La circular de los Dieciséis impugnaba incluso las resoluciones de la Conferencia.
Afirmando, en primer lugar, que el Congreso de Basilea había renunciado a sus derechos

«al haber autorizado al Consejo General para conceder o denegar la admisión, o para
suspender a las secciones de la Internacional»,

acusa más adelante a la Conferencia del siguiente pecado:

«Esta Conferencia ha ... tomado resoluciones ... que tienden a convertir a la Internacional,
que es una federación libre de secciones autónomas, en una organización jerárquica y
autoritaria de secciones disciplinadas, colocadas enteramente bajo el control de un
Consejo General que puede, a su antojo, denegar su admisión o suspender su actividad!»

Más adelante aún, la circular retoma una vez más la cuestión del Congreso de
Basilea, que supuestamente «había deformado la naturaleza de las funciones del
Consejo General».

Las contradicciones contenidas en la circular de los Dieciséis pueden
resumirse así: la Conferencia de 1871 es responsable de las resoluciones
del Congreso de Basilea de 1869, y el Consejo General es culpable de haber
observado los Estatutos, que le exigen ejecutar las resoluciones de los Congresos.

Sin embargo, en realidad, la verdadera razón de todos estos ataques contra
la Conferencia es de naturaleza más profunda. En primer lugar, con sus resoluciones
frustró las intrigas de los hombres de la Alianza en Suiza. En segundo lugar, los
promotores de la Alianza habían creado y mantenido en Italia, España y parte de
Suiza y Bélgica, con asombrosa persistencia, una confusión calculada entre el programa
improvisado de Bakunin y el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

La Conferencia llamó la atención sobre este malentendido deliberado en sus dos
resoluciones sobre la política proletaria y las secciones sectarias. La motivación de la
primera resolución, que despacha rápidamente la abstención política predicada por el
programa de Bakunin, se expone plenamente en sus considerandos, que se basan en los
Estatutos Generales, la resolución del Congreso de Lausana y otros precedentes.*

* La resolución de la Conferencia sobre la acción política de la clase obrera dice
lo siguiente:

«Considerando el siguiente pasaje de los Estatutos originales: “La emancipación
económica de los trabajadores es el gran fin, al cual debe subordinarse, como medio,
todo movimiento político”;

“Que el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores
(1864) declara: ‘Los señores de la tierra y los señores del capital se servirán siempre
de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos.
Lejos de promover, seguirán poniendo todos los obstáculos posibles a la emancipación
del trabajo... Conquistar el poder político se ha convertido, por tanto, en el gran deber
de la clase obrera’;

“Que el Congreso de Lausana (1867) adoptó esta resolución: ‘La emancipación
social de los trabajadores es inseparable de su emancipación política’;

“Que la declaración del Consejo General relativa al pretendido complot de los
internacionales franceses en vísperas del plebiscito (1870) dice: ‘Ciertamente, por el
tenor de nuestros Estatutos, todas nuestras ramas en Inglaterra, en el continente y en
América tienen la misión especial no solo de servir de centros para la organización
militante de la clase obrera, sino también de apoyar, en sus respectivos países, todo
movimiento político que tienda a la realización de nuestro fin último: la emancipación
económica de la clase obrera’;

“Que traducciones inexactas de los Estatutos originales han dado lugar a falsas
interpretaciones que han sido perjudiciales para el desarrollo y la acción de la Asociación
Internacional de los Trabajadores;

“En presencia de una reacción desenfrenada que aplasta violentamente todo esfuerzo
de emancipación por parte de los trabajadores y pretende mantener por la fuerza bruta
la distinción de clases y la dominación política de las clases poseedoras que de ella
resulta;

“Considerando, además,

“Que contra ese poder colectivo de las clases poseedoras la clase obrera no puede
actuar como clase sino constituyéndose en partido político, distinto y opuesto a todos los
viejos partidos formados por las clases poseedoras,

“Que esta constitución de la clase obrera en partido político es indispensable para
asegurar el triunfo de la Revolución Social y su fin último: la abolición de las clases;

“Que la combinación de fuerzas que la clase obrera ha efectuado ya mediante sus
luchas económicas debe servir al mismo tiempo de palanca para sus luchas contra
el poder político de sus explotadores.

“La Conferencia recuerda a los miembros de la Internacional:

“Que en el estado militante de la clase obrera, su movimiento económico y su
acción política están indisolublemente unidos.”»

Pasamos ahora a las secciones sectarias:

La primera fase de la lucha del proletariado contra la burguesía está marcada
por un movimiento sectario. Ello es lógico en una época en que el proletariado aún
no se ha desarrollado lo suficiente para actuar como clase. Ciertos pensadores
critican los antagonismos sociales y proponen soluciones fantásticas para ellos,
que la masa de los trabajadores se limita a aceptar, predicar y poner en práctica.
Las sectas formadas por estos iniciadores son, por su propia naturaleza,
abstencionistas, esto es, ajenas a toda acción real, a la política, las huelgas,
las coaliciones o, en una palabra, a todo movimiento unido. La masa del proletariado
permanece siempre indiferente o incluso hostil a su propaganda. Los trabajadores
de París y Lyon no querían a los saint-simonianos, a los fourieristas, a los icarianos!,
como los cartistas y los sindicalistas ingleses no querían a los owenistas.
Estas sectas sirven de palancas del movimiento al principio, pero se convierten en
un obstáculo tan pronto como el movimiento las supera; después de lo cual se
vuelven reaccionarias. Testigos son las sectas en Francia e Inglaterra, y últimamente
los lasalleanos en Alemania, que después de haber obstaculizado la organización
del proletariado durante varios años, acabaron por convertirse en meros instrumentos
de la policía. En resumen, esto es la infancia del movimiento proletario, del mismo
modo que la astrología y la alquimia son la infancia de la ciencia. Para que pudiera
fundarse la Internacional, era necesario que el proletariado pasara por esta fase.

