[The Pall Mall Gazette, No. 1788, November 5, 1870]

Como otros grandes hombres en la mala fortuna, Luis Napoleón parece consciente de que debe al público una explicación de las causas que lo condujeron, muy contra su voluntad, de Saarbrücken a Sedán; y, en consecuencia, se nos ha puesto ahora en posesión de lo que pretende ser esa explicación suya. Puesto que no hay evidencia alguna, ni externa ni interna, que despierte sospechas de falsedad sobre el documento, sino más bien lo contrario, lo tomamos, por el momento, por auténtico. En verdad, casi estamos obligados a hacerlo, por mero cumplido; pues si alguna vez hubo un documento que confirmara, tanto en general como en detalle, la visión de la guerra sostenida por The Pall Mall Gazette, es esta autojustificación imperial.

Luis Napoleón nos informa de que era perfectamente consciente de la gran superioridad numérica de los alemanes; que esperaba contrarrestarla mediante una rápida invasión del sur de Alemania, a fin de obligar a ese país a permanecer neutral y asegurarse, con un primer éxito, la alianza de Austria e Italia. Con este propósito, debían concentrarse 150.000 hombres en Metz, 100.000 en Strasbourg y 50.000 en Châlons. Concentrados rápidamente los dos primeros contingentes, había de cruzarse el Rin cerca de Karlsruhe, mientras los 50.000 hombres de Châlons avanzaban hacia Metz para oponerse a cualquier movimiento hostil sobre el flanco y la retaguardia de las fuerzas que avanzaban. Pero este plan se evaporó en cuanto el Emperador llegó a Metz. Allí encontró únicamente 100.000 hombres; en Strasbourg había solo 40.000, mientras que las reservas de Canrobert se hallaban en todas partes y en ninguna, salvo en Châlons, donde debieran haber estado. Además, las tropas carecían de los artículos de primera necesidad para una campaña: mochilas, tiendas, calderos de campaña y latas para cocinar. Aún más, nada se sabía del paradero del enemigo. De hecho, la audaz y arrojada ofensiva se transformó, desde el comienzo mismo, en una muy modesta defensiva.

Difícilmente habrá en todo esto algo nuevo para los lectores de The Pall Mall Gazette. Nuestras «Notas sobre la guerra» esbozaron el plan de ataque arriba expuesto como el más racional que podían seguir los franceses, y señalaron las causas por las que hubo de ser abandonado.* Pero hay un hecho, que fue la causa inmediata de sus primeras derrotas, del cual el Emperador no da cuenta: por qué dejó sus diversos cuerpos en la defectuosa posición de ataque, cerca de la frontera, cuando la intención de atacar se había abandonado hacía tiempo. En cuanto a sus cifras, las criticaremos más adelante.

Las causas del descalabro de la administración militar francesa las encuentra el Emperador en

«los defectos de nuestra organización militar tal como ha existido durante los últimos cincuenta años».

Pero sin duda no era la primera vez que esta organización se ponía a prueba. Había funcionado bastante bien durante la guerra de Crimea. Produjo resultados brillantes al comienzo de la guerra de Italia, cuando en Inglaterra no menos que en Alemania se la ensalzaba como el modelo mismo de organización militar. No cabe duda de que aun entonces se le encontraron muchas deficiencias. Pero hay una diferencia entre entonces y ahora: entonces funcionó, y ahora no. Y el Emperador no pretende explicar esta diferencia, que era precisamente lo que había que explicar... y, al mismo tiempo, el punto más delicado del Segundo Imperio, que había atascado las ruedas de esta organización con toda clase de corrupción y amaños.

Cuando el ejército en retirada alcanzó Metz,

«su fuerza efectiva fue elevada a 140.000 con la llegada del mariscal Canrobert con dos divisiones y la reserva».

