El ruso Bakunin (aunque lo conozco desde 1843, pasaré aquí por alto todo lo que no sea absolutamente necesario para la comprensión de lo que sigue) se encontró con Marx en Londres, poco después de la fundación de la Internacional. Allí este último lo incorporó a la Asociación, para la cual Bakunin prometió trabajar con la mejor de sus capacidades. Bakunin marchó a Italia y allí recibió de Marx los Estatutos Provisionales y el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, respondió «con gran entusiasmo» y no hizo nada. Tras algunos años, durante los cuales no se supo nada de él, reapareció en Suiza. Allí se afilió, no a la Internacional, sino a la Liga de la Paz y de la Libertad. Tras el congreso de esta Liga de la Paz (Ginebra, 1867), Bakunin logró entrar en su Comité Ejecutivo, pero encontró allí opositores que no sólo le negaban toda influencia «dictatorial», sino que lo vigilaban de cerca por considerarlo «sospechoso como ruso». Poco después del Congreso de Bruselas de la Internacional (septiembre de 1868), la Liga de la Paz celebró su congreso en Berna. Allí Bakunin hizo de aguafiestas y —sea dicho de paso— denunció a la burguesía occidental en el tono en que los optimistas moscovitas acostumbran a atacar la civilización occidental, para paliar su propia barbarie. Propuso una serie de resoluciones que, absurdas en sí mismas, estaban destinadas a infundir miedo a los cretinos burgueses y a permitir que el señor Bakunin abandonara la Liga de la Paz e ingresara en la Internacional con gran estruendo. Basta señalar que el programa propuesto por Bakunin al Congreso de Berna contiene sandeces tales como la «igualdad de clases», la «abolición del derecho de herencia como primer paso de la revolución social», etc.: vanas chácharas, una guirnalda de fantasías huecas ostensiblemente aterradoras, en resumen, una improvisación insípida, calculada meramente para producir un cierto efecto efímero. Los amigos de Bakunin en París (donde un ruso tiene asiento en el consejo de redacción de la Revue Positiviste) y en Londres proclaman al mundo la dimisión de Bakunin de la Liga de la Paz como un acontecimiento y declaran su programa grotesco —esa olla podrida de trivialidades caducas— asombrosamente imponente y original.

Bakunin, entretanto, se había afiliado a la Branche Romande de la Internacional (en Ginebra). Le llevó años decidirse a dar este paso. Pero al señor Bakunin no le llevó días decidirse a transformar la Internacional y convertirla en un instrumento propio.

A espaldas del Consejo General de Londres —que fue informado sólo cuando aparentemente todo estaba ya arreglado— fundó la llamada Alianza de la Democracia Socialista. El programa de esta sociedad no era otro que el propuesto por Bakunin en el Congreso de la Paz de Berna. La sociedad se proclamó así desde el principio como una sociedad de propaganda del culto específicamente bakuninista, y el propio Bakunin, uno de los hombres más ignorantes en el campo de la teoría social, apareció aquí de pronto como fundador de una secta. El programa teórico de esta Alianza era, sin embargo, pura farsa. El aspecto serio del asunto residía en su organización práctica. Esta sociedad había de ser internacional, con su Comité Central en Ginebra, es decir, bajo la dirección personal de Bakunin. Al mismo tiempo, debía ser parte «integral» de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Sus secciones habían de estar representadas en el «próximo congreso» de la Internacional (en Basilea) y al mismo tiempo celebrar su propio congreso en sesiones separadas, lado a lado con el otro, etc., etc.

El material humano del que al principio disponía Bakunin consistía en la mayoría, en aquel momento, del Comité Fédéral Romand de la Internacional en Ginebra. J. Ph. Becker, cuyo celo propagandístico se le sube a veces a la cabeza, fue empujado al frente del escenario. En Italia y España Bakunin tenía unos pocos aliados.

