Después del Congreso de la Liga de la Paz, celebrado en Berna en septiembre de 1868, Fanelli, uno de los fundadores de la Alianza y miembro del parlamento italiano, marchó a Madrid. Bakunin le había proporcionado cartas de recomendación para Garrido, diputado a Cortes, quien le puso en contacto con círculos republicanos, burgueses y obreros por igual. Poco después, en noviembre del mismo año, se enviaron desde Ginebra carnés de adhesión a la Alianza a Morago, Córdova y López (republicano con ambiciones de ser diputado y redactor de El Combate, periódico burgués), y a Rubau Donadeu (candidato fracasado por Barcelona, fundador de un partido pseudosocialista). El conocimiento de la llegada de estos carnés sumió en la confusión a la joven sección internacional de Madrid. El presidente Jalvo se retiró, no queriendo pertenecer a una asociación que albergaba una sociedad secreta compuesta de burgueses y que se dejaba gobernar por aquella sociedad.

Ya en el Congreso de Basilea, la Internacional española había sido representada por dos miembros de la Alianza, Farga Pellicer y Sentinon, figurando este último en la lista oficial de delegados como «delegado por la Alianza».* Tras el Congreso de la Internacional española celebrado en Barcelona (junio^a de 1870), la Alianza se estableció en Palma, Valencia, Málaga y Cádiz. En 1871 se fundaron secciones en Sevilla y Córdoba. A principios de 1871, Morago y Viñas, delegados de la Alianza de Barcelona, sugirieron a los miembros del Consejo Federal (Francisco Mora, Ángel Mora, Anselmo Lorenzo, Borrell, etc.)… la fundación de una sección de la Alianza en Madrid; pero estos se opusieron, diciendo que la Alianza era una sociedad peligrosa si era secreta, e inútil si era pública. Por segunda vez, la mera mención del nombre bastó para sembrar la discordia en el seno del Consejo Federal; Borrell llegó incluso a pronunciar estas palabras proféticas:

«De hoy en adelante, toda confianza entre nosotros ha muerto».

Pero cuando la persecución gubernamental obligó a los miembros del Consejo Federal a emigrar a Portugal, fue allí donde Morago logró convencerles de la utilidad de esta asociación secreta, y fue allí donde, por iniciativa de ellos, se fundó la sección de la Alianza de Madrid. En Lisboa, Morago afilió a la Alianza a unos cuantos portugueses, miembros de la Internacional. Sin embargo, estimando que estos recién llegados no le ofrecían suficientes garantías, fundó, sin que ellos lo supieran, otro grupo de la Alianza compuesto por los peores elementos de la burguesía y del obrerismo, reclutados entre los francmasones. Este nuevo grupo, en el que figuraba un cura secularizado llamado Bonanga, intentó organizar la Internacional en secciones de diez miembros que, bajo su dirección, debían ayudar a llevar a cabo los planes del conde de Péniche, y a los que este intrigante político logró arrastrar a una peligrosa empresa cuyo único objetivo era encumbrarlo en el poder. En vista de las intrigas de la Alianza en Portugal y España, los miembros portugueses de la Internacional se retiraron de esta sociedad secreta y en el Congreso de La Haya presionaron por su expulsión de la Internacional como medida de seguridad pública.

En la Conferencia de la Internacional española celebrada en Valencia (septiembre de 1871),°** los delegados de la Alianza, que como siempre eran también delegados de la Internacional, dieron a su sociedad secreta una organización completa para la península ibérica. La mayoría de ellos, creyendo que el programa de la Alianza era idéntico al de la Internacional, que esta organización secreta existía en todas partes, que era casi un deber adherir a ella y que la Alianza se esforzaba por desarrollar y no por dominar a la Internacional, decidieron que todos los miembros del Consejo Federal debían ser iniciados. En cuanto Morago, que hasta entonces no se había atrevido a regresar a España, se enteró de este hecho, fue a toda prisa a Madrid y acusó a Mora de «querer subordinar la Alianza a la Internacional», lo que era contrario a las intenciones de la Alianza. Y para dar peso a esta opinión, en enero del año siguiente permitió a Mesa leer una carta de Bakunin en la que este esbozaba un plan maquiavélico para dominar a la clase obrera. Este plan era el siguiente:

