1) Al tratar de la génesis de la producción capitalista, expuse que se funda en «la separación completa del productor de los medios de producción» (pág. 315, columna I, edición francesa de El Capital) y que «la base de todo este desarrollo es la expropiación del productor agrícola. Hasta ahora, esto no se ha realizado de manera radical en ninguna parte, salvo en Inglaterra... Pero todos los demás países de Europa Occidental recorren el mismo proceso» (loc. cit., columna II).

Por consiguiente, he limitado expresamente la «inevitabilidad histórica» de este proceso* a los países de Europa Occidental. ¿Y por qué? Tenga la bondad de comparar con el capítulo XXXII, donde se dice:

«El “proceso de eliminación que transforma los medios de producción individualizados y dispersos en medios de producción socialmente concentrados, la propiedad pigmea de los muchos en la propiedad enorme de los pocos, esta dolorosa y terrible expropiación de los trabajadores, forma el origen, la génesis del capital... La propiedad privada, basada en el trabajo personal... será suplantada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación del trabajo ajeno, en el trabajo asalariado”» (pág. 341, columna II).°

Así, en última instancia, se trata de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Puesto que la tierra en manos de los campesinos rusos nunca ha sido su propiedad privada, ¿cómo podría aplicarse este desarrollo?

2) Desde el punto de vista histórico, el único argumento serio aducido en favor de la disolución fatal de la comuna campesina rusa es el siguiente: Remontándose mucho en el tiempo, la propiedad comunal de un tipo más o menos arcaico* puede encontrarse en toda Europa Occidental; en todas partes ha desaparecido con el progreso social creciente. ¿Por qué habría de escapar, sólo en Rusia, a la misma suerte? Respondo: porque en Rusia, gracias a una combinación única de circunstancias, la comuna rural, aún establecida a escala nacional, puede desprenderse gradualmente de sus rasgos primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional. Precisamente gracias a su contemporaneidad con la producción capitalista, puede apropiarse de las conquistas positivas de ésta sin experimentar todas sus espantosas desgracias. Rusia no vive aislada del mundo moderno; tampoco es presa de un conquistador extranjero como las Indias Orientales.

Si los admiradores rusos del sistema capitalista negaran la posibilidad teórica de semejante desarrollo, les preguntaría lo siguiente: ¿Acaso Rusia se ha visto obligada, como Occidente, a pasar por un largo período de incubación en la industria de la construcción de maquinaria para utilizar máquinas, máquinas de vapor, ferrocarriles, etc.? Que me expliquen también cómo lograron introducir en su propio país, en un abrir y cerrar de ojos, todo el mecanismo de intercambio (bancos, instituciones de crédito, etc.), que a Occidente le llevó siglos idear.

Si en el momento de la emancipación las comunas rurales hubieran sido colocadas en condiciones de prosperidad normal; si la inmensa deuda pública, pagada en su mayor parte a costa de los campesinos, junto con las otras sumas enormes proporcionadas por mediación del Estado (siempre a costa de los campesinos) a los «nuevos pilares de la sociedad»*, transformados en capitalistas... si todos esos gastos se hubieran aplicado a desarrollar más la comuna rural, hoy nadie estaría planteándose la «inevitabilidad histórica» de la destrucción de la comuna: todos reconocerían en ella el elemento de regeneración de la sociedad rusa y un elemento de superioridad sobre los países aún sojuzgados por el régimen capitalista.

Otra circunstancia favorable a la conservación de la comuna rusa (por la vía del desarrollo) es el hecho de que no sólo es contemporánea de la producción capitalista, sino que ha sobrevivido a la época en que este sistema social aparecía aún intacto; que ahora lo encuentra, al contrario, tanto en Europa Occidental como en los Estados Unidos, en lucha con la ciencia, con las masas populares y con las mismas fuerzas productivas que engendra.* En una palabra, lo encuentra en una crisis que sólo terminará con su eliminación, con el retorno de las sociedades modernas al tipo «arcaico» de propiedad comunal, una forma en la cual, según un escritor norteamericano*, completamente libre de toda sospecha de tendencias revolucionarias y subvencionado en su trabajo por el gobierno de Washington, «el nuevo sistema» hacia el que tiende la sociedad moderna «será un RENACIMIENTO EN UNA FORMA SUPERIOR de un tipo social arcaico»’. Así pues, no debemos dejarnos alarmar por la palabra «arcaico».