El Consejo General de Londres estaba plenamente informado. Sin embargo, dejó que Bakunin procediera sin ser molestado hasta el momento en que este consideró necesario enviar al Consejo General, a través de J. Ph. Becker, los Estatutos (y el programa) de la Alianza de la Democracia Socialista para su aprobación. El Consejo General respondió con una resolución minuciosamente razonada —de tono enteramente «judicial» y «objetivo», pero llena de ironía en sus «considerandos»— que concluía como sigue:

1. El Consejo General no admite a la Alianza como rama de la Internacional.

2. Todos los artículos de los Estatutos de la Alianza referentes a sus relaciones con la Internacional son declarados nulos y sin efecto.

Los considerandos de esta resolución demostraban clara y contundentemente que la Alianza no era más que un instrumento para desorganizar la Internacional.

El golpe fue inesperado. Bakunin ya había convertido la Egalité, órgano central de los miembros de habla francesa de la Internacional en Suiza, en su propio órgano, y había, además, iniciado en Locle un pequeño periódico privado propio, el Progrès. El Progrès desempeña este papel hasta el día de hoy bajo la dirección de un fanático adepto de Bakunin, un tal Guillaume.

Tras varias semanas de reflexión, el Comité Central de la Alianza envió finalmente su respuesta al Consejo General, firmada por Perron, un ginebrino. En su afán por servir a la buena causa, la Alianza estaba dispuesta a sacrificar su organización independiente, pero con una condición: a saber, que el Consejo General declarase su reconocimiento de los principios «radicales» de la Alianza.

El Consejo General respondió: No era función suya erigirse en juez del valor teórico de los programas de sus diversas secciones. Sólo debía velar por que esos programas no contuvieran nada directamente contrario a la letra y el espíritu de los Estatutos Generales. Debía, por tanto, insistir en que la absurda frase sobre la égalité des classes fuera eliminada del programa de la Alianza y sustituida por la abolición de las clases (lo cual se hizo). Por lo demás, la Alianza podía ingresar en la Internacional tras disolver su propia organización internacional independiente, y proporcionar al Consejo General una lista de todas sus secciones (lo cual, nota bene, no se hizo).

El incidente quedó con esto zanjado. Nominalmente, la Alianza se disolvió; en realidad, siguió existiendo, bajo la dirección de Bakunin, que al mismo tiempo controlaba el Comité Romand Fédéral de la Internacional en Ginebra.

A sus anteriores órganos de prensa se sumaron la Federación de Barcelona y, después del Congreso de Basilea, la Eguaglianza de Nápoles.

Bakunin intentó entonces alcanzar su meta —la transformación de la Internacional en su instrumento personal— por otros medios. A través de nuestro Comité Romand en Ginebra propuso al Consejo General la inclusión de la «cuestión de la herencia» en el orden del día del Congreso de Basilea. El Consejo General accedió, para poder asestarle a Bakunin un golpe directo. El plan de Bakunin era este: el Congreso de Basilea, al aceptar los «principios» (?) presentados por Bakunin en Berna, mostrará al mundo que no es Bakunin quien se ha pasado a la Internacional, sino la Internacional la que se ha pasado a Bakunin. Resultado obvio: el Consejo General de Londres (de cuya hostilidad al refrito de la vieillerie saint-simonienne Bakunin era plenamente consciente) tendría que dimitir, y el Congreso de Basilea transferiría el Consejo General a Ginebra, es decir, la Internacional pasaría a estar bajo la dictadura de Bakunin.

Bakunin puso en marcha toda una conspiración para asegurarse la mayoría en el Congreso de Basilea. No faltaron siquiera los mandatos falsos, como el mandato del señor Guillaume por Locle, etc. El propio Bakunin mendigó mandatos de Nápoles y Lyon. Se difundió toda clase de calumnias contra el Consejo General. A unos se les decía que el elemento burgués dominaba el Consejo, a otros que era la sede del comunismo autoritario, etc.

