Ante todo, le ruego disculpe mi prolongado silencio. Habría contestado a su carta hace mucho tiempo si no hubiera estado completamente agobiado de trabajo, hasta el punto de que mi salud se quebrantó y mi médico consideró necesario desterrarme por algunos meses a este lugar de baños de mar, con la estricta orden de no hacer nada.

Cumpliré su deseo después de mi regreso a Londres, cuando se presente una ocasión favorable para lanzarme de nuevo a la imprenta.

He enviado una declaración a *The New York Herald*, en la que rechazo toda responsabilidad por la basura y las *positivas falsedades* con que me abruma su corresponsal. No sé si el *Herald* la ha publicado.

El número de refugiados de la Comuna que llegan a Londres va en aumento, mientras que nuestros medios para sostenerlos disminuyen a diario, de modo que muchos se encuentran en un estado muy deplorable. Haremos un llamamiento de auxilio a los americanos.**

Para darle una idea del estado de cosas que impera en Francia bajo la República Thiers, le contaré lo que les ha sucedido a mis propias hijas.

Mi segunda hija, Laura, está casada con el señor Lafargue, médico. Salieron de París pocos días antes del comienzo del primer sitio con rumbo a Burdeos, donde vivía el padre de Lafargue. Este, habiendo caído gravemente enfermo, quería ver a su hijo, quien lo atendió, permaneciendo junto a su lecho de enfermo hasta su muerte. Lafargue y mi hija se quedaron entonces en Burdeos, donde aquél posee una casa. Durante el tiempo de la Comuna, Lafargue actuó como secretario de las secciones de la Internacional en Burdeos, y fue también enviado como delegado a París, donde permaneció seis días para imponerse del estado de cosas allí. Durante todo ese tiempo no fue molestado por la policía de Burdeos. Hacia mediados de mayo, mis dos hijas solteras se pusieron en camino hacia Burdeos, y de allí, junto con la familia Lafargue, a Bagnéres de Luchon, en los Pirineos, cerca de la frontera española... Allí la hija mayor, que había sufrido un grave ataque de pleuresía, tomó las aguas minerales y se sometió a tratamiento médico regular. Lafargue y su esposa tuvieron que atender a un bebé moribundo, y mi hija menor se divirtió cuanto le permitían las aflicciones familiares en los encantadores alrededores de Luchon. Luchon es un lugar de temporada para enfermos y para la buena sociedad, y, sobre todos los lugares, el menos adecuado para la intriga política. Mi hija, la señora Lafargue, tuvo además la desgracia de perder a su hijo, y poco después de su entierro —en la segunda semana de agosto—, he aquí que se presentan en la vivienda el ilustre Kératry, bien conocido por las infamias que cometió durante la guerra de México, y por el equívoco papel que desempeñó durante la guerra franco-prusiana, primero como prefecto de policía en París, y más tarde como *soi-disant* general en Bretaña, y ahora prefecto del Haute-Garonne, y el Sr. Delpech, procurador general de Toulouse, ambos personajes acompañados de gendarmes.

Lafargue había recibido un aviso la víspera y había cruzado la frontera española, provisto de un pasaporte español expedido en Burdeos.

Aunque hijo de padres franceses, nació en Cuba, y es, por tanto, español. Se realizó un registro domiciliario en la vivienda de mis hijas, y ellas mismas fueron sometidas a un severo interrogatorio por los dos poderosos representantes de la República Thiers. Se las acusaba de mantener una correspondencia insurreccional. ¡Esa correspondencia consistía simplemente en cartas a su madre, cuyo contenido no era, por supuesto, halagüeño para el gobierno francés, y en ejemplares de algunos periódicos de Londres! Durante aproximadamente una semana, su casa fue vigilada por gendarmes. Tuvieron que prometer que abandonarían Francia, donde su presencia resultaba demasiado peligrosa, tan pronto como pudieran hacer los preparativos necesarios para su partida, y, entretanto, debían considerarse como personas puestas bajo la *haute surveillance* de la policía. Kératry y Delpech se habían halagado con la esperanza de encontrarlas desprovistas de pasaportes, pero, afortunadamente, poseían pasaportes ingleses en regla. De no ser así, habrían tenido que compartir el trato infame infligido a la hermana de Delescluze y a otras damas francesas tan inocentes como ellas. Aún no han regresado, y probablemente esperan noticias de Lafargue.

Mientras tanto, los periódicos de París contaban las mentiras más increíbles; el *Gaulois*, por ejemplo, transformaba a mis tres hijas en tres hermanos míos, bien conocidos y peligrosos agentes de la propaganda internacional, aunque yo no tengo hermanos. Al mismo tiempo que *La France*, órgano parisino de Thiers, ofrecía un relato muy adornado de los sucesos de Luchon y afirmaba que el señor Lafargue podía regresar tranquilamente a Francia sin incurrir en peligro alguno, el gobierno francés solicitaba al gobierno español la detención de Lafargue como miembro de la Comuna de París, a la que nunca había pertenecido, y a la que, como residente en Burdeos, no podía pertenecer. Lafargue fue, de hecho, detenido y, bajo la custodia de gendarmes, conducido a Barbastro, donde tuvo que pasar la noche en la cárcel del pueblo; de allí a Huesca, desde donde el gobernador, por orden telegráfica del ministro español de la Gobernación, hubo de remitirlo a Madrid. Según *The Daily News* del 24 de agosto, ha sido finalmente puesto en libertad.

Todos los procedimientos en Luchon y en los periódicos no fueron sino rastreros intentos del señor Thiers y Compañía para vengarse de mí, por ser yo el autor del manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil. Entre su venganza y mis hijas se interponía el pasaporte inglés, y el señor Thiers es tan cobarde en sus relaciones con las potencias extranjeras como inescrupuloso con sus compatriotas desarmados.

En cuanto a Cluseret, no creo que fuese un traidor, pero ciertamente se empeñó en desempeñar un papel para el cual le faltaba temple, y con ello causó un gran daño a la Comuna. Nada sé de su paradero. Y ahora, ¡adiós!

Su viejo amigo,

Karl Marx