Pero entonces tendríamos que estar, al menos, familiarizados con esas vicisitudes. No sabemos nada de ellas. De un modo u otro, esta comuna pereció en medio de incesantes guerras, externas e internas; probablemente murió de muerte violenta. Cuando las tribus germánicas llegaron a conquistar Italia, España, la Galia, etc.*, la comuna de tipo arcaico ya no existía. Sin embargo, su viabilidad natural queda demostrada por dos hechos. Existen ejemplos esporádicos que sobrevivieron a todas las vicisitudes de la Edad Media y se han conservado hasta nuestros días, por ejemplo el distrito de Tréveris, en mi país natal. Pero, más importante aún, imprimió sus propias características de manera tan efectiva en la comuna que la reemplazó —una comuna en la que la tierra cultivable se ha convertido en propiedad privada, mientras que los bosques, pastos, tierras comunales, etc., siguen siendo propiedad comunal— que Maurer,° al analizar esta comuna de formación secundaria, pudo reconstruir el prototipo arcaico. Gracias a los rasgos característicos tomados de esta última, la nueva comuna introducida por los pueblos germánicos en todos los países que invadieron fue el único centro de libertad y vida popular a lo largo de toda la Edad Media.

Si nada sabemos sobre la vida de la comuna ni sobre la manera y el momento de su desaparición después de la época de Tácito, al menos conocemos el punto de partida, gracias a Julio César. En su época, la tierra ya se repartía anualmente, pero entre las gentes y las tribus de las confederaciones germánicas, y no aún entre los miembros individuales de la comuna. La comuna rural en Alemania desciende, por tanto, de un tipo más arcaico; fue el producto de un desarrollo espontáneo en vez de ser importada ya plenamente desarrollada de Asia. Allí —en las Indias Orientales— también la encontramos, y siempre como la etapa final o el período final de la formación arcaica.

Para evaluar los posibles resultados desde un punto de vista puramente teórico, es decir, suponiendo condiciones normales de vida, debo ahora señalar ciertos rasgos característicos que distinguen a la «comuna agrícola» de los tipos más arcaicos.

En primer lugar, las comunidades primitivas anteriores se basan todas en el parentesco natural de sus miembros; al romper este lazo fuerte pero estrecho, la comuna agrícola está en mejores condiciones de extenderse y de resistir el contacto con extraños.

Además, en esta forma la casa y su complemento, el patio, son ya propiedad privada del cultivador, mientras que mucho antes de la introducción de la agricultura la casa comunal era una de las bases materiales de las comunidades anteriores.

Por último, aunque la tierra cultivable sigue siendo propiedad comunal, se divide periódicamente entre los miembros de la comuna agrícola, de modo que cada cultivador cultiva por su cuenta los campos que le han sido asignados y se apropia individualmente de sus frutos, mientras que en las comunidades más arcaicas la producción se realizaba en común y sólo se repartía el producto. Este tipo primitivo de producción cooperativa o colectiva resultaba, por supuesto, de la debilidad del individuo aislado, y no de la socialización de los medios de producción.

Es fácil ver que el dualismo inherente a la «comuna agrícola» podría dotarla de una vida vigorosa, ya que, por un lado, la propiedad comunal y todas las relaciones sociales que de ella brotan constituyen su sólido fundamento, mientras que la casa privada, el cultivo parcelario de la tierra y la apropiación privada de sus frutos permiten un desarrollo de la individualidad incompatible con las condiciones de las comunidades más primitivas.

Pero no es menos evidente que este mismo dualismo podría con el tiempo convertirse en una fuente de decadencia. Aparte de todas las influencias de un entorno hostil, la mera acumulación gradual de bienes muebles que comienza con la riqueza en forma de ganado (admitiendo incluso la riqueza en forma de siervos), el papel cada vez más pronunciado que el elemento mobiliario desempeña en la agricultura misma, y una multitud de otras circunstancias inseparables de esta acumulación pero en las que tardaría demasiado en detenerme aquí, irán minando la igualdad económica y social y suscitarán un conflicto de intereses en el seno mismo de la comuna, que implicará primero la conversión de la tierra cultivable en propiedad privada y terminará con la apropiación privada de los bosques, pastos, tierras comunales, etc., que ya se han convertido en apéndices comunales de la propiedad privada.

