verde colegial y otras finezas de sus hombros a los de ellos, entonces debo protestar de manera terminante. Entre la juventud revolucionaria rusa hay, por supuesto, como en todas partes, personas del más diverso calibre moral e intelectual. Sin embargo, su nivel general, aun teniendo plenamente en cuenta la diferencia temporal y el medio esencialmente distinto, es indudablemente aún muy superior al que nuestra juventud estudiantil alemana haya podido alcanzar jamás, incluso durante su mejor período a principios de los años 30 del siglo. Nadie, salvo el propio señor Tkachov, le otorga el derecho a hablar en nombre de estos jóvenes en su totalidad. Es más, aunque en esta ocasión se revele como un verdadero bakuninista, dudo por el momento de que tenga derecho a comportarse como el representante del pequeño número de bakuninistas rusos a quienes yo describí como «unos pocos estudiantes menores inmaduros, que se inflan con grandes palabras como ranas y acaban devorándose unos a otros».⁸ Pero incluso si así fuera, no sería más que una nueva versión de la vieja historia de los tres sastres de Tooley Street en Londres, que lanzaron una proclama que empezaba: «Nosotros, el pueblo de Inglaterra, declaramos», etc.*⁹ Así pues, el punto principal que hay que dejar sentado es que los «revolucionarios rusos» no

* ¿A que el señor Tkachov dirá que, con la anécdota anterior, he traicionado al proletariado al presentar a los sastres como tales bajo una «luz ridícula»? ⁴

a Véase el presente volumen, págs. 19-28. — Ed.
b Ibíd., pág. 25. — Ed.
c Ibíd., pág. 24. — Ed.
d Ibíd. — Ed.
e Ibíd., pág. 18. — Ed.
b Ibíd., págs. 3, 7, 10 y 11. — Ed.
c Véase el presente volumen, pág. 23. — Ed.
d P. Tkatschoff, *Offener Brief...*, pág. 10. — Ed.

entran en esto, ni ahora ni antes, y que por el «nosotros» de Tkachov es necesario sustituir en todo momento el «yo».

Se supone que le he dado «consejos». No tengo la más remota idea de qué está hablando. Puede que haya soltado unos cuantos golpes, Peter Nikitich, ¿pero consejos?ⁱ Tenga la bondad de presentar pruebas.

Al final de mi último artículo, se supone que lo he instado a él o a los de su calaña a establecer una alianza conmigo. Le pagaré al señor Tkachov diez marcos en moneda contante del reino de Bismarck** si puede demostrarlo.

Se supone que he sostenido que es «estúpido», y pone la palabra entre comillas. Aunque no negaría que ha ocultado sus talentos —si es ésa la palabra adecuada aquí— bajo un celemín de considerable tamaño en ambas obras, cualquiera puede comprobar que la palabra «estúpido» no aparece ni una sola vez en todo mi artículo. Pero cuando todo lo demás falla, los bakuninistas recurren a las citas falsas.

Además, se supone que me he «burlado» de él y lo he pintado bajo una «luz ridícula». De acuerdo, el señor Tkachov jamás podrá obligarme a tomar su folleto en serio. Los alemanes gozamos de amplia reputación de aburridos, y habremos merecido sobradamente esa reputación en muchas ocasiones. Eso no nos obliga, sin embargo, a ser en toda circunstancia tan aburridos y pomposos como los bakuninistas. El movimiento obrero alemán ha adquirido un carácter singularmente humorístico a raíz de sus escaramuzas con policías, fiscales del Estado y carceleros; ¿por qué habría de negarlo yo? El señor Tkachov tiene pleno permiso para burlarse de mí y pintarme bajo una luz ridícula, si puede lograrlo sin imputarme mentira alguna.

Y ahora la inigualable acusación: al pintar al señor Tkachov bajo una luz acorde con él y con sus obras, ¡he «hecho un valioso servicio a nuestro enemigo común, el Estado ruso»! Paralelamente, dice en otro pasaje: al describirlo como lo he hecho, ¡estoy violando «los principios básicos del programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores»! Aquí vemos al verdadero bakuninista. Estos señores, como verdaderos revolucionarios, no rehúyen ningún medio contra nosotros, particularmente en la oscuridad; pero si uno no los trata con el mayor respeto, si uno arrastra sus payasadas a la luz, los critica a ellos y a sus frases campanudas, entonces uno está sirviendo al Zar de Rusia y violando los principios básicos de la Internacional. Precisamente lo contrario es el caso, de hecho. Quien ha hecho

a En el original, un juego de palabras entre *Schläge* (golpes) y *Ratschläge* (consejos). — Ed.

un servicio al gobierno ruso no es otro que el señor Tkachov. Si la policía rusa tuviera algún sentido común, distribuiría este folleto del señor por toda Rusia en grandes cantidades. Por un lado, difícilmente podría hallar un medio mejor de desacreditar a los revolucionarios rusos, a quienes el escritor afirma representar, ante los ojos de toda persona sensata. Por otro lado, siempre es posible que algunos jóvenes bienintencionados pero inexpertos se dejen provocar por él a actos temerarios, entregándose así a una trampa.

