Al acusar al Gobierno francés de  
"haber hecho imposible la libre expresión de la opinión en Francia por medio de la prensa y de los representantes nacionales",  
lo único que Bismarck se proponía, evidentemente, era soltar un chiste berlinés. ¡Si usted quiere conocer la "verdadera" opinión francesa, diríjase al señor Stieber, redactor del *Versailles Moniteur* y el conocido espía de la policía prusiana!

Por orden expresa de Bismarck, los señores Bebel y Liebknecht han sido detenidos, acusados de alta traición, simplemente porque se atrevieron a cumplir con sus deberes como representantes nacionales alemanes, a saber: protestar en el Reichstag contra la anexión de Alsacia y Lorena, votar contra los nuevos créditos de guerra, expresar su simpatía por la República Francesa y denunciar el intento de convertir Alemania en un cuartel prusiano. Por expresar las mismas opiniones, los miembros del Comité Democrático Socialista de Brunswick han sido tratados, desde principios de septiembre pasado, como galeotes, y siguen sometidos a un proceso simulado por alta traición. La misma suerte ha corrido

numerosos obreros que difundieron el manifiesto de Brunswick. Con pretextos similares, el señor Hepner, redactor adjunto del *Volksstaat* de Leipzig, es procesado por alta traición. Los pocos periódicos alemanes independientes que existen fuera de Prusia tienen prohibida la entrada en los dominios de los Hohenzollern. Las reuniones de obreros alemanes en favor de una paz honorable para Francia son disueltas diariamente por la policía. Según la doctrina oficial prusiana, expuesta con ingenuidad por el general Vogel von Falckenstein, todo alemán que "intente contrarrestar los fines previstos de la guerra prusiana en Francia" es culpable de alta traición. Si el señor Gambetta y compañía se vieran, como los Hohenzollern, obligados a reprimir violentamente la opinión popular, no tendrían más que aplicar el método prusiano y, con el pretexto de la guerra, proclamar en toda Francia el estado de sitio. Los únicos soldados franceses en suelo alemán se pudren en las cárceles prusianas. No obstante, el Gobierno prusiano se siente obligado a mantener con rigor el estado de sitio, es decir, la forma más burda y repulsiva de despotismo militar, la suspensión de toda ley. El suelo francés está infestado por alrededor de un millón de invasores alemanes. Sin embargo, el Gobierno francés puede prescindir tranquilamente de ese método prusiano de "hacer posible la libre expresión de la opinión". ¡Contrástese esta imagen con aquélla! Alemania, sin embargo, ha resultado un campo demasiado pequeño para el voraz amor de Bismarck por la opinión independiente. Cuando los luxemburgueses dieron rienda suelta a sus simpatías por Francia, Bismarck convirtió esta manifestación de sentimiento en uno de los pretextos para renunciar al tratado de neutralidad de Londres. Cuando la prensa belga cometió un pecado similar, el embajador prusiano en Bruselas, el señor von Balan, invitó al ministerio belga a suprimir no sólo todos los artículos periodísticos antiprusianos, sino incluso la impresión de meras noticias destinadas a alentar a los franceses en su guerra de independencia. ¡Una petición muy modesta, en verdad, la de suspender la Constitución belga, *"pour le roi de Prusse"*! Apenas algunos periódicos de Estocolmo se permitieron unas ligeras bromas sobre la notoria "piedad" de Wilhelm Annexander, Bismarck cayó sobre el gabinete sueco con misivas amenazadoras. Incluso bajo el meridiano de San Petersburgo se las arregló para descubrir una prensa demasiado licenciosa. A su humilde súplica, los redactores de los principales periódicos de Petersburgo fueron convocados ante el censor jefe, quien les ordenó que se guardaran de toda crítica contra el fiel vasallo borussiano del Zar. Uno de esos redactores, el señor Saguljajew, fue lo bastante imprudente para revelar el secreto de este *avertissement* en las columnas del *Golos*. De inmediato fue apresado por la policía rusa y deportado a alguna provincia remota. Sería un error creer que esos procedimientos de gendarme se deben sólo al paroxismo de la fiebre bélica. Son, por el contrario, la verdadera aplicación metódica de los principios jurídicos prusianos. Existe, de hecho, una curiosa disposición en el código penal prusiano, en virtud de la cual todo extranjero, por sus actos o escritos en su propio país o en cualquier otro país extranjero, puede ser procesado por "insulto al rey de Prusia" y "alta traición contra Prusia". Francia —y su causa, felizmente, está lejos de ser desesperada— lucha en este momento no sólo por su propia independencia nacional, sino por la libertad de Alemania y de Europa.

Soy, señor, suyo respetuosamente,  
Karl Marx.  
Londres, 16 de enero de 1871