Al contrario de las organizaciones sectarias con sus extravagancias y rivalidades,
la Internacional es una organización genuina y militante de la clase proletaria de todos
los países, unida en su lucha común contra los capitalistas y los terratenientes, contra
su poder de clase organizado en el Estado. Por lo tanto, los Estatutos de la Internacional
solo hablan de simples «sociedades de trabajadores», que persiguen todas el mismo
fin y aceptan el mismo programa, el cual ofrece un esbozo general del movimiento
proletario, dejando su elaboración teórica a la guía de las necesidades de la lucha
práctica y del intercambio de ideas en las secciones, admitiendo sin restricciones
todos los matices de las convicciones socialistas en sus órganos y Congresos.

Así como en cada nueva fase histórica reaparecen momentáneamente los viejos
errores para desaparecer en seguida, dentro de la Internacional se produjo un
resurgimiento de las secciones sectarias, aunque bajo una forma menos evidente.

La Alianza, al considerar el resurgimiento de las sectas como un gran paso adelante,
es en sí misma la prueba concluyente de que su tiempo ha pasado: pues, si inicialmente
contenían elementos de progreso, el programa de la Alianza, a remolque de un «Mahoma
sin Corán», no es más que un montón de ideas ampulosamente formuladas, muertas
hace tiempo y capaces tan solo de asustar a los idiotas burgueses o de servir como
prueba que los fiscales bonapartistas u otros pueden utilizar contra los miembros
de la Internacional.*

* Las recientes publicaciones policiales sobre la Internacional, incluida la circular
de Jules Favre a las potencias extranjeras y el informe de Sacase, diputado de la
Asamblea Rural, sobre el proyecto Dufaure, están llenas de citas de los manifiestos
ampulosos de la Alianza. La fraseología de estos sectarios, cuyo radicalismo se limita
por completo a la verborrea, es sumamente útil para promover los fines de los
reaccionarios.

La Conferencia, en la que estuvieron representados todos los matices del
socialismo, aclamó unánimemente la resolución contra las secciones sectarias,
plenamente convencida de que esta resolución, al devolver a la Internacional a su
verdadero terreno, marcaría una nueva etapa en su desarrollo. Los partidarios
de la Alianza, a quienes esta resolución asestó un golpe fatal, la interpretaron solo
como una victoria del Consejo General sobre la Internacional, mediante la cual,
como señalaba su circular, el Consejo General aseguraba «la dominación del
programa especial» de algunos de sus miembros, «su doctrina personal», «la doctrina
ortodoxa», «la teoría oficial y la única admisible en el seno de la Asociación».
De paso, esto no era culpa de esos pocos miembros, sino la consecuencia necesaria,
«el efecto corruptor», del hecho de que fueran miembros del Consejo General, pues

«es absolutamente imposible que una persona que tiene poder» (!) «sobre sus
semejantes siga siendo una persona moral. El Consejo General se está convirtiendo
en un semillero de intrigas».

Según la opinión de los Dieciséis, los Estatutos Generales de la Internacional
deberían ser censurados por el grave error de autorizar al Consejo General a cooptar
nuevos miembros. De esta forma autorizado, afirman,

«el Consejo podría, cuando lo considerase oportuno, cooptar a un grupo lo bastante
numeroso como para cambiar completamente la naturaleza de su mayoría y de sus
tendencias».

Parecen creer que el mero hecho de pertenecer al Consejo General basta para
destruir no solo la moralidad de una persona, sino también su sentido común.
De otro modo, ¿cómo suponer que una mayoría se transforme en minoría mediante
cooptaciones voluntarias?

En todo caso, los propios Dieciséis no parecen estar muy seguros de todo esto,
pues más adelante se quejan de que el Consejo General ha estado

«compuesto durante cinco años consecutivos por las mismas personas, reelegidas
continuamente»,

e inmediatamente después repiten:

«la mayoría de ellos no son mandatarios regulares, puesto que no han sido elegidos
por un Congreso».

El hecho es que la composición del Consejo General cambia constantemente,
aunque algunos de los miembros fundadores permanecen, como ocurre en los Consejos
Federales belga, romando, etc.

El Consejo General debe cumplir tres condiciones esenciales para desempeñar
su mandato. En primer lugar, debe tener un número de miembros suficiente para
llevar a cabo sus diversas funciones; en segundo lugar, una composición de ‘trabajadores
pertenecientes a las distintas naciones representadas en la Asociación Internacional’;
y, por último, los trabajadores deben ser el elemento predominante en él. Puesto que
las exigencias del oficio del trabajador provocan incesantes cambios en la composición
del Consejo General, ¿cómo podría cumplir todas esas condiciones indispensables
sin el derecho de cooptación? El Consejo considera, no obstante, necesaria una
definición más precisa de este derecho, como lo indicó en la reciente Conferencia.

La reelección de los miembros originales del Consejo General en Congresos
sucesivos, en los que Inglaterra estuvo decididamente subrepresentada, parecería
probar que ha cumplido con su deber dentro de los límites de los medios a su
disposición. Los Dieciséis, por el contrario, solo ven en ello una prueba de la «confianza
ciega de los Congresos», llevada en Basilea al punto de «una especie de abdicación
voluntaria en favor del Consejo General». En su opinión, el «papel normal» del
Consejo debería ser «el de una simple oficina de correspondencia y estadística».
Justifican esta definición aduciendo varios artículos extraídos de una traducción
incorrecta de los Estatutos.

Contrariamente a las reglas de todas las sociedades burguesas, el Reglamento General de la Internacional apenas toca su organización administrativa. Abandona su desarrollo a la práctica y su regularización a los futuros congresos. Sin embargo, en la medida en que solo la unidad y la acción conjunta de las secciones de los distintos países podían darles un carácter verdaderamente internacional, el Reglamento presta más atención al Consejo General que a los demás organismos de la organización.