Pero, dice el señor Tkachov, lo he sometido a “toda suerte concebible de improperios”. Ahora bien, cierta clase de improperio, la llamada invectiva, es una de las formas más eficaces de la retórica, empleada por todos los grandes oradores cuando es necesario; el más poderoso escritor político inglés, William Cobbett, poseía un dominio supremo de ella que aún hoy se admira y sirve como modelo insuperable. El propio señor Tkachov también se entrega a una buena dosis de “improperios” en su panfleto. De modo que, si yo hubiera incurrido en improperios, eso en sí mismo no habría estado en absoluto mal de mi parte. Pero como no me puse retórico respecto al señor Tkachov, como no lo tomé en serio en absoluto, no puedo haber usado improperios para atacarlo. Examinemos lo que dije sobre él.

Lo llamé “un verde muchacho de escuela secundaria de singular inmadurez”. La inmadurez puede referirse al carácter, a la mente o al conocimiento. En lo que atañe a la inmadurez de carácter, hice el siguiente añadido al propio relato del señor Tkachov:

«“Un erudito ruso, que goza de considerable reputación en su propio país, se convierte en refugiado y adquiere los medios para fundar una revista política en el extranjero. Apenas ha logrado hacerlo, cuando se presenta algún joven más o menos entusiasta, sin ser llamado, y se ofrece a participar, bajo la condición más o menos pueril de que ha de tener voz igual a la del fundador de la revista en todos los asuntos literarios y financieros. En Alemania se habrían reído de él.” ⁴

Difícilmente creo necesario aducir más pruebas de inmadurez de carácter. La inmadurez de mente queda suficientemente demostrada por las demás citas del panfleto del señor Tkachov que siguen más abajo. En cuanto al conocimiento, la disputa entre el Vorwärts y el señor Tkachov gira en buena medida en torno a esto: el redactor del Vorwärts exige que la juventud revolucionaria rusa aprenda algo, que se enriquezca con información seria y profunda, que adquiera facultades críticas según métodos aceptados, que trabaje

Literatura de refugiados.—IV 33

en su autodesarrollo y autoeducación con el sudor de su frente. Tkachov rechaza tal consejo con disgusto:

«Una y otra vez debo expresar el sentimiento de profunda indignación que siempre ha despertado en mí... ¡Aprended! ¡Educaos! ¡Oh, Dios, cómo puede un ser humano vivo decirle tal cosa a otro ser humano vivo! ¡Esperad! ¡Estudiad y acabad vuestra educación! Pero, ¿tenemos derecho a esperar» (con la revolución, a saber) «¿Tenemos derecho a perder el tiempo en educación?» (pág. 14). «El conocimiento es probablemente una precondición necesaria para el progreso pacífico, pero no es en absoluto necesario para la revolución» (pág. 17). ²

Así pues, si el señor Tkachov manifiesta profunda indignación ante la mera exhortación a estudiar, si declara superfluo todo conocimiento para un revolucionario, si, además, no delata ni la más leve huella de conocimiento en todo su panfleto, él mismo extiende el testimonio de su propia inmadurez, y yo no he hecho sino constatar el hecho. Y sin embargo, quien extiende él mismo este testimonio puede, en nuestra opinión, aspirar a lo sumo al nivel educativo de un muchacho de escuela secundaria. De tal modo, al atribuirle el más alto nivel posible, en lugar de proferir improperios contra él, quizá le estaba yo haciendo incluso demasiado honor.