He aquí por qué la «comuna agrícola» aparece en todas partes como el tipo más reciente de la forma arcaica de las sociedades, y por qué en el desarrollo histórico de Europa occidental, antigua y moderna, el período de la comuna agrícola aparece como un período de transición de la propiedad comunal a la propiedad privada, como un período de transición de la forma primaria a la secundaria. Pero ¿significa esto que en todas las circunstancias el desarrollo de la «comuna agrícola» debe seguir este camino? De ningún modo. Su forma constitutiva permite esta alternativa: o bien el elemento de propiedad privada que ella implica se impone al elemento colectivo, o bien este último se impone al primero. Ambas soluciones son posibles a priori, pero para que una prevalezca sobre la otra es evidente que se requieren entornos históricos muy diferentes. Todo esto depende del entorno histórico en que se encuentre (véase pág. 10°).

Rusia es el único país europeo donde la «comuna agrícola» se ha mantenido en pie a escala nacional hasta el día de hoy. No es presa de un conquistador extranjero, como las Indias Orientales, y tampoco lleva una vida aislada del mundo moderno. Por un lado, la propiedad común de la tierra le permite transformar la agricultura individualista en parcelas, directa y gradualmente, en agricultura colectiva, y los campesinos rusos ya la practican en los prados indivisos; la configuración física del terreno invita al cultivo mecánico en gran escala; la familiaridad del campesino con el contrato de artel facilita la transición del trabajo parcelario al trabajo cooperativo; y, por último, la sociedad rusa, que tanto tiempo ha vivido a su costa, le debe los adelantos necesarios para dicha transición. Por otro lado, la contemporaneidad de la producción occidental, que domina el mercado mundial, permite a Rusia incorporar en la comuna todas las adquisiciones positivas ideadas por el sistema capitalista sin pasar por sus Horcas Caudinas.**

Si los portavoces de los «nuevos pilares de la sociedad» negaran la posibilidad teórica de la evolución sugerida de la comuna rural moderna, se les podría preguntar: ¿Se vio Rusia obligada a pasar por un largo período de incubación en la industria de la construcción de maquinaria, como ocurrió en Occidente, para llegar a las máquinas, las máquinas de vapor, los ferrocarriles, etc.? También se les preguntaría cómo lograron introducir en su propio país en un abrir y cerrar de ojos todo el mecanismo de intercambio (bancos, sociedades por acciones, etc.), que a Occidente le llevó siglos idear.

«Hay una característica de la “comuna rural” en Rusia que la aqueja con una debilidad hostil en todos los sentidos. Es su aislamiento, la falta de conexión entre la vida de una comuna y la de las otras, ese microcosmos localizado que no se encuentra en todas partes como una característica inmanente de este tipo, pero que, dondequiera que aparece, ha provocado que surja un despotismo más o menos centralizado por encima de las comunas. La federación de las repúblicas rusas del Norte demuestra que este aislamiento, que en apariencia fue impuesto originariamente por la vasta extensión del territorio, se consolidó en gran medida por los destinos políticos que Rusia tuvo que sufrir tras la invasión mongola.*» Hoy es un obstáculo que podría suprimirse fácilmente. Bastaría con sustituir el volost,°° el órgano del gobierno, por una asamblea de campesinos elegidos por las propias comunas, que sirviera como órgano económico y administrativo de sus intereses.

Una circunstancia muy favorable, desde el punto de vista histórico, para la conservación de la “comuna rural” por la vía de su ulterior desarrollo es el hecho de que no sólo es contemporánea de la producción capitalista occidental y, por tanto, está en condiciones de apropiarse sus frutos sin someterse a su *modus operandi*, sino que ha sobrevivido a la época en que el sistema capitalista todavía parecía intacto; que ahora lo encuentra, por el contrario, tanto en Europa Occidental como en los Estados Unidos, en lucha con las masas obreras, con la ciencia y con las mismas fuerzas productivas que engendra —en una palabra, en una crisis que terminará con su eliminación, con el retorno de las sociedades modernas a una forma superior de un tipo “arcaico” de propiedad y producción colectivas.

De suyo se entiende que la evolución de la comuna se realizaría gradualmente y que el primer paso sería colocarla en condiciones normales sobre su base actual.

