En su reunión extraordinaria del 1 de enero de 1870, el Consejo General resolvió:

1) Leemos en el *Egalité* del 11 de diciembre de 1869:

«Es cierto que él» (el Consejo General) «está descuidando asuntos de suma importancia... Le recordamos» (las obligaciones del Consejo General) «con el artículo 1 de los Reglamentos, etc.: “El Consejo General está encargado de llevar a efecto las resoluciones del Congreso”... Podríamos hacer suficientes preguntas al Consejo General para que sus respuestas compongan un informe bastante largo. Vendrán más tarde... Mientras tanto... etc.».

El Consejo General no conoce ningún artículo, ni en los Estatutos ni en los Reglamentos, que lo obligue a entrar en correspondencia o en polémica con el *Egalité* o a proporcionar «respuestas» a «preguntas» de los periódicos. El Consejo Federal de la Suiza Romanda es el único que representa a las secciones de la Suiza Romanda ante el Consejo General. Cuando el Consejo Federal Romando nos dirija solicitudes o reprimendas por el único canal legítimo, es decir, a través de su secretario, el Consejo General estará siempre dispuesto a responder. Pero el Consejo Federal Romando no tiene derecho ni a abdicar de sus funciones en favor del *Egalité* y del *Progrés*, ni a permitir que estos periódicos usurpen sus funciones. En general, la correspondencia del Consejo General con los comités nacionales y locales no puede publicarse sin perjudicar gravemente los intereses generales de la Asociación. En consecuencia, si otros órganos de la Internacional siguieran el ejemplo del *Progrés* y del *Egalité*, el Consejo General se vería ante la alternativa de desacreditarse públicamente con su silencio o de violar sus obligaciones respondiendo públicamente.

El *Egalité* se une al *Progrés* (periódico que no se envía al Consejo General) al invitar a *Le Travail* (periódico parisino que hasta ahora no se ha declarado órgano de la Internacional y que tampoco se envía al Consejo General) a exigir una explicación al Consejo General. Esto es casi una Liga del Bien Público.

2) Ahora bien, suponiendo que las preguntas formuladas por el *Egalité* provengan del Consejo Federal Romando, las responderemos a condición de que en el futuro no nos lleguen de esa manera.

3) Cuestión del *Boletín*. En las resoluciones del Congreso de Ginebra, que están insertas en los reglamentos, se establece que los comités nacionales enviarán al Consejo General documentos relativos al movimiento proletario y que el Consejo General publicará a continuación un boletín en los diferentes idiomas tan a menudo como se lo permitan sus medios («Tan a menudo como se lo permitan sus medios, el Consejo General publicará un informe, etc.»).

La obligación del Consejo General quedó así supeditada a condiciones que nunca se han cumplido. Incluso la encuesta estadística prevista por los Estatutos, acordada por sucesivos Congresos Generales y solicitada anualmente por el Consejo General, nunca se ha realizado. No se ha presentado ningún documento al Consejo General. En cuanto a los medios, el Consejo General habría dejado de existir hace tiempo de no ser por las contribuciones locales de Inglaterra y los sacrificios personales de sus miembros.

Así, los Reglamentos aprobados en el Congreso de Ginebra han quedado letra muerta.

En cuanto al Congreso de Basilea, no discutió el cumplimiento de estos Reglamentos vigentes. Discutió la posibilidad de publicar un boletín en tiempo oportuno y no aprobó ninguna resolución (véase el informe alemán publicado en Basilea bajo la mirada del Congreso).

Por lo demás, el Consejo General considera que el propósito del boletín está en este momento perfectamente cumplido por los diferentes órganos de la Internacional publicados en los diferentes idiomas e intercambiados entre sí. Sería absurdo hacer mediante boletines costosos lo que ya se está haciendo sin gasto alguno. Por otra parte, un boletín que imprimiera lo que no contienen los órganos de la Internacional solo serviría a nuestros enemigos para ver detrás de bambalinas.

4) Cuestión de la separación del Consejo General del Consejo Federal para Inglaterra.

Mucho antes de la fundación del *Egalité*, esta proposición fue presentada periódicamente en el seno del Consejo General por uno o dos de sus miembros ingleses. Siempre fue rechazada casi por unanimidad.

Aunque la iniciativa revolucionaria probablemente parta de Francia, solo Inglaterra puede servir de palanca para una revolución económica seria. Es el único país donde ya no hay campesinos y donde la propiedad territorial está concentrada en pocas manos. Es el único país donde la forma capitalista, es decir, el trabajo combinado en gran escala bajo patronos capitalistas, abarca virtualmente la totalidad de la producción. Es el único país donde la gran mayoría de la población está compuesta por trabajadores asalariados. Es el único país donde la lucha de clases y la organización de la clase obrera mediante los Trade Unions han alcanzado cierto grado de madurez y universalidad. Es el único país donde, debido a su dominio en el mercado mundial, toda revolución en las cuestiones económicas debe afectar inmediatamente al mundo entero. Si la propiedad territorial y el capitalismo son rasgos clásicos en Inglaterra, en cambio, las condiciones materiales para su destrucción están más maduras aquí. Hallándose el Consejo General ahora en la feliz posición de tener su mano directamente sobre esta gran palanca de la revolución proletaria, ¡qué locura, por no decir qué crimen, dejar caer esta palanca en manos puramente inglesas!

