1. FUNDACIÓN DE LA ASOCIACIÓN

El móvil inmediato para la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores fue la última insurrección polaca. Los obreros londinenses enviaron una diputación a lord Palmerston con un llamamiento en el que le pedían que interviniera a favor de Polonia. Al mismo tiempo, dirigieron un mensaje a los trabajadores de París, exhortándolos a emprender una acción conjunta.* Los parisinos respondieron enviando delegados a Londres. Para recibirlos, se congregó una reunión pública en St. Martin’s Hall, Long Acre, el 28 de septiembre de 1864, en la que estuvieron representados en gran número británicos, alemanes, franceses, polacos e italianos.

De esta reunión nació la Asociación Internacional de los Trabajadores. Aparte del objetivo político con el que se convocó la reunión, se planteó también el tema de las condiciones sociales generales. Reveló que los trabajadores de todas las naciones tenían los mismos agravios, que estaban sometidos a los mismos males fundamentales en todos los países. Mostró que los intereses de todos ellos coincidían. Se eligió un Consejo Central provisional, más tarde rebautizado como Consejo General, que estableció su sede en Londres y estaba compuesto por diversas nacionalidades. Se encargó provisionalmente al Consejo la administración central de la futura Asociación, la publicación del Manifiesto Inaugural (una especie de programa) y la redacción de los Estatutos Provisionales.‘

a “Address of English to French Workmen”, The Bee-Hive Newspaper, No. 112, 5 de diciembre de 1863.— Ed.

> En el original alemán, el nombre del Consejo General se da entre paréntesis en inglés y francés después del equivalente alemán.— Ed.

‘© K. Marx, “Inaugural Address of the Working Men’s International Association”. “Provisional Rules of the Association”.— Ed.

En la reunión reinaron la unanimidad y el entusiasmo. Cada nación estuvo representada por hombres que le hacían honor. Como resultado, los obreros ingleses, que habían luchado contra las clases dominantes independientemente de los movimientos políticos y sociales del resto de Europa, y sin ser influidos por ellos, desde 1824, cuando el legislativo se vio obligado a concederles el derecho de asociación,’ salieron por primera vez de su aislamiento nacional y convinieron con los trabajadores de todas las naciones en la necesidad de una acción conjunta. De ahí el entusiasmo: la asamblea era consciente de que estaba inaugurando una nueva era en el movimiento obrero.

2. DIFICULTADES EN EL PERÍODO INICIAL DE LA ASOCIACIÓN

Los nuevos movimientos no se crean de la noche a la mañana, aunque estén llamados a satisfacer una necesidad apremiante de la época. Para empezar, es indispensable sortear los escollos en los que tantas veces han naufragado nuevas organizaciones, o que, por lo menos, las han desviado de su meta originaria y verdadera, pues representantes de formas decadentes del movimiento se adhieren al nuevo para convertirlo en vehículo del antiguo. También aquí se dio este caso. Los miembros italianos del Consejo Central provisional eran partidarios de Mazzini. Presentaron al Consejo Central un proyecto de Manifiesto Inaugural y de Estatutos Provisionales redactado por el propio Mazzini**. En su manifiesto, Mazzini repetía su viejo programa político aderezado con un poco de fraseología socialista. Tronaba contra la lucha de clases. Sus Estatutos estaban formulados de manera estrictamente centralizada, adecuada para sociedades políticas secretas. Desde el comienzo habrían destruido la base misma de una asociación internacional de trabajadores que no estaba concebida para crear un movimiento, sino solo para unir y aunar los movimientos de clase ya existentes y dispersos en los diversos países.

