Las noticias procedentes de Italia revestían un interés singular; se recibieron cartas de varias ciudades italianas, entre ellas Turín, Milán, Rávena y Girgenti. Confirmaban en todos los aspectos los inmensos progresos con que la Asociación avanzaba en Italia. Las clases trabajadoras, al menos en las ciudades, abandonaban rápidamente a Mazzini, cuyas denuncias de la Internacional no surtían efecto alguno sobre las masas. Pero las denuncias de Mazzini habían producido un buen efecto: habían inducido a Garibaldi no sólo a pronunciarse por entero a favor de nuestra Asociación, sino también, precisamente a raíz de esta cuestión, a una ruptura abierta con Mazzini. En una larga carta dirigida a M. Petroni, abogado sardo elegido posteriormente presidente del Congreso de los Trabajadores Italianos, reunido en Roma en estos momentos, Garibaldi expresa su indignación de que los mazzinianos se atrevan a hablar de él como de un viejo idiota, que siempre ha hecho lo que los hombres que lo rodeaban, sus satélites y aduladores, lo han persuadido a hacer. ¿Quiénes eran esos satélites?, pregunta. ¿Acaso los hombres de su estado mayor que lo acompañaron desde América del Sur en 1848, los que encontró en Roma en el 49, los de su estado mayor del 59 y el 60, o los que combatieron con él recientemente contra los prusianos? Si es así, afirma que son hombres cuyos nombres vivirán para siempre en la memoria de la Italia agradecida. Mas volvamos a esos satélites y aduladores.

«Lo repito, ni siquiera tenéis el mérito de la originalidad cuando volvéis a sacar a relucir que mis satélites y aduladores han llevado siempre de la nariz a ese viejo chiquillo de Niza. Y mientras tú, Petroni, sufrías dieciocho años en las cárceles de la Inquisición, los hombres de tu secta (los mazzinianos) eran precisamente aquellos a quienes los realistas acusaban de ser mis satélites y partidarios. Leed toda la basura dinástica publicada sobre todo desde 1860, y allí encontraréis que Garibaldi podría haber sido bueno para algo si no tuviera la desgracia de ser dirigido por Mazzini y estar rodeado de los mazzinianos. Todo eso es falso, y podéis preguntar a quienes me han conocido más de cerca y en la intimidad si han encontrado jamás a un hombre más obstinado que yo cuando me propongo hacer algo que he reconocido justo. Preguntad al propio Mazzini si me ha encontrado fácil de convencer cada vez que intentaba atraerme a alguna de sus realidades impracticables. Preguntad a Mazzini si el origen de nuestra desavenencia no es éste: que en 1848 le dije que obraba mal reteniendo en la ciudad, con un pretexto u otro, a la juventud de Milán, mientras nuestro ejército combatía al enemigo en el Mincio. Y Mazzini es un hombre que jamás perdona que alguien toque su infalibilidad.»

Garibaldi afirma luego que Mazzini, en 1860, hizo todo lo que estaba en su mano para frustrar y hacer abortar la expedición del general a Sicilia, que terminó con la unificación de Italia; que cuando Mazzini supo del éxito de Garibaldi, insistió en que éste proclamase la República en Italia, cosa absurda y por completo descabellada en aquellas circunstancias, y finalmente reprocha al «gran exiliado, a quien todo el mundo sabía en Italia», su mezquindad al mancillar a los caídos de París, los únicos hombres que en esta época de tiranía, de mentiras, de cobardía y de degradación han enarbolado en alto, incluso al morir, la sagrada bandera de los derechos y la justicia. Y prosigue:

«Lanzáis anatemas contra París porque París destruyó la Columna Vendôme y la casa de Thiers. ¿Habéis visto alguna vez una aldea entera destruida por las llamas por haber dado cobijo a un voluntario o a un francotirador? Y eso no sólo en Francia, lo mismo en Lombardía, en el Véneto. En cuanto a los palacios incendiados en París con petróleo, que pregunten a los sacerdotes quiénes, por su íntimo conocimiento del fuego infernal que predican, deberían ser buenos jueces, qué diferencia hay entre los incendios con petróleo y aquellos que los austriacos encendieron para abrasar las aldeas de Lombardía y el Véneto, cuando aquellos países estaban aún bajo el yugo de los hombres que fusilaron a Ugo Bassi, a Ciceruacchio y a sus dos hijos, y a miles de italianos que cometieron el sacrilegio de exigir una Roma libre y una Italia libre.

»Cuando la luz del día haya disipado las tinieblas que cubren París, espero que tú, amigo mío, seas más indulgente con los actos nacidos de la situación desesperada de un pueblo que, ciertamente, estuvo mal dirigido —como suele ocurrir a las naciones que se dejan seducir por la fraseología de los doctrinarios—, pero que, en el fondo, luchó heroicamente por sus derechos. Los detractores de París pueden decir lo que quieran; nunca lograrán demostrar que unos cuantos malvados y extranjeros —como decían de nosotros en Roma en 1849— hayan resistido tres meses frente a un gran ejército, apoyado como estaba por los más poderosos ejércitos de Prusia.

»¿Y la Internacional? ¿Qué necesidad hay de atacar a una Asociación casi sin conocerla? ¿No es esa Asociación una emanación del estado anormal de la sociedad en todo el mundo? Una sociedad en la que los muchos tienen que esclavizarse para ganar la mera subsistencia, y en la que los pocos, mediante la mentira y la fuerza, se apropian la mayor parte del producto de los muchos, sin haberlo ganado con el sudor de su frente, ¿no ha de suscitar forzosamente el descontento y la venganza de las masas sufrientes?

»Deseo que la Internacional no corra la misma suerte que el pueblo de París —es decir, que se deje engatusar por los urdidores de doctrinas que la empujarían a exageraciones y, finalmente, al ridículo—, sino que estudie bien, antes de fiarse de ellos, el carácter de los hombres que han de guiarla por la senda del mejoramiento moral y material.»

Regresa por un momento a Mazzini:

«Mazzini y yo somos ya viejos; pero nadie habla de reconciliación entre él y yo. Los infalibles mueren, pero no se doblegan. ¿Reconciliación con Mazzini? Sólo hay un camino posible para ello: obedecerle; y de eso no me siento capaz.»

Y, por último, el viejo soldado demuestra, refiriéndose a su pasado, que siempre ha sido un verdadero internacional, que ha luchado por la libertad en todas partes: primero en América del Sur, luego ofreciendo sus servicios al Papa (sí, incluso al Papa, cuando éste hacía de liberal), después bajo Víctor Manuel, y por último en Francia, bajo Trochu y Jules Favre; y concluye:

«Yo y la juventud de Italia estamos dispuestos a servir a Italia, también codo a codo con vosotros, los mazzinianos, si fuera necesario.»

Esta notable carta de Garibaldi, que llega después de otras varias en las que ha expresado claramente sus simpatías por la Internacional, pero absteniéndose de hablar con franqueza acerca de Mazzini, ha surtido un efecto inmenso en Italia e inducirá a muchos reclutas a agruparse en torno a nuestra bandera.

Se anunció asimismo que en la próxima sesión del Consejo se presentaría un informe completo del Congreso obrero de Roma.