Los resultados del Congreso de Basilea son bien conocidos. Las propuestas de Bakunin no fueron aceptadas y el Consejo General permaneció en Londres.

El despecho que siguió a este fracaso —quizá Bakunin había basado toda clase de especulaciones privadas en la suposición del éxito— halló expresión en los comentarios irritados de la Egalité y el Progrès. Estos periódicos entretanto iban asumiendo cada vez más la postura de oráculos oficiales. Tan pronto una, como otra sección suiza de la Internacional era excomulgada porque, contrariamente a las instrucciones explícitas de Bakunin, había tomado parte en el movimiento político, etc. Finalmente, la rabia contra el Consejo General, tanto tiempo contenida, estalló abiertamente. El Progrès y la Egalité se burlaban, atacaban, y declaraban que el Consejo General no cumplía con sus deberes, por ejemplo en lo referente al boletín trimestral; que el Consejo General debía renunciar a su control directo sobre Inglaterra y establecer a su lado un Comité Central Inglés, para ocuparse sólo de los asuntos ingleses; que las resoluciones del Consejo General sobre los fenianos encarcelados excedían sus funciones, ya que no debía ocuparse de cuestiones de política local. Es más, el Progrès y la Egalité rompieron lanzas por Schweitzer y exigieron categóricamente que el Consejo General se declarase oficial y públicamente sobre la cuestión Liebknecht-Schweitzer. El periódico Le Travail (en París), en el que los amigos parisinos de Schweitzer introducían artículos en su favor, fue elogiado por ello por el Progrès y la Egalité, llamando esta última al Travail a hacer causa común contra el Consejo General.

Había llegado el momento de actuar. Lo que sigue es una copia exacta de la circular enviada por el Consejo General al Comité Central de la Federación Romanda en Ginebra. El documento es demasiado largo para que yo lo traduzca al alemán.

El Consejo General al Consejo Federal de la Suiza Romanda en Ginebra.

En su reunión extraordinaria del 1 de enero de 1870, el Consejo General resolvió:

1) Leemos en la Egalité del 11 de diciembre de 1869:

«Es indudable que el Consejo General descuida asuntos sumamente importantes... Recordamos al Consejo General sus obligaciones con arreglo al artículo 1 del Reglamento: “El Consejo General está encargado de ejecutar las resoluciones del Congreso”... Podríamos hacer al Consejo General bastantes preguntas para que sus respuestas compusieran un informe bastante largo. Vendrán más tarde. Entretanto, etc.»

El Consejo General no conoce ningún artículo, ni en los Estatutos ni en el Reglamento, que le obligue a entrar en correspondencia o en polémica con la Egalité o a proporcionar «respuestas» a «preguntas» de periódico alguno.

Sólo el Consejo Federal de la Suiza Romanda representa a las secciones de la Suiza Romanda ante el Consejo General. Cuando el Consejo Federal nos dirija peticiones o reprimendas por el único conducto legítimo, es decir, a través de su secretario, el Consejo General estará siempre dispuesto a responder. Pero el Consejo Federal Romando no tiene derecho ni a abdicar sus funciones en favor de la Egalité y del Progrès, ni a dejar que estos periódicos usurpen sus funciones. En términos generales, la correspondencia del Consejo General con los comités nacionales y locales no puede ser publicada sin perjudicar gravemente los intereses generales de la Asociación.

En consecuencia, si otros órganos de la Internacional siguieran el ejemplo del *Progrés* y la *Égalité*, el Consejo General se vería frente a la alternativa de desacreditarse públicamente con su silencio o de violar sus obligaciones respondiendo públicamente. La *Égalité* se une al *Progrés* para invitar a *Le Travail* a exigir una explicación al Consejo General. Esto equivale casi a una Liga del Bien Público.

2) Ahora bien, suponiendo que las preguntas formuladas por la *Égalité* procedan del Consejo Federal Románico, las contestaremos, pero sólo a condición de que en el futuro no se nos comuniquen tales preguntas de la misma manera.