El nombre de Mazzini gozaba entonces de gran prestigio entre los obreros ingleses, especialmente desde la triunfal visita de Garibaldi a Londres.*”’ Por ello, Mazzini tenía la plena confianza de que lograría hacerse con la dirección de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero había hecho la cuenta sin la huéspeda. Karl Marx, que había sido elegido miembro del Consejo Central provisional en la reunión de St. Martin’s Hall, presentó sus proyectos de Manifiesto Inaugural y de Estatutos Provisionales en oposición a los de Mazzini. Ambos fueron adoptados por unanimidad y publicados, y los Estatutos Provisionales obtuvieron posteriormente su aceptación definitiva en el Congreso de Ginebra de 1866.’

a Status de l’Association Internationale des Travailleurs votés a la séance du 5 septembre au Congrés de Genéve. In: Association Internationale des Travailleurs. Statuts et Réglements, Londres, 1866.— Ed.

Fue, por tanto, un alemán quien dio a la Asociación Internacional de los Trabajadores su tendencia definida y sus principios organizativos. Y podemos señalar también que el Consejo Central de Londres ha sido confirmado repetidamente en sus funciones.

3. EL MANIFIESTO INAUGURAL DE KARL MARX⁸

En la traducción más fiel posible del original inglés, el Manifiesto dice lo siguiente:

Trabajadores:

Es un hecho notable que la miseria de las clases trabajadoras no ha disminuido de 1848 a 1864, y sin embargo este período no tiene parangón en los anales de la historia por el desarrollo de su industria y el crecimiento de su comercio. En 1850, un órgano moderado de la burguesía británica, que parecía poseer más información que la media, predijo que si las exportaciones e importaciones de Inglaterra aumentaran un 50 por ciento, el pauperismo inglés se reduciría a cero.* ¡Ay! El 7 de abril de 1864, el señor Gladstone, el canciller del Exchequer británico, regocijó a su auditorio* al declarar que el comercio total de importación y exportación de Inglaterra había ascendido en 1863 a 443.955.000 libras esterlinas, lo que equivalía aproximadamente al triple del comercio de la época, relativamente reciente, de 1843.

a “Mr. Gladstone” no aparece en el texto original inglés.— Ed.

* El texto original inglés dice «Parliamentary audience».— Ed.

A pesar de todo ello, se vio obligado a referirse a la miseria social. Tuvo que hablar de aquellos que se hallaban al borde de la inanición, de salarios que no habían aumentado ni un solo penique, de una vida humana que en nueve de cada diez casos no era más que una lucha diaria por la existencia. No habló de la población de Irlanda, gradualmente sustituida por máquinas en el norte y por pastos para ovejas en el sur, aunque incluso las ovejas en ese desdichado país están disminuyendo —es cierto que no a un ritmo tan rápido como los hombres. No repitió lo que acababan de revelar entonces los máximos representantes de los diez mil de arriba en un súbito ataque de terror. Cuando el pánico al garrote*” alcanzó cierta altura, la Cámara de los Lores ordenó que se investigaran y se publicaran informes sobre el transporte penal y la servidumbre penal. El asesinato salió a la luz en el voluminoso Libro Azul de 1863,?*” y quedó demostrado, mediante hechos y cifras oficiales, que los peores de los criminales condenados, los siervos penales de Inglaterra y Escocia, trabajaban mucho menos y vivían mucho mejor que los trabajadores agrícolas de Inglaterra y Escocia.

a Report of the Commissioners appointed to inquire into the operation of the acts (16 & 17 Vict. c. 99 and 20 & 21 Vict. c. 3) relating to transportation and penal servitude, Vols. I-II, Londres, 1863.— Ed.