Hablando en teoría, pues, la “comuna rural” rusa puede conservarse desarrollando su base, la propiedad común de la tierra, y eliminando el principio de la propiedad privada que también implica; puede convertirse en un punto de partida directo del sistema económico hacia el cual tiende la sociedad moderna; puede pasar a una nueva etapa sin comenzar por suicidarse; puede apoderarse de los frutos con que la producción capitalista ha enriquecido a la humanidad, sin pasar por el régimen capitalista, régimen que, considerado sólo desde el punto de vista de su posible duración, apenas cuenta en la vida de la sociedad. Pero hay que descender de la teoría pura a la realidad rusa.*

3) Para expropiar a los productores agrícolas no es necesario echarlos de sus tierras, como se hizo en Inglaterra y en otras partes; ni tampoco abolir la propiedad comunal por medio de un ukase. Id y arrebatad a los campesinos el producto de su trabajo agrícola más allá de cierta medida, y a pesar de vuestra gendarmería y vuestro ejército, ¡no lograréis encadenarlos a sus campos! En los últimos años del Imperio Romano, los decuriones provinciales —no campesinos, sino propietarios de tierras— huían de sus casas, abandonaban sus tierras, incluso se vendían como esclavos, todo con tal de librarse de una propiedad que ya no era más que un pretexto oficial para extorsionarles dinero, sin misericordia ni piedad.

Desde la época de la llamada emancipación de los campesinos, la comuna rusa ha sido colocada por el Estado en condiciones económicas anormales, y desde entonces no ha cesado de abrumarla con las fuerzas sociales concentradas en sus manos. Agotada por sus exacciones fiscales, la comuna se convirtió en una cosa inerte, fácilmente explotable por el comercio, la propiedad territorial y la usura. Esta opresión desde fuera desencadenó en el seno de la comuna misma el conflicto de intereses ya presente, y desarrolló rápidamente los gérmenes de la descomposición. Pero eso no es todo. A expensas de los campesinos, el Estado ha forzado, como en un invernadero, algunas ramas del sistema capitalista occidental que, sin desarrollar en modo alguno las fuerzas productivas de la agricultura, son las más adecuadas para facilitar y precipitar el robo de sus frutos por intermediarios improductivos. Ha cooperado así al enriquecimiento de una nueva alimaña capitalista, que chupa la sangre ya empobrecida de la “comuna rural”.*

...En una palabra, el Estado ha prestado su ayuda al desarrollo precoz de los medios técnicos y económicos más adecuados para facilitar y precipitar la explotación del productor agrícola, es decir, de la mayor fuerza productiva de Rusia, y para enriquecer a los “nuevos pilares de la sociedad”.

5) Esta combinación de influencias destructivas, a menos que sea rota por una poderosa reacción, conducirá forzosamente a la muerte de la comuna rural.

Pero uno se pregunta por qué todos estos intereses (incluidas las grandes industrias colocadas bajo la protección del gobierno), que tan bien lo están pasando con el estado actual de la comuna rural..., ¿por qué conspirarían deliberadamente para matar a la gallina de los huevos de oro? Precisamente porque sienten que ese “estado actual” ya no es sostenible y que, por consiguiente, el método actual de explotarlo ha quedado anticuado. Ya la pobreza del productor agrícola ha afectado a la tierra, que se va esterilizando. Las buenas cosechas suceden a las hambrunas por turnos. La media de los últimos diez años muestra que la producción agrícola no se ha limitado a estancarse, sino que ha disminuido. Finalmente, por primera vez, Rusia tiene ahora que importar cereales en lugar de exportarlos. Así que no hay tiempo que perder. Hay que ponerle fin. Es necesario convertir a la minoría más o menos próspera de los campesinos en una clase rural intermedia, y a la mayoría en proletarios, sin rodeos. A tal fin, los portavoces de los “nuevos pilares de la sociedad” denuncian las mismas heridas que ellos han infligido a la comuna como si fueran otros tantos síntomas naturales de su decrepitud.

Prescindiendo de todas las miserias que abruman actualmente a la “comuna rural” rusa, y considerando únicamente su forma constitutiva y su entorno histórico, es ante todo evidente que una de sus características fundamentales, la propiedad comunal de la tierra, constituye la base natural de la producción y la apropiación colectivas. Es más, la familiaridad del campesino ruso con el contrato de artel facilitaría el tránsito del trabajo parcelario al trabajo colectivo, que ya practica en cierta medida en los pastizales indivisos, en el drenaje de tierras y en otras empresas de interés general. Pero para que el trabajo colectivo suplante al trabajo parcelario —fuente de la apropiación privada— en la agricultura en sentido estricto, se requieren dos cosas: la necesidad económica de tal cambio y las condiciones materiales para realizarlo.