«La Alianza debe parecer que existe dentro de la Internacional, pero en realidad a cierta distancia de ella, para observarla y controlarla mejor. Por esta razón, los miembros que pertenezcan a los Consejos y Comités de las secciones de la Internacional deben ser siempre minoría en las secciones de la Alianza.» (Declaración de José Mesa, fechada el 1 de septiembre de 1872, dirigida al Congreso de La Haya).345

En una reunión de la Alianza, Morago acusó a Mesa de haber traicionado a la sociedad de Bakunin al iniciar a todos los miembros del Consejo Federal, lo que les daba mayoría en la sección de la Alianza y establecía, de hecho, la dominación de la Internacional sobre la Alianza. Para evitar esta dominación, las instrucciones secretas prescribían que sólo uno o dos miembros de la Alianza se infiltraran en los consejos o comités de la Internacional y los controlaran bajo la dirección y con el apoyo de la sección de la Alianza, donde se aprobaban todas las resoluciones que la Internacional debía adoptar. —A partir de ese momento, Morago declaró la guerra al Consejo Federal y, como en Portugal, fundó una nueva sección de la Alianza que permaneció desconocida para los sospechosos. Los iniciados en diversos puntos de España le respaldaron y comenzaron a acusar al Consejo Federal de descuidar sus deberes para con la Alianza, como lo prueba una circular de la sección de la Alianza de Valencia (30 de enero de 1872) firmada «Damon», seudónimo de Montoro en la Alianza.*”

Cuando llegó la circular de Sonvillier, la Alianza española se cuidó de no alinearse con el Jura. Incluso la sección madre de Barcelona, en una carta oficial del 14 de noviembre de 1871, trató al papa Miguel, al que sospechaba de rivalidad personal con Karl Marx,* con gran brusquedad y de manera totalmente herética.

*Copias de esta carta, dirigida por Alerini «en nombre del grupo de Barcelona» de la Alianza a «mi querido Bastelica y queridos amigos», fueron enviadas a todas las secciones de la Alianza española. He aquí algunos extractos:

«El actual Consejo General no puede durar más allá del próximo Congreso, y sus nocivas actividades sólo pueden ser temporales… Una ruptura pública, por el contrario, asestaría a nuestra causa un golpe del que apenas se recobraría, suponiendo que resistiera. No podemos, pues, alentar de ningún modo vuestras tendencias separatistas… Algunos de nosotros se han preguntado si, aparte de la cuestión de principio, no habría también en ello, o al lado de ello, problemas personales —problemas de rivalidad, por ejemplo, entre nuestro amigo Miguel y Karl Marx, entre los miembros de la antigua A. y el Consejo General… Nos ha apenado ver, en La Révolution Sociale, los ataques al Consejo General y a Karl Marx… Cuando conozcamos la opinión de nuestros amigos de la península, que están influyendo en los consejos locales, entonces esto podría modificar nuestra actitud hacia una decisión general, a la que nos conformaremos en todos los aspectos, etc., etc.»

La antigua A. es la Alianza pública, cortada en flor por el Consejo General. La copia de la carta de la que hemos tomado estos pasajes es de puño y letra de Alerini.

El Consejo Federal apoyó esta carta, lo que demuestra la escasa influencia que el centro suizo tenía entonces en España. Pero después se notó que la gracia había caído sobre los corazones recalcitrantes. En una reunión de la Federación madrileña de la Internacional (7 de enero de 1872), en la que se discutió la circular de Sonvillier, el nuevo grupo, encabezado por Morago, impidió la lectura de la contracircular de la Federación de las lenguas romances* y suprimió la discusión. El 24 de febrero, Rafar (seudónimo de Rafael Farga en la Alianza) escribió a la sección madrileña de la Alianza:

«Es esencial matar las influencias reaccionarias y las tendencias autoritarias del Consejo General.»