Pero esto no fue todo. Cuando, a consecuencia de la Guerra Civil de América, los obreros de Lancashire y Cheshire fueron arrojados a la calle, la misma Cámara de los Lores envió a los distritos manufactureros a un médico encargado de investigar la mínima cantidad posible de carbono y nitrógeno que, administrada en la forma más barata y sencilla, pudiera bastar para prevenir las enfermedades del hambre. El doctor Smith, comisionado médico del Parlamento, averiguó que 28.000 granos de carbono y 1.330 granos de nitrógeno eran la ración semanal suficiente para mantener a un adulto medio por encima de las enfermedades del hambre, y comprobó además que esta cantidad coincidía poco más o menos con el escaso alimento al que la presión de la miseria había reducido realmente a los pobres obreros del algodón.*

* Apenas necesitamos recordar al lector que, aparte de los elementos acuosos y ciertas sustancias inorgánicas, el carbono y el nitrógeno forman las materias primas del alimento humano. Sin embargo, para nutrir el organismo humano, esos constituyentes químicos simples deben suministrarse en forma de sustancias vegetales o animales. Las patatas, por ejemplo, contienen sólo carbono, mientras que el pan contiene sustancias carbonadas y nitrogenadas en la debida proporción. [Nota de Karl Marx.]

Pero esto no es todo. El mismo docto Doctor fue más tarde nuevamente comisionado por el gobierno para investigar la alimentación de la parte más pobre de la clase trabajadora. Los resultados de sus investigaciones se hallan contenidos en el «Sixth Report on Public Health», publicado por orden del Parlamento en el curso del presente año (1864). ¿Qué descubrió el Doctor? Que los tejedores de seda, las costureras, los guanteros, los tejedores de medias y otros trabajadores no recibían, por término medio, ni siquiera la mísera pitanza de los obreros del algodón, ni siquiera la cantidad de carbono y nitrógeno «apenas suficiente para prevenir las enfermedades del hambre».

a El original inglés dice «by the medical officer of the Privy Council».— Ed.

© Public Health. Sixth Report of the Medical Officer of the Privy Council (1863), - Londres, 1864. Pp. 13-15 de este informe se citan más abajo.— Ed.

«Además —citamos del informe—, en lo que respecta a las familias examinadas de la población agrícola, resultó que más de una quinta parte tenían menos de la suficiencia estimada de alimentos carbonados, que más de una tercera parte tenían menos de la suficiencia estimada de alimentos nitrogenados, y que en tres condados (Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire) la insuficiencia de alimentos nitrogenados constituía la dieta local media.» «Hay que recordar —añade el informe oficial— que la privación de alimentos se soporta con suma renuencia, y que, por regla general, una gran pobreza de dieta sólo se produce cuando la han precedido otras privaciones.» ... «Incluso la limpieza se habrá vuelto costosa o difícil, y si aún hay esfuerzos de amor propio por mantenerla, cada uno de esos esfuerzos representará punzadas adicionales de hambre. Éstas son reflexiones dolorosas, especialmente si se recuerda que la pobreza a la que se refieren no es la pobreza merecida de la ociosidad; en todos los casos es la pobreza de poblaciones trabajadoras. De hecho, el trabajo que obtiene la escasa pitanza de alimento es, en su mayor parte, excesivamente prolongado.»

Además, el informe pone de manifiesto el extraño y bastante inesperado hecho de que, de las cuatro divisiones del Reino Unido —Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda—, la población agrícola de Inglaterra, la división más rica, es la peor alimentada con mucho, pero que incluso los obreros agrícolas de Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire están mejor que gran número de obreros especializados que trabajan a cubierto en el East End de Londres.*

* Nota del traductor. En el Prólogo de su libro recién publicado, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Von Karl Marx. Hamburgo 1867, Marx observa con toda razón:

Tales son las declaraciones oficiales publicadas por orden del Parlamento en 1864,’ durante el milenio del librecambio, en un momento en que el canciller del Exchequer decía a la Cámara de los Comunes que

“la condición media del trabajador británico ha mejorado en un grado que sabemos extraordinario y sin ejemplo en la historia de ningún país ni de ninguna época”.