En cuanto a la necesidad económica, la “comuna rural” misma la sentirá desde el momento en que sea colocada en condiciones normales, es decir, tan pronto como se supriman las cargas que pesan sobre ella y su tierra cultivable adquiera una extensión normal. Pasaron los días en que la agricultura rusa no requería otra cosa que tierra y su cultivador parcelario, armado de herramientas más o menos primitivas. Estos días han pasado con tanto mayor rapidez cuanto que la opresión del productor agrícola infecta y asuela sus campos. Lo que ahora necesita es trabajo cooperativo, organizado a gran escala. Además, ¿estará mejor el campesino que carece* de los objetos necesarios para cultivar dos o tres desiatinas con diez veces ese número de desiatinas?

Pero, ¿de dónde van a salir las herramientas, el abono, los métodos agronómicos, etc., todos los medios indispensables para el trabajo colectivo? Precisamente este punto es el que demuestra la gran superioridad de la “comuna rural” rusa sobre las comunas arcaicas del mismo tipo. Es la única en Europa que se ha mantenido en una escala vasta, a nivel nacional. Por ello se encuentra en un entorno histórico en el que su contemporaneidad con la producción capitalista la dota de todas las condiciones necesarias para el trabajo colectivo. Está en condiciones de incorporar todas las conquistas positivas ideadas por el sistema capitalista sin pasar por sus Horcas Caudinas. La configuración física del suelo en Rusia invita a la explotación agrícola con ayuda de máquinas, organizada a gran escala y gestionada mediante trabajo cooperativo. En cuanto a los costos de establecimiento —los costos intelectuales y materiales—, la sociedad rusa debe esto a la “comuna rural”, a costa de la cual ha vivido durante tanto tiempo y en la que todavía ha de buscar su “elemento de regeneración”.

La mejor prueba de que este desarrollo de la “comuna rural” está en consonancia con la tendencia histórica de nuestra época es la crisis fatal que ha experimentado la producción capitalista en los países europeos y americanos donde ha alcanzado su cima más alta, crisis que terminará con su destrucción, con el retorno de la sociedad moderna a una forma superior del tipo más arcaico: la producción y la apropiación colectivas.

Puesto que tantos intereses diversos, y especialmente los de los “nuevos pilares de la sociedad” erigidos bajo el benigno reinado de Alejandro II, han ganado mucho con el estado actual de la “comuna rural”, ¿por qué urdirían deliberadamente su muerte? ¿Por qué sus portavoces denuncian las heridas que le han infligido como otras tantas pruebas irrefutables de su decrepitud natural? ¿Por qué quieren matar a la gallina de los huevos de oro?

Simplemente porque los hechos económicos —que me llevaría demasiado tiempo analizar aquí— han revelado el misterio de que el estado actual de la comuna ya no es sostenible y de que, pronto, por la fuerza misma de las circunstancias, el método actual de explotar a la masa del pueblo habrá pasado de moda. Por eso se necesitan nuevas medidas, y la innovación que se introduce solapadamente bajo formas muy diversas se reduce siempre a esto: abolir la propiedad comunal, convertir a la minoría más o menos próspera de los campesinos en una clase rural intermedia, y a la mayoría en proletarios, sin rodeos.

Por un lado, la “comuna rural” casi ha sido llevada al punto de la extinción; por otro, una poderosa conspiración está al acecho con miras a asestarle el golpe final. Para salvar a la comuna rusa, se necesita una revolución rusa. A decir verdad, los detentadores del poder político y social están haciendo todo lo posible por preparar a las masas para una catástrofe semejante.

¡Y la situación histórica de la “comuna rural” rusa no tiene parangón! Es la única en Europa que se ha mantenido no meramente como restos dispersos, como las raras y curiosas miniaturas de un estado de tipo arcaico que hasta hace muy poco todavía se podían hallar en Occidente, sino como la forma prácticamente predominante de la vida popular, cubriendo un imperio inmenso. Si en la propiedad comunal del suelo posee la base de la apropiación colectiva, su entorno histórico, su contemporaneidad con la producción capitalista, le brindan todas las condiciones materiales del trabajo comunal a gran escala. Está, pues, en condiciones de incorporar todas las conquistas positivas ideadas por el sistema capitalista sin pasar por sus Horcas Caudinas. Puede sustituir gradualmente el cultivo parcelario por la agricultura en gran escala ayudada por máquinas, a la que invita la configuración física del suelo en Rusia. Puede convertirse así en el punto de partida directo del sistema económico hacia el cual tiende la sociedad moderna, y pasar a una nueva etapa sin comenzar por suicidarse. Por el contrario, habría que empezar por colocarla en un pie normal.

Pero a ella se opone la propiedad territorial, que controla casi la mitad de la tierra —y precisamente la mejor—, sin hablar de los dominios del Estado. Ahí es donde la conservación de la «comuna rural», mediante su ulterior desarrollo, confluye con la tendencia general de la sociedad rusa, de cuya regeneración es el precio.

