1. FUNDACIÓN DE LA ASOCIACIÓN

El motivo inmediato para la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores fue la última insurrección polaca. Los obreros londinenses enviaron una delegación a Lord Palmerston con un llamamiento en el que le pedían que interviniera en favor de Polonia. Al mismo tiempo, dirigieron un manifiesto a los obreros de París, instándolos a emprender una acción conjunta.* Los parisinos respondieron enviando delegados a Londres. Para darles la bienvenida, se celebró una reunión pública en St. Martin’s Hall, Long Acre, el 28 de septiembre de 1864, en la que estuvieron representados en gran número británicos, alemanes, franceses, polacos e italianos.

Esta reunión dio nacimiento a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Aparte del objetivo político por el cual se había convocado, se planteó también el tema de las condiciones sociales generales. Puso de manifiesto que los obreros de todas las naciones tenían los mismos agravios, que estaban sometidos a los mismos males fundamentales en todos los países. Mostró que los intereses de todos ellos coincidían. Se eligió un Consejo Central provisional, luego rebautizado como Consejo General,˄ que fijó su sede en Londres y estaba compuesto por diversas nacionalidades. Al Consejo se le confió provisionalmente la administración central de la futura Asociación, la publicación del Manifiesto Inaugural (una especie de programa) y la redacción de los Estatutos Provisionales.©

a “Address of English to French Workmen”, The Bee-Hive Newspaper, Nº 112, 5 de diciembre de 1863.— Ed.

˄ En el original alemán, el nombre del Consejo General se da entre paréntesis en inglés y francés después del equivalente alemán.— Ed.

© K. Marx, “Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores”. “Estatutos Provisionales de la Asociación”.— Ed.

La unanimidad y el entusiasmo reinaron en la reunión. Cada nación estaba representada por hombres que le hacían honor. Como resultado, los obreros ingleses, que habían luchado contra las clases dominantes de manera independiente y sin dejarse influir por los movimientos políticos y sociales del resto de Europa desde 1824, cuando la legislatura se vio obligada a concederles el derecho de asociación,˄ salían ahora por primera vez de su aislamiento nacional y coincidían con los obreros de todas las naciones en la necesidad de una acción conjunta. De ahí el entusiasmo: la asamblea era consciente de que estaba dando inicio a una nueva era en el movimiento obrero.

2. DIFICULTADES EN EL PERÍODO INICIAL DE LA ASOCIACIÓN

Los movimientos nuevos no se crean de la noche a la mañana, incluso cuando están llamados a satisfacer una necesidad apremiante de la época. Para empezar, es esencial evitar los escollos en los que han naufragado tantas veces las organizaciones nuevas o que, como mínimo, las han desviado de su meta original y verdadera, pues representantes de formas declinantes del movimiento se suman al nuevo para convertirlo en vehículo de lo viejo. Este fue el caso aquí también. Los miembros italianos del Consejo Central provisional eran seguidores de Mazzini. Presentaron al Consejo Central un proyecto de Manifiesto Inaugural y de Estatutos Provisionales**% redactado por el propio Mazzini. En su manifiesto, Mazzini repetía su viejo programa político aderezado con un poco de fraseología socialista. Tronaba contra la lucha de clases. Sus Estatutos estaban formulados de manera estrictamente centralizada, aptos para sociedades políticas secretas. Desde el principio habrían destruido la base misma de una asociación internacional de los trabajadores que no había sido concebida para crear un movimiento, sino solo para unir y soldar el movimiento de clase ya existente y disperso de diversos países.

El nombre de Mazzini gozaba de gran prestigio en aquel tiempo entre los obreros ingleses, sobre todo desde la triunfal visita de Garibaldi a Londres.*”’ Por tanto, Mazzini confiaba bastante en poder apoderarse de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero había hecho la cuenta sin la huéspeda. Karl Marx, que había sido elegido para el Consejo Central provisional en la reunión de St. Martin’s Hall, presentó sus proyectos de Manifiesto Inaugural y Estatutos Provisionales en oposición a los de Mazzini. Ambos proyectos fueron adoptados por unanimidad y publicados, y los Estatutos Provisionales obtuvieron luego la aceptación definitiva en el Congreso de Ginebra de 1866.˄

Fue, pues, un alemán quien dio a la Asociación Internacional de los Trabajadores su tendencia y sus principios organizativos definidos. Y cabe también señalar que el Consejo Central en Londres ha sido confirmado repetidamente en sus funciones.

3. EL MANIFIESTO INAUGURAL DE KARL MARX?8

En la traducción más fiel posible del original inglés, el Manifiesto dice así:

Trabajadores,

Es un hecho grandioso que la miseria de las clases trabajadoras no haya disminuido de 1848 a 1864, y sin embargo este período no tiene igual en los anales de la historia por el desarrollo de su industria y el crecimiento de su comercio. En 1850, un órgano moderado de la burguesía británica, de información aparentemente superior a la media, predijo que si las exportaciones e importaciones de Inglaterra aumentaran un 50 por ciento, el pauperismo inglés se reduciría a cero.*” ¡Ay! El 7 de abril de 1864, el Sr. Gladstone˄ el Ministro de Hacienda británico, deleitó a su auditorio* con la declaración de que el comercio total de importación y exportación de Inglaterra había crecido en 1863 hasta 443.955.000 libras esterlinas, lo que equivalía aproximadamente al triple del comercio de la época relativamente reciente de 1843. Con todo, se vio obligado a referirse a la miseria social. Tuvo que hablar de aquellos que estaban al borde de la inanición, de salarios que no habían aumentado ni un solo penique, de vidas humanas que en nueve de cada diez casos no eran más que una lucha diaria por la existencia. No habló del pueblo de Irlanda, gradualmente reemplazado por la maquinaria en el norte y por los rebaños de ovejas en el sur, aunque incluso las ovejas en ese desdichado país están disminuyendo, si bien, es cierto, no a un ritmo tan rápido como los hombres. No repitió lo que acababa de ser revelado por los más altos representantes de los diez mil de arriba en un repentino acceso de terror. Cuando el pánico del garrote*” había alcanzado cierta altura, la Cámara de los Lores ordenó que se realizara una investigación y se publicara un informe sobre la deportación y la servidumbre penal. El crimen salió a la luz en el voluminoso Libro Azul de 1863,?*" y demostró, con hechos y cifras oficiales, que los peores de los criminales convictos, los siervos penales de Inglaterra y Escocia, trabajaban mucho menos y vivían mucho mejor que los trabajadores agrícolas de Inglaterra y Escocia. Pero esto no fue todo. Cuando, a consecuencia de la Guerra Civil en América, los obreros de Lancashire y Cheshire fueron arrojados a la calle, la misma Cámara de los Lores envió a los distritos manufactureros a un médico encargado de investigar la cantidad más pequeña posible de carbono y nitrógeno, suministrada en la forma más barata y simple, que pudiera bastar para evitar las enfermedades del hambre. El Dr. Smith, el comisionado médico del Parlamento, averiguó que 28.000 granos de carbono y 1.330 granos de nitrógeno eran la ración semanal que apenas bastaría para mantener a un adulto medio por encima del nivel de las enfermedades del hambre, y descubrió además que esta cantidad coincidía aproximadamente con el escaso alimento al que la presión de la miseria extrema había reducido realmente a los pobres obreros del algodón.* Pero aún hay más. Posteriormente, el mismo sabio Doctor fue nuevamente comisionado por el gobierno˄ para investigar la alimentación de la parte más pobre de la clase obrera. Los resultados de sus investigaciones se encuentran en el “Sixth Report on Public Health”, publicado por orden del Parlamento en el curso del presente año (1864).© ¿Qué descubrió el Doctor? Que los tejedores de seda, las costureras, los guanteros de cabritilla, los tejedores de medias y otros trabajadores recibían, en promedio, ni siquiera la ración de miseria de los obreros del algodón, ni siquiera la cantidad de carbono y nitrógeno “apenas suficiente para evitar las enfermedades del hambre”.

* Apenas necesitamos recordar al lector que, aparte de los elementos del agua y ciertas sustancias inorgánicas, el carbono y el nitrógeno forman las materias primas de la alimentación humana. Sin embargo, para nutrir el organismo humano, esos simples componentes químicos deben ser suministrados en forma de sustancias vegetales o animales. Las patatas, por ejemplo, contienen sólo carbono, mientras que el pan contiene sustancias carbonadas y nitrogenadas en la debida proporción. [Nota de Karl Marx.]

a Report of the Commissioners appointed to inquire into the operation of the acts (16 & 17 Vict. c. 99 and 20 & 21 Vict. c. 3) relating to transportation and penal servitude, Vols. I-II, London, 1863.— Ed.

˄ El original inglés dice “by the medical officer of the Privy Council”.— Ed.

© Public Health. Sixth Report of the Medical Officer of the Privy Council (1863), - Londres, 1864. Pp. 13-15 de este informe se citan a continuación.— Ed.

“Además”, citamos del informe, “en lo que respecta a las familias examinadas de la población agrícola, resultó que más de una quinta parte se hallaban con menos de la suficiencia estimada de alimentos carbonados, que más de un tercio estaban con menos de la suficiencia estimada de alimentos nitrogenados, y que en tres condados (Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire) la insuficiencia de alimentos nitrogenados era la dieta media local.” “Debe recordarse”, añade el informe oficial, “que la privación de alimentos se soporta con gran renuencia, y que, por regla general, una gran pobreza de dieta sólo se presenta cuando otras privaciones la han precedido.”... “Incluso la limpieza se habrá vuelto costosa o difícil, y si todavía hay esfuerzos decorosos por mantenerla, cada uno de esos esfuerzos representará punzadas adicionales de hambre. Estas son reflexiones dolorosas, especialmente cuando se recuerda que la pobreza a la que se refieren no es la pobreza merecida de la ociosidad; en todos los casos es la pobreza de poblaciones trabajadoras. En efecto, el trabajo que procura la escasa ración de alimentos es, en su mayor parte, excesivamente prolongado.”

Además, el informe revela el hecho extraño y bastante inesperado de que, de las cuatro divisiones del Reino Unido, a saber, Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, la población agrícola de Inglaterra, la división más rica, está considerablemente peor alimentada, pero que incluso los trabajadores agrícolas de Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire están mejor que grandes números de hábiles obreros fabriles del East End de Londres.*

Tales son las declaraciones oficiales publicadas por orden del Parlamento en 1864,˄ durante el milenio del libre comercio, en el momento mismo en que el Ministro de Hacienda decía a la Cámara de los Comunes que

“la condición media del trabajador británico ha mejorado en un grado que sabemos es extraordinario y sin ejemplo en la historia de ningún país ni de ninguna edad”.

* Nota del traductor. En el Prólogo de su libro recientemente publicado, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Von Karl Marx. Hamburg 1867, Marx observa con toda razón:

Las estadísticas sociales de Alemania y del resto de Europa Occidental continental están, comparadas con las de Inglaterra, compiladas de manera lamentable. Pero levantan el velo lo justo para dejarnos entrever la cabeza de Medusa que hay detrás. Nos horrorizaríamos del estado de cosas en nuestro propio país si, como en Inglaterra, nuestros gobiernos y parlamentos nombraran periódicamente comisiones de investigación sobre las condiciones económicas; si esas comisiones estuvieran investidas de los mismos plenos poderes para llegar a la verdad; si fuese posible encontrar para tal fin hombres tan competentes, tan libres de partidismo y respeto de personas como lo son los inspectores fabriles ingleses, sus informantes médicos de la salud pública, sus comisionados de investigación sobre la explotación de las mujeres y los niños, sobre la vivienda y la alimentación. Perseo llevaba un gorro mágico para que los monstruos que perseguía no lo vieran. Nosotros nos calamos el gorro mágico sobre los ojos y los oídos, fingiendo que esos monstruos no existen.» [Nota de Eichhoff.]

4 En el folleto de Eichhoff, erróneamente: «1863».— Ed.

6 Las citas que figuran aquí y a continuación proceden del discurso de Gladstone en la Cámara de los Comunes del 16 de abril de 1863 (véase The Times, n.º 24535, 17 de abril de 1863).— Ed.

Sobre estas congratulaciones oficiales cae, disonante, la seca observación del informe oficial de salud pública:

«La salud pública de un país significa la salud de sus masas, y las masas difícilmente estarán sanas si, hasta su base misma, no son al menos moderadamente prósperas.»

Deslumbrado por las estadísticas del «Progreso de la Nación» que bailaban ante sus ojos, el canciller de Hacienda exclama con desenfrenado entusiasmo:

«De 1842 a 1852, la renta imponible del país aumentó un 6 por ciento; en los ocho años de 1853 a 1861, ha aumentado, tomando como base la de 1853, ¡un 20 por ciento! ¡Es un hecho tan asombroso que resulta casi increíble!... Este embriagador incremento de riqueza y de poder —añade el señor Gladstone— está enteramente limitado a las clases propietarias!» 402

Si desean saber con cuántas víctimas de salud quebrantada, moral corrompida y ruina mental fue y está siendo producido ese «embriagador incremento de riqueza y de poder enteramente limitado a las clases propietarias» por las clases trabajadoras, miren el cuadro que cuelga en el último «Informe de Salud Pública»⁴ de los talleres de sastres, impresores y modistas. Compárese con el «Informe de la Comisión sobre el Empleo de los Niños» de 1863, donde se afirma, por ejemplo, que

los alfareros como clase, tanto hombres como mujeres, representan una población muy degenerada, tanto física como mentalmente, que el niño enfermizo se convierte a su vez en padre enfermizo, que el futuro estaba preñado de la extinción gradual de la raza, y que la degeneración de la población de Staffordshire sería aún mayor de no ser por el constante reclutamiento desde los condados vecinos y los matrimonios con razas más sanas.⁶

Échese un vistazo al Libro Azul del señor Tremenheere sobre los «Agravios de los cuales se quejan los oficiales panaderos»!* ¿Y quién no se ha estremecido ante la declaración aparentemente paradójica hecha por los inspectores de fábricas e ilustrada por el registrador general, de que los obreros de Lancashire, aun reducidos a una misérrima ración alimenticia, mejoraban de hecho su salud durante ese tiempo, debido a su exclusión temporal de la fábrica de algodón por la hambruna del algodón, y que la mortalidad infantil disminuía porque ahora, al fin, se permitía a las madres darles, en lugar del cordial de Godfrey, sus propios pechos?

¡Volvamos de nuevo la medalla! Las declaraciones del impuesto sobre la renta y propiedad presentadas a la Cámara de los Comunes el 20 de julio de 1864

⁴ La referencia es al Sexto Informe..., pp. 25-27, citado más arriba.— Ed.

⁶ Cf. Comisión sobre el Empleo de los Niños (1862). Primer Informe de los Comisionados, Londres, 1863, p. 24.— Ed.

\* Informe Dirigido al Principal Secretario de Estado de Su Majestad para el Departamento del Interior..., Londres, 1862.— Ed.

nos enseñan que a las personas con ingresos anuales tasados\* en 50.000 libras esterlinas y más se les sumaron, del 5 de abril de 1862 al 5 de abril de 1863, una docena más una, habiendo aumentado su número en ese solo año de 67 a 80. Las mismas declaraciones revelan el hecho de que unas 3.000 personas se reparten entre sí una renta anual de unas 25.000.000 de libras esterlinas, bastante más que el total de ingresos distribuidos anualmente entre la masa entera de los trabajadores agrícolas de Inglaterra y Gales. Ábrase el censo de 1861, y se encontrará que el número de los terratenientes de Inglaterra y Gales había disminuido de 16.934 en 1851 a 15.066 en 1861, de modo que la concentración de la tierra había crecido en 10 años un 11 por ciento. Si la concentración del suelo del país en pocas manos continúa al mismo ritmo, la cuestión de la tierra se simplificará singularmente, tal como ocurrió en el Imperio romano, cuando Nerón sonrió con sorna al descubrir que la mitad de la provincia de África pertenecía a seis caballeros.

Nos hemos detenido largamente en estos hechos, «tan asombrosos que resultan casi increíbles», porque Inglaterra encabeza la Europa del comercio y la industria. Se recordará que no hace mucho uno de los hijos desterrados de Luis Felipe felicitaba públicamente al trabajador agrícola inglés por la superioridad de su suerte sobre la de su compañero, menos rozagante, del otro lado del Canal. En efecto, con colores locales cambiados y en una escala algo reducida, los hechos ingleses se reproducen en todos los países industriosos y progresistas del Continente. En todos ellos ha tenido lugar, desde 1848, un desarrollo inaudito de la industria y una expansión insospechada de las importaciones y exportaciones. En todos ellos el aumento de la riqueza y del poder «enteramente limitado a las clases propietarias» fue realmente embriagador. En todos ellos, como en Inglaterra, una minoría de las clases trabajadoras obtuvo un cierto aumento de sus salarios reales; mientras que en la mayoría de los casos, dada la universal alza de los precios, el incremento monetario de los salarios no denotaba un aumento real de bienestar mayor que el que pudo obtener, por ejemplo, el interno del hospicio metropolitano o del orfanato, cuyos artículos de primera necesidad subieron de precio, según cálculos oficiales, de £7 7s. 4d. en 1852 a £9 15s. 8d. en 1861. En todas partes la gran masa de las clases trabajadoras se hundía a una profundidad inferior, al mismo ritmo, al menos, que aquellos que estaban por encima de ellas ascendían en la escala social. En todos los países de Europa se ha convertido ahora en una verdad demostrable para toda mente sin prejuicios, y solo negada por aquellos que tienen interés en encerrar a los demás en un paraíso de tontos, el hecho de que ninguna mejora de la maquinaria, ninguna aplicación de la ciencia a la producción industrial y agrícola, ningún auxilio ni artificio de la comunicación, ninguna colonia nueva, ninguna emigración, ninguna apertura de mercados, ningún librecambio, ni todas estas cosas juntas, acabarán con las miserias de las masas industriosas; sino que, sobre la falsa base actual, cada nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiene que tender a profundizar los contrastes sociales y a agudizar los antagonismos sociales. La muerte por inanición se elevó casi al rango de institución social, durante esta época embriagadora de progreso económico, en la metrópoli del Imperio británico. Esa época está marcada en los anales del mundo por el regreso acelerado, la amplitud creciente y los efectos más mortíferos de la peste social llamada crisis comercial e industrial.

Tras el fracaso de las revoluciones de 1848, todas las organizaciones de partido y todos los periódicos de partido de las clases trabajadoras fueron aplastados en el Continente por la férrea mano de la fuerza, los hijos más avanzados del trabajo huyeron desesperados a la república transatlántica, y los efímeros sueños de emancipación se desvanecieron ante una época de fiebre industrial, marasmo moral y reacción política. La derrota de las clases trabajadoras continentales\* no tardó en extender sus contagiosos efectos a este lado del Canal. Mientras la derrota de sus hermanos continentales enervaba a las clases trabajadoras inglesas y quebrantaba su fe en su propia causa, restauraba al terrateniente y al señor del dinero su confianza un tanto quebrantada. Insolentemente retiraron concesiones ya anunciadas. El descubrimiento de nuevas tierras auríferas provocó un éxodo inmenso, dejando un vacío irreparable en las filas del proletariado británico. Otros miembros del mismo, antes activos, fueron atrapados por el soborno temporal de mayor trabajo y salarios más altos, y se convirtieron en súbditos leales. Todos los esfuerzos realizados para mantener vivo o remodelar el movimiento cartista fracasaron de manera señalada; los órganos de prensa de la clase obrera murieron uno tras otro víctimas de la apatía de las masas, y, a decir verdad, nunca pareció la clase trabajadora inglesa tan enteramente reconciliada con un estado de nulidad política. Si, pues, no hubo una solidaridad de acción entre las clases trabajadoras británicas y las continentales, hubo, en todo caso, una solidaridad en la derrota.