Los ingleses tienen todo el material necesario para la revolución social. Lo que les falta es el espíritu de generalización y el ardor revolucionario. Solo el Consejo General puede proporcionarles esto, puede así acelerar el movimiento verdaderamente revolucionario en este país y, en consecuencia, en todas partes. Los grandes resultados que ya hemos alcanzado a este respecto son atestiguados por los periódicos más inteligentes e influyentes de las clases dominantes, como por ejemplo *The Pall Mall Gazette*, *Saturday Review*, *The Spectator* y *The Fortnightly Review*, por no hablar de los llamados radicales en los Comunes y los Lores que, hace poco, aún ejercían una gran influencia sobre los dirigentes de los obreros ingleses. Nos acusan públicamente de haber envenenado y casi extinguido el espíritu inglés de la clase obrera y de haberla empujado al socialismo revolucionario.

El único modo de llevar a cabo este cambio es actuar como el Consejo General de la Asociación Internacional. Como Consejo General podemos iniciar medidas (por ejemplo, la fundación de la Liga por la Tierra y el Trabajo) que más tarde, en el proceso de su ejecución, aparecerán ante el público como movimientos espontáneos de la clase obrera inglesa.

Si se formara un Consejo Federal aparte del Consejo General, ¿cuáles serían los resultados inmediatos?

Situado entre el Consejo General y el Consejo General de los Trade Unions, el Consejo Federal no tendría autoridad alguna. Por otra parte, el Consejo General de la Internacional perdería el control de la gran palanca. Si hubiéramos preferido la charlatanería de feria al trabajo serio y sin ostentación, tal vez habríamos cometido el error de responder públicamente a la pregunta del *Egalité* de por qué el Consejo General permite «una combinación de funciones tan onerosa».

Inglaterra no puede ser tratada simplemente como un país entre otros. Debe ser tratada como la metrópoli del capital.

5) Cuestión de la Resolución del Consejo General sobre la Amnistía Irlandesa.

Si Inglaterra es el baluarte de la propiedad territorial y del capitalismo europeo, el único punto en el que se puede asestar un gran golpe a la Inglaterra oficial es Irlanda.

En primer lugar, Irlanda es el baluarte de la propiedad territorial inglesa. Si cayera en Irlanda, caería en Inglaterra. En Irlanda esto es cien veces más fácil porque la lucha económica allí se concentra exclusivamente en la propiedad territorial, porque esta lucha es al mismo tiempo nacional, y porque el pueblo allí es más revolucionario y más exasperado que en Inglaterra. La propiedad territorial en Irlanda solo se mantiene mediante el ejército inglés. En el momento en que cese la unión forzada entre los dos países, estallará inmediatamente en Irlanda una revolución social, aunque en formas anticuadas. La propiedad territorial inglesa no solo perdería una gran fuente de su riqueza, sino también su mayor fuerza moral, es decir, la de representar la dominación de Inglaterra sobre Irlanda. Por otra parte, al mantener el poder de sus terratenientes en Irlanda, el proletariado inglés los hace invulnerables en la propia Inglaterra.

En segundo lugar, la burguesía inglesa no solo ha explotado la miseria irlandesa para mantener sometida a la clase obrera en Inglaterra mediante la inmigración forzosa de irlandeses pobres, sino que también ha dividido al proletariado en dos campos hostiles. El fuego revolucionario del obrero celta no armoniza con la naturaleza sólida pero lenta del obrero anglosajón. Por el contrario, en todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario irlandés y el proletario inglés. El obrero inglés medio odia al obrero irlandés como a un competidor que reduce los salarios y el nivel de vida. Siente hacia él antipatías nacionales y religiosas. Lo mira poco más o menos como los blancos pobres de los Estados del Sur de Norteamérica miraban a los esclavos negros. Este antagonismo entre los proletarios de Inglaterra es alimentado y mantenido artificialmente por la burguesía. Sabe que esta escisión es el verdadero secreto del mantenimiento de su poder.

Además, este antagonismo se reproduce al otro lado del Atlántico. Los irlandeses, expulsados de su suelo natal por los toros y las ovejas, se reagrupan en Norteamérica, donde constituyen una sección enorme y siempre creciente de la población. Su único pensamiento, su única pasión, es el odio a Inglaterra. Los gobiernos inglés y norteamericano (es decir, las clases que representan) juegan con estos sentimientos para perpetuar la lucha encubierta entre los Estados Unidos e Inglaterra. Impiden así una alianza sincera y seria entre las clases obreras de ambos lados del Atlántico y, en consecuencia, su emancipación común.

