La prensa burguesa inglesa ha guardado últimamente un profundo silencio acerca de las atrocidades cometidas por Bismarck y sus secuaces contra los miembros del Partido Obrero Socialdemócrata en Alemania. La única excepción, hasta cierto punto, ha sido el *Daily News*. En otros tiempos, cuando gobiernos despóticos en el extranjero se permitían semejantes arbitrariedades a costa de sus súbditos, la indignación era realmente grande en los diarios y semanarios ingleses. Pero aquí los partidos oprimidos son obreros, y orgullosos de ese nombre, y los representantes periodísticos de la «Sociedad», de los «Diez Mil de Arriba», suprimen los hechos y casi parecen, por la obstinación de su silencio, aprobarlos. ¿Qué tienen que ver, en efecto, los obreros con la política? ¡Dejad eso a sus «superiores»! Y luego existe esta otra razón para el silencio de la prensa inglesa: es muy duro atacar la Ley de Coerción de Bismarck y la manera como la aplica, y al mismo tiempo defender los procedimientos coercitivos del señor Forster en Irlanda. Éste es un punto muy delicado, y no debe tocarse. Difícilmente se puede esperar que la prensa burguesa señale por sí misma hasta qué punto la posición moral de Inglaterra en Europa y América ha sido rebajada por la actuación del actual Gobierno en Irlanda.

En cada elección general, el Partido Obrero Alemán se presentaba con cifras en rápido aumento; en la penúltima, más de 500.000; en la última, más de 600.000 votos fueron a parar a sus candidatos.* Berlín eligió dos diputados; Elberfeld-Barmen, uno; Breslau, Dresde, uno cada uno; se conquistaron diez escaños frente a la coalición del Gobierno con todos los partidos liberal, conservador y católico, frente al clamor suscitado por los dos atentados contra el Emperador,³ de los que todos los demás partidos acordaron hacer responsable al Partido Obrero. Entonces Bismarck consiguió que se aprobara una ley por la cual la socialdemocracia era proscrita. Los periódicos obreros, más de cincuenta, fueron suprimidos, sus sociedades y círculos disueltos, sus fondos confiscados, sus reuniones disueltas por la policía y, para colmo, se decretó que ciudades y distritos enteros podían ser «proclamados», exactamente igual que en Irlanda. Pero lo que ni siquiera las leyes coercitivas inglesas se han atrevido jamás a hacer en Irlanda, Bismarck lo hizo en Alemania. En cada distrito «proclamado», la policía recibía el derecho de expulsar a cualquier hombre del que pudiera «sospechar razonablemente» que hacía propaganda socialista. Berlín fue, por supuesto, proclamado de inmediato, y cientos de personas (con sus familias, miles) fueron expulsados. Pues la policía prusiana expulsa siempre a los hombres con sus familias; a los jóvenes solteros generalmente los deja en paz; para ellos la expulsión no sería un gran castigo, pero para los cabezas de familia significa, en la mayoría de los casos, una larga carrera de miseria, cuando no la ruina absoluta. Luego Hamburgo eligió a un diputado obrero al Parlamento, y fue proclamada inmediatamente. La primera remesa de hombres expulsados de Hamburgo fue de alrededor de cien, con familias que sumaban, además, más de trescientas personas. El Partido Obrero, en el plazo de dos días, encontró los medios para sufragar sus gastos de viaje y otras necesidades inmediatas. Ahora Leipzig también ha sido proclamada, y sin otro pretexto que el de que de otro modo el Gobierno no puede romper la organización del partido. Las expulsiones del primer día suman treinta y tres, en su mayoría hombres casados con familias. Tres diputados del Parlamento alemán encabezan la lista;⁴⁰ tal vez el señor Dillon les envíe una carta de felicitación, considerando que aún no están en una situación tan mala como la suya.

Pero esto no es todo. Una vez que el Partido Obrero ha sido proscrito en debida forma, y privado de todos esos derechos políticos que se supone disfrutan los demás alemanes, la policía puede hacer con los miembros individuales de ese partido lo que le plazca. Bajo el pretexto de buscar publicaciones prohibidas, sus esposas e hijas son sometidas al trato más indecente y brutal. Ellos mismos son arrestados cuando a la policía le place, son mantenidos en prisión preventiva semana tras semana, y puestos en libertad sólo después de haber pasado algunos meses en la cárcel. La policía inventa nuevos delitos, desconocidos en el código penal, y éste es estirado más allá de toda posibilidad. Y con frecuencia la policía encuentra magistrados y jueces lo bastante corruptos o fanáticos como para ayudarlos y secundarlos; ¡el ascenso se consigue a este precio! A lo que todo esto conduce lo mostrarán las siguientes cifras asombrosas. En el año transcurrido desde octubre de 1879 hasta octubre de 1880, sólo en Prusia fueron encarcelados por alta traición, traición grave, injurias al Emperador, etc., nada menos que 1.108 personas; y por libelos políticos, injurias a Bismarck o difamación del Gobierno, etc., nada menos que 10.094 personas. ¡Once mil doscientos dos presos políticos, eso supera incluso las hazañas irlandesas del señor Forster!

¿Y qué ha conseguido Bismarck con toda su coerción? Exactamente lo mismo que el señor Forster en Irlanda. El Partido Socialdemócrata se halla en un estado tan floreciente y posee una organización tan firme como la Liga Agraria Irlandesa. Hace unos días hubo elecciones para el Concejo Municipal de Mannheim. El partido de la clase obrera presentó dieciséis candidatos, y los sacó todos por una mayoría de casi tres a uno. Asimismo, Bebel, diputado del Parlamento alemán por Dresde, se presentó como candidato a la representación del distrito de Leipzig en el Parlamento sajón. Bebel es él mismo un obrero (tornero) y uno de los mejores oradores de Alemania, si no el mejor. Para frustrar su elección, el Gobierno expulsó a todo su comité. ¿Cuál fue el resultado? Que incluso con un sufragio restringido, Bebel fue elegido por una amplia mayoría. De modo que la coerción de Bismarck no le sirve de nada; por el contrario, exaspera al pueblo. Aquellos a quienes se les cortan todos los medios legales de hacerse valer, recurrirán un buen día a los ilegales, y nadie puede culparlos. ¡Cuántas veces han proclamado esa doctrina los señores Gladstone y Forster! ¿Y cómo actúan ahora en Irlanda?