2. MANIFIESTO PANESLAVO DE BAKUNIN

El 3 de marzo de 1861, Alejandro II proclamó, ante los tumultuosos aplausos de toda la Europa liberal, la emancipación de los siervos. Los esfuerzos de Chernyshevsky y del partido revolucionario por obtener la preservación de la propiedad comunal de la tierra habían dado frutos, pero de una manera tan insatisfactoria que, incluso antes de la proclamación del manifiesto de emancipación de los siervos,** Chernyshevsky admitió con tristeza: «De haber sabido que la cuestión que yo planteaba iba a recibir semejante solución, habría preferido sufrir una derrota antes que ganar tal victoria. Habría preferido que hubieran actuado como se proponían, sin atender en absoluto a nuestras reivindicaciones».

Y, en efecto, el acto de emancipación no fue más que un fraude. Se arrebató una gran parte de la tierra a sus verdaderos propietarios y se proclamó un sistema por el cual los campesinos podían readquirir su propia tierra mediante rescate. Este acto de mala fe del zar suministró a Chernyshevsky y a su partido un argumento nuevo e irresistible contra las reformas imperiales. Los liberales, que se alineaban bajo la bandera de Herzen, vociferaban a pleno pulmón: «¡Has vencido, galileo!»* Por galileo entendían a Alejandro II. — A partir de ese momento, el partido liberal, cuyo órgano principal era el Kolokol de Herzen, no cesó de cantar las alabanzas del zar-liberador y, para desviar la atención del público de las quejas y reivindicaciones que este acto antipopular suscitaba, pidieron al zar que continuase su obra emancipadora y que lanzase una cruzada para la liberación de los pueblos eslavos oprimidos y para la realización del paneslavismo.

En el verano de 1861, Chernyshevsky, en la revista Sovremennik, denunció las maniobras de los paneslavistas y reveló a los pueblos eslavos la verdad sobre la situación en Rusia y sobre el oscurantismo egoísta de sus falsos amigos, los paneslavistas. Fue entonces cuando Bakunin, a su regreso de Siberia, juzgó que había llegado el momento de dar un paso al frente. Escribió la primera parte de un largo manifiesto publicado como suplemento por Kolokol el 15 de febrero de 1862, titulado: A los amigos rusos, polacos y a todos los eslavos.⁠ La segunda parte nunca apareció.

El manifiesto comienza con la siguiente declaración: «He conservado la audacia del pensamiento todoconquistador, y en el corazón, la voluntad y la pasión he permanecido fiel a mis amigos, a la gran causa común, a mí mismo... Comparezco ahora ante vosotros, mis viejos y probados amigos, y vosotros, mis jóvenes amigos, que vivís con un solo pensamiento y una sola voluntad con nosotros, y os pido: admitidme de nuevo en vuestro medio, y que me sea permitido, con vosotros y en medio de vosotros, consagrar toda la vida que me queda a la lucha por la libertad rusa, por la libertad polaca, por la libertad y la independencia de todos los eslavos».

Si Bakunin dirige esta humilde súplica a sus viejos y jóvenes amigos, es porque «es malo estar activo en tierra extranjera. Lo experimenté en los años revolucionarios: ni en Francia ni en Alemania pude hallar un punto de apoyo. Y así, conservando toda mi ardiente simpatía de antaño por el movimiento progresivo del mundo entero, a fin de no malgastar el resto de mi vida debo, en adelante, limitar mi actividad directa a Rusia, Polonia y los eslavos. Estos tres mundos separados son inseparables en mi amor y en mi fe».

En 1862, hace once años, a la edad de cuarenta y siete años,⁠ el gran anarquista Bakunin predicaba el culto al Estado y el patriotismo paneslavo.

«Podría decirse que el pueblo gran-ruso hasta ahora no ha vivido más que la vida exterior del Estado. Por gravosa que haya sido su situación interior, reducido a la ruina extrema y a la esclavitud, siempre ha acariciado la unidad, la fuerza y la grandeza de Rusia, y ha estado dispuesto a hacer cualquier sacrificio en aras de ellas. Y así ha ido creciendo entre el pueblo gran-ruso la conciencia del Estado y del patriotismo, no de palabra, sino de obra. Y así, solo él ha sobrevivido como pueblo entre las tribus eslavas; solo él se ha mantenido firme en Europa y se ha dejado sentir por todos como una fuerza... No temáis que pueda perder su legítima influencia y la fuerza política que ha adquirido únicamente mediante luchas de tres siglos y consumadas por una abnegación martirial para salvaguardar su integridad estatal... Mandemos a los tártaros a Asia, a los alemanes a Alemania, y seamos un pueblo libre, un pueblo puramente ruso...»

Para dar más autoridad a esta propaganda paneslava, que concluye con un llamamiento a una cruzada contra los tártaros y los alemanes, Bakunin remite al lector al emperador Nicolás: «Se dice que el propio emperador Nicolás, no mucho antes de su muerte, al prepararse para declarar la guerra a Austria, quiso llamar a todos los eslavos austríacos y turcos, magiares e italianos a un levantamiento general. Había provocado contra sí mismo una tormenta oriental y, para defenderse de ella, quiso transformarse de emperador despótico en emperador revolucionario. Se dice que sus proclamas a los eslavos, así como una apelación a los polacos, ya estaban firmadas por él. Por mucho que odiase a Polonia, comprendió que, sin ella, era imposible un levantamiento eslavo... superó su aversión hasta tal punto que estaba dispuesto, se dice, a reconocer la existencia independiente de Polonia, pero... solo más allá del Vístula».

El mismo hombre que, desde 1868, ha hecho de internacionalista, predicaba, en 1862, una guerra de razas en interés del Gobierno ruso. El paneslavismo es una invención del gabinete de San Petersburgo y no tiene otro objetivo que extender las fronteras europeas de Rusia más hacia el oeste y el sur. Pero como no se atreve uno a anunciar a los eslavos austríacos, prusianos y turcos que su destino es ser absorbidos en el gran Imperio ruso, se les presenta a Rusia como la potencia que los librará del yugo extranjero y que los reunirá en una gran federación libre. Así, el paneslavismo se presta a diversos matices de interpretación, desde el paneslavismo de Nicolás hasta el de Bakunin; pero todos tienden al mismo fin y todos están, en el fondo, en una entente cordiale, tal como lo prueba el pasaje que acabamos de citar. El manifiesto⁠ al que ahora nos volvemos no nos dejará ninguna duda a este respecto.

** Véase M. A. Bakunin, «A los amigos rusos, polacos y a todos los eslavos», Kolokol, núm. 122/123, 15 de febrero de 1862, suplemento. — Ed.

* Por galileo entendían a Alejandro II.

⁠ La edad de Bakunin se da aquí según el informe de Utin; de hecho, Bakunin nació el 30 de mayo de 1814. — Ed.

⁠ M. A. Bakunin, Narodnoe Dyelo. Romanov, Pugachev o Pestel? Londres, 1862. — Ed.

3. BAKUNIN Y EL ZAR

Hemos visto que, a raíz de la emancipación de los siervos, estalló la guerra entre el partido liberal y el revolucionario en Rusia. En torno a Chernyshevsky, jefe del partido revolucionario, se agrupó toda una falange de periodistas, un nutrido grupo de oficiales y la juventud estudiantil. El partido liberal estaba representado por Herzen, algunos paneslavistas y un gran número de pacíficos reformistas y admiradores de Alejandro II. El gobierno prestó su apoyo a los liberales. En marzo de 1861, los estudiantes universitarios de Rusia se declararon enérgicamente en favor de la emancipación de Polonia. En el otoño de 1861, trataron de resistir al «golpe de Estado» que pretendía, mediante medidas disciplinarias y fiscales, privar a los estudiantes pobres (más de dos tercios del total) de la oportunidad de recibir educación superior. El gobierno declaró esta protesta como un motín, y en Petersburgo, Moscú y Kazán, cientos de jóvenes fueron arrojados a las cárceles, expulsados de las universidades o vetados en ellas tras tres meses de detención. Y por temor a que estos jóvenes pudieran agravar el descontento de los campesinos, un decreto del Consejo de Estado prohibió a los ex-estudiantes todo acceso a funciones públicas en las aldeas. Pero las persecuciones no se detuvieron ahí. Profesores como Pavlov fueron desterrados; los cursos públicos organizados por estudiantes expulsados de las universidades fueron clausurados; se emprendieron nuevas cacerías policíacas con los pretextos más fútiles; el «fondo para la juventud estudiantil», apenas autorizado, fue suprimido abruptamente; se prohibieron periódicos. Todo esto llevó al máximo la indignación y la agitación del partido radical y lo obligó a recurrir a la prensa clandestina. En ese momento se publicó un manifiesto titulado Rusia Joven con un epígrafe de Robert Owen.**⁠ Este manifiesto exponía con claridad y detalle la situación interna del país, el estado de los diversos partidos y de la prensa y, proclamando el comunismo, deducía la necesidad de una revolución social. Llamaba a todas las personas serias a agruparse en torno a la bandera radical.