Aun desde el punto de vista puramente económico, Rusia puede salir de su callejón sin salida agrario desarrollando su comuna rural; en vano intentaría salir de él mediante la explotación agrícola capitalizada según el modelo inglés, al cual son hostiles todas las condiciones sociales del país. *

Para poder desarrollarse, necesita ante todo vivir, y no hay manera de eludir el hecho de que en este momento la vida de la «comuna rural» se halla en peligro.

Aparte de la reacción de cualquier otro elemento destructivo procedente de un medio hostil, el crecimiento paulatino de bienes muebles en manos de familias particulares —por ejemplo, su riqueza en forma de ganado y, a veces, incluso de esclavos o siervos— esta especie de acumulación privada basta por sí sola para corroer, a la larga, la igualdad económica y social primitiva, y para suscitar en el seno mismo de la comuna un conflicto de intereses que primero socava la propiedad comunal de la tierra cultivable y termina por eliminar la de los bosques, pastos, tierras comunales, etc., tras haberlos convertido primero en un apéndice comunal de la propiedad privada.

4) La historia de la decadencia de las comunidades primitivas (sería un error ponerlas a todas en el mismo plano; al igual que en las formaciones geológicas, estas formas históricas contienen toda una serie de tipos primarios, secundarios, terciarios, etc.) está todavía por escribirse. Hasta ahora no hemos visto más que esbozos bastante magros. Pero, en todo caso, la investigación ha avanzado lo suficiente para establecer: (1) que la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente mayor que la de las sociedades semíticas, griegas, romanas, etc., y, a fortiori, que la de las sociedades capitalistas modernas; (2) que las causas de su decadencia dimanan de hechos económicos que les impidieron rebasar un cierto estadio de desarrollo, de un medio histórico en modo alguno análogo al medio histórico de la comuna rusa actual.

Al leer las historias de las comunidades primitivas escritas por autores burgueses, es preciso estar en guardia. No retroceden ni siquiera ante la falsedad. Sir Henry Maine, por ejemplo, que fue un celoso colaborador del gobierno británico en la ejecución de la destrucción violenta de las comunas indias, nos asegura hipócritamente que ¡todos los nobles esfuerzos del gobierno por sostener las comunas se vieron frustrados por las fuerzas espontáneas de las leyes económicas! *

5) Sabéis perfectamente que hoy la existencia misma de la comuna rusa se halla en peligro por una conspiración de intereses poderosos; aplastada por las extorsiones directas del Estado, fraudulentamente explotada por los intrusos «capitalistas», comerciantes, etc., y por los «propietarios» de tierras, es socavada, además, por los usureros de la aldea, por los conflictos de intereses provocados en su propio seno por la situación que se le ha preparado.

Para expropiar a los productores agrícolas no es necesario echarlos de sus tierras, como se hizo en Inglaterra y en otras partes; ni es necesario abolir la propiedad comunal mediante un ucase. Al contrario: id a incautar el producto de su trabajo agrícola más allá de cierto punto y, a pesar de todos los gendarmes que tengáis a vuestra disposición, ¡no lograréis mantenerlos en la tierra! En los últimos años del Imperio romano, los decuriones provinciales —grandes terratenientes— abandonaban sus tierras, se convertían en vagabundos, incluso se vendían como esclavos, simplemente para librarse de una «propiedad» que no era más que un pretexto oficial para sacarles dinero.

Al mismo tiempo que la comuna es desangrada y torturada, que sus tierras se tornan estériles y empobrecidas, los lacayos literarios de los «nuevos pilares de la sociedad» describen irónicamente las heridas que se le infligen como otros tantos síntomas de su decrepitud espontánea. Alegan que está muriendo de muerte natural y que harían un buen trabajo acortando su agonía. Por lo que a esto se refiere, ya no se trata de resolver un problema; se trata simplemente de batir a un enemigo. Para salvar a la comuna rusa, hace falta una revolución rusa. Por lo demás, el gobierno y los «nuevos pilares de la sociedad» están haciendo todo lo posible por preparar a las masas precisamente para semejante catástrofe. Si la revolución llega en el momento oportuno, si concentra todas sus fuerzas para permitir que la comuna rural tenga pleno campo de acción, ésta se desarrollará pronto como un elemento de regeneración de la sociedad rusa y como un elemento de superioridad sobre los países esclavizados por el sistema capitalista.