En el siglo XVIII, los reyes y potentados acostumbraban reunirse en La Haya para discutir los intereses de sus dinastías.

Allí hemos decidido celebrar nuestro congreso obrero, pese a los intentos de intimidarnos. En medio de la población más reaccionaria, quisimos afirmar la existencia, la difusión y las esperanzas de porvenir de nuestra gran Asociación.

Cuando se conoció nuestra decisión, se habló de emisarios enviados por nosotros para preparar el terreno. Sí, tenemos emisarios en todas partes, no lo negamos; pero la mayoría de ellos nos son desconocidos. Nuestros emisarios en La Haya fueron los obreros, cuyo trabajo es tan agotador, como lo son en Ámsterdam también obreros, obreros que trabajan dieciséis horas al día. Esos son nuestros emisarios, no tenemos otros; y en todos los países en que hacemos acto de presencia los encontramos dispuestos a acogernos, pues comprenden muy pronto que el fin que perseguimos es el mejoramiento de su suerte.

El Congreso de La Haya ha alcanzado tres resultados principales:

Ha proclamado la necesidad de que las clases trabajadoras combatan a la vieja sociedad que se descompone, tanto en el terreno político como en el social; y vemos con satisfacción que, en adelante, esta resolución de la Conferencia de Londres quedará incorporada a nuestro Reglamento.¹

En nuestro seno se ha formado un grupo que preconiza la abstención de los obreros de toda actividad política.

Consideramos un deber subrayar cuán peligrosos y funestos juzgamos esos principios para nuestra causa.

¹ Véase este volumen, pág. 243. — Ed.

Un día el obrero habrá de conquistar la supremacía política para implantar la nueva organización del trabajo; tendrá que derribar la vieja política que sostiene las viejas instituciones, si no quiere escapar al destino de los primeros cristianos que, por desatender y despreciar la política, jamás vieron su reino en la tierra.

Pero en modo alguno hemos pretendido que los medios para alcanzar este fin fueran idénticos en todas partes.

Sabemos que hay que tener en cuenta las instituciones, las costumbres y las tradiciones de los distintos países; y no negamos la existencia de países como América, Inglaterra, y si conociese mejor vuestras instituciones, podría añadir Holanda, donde los obreros pueden alcanzar sus objetivos por medios pacíficos. Siendo esto cierto, también hemos de admitir que en la mayoría de los países del continente la fuerza habrá de ser la palanca de nuestra revolución; a la fuerza habrá que recurrir durante un tiempo para instaurar la dominación de los obreros.*

* En lugar de esta frase, el Volksstaat dice: «Pero éste no es el caso en todos los países». — Ed.

El Congreso de La Haya ha dotado al Consejo General de nuevos y mayores poderes. En efecto, en un momento en que los reyes se reúnen en Berlín y en que de esa reunión de poderosos representantes del feudalismo y del pasado han de resultar nuevas y más severas medidas de represión contra nosotros; en un momento en que se organiza la persecución, el Congreso de La Haya consideró acertadamente que era prudente y necesario acrecentar los poderes de su Consejo General y centralizar, ante la lucha inminente, una actividad que el aislamiento tornaría impotente. Y, de paso, ¿quién, sino nuestros enemigos, podría alarmarse por la autoridad del Consejo General? ¿Acaso dispone de una burocracia y de una policía armada que aseguren su obediencia? ¿No es su autoridad puramente moral, y no somete sus decisiones a las federaciones que han de ejecutarlas? En estas condiciones, reyes sin ejército, sin policía, sin magistratura, reducidos a mantener su poder por la influencia y la autoridad morales, serían débiles obstáculos al progreso de la revolución.

Por último, el Congreso de La Haya trasladó la sede del Consejo General a Nueva York. Muchos, incluso entre nuestros amigos, parecieron sorprendidos de semejante decisión. ¿Acaso olvidan que América se está convirtiendo en el mundo de los obreros por excelencia; que cada año emigra a ese otro continente medio millón de hombres, de obreros, y que la Internacional ha de arraigar vigorosamente en ese suelo donde predomina el obrero? Además, la decisión adoptada por el Congreso otorga al Consejo General el derecho de cooptar a los miembros que juzgue necesarios y útiles para el bien de la causa común. Confiemos en su sabiduría para escoger a los hombres que estén a la altura de la tarea y sean capaces de llevar con mano firme la bandera de nuestra Asociación en Europa.

¡Ciudadanos, tengamos presente este principio fundamental de la Internacional: la solidaridad! Estableciendo este principio vivificador sobre una base firme entre todos los obreros de todos los países, alcanzaremos el gran fin que perseguimos. La revolución debe mostrar solidaridad, y un gran ejemplo de ello lo hallamos en la Comuna de París, que sucumbió porque en todos los centros, en Berlín, en Madrid, etc., no surgió un gran movimiento revolucionario que correspondiera a ese supremo levantamiento del proletariado parisino.

Por mi parte, persistiré en mi tarea y trabajaré constantemente para establecer entre los obreros esa solidaridad que dará frutos en el porvenir. No, no me retiro de la Internacional, y el resto de mi vida estará consagrado, como mis esfuerzos en el pasado, al triunfo de las ideas sociales que un día, estad seguros, traerán la dominación universal del proletariado.