\* En el original inglés sigue aquí la frase: «en parte debida a la diplomacia del Gobierno inglés, que actuaba entonces como ahora en solidaridad fraternal con el gabinete de San Petersburgo», omitida por Eichhoff.— Ed.

Y sin embargo, este período no careció de rasgos compensatorios. Señalaremos aquí solo dos grandes hechos.

Después de una lucha de treinta años, librada con la más admirable perseverancia, las clases trabajadoras inglesas, aprovechando una escisión momentánea entre los señores de la tierra y los del dinero, lograron sacar adelante la Ley de las Diez Horas. Los inmensos beneficios físicos, morales e intelectuales que de ahí se han derivado para los obreros fabriles, semestralmente consignados en los informes de los inspectores de fábricas, son ahora reconocidos por todas partes. La mayoría de los gobiernos continentales hubieron de aceptar el Acta fabril inglesa en formas más o menos modificadas, y el propio Parlamento inglés se ve cada año forzado a ampliar su esfera de acción. Pero, aparte de su importancia práctica, había algo más que exaltaba el maravilloso éxito de esta medida de los trabajadores. Por medio de sus hombres de ciencia más notorios, como el doctor Ure, el profesor Senior y otros sabios de ese jaez, la burguesía británica había predicho, y demostrado a satisfacción, que toda restricción legal de la jornada laboral habría de significar el toque de difuntos de la industria británica, la cual, como un vampiro, solo podía vivir chupando sangre, y sangre de niños además. En tiempos antiguos, el asesinato de niños era un rito misterioso de la religión de Moloch, pero se practicaba solo en ocasiones muy solemnes, quizá una vez al año, y además Moloch no mostraba preferencia exclusiva por los hijos de los pobres. Esta lucha en torno a la restricción legal de la jornada laboral se enconó tanto más cuanto que, aparte de la avaricia atemorizada, ponía realmente en juego la gran contienda entre la regla ciega de las leyes de la oferta y la demanda, que constituyen la economía política de la burguesía, y la producción social controlada por la previsión social, que constituye la economía política de la clase obrera. De ahí que la Ley de las Diez Horas no fuera solo un gran éxito práctico; fue la victoria de un principio; fue la primera vez que, a plena luz del día, la economía política de la burguesía sucumbió ante la economía política de la clase obrera.

Pero estaba reservada una victoria aún mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política de la propiedad. Hablamos del movimiento cooperativo, en especial de las fábricas cooperativas levantadas por los esfuerzos no auxiliados de unos pocos «manos» (hands) audaces.\* El valor de estos grandes experimentos sociales no puede ser exagerado. Con hechos, y no con argumentos, han demostrado que la producción en gran escala y de acuerdo con los dictados de la ciencia moderna,

\* Nota del traductor: En Inglaterra es costumbre designar a los obreros como hands (manos), mientras que las ovejas y los bueyes se cuentan por heads (cabezas). [Nota de Eichhoff.]

4 En el texto alemán de Eichhoff las palabras «hands» y «heads» figuran entre paréntesis junto a sus equivalentes alemanes.— Ed.

puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de los manos; que los medios de trabajo no necesitan ser monopolizados como medio de dominio sobre el obrero ni como medio de explotación; y que, al igual que el trabajo esclavo, al igual que el trabajo servil, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria e inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado, que maneja su herramienta con mano hábil, ánimo entusiasta y corazón alegre. En Inglaterra, las semillas del sistema cooperativo fueron sembradas por Robert Owen; los experimentos obreros ensayados en el Continente fueron, de hecho, el resultado práctico de las teorías, no inventadas, sino proclamadas en voz alta por la Revolución de 1848.

...puede llevarse a cabo sin la existencia de una clase de amos que emplee a una clase de brazos; que, para dar fruto, los medios de trabajo no necesitan ser monopolizados como medio de dominio sobre el trabajador mismo y de extorsión contra él; y que, al igual que el trabajo esclavo, al igual que el trabajo servil, el trabajo asalariado no es más que una forma transitoria e inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que empuña su faena con mano dispuesta, mente despierta y corazón alegre. En Inglaterra, las semillas del sistema cooperativo fueron sembradas por Robert Owen; los experimentos obreros intentados en el Continente fueron, de hecho, el resultado práctico de las teorías, no inventadas, sino proclamadas en voz alta, en 1848.

La experiencia del período de 1848 a 1864 ha demostrado fuera de toda duda que, por excelente que sea en principio y por útil que resulte en la práctica, el trabajo cooperativizado, si se lo mantiene dentro del estrecho círculo de los esfuerzos casuales de obreros privados, jamás podrá detener el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, ni emancipar a las masas, ni siquiera aliviar de manera perceptible el peso de sus miserias. Acaso sea esta la razón misma por la cual nobles plausibles, burgueses filantrópicos de verborrea y hasta economistas políticos agudos se han tornado de pronto nauseabundamente corteses con ese mismo sistema de trabajo cooperativizado al que en vano habían intentado cortar en cierne, ridiculizándolo como la utopía del soñador o estigmatizándolo como el sacrilegio del socialista. Para salvar a las masas industriosas, el trabajo cooperativizado debe desarrollarse hasta alcanzar dimensiones nacionales y, por consiguiente, ser fomentado por medios nacionales. Pero los señores de la tierra y los señores del capital se valdrán siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Lejos de promover la emancipación del trabajo, continuarán poniéndole toda clase de trabas. Recuérdese la mofa con que, en la última sesión, Lord Palmerston aplastó a los defensores del proyecto de ley sobre el derecho de los arrendatarios irlandeses. «La Cámara de los Comunes –exclamó– es una cámara de terratenientes.»** Conquistar el poder político ha venido a ser, por tanto, el gran deber de las clases trabajadoras. Ellas parecen haberlo comprendido, pues en Inglaterra, Alemania, Italia y Francia han tenido lugar resurgimientos simultáneos, y se realizan a la vez esfuerzos por la reorganización política del partido obrero.

Un elemento de éxito lo poseen: el número; pero el número no pesa en la balanza sino cuando está unido por la asociación y guiado hacia una meta conocida. La experiencia pasada ha mostrado cómo el menosprecio de ese vínculo de fraternidad que debe existir entre los trabajadores de los diferentes países, y que los incita a sostenerse firmemente unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, será castigado con el común descalabro de sus esfuerzos inconexos. Este pensamiento impulsó a los trabajadores de diversos países reunidos el 28 de septiembre de 1864, en asamblea pública en St. Martin’s Hall, a fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Otra convicción animaba aquella reunión.

Si la emancipación de las clases trabajadoras exige su concurso fraternal, ¿cómo podrán cumplir esa gran misión si la política exterior de los gobiernos persigue designios criminales, jugando con los prejuicios nacionales y dilapidando en guerras de piratería la sangre y la riqueza del pueblo? No fue la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica resistencia de las clases trabajadoras de Inglaterra, lo que salvó al Oeste de Europa de precipitarse de cabeza en una infame cruzada para la perpetuación y propagación de la esclavitud al otro lado del Atlántico. La desvergonzada aprobación, la simulada simpatía o la idiota indiferencia con que las clases altas de Europa han contemplado cómo la fortaleza montañosa del Cáucaso era entregada como presa, y la heroica Polonia asesinada, por Rusia; las invasiones sin resistencia de ese poder bárbaro, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuyas manos están en cada Gabinete de Europa, han enseñado a las clases trabajadoras el deber de dominar por sí mismas los misterios de la política internacional; de vigilar los actos diplomáticos de sus respectivos gobiernos; de contrarrestarlos, si es necesario, por todos los medios a su alcance; y, cuando no puedan impedirlos, de combinarse en denuncias simultáneas y reivindicar las sencillas leyes de la moral y la justicia, que deben gobernar las relaciones de los individuos privados, como reglas supremas del trato entre las naciones.

La lucha por esa política exterior forma parte de la lucha general por la emancipación de las clases trabajadoras.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

4. LOS ESTATUTOS DE LA ASOCIACIÓN 406

Siguen en la redacción final, esencialmente inalterada, tal como fue sancionada por el Congreso de Ginebra (1866):

Considerando,

que la emancipación de las clases trabajadoras debe ser conquistada por las clases trabajadoras mismas; que la lucha por la emancipación de las clases trabajadoras no significa una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por derechos y deberes iguales, y por la abolición de toda dominación de clase;

que el sometimiento económico del hombre que trabaja al monopolizador de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida, se halla en el fondo de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación mental y dependencia política;

que la emancipación económica de las clases trabajadoras es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio;

que todos los esfuerzos encaminados a ese gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre las múltiples divisiones del trabajo en cada país, y por la ausencia de un vínculo fraternal de unión entre las clases trabajadoras de los diferentes países;

que la emancipación del trabajo no es un problema local ni nacional, sino social, que abarca todos los países en que existe la sociedad moderna, y cuya solución depende del concurso práctico y teórico de los países más avanzados;

que el actual resurgimiento de las clases trabajadoras en los países más industriosos de Europa, al tiempo que suscita una nueva esperanza, advierte solemnemente contra una recaída en los viejos errores y llama a la combinación inmediata de los movimientos aún inconexos;

Por estas razones: —

El Primer Congreso Internacional de los Trabajadores declara que esta Asociación Internacional, así como todas las sociedades e individuos que a ella se adhieran, reconocerán la verdad, la justicia y la moral, como base de su conducta entre sí y hacia todos los hombres, sin consideración de color, credo o nacionalidad;

Este Congreso considera deber del hombre reclamar los derechos de hombre y de ciudadano, no sólo para sí mismo, sino para todo hombre que cumpla con su deber. ¡No hay derechos sin deberes, no hay deberes sin derechos! *”’;

Y en este espíritu han redactado los siguientes Estatutos de la Asociación Internacional: —

1. Esta Asociación se establece para proporcionar un medio central de comunicación y cooperación entre las Sociedades Obreras existentes en los diferentes países y que persigan el mismo fin, a saber: la protección, el progreso y la emancipación completa de las clases trabajadoras.

2. El nombre de la Sociedad será: «Asociación Internacional de los Trabajadores».

3. El Consejo General estará compuesto por trabajadores pertenecientes a los diferentes países representados en la Asociación Internacional. Elegirá de entre sus propios miembros a los funcionarios necesarios para el despacho de los asuntos, tales como un presidente, un tesorero, un secretario general, secretarios corresponsales para los distintos países, etc. El Congreso designa anualmente la sede del Consejo General, elige un número de miembros, con facultad para agregar otros a su número, y fija la fecha y el lugar de la reunión del siguiente Congreso. Los delegados se reúnen en la fecha y lugar designados sin necesidad de invitación especial. El Consejo General puede, en caso de necesidad, cambiar el lugar, pero no tiene facultad para aplazar la fecha de reunión.

4. En sus reuniones anuales, el Congreso General recibirá una cuenta pública de las actividades del Consejo General. En casos de urgencia, podrá convocar al Congreso General antes del término regular anual.

5. El Consejo General formará una agencia internacional entre las diferentes asociaciones cooperantes, de modo que los trabajadores de un país estén constantemente informados de los movimientos de su clase en cualquier otro país; que la investigación del estado social de los diferentes países de Europa se realice simultáneamente y bajo una dirección común; que las cuestiones de interés general suscitadas en una sociedad sean ventiladas por todas; y que, cuando sean necesarias medidas prácticas inmediatas, como, por ejemplo, en caso de querellas internacionales, la acción de las sociedades asociadas sea simultánea y uniforme. Siempre que parezca oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa de propuestas que someter a las diferentes sociedades nacionales o locales. Para facilitar las comunicaciones, el Consejo General publicará informes periódicos.

6. Dado que el éxito del movimiento obrero en cada país no puede asegurarse sino por el poder de la unión y la combinación, mientras que, por otra parte, la utilidad del Consejo General Internacional debe depender en gran medida de si tiene que tratar con unos pocos centros nacionales de asociaciones obreras o con un gran número de sociedades locales pequeñas e inconexas, los miembros de la Asociación Internacional emplearán sus mayores esfuerzos para combinar las sociedades obreras inconexas de sus respectivos países en cuerpos nacionales, representados por órganos centrales nacionales. Queda entendido, sin embargo, que la aplicación de este precepto dependerá de las leyes peculiares de cada país, y que, aparte de impedimentos legales, no se excluirá a ninguna sociedad local independiente de la correspondencia directa con el Consejo General.

7. Las distintas ramas y secciones, en sus lugares de residencia y hasta donde alcance su influencia, tomarán la iniciativa no sólo en todos los asuntos conducentes al mejoramiento general y progresivo de la vida pública, sino también en la fundación de asociaciones productivas y demás instituciones útiles a la clase trabajadora. El Consejo General las alentará de todas las maneras posibles.

8. Cada miembro de la Asociación Internacional, al trasladar su domicilio de un país a otro, recibirá el apoyo fraternal de los Trabajadores Asociados.

9. Toda persona que reconozca y defienda los principios de la Asociación Internacional de los Trabajadores es admitida a ser miembro. Cada rama es responsable de la integridad de los miembros que admita.

10. Cada sección o rama tiene el derecho de nombrar su propio secretario corresponsal.

11. Aunque unidas en un vínculo perpetuo de cooperación fraternal, las sociedades obreras que se adhieran a la Asociación Internacional conservarán intactas sus organizaciones existentes.

12. Todo cuanto no esté previsto en los presentes Estatutos será suplido por Reglamentos especiales, sujetos a la revisión de cada Congreso.

5. LA CONFERENCIA PRELIMINAR DE LONDRES, SEPTIEMBRE DE 1865 408

El Consejo Central (posteriormente denominado Consejo General) elegido en la reunión de St. Martin’s Hall había decidido celebrar el primer Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Bruselas a comienzos de septiembre de 1865. Más tarde, consideró desacertada esta decisión, porque, por una parte, no había habido tiempo suficiente para que la Asociación echara raíces más profundas, mientras que, por la otra, el Gobierno belga, que en materia de política interior acata las órdenes de París, renovó la ley que le permite expulsar a los extranjeros a su arbitrio.*” En lugar de un Congreso general en Bruselas, el Consejo Central convocó, pues, una conferencia preliminar en Londres. Sólo pudieron tomar parte en ella delegados de los pocos comités dirigentes del Continente.

La Conferencia de Londres determinó qué cuestiones se discutirían en el próximo Congreso general, en septiembre de 1866. Se eligió Ginebra como sede del Congreso.

6. EL CONGRESO DE GINEBRA, DEL 3 AL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1866^410

Sesenta delegados estuvieron presentes, de los cuales 45 eran miembros de 25 secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores y 15 lo eran de 11 sociedades adheridas.

Al comienzo de los debates se suscitó una acalorada discusión acerca del derecho a participar en el Congreso. Habían llegado de Francia numerosos miembros individuales de la Asociación que, si bien no podían presentar credenciales de ninguna sección, deseaban ser admitidos como delegados de las secciones de París y participar en las deliberaciones del Congreso. Alegaban que la legislación francesa les prohibía tener una organización regular. Algunos miembros apoyaron su demanda. En su opinión, la organización del Congreso no había sido completa ni definitiva, y por tanto no debían mostrarse demasiado estrictos ni escrupulosos, sino más bien admitir en las deliberaciones a todo miembro individual que suscribiera los principios de la Asociación. Los delegados británicos sostuvieron, sin embargo, que ellos habían acudido como representantes de ramas y sociedades cada una de las cuales contaba con muchos miles de miembros, y que sobre esa base reclamaban que se aplicara en el Congreso el sistema representativo; la admisión de individuos que no representaban a ningún cuerpo organizado menoscabaría la regla de la igualdad en las votaciones y perjudicaría los derechos de los delegados británicos. El Congreso decidió que el derecho a participar en los debates y en las votaciones se concediera exclusivamente a los delegados que pudieran presentar credenciales regulares.

Una vez comprobadas las credenciales, el Congreso procedió a elegir el Presídium y el Buró, y un miembro del Consejo General de Londres, el relojero Jung, fue elegido presidente. Condujo los debates subsiguientes con suma habilidad. Los fogosos franceses, que preferían oírse hablar a sí mismos antes que a los demás, dificultaron bastante la marcha de las deliberaciones, pero el tacto, la calma y la dignidad del presidente, respaldados por la actitud firme y sensata de los obreros ingleses y alemanes, se impusieron sobre toda amenaza de perturbación.

Nos llevaría demasiado lejos presentar aquí siquiera un breve resumen de los debates.* La discusión versó principalmente sobre las “Instrucciones para los Delegados del Consejo General Provisional”⁴, cuyas disposiciones fueron esencialmente aprobadas por el Congreso. Los puntos más importantes fueron los siguientes:

El § 1 de estas Instrucciones se ocupa de la organización de la Asociación Internacional. Los Estatutos Provisionales, expuestos más arriba y que habían resistido la prueba de dos años de práctica, se recomendaron para su adopción definitiva; se propuso Londres como sede del Consejo General para el año siguiente, y se sometió al Congreso la propuesta de elegir el Consejo General y un Secretario General con un salario semanal de 2 libras esterlinas como único funcionario remunerado de la Asociación.

El Congreso sancionó los Estatutos Provisionales, decidió que Londres continuara siendo la sede del Consejo General, confirmó al Consejo General provisional de Londres en sus funciones para el año administrativo de 1866 a 1867 y fijó la apertura del próximo congreso en Lausana para el primer lunes de septiembre de 1867.

El § 2 de las Instrucciones concierne a la ayuda internacional que la Asociación podría prestar a los obreros de todos los países en su lucha contra el capital. Esta cuestión, señala, abarca toda la actividad de la Asociación, cuyo objetivo es combinar y generalizar los hasta ahora dispersos esfuerzos de emancipación por parte de las clases trabajadoras en los distintos países. En un caso la Asociación podía ya reivindicar el mérito de haber contrarrestado con éxito las intrigas de los capitalistas, siempre dispuestos a utilizar al obrero extranjero como instrumento contra el obrero nativo en caso de huelgas. Es uno de los grandes propósitos de la Asociación hacer que los obreros de los diferentes países no solo sientan sino que actúen como hermanos y camaradas en el ejército de la emancipación. Como una combinación internacional más de esfuerzos se propuso llevar a cabo una “indagación estadística sobre la situación de las clases trabajadoras de todos los países, que será realizada por las mismas clases trabajadoras”. Para que tuviera éxito, se enumeraron las cuestiones más pertinentes en el esquema que se ofrece a continuación. Al iniciar una obra tan grande, los obreros demostrarán su capacidad para tomar su propio destino en sus propias manos. Por tanto, se proponía que todas las ramas de la Asociación comenzaran inmediatamente el trabajo y que el Congreso invitara a todos los obreros de Europa y de los Estados Unidos de América a colaborar reuniendo los elementos de la estadística de la clase obrera; que todos los informes y testimonios se remitieran

* En el periódico Der Vorbote. Politische und sociale Zeitschrift, que se publica desde 1866 como órgano central de la sección de lengua alemana de la Asociación Internacional de los Trabajadores bajo la redacción de Joh. Phil. Becker, por la editorial de la Asociación en Pré-l’Évêque 33, Ginebra, se hallan informes detallados sobre las sesiones de todos los congresos de la Asociación. [Nota de Eichhoff.]

4 K. Marx, “Instrucciones para los Delegados del Consejo General Provisional. Las Diferentes Cuestiones”.— Ed.

13*

al Consejo General, el cual los elaboraría en un informe general, añadiendo los testimonios como apéndice, y que ese informe junto con su apéndice se publicara después de haber recibido la sanción del Congreso.

