El año 1867-68 señalará una época en la historia de la Asociación. Tras un período de desarrollo pacífico, ha cobrado dimensiones lo bastante poderosas para provocar las amargas denuncias de las clases dominantes y las manifestaciones hostiles de los gobiernos.[1] Ha entrado en la fase de la lucha.

El Gobierno francés tomó, como era de esperar, la iniciativa en los procedimientos reaccionarios contra las clases trabajadoras. Ya el año pasado tuvimos que señalar algunas de sus maniobras subrepticias. Se entrometió en nuestra correspondencia, confiscó nuestros Estatutos y los documentos del Congreso.[2] Después de muchas gestiones infructuosas para recuperarlos, al fin fueron devueltos solo bajo la presión oficial de Lord Stanley, ministro inglés de Asuntos Exteriores.

Pero el Imperio se ha quitado este año la máscara y ha intentado aniquilar directamente a la Asociación Internacional mediante golpes de policía y procesos judiciales. Nacido de la lucha de clases, de la cual las jornadas de junio de 1848 son la expresión más grandiosa, no podía menos que asumir alternativamente las actitudes de salvador oficial de la burguesía y de protector paternal del proletariado. El creciente poder de la Internacional, que se manifestó en las huelgas de Roubaix, Amiens, París, Ginebra, etc.,[3] redujo a nuestro presunto patrono a la necesidad de poner la Sociedad a su servicio o de destruirla. Al principio se mostró muy dispuesto a pactar en condiciones muy moderadas.[4] Habiendo sido confiscado en la frontera francesa el manifiesto de los parisienses leído en el Congreso de Ginebra[5], nuestra Ejecutiva de París pidió al ministro del Interior las razones de esta confiscación.[6] El señor Rouher invitó entonces a uno de los miembros del Comité[7] a una entrevista, en el curso de la cual declaró estar dispuesto a autorizar la entrada del manifiesto a condición de que se insertaran algunas modificaciones.[8] Ante la negativa del delegado de la Ejecutiva de París, añadió:

«Sin embargo, si introdujerais unas palabras de gratitud al Emperador, que tanto ha hecho por las clases trabajadoras, se podría ver qué hacer.»[9]

La insinuación del señor Rouher, el subemperador, fue acogida con un rechazo rotundo. Desde ese momento, el Gobierno imperial buscó un pretexto para suprimir la Asociación. Su cólera se acrecentó con la agitación antichauvinista de nuestros miembros franceses tras la guerra alemana. Poco después, cuando el pánico feniano llegó a su punto culminante, el Consejo General dirigió al Gobierno inglés una petición[10] pidiendo la conmutación de la pena de las tres víctimas de Manchester, calificando su ejecución como un acto de venganza política.[11] Al mismo tiempo celebró en Londres reuniones públicas en defensa de los derechos de Irlanda. El Imperio, siempre deseoso de ganarse el favor del Gobierno británico, consideró el momento propicio para echar mano sobre la Internacional.[12] Hizo practicar registros nocturnos, hurgó ávidamente en la correspondencia privada y anunció con gran estruendo[13] que había descubierto el centro de la conspiración feniana, de la cual se denunciaba a la Internacional como uno de los principales órganos.[14] Sin embargo, todas sus laboriosas pesquisas terminaron en nada.[15] El propio fiscal arrojó el escrito de acusación con disgusto.[16] Fracasada miserablemente la tentativa de convertir a la Asociación Internacional en una sociedad secreta de conspiradores, lo que quedaba era procesar a nuestra sección de París como sociedad no autorizada de más de veinte miembros.[17] Los jueces franceses, amaestrados por la disciplina imperialista, se apresuraron, como era de esperar, a ordenar la disolución de la Asociación y el encarcelamiento de su Ejecutiva de París.[18] El tribunal tuvo la ingenuidad de declarar en el preámbulo de su sentencia que la existencia del Imperio francés era incompatible con[19] una asociación de trabajadores que osara proclamar la verdad, la justicia y la moralidad como principios fundamentales.[20] Las consecuencias de estos procesos se hicieron sentir en los departamentos, donde mezquinas vejaciones de los prefectos sucedieron a las condenas de París. Pero estas trapacerías gubernamentales, lejos de aniquilar a la Asociación, le han dado un nuevo impulso[21] al obligar al Imperio a abandonar sus aires de protector de las clases trabajadoras.

En Bélgica la Asociación Internacional ha dado pasos de gigante. Los señores del carbón de la cuenca de Charleroi, después de haber empujado a sus mineros a los disturbios mediante exacciones incesantes, lanzaron sobre aquellos hombres desarmados la fuerza armada, que masacró a muchos de ellos.[22] En medio del pánico así creado, nuestra sección belga tomó la causa de los mineros, puso de manifiesto su miserable situación económica,[23] acudió en auxilio de las familias de los muertos y heridos y consiguió asistencia letrada para los prisioneros, los cuales, finalmente, fueron todos absueltos por el jurado.[24] Después del asunto de Charleroi, el éxito de la Internacional en Bélgica estaba asegurado. El ministro de Justicia belga, Jules Bara, denunció a la Asociación Internacional en la Cámara de Diputados e hizo de su existencia el principal pretexto para la renovación de la ley contra los extranjeros.[25] Incluso osó amenazar con impedir la celebración del Congreso de Bruselas.[26] El Gobierno belga debería comprender por fin que los pequeños Estados ya no tienen razón de ser en Europa, a no ser que sean asilos de la libertad.

