«El gobierno sabe, y la burguesía también lo sabe, que todo el movimiento obrero alemán actual es sólo tolerado, sólo sobrevive, mientras el gobierno lo quiera. Mientras a éste le convenga que el movimiento exista y que a la oposición burguesa se le enfrenten nuevos adversarios independientes, lo tolerará. Desde el momento en que este movimiento convierta a los obreros en una fuerza independiente, y por tanto se convierta en un peligro para el gobierno, todo acabará de forma abrupta. El modo en que ha sido reprimida toda la agitación de los hombres del Progreso en la prensa, las asociaciones y las asambleas debe servir de advertencia a los obreros. Las mismas leyes, edictos y medidas que se aplicaron en aquel caso pueden ser aplicados contra ellos en cualquier momento y asestar un golpe letal a su agitación; y así se hará tan pronto como esta agitación se vuelva peligrosa. Es de la mayor importancia que los obreros tengan claridad sobre este punto y no sean presa de la misma ilusión que la burguesía en la Nueva Era, cuando se hallaba igualmente sólo tolerada pero se imaginaba ya en la silla. Y si alguien se imagina que el gobierno actual liberará a la prensa, el derecho de asociación y el derecho de reunión de sus actuales grilletes, es claro que se encuentra entre aquellos a los que no vale la pena dirigir la palabra. Y sin libertad de prensa, derecho de asociación y derecho de reunión, no es posible movimiento obrero alguno.»

Estas palabras se encuentran en las páginas 50 y 51 de un folleto, La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán, de Frederick Engels, Hamburgo, 1865. En aquel momento se intentó poner a la Asociación General de Trabajadores Alemanes —en su tiempo la única asociación organizada de trabajadores socialdemócratas en Alemania— bajo el ala del ministerio Bismarck, presentando a los obreros la perspectiva de que el gobierno concediera el sufragio universal. «El sufragio universal, igual y directo» era, desde luego, predicado por Lassalle como el único medio infalible para que la clase obrera conquistara el poder político»; ¿cabe extrañarse de que, en esas circunstancias, se menospreciaran cosas subordinadas como la libertad de prensa y el derecho de asociación y reunión, que incluso la burguesía defendía, o al menos pretendía defender? Si la burguesía se interesaba por tales cosas, ¿no era ésa una buena razón para que los obreros se mantuvieran al margen de la agitación por ellas? El folleto arriba mencionado se oponía a este punto de vista. Los dirigentes de la Asociación General de Trabajadores Alemanes sabían más, y el autor sólo tuvo la satisfacción de que los lassalleanos de su ciudad natal, Barmen, lo declararan a él y a sus amigos proscritos y excomulgados.

¿Y cuál es el estado de cosas hoy? El «sufragio universal, directo e igual» existe desde hace dos años. Ya se han votado dos parlamentos. Los obreros, en lugar de sentarse en el timón del Estado y decretar la «ayuda estatal» según las instrucciones de Lassalle, consiguen con la mayor dificultad hacer elegir media docena de diputados al parlamento. Bismarck es Canciller Federal, y la Asociación General de Trabajadores Alemanes ha sido disuelta.

Pero por qué el sufragio universal no trajo a los obreros el milenio prometido, ya pudieron averiguarlo por Engels. En el folleto antes citado se dice en la página 48:

«Y respecto al sufragio universal directo mismo, basta con ir a Francia para darse cuenta de las elecciones dóciles que puede producir, si se cuenta con una población rural grande e ignorante, una burocracia bien organizada, una prensa bien regimentada, asociaciones suficientemente sometidas por la policía y ninguna reunión política en absoluto. ¿Cuántos representantes obreros envía entonces el sufragio universal a la cámara francesa? Y sin embargo, el proletariado francés tiene sobre el alemán la ventaja de una concentración mucho mayor y una experiencia de lucha y organización más larga.