El esquema general de indagación propuesto contiene los siguientes puntos, que, por supuesto, pueden modificarse para adaptarse a las circunstancias locales:

1. Ramo industrial, nombre.

2. Edad y sexo de los empleados.

3. Número de los empleados.

4. Sueldos y salarios: (a) aprendices; (b) salarios por jornada o por trabajo a destajo; (c) escala pagada por intermediarios. Promedio semanal, anual.

5. (a) Horas de trabajo en las fábricas. (b) Las horas de trabajo en los pequeños talleres y en el trabajo a domicilio, si el negocio se lleva a cabo en esas distintas modalidades. (c) Trabajo nocturno y trabajo diurno.

6. Horas de comida y trato.

7. Clase de taller y de trabajo: hacinamiento, ventilación deficiente, falta de luz solar, empleo de luz de gas, limpieza, etc.

8. Naturaleza de la ocupación.

9. Efecto del empleo sobre la condición física.

10. Condición moral. Educación.

11. Estado del ramo: si el trabajo es estacional o está distribuido de manera más o menos uniforme a lo largo del año, si las mercancías están sujetas a grandes fluctuaciones de precio, si están expuestas a la competencia extranjera, si se destinan al consumo interior o a la exportación, etc.?

Estas propuestas del Consejo General fueron adoptadas por el Congreso por unanimidad, y la indagación estadística y la valoración de su propia condición por los obreros han proseguido de manera constante desde entonces.

El § 3 de las Instrucciones concierne a la limitación de la jornada laboral. Esta, dice, es una condición preliminar sin la cual todos los intentos ulteriores de mejora y emancipación están condenados a fracasar. Es necesaria para restaurar la salud y las energías físicas de la clase obrera —es decir, del gran cuerpo de toda nación—, así como para asegurarles la posibilidad de desarrollo intelectual, trato sociable y acción social y política. Por esta razón, el Congreso debería declararse en favor de una limitación legal de la jornada laboral a ocho horas. Siendo esta limitación una reivindicación general de los obreros de los Estados Unidos,* el voto del Congreso la elevaría a plataforma común de las clases trabajadoras en todo el mundo. El trabajo nocturno debe permitirse solo en casos excepcionales, en ramos y sectores especificados por la ley, con la tendencia a suprimir gradualmente todo trabajo nocturno. Esta propuesta, sin embargo, se refería

únicamente a las personas adultas de 18 años o más, varones o mujeres, aunque estas últimas debían ser rigurosamente excluidas de todo trabajo nocturno cualquiera que fuese, así como de toda clase de trabajo nocivo para la delicadeza del sexo o que expusiera sus cuerpos a efectos venenosos y de otra índole deletérea.

El Congreso accedió a estas propuestas con una mayoría de 50 votos contra 10. La minoría estaba compuesta por aquellos delegados franceses que se contentaban con una limitación legal de la jornada laboral a 10 horas.

El § 4 de las Instrucciones ataca el mal social del “trabajo de los jóvenes y de los niños (de ambos sexos)” en su misma raíz.

Se admite que la tendencia de la industria moderna a hacer que niños y jóvenes de ambos sexos cooperen en la gran obra de la producción social es una tendencia progresiva, sana y legítima, aunque bajo el capital haya sido desfigurada hasta convertirse en una abominación. En un estado racional de la sociedad, todo niño de 9 años debería empezar a convertirse en un trabajador productivo, de modo que ningún adulto apto para el trabajo tuviera que ser eximido de la ley general de la naturaleza, que dice: trabajo para poder comer, y trabajo no solo con el cerebro sino también con las manos.

Por el momento, sin embargo, el Congreso se ocupa únicamente de la población trabajadora. Aquí distingue tres clases de niños y jóvenes de ambos sexos, cada una de las cuales ha de ser tratada de manera diferente: la primera clase abarca de los 9 a los 12 años, la segunda de los 13 a los 15 y la tercera de los 16 a los 17. Se propuso que el empleo de la primera clase en cualquier taller o trabajo a domicilio se limitara legalmente a dos horas, el de la segunda a cuatro y el de la tercera a seis horas de trabajo, y que para la tercera clase se estableciera legalmente una pausa de al menos una hora para las comidas o el descanso.

Se dijo que era deseable comenzar la instrucción escolar elemental antes de los 9 años, pero el Congreso se ocupó aquí únicamente de los antídotos indispensables contra las tendencias de un sistema social que degrada al obrero a mero instrumento para la acumulación de capital y obliga a los padres, por la necesidad de ganarse el sustento, a vender a sus propios hijos. Hay que reivindicar el derecho de los niños y de los jóvenes. Ellos no pueden actuar por sí mismos. Por tanto, es deber de la sociedad velar por su bienestar.

Si la burguesía y la aristocracia descuidaban sus deberes hacia su descendencia, era por su propia culpa. Compartiendo los privilegios de esas clases, el niño también se veía condenado a sufrir sus prejuicios.

El caso de la clase obrera era muy distinto. El obrero no era un agente libre. En demasiados casos —lamentablemente—, era incluso demasiado ignorante para comprender los verdaderos intereses de su hijo o las condiciones normales del desarrollo humano. La parte más ilustrada de la clase obrera, sin embargo, comprendía perfectamente que el porvenir de su clase, y por tanto de la humanidad, dependen enteramente de la formación de la generación obrera que se levanta. Los obreros sabían perfectamente que, ante todo, había que salvar a los niños y a los jóvenes trabajadores de los efectos aplastantes del actual sistema de trabajo. Esto solo podía lograrse convirtiendo la razón social en fuerza social y, en las circunstancias dadas, no existía otro método para hacerlo que a través de leyes generales impuestas por el poder del Estado. Si la clase obrera apoyaba al gobierno en la aplicación de tales leyes, con ello no reforzaría en lo más mínimo el poder gubernamental. Por el contrario, transformaría ese poder, usado ahora contra ella, en su propio instrumento. Mediante un acto general alcanzaría lo que en vano habría intentado con una multitud de esfuerzos individuales aislados.

Partiendo de esta posición, el Congreso declaró que no se debía permitir que ningún padre ni ningún patrono empleara trabajo de los jóvenes, salvo cuando estuviera combinado con la educación.

Por educación se debían entender tres cosas:

Primera, educación intelectual.

Segunda, educación corporal, tal como la que se imparte en las escuelas de gimnasia y mediante el ejercicio militar.

Tercero, la formación tecnológica, que imparte los principios generales de todos los procesos de producción, y al mismo tiempo inicia al niño y al joven en el uso y manejo prácticos de los instrumentos elementales de todos los oficios.

Un curso gradual y progresivo de formación mental, gimnástica y tecnológica debería corresponder a la clasificación de los trabajadores juveniles. Los gastos de las escuelas tecnológicas deberían cubrirse en parte mediante la venta de sus productos.

La combinación del trabajo productivo remunerado, la educación mental, el ejercicio corporal y la formación politécnica, elevaría a la clase obrera muy por encima del nivel de las clases alta y media.

Se daba por sentado que el empleo de todas las personas hasta los 17 años inclusive* en trabajo nocturno y en todos los oficios perjudiciales para la salud debería ser estrictamente prohibido por ley.

* 4a El original inglés dice: «all persons from [9] and to 17 years (inclusively)».— Ed.

El Congreso estuvo unánimemente de acuerdo con estas explicaciones, y añadió una resolución en el sentido de que la formación técnica de los jóvenes debía ser tanto de naturaleza práctica como teórica, para que en las proyectadas escuelas tecnológicas no se formaran capataces y contramaestres, sino obreros.

7. EL CONGRESO DE LAUSANA, DEL 2 AL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1867

A este Congreso acudieron sesenta y cuatro delegados, entre los cuales el elemento alemán estuvo representado por 25 miembros.

Se prescindió de toda ceremonia inaugural, y el Congreso procedió de inmediato a elegir la Presidencia y la Mesa. Eugène Dupont, miembro del Consejo General y delegado de la sección francesa de Londres, fue elegido para presidir, y se desempeñó ágilmente en sus deberes nada sencillos. Se vio fortalecido en su tarea por el comportamiento magnífico de la asamblea. No hubo que limar asperezas, ni rebatir pronunciamientos impropios, ni registrar mociones inoportunas. También esta vez la dificultad de conducir los debates en tres lenguas (inglés, alemán y francés) fue felizmente superada, como lo había sido en el primer congreso.

Lo más importante en este Congreso fueron los informes de las secciones individuales y de las sociedades afiliadas sobre los éxitos efectivos y el crecimiento de la Asociación. Nos llevaría demasiado lejos si reprodujéramos, aunque fuera en esbozo, el contenido de estos interesantísimos informes, y tanto más podemos prescindir de ello aquí cuanto que la expansión actual de la Asociación será tratada en una sección posterior. Las actas oficiales del Congreso de 1867 han sido publicadas en francés por Chaux-de-Fonds, Imprimerie de la Voix de l’Avenir.*

* 4 Rapports lus au Congrès ouvrier réuni du 2 au 8 septembre 1867 a Lausanne, Chaux-de-Fonds, 1867.— Ed.

Indicativo del espíritu del Congreso fue lo siguiente:

Gaspare Stampa, de Milán, delegado del Consejo Central de las asociaciones obreras italianas, que abarca 600 sociedades obreras y tiene su sede en Nápoles, anunció en la sesión del 4 de septiembre que Garibaldi pasaría por Lausana camino del Congreso de la Paz en Ginebra; propuso que el Congreso nombrara una diputación que fuera a Villeneuve a saludar a Garibaldi en nombre del Congreso, y a invitarle a visitar el Congreso en su calidad de presidente honorario de las mencionadas asociaciones obreras italianas. Otros delegados se opusieron a esta moción. Por popular que sea Garibaldi, un Congreso que representa a la clase obrera no podía rendir homenaje a ningún individuo en particular. Si, no obstante, Garibaldi deseaba ocupar su puesto en el Congreso como presidente honorario de las asociaciones obreras italianas, sería tan cordialmente recibido como cualquier otro delegado. Una vez despachada la moción de Stampa, el Congreso pasó al orden del día.

La celebración casi simultánea del Congreso internacional de la Paz*'* en Ginebra (del 9 al 12 de septiembre), en el que muchos miembros del Congreso Obrero pensaban participar a título privado, obligó a este último a definir su posición respecto a la Liga de la Paz en Ginebra. Esto se hizo mediante la siguiente resolución, calurosamente aplaudida *:

“Considerando que el peso de la guerra gravita más pesadamente sobre la clase obrera que sobre cualquier otra clase de la sociedad, porque no sólo se la despoja de sus medios de subsistencia, sino que es también la clase a la que se hace derramar más sangre en ella;

“Considerando que el peso de la llamada paz armada gravita tan pesadamente sobre el obrero como el de la guerra, al consumir las mejores energías del pueblo en trabajo improductivo y destructivo;

“Considerando, en fin, que cualquier remedio radical de este mal exige alterar las condiciones sociales imperantes, que descansan en la explotación de una parte de la sociedad por otra,

“El Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores declara su completa y enfática adhesión a la Liga de la Paz constituida en Ginebra el 7 de septiembre, y a sus esfuerzos en interés y por el mantenimiento de la paz, y exige no sólo que se aboliera la guerra, sino también que se disolvieran los ejércitos permanentes, y que en su lugar se constituyera una alianza universal y libre de los pueblos sobre la base de la reciprocidad y la justicia, pero con la condición de que las clases obreras fueran emancipadas de su condición no libre y oprimida y de la discriminación social, y de que se pusiera fin a la lucha mutua de las clases mediante la rectificación de las contradicciones existentes.”

* a Adresse collective au Congrès de la paix a Genève, de la part des Travailleurs réunis en Congres a Lausanne.— Ed.

El Congreso Obrero de Ginebra de 1866 había sido objeto de animados debates en la prensa francesa, especialmente en la de París y Lyon. Los grandes periódicos de Londres, sin embargo, lo habían pasado en el más absoluto silencio. No ocurrió lo mismo con el Congreso de Lausana un año después. The Times envió a su propio corresponsal. Es más, publicó artículos editoriales sobre la Asociación Internacional de los Trabajadores,” y su ejemplo fue seguido por los diarios y semanarios de toda Inglaterra. Después de que The Times marcara la pauta, los demás periódicos tampoco consideraron ya indigno de su dignidad dedicar no

* 5 «The International Working Men’s Congress (From a Correspondent). Lausanne», The Times, Nos. 25909, 25911, 25912, 25913, September 6, 9, 10, 11, 1867.— Ed.

sólo gacetillas, sino incluso largos editoriales a la cuestión obrera. Todos discutieron el Congreso Obrero. Era natural que muchos periódicos trataran el tema con un tono de superioridad e ironía. Porque toda empresa tiene su lado cómico además de lo sublime, ¿y cómo podría el Congreso Obrero con sus locuaces franceses estar completamente libre de él? Pero a pesar de todo, la prensa inglesa en conjunto ha tratado el Congreso de manera muy decorosa. Incluso The Manchester Examiner, que es de hecho el órgano de John Bright y la Escuela de Manchester,*” lo retrató en un editorial pertinente como un acontecimiento importante y que marcaba época. Cuando se lo comparaba con su hermanastro, el Congreso de la Paz, la comparación resultaba siempre favorable al hermano mayor. En el Congreso Obrero discernían una tragedia amenazante y fatídica, mientras que en el otro no veían más que farsa y burlesque.

8. LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES, LOS SINDICATOS Y LAS HUELGAS

Con la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores comenzó una nueva era para los sindicatos ingleses. Anteriormente, estaban absortos exclusivamente en la lucha por los salarios y el tiempo de trabajo, y se hallaban constreñidos por la estrechez de miras del sistema gremial medieval.

Los sindicatos no sólo son un cuerpo plenamente lícito, sino también reconocido por el gobierno, sancionado por una ley del Parlamento en 1825» y exigido por los conflictos cotidianos entre el trabajo y el capital. Su propósito es defender los intereses de los obreros frente a los patronos y capitalistas. Su ultima ratio es la huelga,‘ cuya legalidad está consagrada en la mencionada ley del Parlamento a condición de que se evite toda perturbación directa de la paz y no se intente ninguna restricción forzosa del comercio“. Bajo la protección de esta ley, los sindicatos se han extendido por todos los distritos fabriles de Inglaterra y, en virtud de su número, organización y fondos, se han convertido en un cuerpo poderoso que

» An Act to repeal the Laws relating to the combinations of Workmen, and to make other Provisions in lieu thereof.— Ed.
‘ En el original alemán los términos ingleses «Strikes» y «Gréves» aparecen entre paréntesis después de sus equivalentes alemanes.— Ed.
“ En el original alemán los términos ingleses «breach of the peace» y «restraint of trade» aparecen entre paréntesis después de sus equivalentes alemanes.— Ed.

se enfrenta a los patronos y se hace respetar por ellos, y hace sentir su influencia de muchas maneras diferentes. Han sobrevivido a todos los períodos de reacción política, a todas las contra-tretas de los maestros y capitalistas, a todas las escaseces y crisis comerciales de las pasadas décadas, y tienen la misma importancia para la organización de la clase obrera que la fundación de las comunas en la Edad Media tuvo para las clases medias de la sociedad burguesa, como Karl Marx ha demostrado ya en 1847 en su obra contra Proudhon, titulada Misère de la Philosophie. Réponse à la Philosophie de la Misère par M. Proudhon (París 1847).*

* K. Marx, Miseria de la filosofía. Respuesta a la «Filosofía de la miseria» del señor Proudhon.— Ed.

Ahora se ha hecho evidente para estos sindicatos que, por un lado, sin saberlo, son un medio para organizar a la clase obrera, y que junto a sus objetivos inmediatos y del momento no deben olvidar el objetivo general de conquistar la completa emancipación política y social de la clase obrera. Por otro lado, igualmente se les ha hecho patente que ningún éxito último era posible sin la combinación internacional y que, por su propia naturaleza, el movimiento obrero trascendía las fronteras estatales y nacionales.

Por eso se formuló y adoptó la siguiente resolución en la gran conferencia de delegados de los sindicatos del Reino Unido, en Sheffield, en 1866+”:

“Que esta conferencia, apreciando plenamente los esfuerzos realizados por la Asociación Internacional para unir en un vínculo común de fraternidad a los obreros de todos los países, recomienda encarecidamente a las diversas sociedades aquí representadas la conveniencia de afiliarse a ese cuerpo, creyendo que ello es esencial para el progreso y la prosperidad de toda la comunidad obrera.” P

+ b Report of the Conference of Trades’ Delegates of the United Kingdom..., Sheffield, 1866.— Ed.

El London Trades’ Council,“7? que es el cuerpo central de los sindicatos de Inglaterra, había ya por entonces concertado un acuerdo con el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Londres. El secretario del Trades’ Council, el Sr. Odger, era y sigue siendo también miembro del Consejo General de la Asociación Internacional. Sólo a partir de entonces las actividades de los sindicatos en Inglaterra cobraron un carácter universal, que se hizo evidente muy pronto cuando tomaron parte directa por primera vez en el movimiento político. Cuán exitosos fueron es

Es un hecho conocido. Después de la caída del gabinete Russell-Gladstone en junio de 1866, parecía que la reforma parlamentaria se pospondría indefinidamente. Los líderes tories declararon, con el estridente aplauso de la mayoría, que no era necesaria reforma alguna. En ese punto, los obreros tomaron las riendas del movimiento. Se convocaron grandes asambleas de masas en Londres, Birmingham, Manchester, Glasgow, Bristol y otras ciudades, en las que los sindicatos participaron por derecho propio. El Trades’ Council prestó su apoyo a la Liga por la Reforma, el órgano rector del movimiento. En pocos meses se alcanzó la victoria, y el gobierno tory se vio obligado a iniciar la reforma parlamentaria.

Tanto en Inglaterra como en el continente, los años 1866 a 1868 fueron especialmente abundantes en huelgas por parte de los obreros y en lock-outs fabriles por parte de los capitalistas.* La razón común de ello fue la crisis de 1866 y sus secuelas. La crisis paralizó la especulación. Las grandes empresas se paralizaron, y aquellos empresarios que, debido a la cambiante situación del mercado monetario, no pudieron hacer frente a los compromisos financieros que habían contraído en la época en que la especulación alcanzaba su punto álgido, se vieron forzados a la bancarrota. El estancamiento de todas las empresas comerciales llegó a un punto que solo era superado por la extraordinaria abundancia de oro en los bancos de Inglaterra y Francia. Y el oro se había acumulado en los bancos porque ya no encontraba uso alguno para fines comerciales. Esto condujo a una paralización general del comercio y a un descenso general de los precios. Sólo los víveres, en particular el pan, la necesidad más vital de los obreros, habían subido de precio a causa de las malas cosechas de 1866 y 1867. Y precisamente en medio de esta escasez general sobrevino la calamidad de la crisis universal, que se hizo sentir sobre los obreros mediante la reducción del tiempo de trabajo y la baja de los salarios por parte de los patronos. De ahí las numerosas huelgas y lock-outs. Ocurría, además, que las leyes contra las coaliciones obreras acababan de ser derogadas en Francia y en otros países del continente.**' Indudablemente, también habían surtido un efecto moral las resoluciones de los congresos obreros de Ginebra y Lausana, efecto reforzado por la conciencia que en todas partes tenían los obreros de que

* Lock-out: cierre temporal de fábricas enteras y de todos los talleres de una rama industrial, instrumento de los capitalistas para obligar a los obreros a aceptar salarios bajos. | Nota de Eichhoff.]

podían contar con el poderoso respaldo de la Asociación Internacional.

Pero aquella parte de la prensa burguesa europea que denunciaba a la Asociación Internacional de los Trabajadores por incitar estos conflictos se equivocaba. En ninguna parte inició la Asociación huelga alguna, y se limitó meramente a intervenir allí donde el carácter de los conflictos locales justificaba su intervención y requería que pasara a la acción.