Sin embargo, sólo en Palma de Mallorca logró la Alianza la adhesión pública de los miembros de la Internacional a la circular del Jura. Se veía que la disciplina eclesiástica comenzaba a quebrantar los últimos intentos de resistencia a la infalibilidad del papa.

Frente a todo este trabajo subterráneo, el Consejo Federal español comprendió que debía deshacerse de la Alianza lo antes posible. Las persecuciones gubernamentales le proporcionaron un pretexto. En caso de disolución de la Internacional, se proponía formar grupos secretos de «defensores de la Internacional» en los que las secciones de la Alianza se fusionaran imperceptiblemente. La introducción de numerosos miembros cambiaría forzosamente el carácter de las secciones, y éstas acabarían desapareciendo con dichos grupos el día en que cesaran las persecuciones. Pero la Alianza adivinó el propósito oculto de este plan y lo desbarató, si bien sin esta organización la existencia de la Internacional en España habría corrido peligro en caso de que el gobierno hubiera llevado a cabo sus amenazas. La Alianza, por el contrario, hizo la siguiente propuesta:

«Si se nos proscribe, sería útil dar a la Internacional una forma externa que pudiera ser tolerada por el gobierno; los consejos locales serían como células secretas que, bajo la influencia de la Alianza, impondrían a las secciones una dirección completamente revolucionaria.» (Circular de la sección sevillana de la Alianza, 25 de octubre de 1871)

Cobarde en la acción, audaz en las palabras: tal era la Alianza en España, como en todas partes.

La resolución de la Conferencia de Londres sobre la política de la clase obrera* forzó a la Alianza a una hostilidad abierta contra la Internacional y dio al Consejo Federal la ocasión de manifestar su perfecto acuerdo con la inmensa mayoría de los afiliados de la Internacional. Además, sugirió la idea de formar un gran partido obrero en España. Para lograr este objetivo, la clase obrera debía ser ante todo completamente aislada de todos los partidos burgueses, en especial del partido republicano, que reclutaba la mayoría de sus votantes y de su militancia entre los obreros. El Consejo Federal aconsejó la abstención en todas las elecciones de diputados, tanto monárquicas como republicanas. Para desengañar al pueblo de todas las ilusiones sobre la fraseología pseudosocialista de los republicanos, los redactores de La Emancipación, miembros a la vez del Consejo Federal, enviaron una carta a los representantes del partido republicano federalista, que celebraban un congreso en Madrid, en la que les pedían medidas prácticas y les conminaban a declarar su actitud ante el programa de la Internacional.*“* Esto suponía asestar un duro golpe al partido republicano. La Alianza se encargó de suavizarlo, ya que, por el contrario, estaba en connivencia con los republicanos.* En Madrid fundó un periódico, El Condenado, que adoptó como programa las tres virtudes cardinales de la Alianza: ateísmo, anarquía y colectivismo, pero que predicaba a los obreros que no debían exigir una reducción de la jornada laboral. El «hermano» Morago tenía como colaborador a Estévanez, uno de los tres miembros del Comité Directivo del partido republicano y poco antes gobernador de Madrid y ministro de la Guerra. En Málaga, Pino, miembro de la Comisión federal de la pseudoInternacional, y en Madrid, Felipe Martín, hoy viajante de comercio de la Alianza, servían al partido republicano como agentes electorales. Y para tener a su Fanelli en las Cortes españolas, la Alianza se proponía apoyar la candidatura de Morago.

^a Este asalto tuvo lugar el 18 de junio de 1872.— Ed.

