En diversos puntos de la mitad sur de la llanura calcárea aparecen cordilleras aisladas de 700 a 1.000 pies sobre el nivel del mar y de considerable extensión, formadas por los estratos carboníferos. Se presentan en sinclinales de la superficie de la caliza, sobresaliendo de ella como mesetas de laderas bastante abruptas.

«Las escarpas en estos yacimientos de capas de carbón, tan ampliamente separados, son tan semejantes, y los estratos que las componen tan exactamente iguales, que es imposible suponer otra cosa sino que originariamente formaron mantos rocosos continuos, aunque ahora se hallen separados por sesenta u ochenta millas [...] Esta convicción se ve poderosamente corroborada por el hecho de que, a menudo, entre las dos áreas mayores, existen varios pequeños afloramientos aislados en los que se encuentran capas de carbón cubriendo las cimas de pequeñas colinas [...] y porque allí donde la ondulación de la caliza es tal que hace descender sus estratos superiores por debajo del nivel actual de la superficie del terreno, hallamos invariablemente que aparecen encima algunos de los estratos inferiores de las capas de carbón» (Jukes, p. 286).*

Otros factores, en los que no podemos entrar aquí con demasiado detalle y que pueden consultarse en Jukes, pp. 286-289, no dejan lugar a duda de que, como dice Jukes, toda la llanura central de Irlanda es resultado de la denudación, de manera que, habiendo sido arrastradas por el agua las capas de carbón y los depósitos superiores de caliza —con un espesor medio de por lo menos 2.000 a 3.000 pies, quizás de 5.000 a 6.000 pies de roca—, en la actualidad afloran principalmente las capas inferiores de caliza. Incluso en la cresta más alta de los Burren Hills, en el condado de Clare, que consisten en caliza pura y alcanzan 1.000 pies de altura, Jukes encontró (p. 513) todavía otro pequeño afloramiento de las capas de carbón.

De hecho, en el sur de Irlanda existen aún algunas extensiones bastante considerables que poseen capas de carbón; pero entre ellas, solo puntos aislados contienen carbón de espesor suficiente para que su explotación resulte rentable. Además, el carbón mismo es antracítico, es decir, contiene poco hidrógeno y no puede utilizarse para todos los fines industriales sin aditivos.

En el norte de Irlanda hay también varias cuencas carboníferas no muy extensas, cuyo carbón es bituminoso —es decir, hulla ordinaria rica en hidrógeno— y cuya estratificación no coincide plenamente con la de las regiones carboníferas del sur. Sin embargo, es del todo evidente que aquí también fueron arrastradas las capas de carbón: grandes trozos de carbón, junto con arenisca y arcilla azul de la misma formación, se han encontrado en la superficie de un valle calizo al sudeste de una de estas cuencas, en dirección a Belturbet y Mohill. A menudo se han hallado grandes bloques de carbón al perforar pozos en el material de acarreo de esta zona; y, en algunos casos, la cantidad de carbón era tan considerable que se pensó que una excavación más profunda llevaría a una veta de carbón (Kane, Recursos industriales de Irlanda, 2.ª ed., Dublín, 1845, p. 265).

Puede verse que la desgracia de Irlanda es realmente antigua: comienza inmediatamente después de que se depositaran las capas de carbón. Un país cuyos yacimientos de carbón han sido arrastrados por las aguas, situado justo al lado de un país más grande y abundante en carbón, estuvo durante mucho tiempo condenado por la naturaleza, digámoslo así, a desempeñar el papel de país agrícola frente a la futura nación industrial. Esta sentencia, dictada hace millones de años, no se cumplió hasta este siglo. Más aún, veremos más adelante cómo los ingleses echaron una mano a la naturaleza, sofocando inmediata y violentamente casi todo signo de industria incipiente en Irlanda.

Los depósitos más recientes del Secundario y del Terciario** aparecen casi exclusivamente en el nordeste; entre ellos nos interesan sobre todo los estratos del Keuper en la zona de Belfast, que contienen sal gema más o menos pura hasta un espesor de 200 pies (Jukes, p. 554), y la creta, que cubre todo el condado de Antrim, recubierta a su vez por basalto. En general, la historia del desarrollo geológico de Irlanda se detuvo desde el final del período Carbonífero hasta la Era Glacial.