El artículo 5 del Reglamento original*<sup>a</sup> dice:

«El Consejo General constituirá una agencia internacional entre los diferentes grupos nacionales y locales»,

y a continuación pasa a dar algunos ejemplos del modo en que ha de funcionar. Entre estos ejemplos figura la petición al Consejo de que vele por que

«cuando se requieran medidas prácticas inmediatas, como, por ejemplo, en caso de conflictos internacionales, la acción de las sociedades asociadas sea simultánea y uniforme».

El artículo prosigue:

«Siempre que lo considere oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa de propuestas que serán sometidas a las distintas sociedades nacionales o locales».

Además, el Reglamento define la función del Consejo en la convocatoria y organización de los congresos, y le encarga la preparación de ciertos informes que han de presentarse a los mismos. En el Reglamento original se hace tan poca distinción entre la acción espontánea de los diversos grupos y la unidad de acción de la Asociación en su conjunto, que el artículo 6 afirma:

«Puesto que el éxito del movimiento obrero en cada país no puede asegurarse sino mediante el poder de la unión y la combinación, y que, por otro lado, la actividad del Consejo General será más eficaz [...] los miembros de la Asociación Internacional emplearán sus máximos esfuerzos para reunir a las sociedades obreras dispersas de sus respectivos países en cuerpos nacionales, representados por órganos centrales.»

La primera resolución administrativa del Congreso de Ginebra (Artículo I) dice:

«Se encarga al Consejo General la ejecución de las resoluciones del Congreso.»<sup>d</sup>

Esta resolución legalizó la posición que el Consejo General ha ocupado desde su origen: la de delegación ejecutiva de la Asociación. Sería difícil ejecutar órdenes sin gozar de «autoridad» moral, a falta de cualquier otra «autoridad libremente reconocida». Al mismo tiempo, el Congreso de Ginebra encargó al Consejo General que publicase «el texto oficial y obligatorio del Reglamento».

El mismo Congreso resolvió (Resolución administrativa de Ginebra, Artículo 14):

«Toda sección tiene derecho a redactar sus propios reglamentos y estatutos, adaptados a las condiciones locales y a las leyes de su país, pero no deben contener nada contrario al Reglamento General y a los Reglamentos Administrativos» [pág. 27].

Observemos, en primer lugar, que no hay la menor alusión a declaraciones de principios especiales, ni a tareas especiales que tal o cual sección debiera fijarse al margen del objetivo común que persiguen todos los grupos de la Internacional. Se trata simplemente del derecho de las secciones a adaptar el Reglamento General y los Reglamentos Administrativos «a las condiciones locales y a las leyes de su país».

En segundo lugar, ¿quién ha de establecer si los reglamentos locales se ajustan o no al Reglamento General? Evidentemente, si no existiese una «autoridad» encargada de esta función, la resolución sería nula y sin valor. No solo podrían formarse secciones policíacas u hostiles, sino que la intrusión de sectarios desclasados y de filántropos burgueses en la Asociación podría deformar su carácter y, por la fuerza del número en los congresos, aplastar a los trabajadores.

Las pretendidas escisiones en la Internacional 111

Desde su origen, las federaciones nacionales y locales han ejercido en sus respectivos países el derecho de admitir o rechazar nuevas secciones, según si sus reglamentos se ajustaban o no al Reglamento General. El ejercicio de la misma función por el Consejo General está previsto en el artículo 6 del Reglamento General, que permite a las sociedades locales independientes, es decir, sociedades formadas fuera del cuerpo federal del país respectivo, el derecho de establecer contactos directos con el Consejo General. La Alianza no vaciló en ejercer este derecho para cumplir las condiciones fijadas para la admisión de delegados al Congreso de Basilea.

El artículo 6 del Reglamento trata además de los obstáculos legales a la formación de federaciones nacionales en determinados países donde, en consecuencia, se pide al Consejo General que funcione como Consejo Federal (véase Procès-verbaux du Congrès, etc., de Lausanne, 1867, pág. 137).

Desde la caída de la Comuna, estos obstáculos legales se han multiplicado en los distintos países, haciendo más necesaria que nunca la intervención del Consejo General en ellos para mantener alejados de la Asociación a los elementos dudosos. Así, por ejemplo, los comités franceses solicitaron recientemente la intervención del Consejo General para librarse de delatores, y en otro gran país,<sup>b</sup> miembros de la Internacional pidieron que no se reconociera a ninguna sección que no hubiese sido formada por su mandatario directo o por ellos mismos. Su petición estaba motivada por la necesidad de librarse de agentes provocadores cuyo ardoroso celo se manifestaba en la rápida formación de secciones de un radicalismo sin precedentes. Por otra parte, las tituladas secciones antiautoritarias no vacilan en apelar al Consejo en cuanto surge un conflicto en su seno, e incluso en pedirle que actúe con severidad contra sus adversarios, como en el caso del conflicto de Lyon. Más recientemente, tras la Conferencia, la Federación de los Trabajadores de Turín decidió declararse sección de la Internacional. A raíz de la escisión que sobrevino, la minoría formó una sociedad llamada «Emancipación del Proletariado».<sup>c</sup> Se adhirió a la Internacional y comenzó aprobando una resolución en favor de los del Jura. Su periódico, Il Proletario, está lleno de arrebatos contra todo autoritarismo. Al enviar las cotizaciones de la sociedad, el secretario*<sup>d</sup> advirtió al Consejo General que la antigua federación probablemente enviaría también sus cotizaciones. Luego continúa:

«Como habrán leído en Il Proletario, la sociedad Emancipación del Proletariado [...] ha declarado [...] su rechazo de toda solidaridad con la burguesía que, bajo la máscara de obreros, está organizando la Federación de los Trabajadores»,

y ruega al Consejo que

«comunique esta resolución a todas las secciones y que rechace los 10 céntimos de cotización en caso de que le sean enviados».<sup>e</sup>

Como todos los grupos de la Internacional, el Consejo General está obligado a llevar a cabo propaganda. Esto lo ha cumplido mediante sus manifiestos y sus agentes, quienes sentaron las bases de las primeras organizaciones de la Internacional en Norteamérica, en Alemania y en muchas ciudades francesas.