Apenas había salido este manifiesto de la imprenta clandestina, cuando, por una fatal coincidencia (a menos que la policía tuviera algo que ver con ello), estallaron numerosos incendios en San Petersburgo. El gobierno y la prensa reaccionaria aprovecharon gozosamente la ocasión para acusar a los jóvenes y a todo el partido radical de incendiarios. Las celdas se llenaron de nuevo y los caminos del destierro volvieron a verse atestados de víctimas. Chernyshevsky fue arrestado y encerrado en la fortaleza de San Petersburgo, de donde, tras dos largos años de intensos sufrimientos, fue enviado a trabajos forzados a Siberia.

Antes de esta catástrofe, Herzen y Gromeka —quien más tarde contribuyó a la pacificación de Polonia como gobernador de una de sus provincias— lanzaron una serie de furiosos ataques, el primero desde Londres, el segundo desde Rusia, contra el partido radical, e insinuaron que Chernyshevsky tal vez acabaría por recibir una condecoración.* — En un artículo lo más moderado posible, Chernyshevsky instó a Herzen a considerar cuidadosamente las consecuencias del nuevo papel que Kolokol iba a desempeñar en abierta hostilidad al partido revolucionario ruso.⁠ Herzen declaró pomposamente que estaba dispuesto a pronunciar, en presencia de aquellos a quienes llamaba demócratas internacionales —Mazzini, Victor Hugo, Ledru-Rollin, Louis Blanc, etc.—, el famoso brindis a la salud del gran zar-liberador⁠ y, «dígase lo que se diga», añadió, «por los Daniels revolucionarios de Petersburgo, sé que, a pesar de todas sus protestas, este brindis encontrará un eco favorable en el Palacio de Invierno» (la residencia del zar).⁠ Los Daniels revolucionarios eran Chernyshevsky y sus amigos.**⁠ Bakunin aventajó a Herzen. Fue cuando el partido revolucionario estaba completamente derrotado y Chernyshevsky se hallaba en prisión, cuando Bakunin publicó, a la edad de cincuenta y un años,⁠ su notorio panfleto dirigido al zar de los campesinos: Romanov, Pugachev o Pestel. La Causa del Pueblo. Por Mijaíl Bakunin, 1862.

«Muchos se preguntan todavía si habrá una revolución en Rusia. Está teniendo lugar gradualmente, reina en todas partes, en todo, en todas las mentes. Actúa con mayor éxito aún a través de las manos del gobierno que mediante los esfuerzos de sus propios adherentes. No amainará y no cesará hasta que haya regenerado el mundo ruso, hasta que haya creado un nuevo mundo eslavo.

»La dinastía trabaja para su propia destrucción. Busca su salvación queriendo detener la vida del pueblo que despierta, en lugar de protegerla. Esta vida, si fuese comprendida, podría haber elevado a la casa imperial a alturas de poder y gloria hasta hoy desconocidas... ¡Es una lástima! Rara vez le ha tocado en suerte a la casa del zar desempeñar un papel tan majestuoso y tan benéfico. Alejandro II podría tan fácilmente convertirse en el ídolo del pueblo, el primer zar campesino,* poderoso no por el miedo, sino por el amor, la libertad y la prosperidad de su pueblo. Apoyándose en ese pueblo, podría convertirse en el salvador y jefe de todo el mundo eslavo...»

**⁠ «Rusia Joven», proclama publicada en mayo de 1862. — Ed.

* [A. I. Herzen,] «10 de abril de 1861 y los asesinatos en Varsovia», Kolokol, núm. 96, 15 de abril de 1861. — Ed.

⁠ [N. G. Chernyshevsky,] «Política. Alabanza a la paz.— Batallas de Magenta y Solferino.— Razones de la debilidad del ejército austríaco. Razón por la que se concluyó la paz», Sovremennik, núm. 7, julio de 1859. — Ed.

⁠ "Brindis a la salud del gran zar-liberador" — brindis con que Herzen concluyó su artículo «10 de abril de 1861 y los asesinatos en Varsovia». — Ed.

⁠ [A. I. Herzen,] «10 de abril de 1861 y los asesinatos en Varsovia», Kolokol, núm. 96, 15 de abril de 1861. — Ed.

**⁠ Véase N. G. Chernyshevsky, «El polemista», Sovremennik, 1861. — Ed.

⁠ La edad de Bakunin se da aquí según el informe de Utin; de hecho, Bakunin nació el 30 de mayo de 1814. — Ed.

«Para ello, bastaba un corazón ruso, amplio y fuerte en magnanimidad y verdad. Toda la realidad viva rusa y eslava acudía a él con los brazos abiertos, dispuesta a servir de pedestal a su grandeza histórica.»

Bakunin exige entonces la abolición del Estado de Pedro el Grande, del Estado alemán, y la creación de la “nueva Rusia”. La realización de esta tarea se confía a Alejandro II.

«Su comienzo fue magnífico. Proclamó la libertad para el pueblo, la libertad y una vida nueva después de mil años de esclavitud. Parecía como si quisiera organizar la Rusia de los campesinos» (zemskaya Rossiya), «porque en el Estado de Pedro un pueblo libre era inconcebible. El 19 de febrero de 1861, a pesar de todas las deficiencias y absurdas contradicciones del Ukase sobre la Emancipación de los campesinos, Alejandro II fue el zar más grande, más amado y más poderoso que haya existido jamás en Rusia.» — Sin embargo, «la libertad es contraria a todos los instintos de Alejandro II», porque es alemán, y «un alemán jamás comprenderá ni amará la Rusia de los campesinos… solo soñaba con fortalecer el edificio del Estado de Pedro… habiendo emprendido una cosa fatal e imposible, trabaja para su propia ruina y la de su casa, y está a punto de sumir a Rusia en una revolución sangrienta».

Según Bakunin, todas las contradicciones del ukase de emancipación, todos los fusilamientos de campesinos, los disturbios estudiantiles, todo el terror, en una palabra, «se explican plenamente por la falta de espíritu ruso y de un corazón amante del pueblo en el zar, por su insensato empeño en conservar el Estado de Pedro a toda costa… y sin embargo, es él, él solo quien podría realizar en Rusia la revolución más seria y más beneficiosa sin derramar una gota de sangre. Aún puede hacerlo ahora. Si desesperamos de un desenlace pacífico, no es porque sea demasiado tarde, sino porque hemos acabado por desesperar de Alejandro II y de su capacidad para comprender cuál es el único camino para salvarse a sí mismo y a Rusia. Detener el movimiento del pueblo que despierta después de mil años de sueño es imposible. Pero si el zar se pusiera firme y audazmente al frente del movimiento, su poder para el bien y la gloria de Rusia sería ilimitado.»

Para ello, solo tendría que dar a los campesinos tierra, libertad y AUTOGOBIERNO.