Es sabido que después del fin de la Época Terciaria hubo un período en que las tierras bajas de las latitudes medias de Europa quedaron sumergidas bajo el mar, y en que prevalecieron en Europa temperaturas tan frías que los valles de las islas montañosas que aún sobresalían estaban cubiertos de glaciares hasta el mismo mar. Los icebergs que se desprendían de estos glaciares transportaban consigo, hacia mar abierto, grandes y pequeños bloques de roca, hasta que el hielo se fundía y los bloques y demás derrubios transportados se hundían hasta el fondo —proceso que aún hoy se produce a diario a lo largo de las costas de las regiones polares—.

Durante la Era Glacial, también Irlanda, a excepción de las cimas de las montañas, quedó sumergida bajo el mar. La extensión máxima de esta sumersión puede no haber sido la misma en todas partes, pero puede calcularse, en promedio, en unos 1.000 pies por debajo del nivel actual; las montañas graníticas al sur de Dublín debieron de quedar sumergidas en más de 1.200 pies.

Si Irlanda se hundiese tan solo 500 pies, únicamente quedarían las cadenas montañosas, formando dos grupos semicirculares de islas a ambos lados de un amplio estrecho que se extendería de Dublín a Galway. Si la tierra se hundiese aún más, estas islas se reducirían en tamaño y en número, hasta que, con un descenso de 2.000 pies, solo sobresaldrían del agua los picos de las montañas periféricas.*

A medida que esta sumersión se producía lentamente, la llanura calcárea y las laderas de las montañas debieron de ser despojadas de gran parte de la roca más antigua que las recubría; a continuación siguió la deposición del «material de acarreo» característico de la Era Glacial sobre toda la extensión que estaba cubierta por el agua. Los productos de la meteorización de las islas montañosas y las partículas rocosas finamente trituradas, arrancadas de los valles por los glaciares en su lento pero irresistible avance —tierra, arena, grava, piedras, bloques pulidos por el roce dentro del hielo mismo y aristas vivas sobre su superficie—, todo ello era arrastrado mar adentro por los icebergs al desprenderse de la costa, y acababa hundiéndose hasta el fondo. Según las circunstancias, la capa así formada consiste en arcilla (procedente de esquistos arcillosos), arena (del cuarzo y del granito), grava caliza (de las montañas calcáreas), marga (donde la caliza finamente pulverizada se mezcló con arcilla) o mezclas de todos estos componentes; en todo caso, sin embargo, contiene cantidad de piedras, grandes y pequeñas, a veces redondeadas, a veces angulosas, y algunas del tamaño de esos bloques erráticos colosales que aparecen con mayor frecuencia aún en Irlanda que en la llanura del norte de Alemania o entre los Alpes y el Jura.

Cuando la tierra volvió a alzarse posteriormente desde el mar, esta superficie recién formada adquirió, más o menos, la composición que hoy presenta. En Irlanda, el arrastre ulterior por las aguas parece haber sido escaso en este proceso; con pocas excepciones, el material de acarreo cubre toda la tierra llana en capas de espesor variable, se prolonga hacia los valles en las montañas y a menudo se encuentra también a bastante altura en las laderas. Las rocas que en él aparecen son predominantemente calizas; por esa razón, toda la capa recibe aquí comúnmente el nombre de *grava caliza*. Gran número de grandes bloques de caliza están también diseminados por todas las tierras bajas, uno o más en casi todos los campos. Como es lógico, junto a las montañas, además de la caliza, se encuentran también en grandes cantidades las rocas locales originarias de allí (en particular el granito). El granito de la orilla septentrional de la bahía de Galway aparece en la llanura del sudeste, en grandes cantidades hasta los Galton Mountains, y en ejemplares sueltos hasta Mallow (condado de Cork).

* De las 32.509 millas cuadradas inglesas de Irlanda, 13.243 se hallan entre el nivel del mar y los 250 pies; 11.797 entre 251 y 500 pies sobre el nivel del mar; 5.798 entre 501 y 1.000 pies; 1.589 entre 1.001 y 2.000 pies; y 82 millas cuadradas están a 2.001 pies o más sobre el nivel del mar.

El norte del país está cubierto de material de acarreo hasta la misma altura sobre el nivel del mar que la llanura central; entre las diversas cadenas montañosas, más o menos paralelas, que lo atraviesan, el sur presenta un depósito análogo, derivado de rocas locales de formación predominantemente silúrica, y que aparece en grandes cantidades en particular en el valle del Flesk y del Laune, cerca de Killarney.

Las huellas del glaciar en las laderas y en los fondos de los valles son en Irlanda muy comunes e inconfundibles, en especial en el sudoeste. Solo en Oberhasli, y aquí y allá en Suecia, recuerdo haber visto huellas de hielo de todo tipo más marcadas que en Killarney (en el Black Valley y el Gap of Dunloe).