Otra función del Consejo General es la de ayudar a los huelguistas y organizar su apoyo por toda la Internacional (véanse los informes del Consejo General a los distintos congresos). El siguiente hecho, entre otros, indica la importancia de su intervención en el movimiento huelguístico. La Sociedad de Resistencia de los Fundidores Ingleses es en sí misma un sindicato internacional con ramificaciones en otros países, notablemente en los Estados Unidos. No obstante, durante una huelga de los fundidores norteamericanos, estos consideraron necesario recurrir a la intercesión del Consejo General para impedir que se llevase a fundidores ingleses a América.<sup>f</sup>

El crecimiento de la Internacional obligó al Consejo General y a todos los Consejos Federales a asumir el papel de árbitro.

El Congreso de Bruselas resolvió que:

«Los Consejos Federales transmitirán al Consejo General cada tres meses un informe sobre la administración y el estado financiero de sus respectivas ramas» (Resolución administrativa n.° 35).

Por último, el Congreso de Basilea, que provoca la bilis de los Dieciséis, se ocupó únicamente de regular las relaciones administrativas engendradas por el desarrollo continuo de la Asociación. Si extendió indebidamente los límites de los poderes del Consejo General, ¿de quién fue la culpa sino de Bakunin, Schwitzguébel, F. Robert, Guillaume y otros delegados de la Alianza, que tanto anhelaban conseguir precisamente eso? ¿O acaso se acusarán a sí mismos de «confianza ciega» en el Consejo General de Londres?

He aquí dos resoluciones del Congreso de Basilea:

«IV. Toda nueva sección o sociedad que se forme y desee formar parte de la Internacional debe anunciar inmediatamente su adhesión al Consejo General»,

y «V. El Consejo General tiene el derecho de admitir o rechazar la afiliación de toda nueva sociedad o grupo, quedando a salvo el recurso de apelación ante el próximo Congreso.»

En lo que respecta a las sociedades independientes locales formadas fuera del cuerpo federal, estos artículos no hacen sino confirmar la práctica observada desde el origen de la Internacional, práctica cuyo mantenimiento es una cuestión de vida o muerte para la Asociación. Pero extender esta práctica y aplicarla indiscriminadamente a toda sección o sociedad en proceso de formación es ir demasiado lejos. Estos artículos autorizan ciertamente al Consejo General a intervenir en los asuntos internos de las federaciones; pero el Consejo General nunca los ha aplicado en este sentido. Desafía a los Dieciséis a que citen un solo caso en que haya intervenido en los asuntos de nuevas secciones que deseaban afiliarse a grupos o federaciones ya existentes.

Las resoluciones antes citadas se refieren a secciones en proceso de formación, mientras que las resoluciones que se dan a continuación se refieren a secciones ya reconocidas:

«VI. El Consejo General tiene igualmente el derecho de suspender hasta el próximo Congreso a cualquier sección de la Internacional.»

«VII. Cuando surjan conflictos entre las sociedades o ramas de un grupo nacional, o entre grupos de diferentes nacionalidades, el Consejo General tendrá el derecho de decidir el conflicto, quedando a salvo el recurso de apelación ante el próximo Congreso, que decidirá definitivamente.»<sup>g</sup>

Estos dos artículos son necesarios para casos extremos, aunque hasta el presente el Consejo General nunca ha recurrido a ellos. La reseña presentada más arriba muestra que el Consejo no ha suspendido nunca a ninguna sección y que, en casos de conflicto, solo ha actuado como árbitro a petición de ambas partes.

Llegamos, por fin, a una función impuesta al Consejo General por las necesidades de la lucha. Por muy chocante que esto resulte para los partidarios de la Alianza, es la persistencia misma de los ataques

<sup>a</sup> En este pasaje y en los siguientes, los autores citan del Reglamento de la Asociación Internacional de los Trabajadores (presente edición, vol. 20, pág. 443). — Ed.

<sup>d</sup> Congrés ouvrier de l'Association Internationale des Travailleurs, tenu à Genève du 3 au 8 septembre 1866, Ginebra, 1866, pág. 26. — Ed.

<sup>b</sup> Austria. — Ed.

<sup>c</sup> En ese momento tales eran las ideas aparentes de la sociedad Emancipación del Proletariado, representada por su secretario corresponsal, amigo de Bakunin. En realidad, sin embargo, las tendencias de esta sección eran bastante diferentes. Después de expulsar a este traidor de doble cara por malversación y por sus relaciones amistosas con el jefe de la policía de Turín, la sociedad formuló sus explicaciones, que despejaron todo malentendido entre ella y el Consejo General.

* En ese momento tales eran las ideas aparentes de la sociedad Emancipación del Proletariado, representada por su secretario corresponsal, amigo de Bakunin. En realidad, sin embargo, las tendencias de esta sección eran bastante diferentes. Después de expulsar a este traidor de doble cara por malversación y por sus relaciones amistosas con el jefe de la policía de Turín, la sociedad formuló sus explicaciones, que despejaron todo malentendido entre ella y el Consejo General.

<sup>d</sup> Carlo Terzaghi. — Ed.

<sup>e</sup> Carlo Terzaghi. — Ed.

<sup>f</sup> Troisiéme Congrés de l'Association Internationale des Travailleurs. Compte-rendu officiel, Bruselas, septiembre de 1868. Suplemento del periódico Le Peuple Belge, pág. 50. — Ed.