«No temáis que el AUTOGOBIERNO regional pueda romper los lazos entre las provincias, que la unidad de la tierra rusa pueda verse sacudida; la autonomía de las provincias será solo administrativa, legislativa interna, jurídica, pero no política. Y en ningún país, con la excepción, tal vez, de Francia, está dotado el pueblo en la misma medida que en Rusia de un sentido de unidad, de armonía, de integridad del Estado y de grandeza nacional.»[1]

En aquella época, se reclamaba en Rusia la convocatoria de una asamblea nacional[2]. Unos querían que resolviera las dificultades financieras, otros que pusiera fin a la monarquía. Bakunin quería que expresara la unidad de Rusia y consolidara el poder y la grandeza del zar.

«Puesto que la unidad de Rusia ha encontrado hasta ahora su expresión solo en la persona del zar, necesita otra representación, la de una asamblea nacional… No se trata de saber si habrá o no una revolución, sino si será pacífica o sangrienta. Será pacífica y beneficiosa si el zar, poniéndose al frente del movimiento popular, emprende, con la asamblea nacional, de manera amplia y resuelta, la transformación radical de Rusia en el espíritu de la libertad; pero si quiere retroceder, o se detiene en medias tintas, la revolución será espantosa. Adquirirá entonces el carácter de una masacre despiadada como consecuencia del levantamiento de todo el pueblo… Alejandro II aún puede salvar a Rusia de la ruina total y del derramamiento de sangre.»

Así, en 1862, la revolución, para Bakunin, significaba la ruina total de Rusia, y suplicaba al zar que salvara al país de ella. Para muchos revolucionarios rusos, la convocatoria de una asamblea nacional equivaldría al derrumbe de la casa imperial; pero Bakunin pone fin a sus esperanzas y les anuncia que «una asamblea nacional estará contra ellos y a favor del zar. ¿Y si la asamblea nacional fuera hostil al zar? No es posible; es el pueblo quien enviará a sus delegados, el pueblo cuya fe en el zar no tiene límites hasta hoy y que respeta todo lo que a él concierne. ¿De dónde vendría, pues, la hostilidad?… No hay duda de que si el zar convocara ahora la asamblea nacional» (febrero de 1862), «se encontraría, por vez primera, rodeado de hombres sinceramente entregados a él. Si la anarquía dura unos años más, las actitudes del pueblo pueden cambiar. La vida se mueve deprisa en nuestros tiempos. Pero, en la actualidad, el pueblo está por el zar y contra la nobleza, contra los funcionarios, contra todo lo que viste a la alemana» (es decir, a la europea). «En el campo oficial ruso, todos son enemigos del pueblo, todos excepto el zar. ¿Quién, entonces, intentará hablar al pueblo contra el zar? Y aunque alguien lo intentara, ¿le creería el pueblo? ¿No fue el zar quien emancipó a los campesinos contra la voluntad de la nobleza, contra el deseo general de los funcionarios?

»Por medio de sus delegados, el pueblo ruso se encontrará con su zar cara a cara por primera vez. Es un momento decisivo, crítico en sumo grado. ¿Se gustarán el uno al otro? Todo el futuro del zar y de Rusia dependerá de este encuentro. La confianza y la devoción de los delegados hacia el zar serán ilimitadas. Apoyándose en ellos, saliendo a su encuentro con fe y amor, elevará su trono a una altura y una seguridad que jamás había alcanzado. Pero ¿y si en lugar del zar-emancipador, del zar del pueblo[3], los delegados encuentran en él a un emperador de Petersburgo en uniforme prusiano, un alemán de corazón estrecho? ¿Y si, en vez de la libertad esperada, el zar no les da nada, o casi nada?… ¡Entonces, ay del zarismo! Será, cuando menos, el fin del emperador de Petersburgo, alemán, de Holstein-Gottorp.

»Si, en este momento fatal, cuando la cuestión de vida o muerte, de paz o sangre está a punto de decidirse para toda Rusia, el zar del pueblo compareciera ante la asamblea nacional como un zar bueno y leal, amante de Rusia, dispuesto a dar al pueblo una organización según su voluntad, ¡qué no podría hacer con semejante pueblo! ¿Quién osaría alzarse contra él? La paz y la confianza se restablecerían como por milagro, se encontraría dinero y todo se arreglaría sencilla, naturalmente, sin perjuicio para nadie y con la satisfacción general. Guiada por tal zar, la asamblea nacional crearía una nueva Rusia. Ningún intento malévolo, ninguna fuerza hostil estaría en condiciones de luchar contra el poder reunido del zar y el pueblo… ¿Cabe esperar que esta alianza se haga realidad? Tenemos toda la razón para decir que no.»

Por mucho que diga, Bakunin no desespera de arrastrar a su zar y, para persuadirlo, lo amenaza con la juventud revolucionaria, la cual, si el zar no se apresura, sabrá cumplir su misión y abrirse camino hacia el pueblo.

«Y ¿por qué esta juventud no está contigo, sino contra ti? Esa es una gran desgracia para ti… necesitan, ante todo, libertad y verdad. Pero ¿por qué ha abandonado al zar? ¿Por qué se ha declarado contra quien primero dio la libertad al pueblo?… ¿Acaso se ha dejado arrastrar por el ideal revolucionario abstracto y la sonora palabra “república”? En parte puede ser así, pero no es más que una causa secundaria y superficial. La mayoría de nuestra juventud progresista comprende bien que las abstracciones occidentales, ya sean conservadoras, burguesas, liberales o democráticas, no son aplicables al movimiento ruso… El pueblo ruso no se mueve según principios abstractos… el ideal occidental le es ajeno, y todos los intentos del doctrinarismo conservador, liberal o incluso revolucionario por someterlo a sus propias tendencias serán vanos… tiene su propio ideal… aportará principios nuevos a la historia, creará otra civilización, una nueva religión, un nuevo derecho, una nueva vida.

»Ante esta figura grande, seria y hasta terrible del pueblo, nadie se atreve a cometer estupideces. La juventud abandonará el ridículo y repugnante papel de impostores maestros de escuela… ¿Qué podríamos enseñar al pueblo? Dejando a un lado las ciencias naturales y las matemáticas, la última palabra de nuestra ciencia será la negación de las llamadas verdades inmutables de la doctrina occidental, la negación completa de Occidente.»

Bakunin se abalanza luego sobre los autores de la Joven Rusia, acusándolos de doctrinarismo, de querer erigirse en maestros del pueblo, de haber comprometido la causa, de ser unos niños que no entienden nada y que han sacado sus ideas de unos cuantos libros occidentales que han leído. — El gobierno, que por entonces arrestaba a esos mismos jóvenes como incendiarios, les lanzaba los mismos reproches. Y así, para tranquilizar a su zar, Bakunin anuncia que «el pueblo no apoya a este partido revolucionario… la inmensa mayoría de nuestra juventud pertenece al partido del pueblo, al partido que tiene por único y solo fin el triunfo de la causa popular. Este partido no tiene prejuicios ni a favor ni en contra del zar, y si el zar, habiendo comenzado la gran obra, no hubiera traicionado al pueblo, jamás lo habría abandonado, y aún ahora no es tarde para él; y aún ahora esa juventud lo seguiría con alegría con tal de que marchara al frente de su pueblo. No se dejaría detener por ninguno de los prejuicios revolucionarios occidentales. Ya es hora de que los alemanes se vayan a Alemania. Si el zar hubiera comprendido que en adelante debe ser el jefe no de una centralización forzada, sino de una federación libre de pueblos libres, entonces, apoyándose en una fuerza sólida y regenerada, aliándose con Polonia y Ucrania, rompiendo todas las detestadas alianzas alemanas y enarbolando audazmente la bandera paneslava, se convertiría en el salvador del mundo eslavo.

»Sí, en verdad, la guerra contra los alemanes es cosa buena e indispensable para los eslavos, en todo caso mejor que sofocar a los polacos para complacer a los alemanes. Alzarse y liberar a los eslavos del yugo de turcos y alemanes será una necesidad y un deber sagrado del pueblo ruso emancipado.»