Las estadísticas sociales de Alemania y del resto de la Europa occidental continental son, comparadas con las de Inglaterra, una compilación miserable. Pero levantan el velo lo suficiente para dejarnos entrever la cabeza de Medusa que se oculta detrás. Nos horrorizaríamos del estado de cosas en casa si, como en Inglaterra, nuestros gobiernos y parlamentos nombraran periódicamente comisiones de investigación sobre las condiciones económicas; si estas comisiones estuviesen armadas con los mismos poderes plenarios para llegar a la verdad; si fuese posible encontrar para este fin hombres tan competentes, tan libres de partidismo y respetos personales como lo son los inspectores de fábricas ingleses, sus informadores médicos sobre la salud pública, sus comisarios de investigación sobre la explotación de mujeres y niños, sobre la vivienda y la alimentación. Perseo usaba un gorro mágico para que los monstruos que perseguía no pudieran verle. Nosotros nos colocamos el gorro mágico sobre ojos y oídos para fingir que no hay monstruos. [Nota de Eichhoff.]

4 En el folleto de Eichhoff, por error: «1863».— Ed.
6 De aquí en adelante, las citas son del discurso de Gladstone en la Cámara de los Comunes del 16 de abril de 1863 (véase The Times, n.º 24535, 17 de abril de 1863).— Ed.

Sobre estas congratulaciones oficiales choca la seca observación del informe oficial de Salud Pública:

«La salud pública de un país significa la salud de sus masas, y las masas apenas estarán sanas si, hasta su misma base, no son al menos moderadamente prósperas.»

Deslumbrado por las estadísticas del «Progreso de la Nación» que danzaban ante sus ojos, el Canciller del Tesoro exclama en éxtasis desenfrenado:

«¡De 1842 a 1852 la renta imponible del país aumentó un 6 por ciento; en los ocho años de 1853 a 1861, ha aumentado, tomando como base la de 1853, ¡un 20 por ciento! ¡El hecho es tan asombroso que resulta casi increíble!... Este aumento embriagador de la riqueza y el poder —añade Gladstone— está enteramente confinado a las clases poseedoras!» 402

Si queréis saber con cuántas víctimas de salud quebrantada, moral corrompida y ruina mental fue y está siendo producido ese «aumento embriagador de la riqueza y el poder enteramente confinado a las clases poseedoras» por las clases trabajadoras, ¡contemplad el cuadro que cuelga en el último «Informe de Salud Pública»* de los talleres de sastres, impresores y modistas! Comparad el «Informe de la Comisión sobre el Empleo de los Niños» de 1863, donde se afirma, por ejemplo, que

los alfareros como clase, tanto hombres como mujeres, representan una población muy degenerada, tanto física como mentalmente; que el niño enfermizo se convierte a su vez en un progenitor enfermizo; que el futuro está cargado de la extinción gradual de la raza, y que la degeneración de la población de Staffordshire sería aún mayor si no fuera por el constante reclutamiento desde los campos adyacentes y los matrimonios con razas más sanas.

¡Echad una ojeada al Libro Azul del señor Tremenheere sobre las «Quejas de los oficiales panaderos»!* ¿Y quién no se ha estremecido ante la declaración aparentemente paradójica hecha por los inspectores de fábricas, e ilustrada por el Registrador General, de que los obreros de Lancashire, aunque sometidos a la escasa ración de alimentos de la miseria, mejoraban realmente de salud durante aquel tiempo, debido a su exclusión temporal de la fábrica de algodón por la hambruna del algodón, y de que la mortalidad infantil disminuía porque ahora, por fin, se permitía a las madres darles el pecho en lugar del cordial de Godfrey?