<sup>g</sup> Troisiéme Congrés de l'Association Internationale des Travailleurs. Compte-rendu officiel, Bruselas, septiembre de 1868. Suplemento del periódico Le Peuple Belge, pág. 50. — Ed.

a Compte-rendu du IVe Congrès international, tenu à Bâle, en septembre 1869, Brussels, 1869, p. 172.— Ed. 

a la que someten al Consejo General todos los enemigos del movimiento proletario, que lo ha situado en la vanguardia de los defensores de la Asociación Internacional de los Trabajadores. 

V. 

Habiendo tratado de la Internacional tal cual es, los Dieciséis pasan a decirnos lo que debería ser. 

En primer lugar, el Consejo General debería ser nominalmente una simple oficina de correspondencia y estadística. Una vez relevado de sus funciones administrativas, su correspondencia se limitaría a reproducir la información ya publicada en los periódicos de la Asociación. La oficina de correspondencia se volvería así innecesaria. En cuanto a la estadística, esa función solo es posible si se cuenta con una organización fuerte y, sobre todo, como dicen expresamente los Estatutos originarios, con una dirección común. Sin embargo, como todo esto huele mucho a “autoritarismo”, tal vez podría haber una oficina, pero ciertamente no estadística. En una palabra, el Consejo General desaparecería. Los Consejos Federales, los comités locales y otros centros “autoritarios” correrían la misma suerte. Solo quedarían las secciones autónomas. 

Cabe preguntarse cuál será el propósito de estas “secciones autónomas”, libremente federadas y felizmente desembarazadas de todo cuerpo superior, “incluso del cuerpo superior elegido y constituido por los trabajadores”. 

Aquí se hace necesario complementar la circular con el informe del Comité Federal del Jura presentado al Congreso de los Dieciséis. 

“A fin de hacer de la clase obrera la verdadera representante de los nuevos intereses de la humanidad”, su organización debe “estar guiada por la idea que triunfará. Desarrollar esta idea a partir de las necesidades de nuestra época, de las aspiraciones vitales de la humanidad, mediante un estudio consecuente de los fenómenos de la vida social, para luego llevar esta idea a nuestras organizaciones obreras: tal debería ser nuestro objetivo, etc.” Por último, hay que crear “en el seno de nuestra población obrera una verdadera escuela socialista revolucionaria”. 

Así, las secciones obreras autónomas se convierten en un abrir y cerrar de ojos en escuelas, de las que estos señores de la Alianza serán los maestros. Ellos desarrollan la idea mediante “estudios consecuentes” que no dejan huella alguna. Luego “llevan esta idea a nuestras organizaciones obreras”. Para ellos, la clase obrera es mera materia prima, un caos al que deben insuflar su Espíritu Santo antes de que adquiera forma. 

Todo lo cual no es sino una paráfrasis del viejo programa de la Alianza,* que empieza con estas palabras: 

“La minoría socialista de la Liga de la Paz y la Libertad, habiéndose separado de esta Liga”, se propone fundar “una nueva Alianza de la Democracia Socialista ... adoptando como misión especial el estudio de las cuestiones políticas y filosóficas...” 

¡Esta es la idea que de ello “se desarrolla”! 

“Tal empresa ... proporcionaría a los sinceros demócratas socialistas de Europa y América los medios de entenderse y de afirmar sus ideas.” * 

Así, según su propia confesión, la minoría de una sociedad burguesa se deslizó en la Internacional poco antes del Congreso de Basilea con el exclusivo propósito de utilizarla como medio para presentarse ante las masas obreras como una jerarquía de una ciencia secreta que se puede exponer en cuatro frases y cuyo punto culminante es “la igualdad económica y social de las clases”. 

Aparte de esta “misión teórica”, la nueva organización propuesta para la Internacional tiene también su aspecto práctico. 

“La sociedad futura —dice la circular de los Dieciséis— no debe ser sino una universalización de la organización que la Internacional se dará a sí misma. Por tanto, debemos tratar de aproximar esta organización lo más posible a nuestro ideal.” 

“¿Cómo podría esperarse que una sociedad igualitaria y libre surja de una organización autoritaria? Eso es imposible. La Internacional, embrión de la futura sociedad humana, debe ser desde ahora la imagen fiel de nuestros principios de libertad y federación.” 

En otras palabras, así como los conventos medievales presentaban una imagen de la vida celestial, la Internacional debe ser la imagen de la Nueva Jerusalén, cuyo “embrión” lleva la Alianza en su seno. 

¡Los communards de París no habrían fracasado si hubieran comprendido que la Comuna era “el embrión de la futura sociedad humana” y hubieran desechado toda disciplina y todas las armas, es decir, las cosas que deben desaparecer cuando ya no hay guerras! 

Sin embargo, Bakunin, para demostrar mejor que, a pesar de sus “estudios consecuentes”, los Dieciséis no incubaron este bonito proyecto de desorganización y desarme en la Internacional cuando esta luchaba por su existencia, acaba de publicar el texto original de ese proyecto en su informe sobre la organización de la Internacional (véase Almanach du Peuple pour 1872, Ginebra).* 

VI. 

Pasemos ahora al informe presentado por el Comité del Jura en el Congreso de los Dieciséis. 

“Una lectura del informe —dice su órgano oficial, Révolution Sociale (16 de noviembre)— dará la medida exacta de la abnegación y de la inteligencia práctica”. 

Comienza atribuyendo a “estos terribles acontecimientos” —la guerra franco-prusiana y la guerra civil en Francia— una influencia “algo desmoralizadora” ... “en la situación de las secciones de la Internacional”. 

