Prusia: und sint Weletabi so wir Wilzi heizzent etc.*  

Ejército prusiano: hambriento desde antaño. Hépfner, 1788-1806.°—Escasez de fondos bajo Federico Guillermo III. Malversación (abrigos de la 1.ª y 9.ª Compañía de Artillería de la Guardia, 1842). Arneses viejos en la armería.— Federico Guillermo III también pacífico, debido a la necesidad de convocar a los estamentos en caso de guerra.— Primer punto de inflexión: 1848.— Waldersee y el fusil de aguja. Segundo punto de inflexión: la movilización de 1850 y, finalmente, la guerra italiana,** reorganización del ejército, rechazo de los viejos métodos. Desde 1864, mucha autocrítica y procederes puramente prácticos. Sin embargo, incomprensión total del carácter de la organización militar prusiana.— Conflicto tragicómico: el Estado debe librar guerras políticas, por intereses lejanos que nunca despiertan entusiasmo nacional, y para ello necesita un ejército que sólo sirve para la defensa nacional y las ofensivas que de ella resultan inmediatamente (1814 y 1870).— Este conflicto será la ruina del Estado prusiano y del ejército prusiano —probablemente en una guerra con Rusia, que podría durar cuatro años y no rendiría más que enfermedades y huesos quebrantados.

El elemento judío, absolutamente vital para Alemania; los judíos, una clase que se hallaba por debajo incluso de los siervos, sin patria, sin derechos (cf. Gilich sobre Federico Guillermo II*), pero libres y, por depender del comercio, un elemento del futuro en sí mismos; por ende, capaces de reaccionar mientras la masa era incapaz de reaccionar a la presión; asimismo, más vivaces y activos por naturaleza que los alemanes, se elevan bajo el dominio napoleónico (Rothschild y el elector de Hesse ***); poco después de 1815, ya bastante fuertes en el norte y el oeste de Alemania para quebrantar la ley del gueto allí donde se había impuesto (Fráncfort); Börne y Heine; penetración en la literatura, sobre todo en la prensa diaria; carácter de los literatos judíos, orientado a la ganancia práctica inmediata; carácter del comerciante judío, tradición polaca y alemana de la pequeña estafa, que sólo desaparece en la segunda o tercera generación; finalmente, fusión cada vez mayor: los alemanes se vuelven judíos y los judíos, alemanes.

Colonias comerciales alemanas en el extranjero ya antes de 1789, pero sólo significativas después de 1814. Sólo desde 1848, auténtica palanca para la entrada de Alemania en el comercio mundial, pero entonces extraordinariamente eficaces. Crecimiento gradual. Carácter de las colonias comerciales hasta 1848 —por lo general, sin instrucción y avergonzadas de su país. (Mchr.* inglés en 10 dialectos alemanes.) Escasa protección (la historia mexicana de Weerth y su experiencia con los diplomáticos alemanes en América del Sur en general **’); el alemán como lengua del comercio mundial a través de las colonias y de los judíos en Europa oriental (detalles de éstos) y a través de los puestos de Hamburgo en Escandinavia. El hecho de que, en el comercio, fuera de la Europa romance y, a lo sumo, en el Levante, el alemán llega más lejos que el francés, el italiano, el español, el portugués; en suma, más que todas las lenguas excepto el inglés. Ahora, rápida expansión de las colonias alemanas —cf. el temor de los ingleses en el mismo Londres.

Literatura epigonal —que arranca ya con Heine— su misión: pulir la lengua, algo muy necesario. Esto se ha logrado en la poesía; la prosa, peor que nunca.

Sentimiento general en 1859-1863 en la margen izquierda del Rin de que volvían a hacerse franceses —no deseado, tampoco rechazado, sino que se sometían y habrían votado también por lo inevitable. ¡Cuánto mejores, pues, los alsacianos! —Total falta de confianza en Prusia a causa de su actitud e impotencia [18]59. Además, reacción entre los chovinistas alemanes contra las ansias renanas bonapartistas, ¡Alsacia y Lorena alemanas!

Schleswig-Holstein —la Irlanda oriental de Inglaterra debido a las importaciones de ganado y mantequilla, ruina de la agricultura a costa de la cría de ganado, emigración, todavía en sus comienzos; las restantes marismas del norte de Alemania se enfrentan a la misma suerte.

