Los siguientes detalles sobre el trato dispensado a los presos fenianos han sido tomados de periódicos ingleses:

Mulcahy, subdirector del periódico *The Irish People*,* condenado por participar en la conspiración feniana, fue uncido a un carro cargado de piedras con un collar de hierro alrededor del cuello en Dartmoor.

O’Donovan Rossa, propietario de *The Irish People*, fue encerrado durante 35 días en un calabozo completamente oscuro, con las manos esposadas a la espalda día y noche. Ni siquiera le desataban para que pudiera comer las miserables bazofias que le dejaban en el suelo de tierra.¹

Kickham, uno de los redactores de *The Irish People*, aunque no podía utilizar el brazo derecho a causa de un absceso, fue obligado a sentarse con sus compañeros de prisión sobre un montón de escombros, en el frío y la niebla de noviembre, y a romper piedras y ladrillos con la mano izquierda. Por la noche regresaba a su celda y no tenía otra cosa que comer que 6 onzas de pan y una pinta de agua caliente.²

O’Leary, un anciano de sesenta o setenta años recluido en prisión, fue sometido a pan y agua durante tres semanas por negarse a renunciar al paganismo (así llamaba, al parecer, un carcelero al librepensamiento) y hacerse papista, protestante, presbiteriano o incluso cuáquero, o abrazar una de las muchas religiones que el director de la prisión ofrecía a los irlandeses idólatras.

Martin H. Carey está recluido en un manicomio de Millbank. El silencio y los demás malos tratos a que fue sometido le han hecho perder la razón.⁴

El coronel Richard Burke no se halla en mejor estado. Uno de sus amigos escribe que su mente está afectada, que ha perdido la memoria y que su comportamiento, sus modales y su habla son los de un loco.⁵

Los presos políticos son arrastrados de una prisión a otra como si fueran animales salvajes. Se les obliga a estar en compañía de los más viles bribones; están forzados a limpiar los recipientes que usan esos miserables, a vestir las camisas y las franelas que antes llevaron esos criminales, muchos de los cuales padecen las más repugnantes enfermedades, y a lavarse en la misma agua. Antes de que los fenianos llegaran a Portland, todos los criminales podían hablar con sus visitantes. Para los presos fenianos se instaló una jaula de visitas. Consiste en tres compartimentos separados por tabiques de gruesos barrotes de hierro; el carcelero ocupa el compartimento central y el preso y sus amigos sólo pueden verse a través de esta doble hilera de barrotes.

En los muelles se pueden encontrar presos que comen toda clase de babosas, y las ranas se consideran manjares en Chatham. El general Thomas Burke declaró que no le sorprendió encontrar un ratón muerto flotando en la sopa. Los penados dicen que fue un mal día para ellos cuando enviaron a los fenianos a las prisiones. (El régimen carcelario se ha vuelto mucho más severo.)

Quisiera añadir algunas palabras a estos extractos.

El año pasado, el señor Bruce, ministro del Interior, gran liberal, gran policía y gran propietario de minas en Gales que explota cruelmente a sus obreros, fue interrogado acerca del mal trato infligido a los presos fenianos, y en particular a O’Donovan Rossa.⁶ Al principio lo negó todo, pero más tarde se vio obligado a confesar.⁷ A raíz de esto, el señor Moore, diputado irlandés en la Cámara de los Comunes, exigió una investigación de los hechos.⁸ Esto fue rechazado de plano por el ministerio radical, del cual ese semidiós, el señor Gladstone (públicamente se le ha comparado con Jesucristo), es el jefe, y ese viejo demagogo burgués, John Bright, uno de los miembros más influyentes.⁹

Recientemente, cuando se reanudaron los rumores sobre los malos tratos a los fenianos, varios miembros del Parlamento solicitaron al señor Bruce permiso para visitar a los presos a fin de poder comprobar la falsedad de esos rumores. El señor Bruce denegó el permiso alegando que los directores de las prisiones temían que los presos se excitaran demasiado con una visita de esa índole.⁷

La semana pasada, el ministro del Interior fue sometido de nuevo a preguntas. Se le preguntó si era cierto que O’Donovan Rossa había recibido castigo corporal (es decir, azotes)* después de su elección al Parlamento como diputado por Tipperary*; el ministro confirmó que no había recibido tal trato desde 1868* (lo que equivale a admitir que al preso político se le había aplicado el látigo durante un período de dos a tres años).

