Necháyev ponía gran cuidado en un opúsculo escrito en cifra y llamado El catecismo revolucionario. Sostenía que la posesión de este libro era privilegio especial de todo emisario o agente de la Asociación Internacional. Según todas las deposiciones y las pruebas fehacientes aportadas por los abogados, este catecismo había sido escrito por Bakunin, quien nunca se atrevió a negar su paternidad. Por lo demás, la forma y el contenido de esta obra muestran claramente que procede de la misma fuente que los estatutos secretos, las Palabras, las proclamas y El juicio del pueblo, ya mencionados. El catecismo revolucionario no era más que un complemento de aquellos. Estos anarquistas pan-destructores, que quieren reducirlo todo al amorfismo para instaurar la anarquía en la moral, llevan la inmoralidad burguesa hasta el límite. Ya hemos podido apreciar, a partir de algunos ejemplos, el valor de esta moral de la Alianza, cuyos dogmas, de origen puramente cristiano, fueron formulados por primera vez

a M. Bakunin, A los oficiales del ejército ruso. — Ed.

b Véase el presente volumen, pp. 502-503. — Ed.

c «Réponse à M. Lafargue», Bulletin de la Fédération jurassienne..., núm. 10/11, 15 de junio de 1872. — Ed.

d «El Congreso de La Haya», La Federación, núm. 164, 5 de octubre de 1872. — Ed.

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con meticuloso detalle por los Escobares del siglo XVII. La única diferencia estriba en que la Alianza exageraba los términos hasta lo ridículo y sustituía la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana de los jesuitas por su archianárquica y pan-destructora «santa causa revolucionaria». El catecismo revolucionario es el código oficial de esta moral, formulado de manera sistemática y esta vez con toda franqueza. Lo publicamos in extenso, tal como fue leído ante el tribunal durante la sesión del 8 de julio de 1871.

Deberes del revolucionario consigo mismo

§ 1. El revolucionario es un hombre consagrado. No tiene intereses personales, ni asuntos, ni sentimientos, ni apegos, ni propiedad, ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único interés, un único pensamiento, una única pasión: la revolución.

§ 2. En lo más hondo de su ser, no solo de palabra, sino de obra, ha roto todo lazo con el orden civil y con todo el mundo civilizado, con las leyes, los decoro, la moral y las convenciones generalmente aceptadas en ese mundo. Es su enemigo implacable, y si sigue viviendo en él, es solo para destruirlo con mayor seguridad.

§ 3. El revolucionario desprecia todo doctrinarismo y renuncia a la ciencia mundana, dejándosela a las generaciones futuras. Solo conoce una ciencia: la de la destrucción. Para este fin, y para ningún otro, estudia mecánica, física, química y acaso medicina. Con el mismo objeto, estudia día y noche la ciencia viva —los hombres, los caracteres, las posiciones y todas las condiciones del orden social existente en todas las esferas posibles. El fin sigue siendo el mismo: la destrucción, tan rápida como sea posible y tan cierta como sea posible, de este orden inmundo (poganyi).

§ 4. Desprecia la opinión pública. Desprecia y odia la moral social existente, con todos sus instintos y en todas sus manifestaciones. Para él, todo es moral si favorece el triunfo de la revolución, y todo es inmoral y criminal si lo impide.

§ 5. El revolucionario es un hombre consagrado. No tiene piedad para con el Estado en general, ni para con toda la clase civilizada de la sociedad, y tampoco debe esperar piedad para sí mismo. Entre él y la sociedad existe una lucha, abierta o encubierta, pero siempre incesante, irreconciliable y a muerte. Debe acostumbrarse a soportar la tortura.

§ 6. Severo consigo mismo, debe serlo igualmente con los demás. Todos los sentimientos de afecto, todos los sentimientos enternecedores de parentesco, amistad, amor y gratitud deben ser sofocados en él por una pasión única y fría hacia la causa revolucionaria. Para él no hay más que una alegría, un consuelo, una recompensa y una satisfacción: el éxito de la revolución. Día y noche debe tener un solo pensamiento y un solo fin: la destrucción implacable. Persiguiendo este fin con frialdad y sin tregua, debe estar dispuesto él mismo a perecer y a destruir con sus propias manos todo lo que obstaculice la consecución de este fin.