¡Volvamos la medalla! Las declaraciones del impuesto sobre la renta y la propiedad presentadas a la Cámara de los Comunes el 20 de julio de 1864 nos enseñan que las personas con ingresos anuales, estimados* en 50.000 libras esterlinas o más, habían sido, desde el 5 de abril de 1862 hasta el 5 de abril de 1863, juntadas por una docena más una, su número había aumentado en ese solo año de 67 a 80. Las mismas declaraciones revelan el hecho de que unas 3.000 personas se dividen entre sí un ingreso anual de alrededor de 25.000.000 de libras esterlinas, bastante más que el total de los ingresos distribuidos anualmente a toda la masa de los trabajadores agrícolas de Inglaterra y Gales. Abrid el censo de 1861 y encontraréis que el número de propietarios territoriales en Inglaterra y Gales ha disminuido de 16.934 en 1851 a 15.066 en 1861, de modo que la concentración de la tierra ha aumentado en 10 años un 11 por ciento. Si la concentración del suelo del país en unas pocas manos continúa al mismo ritmo, la cuestión de la tierra se simplificará singularmente, como ocurrió en el Imperio Romano, cuando Nerón sonrió con sorna al descubrir que la mitad de la provincia de África era propiedad de seis caballeros.

Nos hemos detenido tanto en estos hechos, «tan asombrosos que resultan casi increíbles», porque Inglaterra encabeza la Europa del comercio y la industria. Se recordará que no hace mucho uno de los hijos refugiados de Luis Felipe felicitó públicamente al trabajador agrícola inglés por la superioridad de su suerte sobre la de su compañero menos lozano del otro lado del Canal. En efecto, cambiando los colores locales y en una escala algo reducida, los hechos ingleses se reproducen en todos los países industriosos y progresistas del Continente. En todos ellos ha tenido lugar, desde 1848, un desarrollo inaudito de la industria y una expansión insospechada de las importaciones y exportaciones. En todos ellos, el aumento de la riqueza y el poder enteramente confinado a las clases poseedoras fue verdaderamente embriagador. En todos ellos, como en Inglaterra, una minoría de las clases trabajadoras obtuvo un cierto avance en sus salarios reales; mientras que, en la mayoría de los casos, dada la subida general de los precios, el alza monetaria de los salarios no significaba un verdadero aumento de bienestar, de igual modo que el interno de un hospicio o de un orfelinato metropolitano, por ejemplo, no se benefició en lo más mínimo al subir el precio de sus artículos de primera necesidad, según las estimaciones oficiales, de £7 7s. 4d. en 1852 a £9 15s. 8d. en 1861. En todas partes, la gran masa de las clases trabajadoras se hundía a una profundidad menor, por lo menos al mismo ritmo que los que estaban por encima de ellas subían en la escala social. En todos los países de Europa se ha convertido ahora en una verdad demostrable para toda mente libre de prejuicios, y sólo negada por aquellos cuyo interés es encerrar a los demás en un paraíso de tontos, que ninguna mejora de la maquinaria, ninguna aplicación de la ciencia a la producción industrial y agrícola, ningún auxilio ni artificio de las comunicaciones, ninguna nueva colonia, ninguna emigración, ninguna apertura de mercados, ningún librecambio, ni todas esas cosas juntas eliminarán las miserias de las masas industriosas; sino que, sobre la falsa base actual, todo nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tenderá a profundizar los contrastes sociales y a agudizar los antagonismos sociales. La muerte por inanición se elevó casi al rango de institución social, durante esta época embriagadora de progreso económico, en la metrópoli del Imperio Británico. Esa época está marcada en los anales del mundo por el retorno acelerado, el radio ampliado y los efectos más mortíferos de la plaga social llamada crisis comercial e industrial.

Tras el fracaso de las Revoluciones de 1848, todas las organizaciones partidarias y todos los periódicos partidarios de las clases trabajadoras fueron, en el Continente, aplastados por la férrea mano de la fuerza, los hijos más avanzados del trabajo huyeron desesperados a la República Transatlántica, y los efímeros sueños de emancipación se desvanecieron ante una época de fiebre industrial, marasmo moral y reacción política. La derrota de las clases trabajadoras continentales* pronto extendió sus efectos contagiosos a este lado del Canal. Mientras la derrota de sus hermanos continentales enervaba a las clases trabajadoras inglesas y quebrantaba su fe en su propia causa, devolvía al terrateniente y al señor del dinero su confianza, un tanto quebrantada. Retiraron con insolencia concesiones ya anunciadas. Los descubrimientos de nuevos yacimientos de oro provocaron un éxodo inmenso, dejando un vacío irreparable en las filas del proletariado británico. Otros miembros de éste, hasta entonces activos, fueron seducidos por el soborno temporal de más trabajo y mayores salarios, y se convirtieron en súbditos leales.* Todos los esfuerzos realizados por mantener, o reorganizar, el movimiento cartista fracasaron de modo señalado; los órganos de prensa de la clase obrera perecieron uno tras otro por la apatía de las masas, y, de hecho, nunca antes pareció la clase obrera inglesa tan completamente reconciliada con un estado de nulidad política. Si, pues, no hubo una solidaridad de acción entre las clases trabajadoras británicas y las continentales, hubo, en todo caso, una solidaridad de derrota.