La Alianza ya guardaba dos serios resentimientos contra el Consejo Federal: 1) éste se había abstenido en la cuestión del Jura; 2) había intentado, además, vulnerar su [de la Alianza] inviolabilidad. Después de que el Consejo adoptara una posición respecto al partido republicano que echó por tierra todos los planes de la Alianza, ésta decidió destruirlo. La carta al Congreso republicano fue considerada por la Alianza como una declaración de guerra. *La Igualdad*, el órgano más influyente del partido, atacó violentamente a los redactores de *La Emancipación*, acusándolos de haberse vendido a Sagasta.* *El Condenado* alentó tan vergonzosa acusación manteniendo un obstinado silencio. La Alianza hizo más por el partido republicano. A raíz de esta carta, consiguió que los redactores de *La Emancipación* fueran expulsados de la Federación madrileña de la Internacional, que aquélla dominaba.

A pesar de las persecuciones gubernamentales, el Consejo Federal, durante su semestre de gestión posterior a la Conferencia de Valencia, había elevado el número de federaciones locales de 13 a 70; en otras 100 localidades había preparado la constitución de federaciones locales y había organizado ocho oficios en sociedades de resistencia nacionales; además, bajo sus auspicios se estaba formando la gran asociación de obreros fabriles catalanes. Estos servicios habían otorgado a los miembros del Consejo una influencia moral tal que Bakunin sintió la necesidad de reconducirlos al camino de la verdad con una larga amonestación paternal enviada a Mora, secretario general del Consejo, el 5 de abril de 1872 (véase Documentos, núm. 3°). El Congreso de Zaragoza (4-11 de abril de 1872)°°°, a pesar de los esfuerzos de la Alianza, representada por lo menos por doce delegados, anuló la expulsión y volvió a designar para el nuevo Consejo Federal a dos de los miembros expulsados,° haciendo caso omiso de sus reiteradas negativas a aceptar las candidaturas.

Durante el Congreso de Zaragoza, como siempre, la Alianza celebraba reuniones secretas al margen. Los miembros del Consejo Federal propusieron disolver la Alianza. Para impedir que la propuesta fuera rechazada, se la eludió hábilmente. Dos meses más tarde, el 2 de junio, aquellos mismos ciudadanos, en su calidad de dirigentes de la Alianza española y en nombre de su sección de Madrid, enviaron a las demás secciones una circular*'’ en la que renovaban su propuesta, alegando la siguiente razón:

“La Alianza se ha desviado del camino que, en nuestra opinión, debía haber seguido en esta región; ha falseado la idea que la hizo nacer y, en lugar de ser parte integrante de nuestra gran Asociación, un elemento activo que hubiera impulsado a las diversas organizaciones de la Internacional ayudándolas y alentándolas en su desarrollo, se ha separado por completo del resto de la Asociación y se ha convertido en una organización aparte y, por así decirlo, superior, con tendencias a la dominación, introduciendo entre nosotros la desconfianza, la discordia y la división... En Zaragoza, en lugar de aportar soluciones e ideas, no hizo sino poner impedimentos y obstáculos a la importante labor del Congreso.”

De todas las secciones españolas de la Alianza, sólo la de Cádiz respondió anunciando su disolución. Al día siguiente, la Alianza volvió a hacer expulsar a los firmantes de la circular del 2 de junio de la Federación madrileña de la Internacional. Como pretexto se sirvió de un artículo aparecido en *La Emancipación* del 1 de junio, que pedía una investigación sobre

“el origen de la riqueza adquirida por ministros, generales, magistrados, funcionarios públicos, alcaldes, etc. ... y por todos aquellos políticos que, sin haber ejercido cargos públicos, han vivido bajo el ala de los gobiernos, prestándoles su apoyo en las Cortes y ocultando sus iniquidades bajo una máscara de falsa oposición ... y cuyos bienes deberían ser confiscados como primera medida al día siguiente de una revolución”.