En concreto, intervino en tres casos importantes, aprovechando además la oportunidad para hacer una propaganda exitosa de sus principios.

Primero, unas observaciones generales sobre la táctica de la Asociación durante las huelgas obreras inglesas, en las que se había requerido su cooperación. De ello da cuenta el “Tercer Informe Anual”* que el Consejo General de Londres presentó ante el Congreso de Lausana, y que dice:

“Solía ser una amenaza corriente de los capitalistas británicos, no sólo en Londres, sino también en las provincias, cuando sus obreros no se sometían dócilmente a sus dictados arbitrarios, la de suplantarlos mediante la importación de extranjeros. En la mayoría de los casos, la mera posibilidad de que tales importaciones se produjeran bastaba para disuadir a los obreros británicos de insistir en sus reivindicaciones. La acción emprendida por el Consejo General ha tenido por efecto poner fin a que estas amenazas se profieran públicamente. Cuando se planea algo por el estilo, ha de hacerse en secreto, y la más mínima información obtenida por los obreros basta para frustrar los planes de los capitalistas. Por regla general, cuando estalla una huelga o un lock-out en alguno de los oficios afiliados, se instruye de inmediato a los corresponsales continentales de la Asociación para que adviertan a los obreros de sus respectivas localidades que no contraigan compromiso alguno con los agentes de los capitalistas del lugar donde se desarrolla el conflicto. Sin embargo, esta acción no se limita a los oficios afiliados. La misma acción se emprende en favor de otros oficios cuando se recibe una solicitud al efecto.”

Efectivamente, así fue como se frustraron las maniobras de los capitalistas ingleses durante las huelgas relacionadas con los lock-outs de talleres y fábricas de excavadores de ferrocarriles, conductores y maquinistas, obreros del zinc, trefiladores, leñadores, etc. En algunos casos, como la huelga de los cesteros de Londres, los capitalistas habían introducido clandestinamente obreros de Bélgica y Holanda. Sin embargo, tras un llamamiento del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, estos últimos hicieron causa común con los obreros ingleses.

Aún mayores servicios prestó a cierto grupo de obreros el comité administrativo de la Asociación en París. En

* “Tercer Informe Anual de la Asociación Internacional de los Trabajadores”. En el original, al título inglés le sigue entre paréntesis su traducción al alemán.— Ed.

Roubaix, los fabricantes de cintas introdujeron en sus fábricas reglamentos penales arbitrarios que, naturalmente, se traducían sobre todo en deducciones de salario. El resultado inevitable de este sistema de multas fue el despido de los obreros que protestaban contra él, y el lock-out condujo a una revuelta y a una intervención armada de las autoridades.**” Aquí, sin embargo, intervino el Consejo Central de la Asociación Internacional en París y demostró que los fabricantes se habían hecho culpables de quebrantar la ley con sus reglamentos, erigiéndose en legisladores, jueces y gendarmes por su propia cuenta. Como resultado, el gobierno francés se vio obligado a declarar que cualquier reglamento fabril privado, en la medida en que no fuera puramente administrativo sino que impusiera multas, era ilegal y constituía una usurpación manifiesta.

Los casos decisivos y más importantes de intervención de la Asociación Internacional de los Trabajadores fueron, sin embargo, los tres siguientes:

1. Cierre de los talleres de bronce de París en febrero de 1867

La gran importancia fundamental de este conflicto era la siguiente:

Los sindicatos acababan de ser legalmente autorizados en Francia. Los broncistas, un colectivo de aproximadamente 5.000 personas, fueron los primeros en aprovecharlo y en formar un sindicato según el modelo inglés a comienzos de 1866. Naturalmente, desde el principio esta asociación fue una espina clavada en el costado de los maestros, y estos decidieron destruirla en la primera ocasión. Esta ocasión se presentó en febrero de 1867, cuando el sindicato se vio obligado a intervenir en nombre de sus miembros y a exigir a cinco de los maestros que cumplieran sus directrices. De inmediato, los capitalistas formaron una coalición que exigió a sus obreros que dimitieran del sindicato o abandonaran los talleres. Esto culminó en un lock-out de unos 1.500 broncistas por parte de 87 patronos.

En este caso, por tanto, pendía de un hilo la existencia de este importante factor del movimiento en Francia.

Al comienzo del lock-out, el sindicato de broncistas contaba con un fondo de 35.000 francos. Decidió pagar a cada obrero despedido 20 francos semanales y obtener un préstamo de los sindicatos ingleses para este fin, a través de los buenos oficios de

la Asociación Internacional, contra un reembolso mensual de 5.000 francos.

Los obreros vencieron gracias al apoyo moral y pecuniario del Consejo General de Londres, que obtuvo las contribuciones deseadas de los sindicatos ingleses, y gracias también a la intervención del Consejo Central de París de la Asociación Internacional, que persuadió a los demás sindicatos de Francia para que prestaran un vigoroso apoyo a los broncistas.

Además de la trascendencia social de que los obreros franceses salieran victoriosos con ayuda de sus hermanos ingleses, el caso tiene su importancia internacional, de la cual dice lo siguiente el Courrier français del 24 de marzo de 1867¹:

“M. Thiers dijo que no es concebible ninguna política nueva en las relaciones internacionales. Sin embargo, acaba de producirse un hecho notable y en modo alguno aislado que, procediendo del pueblo, anuncia algo realmente nuevo.

“No podemos saber si el enconado odio, centenario y casi inhumano, entre ingleses y franceses sigue arraigado en el seno de una parte de ambas naciones. Pero el hecho de que el proletariado inglés ofrezca alianza y asistencia pecuniaria a los broncistas de París para apoyarlos en una cuestión de empleo y salarios es un síntoma de una política nueva que los viejos partidos no comprenden ni pueden comprender.”

2. La huelga de Ginebra en la primavera de 1868*

Mientras que el caso de los broncistas de París concernía a la existencia de los sindicatos en Francia, el caso aquí afectaba a la

* Una descripción detallada de esta huelga se da en el siguiente folleto: Die internationale Arbeiterassociation und die Arbeitseinstellung in Genf im Frühjahr 1868. Von Joh. Phil. Becker. Deutsche Verlagshalle, Pré-l’Évêque 33, Ginebra, 1868. Se recomienda encarecidamente a los obreros que lean este libro que adquieran tanto el folleto del esforzado Joh. Phil. Becker —cuyo producto se destina exclusivamente a cubrir los gastos ocasionados por el apoyo a la huelga— como la revista mensual Vorbote. Joh. Phil. Becker es él mismo de origen obrero y ha luchado por la clase obrera con la espada, la palabra y la pluma durante toda su vida con la mayor abnegación y entrega. Veterano del movimiento obrero, es tan enérgico como original en su pensamiento, y merece el reconocimiento de toda la clase obrera, en contraste con los actuales petits grands hommes⁵ de “virtud saciada y moralidad solvente”⁶ que se están abriendo paso por doquier en los círculos obreros. Es el alma y la vida del movimiento obrero internacional en Suiza y ha logrado, de hecho, enrolar también a todos los elementos alemanes que hasta ahora se adherían a la Asociación en la propia Alemania. [Nota de Eichhoff.]

¹ V. Huriot, “M. Thiers a dit qu’en matière de relations internationales, il n'y avait point de politique nouvelle...”, Le Courrier français, núm. 12, 24 de marzo de 1867.— Ed.

⁵ Pequeños grandes hombres.— Ed.

⁶ Heinrich Heine, Neue Gedichte: Romanzen 7, Anno 1829.— Ed.

existencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores en el continente.”

El conflicto entre la Asociación Internacional de los Trabajadores y una parte de los patronos de Ginebra estalló y se desarrolló de la siguiente manera.

Ya desde agosto de 1867 se manifestaban signos de profundo descontento por su situación entre los obreros de la construcción de Ginebra. Una asamblea general de los obreros de la construcción, celebrada el 19 de enero de 1868, acordó elegir un comité conjunto que entablara negociaciones con los patronos y, mediante un acuerdo amistoso, obtuviera la reducción de la jornada laboral de 12 a 10 horas y un aumento salarial del 20 por ciento. Se redactó un memorándum y se remitió a todos los maestros. En lugar de deferir a las peticiones de los obreros, los patronos formaron una contracoalición y convocaron una asamblea general de maestros de la construcción para el 18 de marzo, rechazando su comité provisional las reiteradas propuestas del comité obrero de mantener conversaciones amistosas entre delegados de ambas partes antes de que se celebrara la asamblea general.

Esta actitud del comité provisional de los maestros mostró a los obreros lo que debían esperar de la próxima asamblea general de patronos. Su comité declaró que había fracasado en su tarea de negociar un entendimiento con el comité de los maestros, y en la tarde del 14 de marzo solicitó al Comité Central de Ginebra de la Asociación Internacional de los Trabajadores que tomara cartas en el asunto y mediara para un acuerdo.

Era deber de la Asociación atender a este requerimiento. Designó una comisión de tres ciudadanos ginebrinos, cuyos intentos privados de mediación, sin embargo, tampoco dieron resultado. Por consiguiente, el 20 de marzo, después de que la asamblea general del 18 hubiera constituido finalmente una asociación patronal, la comisión cursó una invitación pública a los «Sres. contratistas de obras» para que acudieran a una reunión el 23 de marzo. Al día siguiente aparecía en los periódicos una respuesta pública en la que, en nombre de la asamblea general del 18 de marzo, se comunicaba a la comisión de la Asociación Internacional que la asamblea general de los patronos había resuelto, con sólo tres votos en contra, no entablar negociación alguna con ella.

En la mañana del 23 de marzo, la comisión designada por la Asociación Internacional dio a conocer este estado de cosas en carteles murales, advirtiendo que, si para la noche de aquel día no se lograba un resultado favorable y se desvanecían todas las perspectivas de un entendimiento amistoso con los patronos, haría tocar los tambores y convocaría una asamblea general de todas las secciones de la Asociación Internacional. A las seis de la tarde se dio la señal, y los miembros de la Asociación acudieron en tropel desde todos los puntos a la Rue du Rhône, donde el sindicato tenía sus locales. La burguesía fue presa del pánico. Se cerraron tiendas y casas, se pusieron a buen recaudo las cajas de caudales, y a los empleados de algunos de los comptoirs* se les entregaron armas y municiones. Entretanto, la Asociación, con 5.000 hombres, marchó en perfecto orden hasta el campo de tiro, donde la anunciada asamblea general discutió la gravedad de la situación y garantizó por unanimidad a los obreros de la construcción el apoyo de la Asociación Internacional. Después de esto, no fue la Asociación Internacional, sino los órganos directivos de los sindicatos de oficio los que, en medio de las atronadoras aclamaciones de sus miembros y de sus entusiastas manifestaciones de apoyo, declararon la huelga de los tallistas de bloques, albañiles, estuquistas y pintores de brocha gorda en Ginebra. Acto seguido, la concurrencia se dispersó sin ruido. A las nueve de la noche, Ginebra ya había recobrado su aspecto habitual.

* Oficinas. — N. de la ed.

La noticia de la huelga, que había sido inevitable, fue comunicada al Consejo General de la Asociación Internacional en Londres y a los consejos de administración de Bruselas, París y Lyon el 25 de marzo; se les pidió un apoyo urgente, porque la sección ginebrina de la Asociación había sido sorprendida por la huelga, cuya magnitud excedía sus capacidades.

Entretanto, los patronos tampoco perdieron el tiempo en invitar obreros por su cuenta, principalmente del Tesino y del Piamonte. Pero éstos eran conducidos a los locales de la Asociación Internacional en cuanto llegaban, y allí se les informaba del estado de cosas y se los ganaba para la causa de los huelguistas.

De por sí se entiende que durante este tiempo la Asociación Internacional fue objeto de los ataques más salvajes y de las acusaciones más venenosas. El Journal de Genève marcó la pauta y fue respaldado con el mayor vigor por la Neue Zürcher Zeitung, la Neue Freie Presse<sup>b</sup> de Viena y otros órganos de la burguesía radical, liberal y conservadora. Como resultado de la enérgica actuación del Consejo Central de Ginebra, la causa de la huelga pasó completamente a segundo plano, mientras que la Asociación Internacional era empujada al primer plano del movimiento.

El 28 de marzo, la asociación patronal fijó carteles fechados el 26 de marzo, en los que los patronos prometían considerar los agravios de los obreros con toda ecuanimidad, les prevenían contra el despotismo y las amenazas de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que, según decían, se mantenía con dinero extranjero y había instigado la huelga, les recordaban el anterior entendimiento mutuo y amistoso y les exhortaban a volver al trabajo individualmente y de buena fe; los patronos se complacerían en mejorar la suerte de los obreros y, por el momento, les concederían una jornada laboral de 11 horas. Si, contra lo esperado, no atendían a esta invitación, los patronos se verían obligados, por su parte, a cerrar también los talleres de aquellos ramos de la construcción que todavía no se habían sumado a la huelga.

Todas las tentativas de llegar a un entendimiento fracasaron porque los patronos no querían tratar con los delegados de la Asociación Internacional, y como ningún obrero individual se presentó a trabajar, el cierre patronal amenazado se llevó a efecto el 30 de marzo, y se cerraron los talleres de ebanistas, carpinteros y hojalateros. El efecto moral que este cierre tuvo sobre los obreros de Ginebra lo ilustra mejor el hecho de que varios sindicatos que antes se habían mantenido alejados de la Asociación Internacional constituyeron secciones y solicitaron su ingreso. Así, los carroceros, talabarteros, guarnicioneros, tapiceros, limadores, curtidores y otros. Durante esos pocos días, la Asociación ganó mucho más de mil nuevos miembros.

Obreros ocupados en el ramo de la joyería, como orfebres, relojeros, torneros de cuencos y grabadores, que con pocas excepciones son todos ciudadanos de Ginebra, celebraron el 30 de marzo una asamblea a la que asistieron más de 2.000 personas y resolvieron como un solo hombre aplicar todos los medios morales y materiales para ayudar a llevar la causa de los trabajadores de la construcción a la victoria. En relación con la Asociación Internacional, la asamblea se pronunció de manera terminante contra la falsa y maliciosa afirmación de que los obreros de Ginebra estaban siendo sometidos a una presión tiránica por una sociedad extranjera.

Si hasta entonces la Asociación Internacional se había aplicado diligentemente a resolver el conflicto, ahora, al fracasar todas las tentativas de entendimiento, se trataba de obtener medios para una mayor duración de la huelga. El Comité Central de la Asociación Internacional en Ginebra tenía que sostener a unos 3.000 obreros y a sus familias, carga que los obreros ginebrinos no podían soportar por sí solos de manera concebible.

Pero las contribuciones ya afluían de todas partes. Ante todo, hay que tributar el más vivo reconocimiento a los obreros ginebrinos y a sus sindicatos por su espíritu de sacrificio. Puede afirmarse, sin exageración, que los obreros ocupados de Ginebra compartieron su pan con los que estaban sin trabajo. Y no sólo cada cual aportaba voluntariamente una parte de su salario; las cajas de ahorro y los fondos de socorro de los sindicatos contribuyeron con sumas que oscilaban entre 500 y 5.000 francos. Tampoco faltaron los sindicatos de otras ciudades suizas ni las sociedades obreras alemanas en Suiza. Llegaron contribuciones de Alemania: Hannover (Unión Obrera), Hamburgo (Sociedad de Cultura Obrera), Schwerin (obreros de la construcción), Rostock, Kaukehmen, Solingen, Mannheim (Sindicato de Sastres), Esslingen (Sociedad de Cultura Obrera), Munich (Sociedad de Cultura Obrera) y otras ciudades. Particularmente activos fueron, sin embargo, el Consejo General de la Asociación Internacional en Londres y sus comités administrativos de Bruselas y París. A principios de abril, el Consejo General ya estaba en condiciones, a pesar de las dificultades formales que había tenido que superar para obtener sumas mayores, de prometer al Comité Central de Ginebra, por lo menos, 40.000 francos mensuales sólo de Inglaterra hasta la culminación victoriosa de la huelga, en parte como préstamo y en parte como subvención. Y por los buenos oficios de los comités administrativos de Bruselas y París llegaron considerables contribuciones de los sindicatos de esas dos ciudades, por ejemplo, 2.000 francos de los tipógrafos, 1.500 francos de los hojalateros de París, etc.

Los patronos vieron entonces que su plan de rendir por hambre a los obreros había fracasado. Pero como habían jurado no tratar con el Consejo Central de la Asociación Internacional, lo hizo en su nombre el señor Camperio, presidente del Consejo de Estado y jefe del Departamento de Justicia y Policía de Ginebra. Éste notificó al Comité Central de la Asociación el 8 de abril que enviara delegados de todos los oficios de la construcción a su despacho con miras a alcanzar un entendimiento. Ya al tercer día de las negociaciones se llegó a un acuerdo. Los patronos concedieron a los obreros una reducción del tiempo de trabajo en 1 hora y, en algunos casos, en 2 horas, así como un aumento salarial del 10 por ciento.

En la tarde del mismo día (11 de abril), el señor Camperio dio a conocer en carteles que el conflicto entre los obreros y los patronos había sido resuelto por mediación suya, que la huelga debía considerarse terminada y que el trabajo se reanudaría el lunes (13 de abril).

La Asociación Internacional de los Trabajadores tampoco perdió tiempo en anunciar el feliz término de la huelga en carteles murales y, al tiempo que agradecía a los obreros su valiente conducta durante las semanas de lucha, les exhortaba a olvidar todo lo ocurrido y a acudir al trabajo el lunes con buen ánimo.

Para la Asociación Internacional de los Trabajadores el conflicto se saldó con una masiva adhesión de obreros en Suiza.

3. El sangriento conflicto entre el gobierno belga y los mineros de Charleroi (marzo de 1868)

Bélgica es un paraíso para la burguesía. Su Constitución es el ideal de un Estado burgués modélico. Su gobierno es el agente de la burguesía, representante de la dominación del capital. Nada más natural allí que el más mínimo choque entre los intereses del capital y del trabajo precipite un conflicto que culmine en una solución sangrienta a base de pólvora y plomo.*

Cuanto más resueltamente se ocupa allí la Asociación Internacional de los Trabajadores de la causa de los oprimidos y perseguidos, tanto más necesario parece ofrecer una exposición exhaustiva de las causas de los disturbios obreros en la cuenca carbonífera de Charleroi.

Entre las industrias nacionales de los diversos países, el carbón y el hierro figuran a la cabeza. Ambas industrias forman un todo orgánico. Sin carbón no pueden funcionar ni las fundiciones ni los altos hornos, y para las minas de carbón, los hornos y las fundiciones son también el consumidor más importante. Cualquier conmoción en una de estas industrias, por tanto, se deja sentir al instante en la otra, y una crisis metalúrgica, que periódicamente se repite como todas las crisis, repercute de manera inmediata y directa en el precio del carbón.

El país que la naturaleza ha favorecido más en lo tocante al carbón y al hierro es Inglaterra. Allí, tanto el carbón como el hierro se encuentran bastante próximos a la superficie y pueden extraerse con poco esfuerzo. Francia, en cambio, es la más desheredada, pues apenas produce carbón propio y sus fundiciones dependen del carbón inglés o prusiano. Pero aunque para Francia la importación de carbón extranjero constituye una necesidad económica, somete a la Bélgica productora de carbón a una competencia sumamente desagradable, porque Inglaterra y Prusia (con una vía fluvial a lo largo del Rin y sus afluentes) se hallan en una posición más ventajosa en lo que respecta al transporte, y porque los costos de transporte influyen sobre el precio local del carbón.