En el mismo folleto, exhorta al partido revolucionario a agruparse bajo la bandera de la causa popular. He aquí algunos artículos de fe del programa de esta causa popular a lo zar: «Artículo 1. Nosotros» (Bakunin y Cía.) «queremos el AUTOGOBIERNO popular en la comuna, en la provincia, en la región y, por último, en el Estado, con o sin el zar —no importa—, según lo desee el pueblo.— Artículo 2. …Estamos dispuestos, y el deber nos ordena, a acudir en ayuda de Lituania, Polonia y Ucrania para impedir toda violencia y protegerlas contra todos sus enemigos exteriores, especialmente los alemanes.— Artículo 4. Con Polonia, Lituania y Ucrania, deseamos tender la mano a todos nuestros hermanos eslavos que gimen hoy bajo el yugo del reino de Prusia y de los imperios austríaco y turco, y nos comprometemos a no envainar la espada mientras un solo eslavo permanezca en esclavitud alemana, turca o de cualquier otra.»

[1] El título de zar campesino (Zemsky Tsar) conferido a Alejandro II fue inventado por Bakunin y el Kolokol.

[2] En el texto ruso, aquí y en lo sucesivo, Bakunin emplea el término “vsenarodny Zemsky Sobor” (“consejo electivo de todo el pueblo”).— N. de la ed.

[3] El texto ruso dice: “zemsky”. “Zemsky tzar” —zar elegido por todo el pueblo de la tierra, o por el Zemstvo.— N. de la ed.

El Artículo 6 prescribe una alianza con Italia, Hungría, Rumanía y Grecia. Estas eran precisamente las alianzas que buscaba entonces el Gobierno ruso.

«Artículo 7. Nos esforzaremos, junto con todas las demás tribus eslavas, por hacer realidad el anhelado sueño de los eslavos, por establecer una gran y libre federación paneslava, [...] de modo que no haya sino un único e indivisible poder paneslavo.

»Este es el vasto programa de la causa eslava, esta es la última palabra indispensable de la causa popular rusa. A esta causa hemos consagrado toda nuestra vida.

»Y ahora, ¿adónde iremos y con quién marcharemos? Hemos dicho adónde queremos ir; también hemos dicho con quién marcharemos: con nadie más que con el pueblo. Queda por saber a quién seguiremos. ¿Seguiremos a Románov, a Pugachov o a un nuevo Péstel, si es que se puede hallar uno? * »Digamos la verdad. Preferiríamos seguir a Románov, si Románov pudiera y quisiera transformarse de emperador petersburgués en zar campesino. Nos alistaríamos de buena gana bajo su bandera, porque el pueblo ruso aún lo reconoce, y porque su poder ya está creado, dispuesto a actuar, y podría convertirse en una fuerza invencible si él le diera el bautismo popular. Lo seguiríamos, además, porque solo él puede llevar a cabo la gran revolución pacífica sin derramar una gota de sangre rusa o eslava. Las revoluciones sangrientas a veces se tornan necesarias debido a la estupidez humana; no obstante, son un gran mal y una gran desgracia, no solo por lo que respecta a sus víctimas, sino por lo que respecta a la pureza y la plenitud del objetivo por el cual se llevan a cabo. Esto lo vimos durante la Revolución Francesa.

»Así pues, nuestra actitud hacia Románov es clara. No somos sus enemigos, como tampoco somos sus amigos. Somos los amigos de la causa popular rusa, de la causa eslava. Si el zar se pone al frente de esta causa, lo seguiremos; pero si se opone a ella, seremos sus enemigos. Por lo tanto, toda la cuestión consiste en saber si desea ser el zar ruso, el zar campesino, Románov, o el emperador petersburgués, el de Holstein-Gottorp. ¿Desea servir a Rusia, a los eslavos, o a los alemanes? Esta cuestión se resolverá pronto, y entonces sabremos qué debemos hacer.»

Desgraciadamente, el zar no consideró oportuno convocar la asamblea nacional para la cual Bakunin, en este panfleto, ya proponía su propia candidatura. No obtuvo nada de su manifiesto electoral ni de sus genuflexiones ante Románov. Humillantemente decepcionado en su franca confianza, no le quedó otra alternativa que arrojarse de cabeza a la anarquía pandestructora.

Después de esta lucubración de un maestro que se prosternó ante su zar campesino, sus discípulos y amigos, Albert Richard y Gaspard Blanc, tenían todo el derecho a gritar a voz en cuello: «¡Viva Napoleón III, emperador de los campesinos!»

DOCUMENTOS

1. LOS ESTATUTOS SECRETOS DE LA ALIANZA

La copia de estos estatutos que ahora obra en nuestro poder está escrita en parte de puño y letra de Bakunin. Él entregó copias no solo a sus iniciados, sino a muchas otras personas a las que esperaba seducir con la revelación de su espléndido programa. La vanidad del autor demostró ser más fuerte que la siniestra furtividad del mistificador.

* Románov es el apellido del zar. Pugachov fue el líder de una gran insurrección cosaca bajo Catalina II. Péstel fue el líder de la conspiración de 1825 contra Nicolás I. Fue ahorcado.

y Frederick Engels ORGANIZACIÓN DE LA ALIANZA DE LOS HERMANOS INTERNACIONALES*

TRES GRADOS:

I. Hermanos internacionales. II. Hermanos nacionales. III. La organización semisecreta, semipública de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

I. REGLAS DE LOS HERMANOS INTERNACIONALES

1. Los Hermanos Internacionales no tienen otra patria que la Revolución mundial, ni otra tierra extranjera ni otro enemigo que la Reacción.

2. Rechazan toda política de negociación y concesión, y consideran reaccionario todo movimiento político que no tenga como meta inmediata y directa el triunfo de sus principios.

3. Son Hermanos – nunca se atacan unos a otros, ni dirimen sus diferencias en público o ante los tribunales. Su única justicia es un jurado de árbitros, elegidos de entre los hermanos por las dos partes.

4. Cada uno debe ser sagrado para todos los demás, más sagrado que un hermano de sangre. Cada hermano será ayudado y protegido por todos los demás hasta el límite de lo posible.

5. Solo puede llegar a ser hermano internacional quien haya aceptado sinceramente todo el programa en todas sus consecuencias, teóricas y prácticas, y que añada pasión revolucionaria a la inteligencia, energía, honestidad y discreción, aquel que tenga el diablo en el cuerpo. No imponemos ni deber ni sacrificio. Pero quien tenga esta pasión hará muchas cosas sin siquiera imaginar que está haciendo sacrificios.

6. Un hermano no debe tener negocios, intereses ni deberes más serios y sagrados que el servicio a la revolución y a nuestra Asociación secreta, la cual debe servir a la revolución.

7. Un hermano tiene siempre el derecho a negarse a prestar los servicios que le exijan el Comité Central o su Comité Nacional, pero muchas negativas sucesivas conducirán a que se le considere poco concienzudo o perezoso, y podrá ser suspendido por su Comité Nacional y, a propuesta de este último, expulsado temporalmente por el Comité Central en espera de una decisión final del Comité Constituyente.

8. Ningún hermano aceptará un cargo público salvo con el consentimiento del Comité al que pertenezca. — Ninguno emprenderá acciones o apariciones públicas contrarias o siquiera ajenas a la línea de conducta determinada por su Comité y sin haber consultado a este último. Cada vez que dos o más hermanos estén juntos, se consultarán mutuamente sobre todas las cuestiones públicas importantes.

9. Todos los Hermanos Internacionales se conocen entre sí. Nunca debe existir ningún secreto político entre ellos. Ninguno puede tomar parte en sociedad secreta alguna sin el consentimiento positivo de su Comité y, si fuera necesario, si este último así lo exigiera, sin el del Comité Central. — Y solo podrá tomar parte a condición de revelarles todos los secretos que pudieran interesarles directa o indirectamente.

a {M. A. Bakunin,] Organisation de l’Alliance des Frères Internationaux, manuscrito.— Ed.

10. La organización de los Hermanos Internacionales se subdivide como sigue: A. El Comité General, o Constituyente. B. El Comité Central. C. Los Comités Nacionales.

A. El Comité General Es una asamblea de todos o al menos dos tercios de los Hermanos Internacionales convocada regularmente ya sea a intervalos estipulados, o en asamblea extraordinaria por la mayoría del Comité Central. Es el poder constituyente y ejecutivo supremo de toda nuestra organización, cuyo programa, reglas y estatutos orgánicos puede modificar.