Esta afirmación, comparada con las cifras de los que acaban de rendir las armas en Metz, nos obliga a examinar un poco más de cerca las cifras imperiales. El ejército de Strasbourg debía componerse de los cuerpos de MacMahon, De Failly y Douay, en total diez divisiones, y debía contar con 100.000 hombres; pero ahora se dice que no pasaba de 40.000. Dejando enteramente de lado las tres divisiones de Douay, aunque una de ellas acudió en ayuda de MacMahon en Wörth o después de esta batalla, ello nos daría menos de 6.000 hombres por división (13 batallones), o apenas 430 hombres por batallón, aunque no contemos un solo hombre para la caballería o la artillería. Ahora bien, con todo el crédito que estamos dispuestos a conceder al Segundo Imperio en materia de amaños y dilapidación, no podemos llegar a creer que hubiera en el ejército noventa batallones cuyo efectivo real, veinte días después de la llamada de los reservistas y de los hombres con licencia, promediara los 430 hombres en vez de 900. En cuanto al ejército de Metz, comprendía, en la Guardia y diez divisiones de línea, 161 batallones; y si tomamos los 100.000 hombres que da el folleto como si estuvieran compuestos únicamente de infantería, sin asignar nada a la caballería ni a la artillería, aun así daría no más de 620 hombres por batallón, lo que es sin duda inferior a la realidad. Más sorprendente aún, después de la retirada a Metz, este ejército fue elevado a 140.000 hombres por la llegada de dos divisiones de Canrobert y las reservas. Las nuevas incorporaciones consistían, pues, en 40.000 hombres. Ahora bien, como las «reservas» que llegaron a Metz después de Spicheren solo podían estar compuestas de caballería y artillería, puesto que la Guardia había llegado mucho antes, no se las puede calcular en más de 20.000 hombres, dejando otros 20.000 para las dos divisiones de Canrobert, lo que, para veinticinco batallones, daría 800 hombres por batallón; es decir, los batallones de Canrobert, que eran los menos preparados de todos, resultan ser, según este relato, con mucho los más fuertes de todos los que habían sido concentrados y alistados mucho antes. Pero, si el ejército de Metz, antes de las batallas del 14, 16 y 18 de agosto, no contaba más que con 140.000 hombres, ¿cómo es que después de las pérdidas de esos tres días —ciertamente no inferiores a 50.000 hombres—, después de las pérdidas de las salidas posteriores y de las muertes por enfermedad, pudo Bazaine entregar todavía 173.000 prisioneros a los prusianos? Hemos entrado en estas cifras meramente para mostrar que se contradicen entre sí y con todos los hechos conocidos de la campaña. Pueden desecharse de inmediato como totalmente incorrectas.

Además de la organización militar, hubo otras circunstancias que estorbaron el vuelo del águila imperial hacia la victoria. Hubo, en primer lugar, «el mal tiempo»; luego, «el estorbo del bagaje»; y, finalmente,

«la ignorancia absoluta en que nos mantuvimos siempre con respecto a la posición y la fuerza de los ejércitos enemigos».

Tres circunstancias en verdad muy adversas. Pero el mal tiempo afectaba a ambas partes, pues en todas sus devotas referencias a la Providencia, el rey Guillermo no ha mencionado ni una sola vez el hecho de que el sol brillara sobre las posiciones alemanas mientras la lluvia caía sobre las de los franceses. Tampoco los alemanes carecían de bagaje. En cuanto a la ignorancia del paradero del enemigo, existe una carta de Napoleón a su hermano José,* que se quejaba en España de la misma dificultad, y que es cualquier cosa menos un cumplido para los generales que formulan semejantes quejas. Dice que si los generales ignoran el paradero del enemigo, es culpa suya, y demuestra que no entienden su oficio. Al leer estas excusas por la mala dirección militar, a veces duda uno si este folleto está realmente escrito para personas adultas.

El relato que se da del papel desempeñado por el propio Luis Napoleón no agradará mucho a sus amigos. Después de las batallas de Wörth y Spicheren, «resolvió conducir inmediatamente al ejército de vuelta al campamento de Châlons». Pero este plan, aunque aprobado primero por el Consejo de Ministros, dos días después se consideró que «produciría un efecto deplorable en el ánimo público»; y, al recibir una carta de M. E. Ollivier (!) en ese sentido, el Emperador lo abandonó. Conduce al ejército a la margen izquierda del Mosela, y luego —«no previendo una batalla general, y esperando solo encuentros parciales»— lo deja para ir a Châlons. Apenas se ha ido cuando tienen lugar las batallas del 16 y 18 de agosto, que encierran en Metz a Bazaine y a su ejército. Entretanto, la Emperatriz y el Ministerio, excediéndose en sus poderes y a espaldas del Emperador, convocan la Cámara; y, con la reunión de ese cuerpo eminentemente poderoso, el Corps Législatif de árcades, quedó sellado el destino del Imperio. La Oposición —eran veinticinco, como sabéis— se volvió omnipotente y «paralizó el patriotismo de la mayoría y la marcha del Gobierno»... cuyo Gobierno, todos recordamos, ya no era el del melifluo Ollivier, sino el del rudo Palikao.

«A partir de ese momento, los ministros parecieron tener miedo de pronunciar el nombre del Emperador; y él, que había abandonado el ejército y solo había renunciado al mando para reasumir las riendas del gobierno, pronto descubrió que le sería imposible desempeñar el papel que le correspondía.»