3) Cuestión de un Boletín.

En las resoluciones del Congreso de Ginebra*, que están insertas en los Reglamentos, se establece que los comités nacionales enviarán al Consejo General documentos relativos al movimiento proletario, y que el Consejo General publicará a continuación un boletín en los diferentes idiomas «cada vez que sus medios se lo permitan» («Cada vez que sus medios se lo permitan, el Consejo General publicará un informe, etc.»).

La obligación del Consejo General quedó así supeditada a condiciones que jamás se han cumplido. Incluso la encuesta estadística prescrita por los Estatutos, ordenada por Congresos Generales consecutivos y reclamada anualmente por el Consejo General, no se ha llevado a cabo nunca. En lo que respecta a los medios, el Consejo General habría dejado de existir hace mucho tiempo de no ser por las contribuciones locales de Inglaterra y los sacrificios personales de sus miembros.

Así, los Reglamentos aprobados en el Congreso de Ginebra* han quedado letra muerta.

En cuanto al Congreso de Basilea, no discutió el cumplimiento de un reglamento existente. Discutió la posibilidad de publicar un boletín a su debido tiempo y no adoptó resolución alguna.

Por lo demás, el Consejo General cree que el propósito original de semejante boletín se cumple perfectamente en este momento mediante los distintos órganos de la Internacional que se publican en los diferentes idiomas y que se intercambian entre sí. Sería absurdo hacer por medio de boletines costosos lo que ya se está haciendo sin gasto alguno. Por otra parte, un boletín que imprimiera lo que no está contenido en los órganos de la Internacional sólo ayudaría a nuestros enemigos a ver lo que hay entre bastidores.

4) Cuestión de separar el Consejo General del Consejo Federal para Inglaterra.

Mucho antes de la fundación de la *Égalité*, esta proposición fue hecha periódicamente en el seno del Consejo General por uno o dos de sus miembros ingleses. Fue siempre rechazada casi por unanimidad.

Aunque la iniciativa revolucionaria provendrá probablemente de Francia, sólo Inglaterra puede servir de palanca para una revolución económica seria. Es el único país donde ya no hay campesinos y donde la propiedad territorial está concentrada en unas pocas manos. Es el único país donde la forma capitalista —es decir, el trabajo combinado a gran escala bajo patronos capitalistas— abarca ahora virtualmente la totalidad de la producción. Es el único país donde la gran mayoría de la población está compuesta por asalariados. Es el único país donde la lucha de clases y la organización de la clase obrera mediante los sindicatos han alcanzado un cierto grado de madurez y universalidad. Es el único país donde, debido a su dominio del mercado mundial, toda revolución en materia económica debe afectar inmediatamente al mundo entero. Si el latifundismo y el capitalismo son rasgos clásicos en Inglaterra, por otra parte, las condiciones materiales para su destrucción son aquí las más maduras. Estando el Consejo General ahora en la feliz posición de tener su mano directamente sobre esta gran palanca de la revolución proletaria, ¡qué locura, casi podríamos decir qué crimen, sería dejar caer esta palanca en manos puramente inglesas!

Los ingleses poseen todo el material necesario para la revolución social. Lo que les falta es el espíritu de generalización y el ardor revolucionario. Sólo el Consejo General puede proporcionárselos, y acelerar así el movimiento verdaderamente revolucionario en este país y, en consecuencia, en todas partes. Los grandes resultados que ya hemos alcanzado a este respecto están atestiguados por los periódicos más inteligentes e influyentes de las clases dominantes, como, por ejemplo, *The Pall Mall Gazette*, *Saturday Review*, *The Spectator* y *The Fortnightly Review*, por no hablar de los llamados radicales en los Comunes y los Lores, quienes, hace poco tiempo todavía, ejercían una gran influencia sobre los dirigentes de los trabajadores ingleses. Nos acusan públicamente de haber envenenado y casi extinguido el espíritu inglés de la clase obrera y de haberla empujado hacia el socialismo revolucionario.