Si, de hecho, la guerra franco-prusiana no podía menos que conducir a la desorganización de las secciones porque arrastró a gran número de trabajadores a los dos ejércitos, no es menos cierto que la caída del imperio y la proclamación abierta por Bismarck de una guerra de conquista provocaron en Alemania e Inglaterra una lucha violenta entre la burguesía, que se puso del lado de los prusianos, y el proletariado, que más que nunca demostró sus sentimientos internacionales. Esto por sí solo habría bastado para que la Internacional ganara terreno en ambos países. En América, el mismo hecho produjo una escisión en el vasto grupo de emigrados proletarios alemanes; el partido internacionalista se disoció definitivamente del partido chovinista. 

Por otra parte, el advenimiento de la Comuna de París dio un impulso sin precedentes a la expansión de la Internacional y a un enérgico apoyo de sus principios por secciones de todas las nacionalidades, excepto las secciones del Jura, cuyo informe prosigue así: “El comienzo de la gigantesca lucha ... ha hecho reflexionar a la gente... Algunos se van para ocultar su debilidad... Para muchos, esta situación” (en sus propias filas) “es un signo de decrepitud”, pero “al contrario ... esta situación es capaz de transformar completamente la Internacional” según su propio modelo. Este modesto deseo se comprenderá tras un examen más profundo de una situación tan propicia. 

Dejando de lado la Alianza disuelta, reemplazada desde entonces por la sección Malon, el Comité tenía que informar sobre la situación de veinte secciones. De ellas, siete simplemente volvieron la espalda a la Alianza; he aquí lo que dice el informe al respecto: 

“La sección de fabricantes de cajas y la de grabadores y guillocheurs de Bienne jamás han respondido a ninguna de las comunicaciones que les hemos enviado. 

“Las secciones de artesanos de Neuchâtel, es decir, ebanistas, fabricantes de cajas, grabadores y guillocheurs, no han dado respuesta a las cartas del Comité Federal. 

“No hemos podido obtener noticia alguna de la sección de Val-de-Ruz. 

“La sección de grabadores y guillocheurs del Locle no ha respondido a las cartas del Comité Federal.” 

Eso es lo que se describe como libre intercambio entre las secciones autónomas y su Comité Federal. 

Otra sección, la “de grabadores y guillocheurs del distrito de Courtelary, después de tres años de perseverancia obstinada ... en el momento actual ... está formando una sociedad de resistencia” independiente de la Internacional, lo que no les impide en absoluto enviar dos delegados al Congreso de los Dieciséis. 

A continuación vienen cuatro secciones completamente difuntas: 

“La sección central de Bienne se ha disuelto actualmente; sin embargo, uno de sus abnegados miembros nos ha escrito recientemente diciendo que no se ha perdido toda esperanza de ver renacer la Internacional en Bienne. 

“La sección de Saint-Blaise se ha disuelto. 

“La sección de Catébat, tras una brillante existencia, ha tenido que ceder a las intrigas tejidas por los patronos” (!) “de este distrito para disolver esta valiente” (!) “sección. 

“Por último, la sección de Corgémont también ha sido víctima de las intrigas por parte de los empleadores.” 

Le sigue la sección central del distrito de Courtelary, que “tomó la sabia decisión de suspender su actividad”, lo que no le impidió enviar dos delegados al Congreso de los Dieciséis. 

Ahora llegamos a cuatro secciones cuya existencia es más que problemática. 

“La sección de Grange se ha reducido a un pequeño núcleo de trabajadores socialistas... Su acción local está paralizada por su número modesto de miembros. 

“La sección central de Neuchâtel ha sufrido considerablemente por los acontecimientos, y se habría disuelto inevitablemente de no ser por la abnegación y actividad de algunos de sus miembros. 

“La sección central de Locle, oscilando entre la vida y la muerte durante algunos meses, terminó por disolverse. Sin embargo, se ha reconstituido muy recientemente”, evidentemente con el único propósito de enviar dos delegados al Congreso de los Dieciséis. 

“La sección de propaganda socialista de La Chaux-de-Fonds se encuentra en una situación crítica... Su posición, lejos de mejorar, tiende más bien a empeorar.” 

A continuación vienen dos secciones, los círculos de estudio de Saint-Imier y de Sonvillier, que apenas se mencionan de paso, sin una palabra sobre sus circunstancias. 

Queda la sección modelo, que, a juzgar por su nombre de sección central, no es más que el residuo de otras secciones difuntas. 

“La sección central de Moutier es ciertamente la que ha sufrido menos... Su Comité ha estado en contacto constante con el Comité Federal... No se han fundado todavía secciones...” 

Esto se explica fácilmente: 

“La actividad de la sección de Moutier se vio especialmente facilitada por la excelente actitud de una población obrera ... con un estilo de vida tradicional; desearíamos que la clase obrera de este distrito se hiciera aún más independiente de los elementos políticos.” 

Se puede ver, de hecho, que este informe “da la medida exacta de la abnegación y la inteligencia práctica que podemos esperar de los miembros de la Federación del Jura”. 

Podrían haberlo redondeado añadiendo que los trabajadores de La Chaux-de-Fonds, sede original de su comité, siempre se han negado a tener nada que ver con ellos. Precisamente, en la asamblea general del 18 de enero de 1872, respondieron a la circular de los Dieciséis por una votación unánime confirmando las resoluciones de la Conferencia de Londres, así como la resolución del Congreso de la Federación Romanda de mayo de 1871: 

“Excluir para siempre de la Internacional a Bakunin, Guillaume y sus partidarios.” 

* Los señores de la Alianza, que siguen reprochando al Consejo General el haber convocado una Conferencia privada en un momento en que la convocatoria de un Congreso abierto sería el colmo de la traición o la locura, estos partidarios absolutos del clamor y la publicidad organizaron dentro de la Internacional, en desprecio de nuestros Estatutos, una verdadera sociedad secreta dirigida contra la propia Internacional, con el objetivo de poner sus secciones, sin que estas lo supieran, bajo la dirección sacerdotal de Bakunin. 