En Italia, el progreso de la Asociación se ha visto obstaculizado por la reacción que siguió de cerca a la emboscada de Mentana[27]; una de las primeras consecuencias fue la restricción impuesta al derecho de asociación y de reunión pública. Pero las numerosas cartas que han llegado a nuestras manos prueban plenamente que la clase obrera italiana afirma cada vez más su individualidad con total independencia de los viejos partidos.

En Prusia, la Internacional no puede existir legalmente, a causa de una ley que prohíbe toda relación con sociedades extranjeras.[28] Además, respecto a la Unión General de los Trabajadores Alemanes, el Gobierno prusiano ha imitado el bonapartismo a escala mezquina. Siempre dispuestos a atacarse unos a otros, los gobiernos militares se codean cuando emprenden una cruzada contra su enemigo común, las clases trabajadoras. A pesar, sin embargo, de todas estas pequeñas tribulaciones, pequeños grupos diseminados por toda la superficie de Alemania se habían agrupado desde hacía tiempo en torno a nuestro centro de Ginebra.[29] La Unión General de los Trabajadores Alemanes, cuyas secciones se limitan en su mayoría al norte de Alemania, decidió en su reciente Congreso celebrado en Hamburgo actuar de concierto con la Asociación Internacional de los Trabajadores,[30] aunque se le impida oficialmente adherirse a ella.[31] En el programa del Congreso de Nuremberg, que representa a más de cien sociedades obreras, pertenecientes en su mayor parte al centro y al sur de Alemania, se ha puesto a la orden del día la adhesión directa a la Internacional.[32] A petición de su comité dirigente, hemos enviado un delegado a Nuremberg.[33]

En Austria, el movimiento obrero adquiere un carácter cada vez más revolucionario.[34] A principios de septiembre debía reunirse en Viena un congreso que tendía a la fraternización de los trabajadores de las distintas razas del Imperio. Habían enviado también un mensaje a los trabajadores ingleses y franceses, en el que se declaraban por los principios de la Internacional.[35] Vuestro Consejo General ya había designado un delegado para Viena[36] cuando el Gobierno liberal de Austria, a punto de sucumbir bajo los golpes de la reacción feudal, tuvo la astucia de excitar la cólera de los trabajadores prohibiendo su congreso.

En la lucha sostenida por los oficios de la construcción de Ginebra se puso a prueba la existencia misma de la Internacional en Suiza. Los patronos pusieron como condición previa para llegar a cualquier acuerdo con sus trabajadores que éstos abandonaran la Internacional. Los trabajadores se negaron indignados a someterse a tal dictado. Gracias a la ayuda recibida[37] de Francia, Inglaterra, Alemania, etc., por mediación de la Internacional, han obtenido finalmente una reducción de una hora[38] de trabajo y un aumento del diez por ciento[39] en los salarios. Ya profundamente arraigada en Suiza, la Internacional ha presenciado desde aquel acontecimiento un rápido incremento en el número de sus miembros. En el mes de agosto último, los trabajadores alemanes residentes en Suiza (unas 50 sociedades) aprobaron en su Congreso de Neuenburg un voto unánime de adhesión a la Internacional.

En Inglaterra, la inestabilidad del estado político,[40] la disolución de los viejos partidos y los preparativos para la próxima campaña electoral han absorbido a muchos de nuestros miembros más activos y, en cierta medida, han retrasado nuestra propaganda. No obstante, hemos entablado correspondencia con numerosos sindicatos de oficio de provincias, muchos de los cuales han enviado su adhesión. Entre las afiliaciones más recientes en Londres, las de la Sociedad de Curtidores y los Zapateros de la City son las más considerables en cuanto a número.

Vuestro Consejo General está en comunicación constante con la National Labour Union de los Estados Unidos. En su último Congreso, en agosto de 1867, la Unión americana había resuelto enviar un delegado al Congreso de Bruselas[41], pero, apremiada por el tiempo, no pudo tomar las medidas especiales necesarias para llevar a cabo el acuerdo.[42]

El poder latente de las clases trabajadoras de los Estados Unidos se ha manifestado recientemente en el establecimiento legal de una jornada de ocho horas en todos los talleres del Gobierno federal y en la promulgación de leyes en el mismo sentido por muchas legislaturas estatales.[43] Sin embargo, en este mismo momento los trabajadores de Nueva York, por ejemplo, están empeñados en una lucha encarnizada para hacer cumplir la ley de las ocho horas, contra la resistencia del capital rebelde. Este hecho prueba que, incluso bajo las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio del proletariado depende de una organización que una y concentre sus fuerzas; e incluso su organización nacional está aún expuesta a dividirse por la desorganización de las clases trabajadoras en otros países, que compiten todos y cada uno en el mercado mundial, actuando y reaccionando unos sobre otros. Nada, salvo un vínculo internacional de las clases trabajadoras, podrá asegurar jamás su triunfo definitivo. Esta necesidad ha dado origen a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Dicha Asociación no ha sido incubada por una secta ni por una teoría. Es el producto espontáneo del movimiento proletario, que a su vez es el fruto de las tendencias naturales e irreprimibles de la sociedad moderna. Profundamente convencida de la grandeza de su misión, la Asociación Internacional de los Trabajadores no se dejará intimidar ni extraviar. Su destino, en adelante, se funde con el progreso histórico de la clase que lleva en sus manos la regeneración de la humanidad.[44]

Londres, 1 de septiembre