Por lo demás, dije que las observaciones del señor Tkachov eran pueriles (para ejemplos de ello, véanse las citas en este artículo), tediosas (seguramente ni el propio autor lo negaría), contradictorias (como el redactor del Vorwärts ha demostrado) y giraban en un círculo eterno (lo que también es cierto). Paso luego a hablar de sus grandes pretensiones (que simplemente he referido en sus propios términos) y de sus logros absolutamente insignificantes (que el presente artículo demuestra más que de sobra). ¿Dónde está, pues, todo el improperio? ¡Seguramente no puede ser un improperio compararlo con Karlchen Missnick, el muchacho de escuela secundaria favorito de Alemania y uno de los escritores alemanes más populares! Pero, ¡alto ahí! ¿No dije de él que se había retirado como Aquiles a su tienda y desde allí había disparado su panfleto contra el Vorwärts? ³ Ésa debe de ser la clave del asunto. Tratándose de un hombre a quien se le erizan los pelos ante la mera mención de estudiar, que puede tomar audazmente las palabras de Heine:

Y toda su ignorancia

la adquirió él mismo, ⁴

como lema, me atrevo a decir que cabe suponer que es la primera vez que topa con el nombre de Aquiles. Y como yo relaciono a Aquiles con “tienda” y “disparar”, quizá el señor Tkachov se imagina que este Aquiles es un suboficial ruso o un bajá turco * y que

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ha de ser, por tanto, una falta de etiqueta llamarlo Aquiles. Permítaseme, no obstante, asegurar al señor Tkachov que el Aquiles de quien hablo fue el mayor héroe de la leyenda griega, y que dicha retirada a su tienda proporcionó el material para la más grande epopeya heroica de todos los tiempos, la Ilíada, cosa que incluso el señor Bakunin le confirmará. Si mi suposición fuese correcta, me vería entonces obligado, por supuesto, a declarar que el señor Tkachov no es en absoluto un muchacho de escuela secundaria.

Continúa el señor Tkachov diciendo:

«A pesar de todo esto, me aventuré, sin embargo, a expresar la convicción de que la revolución social puede ser llamada a la vida fácilmente. “Si es tan fácil llamarla a la vida”, observa usted, “¿por qué no lo hace, en lugar de hablar de ello? — Le parece a usted ridículo, un comportamiento pueril... Yo y quienes piensan como yo estamos convencidos de que la viabilidad de la revolución social en Rusia no presenta problemas, de que es posible en cualquier momento inducir al pueblo ruso a hacer una protesta revolucionaria general (!). Cierto, esta convicción nos compromete a cierta cantidad de actividad práctica, pero no milita en lo más mínimo contra la utilidad y necesidad de la propaganda literaria. No basta con que nosotros estemos convencidos; queremos que otros también compartan nuestra convicción. Cuantos más camaradas de ideas afines tengamos, más fuertes nos sentiremos, y más fácil nos será alcanzar una solución práctica de la tarea.”» ⁵

Esto es ya el colmo. Suena tan bonito, tan sensato, tan cultivado, tan razonable. Suena casi como si el señor Tkachov hubiera escrito su panfleto solo para demostrar la utilidad de la propaganda literaria, y yo, el impaciente novato, le hubiera respondido: “¡Al diablo con la propaganda literaria, pongámonos manos a la obra!” Ahora bien, ¿cuál es el verdadero estado de cosas?

El señor Tkachov comienza su panfleto otorgando de inmediato un voto de censura a la propaganda periodística (y ésta es seguramente la forma más eficaz de propaganda literaria), diciendo que no se debería “gastar demasiada energía revolucionaria en ella”, pues “hace mucho más daño por uso inapropiado, del bien que hace por uso apropiado” ⁶ . ¡Tan entusiasta es nuestro Tkachov acerca de la propaganda literaria en general! En particular, sin embargo, si se desea emprender tal propaganda y reclutar camaradas de ideas afines, la mera retórica no sirve; hay que examinar las causas y tratar el asunto teóricamente, es decir, en último análisis, científicamente. Sobre este punto, el señor Tkachov le dice al redactor del Vorwärts:

«Su lucha filosófica, esa propaganda puramente teórica, científica, a la que se dedica su revista... es, desde el punto de vista de los intereses del partido revolucionario, no meramente inútil; es incluso dañina.» ⁷

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Es evidente que cuanto más investigamos las opiniones del señor Tkachov sobre la propaganda literaria, más nos atascamos y más lejos estamos de descubrir lo que quiere. Así pues, ¿qué quiere realmente? Escuchemos un poco más:

