¡Cuántas veces no nos han advertido amigos y simpatizantes: «Manteneos alejados de la política de partido»! Y tenían toda la razón, por lo que se refiere a la actual política de partido en Inglaterra. Un órgano obrero no debe ser ni whig ni tory, ni conservador ni liberal, ni siquiera radical, en el sentido partidista real de esa palabra. Conservadores, liberales, radicales, todos ellos representan únicamente los intereses de las clases dominantes, y los diversos matices de opinión que predominan entre terratenientes, capitalistas y comerciantes al por menor. Si acaso representan a la clase obrera, lo que hacen, sin lugar a dudas, es falsear su representación. La clase obrera tiene intereses propios, tanto políticos como sociales. Cómo ha defendido lo que considera sus intereses sociales lo muestra la historia de las trade unions y del movimiento por la jornada reducida. Pero sus intereses políticos los deja casi enteramente en manos de tories, whigs y radicales, hombres de la clase superior, y durante casi un cuarto de siglo la clase obrera de Inglaterra se ha contentado con formar, por así decirlo, la cola del «Gran Partido Liberal».

Esta es una posición política indigna de la clase obrera mejor organizada de Europa. En otros países los obreros han sido mucho más activos. Alemania cuenta desde hace más de diez años con un partido obrero (los socialdemócratas), que ocupa diez escaños en el Parlamento y cuyo crecimiento ha atemorizado a Bismarck hasta llevarlo a esas infames medidas de represión de las que damos cuenta en otra columna.[a] Y, a pesar de Bismarck, el partido obrero avanza sin cesar; apenas la semana pasada ganó dieciséis elecciones para el concejo municipal de Mannheim y una para el Parlamento sajón. En Bélgica, Holanda e Italia se ha imitado el ejemplo de los alemanes; en cada uno de estos países existe un partido obrero,[a] aunque el censo electoral es demasiado alto para que por el momento tengan posibilidad de enviar diputados a la legislatura. En Francia, el partido obrero se halla actualmente en pleno proceso de organización; en las últimas elecciones obtuvo la mayoría en varios consejos municipales, y sin duda conquistará varios escaños en las elecciones generales para la Cámara, en octubre próximo. Incluso en América, donde el paso de la clase obrera a la de granjero, comerciante o capitalista es todavía relativamente fácil, los obreros consideran necesario organizarse como partido independiente. En todas partes el obrero lucha por el poder político, por la representación directa de su clase en la legislatura... en todas partes menos en Gran Bretaña.

Y, sin embargo, nunca ha habido en Inglaterra un sentimiento más generalizado que ahora de que los viejos partidos están condenados, de que las viejas contraseñas han perdido todo sentido, de que las viejas palabras de orden han estallado, de que las viejas panaceas ya no surten efecto. Los hombres pensantes de todas las clases empiezan a ver que es necesario trazar una nueva línea, y que esta línea solo puede apuntar hacia la democracia. Pero en Inglaterra, donde la clase obrera industrial y agrícola constituye la inmensa mayoría del pueblo, democracia significa el dominio de la clase obrera, ni más ni menos. Que esa clase obrera se prepare, pues, para la tarea que le aguarda —el gobierno de este gran imperio—; que entienda las responsabilidades que inevitablemente recaerán sobre ella. Y la mejor manera de hacerlo es utilizar el poder que ya tienen en sus manos, la mayoría real que poseen en todas las grandes ciudades del reino, para enviar al Parlamento a hombres de su propia clase. Con el actual sufragio de los cabezas de familia, fácilmente podrían enviarse a St. Stephen's cuarenta o cincuenta obreros, donde esa infusión de sangre enteramente nueva es, en verdad, muy necesaria. Con solo ese número de obreros en el Parlamento, sería imposible dejar que la Irish Land Bill se convirtiera, como está ocurriendo actualmente, cada vez más en un Irish Land Bull, es decir, en una ley de indemnización para los terratenientes irlandeses; sería imposible resistirse a la exigencia de una redistribución de los escaños, de que el soborno sea realmente castigado, de que los gastos electorales, como ocurre en todas partes menos en Inglaterra, corran a cargo del erario público, etc.

Es más, en Inglaterra un verdadero partido democrático es imposible si no es un partido obrero. Hombres ilustrados de otras clases (que no son tan abundantes como muchos quieren hacernos creer) podrían unirse a ese partido e incluso representarlo en el Parlamento, después de haber dado pruebas de su sinceridad. Así ocurre en todas partes. En Alemania, por ejemplo, los representantes obreros no son en todos los casos auténticos obreros. Pero ningún partido democrático en Inglaterra, como en cualquier otro lugar, tendrá un éxito real si no posee un claro carácter de clase obrera. Abandónese eso, y no quedará más que sectas y farsas.

Y esto es aún más cierto en Inglaterra que en el extranjero. De farsas radicales ha habido, por desgracia, bastantes desde la disolución del primer partido obrero que el mundo haya producido: el partido cartista. Sí, pero los cartistas fueron disueltos y no alcanzaron nada. ¿De veras? De los seis puntos de la Carta del Pueblo, dos, el voto por papeleta y la ausencia de toda restricción censitaria, son hoy ley del país. Un tercero, el sufragio universal, se ha realizado al menos aproximadamente bajo la forma de sufragio de los cabezas de familia; un cuarto, la igualdad de los distritos electorales, está claramente a la vista, como reforma prometida por el actual Gobierno. De modo que el fracaso del movimiento cartista ha dado por resultado la realización de, por lo menos, la mitad del programa cartista. Y si el mero recuerdo de una pasada organización política de la clase obrera ha podido lograr estas reformas políticas, y toda una serie de reformas sociales además, ¿qué no hará la presencia real de un partido político obrero, respaldado por cuarenta o cincuenta representantes en el Parlamento? Vivimos en un mundo en que cada cual está obligado a velar por sí mismo. Sin embargo, la clase obrera inglesa deja que los terratenientes, capitalistas y comerciantes al por menor, con su cola de abogados, periodistas, etc., se ocupen de sus intereses. Con razón las reformas en interés del obrero llegan tan lentamente y en tan miserables gotas. Los trabajadores de Inglaterra no tienen más que querer, y son los dueños de llevar a cabo toda reforma, social y política, que su situación exija. Entonces, ¿por qué no hacer ese esfuerzo?

[a] Véase este volumen, pp. 407-409. — Ed.

[a] Véase este volumen, pp. 394-396. — Ed.