Y sin embargo, este período no ha estado exento de rasgos compensatorios. Aquí señalaremos solamente dos grandes hechos.

Tras una lucha de treinta años, sostenida con una perseverancia admirable, las clases trabajadoras inglesas, aprovechando una momentánea escisión entre los terratenientes y los señores del dinero, consiguieron sacar adelante la ley de las diez horas.* Los inmensos beneficios físicos, morales e intelectuales que de ahí resultaron para los obreros fabriles, registrados semestralmente en los informes de los inspectores de fábricas, son hoy reconocidos por todos. La mayoría de los gobiernos continentales tuvieron que aceptar la Ley de Fábricas inglesa en formas más o menos modificadas, y el propio Parlamento inglés se ve obligado cada año a ampliar su esfera de acción. Pero además de su importancia práctica, había algo más que exaltaba el maravilloso éxito de esta medida obrera. A través de sus más notorios hombres de ciencia, como el Dr. Ure, el profesor Senior y otros sabios de esa calaña, la burguesía británica había predicho, y demostrado a satisfacción, que toda restricción legal de la jornada laboral significaría el toque de agonía de la industria británica, la cual, como vampiro, sólo podía vivir chupando sangre, y además, sangre de niños. En tiempos antiguos, el infanticidio era un rito misterioso de la religión de Molok, pero sólo se practicaba en ocasiones muy solemnes, quizás una vez al año, y Molok no tenía predilección exclusiva por los hijos de los pobres. Esta lucha por la restricción legal de la jornada laboral fue tanto más encarnizada porque, aparte de la avaricia asustada, afectaba realmente el gran combate entre el dominio ciego de las leyes de la oferta y la demanda, que constituyen la economía política de la burguesía, y la producción social controlada por la previsión social, que constituye la economía política de la clase obrera. Por eso, la ley de las diez horas no fue sólo un gran éxito práctico; fue la victoria de un principio; fue la primera vez que, a plena luz del día, la economía política de la burguesía sucumbió ante la economía política de la clase obrera.

Pero estaba reservada una victoria aún mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativista, especialmente a las fábricas cooperativas erigidas por los esfuerzos no asistidos de unos cuantos atrevidos «brazos»*. El valor de estos grandes experimentos sociales no puede ser exagerado. Con hechos, en vez de argumentos, han demostrado que la producción en gran escala, y de acuerdo con los dictados de la ciencia moderna,

* [Nota del editor: La referencia es al Sixth Report..., págs. 25-27, ya citado.— Ed.]
* [Nota del editor: Report Addressed to Her Majesty's Principal Secretary of State for the Home Department..., Londres, 1862.— Ed.]
* [Nota del editor: El original inglés dice «valued by the tax-gatherer» («estimados por el recaudador de impuestos»).— Ed.]
* [Nota del editor: En el original inglés sigue la frase: «partly owed to the diplomacy of the English Government, acting then as now in fraternal solidarity with the Cabinet of St. Petersburg» («debida en parte a la diplomacia del gobierno inglés, que actuaba entonces, como ahora, en solidaridad fraternal con el gabinete de San Petersburgo»), que fue omitida por Eichhoff.— Ed.]
* [Nota del editor: El original inglés dice: «turned into “political blacks”» («se convirtieron en “negros políticos”»).— Ed.]
* [Nota del editor: El original inglés dice: «improving a momentary split between the landlords and money-lords» («aprovechando una momentánea escisión entre los terratenientes y los señores del dinero»).— Ed.]