B. El Comité Central Consta de: a) la Oficina Central, y b) el Comité Central de Vigilancia. Los miembros de este último son todos los hermanos internacionales que, no perteneciendo a la Oficina, están lo suficientemente cerca como para ser convocados con dos días de antelación, y, naturalmente, todos los hermanos que se hallen de paso. Por lo demás, se guían en todas sus relaciones mutuas por las Reglas de la Alianza de la Democracia Socialista (véanse los artículos 2–4).2 C. Los Comités Nacionales Cada Comité Nacional constará de todos los hermanos internacionales (sea cual sea su nacionalidad) que estén en el centro de la organización nacional o cerca de este. Cada Comité Nacional se subdivide igualmente en: a) una Oficina Ejecutiva Nacional, y b) un Comité Nacional de Vigilancia. Este último incluirá a todos los hermanos internacionales presentes que no estén en la Oficina. Las mismas relaciones que en la Alianza de la Democracia Socialista.

11. La admisión de un nuevo hermano requiere la unanimidad de todos los miembros presentes (no menos de tres) del Comité Nacional y la confirmación por una mayoría de dos tercios del Comité Central. El Comité Central puede admitir a un nuevo miembro por el acuerdo unánime de todos sus miembros.

12. Cada Comité Nacional debe reunirse al menos una vez por semana para controlar y activar la labor organizativa, propagandística y administrativa de su Oficina. — Es el juez natural de la conducta de cada miembro en todo lo que afecte a su dignidad revolucionaria o a sus relaciones con la sociedad. Sus veredictos deben ser presentados al Comité Central para su confirmación. Dirigirá las actividades y todas las apariciones públicas de todos sus miembros. Ya sea a través de su Oficina o por medio de un hermano designado por ella, debe mantener correspondencia regular con la Oficina Central, a la que debe escribir al menos una vez cada quincena.

13. El Comité Nacional organizará una Asociación secreta de los Hermanos Nacionales en su país.

II. LOS HERMANOS NACIONALES

14. Los Hermanos Nacionales deben estar organizados en cada país de modo que nunca puedan desviarse de la guía de la organización general de los Hermanos Internacionales, y notablemente de la del Comité General y del Comité Central. Sus programas y sus reglas solo podrán ser puestos en ejecución finalmente después de haber recibido la sanción del Comité Central.

y Frederick Engels 15. Cada Comité Nacional puede, si lo considera útil, establecer entre ellos dos categorías: a) la de Hermanos Nacionales que se conocen unos a otros en todo el país, y b) la de Hermanos que no se conocen unos a otros salvo en pequeños grupos. — En ningún caso los Hermanos Nacionales sospecharán siquiera la existencia de una organización internacional.

16. Los centros provinciales, compuestos total o parcialmente por hermanos internacionales o por hermanos nacionales de la primera categoría, se establecerán en todos los puntos principales del país, con la misión de promover tan a fondo y tan lejos como sea posible la organización secreta y la propaganda de sus principios — no contentándose con actuar en las ciudades, sino tratando también de propagarlos en los pueblos y entre los campesinos.

17. Los Comités Nacionales intentarán reunir los medios financieros necesarios lo antes posible, no solo para el éxito de su propia organización, sino también para las necesidades generales de toda la Asociación. Enviarán por tanto una parte — ¿la mitad? — a la Oficina Central.

18. Las Oficinas Nacionales deben ser muy activas, recordando que los principios, programas y reglas no valen nada si las personas que han de ponerlos en ejecución no tienen el diablo en el cuerpo.

ORGANIZACIÓN SECRETA DE LA ALIANZA INTERNACIONAL DE LA DEMOCRACIA SOCIALISTA

1. El Comité Central Permanente de la Alianza consta de todos los miembros de los Comités Nacionales Permanentes y de los de la Sección Central de Ginebra.

Cuando están juntos, todos estos miembros constituyen la Asamblea General Secreta de la Alianza, que es el poder constituyente y supremo de la Alianza y que se reunirá al menos una vez al año en el Congreso Obrero como delegados de los diferentes grupos nacionales de la Alianza; también puede ser convocada en cualquier momento igualmente por la Oficina Central o por la Sección Central de Ginebra.

2. La Sección Central de Ginebra es la delegación permanente del Comité Central Permanente. Se compone de todos los miembros del Buró Central y de todos los del Comité de Vigilancia, los cuales deben ser siempre miembros del Comité Central Permanente.—La Sección Central será el Consejo Ejecutivo Supremo de la Alianza, dentro de los límites de la Constitución y de la línea de conducta que sólo pueden ser fijados y modificados por la Asamblea General. Decidirá sobre todas las cuestiones de ejecución (no de constitución ni de política general) por mayoría simple de votos, y sus resoluciones así adoptadas serán obligatorias para el Buró Central, a menos que el Buró, por mayoría de sus miembros, desee apelar a la Asamblea General, la cual deberá convocar en ese caso con un preaviso de tres semanas.— Para ser válida, la Asamblea General, así convocada, deberá estar compuesta por dos tercios de todos sus miembros.

3. El Buró Central, poder ejecutivo, constará de 3 a 5, o incluso de 7 miembros, que deberán ser siempre, al mismo tiempo, miembros del Comité Central Permanente. Al igual que una de las dos partes que constituyen la Sección Central secreta, el Buró Central será una organización secreta. Como tal, recibirá sus orientaciones de la Sección Central y transmitirá sus comunicaciones, por no decir sus órdenes secretas, a todos los Comités Nacionales, de los que recibirá informes secretos, por lo menos, una vez al mes. En cuanto Directorio Ejecutivo de la Alianza pública, será una organización pública. Como tal, mantendrá, según el país y las circunstancias, relaciones más o menos privadas o públicas con todos los Burós Nacionales, de los que recibirá igualmente informes una vez al mes. Su forma ostensible de gobierno será la de una presidencia en una república federativa. El Buró Central, como poder ejecutivo tanto secreto como público de la Alianza, activará la propaganda secreta y pública de la sociedad y promoverá su desarrollo en todos los países por todos los medios posibles. Administrará la parte de las finanzas que, de acuerdo con el artículo 6 de los reglamentos públicos, le sea enviada de todos los países para necesidades generales. Publicará un periódico y folletos, y enviará agentes viajeros para formar grupos de la Alianza en los países donde no los haya. En todas las medidas que adopte para el bien de la Alianza, se someterá además a las decisiones de la mayoría de la Sección Central secreta, a la que, por lo demás, pertenecerán todos sus miembros. Por ser una organización a la vez secreta y pública, y dado que debe componerse íntegramente de miembros del Comité Central Permanente, el Buró Central habrá de ser siempre una representación directa de este Comité. El Buró Central Provisional se presentará ahora al grupo iniciador de Ginebra como provisionalmente elegido por todos los miembros fundadores de la Alianza, de los cuales la mayoría, como antiguos miembros del Congreso de Berna, han regresado a sus países después de haber delegado sus poderes en el Ciudadano B. Este Buró funcionará hasta la primera Asamblea General pública que, de conformidad con el artículo 7 de los reglamentos públicos, deberá reunirse como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores en el próximo Congreso de los Trabajadores. De ello se sigue que los miembros del nuevo Buró Central deben ser nombrados por esta Asamblea. Pero como es urgente que el Buró Central esté siempre compuesto únicamente por miembros del Comité Central Permanente, este último, por medio de sus comités nacionales, se encargará de organizar y dirigir todos los grupos locales de tal manera que deleguen en esa Asamblea solamente a miembros del Comité Central Permanente o, en su defecto, a hombres absolutamente entregados a la dirección de sus respectivos comités nacionales, a fin de que el Comité Central Permanente tenga siempre la supremacía en toda la organización de la Alianza.

