De Italia nos han llegado nuevamente numerosas comunicaciones. De ellas se desprende que el llamado Congreso Obrero de Roma no era más que una artimaña de Mazzini, destinada a engañar al público sobre los pasos agigantados con que la Internacional avanza en Italia. En el transcurso del último verano, los dirigentes locales del bien organizado partido mazziniano en muchas grandes ciudades italianas se percataron por primera vez, y de manera bastante inesperada, del hecho de que estaban perdiendo el dominio absoluto que hasta entonces habían poseído sobre las clases obreras. El sano instinto de los obreros italianos les había permitido ver que los obreros de París, bajo la Comuna, por mucho que fueran execrados por la voz unánime de las clases dominantes de Europa, no habían sido en realidad sino los paladines de la causa de todo el proletariado; y cuando Mazzini dio la orden a sus seguidores de unirse al clamor general de la burguesía contra el pueblo de París,* él mismo destruyó los cimientos de su hasta entonces casi indiscutible dominio sobre los obreros italianos. Los trabajadores de las ciudades italianas empezaron entonces a ver que tenían intereses de clase que iban más allá de la república de Mazzini; que esos intereses eran los mismos para todos los obreros en todo el mundo civilizado; y que existía una vasta sociedad para la defensa de esos intereses comunes: la Internacional. Además, llevaban ya algún tiempo cansados de las prédicas religiosas de Mazzini, tan fuera de lugar como estaban en el país más dominado por el clero de Europa, y de que les recordara eternamente que el gran objeto de sus vidas era el cumplimiento de deberes, mientras que nunca hablaba de sus derechos.

Mazzini consideró que lo mejor era cortar de raíz este contramovimiento. Durante los últimos veinte años, había dirigido virtualmente las sociedades de socorros mutuos de los obreros, los Odd Fellows, Foresters y Druidas de Italia, sociedades en las que la política estaba oficialmente prohibida y donde incluso los objetivos más comunes de un sindicato ordinario eran rigurosamente excluidos. Los presidentes, secretarios y juntas directivas de estas sociedades eran generalmente mazzinianos, y con su ayuda se podría organizar alguna demostración a favor de desacreditar al mazzinianismo. Ahora bien, hasta 1864 estas sociedades habían celebrado congresos anuales; el último se celebró en Nápoles en el año mencionado, cuando se acordó un acta de fraternización que incorporaba una especie de constitución, con un comité central para los asuntos comunes, etc. Pero desde entonces no se había convocado ningún congreso. Con la ayuda de las sociedades de Liguria, Mazzini consiguió ahora que se convocara un nuevo congreso, que se reunió en Roma el 1 de noviembre. La mejor muestra de cómo se compuso este congreso la da lo ocurrido en la Sociedad Obrera Romana. Allí, la junta directiva resultó ser antimazziniana y, dado que la invitación de los ligures instaba al congreso a discutir cuestiones políticas, esta junta se negó a enviar delegados porque la discusión de la política era contraria al reglamento general. De hecho, dondequiera que las juntas de las sociedades obreras no estaban compuestas por mazzinianos, no se enviaron delegados, como afirman los propios periódicos mazzinianos; de lo cual queda bastante claro que los delegados enviados no fueron elegidos por los miembros, sino por las juntas de las diversas sociedades. En estas circunstancias, la masa de los internacionalistas italianos protestó contra este congreso si pretendía representar a la masa de los obreros italianos. Sólo unos pocos asistieron a sus sesiones, para poder vigilar el desarrollo de las mismas.