La Alianza vio en esto un ataque directo contra sus amigos del partido republicano y acusó a los redactores de *La Emancipación* de haber traicionado la causa del proletariado, pretextando que, al pedir la confiscación de los bienes robados al Estado, reconocían implícitamente la propiedad privada. Nada revela con mayor claridad el espíritu reaccionario que se ocultaba bajo el charlatanismo revolucionario de la Alianza y que ésta quería inocular a la clase obrera. Nada demuestra más claramente la mala fe de los miembros de la Alianza que la expulsión, como defensores de la propiedad privada, de los mismos hombres a los que habían anatematizado por sus ideas comunistas.

Esta nueva expulsión se llevó a cabo violando las normas vigentes, que prescribían la formación de un jurado de honor, para el cual el acusado podía nombrar a dos de los siete jurados, pudiendo apelar contra su veredicto ante la asamblea general de la sección.“ En lugar de todo esto, la Alianza, para evitar toda restricción de su autonomía, hizo decretar la expulsión en la misma sesión en que formuló la acusación. De los 130 miembros de la sección, sólo estaban presentes 15, y éstos confabulados entre sí. Los expulsados apelaron al Consejo Federal.

Este Consejo, gracias a las intrigas de la Alianza, había sido trasladado a Valencia. De los dos miembros del antiguo Consejo Federal que fueron reelegidos en el Congreso de Zaragoza, Mora no había aceptado y Lorenzo había presentado su dimisión poco después. A partir de ese momento, el Consejo Federal pertenecía en cuerpo y alma a la Alianza. Y así respondió a la apelación de los expulsados con una declaración de incompetencia, aunque el artículo 7 del reglamento de la Federación española le imponía el deber de suspender, con derecho de apelación al siguiente Congreso, a toda federación local que violase los estatutos. Los expulsados formaron entonces una «nueva federación» y exigieron su reconocimiento al Consejo, el cual, por deferencia a la autonomía de las secciones, lo denegó formalmente. La Nueva Federación Madrileña se dirigió entonces al Consejo General, que la aceptó de conformidad con los artículos II, 7 y IV, 4 de los Reglamentos Administrativos.’ El Congreso General de La Haya aprobó este acto y admitió por unanimidad al delegado de la Nueva Federación Madrileña.

La Alianza comprendió toda la importancia de este primer acto de rebeldía. Comprendió que, si no se la cortaba de raíz, la Internacional española, tan dócil hasta entonces, se le escaparía de las manos; y puso en movimiento todos los medios a su alcance, lícitos e ilícitos. Empezó por la difamación. Hizo publicar en los periódicos y fijar en los locales de las secciones los nombres de los expulsados: Ángel y Francisco Mora, José Mesa, Víctor Pagés, Iglesias, Sáenz, Calleja, Pauly y Lafargue fueron tildados de traidores. A Mora, que para desempeñar su cargo de secretario general había abandonado su empleo y durante largos meses había vivido a expensas de su hermano, por no haber fondos con qué pagarle, se le acusó de haber vivido a costa de la Internacional. De Mesa, que para ganarse la vida dirigía una revista de modas y acababa de traducir un artículo para un periódico ilustrado, se afirmó que se había vendido a la burguesía. Lafargue fue acusado del pecado mortal de haber sometido, mediante una cena pantagruélica, la carne débil de Martínez y Montoro, dos miembros del nuevo Consejo Federal de la Alianza, a las tentaciones de San Antonio, como si llevaran la conciencia en el vientre. Aquí sólo mencionamos las calumnias públicas y publicadas. Al no dar estas medidas el resultado apetecido, se pasó a la intimidación. En Valencia, Mora fue atraído a una emboscada por miembros del Consejo Federal que le esperaban armados de garrotes. Fue rescatado por los miembros de la federación local, que conocían los métodos de aquellos señores y afirmaban que Lorenzo había presentado su dimisión ante argumentos igualmente contundentes. En Madrid, poco después, se produjo un atentado similar contra Iglesias. La congregación del Índice de la Alianza señaló *La Emancipación* a la censura de los fieles. En Cádiz, para infundir un saludable temor en el corazón de los pecadores, se declaró que cualquiera que vendiera *La Emancipación* sería expulsado de la Internacional como traidor. La anarquía de la Alianza reviste la forma de prácticas inquisitoriales.