»Lo cual nos lleva a otro punto. En Alemania la población rural es el doble de la urbana, es decir, 2/3 viven de la agricultura y 1/3 de la industria. Y puesto que en Alemania el gran terrateniente es la regla y el pequeño campesino con sus parcelas la excepción, dicho de otro modo significa: si 1/3 de los obreros están a disposición de los capitalistas, 2/3 lo están a disposición de los señores feudales. ¡Tomen nota de esto aquellos que no cesan de despotricar contra los capitalistas pero nunca pronuncian una palabra de cólera contra los feudalistas! Los feudalistas explotan al doble de obreros en Alemania que la burguesía... Pero eso no es en modo alguno todo. El sistema económico patriarcal en las viejas propiedades feudales genera una dependencia hereditaria del jornalero rural o del bracero respecto a “su señoría”, lo que hace mucho más difícil al proletario agrícola ingresar en el movimiento obrero urbano. El clero, el oscurantismo sistemático en el campo, la mala escolarización y el alejamiento de la gente del mundo en general hacen el resto. El proletariado agrícola es la sección de la clase obrera que más dificultad tiene y más tarda en comprender sus propios intereses y su propia situación social, en otras palabras, es la sección que permanece más tiempo como herramienta inconsciente en manos de la clase privilegiada que la explota. ¿Y qué clase es ésa? No la burguesía, en Alemania, sino la aristocracia feudal. Ahora bien, incluso en Francia, donde después de todo prácticamente todos los campesinos son libres y dueños de su tierra, y donde la aristocracia feudal ha estado privada de todo poder político durante mucho tiempo, el sufragio universal no ha llevado obreros a la Cámara, sino que casi los ha excluido totalmente de ella. ¿Cuál sería la consecuencia del sufragio universal en Alemania, donde la aristocracia feudal es todavía un poder social y político real y donde hay dos jornaleros agrícolas por cada obrero industrial? La batalla contra la reacción feudal y burocrática —pues ambas son inseparables en nuestro país— es en Alemania idéntica a la lucha por la emancipación intelectual y política del proletariado rural; y mientras el proletariado rural no sea también arrastrado al movimiento, el proletariado urbano no puede ni podrá lograr nada en Alemania, y el sufragio universal no será un arma para el proletariado sino una trampa.

»Quizás este análisis excepcionalmente franco pero necesario anime a los feudalistas a abrazar la causa del sufragio universal directo. Tanto mejor.»

La Asociación General de Trabajadores Alemanes ha sido disuelta no meramente bajo el imperio del sufragio universal, sino también precisamente porque el sufragio universal impera. Engels había predicho que sería suprimida tan pronto como se hiciera peligrosa. En su última asamblea general, la Asociación había decidido: 1. trabajar por la plena libertad política, y 2. cooperar con la Asociación Internacional de los Trabajadores. Estas dos resoluciones encierran una ruptura completa con todo el pasado de la Asociación. Con ellas, salió de su anterior posición sectaria al ancho campo del movimiento obrero. Pero en las altas esferas parecen haber imaginado que esto era hasta cierto punto una violación del acuerdo. En otros tiempos no habría importado tanto; pero, ¡desde la introducción del sufragio universal, cuando tienen que cuidarse de proteger a su proletariado rural y provinciano de tales tendencias subversivas! El sufragio universal fue el último clavo en el ataúd de la Asociación General de Trabajadores Alemanes.

Honra a la Asociación haber naufragado precisamente por esta ruptura con el lassalleanismo de miras estrechas. Lo que ocupe su lugar se construirá, en consecuencia, sobre una base mucho más general y de principios de la que podían ofrecer las pocas frases lassalleanas incesantemente reiteradas sobre la ayuda estatal. En el momento en que los miembros de la disuelta Asociación empezaron a pensar en lugar de creer, desapareció el último obstáculo en el camino hacia la fusión de todos los trabajadores socialdemócratas alemanes en un solo gran partido.