§ 7. La naturaleza del verdadero revolucionario excluye todo romanticismo, toda sensibilidad, todo entusiasmo y toda implicación; excluye incluso el odio personal y la venganza. La pasión revolucionaria, convertida en él en un hábito de cada día y de cada instante, debe combinarse con el frío cálculo. En todas partes y siempre debe obedecer no a sus impulsos personales, sino a lo que le prescriban los intereses generales de la revolución.

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Deberes del revolucionario para con sus camaradas de revolución

§ 8. El revolucionario solo puede tener amistad y afecto por el hombre que haya demostrado con sus actos que es, como él, un agente revolucionario. El grado de amistad, devoción y demás obligaciones hacia semejante camarada se miden únicamente por el grado de su utilidad en la labor práctica de la revolución pan-destructora (vserazrushitelnaya).

§ 9. Es superfluo hablar de solidaridad entre revolucionarios, pues en ella reside toda la fuerza de la causa revolucionaria. Los camaradas revolucionarios que se encuentren al mismo nivel de conciencia y pasión revolucionarias deben, en la medida de lo posible, deliberar en común sobre todos los asuntos importantes y tomar sus decisiones por unanimidad. En la ejecución de un asunto así decidido, cada cual debe confiar en sí mismo tanto como sea posible. En la ejecución de una serie de actos destructivos, cada uno debe actuar por su cuenta y no recurrir a la ayuda o al consejo de sus camaradas, a menos que sea indispensable para el éxito.

§ 10. Cada camarada debe tener a mano varios revolucionarios de segunda y tercera fila, es decir, de aquellos que no han sido plenamente iniciados. Debe considerarlos como parte del capital revolucionario general puesto a su disposición. Debe gastar económicamente su parte de ese capital y tratar de extraer de él el mayor beneficio posible. Se considera a sí mismo como un capital destinado a ser gastado por el triunfo de la causa revolucionaria, pero un capital del que no puede disponer por sí solo y sin el consentimiento de todos los camaradas plenamente iniciados.

§ 11. Cuando un camarada se encuentre en peligro, para decidir si ha de ser salvado o no, el revolucionario no debe tener en cuenta ningún sentimiento personal, sino únicamente el interés de la causa revolucionaria. Por consiguiente, debe calcular, por una parte, el grado de utilidad que proporciona su camarada y, por otra, la cantidad de fuerzas revolucionarias necesarias para rescatarlo; debe ver hacia qué lado se inclina la balanza y actuar en consecuencia.

Deberes del revolucionario para con la sociedad

§ 12. Un nuevo miembro, después de haber probado su valer, no de palabra, sino de obra, solo puede ser aceptado por la asociación por unanimidad.

§ 13. El revolucionario entra en el mundo del Estado, en el mundo de las clases, en el llamado mundo civilizado, y vive en él únicamente porque tiene fe en su inminente y total destrucción. No es un revolucionario si se aferra a algo, sea lo que fuere, de este mundo. No debe vacilar ante la destrucción de cualquier posición, lazo u hombre perteneciente a este mundo. Debe odiarlo todo y a todos por igual. Tanto peor para él si tiene en este mundo lazos de parentesco, amistad o amor; no es revolucionario si esos lazos pueden detener su brazo.

§ 14. Con el fin de la destrucción implacable, un revolucionario puede, y a menudo debe, vivir en sociedad, fingiendo ser completamente diferente de lo que realmente es. Un revolucionario debe penetrar en todas partes, lo mismo en las clases altas que en las medias, en la tienda del comerciante, en la iglesia, en el palacio aristocrático, en el mundo burocrático, militar y literario, en la Tercera Sección (policía secreta) e incluso en el palacio imperial.

§ 15. Toda esa sociedad inmunda debe ser dividida en varias categorías. La primera consiste en aquellos que están condenados a muerte sin demora. Los camaradas deben confeccionar listas de estos condenados por orden de su nocividad relativa para el éxito de la causa revolucionaria, de modo que los primeros números sean eliminados antes que los demás.