Además, Irlanda es el único pretexto que tiene el gobierno inglés para mantener un gran ejército permanente que, llegado el caso, como ha sucedido antes, puede ser utilizado contra los obreros ingleses después de haberse adiestrado en Irlanda.

Por último, hoy vemos en Inglaterra una repetición de lo que ocurrió a escala monstruosa en la antigua Roma. Todo pueblo que oprime a otro forja sus propias cadenas.

Así, la posición de la Asociación Internacional respecto a la cuestión irlandesa es muy clara. Su primera preocupación es impulsar la revolución social en Inglaterra. A este fin, hay que asestar un gran golpe en Irlanda.

Las resoluciones del Consejo General sobre la amnistía irlandesa sirven solo como introducción a otras resoluciones que afirmarán que, independientemente de la justicia internacional, es una condición previa para la emancipación de la clase obrera inglesa transformar la actual unión forzada (es decir, la esclavización de Irlanda) en confederación igualitaria y libre, si es posible, en separación completa, si es necesario.

Por lo demás, las doctrinas ingenuas del *Egalité* y del *Progrés* sobre la conexión, o más bien la No-conexión, entre el movimiento social y el movimiento político, jamás han sido reconocidas, que sepamos, por ninguno de nuestros congresos internacionales. Van en contra de nuestros Estatutos. Los Estatutos dicen:

“Que la emancipación económica de las clases trabajadoras es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio.”

Las palabras “as a means”* fueron omitidas en la traducción francesa realizada en 1864 por el Comité de París.[1] Al ser interrogado por el Consejo General, el Comité de París se excusó alegando las dificultades de su situación política.[2]

Existen otras mutilaciones del texto auténtico. Así, la primera cláusula del preámbulo de los Estatutos reza: “La lucha por la emancipación de las clases trabajadoras significa... una lucha... por la igualdad de derechos y deberes, y la abolición de toda dominación de clase.”*

La traducción de París dice “igualdad de derechos y deberes”, es decir, reproduce una frase general que se puede encontrar prácticamente en todos los manifiestos democráticos de los últimos cien años y que significa cosas distintas en boca de las diferentes clases, pero omite la demanda concreta: “la abolición de toda dominación de clase”.

Además, en la segunda cláusula del preámbulo de los Estatutos leemos: “Que la sujeción económica del hombre del trabajo al monopolizador de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de la vida, etc.”

La traducción de París sustituye la palabra “capital” por “los medios de trabajo, es decir, las fuentes de la vida”, expresión que incluye la tierra al igual que los demás medios de trabajo.

El texto original auténtico fue, sin embargo, restaurado en la traducción francesa publicada en forma de folleto en Bruselas por la Rive Gauche (1866).[3]

6) La cuestión Liebknecht-Schweitzer.

L’Égalité escribe:

“Ambos grupos pertenecen a la Internacional.”

Esto es incorrecto. El grupo de los eisenachianos (que el Progrès y L’Égalité quisieran convertir en el grupo del ciudadano Liebknecht) pertenece a la Internacional. El grupo de Schweitzer no pertenece a ella.

Schweitzer mismo explicó detenidamente en su periódico (Social-Demokrat) por qué la organización lassalleana no podía unirse a la Internacional sin destruirse a sí misma.[4] Sin darse cuenta, estaba diciendo la verdad. Su organización sectaria artificial se opone a la organización histórica y espontánea de la clase trabajadora.

El Progrès y L’Égalité han requerido al Consejo General que declare públicamente su “opinión” sobre las diferencias personales entre Liebknecht y Schweitzer. Dado que el ciudadano Johann Philipp Becker (quien es calumniado tanto como Liebknecht en el periódico de Schweitzer[5]) es miembro del consejo de redacción de L’Égalité, resulta de lo más extraño que sus redactores no estén mejor informados de los hechos. Deberían saber que Liebknecht, en el Demokratisches Wochenblatt (16 de julio de 1869.— Ed.), invitó públicamente a Schweitzer a aceptar al Consejo General como árbitro de sus diferencias, y que Schweitzer, no menos públicamente, se negó a reconocer la autoridad del Consejo General.

Por su parte, el Consejo General ha empleado todos los medios posibles para poner fin a este escándalo.[6] Instruyó a su Secretario para Alemania* a que mantuviera correspondencia con Schweitzer; esto se ha hecho durante dos años, pero todos los intentos del Consejo han fracasado ante la firme resolución de Schweitzer de preservar a toda costa su poder autocrático junto con la organización sectaria. Corresponde al Consejo General determinar el momento favorable en que su intervención pública en esta querella resulte más útil que perjudicial.

7) Dado que las acusaciones de L’Égalité son públicas y pudieran considerarse emanadas del Comité Romance de Ginebra, el Consejo General debe comunicar esta respuesta a todos los comités que mantienen correspondencia con él.

Por orden del Consejo General