El único modo de provocar este cambio es actuar como el Consejo General de la Asociación Internacional. Como Consejo General podemos iniciar medidas (por ejemplo, la fundación de la *Land and Labour League*) que más tarde, en el proceso de su ejecución, aparecerán ante el público como movimientos espontáneos de la clase obrera inglesa.

Si se constituyera un Consejo Federal aparte del Consejo General, ¿cuáles serían los resultados inmediatos? Colocado entre el Consejo General de la Internacional y el Consejo General de las *Trade Unions*, el Consejo Federal carecería de toda autoridad. Por otra parte, el Consejo General de la Internacional perdería el control de la gran palanca. Si hubiésemos preferido la charlatanería vocinglera al trabajo serio y sin ostentación, quizás habríamos cometido el error de responder públicamente a la pregunta de la *Égalité* sobre por qué «el Consejo General tolera una combinación de funciones tan onerosa».

Inglaterra no puede ser tratada simplemente como un país junto a otros países. Debe ser tratada como la metrópoli del capital.

5) Cuestión de las resoluciones del Consejo General sobre la amnistía irlandesa.

Si Inglaterra es el baluarte del latifundismo y del capitalismo europeos, el único punto donde la Inglaterra oficial puede recibir un gran golpe es Irlanda.

En primer lugar, Irlanda es el baluarte del latifundismo inglés. Si éste cayera en Irlanda, caería en Inglaterra. En Irlanda esto es cien veces más fácil, porque la lucha económica allí se concentra exclusivamente en la propiedad territorial, porque esta lucha es al mismo tiempo nacional, y porque el pueblo allí es más revolucionario y está más exasperado que en Inglaterra. El latifundismo en Irlanda se mantiene únicamente por el ejército inglés. En el momento en que termine la Unión forzada entre los dos países, estallará inmediatamente en Irlanda una revolución social, aunque en formas anticuadas. El latifundismo inglés no sólo perdería una gran fuente de su riqueza, sino también su mayor fuerza moral, es decir, la de representar la dominación de Inglaterra sobre Irlanda. Por otra parte, al mantener el poder de sus terratenientes en Irlanda, el proletariado inglés los hace invulnerables en la propia Inglaterra.

En segundo lugar, la burguesía inglesa no sólo ha explotado la miseria irlandesa para mantener sometida a la clase obrera en Inglaterra mediante la inmigración forzada de irlandeses pobres, sino que también ha dividido al proletariado en dos campos hostiles. El fuego revolucionario del trabajador celta no casa bien con la naturaleza sólida pero lenta del trabajador anglosajón. Por el contrario, en todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario irlandés y el proletario inglés. El trabajador inglés medio odia al trabajador irlandés como competidor que reduce los salarios y el nivel de vida. Siente hacia él antipatías nacionales y religiosas. Lo considera de manera parecida a como los blancos pobres de los Estados del Sur de Norteamérica consideraban a los esclavos negros. Este antagonismo entre los proletarios de Inglaterra es artificialmente alimentado y mantenido por la burguesía. Ésta sabe que esta escisión es el verdadero secreto del mantenimiento de su poder.

Además, este antagonismo se reproduce al otro lado del Atlántico. Los irlandeses, expulsados de su suelo natal por los toros y las ovejas, se reúnen en los Estados Unidos, donde constituyen una parte enorme y siempre creciente de la población. Su único pensamiento, su única pasión, es el odio a Inglaterra. Los gobiernos inglés y norteamericano —es decir, las clases que representan— juegan con estos sentimientos para perpetuar la lucha internacional que impide toda alianza seria y sincera entre las clases trabajadoras de ambos lados del Atlántico y, por consiguiente, su emancipación común.

Irlanda es el único pretexto que tiene el Gobierno inglés para mantener un gran ejército permanente, el cual, en caso necesario, como ha ocurrido antes, puede ser utilizado contra los trabajadores ingleses después de haberse entrenado militarmente en Irlanda.