La elevación de la tierra durante la Era Glacial, o después de ella, parece haber sido tan pronunciada que Gran Bretaña estuvo un tiempo comunicada por tierra firme no solo con el continente, sino también con Irlanda. Cuando menos, esta parece ser la única explicación de la semejanza entre las faunas de estos países. De los grandes mamíferos extintos, Irlanda poseía el mamut, el ciervo gigante irlandés, el oso de las cavernas, una especie de reno y otros en común con el continente. De hecho, una elevación de menos de 240 pies por encima del nivel actual bastaría para unir Irlanda y Escocia, y una de menos de 360 pies para unir Irlanda y Gales con anchas dorsales de tierra.* El hecho de que, en algún momento posterior a la Era Glacial, Irlanda ocupaba un nivel más alto que el actual queda demostrado por las turberas submarinas con tocones de árboles y raíces enhiestos que se encuentran a todo lo largo de la costa y que son, en todos los sentidos, idénticas a las capas inferiores de las tierras turbosas continentales colindantes.

En la medida en que es cultivable, el suelo de Irlanda se compone, por consiguiente, casi enteramente de «material de acarreo» de la Era Glacial; aquí, debido a su origen calcáreo y esquistoso, se trata de un suelo franco extremadamente fértil y ligero, a diferencia de la arena estéril con la que los granitos escoceses, escandinavos y fineses han cubierto una parte tan grande del norte de Alemania. La diversidad de las rocas que han depositado —y siguen depositando— sus sedimentos sobre este suelo le ha proporcionado una diversidad correspondiente de los elementos minerales necesarios para la vegetación; y si uno de ellos, la cal, a menudo falta en la capa superficial del suelo, en todas partes abundan los bloques de caliza de distintos tamaños —dejando aparte la capa subyacente de caliza—, de modo que puede añadírsela con facilidad.

Cuando el conocido agrónomo inglés Arthur Young viajó por Irlanda en la década de 1770, no sabía qué le sorprendía más, si la fertilidad natural del suelo o el trato bárbaro que le infligían los agricultores. «Un suelo franco arenoso, ligero, seco y suave» predomina en toda tierra que merece alguna consideración. En el «Golden Vale» de Tipperary, y también en otros lugares, halló

«el mismo suelo franco rojizo y arenoso que ya he descrito, tierra incomparable para la labranza». Desde allí, en dirección a Clonmel, «todo el camino, a lo largo de la misma rica veta de suelo franco rojo y arenoso que tan a menudo he mencionado. Lo examiné en varios campos y encontré que era de una fertilidad extraordinaria, y la mejor tierra para nabos que he visto jamás».

Y más adelante:

«La tierra rica se extiende desde Charleville, al pie de las montañas, hasta Tipperary» (la ciudad), «por Kilfennan, una línea de veinticinco millas, y a lo ancho desde Ardpatrick hasta a cuatro millas de Limerick —dieciséis millas—». —«La tierra más rica son los Corcasses sobre el Maag, cerca de Adare, una faja de cinco millas de largo por dos de ancho, que desciende hasta el Shannon... Cuando rompen esta tierra, siembran primero avena y obtienen veinte barriles por acre» (14 stones, o sea 196 libras por barril), «o cuarenta barriles comunes, y no consideran que eso sea una cosecha extraordinaria; obtienen diez o doce cosechas seguidas [...] hasta que las cosechas se empobrecen, y entonces siembran una de habas caballares, que refresca la tierra lo bastante para que dé otras diez cosechas de avena; las habas son muy buenas... ¿Se ha oído hablar jamás de semejantes bárbaros?».

Más adelante, cerca de Castle Oliver, condado de Limerick:

«El mejor suelo del país se halla al pie de las montañas; es una marga arenosa rica, suelta, desmenuzable, pútrida, de dieciocho pulgadas a tres pies de profundidad; el color, un pardo rojizo. Es tierra seca, sana, y se prestaría extraordinariamente bien para nabos, para zanahorias, para coles; en una palabra, para todo. Creo que, en conjunto, es el suelo más rico que he visto jamás, y de tal naturaleza que sirve para cualquier uso que se desee. Engorda al buey más grande, y al mismo tiempo vale igualmente para ovejas, para labranza, para nabos, para trigo, para habas; en una palabra, para toda clase de cosechas [...]. Hay que examinar el suelo para creer que una comarca de aspecto tan miserable pueda ser tan rica y fértil.»