El precio general del carbón en cada país, por otro lado, depende de los salarios que se pagan por su extracción. En efecto, la relevancia internacional de este factor salta a la vista a causa de la diferencia en la cantidad de tiempo de trabajo que se consume en los distintos países para producir la misma cantidad de carbón. Los salarios, asimismo, son tan distintos como el tiempo de trabajo, y en Inglaterra son cuando menos un 26 por ciento más altos que en el continente.*

Las implicaciones para los obreros de las minas de los diferentes países son las siguientes:

Siempre que una crisis del hierro y del acero u otro factor comercial desfavorable deprime el precio del carbón, los propietarios de minas intentan reducir los salarios. Pero, sabiendo que los salarios son ya tan bajos que cualquier nueva reducción constituye una dureza que puede, en determinadas circunstancias, como un período de escasez, llevar al obrero a la desesperación, se ven obligados a buscar un pretexto plausible.

⁽b⁾ Véase Neue Freie Presse, núms. 1286 (suplemento), 1288, 1291, del 29 y 31 de marzo y del 3 de abril de 1868. — N. de la ed.

Por regla general, sólo existen dos excusas de este tipo, una aplicable únicamente a Inglaterra y la otra sólo al continente.

La excusa plausible del propietario de minas inglés son los bajos salarios en el continente.

La excusa plausible del propietario de minas continental es el bajo precio y la competencia del carbón inglés.

A qué aprietos sociales han quedado reducidos los mineros del carbón belgas en estas circunstancias lo describe vívidamente el siguiente artículo* en el Demokratisches Wochenblatt**:

“A duras penas cabe imaginar una situación más lamentable que la del minero del carbón belga. Reducido a la condición de máquina industrial, ha sido despojado de todos los derechos y deberes sociales. No es más que un bien mueble que figura en el inventario del propietario de minas junto a los caballos, burros, herramientas y demás material de trabajo. Es un hecho. Una compañía minera se considera más rica cuando tiene en sus manos un mayor número de trabajadores. Cuando establece una colonia obrera por ‘razones humanitarias’, la ganancia directa es como máximo del 2 al 3 por ciento. Pero la ganancia indirecta es inconmensurablemente mayor, pues la compañía adquiere un número adicional de trabajadores completamente dependientes de la mina para su subsistencia, asegurando así el funcionamiento de la mina bajo cualquier circunstancia. Sería más apropiado llamar al minero del carbón siervo o esclavo

* Según cálculos de Richard Whiting. Para determinar cuánto peor estaban los obreros en Francia que sus colegas en Inglaterra, supuso que, teniendo en cuenta la diferencia en el precio de los artículos de primera necesidad en ambos países, el obrero llegaba tan lejos con 5 francos en Francia como con 5 chelines (es decir, 6 francos) en Inglaterra. Esto arrojaba una diferencia del 16 2/3 por ciento debida únicamente a las discrepancias de precios. Habiendo identificado de esta sencilla manera francos y chelines como valores iguales para ambos países, Whiting comprobó además que los salarios en Francia eran cuando menos un 10 por ciento inferiores a los de Inglaterra, mientras que los salarios en Francia, Bélgica y la Prusia renana eran aproximadamente iguales. [Nota de Eichhoff.]

** Demokratisches Wochenblatt, órgano del Partido Popular Alemán, Leipzig, impreso y publicado por C. W. Vollrath. Su redactor jefe es Wilhelm Liebknecht. [Nota de Eichhoff.]

a “Die Lage der belgischen Kohlenarbeiter”, Demokratisches Wochenblatt, núms. 20 y 21, 16 y 23 de mayo de 1868.— Ed.

antes que un hombre libre, título que los economistas burgueses le aplican con tanta generosidad.

“Entre todas las clases trabajadoras, los mineros del carbón belgas llevan el estigma de la esclavitud más marcadamente que los demás. Ignorancia, embrutecimiento, degradación física y moral: ésos son los tristes efectos de la dominación irrestricta del capital en una industria que en sí misma es probablemente más envilecedora para el hombre que ninguna otra. Por supuesto, la burguesía se complace en atribuir la miseria del minero del carbón a sus propios defectos y vicios arraigados, a su falta de previsión, frivolidad y disipación. Sabiamente, evita remontarse al origen del caso, no sea que revele las causas y circunstancias que inevitablemente producen una condición que no puede encontrar alivio en una vana compasión, pero que es de interés general remediar, y lo antes posible.

“Entre las razones específicas que convierten al minero del carbón en una máquina de carne y hueso, la principal es la naturaleza y las condiciones del trabajo mismo, y luego también la extraordinaria duración de la jornada laboral. Y es una ley económica del actual sistema social que las horas de trabajo tienden a aumentar en la misma proporción en que el trabajo tiende a hacerse continuamente más duro.

“El trabajo del minero del carbón es puramente físico; no exige esfuerzo mental alguno. Su cerebro permanece casi por completo ocioso. Privadas de todo estímulo, sus aptitudes mentales quedan en un estado elemental, inerte, aletargado. En consecuencia, su mentalidad es de una estrechez extrema. Así como su actividad es puramente física, sus necesidades y gustos son también de naturaleza puramente física y embrutecida.

“La degradación intelectual y moral del minero del carbón no es nada sorprendente si se atiende a la naturaleza de su oficio. Considerando los efectos ruinosos del esfuerzo físico que desfigura su cuerpo, es de hecho bastante imposible que sus hábitos y su moral no entren en conflicto con la razón.

“El valor del minero del carbón se mide exclusivamente por sus músculos; la inteligencia no cuenta para nada, porque no se necesita. No hace falta ni habilidad ni talento ni educación para trabajar en una mina; la sola fuerza física basta. Una breve descripción de las diversas operaciones en una mina de carbón mostrará al lector que bajo el actual sistema económico es imposible que el minero se mejore ni física, ni mental, ni moralmente.

“El trabajo en una mina se divide generalmente del siguiente modo: los ouvriers à veine cortan el carbón de la veta, los bouteurs lo llevan a la galería, y los chargeurs à la taille lo cargan en vagonetas o cestas. Los seléneurs arrastran las cestas hasta los pozos, donde el carbón es izado a la superficie. Los coupeurs de voies, los releveurs y los meneurs de terres excavan pozos y galerías, y extraen la tierra y las piedras. Todos estos trabajos se realizan a la tenue luz de una pequeña lámpara, en una atmósfera insalubre y cargada de polvo. Para hacer su labor, el minero del carbón tiene que adoptar posturas forzadas, ya sea tumbado de costado o arrodillado, agachado o doblado penosamente, y a menudo sólo puede deslizarse a gatas para avanzar o retroceder. Todo esto hace que su condición sea peor, más penosa, que la de un cavador o un jornalero del campo, cuyos trabajos, aunque son también de naturaleza enteramente manual, se realizan al menos al aire libre y a la luz del día.

“¿Es de extrañar, por tanto, que el minero del carbón se encuentre a un nivel mental y moral tan bajo? ¿Cómo puede un hombre que trabaja diariamente de 15 a 18 horas en un agujero oscuro y sin ventilación conservar siquiera un rastro de las cualidades que distinguen al ser humano de la bestia? La criatura mejor organizada y con las más felices aptitudes espirituales está condenada a degenerar rápidamente bajo un régimen semejante, que busca destruir las capacidades del individuo. Hoy en día ya no se puede negar la influencia del cuerpo sobre el espíritu, de lo físico sobre lo moral. El estado físico del individuo suele ser un indicio del mental. El informe de la Cámara de Comercio de Mons de 1844, documento oficial, retrata al minero del carbón en los siguientes términos: ‘Estos obreros son pálidos de rostro ya en su juventud, su cuerpo está encorvado, son patizambos y su andar es lento. Casi sin excepción, llevan el sello de una senilidad prematura a la edad de 40 a 50 años.’

“Bidaut, ingeniero de minas, escribía en un informe oficial de 1843: ‘Es del todo indiscutible que esta ocupación (la del minero del carbón), que priva de la luz del sol, somete a inhalar gases distintos del aire puro, obliga al cuerpo a adoptar posturas antinaturales, expone a peligros constantes, etc., es de tal índole que aparta al hombre lo más lejos posible de las condiciones normales de vida, y debería por tanto ser objeto de regulaciones especiales. Para mí esto está fuera de toda duda.’

“Lo que era cierto en 1843 lo sigue siendo en 1868. La condición física y moral del minero del carbón, aunque quizá no haya empeorado, sin duda no ha mejorado. Lejos de haberse reducido, la jornada laboral se ha alargado desde entonces, y los salarios, aun prescindiendo de la actual disminución de los negocios, siguen siendo los mismos mientras el precio de los víveres ha subido. Aunque se han introducido mejoras considerables en la minería, los obreros no han sacado ningún provecho de ellas. Si, por ejemplo, el minero ya no baja a la mina y sube de nuevo por escaleras, el tiempo y la energía ahorrados benefician al patrono, porque se realiza más trabajo. El efecto de todo esto es que el minero carece de flexibilidad mental, que desprecia la escolarización y la educación por considerarlas propias de ‘ociosos’, que no envía a sus hijos a la escuela y se entrega a los placeres y diversiones más groseros. Mientras el propietario de la mina tiene interés en mantener al minero en este estado embrutecido, se ve ayudado por una multitud de pequeños negocios que obtienen ganancias exclusivamente de los obreros y que, por tanto, dejarían de ser rentables si el obrero fuese sobrio, prudente y previsor. Tienden trampas al minero a cada paso para separarlo de su último céntimo. ¡Y qué fácil es seducir a gentes que carecen de la menor escolarización y cuya capacidad mental está en hibernación!

“Este estado de cosas no puede ni debe continuar. Es inútil apelar a las obligaciones de la humanidad; son impotentes contra las leyes de la economía burguesa. Pero la burguesía se engaña gravemente si piensa que puede reducir a los obreros a siervos y bestias sin verse ella misma afectada por las consecuencias morales de ello. Basta con mirar a la burguesía de las regiones carboníferas y de las ciudades fabriles. ¿De dónde provienen el desprecio por la cultura, por el saber, y la falta de pensamiento independiente fuera de los límites de sus empresas, y de dónde esa grosera ansia de placer que distingue al burgués? Es exactamente igual que con los plantadores y esclavistas de los Estados Unidos. Allí eran la esclavitud y el trabajo esclavo lo que causaba la desmoralización. También aquí efectos semejantes parecen justificar la conclusión de que las causas son las mismas. Cuanto más bajo se empuja al obrero, tanto más bajo se hunde su amo tras él; éste se corrompe moralmente con la misma seguridad que aquel a quien ha dejado de considerar como un ser humano.

“Los obreros mismos han hallado un remedio contra los males que sufren por la industria privada y que cubren retroactivamente el cuerpo de la sociedad de llagas supurantes. Ese remedio es la educación y la cooperación. Sólo una reducción de la jornada laboral puede poner los beneficios de la ilustración y la educación al alcance del obrero. Sólo la participación en los beneficios del capital puede librarlo de la miseria a la que hoy está expuesto sin defensa.

“El mejoramiento moral y material del obrero es una cuestión de justicia social y de bien público. No hay manera de resolver esta cuestión que no sea la educación pública y la creación de sociedades cooperativas. Corresponde al Estado poner en marcha estos remedios, fomentarlos y apoyarlos. Se destruirá a sí mismo si contempla ociosamente cómo los efectos del sistema económico burgués corrompen y erosionan la sociedad.”

En febrero de 1867 ya habían tenido lugar disturbios entre los mineros de Marchienne, que sólo pudieron ser sofocados por la fuerza armada. La causa fueron las carestías reinantes, en particular el alto precio del pan debido a la mala cosecha de 1866. Haciendo un llamamiento a los obreros ingleses para que contribuyeran a sostener a las familias de las desafortunadas víctimas de la masacre, el Consejo General de la Asociación Internacional dirigió el siguiente llamamiento a principios de marzo de 1867*:

CONSEJO CENTRAL DE LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

18, Bouverie Street, E.C., Londres A los mineros y obreros del hierro de Gran Bretaña

Compañeros trabajadores: Hace apenas unos días que *The Times* ª pronosticaba la ruina y la destrucción de la industria siderúrgica británica si los sindicalistas se obstinaban en no trabajar por debajo de un cierto precio. Los belgas —se decía—, con carbón barato y salarios bajos, acapararían el comercio tanto en el mercado interior como en el exterior. Dos individuos, Creed y Williams, se explayaban en *The Times* ᵇ sobre la dicha de los patronos belgas del carbón y del hierro, libres de las molestas leyes fabriles y de los sindicatos; los mineros y siderúrgicos belgas trabajaban contentos con sus mujeres e hijos de 12 a 14 horas diarias por menos de lo que sus iguales británicos recibían por una jornada de diez horas. Sin embargo, no se había secado aún la tinta de lo impreso cuando llegó la noticia de que aquellos seres tan contentos se habían sublevado. La siderurgia —dice *L’Economiste belge*— lleva algún tiempo trastornada a causa del elevado precio del carbón y del escaso rendimiento de las minas. El mismo periódico afirma: «La ignorancia de la población minera es tan profunda, su brutalidad tan grande, su manera de gastar el dinero tan desordenada y tan imprevisora, que los salarios más altos serían insuficientes». Y no es de extrañar. La responsabilidad recae sobre quienes los mantienen en una faena más embrutecedora que la de las bestias, de la cuna a la tumba.

A principios de febrero se pararon tres altos hornos en los alrededores de Marchienne; los demás patronos del hierro anunciaron de inmediato una rebaja de salarios del diez por ciento; los patronos del carbón de Charleroi siguieron el ejemplo, y eso que *L’Economiste belge* dice que el carbón nunca había estado más solicitado ni a mayor precio que en ese momento. «El atentado» ͨ ᵈ ͤ se vio agravado por un alza simultánea del precio de la harina, pues los patronos del carbón y del hierro son también los propietarios de los molinos harineros del distrito. Muchos de los trabajadores se exasperaron y, al no estar organizados ni tener la costumbre de deliberar sobre sus asuntos comunes, carecían de un plan de acción que los guiase.

Se concentraron en los caminos principales y fueron de un lugar a otro para impedir el paso a quienes estuviesen dispuestos a trabajar con la rebaja. Los mineros del carbón de Charleroi llegaron a un molino harinero custodiado por cien soldados cuyos fusiles estaban cargados con cartuchos de bala. Esto provocó un ataque, cuyo resultado fue: muertos, heridos y presos. Estas pobres víctimas, provocadas y maltratadas, han dejado tras los sepulcros y los muros de la prisión a familias que se hallan en la mayor indigencia. En Bélgica nadie se atreve a decir una palabra en su favor. Por errados y descaminados que estuvieran estos hombres en cuanto a su línea de conducta, cayeron en aras de la causa del trabajo, y quienes han dejado atrás merecen simpatía y apoyo. Una cierta ayuda pecuniaria para las viudas y los huérfanos, así como la influencia moral que ello produciría, si llegara del extranjero, levantarían los ánimos decaídos de toda la clase y podrían conducir a comunicaciones e intercambios de opinión que dieran a nuestros hermanos del continente una mejor idea de cómo han de librarse las batallas del trabajo y de qué organización y educación necesita el ejército combatiente.

El Consejo Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores os exhorta a tomar este caso en consideración, pues la causa de los trabajadores de un país es la de los trabajadores de todos los países.

George Odger, Presidente
J. George Eccarius, Vicepresidente
R. Shaw, Secretario

A pesar de su propia y penosa situación, los mineros y siderúrgicos de Gran Bretaña respondieron de buen grado y calurosamente al llamamiento que se les dirigió. He ahí la razón por la cual la influencia de la Asociación Internacional sobre la población trabajadora de Bélgica fue aumentando constantemente, hasta que en el distrito de Charleroi se produjeron, en marzo de 1868, acontecimientos que le abrieron el paso en toda Bélgica y decidieron su superioridad social.²

La razón de los disturbios obreros de este año fue la siguiente.

Se había producido una superproducción considerable de carbón. En Bélgica, el consumo de carbón había disminuido, en parte a causa de la crisis monetaria y financiera general de 1866, que ocasionó una crisis del hierro y del acero que afectó principalmente a las ferrerías y a la industria de altos hornos de Francia y Bélgica, y en parte debido a la competencia del carbón prusiano frente al belga. De hecho, los propietarios de minas belgas habían formado una coalición para hacer subir el precio de su carbón. Pero entonces los propietarios de las ferrerías y altos hornos encontraron más beneficioso traer el carbón del extranjero. Y para protegerse contra los aumentos de precio concertaron contratos con varios años de antelación. Para los propietarios de minas se trataba ahora de reparar el daño que su propia codicia les había causado y, sobre todo, de reducir la producción. Mencionemos de pasada que una gran parte de las minas de carbón belgas son explotadas por sociedades anónimas que poseen grandes haberes y que en los años anteriores habían distribuido enormes dividendos entre sus accionistas. Los propietarios y directores de las minas decidieron ahora reducir la semana laboral a cuatro días, lo que significó para los trabajadores una pérdida del 33⅓ por ciento de su salario habitual. Cuando esto tampoco logró restablecer el equilibrio entre la oferta y la demanda, los patronos del carbón decidieron reducir el precio del carbón. Pero para no tener que rebajar los dividendos de sus accionistas, redujeron en otro 10 por ciento los salarios, que ya estaban rebajados al 66⅔ por ciento de lo normal. Sin embargo, justamente en ese momento el precio de los víveres más indispensables era más alto que nunca a causa de las dos malas cosechas de 1866 y 1867. Los mineros del carbón, medio muertos de hambre y ya dolorosamente afectados por sus jornadas de ociosidad forzosa, protestaron contra la rebaja salarial que los condenaba al hambre. La huelga se hizo general y se extendió por todo el distrito de Charleroi. El hambre y la miseria empujaron a los miserables a la rebelión y al pillaje, pues de otro modo las mujeres no se habrían, por decirlo así, puesto a la cabeza de las multitudes de obreros, marchando al frente y sosteniendo pértigas a las que habían clavado unos miserables harapos.

Fue entonces cuando los capitalistas dejaron intervenir al gobierno y a las fuerzas militares, y provocaron de la manera más deliberada sangrientos conflictos en los que muchos trabajadores resultaron muertos, heridos o arrojados a la cárcel. El primer choque ocurrió el 25 de marzo en las inmediaciones de Charleroi. Los obreros estaban a punto de acceder a las bienintencionadas súplicas de un oficial que les rogaba que se disolvieran, cuando una piedra fue lanzada y alcanzó al mayor al mando, dándole a este un pretexto para abrir fuego. Siete muertos y trece heridos fue el saldo de aquel primer choque, al que siguieron otros con la gendarmería y la caballería. En Arsimont, los gendarmes y el procurador público comparecieron en el lugar incluso antes de que se hubiera producido acto alguno de violencia, efectuando detenciones entre obreros que apenas acababan de declarar una huelga. Inmediatamente tras la policía llegaron los soldados, que se abalanzaron sin más sobre el grupo de trabajadores que regresaban a casa desde la mina.