Por último, hoy en Inglaterra se está viendo la repetición, a escala monstruosa, de lo que ocurrió en la antigua Roma. Todo pueblo que oprime a otro forja sus propias cadenas.

Así pues, la posición de la Asociación Internacional respecto a la cuestión irlandesa está muy clara. Su primera preocupación es impulsar la revolución social en Inglaterra. Para ello es necesario asestar un gran golpe en Irlanda.

Las resoluciones del Consejo General sobre la amnistía irlandesa sólo sirven de introducción a otras resoluciones que afirmarán que, con total independencia de la justicia internacional, es una condición previa para la emancipación de la clase obrera inglesa transformar la Unión forzada actual —es decir, la esclavización de Irlanda— en confederación igualitaria y libre, si es posible, en separación completa, si es necesario.

Por lo demás, las doctrinas de la *Égalité* y el *Progrés* sobre la conexión, o más bien la no-conexión, entre el movimiento social y el movimiento político jamás han sido reconocidas, que sepamos, por ninguno de nuestros Congresos. Van en contra de nuestros Estatutos. Los Estatutos dicen:

«Que la emancipación económica de las clases trabajadoras es [...] el gran fin al que todo movimiento político debe estar subordinado como medio».

Las palabras «como medio» fueron omitidas en la traducción francesa hecha en 1864 por el Comité de París. Preguntado por el Consejo General, el Comité de París se excusó con las dificultades de su situación política.

Hay otras mutilaciones del texto auténtico de los Estatutos. Así, la primera cláusula del preámbulo de los Estatutos dice:

«La lucha por la emancipación de las clases trabajadoras significa [...] una lucha [...] por derechos y deberes iguales, y la abolición de toda dominación de clase».

La traducción de París dice «derechos y deberes iguales», es decir, reprodujo la frase general que puede encontrarse prácticamente en todos los manifiestos democráticos de los últimos cien años y que significa cosas diferentes en boca de clases diferentes, pero omite la reivindicación concreta: «la abolición de las clases».

Además, en la segunda cláusula del preámbulo de los Estatutos leemos: «Que la sujeción económica del hombre del trabajo al monopolizador de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida, etc.».

La traducción de París sustituye las palabras «medios de trabajo, es decir, las fuentes de vida», expresión que incluye la tierra además de los otros medios de trabajo, por la palabra «capital».

El texto auténtico original fue restablecido en la traducción francesa publicada en Bruselas en 1866.

6) Cuestión Liebknecht-Schweitzer.

La *Égalité* escribe:

«Ambos grupos pertenecen a la Internacional». Eso es incorrecto. El grupo de los eisenachianos (que el *Progrés* y la *Égalité* quisieran convertir en el grupo del ciudadano Liebknecht) pertenece a la Internacional. El grupo de Schweitzer no pertenece a ella.

Schweitzer explicó por extenso en su periódico, el *Social-Demokrat*, por qué la organización lassalleana no podía unirse a la Internacional sin destruirse a sí misma. Sin darse cuenta, decía la verdad: su organización sectaria artificial se opone a la organización real de la clase obrera.

El *Progrès* y la *Égalité* han instado al Consejo General a manifestar públicamente su «opinión» sobre las diferencias personales entre Liebknecht y Schweitzer. Dado que el ciudadano J. Ph. Becker (tan calumniado como Liebknecht en el periódico de Schweitzer) es miembro del consejo de redacción de la *Égalité*, resulta de lo más extraño que sus redactores no estén mejor informados de los hechos. Deberían saber que Liebknecht, en el *Demokratisches Wochenblatt*, invitó públicamente a Schweitzer a reconocer al Consejo General como árbitro de sus diferencias, y que Schweitzer, con no menos publicidad, rehusó reconocer la autoridad del Consejo General.