Considerable exportación de artículos de oro y plata, joyería, desde Hanau, Pforzheim, Gmünden, Berlín, etc. (K.Z.°).

Los reglamentos prusianos sobre los sirvientes**’ —¡que no se olviden! Y los voluntarios de un año en Francia.

Durante las guerras de los hugonotes* —el respeto por la monarquía, en cuanto representante de la nación, era ya tan grande que sólo al rey le estaba permitido, tanto legal como por la opinión pública, hacer alianzas exteriores y emplear auxiliares extranjeros. Los demás, siempre rebeldes y traidores. Esto nunca fue más evidente que a la muerte de Enrique III, cuando Enrique IV, sólo en virtud del nombre real, pudo lograr la victoria definitiva.

La supresión definitiva del protestantismo en Francia no fue una desgracia para Francia —teste Bayle, Voltaire y Diderot. De modo similar, su supresión en Alemania no habría sido una catástrofe para Alemania, pero sí ciertamente para el mundo. Habría impuesto a Alemania la forma católica de desarrollo propia de los países romances, y como la forma inglesa de desarrollo era también semicatólica y medieval (universidades, etc., colleges, public schools son todas monasterios protestantes), toda la forma alemana protestante de educación (educación en el hogar o en casas particulares, estudiantes que viven fuera y eligen [cursos]) habría sido barrida, y el desarrollo intelectual europeo se habría vuelto infinitamente uniforme. Francia e Inglaterra hicieron estallar los prejuicios de hecho; Alemania, los de forma, de modelo. De ahí también, en parte, la naturaleza amorfa de todo lo alemán, hasta ahora todavía ligada a grandes inconvenientes, como la fragmentación en pequeños Estados, pero una enorme ganancia para la capacidad de desarrollo de la nación, que rendirá todos sus frutos sólo en el futuro, una vez superada esa etapa unilateral.

Luego: el protestantismo alemán, única forma moderna del cristianismo digna de crítica. El catolicismo, aún en el siglo XVIII, por debajo de toda crítica, objeto de polémicas (¡qué asnos, pues, los viejos católicos! “°). Los ingleses, al desintegrarse en x sectas, sin desarrollo teológico alguno, o uno en el que cada paso se fijaba como secta. Sólo el alemán posee una teología y, con ello, un objeto de crítica —histórica, filológica y filosófica. Esto lo ha aportado Alemania, imposible sin el protestantismo alemán y, sin embargo, absolutamente necesario. Una religión como el cristianismo no se destruye sólo con el ridículo y la invectiva; necesita ser superada también científicamente, es decir, explicada históricamente, cosa que está fuera del alcance incluso de las ciencias naturales.

Holanda y Bélgica, separadas de Alemania por los pantanos entre el Rin y el Mar del Norte, por las Ardenas y el Venn al sur, desempeñan respecto a Alemania el papel de Fenicia respecto a Palestina, y también la misma lamentación que en los antiguos profetas, habitual en Alemania.

Flandes desde el tratado de Verdún *’ hasta después de 1500, una parte de Francia —de ahí la implantación de la lengua francesa—, impulsada por el comercio flamenco en la Edad Media, cuando los mercaderes seguramente no hablaban flamenco con los mercaderes italianos, etc. Ahora los teutómanos reclaman la restauración de la lengua flamenca, que ni los propios neerlandeses reconocen como idioma de pleno derecho; ¡el movimiento flamenco de los curas! Ya es hora de que los flamencos tengan por fin un idioma en lugar de dos, y ése sólo puede ser el francés.

Tras el descubrimiento de América, la agricultura, la industria y el comercio de Alemania constituyeron una perpetua y paciente experimentación —agricultura, véase los muchos intentos malogrados en Langethal*—, industria, en todas partes y siempre, cosas que apenas fundadas eran expulsadas del mercado mundial —el ejemplo más llamativo: el lino; en pequeña escala, por ejemplo, la industria del valle del Wupper en 1820-60—, comercio, ídem. Esto no se ha colocado sobre bases normales sino hasta ahora.