El congreso abrió sus sesiones el 1 de noviembre. Mazzini y Garibaldi fueron elegidos presidentes honorarios, ¡y esto una semana después de que apareciera la carta de Garibaldi a Petroni, en la que rompía definitivamente con Mazzini!* Luego se volvió a discutir el acta de fraternización del Congreso de Nápoles. En esta ocasión, un delegado propuso que se modificara añadiendo una declaración de que el congreso se adhería expresamente a los principios de Giuseppe Mazzini. El debate fue largo, pero la vieja organización mazziniana prevaleció al fin. Treinta y cuatro votaron a favor, diecinueve en contra, seis se abstuvieron, diez estuvieron ausentes. Por una mayoría de quince sobre el número de votos emitidos, pero por una minoría de uno sobre el número total de delegados enviados al congreso, los Odd Fellows y Druidas italianos se han obligado, por el espacio de un año, a lo que Mazzini pueda decir o hacer. Huelga decir que los tres representantes de las secciones de la Internacional se retiraron bajo protesta inmediatamente.*

Podemos añadir que ya en la primera reunión preliminar del congreso se había acordado en privado que no se discutiría ni la cuestión de la Internacional ni cuestión religiosa alguna. ¡El reglamento interno debía suspenderse sólo en favor de Mazzini!

Las demás votaciones del congreso sólo interesaban a los mazzinianos. Representan intentos de reanimar artificialmente la influencia moribunda de Mazzini, intentos completamente infructuosos ante el inmenso movimiento de la Internacional que ahora invade a la clase obrera italiana. La prensa radical italiana en Roma, especialmente La Capitale e Il Tribuno, censura severamente al congreso por su implícito voto de confianza a Mazzini. Este último periódico dice:

«Esta votación fue un veredicto sobre el complot entre Mazzini y Garibaldi; entre las nociones teológicas del sumo sacerdote y las afirmaciones categóricas sobre los derechos del obrero». Con ello se pretendía decir a Garibaldi: «Os equivocáis al negar los principios de Mazzini, que son los de la clase obrera italiana»; se pretendía decir a los vencidos de la Comuna que los escuderos realistas de Versalles hicieron bien en fusilarlos; se pretendía decir a la Internacional que los diversos gobiernos hicieron bien en intentar matarla, y que Italia opondría un dique a los torrentes que se precipitan sobre el privilegio y el monopolio. Habría sido bueno que los obreros italianos, unidos en congreso, hubieran discutido a fondo, y examinado bien, cada proposición, pero en vez de esto las objeciones presentadas incluso antes de que surgieran las cuestiones mismas, el Ait Philosophus, la palabra del maestro aceptada como un evangelio, constituyen actos que no dañan sino a ese partido que se vio obligado a recurrir a medios similares para deshacerse de una propaganda que de otro modo no podía vencer».

El mismo periódico trae un notable artículo sobre los obreros agrícolas o pequeños campesinos de Italia, que exigía que todas las inmensas propiedades, hoy sin cultivar o abandonadas en estado de pantanos, fueran declaradas propiedad de la clase trabajadora, a menos que sus dueños las rehabilitaran y cultivaran en un plazo limitado.

En el Parlamento alemán, nuestro amigo Bebel ha hablado en dos ocasiones.* En el primer discurso, atacó los crecientes gastos militares.

Dijo: todo este vasto ejército se necesita principalmente contra los trabajadores en casa. Pero vosotros, señores de la burguesía, con el rápido aumento de vuestras fábricas y talleres, vosotros mismos habéis creado un aumento tan rápido del número de la clase obrera que nunca podréis aumentar vuestro ejército al mismo ritmo.

En el segundo discurso, sobre la moción liberal de que todos los Estados alemanes estuvieran obligados a tener instituciones representativas, Bebel dijo que todas las constituciones de los Estados alemanes, grandes y pequeños, no valían el papel en que estaban escritas; el Gobierno ejecutivo prusiano era supremo y hacía lo que quería en toda Alemania, y deseaba que todos los pequeños Estados, erróneamente considerados como los últimos refugios de la libertad, fueran absorbidos por Prusia, para situar al pueblo por una vez frente a frente a su verdadero enemigo, el Gobierno prusiano. Al declarar que no exceptuaba de esta condena absoluta a las constituciones del Imperio alemán, la Cámara, a moción del presidente,* le detuvo en medio de su discurso.

Esta es la libertad de discusión tal como la entienden los aristócratas, burócratas, capitalistas y abogados del Parlamento alemán. El único obrero entre ellos es tan rival para todos los demás que tienen que hacerlo callar por la fuerza bruta.