El Consejo General se propone exigir en el próximo Congreso una investigación de esta organización secreta y de sus promotores en ciertos países, como España, por ejemplo. 

a M. Bakounine, “L’Organisation de l’Internationale”, Almanach du Peuple, 1872.— Ed. 

b “Le Congrés de Sonvillier”, La Révolution Sociale, n.º 4, 16 de noviembre de 1871.— Ed.

¿Es necesario decir algo más acerca de la gallardía de este simulado Congreso de Sonvillier que, en sus propias palabras, «provocó… la guerra, la guerra abierta dentro de la Internacional»?

Ciertamente, estos hombres, que arman más ruido del que su estatura justifica, han obtenido un éxito incontestable. Toda la prensa liberal y policíaca ha tomado abiertamente partido por ellos; han sido respaldados en sus calumnias personales contra el Consejo General y en los insípidos ataques dirigidos contra la Internacional por conspicuos reformadores en muchos países: por los republicanos burgueses en Inglaterra, cuyas intrigas fueron desenmascaradas por el Consejo General; por

los dogmáticos librepensadores en Italia, quienes, bajo la bandera de Stefanoni, acaban de formar una «Sociedad Universal de Racionalistas», con sede obligatoria [cuartel general] en Roma, una organización «autoritaria» y «jerárquica», monasterios para monjes y monjas ateos, cuyos estatutos estipulan un busto de mármol en el salón de congresos para todo burgués que done diez mil francos**; y, por último, por los socialistas de Bismarck en Alemania, quienes, aparte de su órgano policíaco, el _Neuer Social-Demokrat_, desempeñaron el papel de «camisas blancas» para el imperio prusiano-alemán.

El cónclave de Sonvillier solicita a todas las secciones de la Internacional, en un patético llamamiento, que insistan en la urgencia de un Congreso inmediato «para frenar las constantes usurpaciones del Consejo de Londres», según los ciudadanos Malon y Lefrançais, pero en realidad para reemplazar la Internacional por la Alianza. Este llamamiento recibió una respuesta tan alentadora que inmediatamente se pusieron a falsear una resolución votada en el último Congreso belga. Su órgano oficial (_Révolution Sociale_, 4 de enero de 1872) escribe lo siguiente:

«Por último, y esto es aún más importante, las secciones belgas se reunieron en el Congreso de Bruselas el 24 y 25 de diciembre y votaron por unanimidad una resolución idéntica a la del Congreso de Sonvillier, sobre la urgencia de convocar un Congreso General.»

Conviene señalar que el Congreso belga votó precisamente lo contrario. Encargó al Consejo Federal belga, que no debía reunirse hasta junio siguiente, la redacción de nuevos Estatutos Generales para someterlos al próximo Congreso de la Internacional.

De conformidad con la voluntad de la inmensa mayoría de los miembros de la Internacional, el Consejo General no convocará el Congreso anual hasta septiembre de 1872.

VII

Algunas semanas después de la Conferencia, los señores Albert Richard y Gaspard Blanc, los miembros más influyentes y más ardientes de la Alianza, llegaron a Londres. Vinieron a reclutar, entre los refugiados franceses, auxiliares dispuestos a trabajar por la restauración del Imperio, que, según ellos, era el único medio de librarse de Thiers y de evitar quedarse en la miseria. El Consejo General previno a todos los interesados, incluido el Consejo Federal de Bruselas, acerca de sus manejos bonapartistas.

En enero de 1872, se quitaron la máscara publicando un folleto titulado _L’Empire et la France nouvelle. Appel du peuple et de la jeunesse à la conscience française_, por Albert Richard y Gaspard Blanc. Bruselas, 1872.

Con la modestia característica de los charlatanes de la Alianza, declaman la siguiente pamema:

«Nosotros, que hemos formado el gran ejército del proletariado francés... nosotros, los dirigentes más influyentes de la Internacional en Francia,* ... afortunadamente, no hemos sido fusilados, y estamos aquí para arrojar a la cara (a saber: parlamentarios ambiciosos, republicanos pagados de sí mismos, falsos demócratas de toda laya) la bandera bajo la cual combatimos, y a pesar de las calumnias, amenazas y todo tipo de ataques que nos esperan, lanzar a una Europa asombrada el grito que brota del fondo de nuestra conciencia y que pronto resonará en los corazones de todos los franceses: “¡Viva el Emperador!”»

«Napoleón III, deshonrado y despreciado, debe ser espléndidamente restaurado»;

y los señores Albert Richard y Gaspard Blanc, pagados con los fondos secretos de Invasión III, están especialmente encargados de esta restauración.

De paso, confiesan:

«Es la evolución normal de nuestras ideas lo que nos ha hecho imperialistas.»

He aquí una confesión que debería complacer a sus correligionarios de la Alianza. Como en los buenos tiempos de la _Solidarité_, A. Richard y G. Blanc repiten de nuevo los viejos clichés sobre la «abstención de la política» que, en virtud del principio de su «normal — evolución», sólo puede hacerse realidad bajo el más absoluto despotismo, absteniéndose los obreros de toda intromisión en la política, como el prisionero se abstiene de un paseo al sol.

* Bajo el título de «Au Pilori!», _L’Égalité_ (de Ginebra), 15 de febrero de 1872, decía lo siguiente:

«Aún no ha llegado el día de describir la historia de la derrota del movimiento por la Comuna en el sur de Francia; pero lo que hoy podemos anunciar, nosotros, la mayoría de los cuales presenciamos la deplorable derrota de la insurrección de Lyon el 30 de abril,89 es que una de las razones del fracaso de la insurrección fue la cobardía, la traición y los latrocinios de G. Blanc, quien se entrometió por todas partes cumpliendo las órdenes de A. Richard, que se mantenía en la sombra.