4. El Comité de Vigilancia ejercerá control sobre todas las acciones del Buró Central.—Estará compuesto por todos los miembros del Comité Central Permanente que residan en el lugar mismo, o en las cercanías de la residencia del Buró Central, así como por todos los miembros temporalmente presentes o que se hallen de paso, con excepción de los miembros que integran el Buró. A petición de dos miembros del Comité de Vigilancia, todos los miembros de este último deberán, con un preaviso de tres días, reunirse con los miembros del Buró Central para constituir la Asamblea de la Sección Central, «el Consejo Ejecutivo Supremo», cuyos derechos se definen en el artículo 2.

5. Los Comités Nacionales estarán formados por todos los miembros del Comité Central Permanente que pertenezcan a la misma nación.—Tan pronto como haya tres miembros del Comité Central Permanente pertenecientes a la misma nación, serán invitados por el Buró y, de ser necesario, por la Sección Central, a formar el Comité Nacional de su país. Cada Comité Nacional podrá crear un nuevo miembro del Comité Central de su país, pero únicamente por acuerdo unánime de todos los miembros. Tan pronto como un nuevo miembro haya sido designado por un Comité Nacional, este último informará inmediatamente al Buró Central, el cual registrará a ese nuevo miembro y le conferirá con ello todos los derechos de un miembro del Comité Central Permanente.— La Sección Central de Ginebra está igualmente investida de la facultad de crear nuevos miembros por acuerdo unánime de todos los suyos.

Cada Comité Nacional tiene como misión especial la fundación y organización del grupo nacional, tanto público como secreto, de la Alianza en su país. Será el jefe supremo y administrador del grupo a través de su Buró Nacional, que tendrá la tarea de crear y formar íntegramente a partir de miembros del Comité Central Permanente. Los comités nacionales tendrán, con respecto a sus respectivos Burós, la misma relación, los mismos derechos y las mismas facultades que la Sección Central respecto al Buró Central.—Los comités nacionales, que se constituirán combinando sus respectivos burós y comités de vigilancia, no reconocerán más autoridad que el Buró Central y servirán de únicos intermediarios entre este último y todos los grupos locales de su país para la propaganda y la administración, así como para la recaudación y el pago de las cuotas. Los comités nacionales, a través de sus respectivos burós, tendrán la tarea de organizar la Alianza en sus países de manera que esté siempre dominada y representada en los Congresos por miembros del Comité Central Permanente.

A medida que los burós nacionales organicen sus grupos locales, se preocuparán de someter los reglamentos y el programa al Buró Central para su confirmación, sin la cual los grupos locales no podrán pertenecer a la Alianza Internacional de la Democracia Socialista.

PROGRAMA DE LA ALIANZA INTERNACIONAL SOCIALISTA

1. La Alianza Internacional ha sido fundada para promover la organización y la aceleración de la Revolución Mundial sobre la base de los principios proclamados en nuestro programa.

2. En conformidad con estos principios, el objetivo de la revolución no puede ser otro que: a) La destrucción de todos los poderes gobernantes y de toda autoridad religiosa, monárquica, aristocrática y burguesa en Europa. En consecuencia, la destrucción de todos los Estados existentes con todas sus instituciones políticas, jurídicas, burocráticas y financieras. b) La reconstitución de una nueva sociedad sobre la única base del trabajo libremente asociado, tomando como punto de partida la propiedad colectiva, la igualdad y la justicia.

3. La Revolución, tal como la concebimos, o más bien como la fuerza de las circunstancias la presenta hoy inevitablemente, es de carácter esencialmente internacional o universal. En vista de la amenazante coalición de todos los intereses privilegiados y de todos los poderes reaccionarios de Europa, que disponen de todos los medios formidables que les proporciona una organización hábilmente montada, y en vista del profundo cisma que hoy reina por doquier entre la burguesía y los trabajadores, ninguna revolución nacional triunfará si no se extiende de inmediato a todas las demás naciones, y jamás franqueará las fronteras de un país ni adoptará este carácter universal si no lleva en sí misma todos los elementos de esta universalidad, es decir, si no es una revolución abiertamente socialista, destructora del Estado y creadora de libertad mediante la igualdad y la justicia; pues, en lo sucesivo, nada podrá reunir, electrizar y despertar a la gran y única fuerza verdadera del siglo —los trabajadores—, sino la completa emancipación del trabajo sobre las ruinas de todas las instituciones que protegen la propiedad territorial hereditaria y el capital.

4. Puesto que la Revolución inminente sólo puede ser universal, la Alianza o, para no andarnos con rodeos, la conspiración que debe prepararla, organizarla y acelerarla, debe ser también universal.

5. La Alianza perseguirá un doble objetivo: a) Se esforzará por difundir entre las masas de todos los países las ideas justas sobre política, economía social y todas las cuestiones filosóficas. Realizará una propaganda activa mediante periódicos, folletos y libros, así como fundando asociaciones públicas. b) Procurará afiliar a todos los hombres inteligentes, enérgicos, discretos y bien intencionados, sinceramente entregados a nuestras ideas, a fin de formar en toda Europa y, en lo posible, en América, una red invisible de revolucionarios abnegados, más poderosos gracias a esta misma Alianza.

PROGRAMA Y OBJETIVOS DE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA DE LOS HERMANOS INTERNACIONALES

1. Los principios de esta organización son los mismos que los del programa de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. Se definen de manera aún más explícita, en lo que concierne a las mujeres, a la familia desde el punto de vista de la religión y del derecho, y al Estado, en el programa de la Democracia Socialista Rusa.

El Buró Central se reserva, además, el derecho de presentar en breve una exposición teórica y práctica más completa de estos principios.

2. La asociación de los hermanos internacionales aspira a una revolución universal, simultáneamente social, filosófica, económica y política, de modo que del actual orden de cosas —basado en la propiedad privada, la explotación, la dominación y el principio de autoridad, ya sea religioso, metafísico, burgués-doctrinario o incluso jacobino-revolucionario— no quede piedra sobre piedra, primero en toda Europa y luego en el resto del mundo. Con el grito de paz para los trabajadores, libertad para todos los oprimidos y muerte a los gobernantes, explotadores y guardianes de toda laya, procuramos destruir todos los Estados y todas las iglesias con todas sus instituciones y leyes, religiosas, políticas, jurídicas, financieras, policiales, universitarias, económicas y sociales, para que todos esos millones de pobres seres humanos, engañados, esclavizados, atormentados y explotados, librados de todos sus directores y bienhechores, oficiales y oficiosos, colectivos e individuales, puedan respirar al fin con total libertad.

3. Convencidos de que el mal individual y social reside mucho menos en los individuos que en la organización de las cosas y en la posición social, seremos humanos tanto por sentido de justicia como por consideraciones de utilidad, y destruiremos sin piedad las posiciones y las cosas para poder perdonar a los seres humanos sin peligro para la Revolución. Negamos a la sociedad el libre albedrío y el supuesto derecho de castigar. La justicia misma, considerada en el sentido más humano y amplio, no es sino una idea negativa y transitoria, por así decirlo. Plantea problemas sociales, pero no los reflexiona, limitándose a señalar el único camino posible hacia la liberación humana, a saber, la humanización de la sociedad por medio de la libertad en la igualdad; la solución positiva solo puede darse a través de la organización cada vez más racional de la sociedad. Esta solución, que es tan deseable y constituye el ideal que todos tenemos en común... es la libertad, la moralidad, la inteligencia y el bienestar de cada uno por la solidaridad de todos: la fraternidad humana.

Todo individuo humano es el producto involuntario del medio natural y social en que nace y se desarrolla, y que sigue ejerciendo influencia sobre él. Las tres grandes causas de toda inmoralidad humana son: la desigualdad política, económica y social; la ignorancia, que es su resultado natural; y su consecuencia inevitable: la esclavitud.

Puesto que la organización de la sociedad es siempre y en todas partes la única causa de los crímenes cometidos por los hombres, es hipócrita o evidentemente absurdo por parte de la sociedad castigar a los criminales, cuando todo castigo presupone culpabilidad y los criminales nunca son culpables. La teoría de la culpabilidad y el castigo es una cuestión teológica, es decir, una combinación de hipocresía religiosa y el absurdo.