En la historia moderna, solo las escenas de carnicería y derramamiento de sangre durante el levantamiento de los negros en Jamaica pueden compararse con estas atrocidades. Aquí, como en Jamaica, los capitalistas celebraron sangrientas orgías. Aquí, como en Jamaica, esperaban quebrantar lo que quedaba del espíritu de resistencia y de la propia dignidad de los trabajadores mediante actos de brutalidad extrema. El tono alegre, insolente y humorístico que adoptaban mientras se deleitaban en su *terreur blanche*¹ puede apreciarse, entre otros, en el siguiente pasaje de su órgano, *L’Indépendance belge*, del 1 de abril de 1868:

«El país está inundado de tropas, y a medida que estas se retiran, todos los individuos señalados como cabecillas, así como todos aquellos generalmente conocidos como peligrosos, serán puestos entre rejas. Es una medida prudente exigida por las circunstancias... Las detenciones van acompañadas de un aparatoso despliegue militar de pompa y fuerza, en parte para causar una impresión aplastante en los ánimos de la plebe y en parte para estar preparados ante cualquier ataque por sorpresa que pueda intentarse para arrebatar a los prisioneros de la custodia armada de las autoridades... Considerando tal presión organizada sobre las masas, fácil es ver que el levantamiento no puede concebiblemente estallar de nuevo. El drama sangriento ha tenido también un efecto profundamente intimidatorio... La masa inquieta, pero de ningún modo peligrosa, de alborotadores será reducida a la más completa impotencia antes del anochecer. Todos los cabecillas a los que han escuchado en los últimos días están siendo arrojados entre rejas, e incluso aquellos cuya voz acaso estuviesen dispuestos a oír están siendo igualmente encarcelados... De hecho, ya no es el ejército, sino la policía, la que actúa con mano de hierro... Se recaba consejo de los burgomaestres, funcionarios de policía y brigadieres de la gendarmería en las comunidades rurales, y se hace arrestar a todos aquellos que en los informes de la propia zona se señala como alborotadores.»

En medio del estupor al que estas brutalidades redujeron a la parte afligida de los trabajadores, el Comité Central de Bruselas de la Asociación Internacional para Bélgica alzó su voz en la prensa, convocó reuniones públicas, estigmatizó a los industriales y a su cómplice, el gobierno, galvanizó a la clase obrera belga para la resistencia conjunta, proporcionó a los perseguidos asesores jurídicos y abogados defensores, y declaró la causa de los mineros del carbón de Charleroi como la causa común de la Asociación Internacional de los Trabajadores. El Consejo General de Londres, al igual que los dos comités de París y Ginebra, apoyaron al comité de Bruselas.*

Después de haber suprimido por la fuerza de las armas el movimiento de los mineros del carbón de Charleroi, los patronos no hicieron absolutamente nada para conciliar a los obreros desempleados y hambrientos. Estaban perfectamente contentos de poder cerrar sus minas durante algún tiempo. El gobierno tampoco hizo nada. Los obreros, que no recibían más apoyo que el de la Asociación Internacional de los Trabajadores —ya fuertemente gravada por los acontecimientos simultáneos de Ginebra y cuyos comités de ayuda apenas se estaban organizando—, estaban al borde de la muerte por inanición. Pero en ese momento, los ciudadanos de Charleroi, que veían aumentar diariamente la miseria, empezaron a sentir recelos. La asociación liberal de Charleroi amenazó al gobierno con que, si no se proporcionaba trabajo inmediatamente a los obreros sin empleo, disolvería su comité electoral y dejaría el campo libre a los católicos. La amenaza surtió el efecto deseado. Fue el miedo a perder votos en las próximas elecciones, y no la clamorosa indigencia de los obreros hambrientos, lo que impulsó al gobierno liberal a iniciar considerables obras públicas en mayo de 1868.

Entretanto, los procesos contra los hombres detenidos en marzo siguen su curso. Sea cual fuere el resultado, ya sea que los jueces los condenen o los absuelvan, el gobierno habrá sufrido un revés. Los obreros saben que del gobierno no pueden esperar más que pólvora y plomo o prisión. No pueden esperar que el gobierno repare sus legítimos agravios ni que los proteja y los ayude contra los abusos de sus patronos. El propio gobierno les ha abierto los ojos sobre de dónde puede venir la ayuda y a quién deben dirigirse: no al gobierno, sino a la Asociación Internacional de los Trabajadores.

9. LA ACTIVIDAD POLÍTICA DEL CONSEJO GENERAL DE LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES

Fiel al programa* que llamaba a los trabajadores a sentar las bases de su emancipación social mediante la conquista del poder político, el Consejo General no permitió en modo alguno que su actividad social le impidiera emprender la acción política en las circunstancias propicias. Los pasos más importantes en este terreno fueron los siguientes.

Notas:

ª En el original inglés se decía «the thunderer of Printing House Square». — Ed.
ᵇ Véase *The Times*, núms. 25678, 25689, 25692, 25695, 11, 24, 29 y 31 de diciembre de 1866; núm. 25708, 15 de enero de 1867. — Ed.
ͨ «La grève de Marchienne-au-Pont», *L’Economiste belge*, núm. 3, 9 de febrero de 1867. — Ed.
ᵈ Ibíd. — Ed.
ͤ En el original inglés se decía «the affair». — Ed.
² Véase este volumen, págs. 14-15. — Ed.
¹ Terror blanco. — Ed.

1. Aun antes de que la Asociación fuera fundada, algunos de los miembros del Consejo General habían trabajado entre los suyos en favor de la causa de la Unión norteamericana. En la medida en que el gobierno y las clases dominantes habían favorecido a los confederados, explotando como palanca la penuria provocada en Inglaterra por el bloqueo de los puertos americanos y empleando todos los medios posibles para instigar manifestaciones de obreros ingleses en favor de los secesionistas, en esa misma medida los dirigentes obreros habían desbaratado esas intrigas, puesto al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos al corriente, mediante sus mensajes, de los verdaderos sentimientos de las masas en Gran Bretaña y organizado manifestaciones de masas de los obreros londinenses en apoyo de la Unión. La reelección de Lincoln el 8 de noviembre de 1864 fue ocasión para que el Consejo General le enviara un mensaje de felicitación.ª Al mismo tiempo, convocó mítines de masas en apoyo de la Unión. De ahí que Lincoln, en su

ª K. Marx, «Discurso inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores».— Ed.
b K. Marx, «A Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América».— Ed.

~

mensaje de respuesta, reconociera expresamente los servicios prestados por la Asociación Internacional de los Trabajadores a la buena causa.¹

2. El Consejo General también convocaba de vez en cuando reuniones públicas para mantener viva la simpatía de los obreros ingleses hacia Polonia y para denunciar los abusos de Rusia en Europa.

3. Cuando, a raíz de los acontecimientos de 1866 en Alemania*, una guerra entre Francia y Prusia parecía inminente y los periódicos gubernamentales de Francia hacían todo lo posible por atizar las llamas, encender las ambiciones nacionales de los franceses y excitar el odio nacional entre Francia y Alemania, el Comité Central de París de la Asociación Internacional de los Trabajadores organizó manifestaciones obreras por toda Francia contra el partido de la guerra, envió mensajes de simpatía a los obreros y a las uniones obreras alemanas e impidió que los obreros franceses cayeran en la trampa que se les había tendido. El tiempo mostrará en qué medida la actitud antichauvinista de las clases trabajadoras francesas, moldeada por esta enérgica acción, contribuyó a impedir una guerra para la que entonces había existido un pretexto oportuno.

4. El Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores tomó parte destacada en el establecimiento y la consolidación de la Liga inglesa por la Reforma, cuya agitación condujo a la reforma parlamentaria de 1867. Miembros del Consejo General siguen siendo los integrantes más activos de la Ejecutiva de la Liga por la Reforma. Las manifestaciones públicas celebradas en Londres que forzaron la dimisión del señor Walpole, el ministro tory del Interior, y los mítines de protesta habidos en todas las ciudades principales del país fueron, de hecho, iniciados por ellos.

5. El proceso por asesinato de los fenianos en Mánchester* fue estigmatizado por el Consejo General como una parodia de justicia. Cuando las ejecuciones se aproximaban, en noviembre

* El 18 de septiembre de 1867, fenianos armados atacaron un furgón policial en Mánchester y liberaron a dos presos políticos (oficiales fenianos). En el ataque murió un sargento de policía. Contrariamente a lo dispuesto por la ley inglesa, que establece la celebración de audiencias periódicas en todos los condados, la causa fue sometida a una comisión especial, un tribunal extraordinario, ante el cual los fenianos acusados de haber participado en el ataque fueron inculpados del asesinato del sargento de policía. El señor Blackburn fue nombrado juez y se las ingenió para persuadir al jurado, mediante toda suerte de estratagemas, de que cada uno de los acusados respecto del cual se demostrara que había tomado parte en el intento de liberar a los presos incurría por ello en culpabilidad de asesinato. A continuación, el señor Blackburn dictó cinco condenas y cinco sentencias de muerte. De los condenados, dos fueron indultados y tres, ahorcados. El 2 de junio de 1868, el mismo señor Blackburn dirigió el proceso contra el señor Eyre, exgobernador de Jamaica, y persuadió al Gran Jurado, aduciendo una supuesta sentencia de Lord Chief Justice Sir A. Cockburn, de que el señor Eyre no había excedido las facultades administrativas que le estaban conferidas, salvando así al señor Eyre de ser condenado. El 8 de junio, Blackburn fue acusado por Lord Chief Justice Sir A. Cockburn en sesión pública del Tribunal del Banco de la Reina⁷⁰ de haber falseado los hechos, y alegó la comisión de un error jurídico. [Nota de Eichhoff.]

de 1867, el Consejo General envió una petición al gobierno inglés,ª advirtiéndole contra el derramamiento de sangre. Además, en el punto álgido del pánico suscitado en Londres por los sucesos de Mánchester, el Consejo celebró una sesión pública en apoyo de los derechos de Irlanda y de los irlandeses. Ésta fue la primera de las acciones en favor de las desdichadas víctimas de aquel error judicial. Tanto *The Times* como el resto de la prensa diaria informaron del acto.⁰ El ánimo de los obreros londinenses se vio tan fuertemente modificado con ello, y el plan de la aristocracia inglesa de explotar los prejuicios nacionales ingleses y escindir en dos facciones hostiles a la clase obrera con su fuerte componente irlandés, quedó tan efectivamente frustrado, que los órganos de la aristocracia inglesa, como la *Saturday Review*, empezaron a denunciar a la Asociación Internacional de los Trabajadores por considerarla peligrosa para el Estado.

10. CONFLICTOS CON LOS GOBIERNOS

1. Conflicto con el gobierno francés

Es de todos conocido que en Francia existe una ley según la cual ninguna sociedad de más de 20 personas puede constituirse sin autorización del gobierno.**¹ A juzgar por la letra de la ley, la mayoría de las compañías industriales y comerciales en Francia son ilegales y existen meramente por tolerancia. Pues, por decisión del Tribunal de Apelación, la autorización es tácitaᶜ si la sociedad en cuestión es pública y no es disuelta por el gobierno durante un cierto tiempo. Autorizada o no, cabe suponer que el gobierno, a lo sumo, puede disolver sociedades a cuya constitución ha consentido tácitamente, pero que no tiene derecho a castigar a sus miembros.

Por lo que se refiere a la organización de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Francia, el caso es el siguiente. Todas las sociedades de sección en Francia existen meramente como miembros de la sociedad inglesa, en cuyo Consejo General están representadas por Eugène Dupont. (Además, en Londres existen un grupo francés y otro alemán.) Aunque actúan en común en ciertos casos, las secciones francesas no están vinculadas entre sí y sólo mantienen relación con el Consejo General en Londres. Cada una de las sociedades forma un cuerpo separado, con un comité ejecutivo a su cabeza que se corresponde con el Consejo General en Londres. La constitución de la sociedad en Francia fue iniciada por el Comité Administrativo del grupo de París. Dicho Comité había notificado al Ministro del Interior⁴ y al Prefecto de la policía de París su inauguración y existencia ya en 1864. Desde esa fecha, el Comité de París, al igual que los comités de las demás ciudades de Francia, había funcionado públicamente. Se celebraban semanalmente reuniones abiertas de los miembros de la Asociación, y de ellas se publicaban informes en periódicos públicos. En claro contraste con las sociedades secretas de décadas pasadas, la sociedad es, por su naturaleza, pública, y de las reuniones del Consejo General en Londres se da cuenta cada semana en los periódicos londinenses.

El primer conflicto entre la Asociación Internacional de los Trabajadores y el gobierno francés ocurrió en septiembre de 1867, después del Congreso de Lausana.ᵆ Una parte de los documentos del Congreso había sido confiada al cuidado de Jules Gottraux, uno de los delegados franceses, quien debía despacharlos de Francia a Inglaterra.⁸⁷ En el momento en que cruzó la frontera francesa, los papeles fueron confiscados.⁸⁷ El Secretario General del Consejo General de Londresᶠ se dirigió por escrito al Ministro del Interior francésᵍ y exigió la devolución de los papeles confiscados por tratarse de propiedad británica. No recibió respuesta. Entonces, el Consejo General de la Asociación recurrió a Lord Stanley, ministro de Asuntos Exteriores británico. Éste dio instrucciones a Lord Cowley, embajador británico en París, para que reclamara la devolución de los papeles, y el gobierno francés accedió.

El segundo conflicto ocurrió aproximadamente por las mismas fechas. Ningún impresor en París se había atrevido a imprimir un memorándumʰ que los delegados parisinos habían leído en el Congreso de Ginebra y en el que exponían su punto de vista y defendían sus principios —principios que eran, dicho sea de paso, unilateralmente proudhonianos, específicamente franceses, y decididamente no aceptados por la Asociación. Por esta razón, el Comité de París hizo imprimir el memorándum en Bruselas. Pero éste fue confiscado en la frontera al ser introducido en Francia. El 3 de marzo de 1867, el Comité Central de París de la Asociación escribió a Rouher, ministro de Estado y alter ego del Emperador,ⁱ demandando las razones de la confiscación.ⱼ En su respuesta,ⁱ dirigida a las oficinas de la Oficina de París de la Asociación, en la Rue de Gravilliers 44, Rouher invitaba a un miembro del Comité a una entrevista. El Comité designó a un delegado,ⁱ que acudió a ver al Ministro. Rouher exigió que se alteraran y modificaran algunos pasajes objetables. El delegado se negó a hacerlo porque cualquier modificación privaría de sentido al documento. Entonces, Rouher hizo la siguiente declaración característica: *«Pourtant, si vous faisiez entrer quelques remerciements à l'adresse de l'empereur qui a tant fait pour les classes ouvrieres, lon pourrait voir.»*ⁿ El delegado respondió que la Asociación no se ocupaba de política y que ni la adulación ni la difamación, ya fueran de un individuo o de un partido político, entraban en su competencia. Con lo cual Rouher dio por terminada la conversación y dejó en vigor la confiscación del memorándum.ⁱ

El gobierno francés se imaginó que podía utilizar a la Asociación Internacional de los Trabajadores como instrumento. Se llevó un chasco. Por otra parte, se apercibió de la fuerza creciente y la influencia cada vez mayor de la Sociedad con ocasión de las huelgas de Amiens, Roubaix y París. Finalmente, pocas semanas después de la conversación anterior, supo con el mayor desagrado de la agitación de la Sociedad contra el chauvinismo imperialista. Decidió pasar a la acción. De ahí surgió...

ª «El señor Lincoln y la Asociación Internacional de los Trabajadores. Londres, 31 de enero», *The Times*, núm. 25101, 6 de febrero de 1865.— Ed.
ᵇ «Reuniones en Londres», *The Times*, núm. 25974, 21 de noviembre de 1867.— Ed.
ᶜ En el original alemán, la palabra francesa «tacite» se da en latín entre paréntesis después de su equivalente alemán.— Ed.
⁴ Paul Boudet.— Ed.
ᵆ Eichhoff se equivoca: el conflicto ocurrió en septiembre de 1866, después del congreso de Ginebra (véase la nota 13).— Ed.
ᶠ John George Eccarius.— Ed.
ᵍ Charles La Vallette.— Ed.
ʰ *Congrès de Genève. Mémoire des délégués français*, Bruselas, 1866.— Ed.
ⁱ Napoleón III.— Ed.
ⱼ Eichhoff se equivoca: la carta estaba fechada el 9 de marzo (véase «A M. le ministre de l'intérieur. Vendredi, 9 mars 1867», *Le Courrier français*, núm. 112, 1 de mayo de 1868).— Ed.
ⁱ [ibid.— Ed.
ⁱ Antoine Marie Bourdon, guardián de los archivos de la sección de París de la Primera Internacional.— Ed.
ⁿ En el original alemán, la oración francesa se da entre paréntesis después de su equivalente alemán. Un relato de la entrevista, que tuvo lugar el 10 de marzo de 1867, fue publicado en *Le Courrier français*, núm. 112, 1 de mayo de 1868.— Ed.
ⁱ [ibid.— Ed.]

El tercer conflicto°* A principios de 1868, una noche la policía de París allanó los domicilios de los miembros del Comité Central de París. Todas las cartas y los papeles que encontraron fueron confiscados. La policía dedujo de ello que los miembros registrados del grupo de París sumaban unos 2.000. (Desde entonces este número ha aumentado considerablemente.) La acusación formulada fue participación en una sociedad secreta, pero se abandonó tras dos meses de investigación. En su lugar, se presentaron cargos por infracción de los reglamentos de policía, a saber, por formar una sociedad de más de 20 personas sin la autorización gubernamental.

El 20 de marzo de 1868, la causa llegó ante el tribunal correccional del departamento del Sena. El grabador Tolain, coacusado, habló en nombre de los 15 acusados. La vista arrojó el siguiente cuadro*”:

Presidente. — ¿Admite usted que la Asociación Internacional de los Trabajadores, de la que usted y sus coacusados se han hecho miembros, nunca ha sido autorizada?

Tolain. — Creo que no es el momento oportuno para responder a esta pregunta. En nuestro alegato común nos proponemos demostrar que la actividad pública de nuestra sociedad presupone un reconocimiento tácito de su existencia.

Presidente. — Pero ¿admite usted que la autorización nunca fue recibida?

Tolain. — Jamás se nos exigió. En verdad, ¿a qué gobierno debería dirigirse una asociación internacional para obtener autorización? ¿Al francés, al belga, al británico o a alguno de los gobiernos alemanes? No podría saberlo, y nadie podría decírselo. ¿Qué valor tendría una autorización francesa en Inglaterra, por ejemplo, o viceversa?

Presidente. — ¿Discutían ustedes cuestiones políticas en sus reuniones?

Tolain. — Nunca, en ningún sitio.

Presidente. — Se les ha confiscado un manifiesto impreso en Bruselas en 1866°, cuyo contenido consiste en política, incluso en política efusiva (politique transcendentale).

Tolain. — El manifiesto es de mi propiedad personal, y creo que en Francia soy el único que posee un ejemplar del mismo. Fue redactado y publicado por obreros ingleses porque, como ha de saber el tribunal, cada grupo de cada país tiene derecho a exponer su opinión particular sin obligar con ello a los grupos de otras naciones a la solidaridad. No es, pues, insólito que una sección inglesa o alemana discuta cuestiones políticas que nosotros mismos no nos atreveríamos a tocar. Declaro que en nuestras reuniones siempre nos hemos mantenido alejados de la política.

Presidente. — ¿Cómo está organizada su Asociación, dónde tiene su sede, cuáles son sus fines y cuáles las funciones del Consejo General y del Buró de París?

Tolain. — El Consejo General se constituyó en Londres en 1864. Nunca se le fijó una sede permanente. El hecho de que la haya tenido en Londres durante tres años se debe a dificultades que no hemos podido superar. Para informarle de sus fines, difícilmente podría hacer algo mejor que leerle sus Reglamentos. (Lee los Reglamentos).*

Presidente. — Dígame algo sobre la organización del Buró de París.

Tolain. — El Buró de París se formó a raíz de un llamamiento a todos los obreros publicado en los periódicos. El objeto de crear el Buró era disponer de un centro de actividad para el grupo de París, enviar delegados a los congresos internacionales y tramitar otros asuntos en nombre de la Sociedad. Todo esto se hizo a plena luz del día y con total franqueza. Los Estatutos del Buró de París se fijaron en un folleto impreso, y las cotizaciones semanales de cada miembro se fijaron en 10 céntimos.

Presidente. — ¿Ha hecho este Buró propaganda directa para expandir la Sociedad?