§ 16. Al confeccionar estas listas y establecer estas categorías, no debe ejercer influencia alguna la villanía personal de un hombre, ni siquiera el odio que inspire en los miembros de la organización o en el pueblo. Esta villanía y este odio pueden incluso ser útiles, en cierta medida, para provocar una revuelta popular. La única consideración que debe tenerse en cuenta es la medida del provecho para la causa revolucionaria que pueda resultar de la muerte de determinada persona. Por consiguiente, los primeros en ser destruidos deben ser aquellos que sean más peligrosos para la organización revolucionaria y cuya muerte violenta y súbita pueda atemorizar más al gobierno y quebrantar su fuerza al privarlo de agentes enérgicos e inteligentes.

§ 17. La segunda categoría debe constar de personas a las que se permite vivir provisionalmente (!) para que, mediante una serie de actos monstruosos, empujen al pueblo a la inevitable revuelta.

§ 18. La tercera categoría abarca un gran número de bestias de alta posición o individuos que no se distinguen ni por su inteligencia ni por su energía, pero que, en virtud de su posición, poseen riqueza, relaciones, influencia y poder. Debemos explotarlos de todas las maneras posibles, burlarlos, confundirlos y, siempre que sea posible, apoderándonos de sus sucios secretos, convertirlos en nuestros esclavos. De este modo, su poder, sus relaciones, su influencia y su riqueza se convertirán en un tesoro inagotable y una ayuda inestimable en diversas empresas.

§ 19. La cuarta categoría está compuesta por diversos ambiciosos al servicio del Estado y liberales de distintos matices. Podemos conspirar con ellos según su propio programa, aparentando seguirlos ciegamente. Debemos tenerlos en nuestras manos, apoderarnos de sus secretos, comprometerlos por completo, de modo que la retirada les sea imposible, y utilizarlos para provocar trastornos dentro del Estado.

§ 20. La quinta categoría consiste en doctrinarios, conspiradores, revolucionarios, todos aquellos que parlotean en las reuniones y sobre el papel. Hay que alentarlos constantemente y embaucarlos para que realicen manifestaciones prácticas y peligrosas que tendrán por efecto eliminar a la mayoría, al tiempo que harán de algunos verdaderos revolucionarios.

§ 21. La sexta categoría es muy importante: las mujeres, que deben ser divididas en tres clases: primera, mujeres inútiles, sin espíritu ni corazón, que deben ser explotadas del mismo modo que la tercera y la cuarta categorías de hombres; segunda, mujeres fervientes, abnegadas y capaces, que sin embargo no están con nosostros porque aún no han llegado a una conciencia revolucionaria práctica y sin frases; deben ser empleadas como la quinta categoría de hombres; finalmente, mujeres que están enteramente con nosotros, es decir, que han sido plenamente iniciadas y han aceptado nuestro programa en su integridad. Debemos tratarlas como el más precioso de nuestros tesoros, pues sin su ayuda nada podemos hacer.

Deberes de la Asociación para con el pueblo

§ 22. La Asociación no tiene otro fin que la total emancipación y la felicidad del pueblo, es decir, de los trabajadores manuales (chernorabochi lyud). Pero, convencida de que esta emancipación y esta felicidad no pueden alcanzarse sino por medio de una revolución popular que lo destruirá todo, la Asociación empleará todos sus medios y todas sus fuerzas para magnificar y aumentar los males y los infortunios que deben agotar finalmente la paciencia del pueblo e incitarlo a un levantamiento en masa.

§ 23. Por revolución popular, la Sociedad no entiende un movimiento dirigido según el modelo clásico de Occidente, el cual, vacilando siempre ante la propiedad y

a En el texto ruso: «golovolomnye» (lit. «rompecuellos»). — Ed.

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el sistema social tradicional de la llamada civilización y moralidad se ha limitado hasta ahora a derrocar una forma política para sustituirla por otra y a crear un llamado Estado revolucionario. La única revolución que puede ser beneficiosa para el pueblo es la que destruya de arriba abajo la idea toda del Estado y dé vuelta a todas las tradiciones, sistema estatal y clases en Rusia.