En el río Blackwater, cerca de Mallow,

«hay extensiones de tierras llanas, en algunos lugares de un cuarto de milla de anchura; la hierba es en todas partes notablemente fina. Es la tierra arenosa más fina que he visto en parte alguna, de un color pardo rojizo; daría las mayores cosechas de grano del mundo si estuviese labrada. Tiene cinco pies de profundidad y [...] se cuece para dar buen ladrillo; y sin embargo es arena pura. Las orillas de este río —desde su nacimiento hasta el mar— son igualmente notables por la belleza de sus vistas y la fertilidad del suelo.» —«Las margas arenosas, friables, secas pero fértiles, son muy comunes y constituyen los mejores suelos del reino para la labranza y las ovejas. Tipperary y Roscommon abundan en ellas en particular. Las más fértiles de todas son las dehesas de engorde de Limerick y las riberas del Shannon, en Clare, llamadas los Corcasses[...] La arena, tan común en Inglaterra y aún más común a través de España, Francia, Alemania y Polonia —desde Gibraltar hasta Petersburgo—, no se encuentra en ninguna parte de Irlanda, a excepción de estrechas fajas de dunas en la costa. Ni encontré ni oí hablar jamás de un suelo calizo.»*

El veredicto de Young sobre el suelo de Irlanda se resume en las frases siguientes:

«Si hubiera de señalar las características de un suelo excelente, diría que aquella sobre la cual se puede cebar un buey y cosechar una cosecha de nabos. Por cierto, recuerdo poca o ninguna tierra de esa clase en Inglaterra, y sin embargo no es infrecuente en Irlanda» (II, pág. 271). «La fertilidad natural, acre por acre en los dos reinos, favorece ciertamente a Irlanda» (II, Parte 2, pág. 3). —«Hasta donde puedo formarme una idea general del suelo de los dos reinos, Irlanda lleva gran ventaja» (II, Parte 2, pág. 12).

En 1808‑1810, Edward Wakefield, otro inglés versado en agronomía, viajó por Irlanda y presentó los resultados de sus observaciones en una obra de gran valor.** Sus comentarios están mejor ordenados, son más lúcidos y más completos que los del libro de viajes de Young; en conjunto, sin embargo, ambos son exactos.

Considerado en su conjunto, Wakefield no encuentra gran diversidad de suelos en Irlanda. La arena se da solo en la costa (es tan rara tierra adentro que se transportan al interior grandes cantidades de arena marina para mejorar el suelo de turba y marga); el suelo calizo es desconocido (la creta de Antrim, como se ha mencionado más arriba, está cubierta por una capa de basalto que, al meteorizarse, produce una tierra superficial de fertilidad extrema —la creta constituye el suelo más pobre de Inglaterra—), «y arcillas tenaces como las que se hallan en Oxfordshire, en algunas partes de Essex y en todo High Suffolk, nunca las pude encontrar en Irlanda». Los irlandeses llaman a cualquier suelo margoso «clay»; puede que haya verdadera arcilla también en Irlanda, pero en ningún caso en la superficie, como en algunas partes de Inglaterra. Hay caliza o grava calcárea casi por doquier, dice.

«La primera es un producto útil, y se convierte en una fuente de riqueza que se empleará siempre con ventaja.»

Montañas y turberas reducen, naturalmente, la superficie fértil de manera considerable. En el norte, dice, hay poca tierra fértil; sin embargo, también aquí se encuentran valles de lozanía extrema en cada condado, e incluso en lo más profundo de Donegal, al pie de las montañas más agrestes, Wakefield se topó inesperadamente con una zona muy fértil. El cultivo intensivo del lino en el norte es ya de por sí indicio suficiente de la fertilidad del suelo, ya que esta planta nunca prospera en tierras pobres.