Aun en 1848, la principal exportación de Alemania seguían siendo los seres humanos. 1) Emigración corriente. 2) Prostitución: en Prusia Oriental, establecimientos regulares de rango superior e inferior para adiestrar muchachas como rameras de todas las variedades y aptas para cualquier cosa —desde el burdel de marineros hasta la querida del caballero «culto»— y, con toda clase de pretextos falsos, enviadas al extranjero, donde la mayoría encontraba primero su destino. Muchas de las que estaban en mejor posición aceptaban su suerte, llegando a enviar a su maquerelle tiernas cartas de agradecimiento en las que siempre ocultaban su condición prostituida, figurando como institutrices, damas de compañía o brillantemente casadas. Bergenroth opinaba que todo esto era imposible sin que las autoridades —¿por una retribución?— hicieran la vista gorda; dice que siempre era muy difícil obtener pruebas tangibles en las investigaciones judiciales. Desde Petersburgo y Estocolmo hasta Amberes, toda la costa del Báltico y del Mar del Norte estaba abastecida de mujeres de Prusia Oriental. 3) Las muchachas vagabundas de la región del Vogelsberg, de Hesse y Nassau, que recorrían las ferias en Inglaterra como Sängerinnen** (las mayores, también con organillos), pero en particular las que, enviadas a América como hurdy-gurdies, constituían el estrato más bajo de la prostitución en aquel país. 4) Los jóvenes comerciantes de las ciudades hanseáticas y de las localidades fabriles renanas, más tarde también de Sajonia y Berlín, y 5) los químicos, que empezaban justamente entonces y luego se desarrollarían con fuerza (la escuela de Liebig en Giessen), junto con las rameras, la principal exportación del Gran Ducado de Hesse. — Emigrantes de Westfalia a Holanda —ahora es corriente que los holandeses busquen trabajo en las zonas industriales de Westfalia.

La cicatería de los gobiernos alemanes, en especial del de Prusia entre 1815 y 1870, patente en todo: moneda sucia y de mala calidad; billetes de banco, ídem; papel de oficio basto; arenilla para secar (todos los documentos oficiales, un espectáculo espantoso); sellos gruesos, toscamente tallados; todo basto, y no menos los propios funcionarios. El dinero, los matasellos, los billetes franceses, ingleses, belgas, daban siempre, de entrada, una impresión de superioridad.

La torpeza del alemán para el uso cotidiano, junto con su enorme facilidad para tratar los temas más difíciles, es en parte la causa —¿o un síntoma?— de que, en la mayoría de las disciplinas, los alemanes tengan a los hombres más grandes, mientras que su producción masiva es, de ordinario, una basura espantosa. Literatura: los numerosos y sólidos poetas de segundo orden en Inglaterra, la brillante medianía que llena casi toda la literatura francesa, faltan casi por completo en Alemania. Nuestros escritores de segunda fila apenas soportan la lectura una generación después. Ídem la filosofía: junto a Kant y Hegel, Herbart, Krug, Fries y, finalmente, Schopenhauer y Hartmann. El genio de los grandes encuentra su complemento en la falta de reflexión de la masa culta, de ahí que ningún nombre sea más espurio que el de «nación de pensadores». Ídem la literatura militar. Sólo en aquellas cosas que son más o menos independientes de la lengua ocurre de otro modo, y también en Alemania son importantes las personas de segunda fila: las ciencias naturales y, en particular, la música. Nuestras obras históricas, ilegibles.

El actual llamado Imperio Alemán: el escenario de los Nibelungos son los dos mayores ríos de Alemania, el Rin y el Danubio. Nos parecería antinatural que Worms, patria de Kriemhild y escenario de las hazañas de Sigfrido, fuera francesa. Pero, ¿es menos antinatural que la región del Danubio quede fuera del Imperio Alemán, que Rüdiger de Bechelaren vuelva a ser, por así decirlo, vasallo del magiar Etzel? ¿Y cómo describía Walther von der Vogelweide a Alemania?: «Von der Elbe unz an den Rin und hinwider unz an Ungerlant»’* —la vieja Alemania austríaca está fuera de Alemania, ¡y la región no alemana de la época al este del Elba es el centro y el punto nodal! ¡Y a eso lo llaman Imperio Alemán!