El único derecho que puede concederse a la sociedad en su actual estado de transición es el derecho natural de asesinar a los criminales, que ella misma ha producido, en interés de su propia protección, y no el derecho de juzgarlos y condenarlos. Este derecho ni siquiera será un derecho en el sentido estricto de la palabra; será más bien un hecho natural, penoso pero inevitable, un signo y producto de la impotencia y la estupidez de la sociedad existente; y cuanto más pueda la sociedad evitar recurrir a él, más cerca estará de su propia liberación real.

Todos los revolucionarios, todos los oprimidos, todas las víctimas sufrientes de la organización actual de la sociedad, cuyos corazones están naturalmente llenos de venganza y odio, harían bien en recordar que los reyes, opresores y explotadores de toda clase son tan culpables como los criminales surgidos de las masas: son malhechores, pero no son culpables, puesto que ellos también son, como los criminales comunes, productos involuntarios del orden social existente. No debe sorprendernos que, en el primer momento, el pueblo insurrecto mate a muchos de ellos; será una calamidad inevitable, quizás, tan vana como los daños causados por una tempestad.

Pero este hecho natural no será ni moral ni siquiera útil. A este respecto, la historia está llena de lecciones: la terrible guillotina de 1793, a la que no se pudo acusar de ociosidad ni de tardanza, no logró destruir la nobleza en Francia. La aristocracia fue, si no destruida por completo, al menos profundamente sacudida, no por la guillotina, sino por la confiscación y venta de sus bienes. Y, en general, puede decirse que las matanzas políticas jamás han aniquilado a los partidos; se han mostrado sobre todo impotentes frente a las clases privilegiadas, puesto que el poder está arraigado mucho menos en los hombres que en las posiciones que la organización de las cosas confiere a los privilegiados, es decir, por la institución del Estado y por su consecuencia, así como por su base natural, la propiedad privada.

Para llevar a cabo una revolución radical, es necesario, pues, atacar las posiciones y las cosas, destruir la propiedad y el Estado; entonces no habrá necesidad de destruir a los hombres ni de condenarse a la reacción infalible e inevitable que nunca ha dejado ni dejará de producir, en toda sociedad, la matanza de seres humanos.

Pero para tener el derecho de ser humano con los seres humanos sin poner en peligro la revolución, hay que ser despiadado con las posiciones y las cosas; será necesario destruirlo todo, y ante todo y sobre todo, la propiedad y su corolario inevitable: el Estado. Este es todo el secreto de la revolución.

Que no nos sorprendan los jacobinos y los blanquistas, que se hicieron socialistas por necesidad más que por convicción, y para quienes el socialismo es un medio, no un fin de la Revolución, puesto que quieren la dictadura, es decir, la centralización del Estado, y el Estado los llevará, por una necesidad lógica e inevitable, a la reconstitución de la propiedad; es muy natural, decimos, que, no queriendo llevar a cabo una revolución radical contra las cosas, sueñen con una revolución sangrienta contra los hombres... Pero esta revolución sangrienta, fundada en la construcción de un Estado revolucionario poderosamente centralizado, desembocaría inevitablemente, como demostraremos más extensamente más adelante, en una dictadura militar bajo un nuevo amo. En consecuencia, el triunfo de los jacobinos o de los blanquistas significaría la muerte de la Revolución.

4. Somos los enemigos naturales de esos revolucionarios —futuros dictadores, reguladores y tutores de la revolución— que, incluso antes de que los Estados monárquicos, aristocráticos y burgueses existentes hayan sido destruidos, ya sueñan con crear nuevos Estados revolucionarios tan centralizados, y aún más despóticos, que los Estados existentes, y que han adquirido un hábito tan grande del orden creado desde arriba y un horror tan grande a lo que a ellos les parece desorden, pero que no es otra cosa que la expresión franca y natural de la vida del pueblo, que antes incluso de que la revolución haya producido un buen y saludable desorden, ya sueñan con ponerle fin y amordazarlo mediante la fuerza de una autoridad que no tendrá de revolución más que el nombre, pero que, en realidad, no será más que una nueva reacción, ya que será realmente una nueva condena de las masas, gobernadas por decretos, a la obediencia, al estancamiento y a la muerte, es decir, a la esclavitud y a la explotación por parte de una nueva aristocracia cuasi revolucionaria.

5. Entendemos por revolución el desencadenamiento de lo que hoy se llama las malas pasiones y la destrucción de lo que, en ese mismo lenguaje, se llama «orden público».

No tememos la anarquía, y la invocamos, convencidos de que de esta anarquía, es decir, de la manifestación completa de la vida desencadenada del pueblo, deben surgir la libertad, la igualdad, la justicia, un orden nuevo y la fuerza misma de la Revolución contra la Reacción. Esta nueva vida —la revolución del pueblo— no tardará sin duda en organizarse, pero creará su organización revolucionaria de abajo arriba y de la circunferencia al centro —conforme al principio de libertad—, y no de arriba abajo ni del centro a la circunferencia a la manera de toda autoridad —pues poco nos importa que esa autoridad se llame Iglesia, Monarquía, Estado constitucional, República burguesa o incluso dictadura revolucionaria. Las detestamos y las rechazamos a todas por igual como fuentes infalibles de explotación y despotismo.

6. La revolución, tal como la entendemos, debe desde el primer día destruir, radical y totalmente, el Estado y todas las instituciones estatales. Las consecuencias naturales y necesarias de esta destrucción serán: a) la bancarrota del Estado; b) el cese del pago de las deudas privadas por intervención del Estado, dejando a cada deudor el derecho de pagar si quiere; c) el cese del pago de todos los impuestos y de la deducción de todas las contribuciones, directas o indirectas; d) la disolución del ejército, la magistratura, la burocracia, la policía y el clero; e) la abolición de la justicia oficial, la supresión de todo aquello que jurídicamente se llamaba ley, así como del ejercicio de esas leyes. En consecuencia, la abolición y auto de fe de todos los títulos de propiedad, escrituras de herencia, compra, donación y de todos los procesos; en una palabra, de toda la papelería jurídica y civil. En todas partes y en todo, actos revolucionarios en lugar de la ley creada y garantizada por el Estado; f) la confiscación de todo el capital productivo y de todos los instrumentos de trabajo en beneficio de las asociaciones obreras, que deberán utilizarlos colectivamente para la producción; g) la confiscación de todos los bienes de la Iglesia y del Estado, así como de los metales preciosos de propiedad individual, en beneficio de la Alianza Federativa de todas las asociaciones obreras, es decir, la Alianza que formará la Comuna.

A cambio de los bienes confiscados, la Comuna dará lo estrictamente necesario a todos los individuos así desposeídos, quienes más tarde podrán obtener más mediante su propio trabajo si son capaces y quieren.—h) Para la organización de la Comuna: una federación de barricadas en acción permanente y el funcionamiento de un Consejo de la Comuna Revolucionaria mediante la delegación de uno o dos diputados por cada barricada y uno por calle, o por manzana, investidos de mandatos imperativos y siempre responsables y revocables en cualquier momento. El Consejo de la Comuna, así organizado, podrá elegir de entre sus miembros comités ejecutivos especiales para cada rama de la administración revolucionaria de la Comuna. i) Una declaración de la capital insurrecta, una vez organizada en comuna, de que, habiendo destruido el Estado autoritario y tutelar —a lo cual tenía derecho, ya que había sido esclava del Estado como todas las demás localidades—, renuncia a su derecho, o más bien a toda pretensión, de dirigir o dictar a las provincias. j) Un llamamiento a todas las provincias, comunas y asociaciones, dejándoles a todas seguir el ejemplo dado por la capital, primero para reorganizarse de manera revolucionaria, y después para delegar en un lugar de reunión acordado a sus diputados, todos igualmente investidos con mandatos imperativos y responsables y revocables, a fin de constituir una federación de asociaciones, comunas y provincias que se hayan alzado en nombre de los mismos principios, y organizar una fuerza revolucionaria capaz de triunfar sobre la reacción. El envío, no de comisarios revolucionarios oficiales con bandas al hombro, sino de propagandistas revolucionarios a todas las provincias y comunas, sobre todo entre los campesinos, que no pueden ser convertidos en revolucionarios ni por principios ni por los decretos de una dictadura cualquiera, sino solo por la acción revolucionaria misma, es decir, por las consecuencias que infaliblemente se producirán en todas las comunas por la cesación completa de la vida jurídica oficial del Estado. Abolición del Estado nacional también en el sentido de que todo país extranjero, provincia, comuna, asociación o incluso individuo aislado que se alce en nombre de los mismos principios será acogido en la federación revolucionaria sin tener en cuenta las fronteras estatales existentes, aunque pertenezcan a sistemas políticos o nacionales diferentes; y en el sentido de que todas las provincias, comunas, asociaciones e individuos propios que se pongan del lado de la Reacción serán excluidos de ella. Así, por el hecho mismo de la propagación y organización de la revolución con miras a la defensa mutua de los países insurrectos, triunfará la universalidad de la revolución, basada en la abolición de las fronteras y en la destrucción de los Estados.