«Con sus maniobras cuidadosamente preparadas, estos bribones comprometieron intencionadamente a muchos de los que participaban en los trabajos preparatorios de los Comités insurreccionales.

«Además, estos traidores lograron desacreditar la Internacional en Lyon hasta tal punto que, en la época de la Revolución de París, la Internacional era considerada por los obreros lioneses con la mayor desconfianza. De ahí la ausencia total de organización, de ahí el fracaso de la insurrección, fracaso que tenía que acarrear la caída de la Comuna, la cual quedó abandonada a sus propias fuerzas aisladas. Sólo desde esta sangrienta lección nuestra propaganda ha podido agrupar a los obreros lioneses en torno a la bandera de la Internacional.

«Albert Richard era el favorito y profeta de Bakunin y compañía.»

«El tiempo de los revolucionarios», dicen, «ha pasado... el comunismo se limita a Alemania e Inglaterra, especialmente a Alemania. Allí, por lo demás, es donde se ha desarrollado en serio durante mucho tiempo, para extenderse posteriormente por toda la Internacional, y esta perturbadora expansión de la influencia alemana en la Asociación ha contribuido no poco a retrasar su desarrollo, o más bien, a darle un nuevo rumbo en las secciones del centro y del sur de Francia, a las que ningún alemán ha proporcionado jamás una consigna.»

¿Es ésta acaso la voz del gran hierofante,* que se ha encargado, desde la fundación de la Alianza, en su calidad de ruso, de la tarea especial de representar a las razas latinas? ¿O nos hallamos aquí ante los «verdaderos misioneros» de la _Révolution Sociale_ (2 de noviembre de 1871), que denuncian

«la marcha regresiva que los espíritus alemanes y bismarckianos se esfuerzan por imponer a la Internacional»?

Afortunadamente, sin embargo, la verdadera tradición ha sobrevivido, ¡y los señores Albert Richard y Gaspard Blanc no han sido fusilados! Así, su propia «contribución» consiste en «dar un nuevo rumbo» a la Internacional en el centro y sur de Francia, mediante un esfuerzo por fundar secciones bonapartistas, _ipso facto_ básicamente «autónomas».

En cuanto a la constitución del proletariado como partido político, tal como la recomendó la Conferencia de Londres,

«después de la restauración del Imperio, nosotros» —Richard y Blanc— «terminaremos rápidamente no sólo con las teorías socialistas, sino también con cualquier intento de ponerlas en práctica mediante la organización revolucionaria de las masas».

En resumen, explotando el gran «principio de autonomía de las secciones» que «constituye la verdadera fuerza de la Internacional... especialmente en los países latinos (_Révolution Sociale_, 4 de enero)», estos señores fundan sus esperanzas en la anarquía dentro de la Internacional.

La anarquía, pues, es el gran caballo de batalla de su maestro Bakunin, quien no ha tomado de los sistemas socialistas más que un conjunto de rótulos. Todos los socialistas entienden la anarquía en este sentido: una vez alcanzado el objetivo del movimiento proletario, es decir, la abolición de las clases, desaparece el poder del Estado, que sirve para mantener a la gran mayoría de los productores en servidumbre bajo una ínfima minoría explotadora, y las funciones de gobierno se convierten en simples funciones administrativas. La Alianza invierte todo el proceso. Proclama la anarquía en las filas proletarias como el medio más infalible para quebrantar la poderosa concentración de fuerzas sociales

y políticas en manos de los explotadores. Bajo este pretexto, pide a la Internacional, en un momento en que el viejo mundo busca la manera de aplastarla, que reemplace su organización por la anarquía. La policía internacional no desea nada mejor para perpetuar la república de Thiers, disfrazándola con un manto real.*

* En el informe sobre la ley Dufaure, Sacase, diputado de la Asamblea de los rústicos, ataca ante todo la «organización» de la Internacional. Siente un odio positivo hacia esa organización. Después de comprobar «la creciente popularidad de esta formidable Asociación», prosigue diciendo: «Esta Asociación rechaza... las sórdidas prácticas de las sectas que la precedieron. Su organización fue creada y modificada de manera completamente abierta. Gracias a la fuerza de esta organización... ha extendido continuamente su esfera de actividad e influencia. Se extiende por todo el mundo.» Luego hace una «breve descripción de la organización» y concluye: «Tal es, en su sabia unidad... el plan de esta vasta organización. Su fuerza reside en su propia concepción. Descansa también en sus numerosos adherentes, vinculados por sus actividades comunes, y, por último, en el impulso invencible que los arrastra a la acción.»

Consejo General:

R. Applegarth, Antoine Arnaud, M. J. Boon, F. Bradnick, G. H. Buttery, F. Cournet, Delahaye, Eugène Dupont, W. Hales, Hurliman, Jules Johannard, Harriet Law, F. Lessner, Lochner, Marguerittes, Constant Martin, Zévy Maurice, Henry Mayo, George Milner, Charles Murray, Pfander, Vitale Regis, J. Rozwadowski, John Roach, Ruhl, G. Ranvier, Sadler, Cowell Stepney, Alf. Taylor, W. Townshend, Ed. Vaillant, John Weston, F. J. Yarrow.

Secretarios corresponsales:

Karl Marx, Alemania y Rusia; Leo Frankel, Austria y Hungría; A. Herman, Bélgica; Th. Mottershead, Dinamarca; J. G. Eccarius, Estados Unidos; Le Moussu, secciones francesas en los Estados Unidos; Aug. Serraillier, Francia; Charles Rochat, Holanda; J. P. MacDonnell, Irlanda; Fred. Engels, Italia y España; Walery Wroblewski, Polonia; H. Jung, Suiza.

Charles Longuet, presidente de la sesión  
Hermann Jung, tesorero  
John Hales, secretario general  

33, Rathbone Place, W.  
Londres, 5 de marzo de 1872