Tolain. — De vez en cuando se nos pedía consejo sobre cómo se forma un buró. En la mayoría de los casos remitíamos al Consejo General de Londres.

Presidente. — ¿Ha intervenido el Buró de París en alguna huelga, como la de los broncistas de París, o en Roubaix, Amiens y otros lugares?

Tolain. — La Asociación ha tomado, en efecto, una parte muy activa en los acontecimientos mencionados, en la creencia de que estudiando las causas de las huelgas prestaba un buen servicio tanto a los patronos como a los obreros.

El discurso del fiscal Lepelletier comenzó así:

«Señores, los acusados que comparecen ante ustedes son obreros laboriosos, inteligentes y rectos. Nunca han sido condenados por nada, nada ha mancillado su moralidad, y al sustanciar la acusación que pesa sobre ellos, nada puedo decir, señores, que perjudique su honor.»

Acto seguido, el fiscal se esforzó por demostrar que la ley había sido infringida y que existían motivos para la condena. Refiriéndose a los argumentos de los acusados que invalidaban la acusación, observó:

«¿Qué reproches se lanzan contra la acusación? Señores, si han leído el Siècle, la Opinion nationale y el Courrier français de los últimos días, habrán encontrado en ellos expresiones de pesar por parte de esa porción de la prensa que simpatiza con la Asociación Internacional. Su razonamiento es el siguiente. Durante tres años, la Asociación ha existido a plena y bendita luz del día. Puede que no haya sido autorizada por las autoridades, pero sí tolerada. Su fin era la emancipación material y moral de los obreros, siendo su medio para este fin el estudio de las cuestiones económicas y su solución conforme a los principios de la verdad, la moral y la justicia... Y a tan larga condescendencia siguió de repente una despiadada persecución penal sin más razón que la pura arbitrariedad del poder y un capricho de la violencia. ¡Si al menos los miembros de la Asociación hubieran renegado de su programa y se hubieran aplicado a problemas que implicaran peligro para el Estado, si al menos se hubieran dedicado a la política! Pero, por el contrario, en sus sesiones se mantuvieron apartados de ella, no la rozaron en sus congresos y limitaron su actividad a los estrechos límites de sus estatutos, bien conocidos por las autoridades y, al menos indirectamente, tácitamente reconocidos por ellas.

»Este es, señores, el reproche que se nos hace. No lo he atenuado ni exagerado. ¿Es un reproche justificado? ¿Es cierto que la Asociación no se ocupó de política? ¿Es cierto que se limitó al estudio de las cuestiones económicas tal como prevé su programa?»*

A continuación, el fiscal se esforzó por demostrar la implicación del Buró de París en asuntos políticos, lo cual no era difícil considerando la actitud general de la Asociación en el asunto de Luxemburgo,° y pidió que los acusados fueran condenados en interés de la ley.

Aquí el acusado Tolain se puso en pie y presentó al tribunal la siguiente petición:»

«Considerando que la ilegalidad de una sociedad deriva de la ausencia de autorización de las autoridades; que no se ha establecido ningún procedimiento formal para obtener dicha autorización; que dicha autorización puede también concederse tácitamente; que exigir una forma especial de autorización significa endurecer una ley que incluso el propio legislador ha reconocido como excepcional; que la confianza pública se ve así sacudida; considerando, además, que de las discusiones sobre la ley de 1834 y de las manifestaciones de los representantes del gobierno se desprende que dicha autorización puede ser otorgada tácitamente; que ese permiso tácito o tolerancia es la forma en que existen todas las compañías industriales y comerciales de más de 20 miembros; que conceder el poder de perseguir a tales sociedades sin revocar primero esta práctica es un atentado contra la conciencia pública, ya que es evidente que el gobierno las considera autorizadas legalmente en virtud de su existencia manifiesta; considerando que la autorización tácita de la Asociación se desprende 1) de la constante publicidad de su existencia y sus actos, verdaderamente mucho más acentuada que en el caso de las compañías comerciales; 2) de las dos cartas de la Asociación Internacional al Ministro del Interior y al Prefecto de Policía, en las que se dejó constancia de la creación y existencia de la Asociación ya en 1864; considerando que la autorización definitiva y formal de la administración está contenida en una carta dirigida al Secretario de la Sociedad por el gabinete del Ministro del Interior° o, más precisamente, por el Ministro de Estado que lo sustituía interinamente; que la legitimidad de la Asociación no fue en modo alguno cuestionada durante una entrevista con el Ministro; que la acusación no puede demostrar que la Asociación haya cambiado entre tanto ni sus teorías ni sus fines; considerando que, en realidad, el Secretario de la Asociación, que había sido invitado a explicar el memorial de los delegados franceses al Congreso de 1866,d expuso precisamente las mismas teorías y fines que ahora se reprueban y persiguen; que en aquella época incluso la fiscalía consideraba a la Sociedad como suficientemente legalizada, porque había conocido su existencia y, no obstante, declaró en la vista pública del 4 de enero de 1867 que no se contemplaba persecución alguna; por todas estas razones, suplicamos al tribunal que desestime la acusación de la fiscalía.»

a Véase Procès de l’Association Internationale des Travailleurs. Bureau de Paris, págs. 16, ss. — Ed.
b Ibíd., págs. 32-35. — Ed.
c Paul Boudet. — Ed.
d Congrès de Genève. Mémoire des délégués français, Bruselas, 1866. — Ed.

Al presentar esta petición, Tolain tomó la palabra en nombre de los demás acusados. Su discurso fue una apasionada protesta contra la falta de derechos de las clases trabajadoras. Describió los peligros que corría el obrero cuando se esforzaba por aclarar su posición social mediante la instrucción mutua, aprendiendo las relaciones que afectan a sus intereses más vitales, y cuando intentaba conseguir mejoras. Haga lo que haga, por mucha cautela que ejerza, por puras e inocuas que sean sus intenciones, siempre se ve amenazado, perseguido y sometido a proceso. En los últimos 20 años, innumerables innovaciones industriales habían creado nuevas necesidades y reconstruido por completo la economía social. Deliberada o involuntariamente, el propio gobierno había seguido el movimiento y colaborado asiduamente en esta reconstrucción.

«Nosotros, los obreros —prosiguió Tolain—, teníamos un profundo interés en conocer qué iba a ser de nosotros, y esta fue la razón de que nos uniéramos en la Asociación Internacional. Los trabajadores querían ver por sí mismos, y no a través de los ojos de la economía burguesa oficial. Los obreros ingleses se reunieron para recibir a los obreros franceses; a ellos y a nosotros nos movía una misma y única preocupación, la cuestión social. El perfeccionamiento de las máquinas, decían los obreros ingleses, modifica cada día la situación social de los trabajadores; así que ilustrémonos mutuamente, encontremos los medios para salvaguardar nuestra subsistencia. Teníamos los mismos intereses y nos inspiraban las mismas ideas. Desde entonces, la consigna común dice que el obrero no puede esperar mejora alguna de su condición social a menos que la alcance por sus propios esfuerzos. Esta consigna fue proclamada en una reunión pública en Londres, en 1864.»

° El 31 de diciembre de 1867. — Ed.
* Delesvaux. — Ed.
° La referencia es al Manifeste de l’Association Internationale des Travailleurs suivi du Règlement provisoire, Bruselas, 1866. Fue traducido al francés por Charles Longuet a petición de Marx. Longuet rectificó las malas traducciones que aparecían en la primera versión francesa de los Reglamentos Provisionales. — Ed.
* Los pasajes de los Reglamentos leídos por Tolain se citan en Procès de l’Association Internationale des Travailleurs. Bureau de Paris, París, 1868, págs. 14-15. — Ed.
4 En el original alemán, las palabras francesas se dan entre paréntesis después de su equivalente alemán. — Ed.

Acto seguido, Tolain describió la fundación, organización y actividad del Consejo General de Londres y del Buró de París. Tras declarar una vez más que el gobierno les había otorgado una autorización tácita, dijo que ellos, por su parte, no habían solicitado la autorización oficial por principio, porque no concederían al gobierno el poder de permitir o prohibir derechos que eran dote natural de los trabajadores y de todos los ciudadanos. Y concluyó con la siguiente declaración significativa:

«Debo añadir que la posición en que se nos ha colocado debe ser considerada como es debido. Cualquiera que sea vuestra sentencia, mañana haremos lo mismo que hicimos anteayer; no es odio ni obstinación por nuestra parte; es la conciencia de nuestro derecho. De ahora en adelante reivindicamos ocuparnos nosotros mismos de todos los asuntos que nos conciernen; no tenemos más que un medio para poner fin a nuestra situación actual, y es transgredir la ley para mostrar cuán mala es. Hasta ahora no hemos querido violar la ley porque, permítaseme repetirlo, la policía, el

gobierno, las autoridades municipales y el público en general, lo han sabido todo, lo han visto todo y lo han aceptado todo a título de tolerancia.»

La sentencia del tribunal decía⁴:

«Considerando que, como se desprende de las investigaciones y actuaciones, los acusados han sido durante tres años miembros en París de una sociedad conocida con el nombre de Asociación Internacional de los Trabajadores, que la antedicha sociedad constaba de más de 20 personas y que no estaba autorizada;

«considerando que los trabajadores asociados estaban vinculados entre sí por los fines de la Asociación y trabajaban juntos para la consecución de dichos fines, que los referidos fines eran mejorar la situación de los trabajadores mediante la cooperación, la producción y el crédito, y que se reunían a intervalos regulares y se constituían en corporación permanente;

«considerando que los artículos 291 y 292 del Code pénalᵇ y la Ley del 10 de abril de 1834ᶜ son leyes de policía y seguridad general aplicables a cualquiera que las infrinja en territorio francés, que es irrelevante que la sede de la Sociedad esté situada en Londres y que es perfectamente suficiente para establecer que el Buró de París ha cometido una infracción de las antedichas leyes;

«considerando que la noticia de la existencia de la antedicha Sociedad en los periódicos o su tolerancia por parte de las autoridades no la exime de la necesidad de una autorización explícita del gobierno;

«considerando que los acusados, al obrar de este modo, han cometido infracciones previstas y castigadas por los artículos 291 y 292 del Code pénal y el § 2 de la Ley del 10 de abril de 1834;

«el Tribunal disuelve por la presente la Asociación Internacional de los Trabajadores establecida en París bajo el nombre de Buró de París y condena a cada uno de los acusados a una multa de 100 francos que, en caso de insolvencia, será sustituida por 30 días de prisión.»

Los condenados interpusieron recurso de apelación contra esta sentencia. Entretanto, el grupo de París actuó exactamente como Tolain había dicho al tribunal. En lugar de los 15 procesados, se eligió un nuevo Buró, compuesto por nueve miembros de la Asociación. Su elección se anunció en los periódicosᵈ. En una apelación firmada, llamaron públicamente a los obreros de París a aportar fondos en apoyo de la huelga de Ginebraᵉ.

La causa de los 15 fue vista en segunda instancia el 22 de abril de 1868.

Los puntos principales de la acusación eran la negativa abierta del Buró a acatar la ley penal imperial que prohibía las sociedades de más de 20 personas; el carácter político de la Sociedad, que sometía a crítica todos los pilares del orden existente; el poder de la Sociedad, al que ningún gobierno podría resistir si se le permitiera abarcar a todos los países como lo ha venido haciendo hasta ahora; para entonces, se alegaba, se ha convertido en una especie de intermediario universal para las huelgas obreras.

Como en todos los demás casos, los acusados se defendieron por sí mismos, sin abogado. Refiriéndose a la falta de autorización oficial, declararon:

«Si a nosotros, los corresponsales en París del Consejo General de Londres, se nos hubiera notificado, después de informar a la policía y a las autoridades competentes de la constitución de nuestro Buró, que se requería una autorización explícita, habríamos pensado en alguna otra organización, pues dejamos bien claro que nunca se nos habría ocurrido someternos a la humillación de solicitar una autorización. El primer principio de nuestros Estatutos nos lo habría prohibido. Pues dice que la emancipación de las clases trabajadoras debe ser conquistada por las clases trabajadoras mismas. Ahora bien, quienes aceptan una autorización aceptan también la sumisión, la subordinación y el derecho de patronato o, en suma, la servidumbre, de la cual, ciertamente, en todas sus formas, la Asociación Internacional se propone liberar a las clases trabajadoras.»

El Tribunal de Apelación confirmó la sentencia del tribunal correccional y, además, condenó a los apelantes al pago de las costas de la audiencia. Los fundamentos de la sentencia eran en esencia los mismos que los de la sentencia de primera instancia; solo era nueva la siguiente frase:

«Que el peligro se veía agravado por el enorme poder de la organización y por la vasta expansión de su actividad.»

Entretanto, se iniciaron también actuaciones judiciales contra los nueve miembros del nuevo Buró elegido en marzo, y estos comparecieron ante el tribunal correccional el 22 de mayo de 1868.

Las audiencias de la causa fueron similares a las del 20 de marzoᵃ.

La defensa fue presentada por el coacusado encuadernador Varlin. Después de que este obrero también hubiera desestimado los argumentos jurídicos de la acusación con una lógica y una perspicacia que habrían honrado a cualquier jurista, pasó a exponer el aspecto ético-político y económico-social de la causa, y aquí se elevó a tal fuerza de expresión y convicción que solo podía provenir de quien conocía la justicia de la causa y su profunda equidad moral. Dijoᵇ:

«A nuestros ojos, una huelga no es más que un medio tosco para establecer el salario; la utilizamos muy a nuestro pesar, pues somete al obrero y a su familia a semanas y meses de las más severas privaciones, sin la seguridad de ganar finalmente un salario justo. La Asociación Internacional se ha impuesto la tarea de alcanzar una solución

⁴ Véase Procès de l’Association Internationale des Travailleurs. Bureau de Paris, pp. 39-40.— Ed.
ᵇ Code pénal, ou code des délits et des peines, Colonia, 1810.— Ed.
ᶜ Loi sur les associations, 10-11 avril 1834.— Ed.
ᵈ «Association Internationale des Travailleurs. Bureau de Paris», Le Courrier français, nº 71, 14 de marzo de 1868.— Ed.
ᵉ El llamamiento se imprimió en Le Courrier français, nº 101, 20 de abril de 1868.— Ed.
ᵃ Procès..., pp. 123-26.— Ed.
ᵇ Procès..., pp. 148-57.— Ed.

pacífica a la cuestión obrera mediante el estudio de las condiciones económicas; pero como se están levantando obstáculos a nuestros estudios y la solución de la cuestión social se ve así demorada, tendremos que recurrir frecuentemente a las huelgas para proteger nuestro sustento.

«Pero debo tocar otro punto aún.

«Ante la ley, vosotros sois los jueces y nosotros los acusados; pero ante los principios, somos dos partidos: vosotros, el partido del orden a cualquier precio, el partido de la estabilidad, y nosotros, el partido de la reforma, el partido del socialismo. Miremos con imparcialidad: ¿qué es el orden social cuyas perfecciones ha sido nuestro crimen poner en tela de juicio? Está corroído hasta la médula por la desigualdad, su vida está amenazada por el egoísmo, está siendo estrangulado por las garras férreas de los prejuicios antisociales. A pesar de la declaración de los derechos del hombre y de las efímeras victorias de la voluntad popular, depende de un puñado de gobernantes que se derramen o no ríos de sangre del pueblo en batallas fratricidas de nación contra nación, de pueblos que languidecen bajo las mismas cargas y que anhelan la misma emancipación.

«Los goces existen solo para una pequeña minoría, que, ciertamente, se entrega a ellos en la medida más plena y de la manera más refinada. La gran masa del pueblo, en cambio, sufre en la miseria y la ignorancia: aquí gimiendo bajo cargas insoportables, allí atormentada por el hambre, y languideciendo en todas partes en la oscuridad de los prejuicios y en la creencia supersticiosa de que su esclavitud jamás podrá acabar.

«Si queréis detalles, ved cómo el juego de la bolsa siembra estragos y desgracias, cómo tanto la abundancia como el hambre están a merced de poderosos financieros, junto a cuyas montañas de oro moran la ruina y la bancarrota maliciosa. En la industria, la competencia desenfrenada somete al obrero y destruye toda relación sensata entre la producción y el consumo. Escasez de brazos para lo necesario, pero abundancia de lo innecesario; mientras millones de niños pobres andan sin un hilo que cubra sus cuerpos, en las exposiciones universales se exhiben chales de un precio desorbitado, que cuestan más de 10.000 jornadas de trabajo. El obrero no gana lo suficiente ni siquiera para lo estrictamente necesario, mientras el mundo rebosa de ociosos sobresaciados.

«El viejo mundo sucumbió porque la espina de la esclavitud se clavó en su carne; si la edad moderna se cuida tan poco del sufrimiento de las masas, si las obliga a trabajar sin tregua, a sufrir, si les niega lo necesario para que unos pocos vivan en el lujo y el placer, si la edad moderna se niega a ver que tal estado de la sociedad es absolutamente ultrajante, su fin tampoco estará lejano.

«El Dr. W. Palley, de la Universidad de Oxford, dice en el periódico La Coopération, de este mes de mayo:

«“Pensad en una bandada de palomas en un trigal. En lugar de picotear, noventa y nueve de ellas no consumen más que la paja y la cascarilla, mientras amontonan el trigo en un gran montón expresamente para una sola paloma, a menudo la más débil y la más lastimosa de todas; esta se pavonea cloqueando, atiborrándose, pisoteando y estropeando, mientras las trabajadoras permanecen en círculo y miran bonachonamente; de repente, una de ellas, quizá más valiente o quizá más hambrienta que sus hermanas, se aventura a arrebatar un grano; entonces todas las demás se arrojan sobre la malhechora, por ciega sumisión, para zarandearla, recuperar el botín y expulsarla de su comunidad.”

«Contemplad este cuadro. Vosotros encontraréis, por supuesto, que esto no puede ocurrir en la naturaleza, pero se repite cien veces al día entre seres humanos dotados de razón. La conclusión, sin embargo, es doble. Vosotros concluiréis a partir de ello que el hombre está por encima de los animales en virtud de su razón. ¡Yo os digo, empero, que, a pesar de su razón, el hombre puede aprender una o dos cosas de los animales!»

¿No pertenece él a esos 99, la criatura que nace en la miseria, que apenas ve a su madre porque ella debe ir a su trabajo, que sufre hambre y frío, está expuesta a todo daño posible, que crece en la suciedad y desde la primera infancia contrae el germen de la enfermedad que la sigue hasta la tumba? Apenas tiene ocho años, apenas ha adquirido un mínimo de fuerzas, y allá va a trabajar —a trabajar en un aire viciado y malsano, maltratado, condenado a la ignorancia y expuesto, por los malos ejemplos, a todos los vicios posibles. Así sigue hasta que el niño es mayor. Ahora, a los 20, el muchacho debe dejar a sus padres, que lo necesitan, para ser despojado de su humanidad en algún cuartel de soldados o para ser muerto a tiros en algún campo de batalla. Si escapa con vida, puede casarse (siempre que se lo permitan el filántropo inglés Malthus o el ministro francés Duchdatel, quienes opinan que un obrero no necesita ni mujer ni familia, que nadie lo obliga a seguir vivo si no puede mantenerse por sí mismo). Así que se casa, y pronto la pobreza, las privaciones, el desempleo, la enfermedad y los hijos se instalan en su casa. Y cuando entonces, viendo la miseria de los suyos, se aventura a reclamar un salario justo, es atado de pies y manos por el hambre como en Preston, abatido a tiros como en Charleroi, encarcelado como en Bolonia, sometido a un estado de sitio como en Cataluña, o arrastrado ante un tribunal como en París...