Le envío igualmente extractos (que publicaremos en nuestro próximo número) sobre el caso de Michael Terbert, un feniano condenado como tal a trabajos forzados y que cumple su condena en la prisión penal de Spike Island, en el condado de Cork, Irlanda. Verá usted que el propio forense* atribuye la muerte de este hombre a la tortura que se le infligió. Esta investigación se celebró la semana pasada.*

En el transcurso de dos años, más de veinte obreros fenianos han muerto o han perdido la razón gracias a la filantropía de estas buenas almas burguesas, respaldadas por estos buenos terratenientes.

Probablemente sabrá usted que la prensa inglesa profesa un casto disgusto ante las terribles leyes de seguridad general que engalanan *la belle France*. Pues bien, salvo algunos breves intervalos, han sido las leyes de seguridad general las que han constituido la Carta irlandesa. Desde 1793, el gobierno inglés se ha valido de cualquier pretexto para suspender regular y periódicamente la Ley de *Habeas Corpus* (ley que garantiza la libertad individual); de hecho, todas las leyes, excepto la de la fuerza bruta. De este modo, miles de personas han sido detenidas en Irlanda bajo la sospecha de ser sospechosas de fenianismo, sin haber sido juzgadas, llevadas ante un juez o tribunal, ni siquiera acusadas. No contento con privarlas de su libertad, el gobierno inglés las ha hecho torturar de la manera más salvaje imaginable. El siguiente no es más que un ejemplo.

Una de las prisiones donde fueron enterradas vivas las personas sospechosas de ser fenianas es la prisión de Mountjoy, en Dublín. El inspector de prisiones, Murray, es un bruto despreciable. Maltrataba a los presos con tanta crueldad que algunos enloquecieron. El médico de la prisión, un excelente hombre llamado M’Donnell (que también desempeñó un papel encomiable en la investigación sobre la muerte de Michael Terbert), pasó varios meses escribiendo cartas de protesta que dirigió en un principio al propio Murray. Como Murray no respondía, envió cartas acusatorias a las autoridades superiores, pero, como experto carcelero que era, Murray interceptó esas cartas.

Finalmente, M’Donnell escribió directamente a lord Mayo, a la sazón virrey de Irlanda. Esto ocurría en el período en que los *tories* estaban en el poder (Derby y Disraeli). ¿Qué efecto tuvieron sus gestiones? Los documentos relativos al caso fueron publicados por orden del Parlamento* y ... ¡¡¡el Dr. M’Donnell fue destituido de su puesto!!! Mientras que Murray conservó el suyo.

Luego subió al poder el llamado ministerio radical de Gladstone, el tierno, untuoso y magnánimo Gladstone que había derramado cálidas y sinceras lágrimas, a la vista de toda Europa, por el destino de Poerio y otros miembros de la burguesía que fueron maltratados por el rey Bomba. ¿Qué hizo este ídolo de la burguesía progresista? Mientras insultaba a los irlandeses con sus insolentes respuestas a sus demandas de amnistía, no sólo confirmó en su puesto al monstruo Murray, sino que dotó el cargo de jefe de carceleros con una buena y suculenta sinecura en señal de su particular satisfacción.* ¡Ahí tenéis al apóstol de la filantropía burguesa!

Pero había que hacer algo para echar tierra a los ojos del público. Era indispensable aparentar que se hacía algo por Irlanda, y se promulgó con gran bombo y platillo una ley reguladora de la cuestión agraria (*Land Bill*).* Todo esto no es más que una pose cuyo fin último es engañar a Europa, ganarse a los jueces y abogados irlandeses con la perspectiva de interminables litigios entre terratenientes y arrendatarios, aplacar a los terratenientes con la promesa de ayudas financieras del Estado y embaucar a los agricultores más acomodados con unas cuantas concesiones benignas.

En la larga introducción a su grandilocuente y confuso discurso, Gladstone admite que incluso las leyes “benévolas” que la Inglaterra liberal ha otorgado a Irlanda en los últimos cien años han conducido siempre a una mayor decadencia del país. Y después de esta ingenua confesión, el mismo hombre persiste en torturar a quienes quieren poner fin a esta legislación perjudicial y estúpida.

II

Lo que sigue es un relato, tomado de un periódico inglés, de los resultados de una investigación sobre la muerte de Michael Terbert,* un preso feniano fallecido en la prisión de Spike Island a consecuencia del mal trato que había recibido.