«Gran parte del suelo de Irlanda produce una vegetación herbácea exuberante, que brota de un subsuelo calcáreo sin profundidad considerable. He visto bueyes de 180 stones engordar rápidamente en tierras incapaces de recibir la huella de un caballo, incluso en la estación más húmeda, y donde no había muchas pulgadas de suelo. Esta es una de las variedades del suelo rico de Irlanda, y se encuentra en todo Roscommon, en algunas partes de Galway, Clare y otros distritos. Algunos lugares muestran la marga más rica que he visto jamás removida por un arado; tal es el caso particularmente en todo Meath. Donde se presenta tal suelo, su fertilidad es tan conspicua que parece como si la naturaleza se hubiera empeñado en contrarrestar los malos efectos producidos por el tosco sistema de sus cultivadores. — En las orillas del Fergus y del Shannon, la tierra es de tipo diferente, pero igualmente productiva, aunque la superficie presenta el aspecto de un pantano. Estos distritos se llaman los Corcasses» (así escribe Wakefield, en discrepancia con Young); «el subsuelo es un limo azul, depositado por el mar, que parece participar de las cualidades del estrato superior; pues esta tierra no puede ser perjudicada por ninguna profundidad de arado. — En los condados de Limerick y Tipperary hay otra clase de tierra rica, consistente en una marga arenosa oscura, friable, seca, que, conservada limpia, produciría cereales durante varios años seguidos. Es igualmente adecuada para el pastoreo y la labranza, y me atrevo a decir que rara vez conoce una estación demasiado húmeda o un verano demasiado seco. La riqueza de la tierra en algunos de los valles puede explicarse por el depósito de suelo arrastrado allí por la lluvia desde las tierras altas. El subsuelo es calcáreo, de modo que el abono más rico se esparce así sobre la tierra baja sin imponer trabajo alguno al agricultor» (Vol. I, págs. 79, 80).

Cuando hay una capa delgada de marga pegajosa directamente sobre la roca caliza, la tierra no sirve para el cultivo de cereales, no dando más que cosechas miserables; pero proporciona excelentes pastizales para ovejas, que a su vez la mejoran, produciendo una hierba espesa mezclada con abundante trébol blanco y...* (Vol. I, pág. 80).

El Dr. Beaufort * escribe que en el oeste, particularmente en Mayo, hay gran cantidad de turloughs —superficies planas de diversos tamaños que, aunque no están alimentadas perceptiblemente por arroyos o ríos, se cubren de agua en invierno y se desaguan en verano a través de fisuras subterráneas en la roca caliza, dejando tras de sí una tierra de pastoreo firme y fértil.

«Independientemente de los Corcasses», prosigue Wakefield, «el suelo más rico de Irlanda se encuentra en los condados de Tipperary, Limerick, Roscommon, Longford y Meath. En Longford hay una granja llamada Granard Kill, que produjo ocho cosechas de patatas sin abono. Algunas partes del condado de Cork son extraordinariamente fértiles, y, en conjunto, puede considerarse que Irlanda ofrece tierras de excelente calidad, aunque de ninguna manera estoy dispuesto a llegar tan lejos como muchos escritores que afirman que es decididamente, acre por acre, más rica que Inglaterra» (Vol. I, págs. 80‑81).

Esta última observación, que apunta contra Young, nace de un malentendido de la afirmación de Young citada más arriba.* Young no dice que el suelo de Irlanda sea más productivo que el de Inglaterra tomando ambos en su estado actual de cultivo, que es naturalmente mucho más elevado en Inglaterra; Young dice simplemente que la fertilidad natural del suelo es mayor en Irlanda que en Inglaterra, y Wakefield no disputa esto directamente.

Un agrónomo escocés, el Sr. Caird, fue enviado a Irlanda en 1849, después de la última hambruna, por Sir Robert Peel para informar sobre los medios de mejorar la agricultura allí. En su informe, publicado poco después, sobre el oeste de Irlanda, la parte del país más castigada a excepción del extremo noroeste, dice:

«Me sorprendió mucho encontrar una extensión tan grande de tierra fina y fértil. El interior del país es muy llano, y su carácter general, pedregoso y seco; el suelo, seco y friable. La humedad del clima provoca una vegetación muy constante, lo que tiene ventajas e inconvenientes. Es favorable para el pasto y los cultivos verdes*, pero hace necesario emplear esfuerzos muy vigorosos y perseverantes para extirpar las malas hierbas. La abundancia de cal en todas partes, tanto en la roca misma como en la arena y grava por debajo de la superficie, es del mayor valor.»