«¿No se da usted cuenta de que el revolucionario siempre asume y debe asumir el derecho de llamar al pueblo a la revuelta; de que se diferencia de los filósofos filisteos en que, sin esperar a que el curso de los acontecimientos históricos anuncie el momento, él mismo elige ese momento, en que sabe que el pueblo está siempre dispuesto a la revolución (pág. 10) ... Quien no cree en la posibilidad de la revolución en el presente no cree en el pueblo, no cree en la disposición del pueblo para la revolución (pág. 11) ... Por eso no podemos esperar, por eso sostenemos que la revolución es una necesidad urgente en Rusia, y particularmente necesaria en el momento presente; no permitimos ninguna vacilación, ninguna dilación. Ahora o muy tarde, quizá nunca (pág. 16). ... Todo pueblo expuesto al despotismo, esclavizado por explotadores... cualquier pueblo así (y todos los pueblos se hallan en esta posición) es, en virtud de las propias condiciones de su orden social, revolucionario; siempre es capaz, siempre está dispuesto a hacer la revolución; siempre está listo para la revolución (pág. 17). ... Pero nosotros no podemos ni queremos esperar (pág. 34). ... Ahora no es momento para largos y prolongados arreglos y eternos preparativos: que cada cual empaque sus pertenencias y se apresure en su camino. La cuestión de qué hacer ⁹ no debe preocuparnos ya. Hace mucho que está resuelta. Es hacer la revolución. ¿Cómo? Según las propias capacidades» (pág. 39[-40]).

Esto me parece bastante claro. Así que le pregunté a Karlchen Missnick: si no hay otro remedio, si el pueblo está listo para la revolución, y usted también lo está; si simplemente no está dispuesto ni es capaz de esperar más, y no tiene derecho a esperar; si reclama el derecho a elegir el momento para golpear, y si es, en fin, “¡ahora o nunca!”, —bien, querido Karlchen, haga lo que no puede abstenerse de hacer, haga la revolución hoy y destroce el Estado ruso en mil pedazos, ¡de lo contrario terminará provocando una desgracia aún mayor!

¿Y qué hace Karlchen Missnick? ¿Golpea? ¿Destruye el Estado ruso? ¿Libera al pueblo ruso, «este pueblo desdichado, manando sangre, con la corona de espinas, clavado en la cruz de la esclavitud» ¹⁰ , cuyo sufrimiento le impide esperar más?

Ni pizca de eso. Karlchen Missnick, con lágrimas de inocencia herida en los ojos, aparece ante los trabajadores alemanes diciendo: ¡Ved qué mentiras me imputa ese depravado de Engels! ¡Afirma que yo hablé de golpear de inmediato; y sin embargo no se trata de eso, sino de hacer propaganda literaria, y este Engels, que él mismo no hace más que propaganda literaria, tiene la desfachatez de fingir que no comprende “la utilidad de la propaganda literaria”! ¹¹

Pero ¡alto ahí! ¡Hacer propaganda literaria! Pero ¿tenemos derecho

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a esperar, tenemos derecho a perder el tiempo en propaganda literaria? ¡Después de todo, cada minuto, cada hora que se retrasa la revolución le cuesta al pueblo miles de víctimas (pág. 14)! ¡Ahora no es momento para propaganda literaria; la revolución ha de llevarse a cabo ahora, o quizá nunca — no permitimos vacilación alguna, ninguna dilación. Y se supone que hemos de hacer propaganda literaria! ¡Oh, Dios, cómo puede un ser humano vivo decirle tal cosa a otro ser humano, y el nombre de ese ser humano es Peter Tkachov!

¿Estaba yo equivocado cuando describí esas impetuosas bravatas, ahora tan vilmente negadas, como “pueriles”? Son tan pueriles que uno pensaría que el autor había llegado tan lejos como humanamente es posible a este respecto. Y sin embargo, desde entonces se ha superado a sí mismo. El redactor del Vorwärts cita un pasaje de una proclama a los campesinos rusos, redactada por el señor Tkachov. En ella, el señor Tkachov describe el estado de cosas tras una revolución social consumada del siguiente modo:

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«Y entonces el campesino emprendería una vida alegre entre cantos y músicas… los bolsillos se le llenarían, no de cobres, sino de ducados de oro. Tendría en el corral toda clase de bestias y aves, cuantas quisiera. Sobre la mesa tendría toda suerte de carnes, y pasteles de fiesta, y vinos dulces, y la mesa estaría puesta de la mañana a la noche. Y comería y bebería cuanto le cupiera en el vientre, pero no trabajaría más de lo que le viniera en gana. ¡Y no habría nadie que osara apremiarlo: anda, come! — ¡anda, échate en la estufa!»

¡Y la persona capaz de perpetrar semejante proclama se queja cuando yo me limito a llamarlo un verde mozalbete de instituto, de rara inmadurez!