De hecho, se le hizo ver que estaba virtualmente depuesto, que se había vuelto imposible. La mayoría de las personas con algo de dignidad, en tales circunstancias, habrían abdicado. Pero no; su irresolución, por usar la expresión más suave posible, continúa, y sigue al ejército de MacMahon, como un mero estorbo, impotente para hacer el bien, pero no para impedir que se haga. El Gobierno de París insiste en que MacMahon haga un movimiento para socorrer a Bazaine. MacMahon se niega, pues ello equivaldría a precipitar a su ejército en las fauces de la perdición; Palikao insiste.

«En cuanto al Emperador, no opuso resistencia. No podía caber en sus miras oponerse al consejo del Gobierno y de la Emperatriz Regente, que habían mostrado tanta inteligencia y energía en medio de las mayores dificultades.»

Admiramos la mansedumbre del hombre que durante veinte años había sostenido que la sumisión a su propia voluntad individual era el único camino de salvación para Francia, y que ahora, cuando «se impone desde París un plan de campaña contrario a los principios más elementales del arte de la guerra», no ofrece resistencia, ¡porque no podía caber en sus miras oponerse al consejo de la Emperatriz Regente, que había mostrado, etc., etc.!

La descripción del estado del ejército con que se emprendió esta marcha fatal es una confirmación exacta, en todos sus detalles, de la estimación que hicimos de él en su momento.* Solo hay un rasgo redentor. El cuerpo de De Failly, durante su retirada a marchas forzadas, había conseguido, al menos, perder «casi todo su bagaje» sin haber librado combate; pero el cuerpo no parece haber sabido apreciar esta ventaja.

El ejército se había dirigido a Reims el 21 de agosto. El 23 avanzó hasta el río Suippe, en Bétheniville, en el camino directo a Verdun y Metz. Pero las dificultades de intendencia obligaron a MacMahon a regresar sin demora a una línea de ferrocarril; en consecuencia, el 24 se realizó un movimiento hacia la izquierda y se alcanzó Rethel. Allí se empleó todo el día 25 en distribuir víveres a las tropas. El 26, el cuartel general se traslada a Tourteron, doce millas más al este; el 27, a Le Chéne Populeux, otras seis millas. Allí MacMahon, al descubrir que ocho cuerpos de ejército alemanes se estrechaban a su alrededor, dio órdenes de retirarse de nuevo hacia el oeste; pero durante la noche llegaron de París órdenes terminantes de que marchara hacia Metz.

«Incustionablemente, el Emperador habría podido contramandar esta orden, pero estaba resuelto a no oponerse a la decisión de la Regencia.»

Esta virtuosa resignación obligó a MacMahon a obedecer; y así llegó a Stonne, seis millas más al este, el día 28. Pero «estas órdenes y contraórdenes ocasionaron demoras en los movimientos».

Entretanto,

«el ejército prusiano había hecho marchas forzadas, mientras que nosotros, abrumados por el bagaje [¡otra vez!], habíamos ocupado seis días, con tropas fatigadas, en recorrer veinticinco leguas».

Luego vinieron las batallas del 30, 31 [de agosto] y 1.° de septiembre, y la catástrofe, que se relata con mucho detalle, pero sin aportar ningún dato nuevo. Y luego viene la moraleja que de ella se desprende:

«Ciertamente, la lucha fue desproporcionada; pero se habría sostenido por más tiempo y habría sido menos desastrosa para nuestras armas si las operaciones militares no se hubieran subordinado incesantemente a consideraciones políticas.»

Es el destino del Segundo Imperio y de todo lo que con él se relaciona caer sin ser compadecido. La conmiseración, que es lo menos que cabe en las grandes desdichas, no parece, de algún modo, extendérsele. Hasta el «honneur au courage malheureux»*, que hoy en día no se puede emplear en francés sin cierta ironía, parece negársele. Dudamos que, en estas circunstancias, Napoleón saque gran provecho de un documento según el cual su eminente perspicacia estratégica queda en todos los casos anulada por órdenes absurdas, dictadas por motivos políticos, desde el Gobierno de París, mientras que su facultad de anular esas órdenes absurdas queda a su vez anulada por su ilimitado respeto a la Regencia de la Emperatriz. Lo mejor que puede decirse de este folleto extraordinariamente cojo es que reconoce cuán necesariamente han de ir mal las cosas en la guerra «si las operaciones militares se subordinan incesantemente a consideraciones políticas».