§ 24. A tal fin, la Sociedad no tiene intención alguna de imponer al pueblo ningún tipo de organización desde arriba. La organización futura surgirá indudablemente del movimiento y de la vida del pueblo, pero eso es asunto de las generaciones venideras. Lo nuestro es la destrucción aterradora, total, implacable y universal.

§ 25. Por consiguiente, al acercarnos al pueblo, debemos ante todo unirnos a los elementos de la vida del pueblo que, desde la fundación del Estado moscovita, no han cesado de protestar, no sólo con palabras, sino con sus actos, contra todo lo que se halle directa o indirectamente ligado al Estado, contra la nobleza, contra la burocracia, contra el clero, contra el mundo de los negocios[a] y contra los pequeños comerciantes, los explotadores del pueblo[b]. Debemos unirnos al mundo aventurero de los bandidos, que son los verdaderos y únicos revolucionarios en Rusia.

§ 26. Concentrar este mundo en una sola fuerza pandestructiva e invencible: he ahí el sentido íntegro de nuestra organización, de nuestra conspiración y de nuestra tarea.

Criticar esta obra maestra sería debilitar su efecto cómico. Equivaldría también a tomar demasiado en serio a este amorfo pandestructor que sólo logró encarnar en un único personaje a Rodolphe, Monte-Christo, Karl Moor y Robert Macaire. Nos limitaremos a señalar, con ayuda de algunas comparaciones, que el espíritu e incluso los términos del catecismo, sin contar las fatigosas exageraciones, son idénticos a los de los estatutos secretos y otros folletos rusos de la Alianza.

Los tres grados de iniciación definidos en los estatutos secretos de la Alianza se reproducen en el § 10 del catecismo, donde se menciona a “los revolucionarios de segunda y tercera fila... que no han sido plenamente iniciados”.— Los deberes de los hermanos internacionales, tal como se definen en el artículo 6 del Reglamento, son los mismos que los prescritos en los §§ 1 y 13 del catecismo.— Las condiciones en que los hermanos pueden aceptar cargos gubernamentales, definidas en el artículo 8 del Reglamento, “están definidas de manera aún más explícita”* en el § 14 del catecismo, donde se les da a entender que pueden ingresar en la policía si así se les ordena.— El consejo dado a los hermanos (Reglamento, artículo 9) de consultarse mutuamente, se reproduce en el § 9 del catecismo.— Los artículos 2, 3 y 6 del programa de los hermanos internacionales atribuyen a la revolución precisamente el mismo carácter que los §§ 22 y 23 del catecismo.— Los jacobinos del artículo 4 del programa se convierten, en el § 20 del catecismo, en una subdivisión de “la quinta categoría de hombres”, condenada a muerte en ambos documentos.— Las ideas expresadas en los artículos 5 y 8 del programa sobre la marcha de una revolución verdaderamente anarquista son las mismas que las del § 24 del catecismo.

La condena de la ciencia en el § 3 del catecismo reaparece en todas las publicaciones rusas. La idealización del bandido como tipo del revolucionario, que en Words sólo se halla en embrión, se afirma y predica abiertamente en todos los demás escritos: la “quinta categoría” del § 20 del catecismo se aplica, en The Setting of the Revolutionary Question, a los “Revolutionaries of the State and the Cabinet”. Aquí, como en los §§ 25 y 26, se sostiene que el primer deber del revolucionario es lanzarse al bandidaje. Sólo The Principles of Revolution y The People’s Judgment comienzan a predicar la pan-destrucción ordenada por los §§ 6, 8 y 26 del catecismo, y el asesinato sistemático en los §§ 13, 15, 16 y 17.

a En el texto ruso: “gildeiskogo” (“perteneciente a un gremio u orden de comerciantes”). — Ed.
b En el texto ruso: “kulaka-miroyeda” (“el kulak sanguijuela”). — Ed.
* Véase este volumen, pág. 568.— Ed.