Así que el desdichado sigue penosamente su camino de sufrimiento y humillación. En la edad madura, sin un recuerdo reconfortante de su juventud, se sobresalta al darse cuenta de que la vejez se acerca; si no tiene familia o solo una pobre, acabará muriendo como un malhechor en un asilo para mendigos.

Sin embargo, ese hombre produjo cuatro veces más de lo que consumió. ¿Qué ha hecho la sociedad con el excedente? Pregúntenle a la centésima paloma, la que no hace absolutamente nada y vive del trabajo de las otras 99.

La historia nos muestra que toda nación u organización social que se desvía del camino de la justicia estricta y sigue el de la injusticia, cae presa de la decadencia y la disolución; y precisamente este es el consuelo que podemos extraer con certeza de las lecciones del pasado en esta época de lujo y miseria, coerción y esclavitud, ignorancia y embrutecimiento, desmoralización y degeneración, pues mientras un ser humano pueda morirse de hambre en el umbral de un palacio repleto de tesoros, las instituciones del Estado permanecen inestables.

Tomen el pulso de nuestro tiempo: descubrirán un resentimiento sordo entre la clase que quiere aferrarse a todo y la clase que quiere recobrar el fruto de su industria. Las burdas supersticiones que, creíamos, habían sido borradas por el siglo XVIII, vuelven a salir a la superficie; egoísmo desenfrenado y disolución por todas partes. Son signos de decadencia. El suelo se tambalea y se desliza bajo sus pies: ¡Cuidado!

La clase que hasta ahora solo ha aparecido esporádicamente en la escena mundial para realizar algún gran acto de justicia, reprimida en todas las épocas y bajo todos los gobiernos, la clase del trabajo, les ofrece ahora un medio de renacimiento. Sean sabios y reconozcan su legitimidad; no interfieran en su causa, que es beneficiosa para todos. Solo el soplo de la libertad absoluta puede despejar el aire y disipar las nubes... que nos amenazan....

Cuando una clase pierde la superioridad moral que la puso en el poder, debe retirarse de la escena si quiere evitar las atrocidades que son el último recurso de todos los regímenes que perecen. Que la burguesía comprenda que sus afanes no son lo bastante grandes para satisfacer todas las necesidades de la época y que, por tanto, no puede hacer otra cosa que disolverse en la clase más joven que inaugura un poderoso renacimiento político, la igualdad y la solidaridad mediante la libertad.

La sentencia del tribunal para cada uno de los nueve acusados fue de 3 meses de prisión y una multa de 100 francos; los condenados interpusieron un recurso de apelación, que finalmente fue desestimado.

Aparte de su importancia social, la persecución por parte del gobierno francés de la Asociación Internacional de los Trabajadores tiene también implicaciones políticas. Por primera vez desde el golpe de Estado de 1852, una sociedad existente en Francia se ha atrevido a ofrecer resistencia, con arreglo a las leyes civiles, a un proceso penal y a reivindicar para sí derechos civiles que quien fue elegido por sufragio universal no podía negarle fácilmente a través de sus órganos sin poner fin de golpe a sus muchos años de coqueteo con la clase obrera. Es de suponer que la acusación partió del ministro de Estado, Rouher. Pero tan grande fue su embarazo ante la supuesta necesidad de actuar por motivos políticos que, mientras procesaba al Buró de París, no se ha atrevido a disolver los grupos de la Asociación en Lyon, Rouen, Roubaix, Burdeos, Marsella, etc.

El periódico parisino Le Réveil, órgano del partido de Ledru Rollin, se refiere con gran aprobación al comportamiento de los miembros del Comité de París. Contrasta la perspicacia política y la superioridad moral de la clase obrera con las intrigas y la estrechez de miras de las clases dominantes. Hace la siguiente observación digna de mención:

«En la unión de ideas y sentimientos que prevalece entre los trabajadores de los diferentes países de Europa confiamos para el mantenimiento de la paz. Dentro de pocos días va a reunirse el Congreso de la Asociación Internacional. Todos los países de Europa estarán representados en él, quizás con excepción de Francia, y ¿será demasiado decir que, por la sabiduría de sus resoluciones, esta asamblea de todos los delegados europeos del trabajo puede convertirse en el consejo anfictionico de Europa? Sí; si mañana, dominando los principios inmortales de la Revolución Francesa y tomando en sus manos los sagrados intereses del trabajo, que comprenden el orden, la seguridad y la libertad, este Congreso decretase la paz, la palabra sería recibida con entusiasmo por toda Europa.»

@ Ch. Delescluze, «Le droit d’Association. Devant la justice», Le Réveil, nº 2, 9 de julio de 1868.— Ed.

2. Conflicto con el Gobierno belga

Espoleado por los periódicos de la burguesía belga, con Indépendance belge a la cabeza, el gobierno belga intentó presentar a la Asociación Internacional de los Trabajadores como la instigadora de los disturbios en el distrito de Charleroi.¹ Sin embargo, la investigación judicial de los obreros belgas detenidos en marzo demostró pronto que esa acusación carecía de fundamento y que desde el principio no había sido más que una mentira deliberada y maliciosa.

No obstante, en mayo de 1868, Jules Bara, el ministro belga de Justicia y Policía, aprovechó el debate sobre la renovación de la ley de expulsión de extranjeros² en la Cámara de Diputados belga para atacar con saña a la Asociación Internacional de los Trabajadores, hacer de su existencia el principal pretexto para la propuesta de renovación de la ley de extranjería, y llegó a declarar que no toleraría la convocatoria del próximo congreso general de la Asociación, que en su congreso de Lausana se había fijado para Bruselas el 7 de septiembre de 1868.³

Acto seguido, los comités administrativos de Bruselas y de todos los demás grupos de la Asociación Internacional en Bélgica dirigieron una carta conjunta al señor ministro, fechada el 22 de mayo, que fue impresa y hecha pública.⁴ La carta dejaba claro al ministro que no tenía absolutamente nada que decir al respecto, y que el Congreso se celebraría en Bruselas. Los primeros pasajes de esta irreverente carta decían:

«Señor ministro: los abajo firmantes le dan las gracias por el gran servicio que ha prestado a su causa al ocuparse de ella en una sesión de la Cámara y permitir así que las actas parlamentarias sirvieran para la difusión de nuestros principios.

»Parece que ya no nos desprecia usted. Durante mucho tiempo sus periódicos silenciaron los éxitos de la Asociación en este país; como el avestruz, cerraba usted los ojos para escapar del peligro. Pero hoy tiene que considerarnos una potencia. Nos ha dado usted una consagración oficial y reconoce con su actitud que nos oponemos a usted como una potencia...

»Pero es reacio a admitir que usted y los suyos son impopulares en Bélgica, y cuando un extranjero viene a ayudar a nuestra Asociación, se apresura usted a echarle la culpa de todo lo que aquí se hace.»

Tras negar con firmeza las insinuaciones del ministro de que el movimiento de los obreros belgas estaba inspirado y dirigido desde el extranjero, la carta proseguía:

«Debe usted saber, señor ministro, que no nos manejará un hombre como tampoco nos manejará un barril de ginebra. Somos perfectamente capaces de actuar por nuestra cuenta, y nuestra actividad se guía exclusivamente por el afán de justicia, que existe en toda conciencia honrada. Apenas nacida, nuestra liga cuenta ya con miles de adeptos en nuestro país; todos somos de la misma opinión, y todos estamos firmemente decididos a avanzar hacia la meta común: la emancipación del trabajo.

»Estas ideas le parecen increíbles, señor ministro; escuche algunas más.»

Aquí se informaba detalladamente al ministro de las aspiraciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores y se le aconsejaba que se informara más a fondo de los documentos de sus congresos. Luego se le exponían las transgresiones del gobierno; se le recordaba a los obreros muertos inútilmente en el distrito de Charleroi, a quienes se dio muerte en lugar de pan. Se reconocía que las huelgas eran un medio insuficiente para mejorar la situación de los obreros, pero que constituían el único medio legítimo que aún le quedaba al trabajo para protestar contra los abusos del capital. Para concluir, la carta decía:

«Sí, señor ministro de “justicia”, queremos alcanzar el triunfo de la justicia que usted ha traicionado. Sí, lo haremos sin usted, a pesar de usted y contra usted....

»Usted ha dicho que no toleraría nuestro Congreso. Seguramente debió de estar muy exaltado, señor ministro, cuando pronunció esas palabras absurdas... Por ejemplo, usted ha proclamado el “derecho de reunión”, y nosotros estamos deseosos de ver qué medidas empleará para violarlo impunemente... Pese a toda su fanfarronería, el Congreso se celebrará en Bruselas en septiembre... Una última palabra: usted habla del relámpago que desatamos sobre Bélgica. Pero es usted mismo quien lo ha provocado con su rígido gobierno autoritario. La verdadera tormenta está a su lado, y usted no la percibe.»

En su reunión del 16 de junio de 1868, el Consejo General de la Asociación Internacional en Londres confirmó la decisión del Comité belga de celebrar el Congreso en Bruselas en la fecha prevista, pese a la oposición anunciada del gobierno.

Los comités administrativos de Francia también han enviado mensajes de adhesión, declarando su determinación de participar en el Congreso de Bruselas y desafiar las consecuencias.

El Courrier français de París comentó lo siguiente sobre los ataques simultáneos contra la Asociación Internacional de los Trabajadores en Suiza, Francia y Bélgica:

«Estos acontecimientos son sumamente interesantes, porque en este momento la Asociación está ganando terreno de manera notable en todo el continente europeo. Por todas partes, la reacción la utiliza como chivo expiatorio, lo que demuestra que en todas partes se la considera la vanguardia de la reforma social.»

11. CRECIMIENTO DE LA ASOCIACIÓN

¹ Véase este tomo, pág. 14.— Ed.
² Véase el discurso de Jules Bara en la Cámara de Diputados el 16 de mayo de 1868, La Voix de l’Avenir, nº 23, 7 de junio de 1868; La Liberté, nº 47, 17 de mayo de 1868.— Ed.
³ El Congreso de Bruselas se celebró del 6 al 13 de septiembre de 1868.— Ed.
⁴ «A Monsieur Bara, ministre de la justice», La Tribune du peuple, nº 5, 24 de mayo de 1868.— Ed.

En Inglaterra, unos cincuenta sindicatos con sus sociedades filiales en el Reino Unido se han adherido a la Asociación Internacional de los Trabajadores desde la resolución del Congreso de Sindicatos (Trades Union Congress) de Sheffield en 1866. Entre los nuevos miembros figuran agrupaciones obreras, como los 30.000 excavadores de ferrocarriles, que nunca antes habían participado ni en sindicatos ni en movimiento alguno.

En Irlanda existe una sección en Dublín.

En los Estados Unidos de Norteamérica, el Congreso Nacional del Trabajo, reunido en Chicago, resolvió el 20 de agosto de 1867* establecer relaciones con la Asociación Internacional para una acción conjunta. Desde entonces, el Consejo General de Londres ha mantenido correspondencia con la Unión Nacional General del Trabajo de los Estados Unidos. Esta estará representada por un delegado especial en el Congreso de este año en Bruselas**!

* En el folleto de Eichhoff, por error: «1866». — Ed.

En Francia son muy numerosos los grupos que mantienen correspondencia directa y exclusiva con Londres. Existen secciones en París, Ruán, Lyon, Marsella, Burdeos, Lille, Roubaix, Argentan (Orne), Caen, Digne (Bajos Alpes), Fleurieux (sur Saône), Fuveau (Bocas del Ródano), Flers (Orne), Granville (Mancha), Harcourt, Thierry (Calvados), El Havre, Lisieux, Neuville (sur Saône), Nantes, Neufchâteau (Vosgos), Orléans, Crets (Bocas del Ródano), Villefranche (Ródano), Vienne (Isère) y otras localidades. Es digno de notarse que varias comunidades rurales francesas también se han adherido a la Asociación. En las colonias francesas, existe un grupo en Argel y otro en Guadalupe.

En Bélgica, las sedes principales de la Asociación están en Bruselas, Lieja, Verviers y Lovaina. Este año se ha producido una adhesión en masa a la Asociación entre los mineros del carbón y los obreros del hierro.

En Holanda existen dos secciones, en Rotterdam y en Ámsterdam.

En España, una sección en Barcelona.

En Italia, la asociación general del trabajo, con su sede principal en Nápoles y Milán e integrada por 600 sociedades obreras, mantiene con la Asociación Internacional el mismo tipo de cartel que los sindicatos en Inglaterra y la Unión Nacional del Trabajo en los Estados Unidos. Además, existen grupos especiales de la Asociación Internacional en Génova y Bolonia.

En Suiza, los trabajadores han buscado la adhesión en masa desde la huelga de Ginebra. Los grupos principales se encuentran en las ciudades de los cantones de Basilea y Berna, donde también se han adherido comunidades en las aldeas de la montagne des Bois; en Ginebra, donde la sociedad de la ciudad cuenta por sí sola con más de 6.000 miembros, y en los cantones de Neuchâtel, Vaud y Zúrich. La Unión Gritli suiza** y las diversas sociedades de educación obrera alemanas en Suiza están afiliadas a la Asociación.

En Alemania hay varios grupos. Pero la mayoría de ellos han declarado que, a pesar de sus simpatías, no pueden adherirse oficialmente debido a la falta de autorización legal’. Las conexiones con Alemania son, por tanto, todavía deficientes. La Oficina Central especial para Alemania es la misma que para la Suiza de habla alemana, y está situada en Ginebra, bajo la dirección de Joh. Phil. Becker, en Pré-l’Évêque 33. En el Consejo General de Londres, Alemania está representada por Karl Marx, secretario para Alemania, residente en 1 Modena Villas, Maitland Park, Haverstock Hill, London N. W., y por George Eccarius, secretario general de la Asociación.

Los periódicos de la Asociación son:

The Bee-Hive Newspaper en Londres.

The Workmen’s Advocate en Chicago.

Le Courrier Français en París. Le Siècle, La Liberté y L’Opinion Publique publican también las resoluciones y otros materiales de la Asociación.

Los órganos democráticos de Lyon, Ruán, Burdeos y otras ciudades.

La Voix de l'Avenir en Lausana.

Der Vorbote en Ginebra.

El Demokratische Wochenblatt en Leipzig, que, sin ser órgano de la Asociación, expresa sus principios.

La Tribune du peuple, La Liberté, L'Espiègle, Le Devoir, Le Mirabeau, La Cigale, l’Ingenu, Le Peuple Belge, todos en Bélgica (Bruselas, Verviers y otros lugares).

Por último, los periódicos obreros de Italia.

CONCLUSIÓN

Al autor le queda por cumplir un grato deber antes de despedirse de los obreros alemanes, a quienes está dedicado este libro.

Bajo el título «El movimiento de las ocho horas», la Kölnische Zeitung del 19 de julio de 1868 publicó el siguiente alentador informe:

«La agitación que se venía llevando a cabo en los Estados Unidos en los últimos años se ha visto coronada de repente por un éxito completo, debido menos a su propio mérito intrínseco que a la coincidencia de circunstancias externas que influyeron en el poder legislativo. Ya en una ocasión anterior, la jornada de trabajo en los talleres y fábricas del gobierno se redujo de doce a diez horas diarias. No contentos con ello, los obreros exigieron una nueva reducción, a ocho horas (y, nótese bien, sin reducción alguna de los salarios existentes, de ahí el nombre de «EL MOVIMIENTO DE LAS OCHO HORAS»). El Congreso rechazó repetidamente esta demanda, pero no se ha atrevido a dar el mismo destino a una moción renovada. Pues ambos partidos necesitan los votos de los obreros en las próximas elecciones presidenciales, y ninguno de ellos, probablemente contra su más íntima convicción en contrario, desea afrentar al movimiento e incurrir en el descontento de esos numerosos votantes. También en Inglaterra una parte de los obreros ha inscrito en su bandera una consigna que tiene algo de juego de palabras: “Ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de sueño y ocho chelines de salario”. Mientras dicho movimiento se mantenga dentro de los límites de la ley y no se aplique intimidación ni presión ilícita contra los obreros que piensan por sí mismos y quieren que su fuerza de trabajo se utilice como ellos mismos consideren correcto, las autoridades tendrán que dejar, y preferirán hacerlo, que la agitación siga su curso natural. La todopoderosa ley no escrita que regula la oferta y la demanda acabará por hacerse sentir también aquí.»

Que la Kölnische Zeitung, órgano de la burguesía alemana, no se muestre particularmente complacida por el inesperado éxito del movimiento de las ocho horas en América, no debe sorprender a nadie que, como ese periódico, crea en la «omnipotencia» de la ley «no escrita» de la oferta y la demanda.

El New-Yorker Handelszeitung también tiene razón, desde el punto de vista de la «oferta y la demanda», cuando declara con irritación:

«Sólo podemos deplorar esta decisión, que apesta a demagogia. Ambas cámaras del Congreso han fijado la jornada laboral en los talleres gubernamentales en ocho horas, sin modificar los salarios, y el Presidente ha firmado puntualmente el acta. En otras palabras, las autoridades nacionales han introducido el sistema de ocho horas. Tienen derecho a hacerlo: el patrón puede fijar la jornada de trabajo en sus establecimientos. Pero al hacerlo, han sancionado una agitación que carece de ton ni son. Y lo saben. En términos generales, la legislación tiene tan poco que ver con la regulación de la relación entre el trabajador y el patrono como con la frecuencia con que el noble y libre ciudadano de esta República deba ponerse una camisa limpia o si debe andar por la vida con medias enteras o rotas; y si el intento de inmovilizar una quinta parte de las fuerzas productivas es realmente oportuno, es también ciertamente discutible. Un hombre que quería ganarse el favor de la parte ciega de las masas trabajadoras arrojó una tea incendiaria, y a la vista de las próximas elecciones nacionales nadie quiso correr el peligro de quemarse los dedos con ella. El precio del trabajo, como el de cualquier otra mercancía, está regulado por la relación entre la oferta y la demanda. Si el poder legislativo quiere ocuparse del asunto, no puede sino hacer el ridículo. Que los señores Representantes y Senadores no vean esto, no es posible. Para nuestra gran sorpresa, incluso un hombre como el senador Sumner ha soltado un montón de hermosas palabras sobre las necesidades educativas de los obreros, que supuestamente se ven atendidas de este modo... palabras de cuya total falta de sentido él mismo debió ser profundamente consciente. Sólo es amigo del pueblo quien no teme decirle la verdad, aun a riesgo de perjudicarse a sí mismo. En cuanto pasen las elecciones, los obreros se darán cuenta de que han sido engañados.»

El futuro inmediato mostrará si el movimiento de las ocho horas carece de «ton ni son» y si los obreros norteamericanos se darán cuenta de que han sido «engañados» una vez pasadas las elecciones presidenciales.

Para Europa, esta cuestión es secundaria en comparación con el gran acontecimiento de que el poder legislativo de los Estados Unidos haya sancionado el movimiento de las ocho horas***.

Las consecuencias no se harán esperar. Desde los talleres y fábricas del gobierno de los Estados Unidos, el principio de las ocho horas avanzará y obtendrá reconocimiento como una reivindicación moral y legítima de la clase obrera en todas partes, en América, Inglaterra y el continente europeo, dondequiera que hasta hoy la fe en la «omnipotencia» de la oferta y la demanda ha elevado la duración de la jornada laboral hasta los límites de la resistencia humana y ha reducido los salarios a los límites más bajos de las necesidades del obrero.

Ahora empezamos a presenciar lo que Karl Marx, ese minucioso investigador y autoridad en las condiciones sociales, profetizó el 25 de julio de 1867:

«Así como en el siglo XVIII la Guerra de Independencia norteamericana tocó a rebato para la clase media europea, en el siglo XIX la Guerra Civil norteamericana lo tocó para la clase obrera europea.»