Como era su costumbre, la Alianza trató de que toda la representación de la Internacional española en el Congreso de La Haya estuviera compuesta por sus propios miembros. Con este fin, el Consejo Federal hizo circular entre las secciones una circular confidencial*, cuya existencia se ocultó cuidadosamente a la Nueva Federación Madrileña. En ella se proponía enviar al Congreso una representación colectiva elegida por los votos de todos los miembros de la Internacional, y recaudar una contribución general de 25 céntimos por cabeza para sufragar los gastos. Como las federaciones locales no tenían tiempo de ponerse de acuerdo sobre las candidaturas, resultaba claro, según demostraron los hechos, que saldrían elegidos los candidatos oficiales de la Alianza, delegados al Congreso a expensas de la Internacional. Sin embargo, esta circular cayó en manos de la Nueva Federación Madrileña y fue remitida al Consejo General, el cual, sabiendo que el Consejo Federal estaba subordinado a la Alianza, comprendió que había llegado el momento de actuar y envió una carta al Consejo Federal español, en la que se decía:

«Ciudadanos:

Obra en nuestro poder la prueba de que en el seno de la Internacional, y particularmente en España, existe una sociedad secreta denominada Alianza de la Democracia Socialista. Esta sociedad, cuyo centro se halla en Suiza, considera como misión especial suya guiar a nuestra gran Asociación según sus tendencias particulares y conducirla hacia fines desconocidos para la inmensa mayoría de los miembros de la Internacional. Sabemos además, por *La Razón* de Sevilla, que por lo menos tres miembros de vuestro Consejo pertenecen a la Alianza...

»Si la organización y el carácter de esta sociedad eran ya contrarios al espíritu y a la letra de nuestros Reglamentos cuando era aún pública, su existencia secreta dentro de la Internacional, a pesar de su promesa, constituye nada menos que una traición a nuestra Asociación. La Internacional no conoce más que una especie de miembros, todos con iguales derechos e iguales deberes; la Alianza los divide en dos clases, los iniciados y los no iniciados, estos últimos condenados a ser dirigidos por los primeros por medio de una organización de cuya existencia misma no tienen conocimiento. La Internacional exige de sus afiliados que reconozcan la Verdad, la Justicia y la Moral como base de su conducta; la Alianza obliga a sus partidarios a ocultar a los miembros no iniciados de la Internacional la existencia de la organización secreta, los motivos e incluso el fin de sus palabras y de sus actos.»*

El Consejo General les pidió también que proporcionasen determinado material para la investigación sobre la Alianza que pensaba presentar al Congreso de La Haya, así como una explicación de cómo conciliaban sus deberes para con la Internacional con la presencia en el seno del Consejo Federal de al menos tres miembros notorios de la Alianza. El Consejo Federal contestó con una carta evasiva en la que, no obstante, reconocía la existencia de la Alianza.