* Nota del traductor: En Inglaterra se acostumbra a designar a los trabajadores como hands (manos), mientras que las ovejas y los bueyes se cuentan por heads (cabezas).⁴ [Nota de Eichhoff.]

⁴ En el texto alemán de Eichhoff, las palabras «hands» y «heads» se dan entre paréntesis después de sus equivalentes alemanes.— Ed.

Apéndices 331
pueda llevarse a cabo sin la existencia de una clase de patronos que emplee a una clase de manos; que, para dar fruto, los medios de trabajo no necesitan ser monopolizados como medio de dominio sobre el trabajador mismo, y de extorsión contra él; y que, así como el trabajo esclavo, así como el trabajo de siervo, el trabajo asalariado no es más que una forma transitoria e inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que se afana con mano dispuesta, mente alerta y corazón gozoso. En Inglaterra, las semillas del sistema cooperativo fueron sembradas por Robert Owen; los experimentos obreros intentados en el Continente fueron, de hecho, el resultado práctico de las teorías, no inventadas, sino proclamadas en voz alta, en 1848.

La experiencia del período de 1848 a 1864 ha demostrado sin lugar a dudas que, por excelente que sea en principio y por útil que resulte en la práctica, el trabajo cooperativo, si se mantiene dentro del estrecho círculo de los esfuerzos casuales de obreros privados, jamás podrá detener el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, liberar a las masas, ni siquiera aliviar perceptiblemente ‘la carga de sus miserias’.

332 Apéndices
Es quizá por esta misma razón que nobles plausibles, filantrópicos charlatanes burgueses, y hasta agudos economistas políticos, se han vuelto de repente nauseabundamente elogiosos hacia el mismo sistema de trabajo cooperativo que en vano intentaron cortar en flor, ridiculizándolo como la Utopía del soñador, o estigmatizándolo como el sacrilegio del socialista. Para salvar a las masas laboriosas, el trabajo cooperativo debe desarrollarse a dimensiones nacionales y, en consecuencia, ser fomentado por medios nacionales. No obstante, los señores de la tierra y los señores del capital siempre utilizarán sus privilegios políticos para la defensa y perpetuación de sus monopolios económicos. Lejos de promover la emancipación del trabajo, continuarán poniendo todos los obstáculos posibles en su camino. Recordad la burla con que, en la última sesión, Lord Palmerston aplastó a los defensores del proyecto de ley de derechos de los arrendatarios irlandeses. —La Cámara de los Comunes —exclamó— es una cámara de propietarios territoriales.** Conquistar el poder político se ha convertido, por tanto, en el gran deber de las clases trabajadoras. Parecen haberlo comprendido, pues en Inglaterra, Alemania, Italia y Francia han tenido lugar revivals simultáneos, y se están haciendo esfuerzos simultáneos por la reorganización política del partido de los trabajadores.

Poseen un elemento de éxito: el número; pero los números sólo pesan en la balanza si están unidos en una alianza y guiados hacia un objetivo conocido. La experiencia pasada ha mostrado cómo el desprecio de ese vínculo de fraternidad que debe existir entre los trabajadores de diferentes países, y que los incita a apoyarse firmemente unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, será castigado con el común descalabro de sus esfuerzos incoherentes. Este pensamiento impulsó a los trabajadores de diferentes países, reunidos el 28 de septiembre de 1864 en una asamblea pública en St. Martin’s Hall, a fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Otra convicción dominó aquella reunión.