El Consejo General ha empleado todos los medios posibles para poner fin a este escándalo. Dio instrucciones a su Secretario para Alemania para que mantuviera correspondencia con Schweitzer; así se ha hecho, pero todas las tentativas del Consejo han fracasado ante la firme resolución de Schweitzer de preservar a toda costa su poder autocrático junto con la organización sectaria.

Corresponde al Consejo General determinar el momento favorable en que su intervención pública en esta querella resulte más útil que perjudicial.

Por orden del Consejo General, etc.

La «herencia de Herzen», *sine beneficio inventarii*.

Los Comités franceses (aunque Bakunin había estado intrigando activamente en Lyon y Marsella y había ganado para su causa a unos cuantos exaltados jóvenes), así como el *Conseil Général Belge* (Bruselas), han respaldado plenamente esta circular del Consejo General.

La copia para Ginebra se retrasó algo (a causa de que Jung, Secretario para Suiza, estaba muy ocupado). Por consiguiente, se cruzó con una carta oficial de Perret, Secretario del Comité Central de la Federación Romanda en Ginebra, dirigida al Consejo General.

La crisis había estallado en Ginebra antes de la llegada de nuestra carta. Algunos miembros del consejo de redacción de la *Égalité* se habían opuesto a la política dictada por Bakunin. Bakunin y sus partidarios (incluidos seis redactores de la *Égalité*) quisieron forzar al Comité Central de Ginebra a destituir a los miembros díscolos. El Comité de Ginebra, sin embargo, se había cansado ya del despotismo de Bakunin y veía con gran desagrado verse empujado por él a la oposición contra los demás Comités de la Suiza alemana, el Consejo General, etc. Por lo tanto, respaldó la actitud de aquellos miembros del consejo de redacción de la *Égalité* que se oponían a Bakunin. En consecuencia, los seis partidarios de Bakunin dimitieron del consejo de redacción, esperando con ello poner fin a la publicación del periódico.

En respuesta a nuestra carta, el Comité Central de Ginebra declaró que los ataques en la *Égalité* se habían realizado sin su aprobación, que nunca había respaldado la política predicada en ella y que, en adelante, el periódico se editaría bajo la estricta supervisión del Comité, etc.

Bakunin se retiró entonces de Ginebra al Tesino. Por lo que respecta a Suiza, ahora solo tiene influencia en el *Progrès* (Le Locle).

Poco después murió Herzen. Bakunin, que desde que decidió erigirse en director del movimiento obrero europeo había renegado de su viejo amigo y protector Herzen, se apresuró a cantar sus alabanzas inmediatamente después de su muerte. ¿Por qué? Herzen, aunque personalmente rico, permitía que el partido pseudosocialista, paneslavista de Rusia, que le era afín, le pagara 25.000 francos anuales para propaganda. Con su canto de alabanza, Bakunin dirigió hacia sí mismo este flujo de dinero y, *malgré sa haine de l'héritage*, entró así financiera y moralmente en la...

Al mismo tiempo, se estableció en Ginebra una colonia de jóvenes refugiados rusos, estudiantes cuyas intenciones son realmente honestas y cuya sinceridad queda probada por la adopción de la lucha contra el paneslavismo como punto principal de su programa.

Publican en Ginebra un periódico titulado *La Cause du Peuple*. Hace unas dos semanas se dirigieron a Londres, enviando su Programa y Estatutos y solicitando permiso para formar una sección rusa. El permiso fue concedido.

En una carta aparte a Marx, le pidieron que los representara provisionalmente en el Consejo General. Así se hizo también. Al mismo tiempo indicaron —y, al parecer, deseaban excusarse ante Marx por este motivo— que en lo inmediato tendrían que desenmascarar públicamente a Bakunin, ya que este hombre hablaba dos lenguajes completamente distintos, uno en Rusia y otro en Europa.

El juego de este intrigante tan sumamente peligroso —al menos en el ámbito de la Internacional— tocará pronto a su fin.