Caird confirma también que todo el condado de Westmeath está formado por las mejores tierras de pastoreo. De la región al norte de Lough Corrib (condado de Mayo) escribe:

«La mayor parte de esta granja» (una granja de 500 acres) «es la tierra de pastoreo más fina para ovejas y ganado: tierra seca, friable, ondulada, toda sobre roca caliza. Los campos de rica hierba vieja son superiores a todo lo que tenemos, salvo en pequeños retazos, en cualquier parte de Escocia que ahora recuerdo. Lo mejor de ello es demasiado bueno para la labranza, pero aproximadamente la mitad podría llevarse provechosamente bajo el arado... La rapidez con que la tierra sobre este subsuelo calcáreo se recupera y, sin haberse sembrado semilla alguna, vuelve a convertirse en buen pasto, es muy notable.»**

Escuchemos finalmente lo que dice una autoridad francesa *:

* A Tour in Ireland por Arthur Young, 3 vols., Londres, 1780. Los pasajes anteriores se hallan en el t. II, págs. 28, 135, 143, 154, 165 y Parte 2, pág. 4.188.
** An Account of Ireland, Statistical and Political. Por Edward Wakefield. Londres, 1812, 2 vols., en 4°.189.
* Por «GREEN CROPS»4 se entienden todos los cultivos forrajeros, toda clase de hortalizas de raíz y patatas; todo excepto cereales, pasto y productos de huerta.
* Beaufort, Rev. Dr., Memoir of a Map of Ireland, 1792, págs. 75, 76. Citado en Wakefield, t. I, pág. 36.
** Caird, The Plantation Scheme, or the West of Ireland as a field for investment, Edimburgo, 1850. Los pasajes citados se encuentran en las págs. 6, 17-18, 121. En 1850‑51, el Sr. Caird escribió reportajes de viaje para The Times sobre el estado de la agricultura en los principales condados de Inglaterra.

«De las dos divisiones de Irlanda, la del noroeste, que abarca una cuarta parte de la isla y comprende la provincia de Connaught con los condados adyacentes de Donegal, Clare y Kerry, se asemeja a Gales, e incluso, en sus peores partes, a las Tierras Altas de Escocia. Aquí hay nuevamente dos millones de hectáreas de aspecto desolado, cuyo aspecto espantoso ha dado origen al proverbio nacional: “Vete al diablo o a Connaught”*. La otra división, la del sudeste, mucho más extensa, puesto que […] incluye las provincias de Leinster, Ulster y Munster, equivalente a unos seis millones de hectáreas, es por lo menos igual en fertilidad natural a la Inglaterra propiamente dicha. No toda ella es, sin embargo, igualmente buena; el grado de humedad es allí aún mayor que en Inglaterra. Extensas ciénagas cubren alrededor de una décima parte de la superficie; más de otra décima parte está ocupada por montañas y lagos. De hecho, solo cinco de los ocho millones de hectáreas de Irlanda están cultivados» (pp. 9, 10).—«Hasta los ingleses admiten que Irlanda, en cuanto a suelo, es superior a Inglaterra. […] Irlanda contiene ocho millones de hectáreas. Rocas, lagos y ciénagas ocupan alrededor de dos millones de estas, y otros dos millones son tierras mediocres. El resto —es decir, aproximadamente la mitad del país— es tierra rica, con subsuelo calcáreo. ¿Qué mejor podría concebirse?» (p. 343).

Es evidente que todas las autoridades coinciden en que el suelo de Irlanda contiene todos los elementos de la fertilidad en un grado inusitado, tanto por sus constituyentes químicos como por su composición física. Los extremos —la arcilla pegajosa e impenetrable, que no deja pasar el agua, y la arena suelta, que no la retiene ni una hora— no se encuentran en parte alguna. Sin embargo, Irlanda presenta otra desventaja. Mientras que las montañas se hallan principalmente a lo largo de la costa, las divisorias de aguas entre las distintas cuencas fluviales del interior del país son en su mayoría muy bajas. Los ríos no son capaces de drenar toda el agua de lluvia hacia el mar, y esto da lugar a extensas turberas en el interior, particularmente en las divisorias de aguas. Solo en la llanura, 1.576.000 acres están cubiertos por turberas. Se trata en su mayor parte de depresiones u hondonadas del terreno, en gran medida antiguas cuencas lacustres poco profundas, que gradualmente se han ido cubriendo de musgo y plantas palustres y se han colmatado con sus restos en descomposición. Al igual que nuestras turberas del norte de Alemania, no sirven más que para la extracción de turba. Con el actual sistema de agricultura, sus bordes solo pueden incorporarse lentamente al cultivo. El fondo de estas antiguas cuencas lacustres está formado en todas partes por marga, cuyo contenido en caliza (que oscila entre el 5 y el 90%) procede de las conchas de los mejillones de agua dulce que había en el lago. De este modo, cada una de estas turberas contiene en sí misma el material para su propio saneamiento y cultivo. Además, la mayoría de ellas son ricas en mineral de hierro. Aparte

* Léonce de Lavergne, Rural Economy of England, Scotland and Ireland.