Como las maniobras que venimos examinando parecían insuficientes para garantizar el éxito de la elección, la Alianza llegó, en sus periódicos, al extremo de designar a Farga, Alerini, Soriano, Marselau, Mendez y Morago como candidatos oficiales. El resultado de la votación fue: Marselau, 3.568; Morago, 3.442; Mendez, 2.850; Soriano, 2.751. De los demás candidatos, Lostau obtuvo 2.430 votos en cuatro localidades catalanas que, evidentemente, no estaban aún bien disciplinadas; Fusté alcanzó 1.053 votos en Sans, Cataluña. Ninguno de los otros candidatos obtuvo más de 250 votos. Para asegurar la elección de Farga y Alerini, el Consejo Federal concedió a la ciudad de Barcelona, donde predominaba la Alianza, el privilegio de designar a sus propios delegados, que fueron, naturalmente, Alerini y Farga. La misma circular oficial señalaba que las cuatro localidades catalanas que habían designado a Lostau y Fusté, rechazando así a los candidatos oficiales de la Alianza, pagaron 2.654 reales (663 francos 50 céntimos) para los gastos de la delegación, mientras que las demás ciudades españolas, a las que la Alianza había endilgado sus propios candidatos —puesto que los obreros estaban poco acostumbrados a gestionar sus propios asuntos—, solo pagaron en total 2.799 reales (699 francos 75 céntimos). La Nueva Federación Madrileña tenía buenas razones para decir que «el dinero de los miembros de la Internacional se emplea en enviar a los delegados de la Alianza a La Haya».[^1] Además, el Consejo Federal de la Alianza no pagó íntegras las cotizaciones debidas al Consejo General.

Todo esto no bastaba a la Alianza. Necesitaba un mandato imperativo aliancista para sus delegados, y he aquí cómo lo obtuvo con artimañas. Por medio de su circular del 7 de julio, el Consejo Federal pidió y obtuvo autorización para refundir en un mandato colectivo único los mandatos imperativos emitidos por las federaciones locales. Esta maniobra, peor que cualquier plebiscito bonapartista, permitió a la Alianza redactar para su delegación un mandato que se proponía imponer al Congreso, al tiempo que prohibía a sus propios delegados participar en la votación a menos que se modificase de inmediato el modo de votar prescrito a la Internacional en sus Reglamentos Administrativos. Que esto no era más que una mistificación lo prueba el hecho de que los delegados españoles en el Congreso de Saint-Imier, a pesar de su mandato, participaron en la votación que se realizaba por federaciones, el sistema tan encomiado por Castelar y practicado por la Liga de la Paz.[^2]

[^2]: Sentinon, doctor en medicina en Barcelona, amigo personal de Bakunin y uno de los fundadores de la Alianza española, aconsejó a los miembros de la Internacional mucho antes del Congreso de La Haya que no pagaran sus cotizaciones al Consejo General porque este las emplearía en comprar fusiles. Trató de impedir que la Internacional española defendiese la causa de la Comuna vencida. Encarcelado por un delito de prensa, lanzó un manifiesto en el que renunciaba valerosamente a la Internacional, perseguida en aquel momento. Repudiado por ello por toda la clase obrera de Barcelona, siguió siendo, no obstante, uno de los dirigentes secretos de la Alianza, pues en una carta del 14 de agosto de 1871, tres meses después de la caída de la Comuna, Montoro, miembro de la Alianza, remitía a un corresponsal de la Alianza a Sentinon, diciendo que éste podía recomendarlo y confirmar su pertenencia a la Alianza.

    Vinas, estudiante de medicina, a quien Sentifion, en carta del 26 de enero de 1872, recomendó a Liebknecht como «el alma de la Internacional en Barcelona», abandonó la Internacional durante la persecución para no comprometer a su familia, aunque la policía ni siquiera se tomó la molestia de encarcelarlo.

    Farga Pellicer, otro dirigente de la Alianza, fue acusado en la misma carta de Sentinon de haber huido durante la persecución, dejando a los demás la responsabilidad legal por sus artículos. El valor conejil de los miembros de la Alianza afirma audazmente, en todo tiempo y lugar, su autonomía antiautoritaria. Su manera de protestar contra la autoridad del Estado burgués es huir.

    Soriano, otro dirigente y profesor de... ciencias ocultas, se retiró de la Internacional en lo más recio de la persecución. En el Congreso de Zaragoza se opuso, con patético valor, a que el Congreso se celebrase públicamente, como exigían Lafargue y otros delegados, por considerar imprudente provocar la ira de las autoridades. Últimamente, bajo Amadeo, Soriano aceptó un puesto en el gobierno.

[^1]: 27 de julio de 1872.— Ed.