El señor Tkachov continúa:

«¿Por qué nos reprocha usted las conspiraciones? Si renunciáramos a las actividades conspirativas, secretas, clandestinas, tendríamos que renunciar a toda actividad revolucionaria. Pero usted también nos fustiga por no querer apartarnos, aquí en el Occidente europeo, de nuestros métodos conspirativos, perturbando con ello el gran movimiento obrero internacional.» c

c P. Tkatschoff, Offener Brief..., p. 7. — Ed.

En primer lugar, no es verdad que los revolucionarios rusos no dispongan de más medios que la pura conspiración. ¡El propio señor Tkachov acaba de subrayar la importancia de la propaganda literaria desde el extranjero hacia Rusia! Incluso dentro de Rusia, la propaganda oral entre el pueblo mismo, sobre todo en las ciudades, nunca puede descartarse por completo como método, por más que al señor Tkachov le convenga decir lo que dice al respecto. La mejor prueba de ello es que, en las últimas detenciones en masa registradas en Rusia, no eran los instruidos ni los estudiantes, sino los obreros quienes constituían la mayoría. a

a P. Tkachov, Задачи революционной пропаганды в России, [Londres,] 1874, p. 19. — Ed.

En segundo lugar, yo me comprometo a volar a la luna antes incluso de que Tkachov libere a Rusia, tan pronto como me demuestre que jamás, en ningún lugar, en ningún momento de mi carrera política, he declarado que las conspiraciones deban condenarse universalmente en todas las circunstancias. Me comprometo a traerle de la luna un recuerdo tan pronto como me demuestre que en mi artículo se mencionan otros complots que no sea el de la Alianza contra la Internacional. ¡De veras, ojalá los bakuninistas rusos conspiraran de verdad y seriamente contra el gobierno ruso! ¡Si al menos, en lugar de conspiraciones fraudulentas basadas en la mentira y el engaño contra sus propios co-conspiradores, como la de Necháyev, ese «representante típico de nuestra juventud actual» según Tkachov,* en lugar de complots contra el movimiento obrero europeo como el de la Alianza, felizmente desenmascarados y con ello destruidos… si al menos ellos, los «hacedores» (dejateli), como se llaman con jactancia a sí mismos, realizaran por fin, aunque fuera una sola vez, un acto que demuestre que poseen realmente una organización y que se ocupan de algo más que del empeño de formar una docena! En vez de eso, pregonan a los cuatro vientos: ¡Conspiramos, conspiramos!…, exactamente igual que los conspiradores de ópera que rugen a cuatro voces: «¡Silencio, silencio! ¡Ni un ruido!» b Y todos esos cuentos de conspiraciones de largo alcance no sirven más que de capa para ocultar nada menos que la inactividad revolucionaria frente a los gobiernos y el ambicioso espíritu de camarilla dentro del partido revolucionario.

b G. Verdi, Rigoletto, Escena II. Libreto de Piave con modificaciones según Le roi s'amuse de Victor Hugo. — Ed.

Es precisamente nuestra implacable denuncia de todo ese fraude en el Komplott gegen die Internationale lo que a estos señores les produce tanta indignación. Fue una «falta de tacto». Al desenmascarar al señor Bakunin, pretendíamos «mancillar a uno de los más grandes y abnegados representantes de la época revolucionaria en que vivimos», y con «inmundicia», por añadidura. La inmundicia que en aquella ocasión salió a la luz era, hasta la última partícula, fabricación del propio señor Bakunin, y no precisamente la peor. El opúsculo en cuestión lo presentaba mucho más limpio de lo que realmente era. Nos limitamos a citar el § 18 del «Catecismo revolucionario», el artículo que estipula cómo comportarse frente a la aristocracia y la burguesía rusas, cómo «apoderarse de sus secretos sucios y, con ello, hacerlos esclavos nuestros, de suerte que su riqueza, etc., se convierta en un tesoro inagotable y en un valioso apoyo para toda clase de empresas».* Aún no hemos referido cómo se ha puesto en práctica este artículo. Es una historia que sería larga de contar, pero, a su debido tiempo, se contará.

Así, resulta que todas las acusaciones que el señor Tkachov ha lanzado contra mí, con ese virtuoso ademán de inocencia herida que tan bien sienta a todos los bakuninistas, se basan en afirmaciones que él no solo sabía falsas, sino que constituían, además, un hatajo de mentiras inventadas por él mismo. Con lo cual nos despedimos de la parte personal de su «Carta abierta».

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