El pasado jueves, el señor John Moore, forense del distrito de Middleton, celebró una investigación en la prisión penal de Spike Island* sobre el cadáver de un penado [...] llamado Michael Terbert, fallecido en el hospital.

Peter Hay, director de la prisión, fue llamado en primer lugar. Declaró: El difunto, Michael Terbert, llegó a esta prisión en junio de 1866; no puedo decir cuál era su estado de salud en aquel momento; había sido condenado el 12 de enero de 1866, y su condena era de siete años de trabajos forzados; desde hacía algún tiempo parecía delicado, como se desprende de uno de los libros de la prisión, en el que consta que fue trasladado por recomendación de los médicos, por no ser apto para la disciplina celular. A continuación, el testigo expuso detalladamente los frecuentes castigos infligidos al difunto por faltas disciplinarias, muchas de ellas por el uso de “lenguaje irrespetuoso para con el médico”.

Jeremiah Hubert Kelly declaró — Recuerdo cuando Michael Terbert vino aquí desde la prisión de Mountjoy; entonces se dijo que no era apto para la disciplina celular — eso significa estar siempre encerrado en una celda; al efecto se firmó un certificado por el Dr. M’Donnel: [...] Lo encontré, sin embargo, en buen estado de salud, y lo envié a trabajar. ¡Consta en el registro que estuvo en el hospital desde el 31 de enero de 1869 hasta el 6 de febrero de 1869; entonces padecía una afección cardíaca agravada, y desde ese momento no trabajó en las obras públicas, sino en el interior, en la estopa; desde el 19 de marzo de 1869 hasta el 24 de marzo de 1869 estuvo en el hospital, aquejado de la misma afección cardíaca; desde el 24 de abril hasta el 5 de mayo también estuvo en el hospital por esputar sangre; desde el 19 de mayo hasta el 1 de junio estuvo en el hospital por enfermedad cardíaca; desde el 21 de junio hasta el 22 de junio estuvo bajo tratamiento hospitalario por lo mismo; también estuvo en el hospital desde el 22 de julio hasta el 15 de agosto, por lo mismo — desde el 9 de noviembre hasta el 13 de diciembre por debilidad, y desde el 20 de diciembre hasta el 8 de febrero, cuando murió de hidropesía aguda; el 13 de noviembre apareció por primera vez con síntomas de hidropesía, que entonces remitió; visito las celdas cada día, y debo de haberlo visto cuando estaba bajo castigo de vez en cuando; es mi deber, por recomendación, remitir ese castigo si considero que el recluso no está en condiciones de soportarlo; creo que lo hice en dos ocasiones en su caso.

Como médico, ¿consideró usted que cinco días a pan y agua por día era un castigo excesivo para él, a pesar de su estado de salud en Mountjoy y aquí? — No lo consideré así; el difunto tenía buen apetito; no creo que el tratamiento indujera la hidropesía aguda de la que murió [....]

Véase The Irishman, núm. 34, 19 de febrero de 1870. — Ed.

Martin O’Connell, boticario residente de Spike Island, fue examinado a continuación — El testigo mencionó al Dr. Kelly en julio pasado que mientras el difunto padecía una enfermedad cardíaca no debió haber sido castigado; [...] era de la opinión de que un castigo como el que recibió el difunto era perjudicial para su salud, considerando que había sido inválido durante los últimos doce meses [...] no podía decir si los inválidos eran castigados así, pues solo atendía las celdas en ausencia del Dr. Kelly; estaba seguro, considerando el estado de salud del difunto, de que cinco días seguidos en celdas serían perjudiciales para su salud; [...] El juez de instrucción [...] trató enérgicamente el trato que el preso había recibido [...] alternando entre el hospital y la celda de castigo.

El jurado emitió el siguiente veredicto: “Nosotros encontramos que Michael Terbert murió en el hospital de la Prisión de Presidiarios de Spike Island, el 8 de febrero de 1870, de hidropesía; tenía veinticinco años de edad,⁠2 y era soltero. Hemos de expresar asimismo en los términos más enérgicos nuestra total desaprobación del frecuente castigo que sufrió en celdas a pan y agua durante varios días seguidos a lo largo de su reclusión en Spike Island, adonde había sido enviado en junio de 1866 desde la prisión de Mountjoy, por el motivo de que, a juicio del Dr. M’Donnell, no era apto para la disciplina celular en Mountjoy; y expresamos nuestra condena de dicho trato.”