7. De ahora en adelante no podrá haber ninguna revolución política o nacional victoriosa si la revolución política no se convierte en revolución social, y si la revolución nacional, precisamente por su carácter radicalmente socialista y destructor del Estado, no se convierte en la revolución universal.

8. Puesto que la revolución debe ser llevada a cabo en todas partes por el pueblo, y puesto que la dirección suprema de la misma debe permanecer siempre en manos del pueblo organizado en una federación libre de asociaciones agrícolas e industriales, el nuevo Estado revolucionario, organizándose de abajo arriba por medio de la delegación revolucionaria, y abarcando todos los países que se han alzado en nombre de los mismos principios sin tener en cuenta las viejas fronteras ni las diferencias de nacionalidad, tendrá como objetivo la administración de los servicios públicos y no el gobierno de los pueblos. Constituirá la nueva patria, la Alianza de la Revolución Universal contra la alianza de todas las fuerzas reaccionarias.

9. Esta organización excluye toda idea de dictadura y de poder tutelar. Pero para el establecimiento mismo de esta alianza revolucionaria y para el triunfo de la revolución contra la reacción, es necesario que en medio de la anarquía popular, que constituirá la vida y la energía mismas de la revolución, la unidad de la idea y la acción revolucionarias encuentren un órgano. Este órgano debe ser la Asociación secreta y mundial de los hermanos internacionales.

10. Esta asociación parte de la convicción de que las revoluciones nunca son hechas ni por individuos, ni siquiera por sociedades secretas. Surgen, por así decirlo, por sí mismas, producidas por la fuerza de las cosas, por el curso de los acontecimientos y los hechos. Se preparan durante largo tiempo en lo profundo de la conciencia instintiva de las masas populares, y luego estallan, a menudo inducidas, aparentemente, por causas insignificantes. Todo lo que una sociedad secreta bien organizada puede hacer es, primero, ayudar al nacimiento de la revolución difundiendo entre las masas ideas correspondientes a sus instintos, y organizar, no el ejército de la revolución —el ejército debe ser siempre el pueblo—, sino una especie de estado mayor revolucionario compuesto de amigos del pueblo abnegados, enérgicos, inteligentes y, sobre todo, sinceros, que no sean ambiciosos ni vanos, y capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares.

11. El número de estos individuos no debe, por tanto, ser demasiado grande. Para la organización internacional en toda Europa, un centenar de revolucionarios firme y seriamente unidos sería suficiente. Dos o trescientos revolucionarios bastarían para la organización del país más grande.

2. PROGRAMA Y REGLAMENTOS DE LA ALIANZA PÚBLICA

La minoría socialista de la Liga de la Paz y la Libertad, habiéndose separado de esta liga a consecuencia del voto mayoritario en el Congreso de Berna, que hizo una declaración formal oponiéndose al principio fundamental de todas las asociaciones obreras, a saber, la igualdad económica y social de clases e individuos, se ha adherido con ello a los principios proclamados por los Congresos Obreros celebrados en Ginebra, Lausana y Bruselas. Varios miembros de esta minoría, pertenecientes a diferentes naciones, nos han sugerido que organicemos una nueva Alianza Internacional de la Democracia Socialista, fusionada por completo con la gran Asociación Internacional de los Trabajadores, pero adoptando como misión especial el estudio de las cuestiones políticas y filosóficas sobre la misma base de este gran principio de la igualdad universal y real de todos los seres humanos sobre la tierra.

Convencidos, por nuestra parte, de la utilidad de tal empresa, que dará a los sinceros demócratas socialistas de Europa y América un medio de entenderse y de afirmar sus ideas sin ninguna presión del falso socialismo que la democracia burguesa encuentra hoy útil ostentar, hemos creído nuestro deber tomar la iniciativa conjuntamente con estos amigos para formar esta nueva organización.

En consecuencia, nos hemos constituido en sección central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, y publicamos hoy su Programa y Reglamento.

PROGRAMA DE LA ALIANZA INTERNACIONAL DE LA DEMOCRACIA SOCIALISTA

1) La Alianza se declara atea; aspira a la abolición de los cultos, a la sustitución de la ciencia por la fe y de la justicia humana por la justicia divina.

2) Busca, ante todo, la igualación política, económica y social de las clases y de los individuos de ambos sexos, comenzando por la abolición del derecho de herencia, a fin de que en el futuro el disfrute de los beneficios sea igual a la producción de cada uno, y de que, conforme a la decisión adoptada por el último Congreso obrero de Bruselas, la tierra y los instrumentos de trabajo, como todo otro capital, al convertirse en propiedad colectiva de toda la sociedad, no puedan ser utilizados sino por los trabajadores, es decir, por las asociaciones agrícolas e industriales.

3) Exige que todos los niños de ambos sexos, desde el día de su nacimiento, tengan igualdad de medios de desarrollo, es decir, manutención, educación e instrucción en todos los niveles de la ciencia, la industria y las artes, convencida de que esta igualdad, al principio puramente económica y social, conducirá con el tiempo a la creciente igualdad natural de los individuos, eliminando todas las desigualdades artificiales que son productos históricos de una organización social tan falsa como inicua.

4) Enemiga de todo despotismo, no reconociendo otra forma política que la republicana y rechazando de plano toda alianza reaccionaria, la Alianza rechaza también toda acción política que no tenga por meta inmediata y directa el triunfo de la causa de los trabajadores contra el Capital.

5) Reconoce que todos los Estados políticos y autoritarios actualmente existentes, al reducirse cada vez más a las simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus respectivos países, deben desaparecer en la unión universal de las Asociaciones libres, tanto agrícolas como industriales.

6) Dado que la cuestión social no puede encontrar una solución definitiva y practicable sino sobre la base de la solidaridad internacional o universal de los trabajadores de todos los países, la Alianza rechaza toda política fundada en el llamado patriotismo y en la rivalidad de las naciones.

7) Quiere la Asociación universal de todas las Asociaciones locales por medio de la libertad.

REGLAMENTO

1) La Alianza Internacional de la Democracia Socialista se constituye como una rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, aceptando todos sus Estatutos Generales.

2) Los miembros fundadores de la Alianza organizan provisionalmente una Oficina Central en Ginebra.

3) Los miembros fundadores pertenecientes a un mismo país constituyen la Oficina Nacional de ese país.

4) Las Oficinas Nacionales tienen la misión de establecer, en todas las localidades, grupos locales de la Alianza de la Democracia Socialista que, por intermedio de sus respectivas Oficinas Nacionales, solicitarán a la Oficina Central de la Alianza su admisión en la Asociación Internacional de los Trabajadores.

5) Todos los grupos locales formarán sus oficinas de acuerdo con la costumbre adoptada por las secciones locales de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

6) Todos los miembros de la Alianza se comprometen a pagar una cotización de diez céntimos al mes, de la cual la mitad será retenida para sus propias necesidades por cada grupo nacional, y la otra mitad será remitida a los fondos de la Oficina Central para sus necesidades generales.

En los países donde esta suma se considere demasiado alta, las Oficinas Nacionales, de acuerdo con la Oficina Central, podrán reducirla.

7) Durante el Congreso anual de los Trabajadores, la Delegación de la Alianza de la Democracia Socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrará sus sesiones públicas en un local separado.