Si la emancipación de las clases trabajadoras requiere su concurrencia fraternal, ¿cómo podrán cumplir esa gran misión si la política exterior de los gobiernos persigue designios criminales, explotando los prejuicios nacionales y dilapidando en guerras piráticas la sangre y el tesoro del pueblo? No fue la sabiduría de las clases gobernantes, sino la heroica resistencia de las clases trabajadoras de Inglaterra, lo que salvó a Europa Occidental de precipitarse en una infame cruzada por la perpetuación y propagación de la esclavitud al otro lado del Atlántico. La vergonzosa aprobación, la compasión fingida o la indiferencia idiota con que las clases altas de Europa han presenciado cómo la fortaleza montañosa del Cáucaso caía presa de Rusia, y cómo la heroica Polonia era asesinada por ella; las invasiones sin resistencia de ese poder bárbaro, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuyas manos están en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a las clases trabajadoras el deber de dominar ellas mismas los misterios de la política internacional; de vigilar los actos diplomáticos de sus respectivos gobiernos; de contrarrestarlos, si es necesario, con todos los medios a su alcance; y, cuando no puedan impedirlos, de combinarse en denuncias simultáneas y reivindicar las simples leyes de la moral y la justicia, que deben gobernar las relaciones de los individuos privados, como reglas supremas del intercambio entre las naciones.

La lucha por una política exterior así forma parte de la lucha general por la emancipación de las clases trabajadoras.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

4. LOS ESTATUTOS DE LA ASOCIACIÓN 406

Se reproducen a continuación en su redacción definitiva, esencialmente inalterada, tal como fueron sancionados por el Congreso de Ginebra (1866):

Considerando,
Que la emancipación de las clases trabajadoras debe ser conquistada por las clases trabajadoras mismas; que la lucha por la emancipación de las clases trabajadoras no significa una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por derechos y deberes iguales, y por la abolición de toda dominación de clase;

Apéndices 333
Que el sometimiento económico del hombre que trabaja al monopolizador de los medios de trabajo, esto es, de las fuentes de vida, está en la base de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación mental y dependencia política;
Que la emancipación económica de las clases trabajadoras es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio;
Que todos los esfuerzos dirigidos a ese gran fin han fracasado hasta ahora por la falta de solidaridad entre las múltiples divisiones del trabajo en cada país, y por la ausencia de un vínculo fraternal de unión entre las clases trabajadoras de los diferentes países;
Que la emancipación del trabajo no es un problema local, ni nacional, sino un problema social, que abarca todos los países en los que existe la sociedad moderna, y que para su solución depende de la concurrencia práctica y teórica de los países más avanzados;
Que el actual revival de las clases trabajadoras en los países más industriosos de Europa, al tiempo que suscita una nueva esperanza, advierte solemnemente contra una recaída en los viejos errores, y reclama la combinación inmediata de los movimientos aún desconectados;

Por estas razones: —
El primer Congreso Internacional de Trabajadores declara que esta Asociación Internacional y todas las sociedades e individuos que a ella se adhieran reconocerán la verdad, la justicia y la moralidad como base de su conducta mutua y hacia todos los hombres, sin distinción de color, credo o nacionalidad;
Este Congreso considera deber de todo hombre reclamar los derechos de hombre y de ciudadano, no sólo para sí mismo, sino para todo aquel que cumple con su deber. No hay derechos sin deberes, no hay deberes sin derechos;
Y en este espíritu han redactado los siguientes Estatutos de la Asociación Internacional: —
1. Esta Asociación se establece para ofrecer un medio central de comunicación y cooperación entre las Sociedades Obreras existentes en los diferentes países, que persiguen el mismo fin, a saber: la protección, el progreso y la emancipación completa de las clases trabajadoras.
2. El nombre de la Sociedad será: «Asociación Internacional de los Trabajadores».
3. El Consejo General se compondrá de trabajadores pertenecientes a los diferentes países representados en la Asociación Internacional. Elegirá de entre sus propios miembros los funcionarios necesarios para el despacho de los asuntos, tales como un presidente, un

334 Apéndices
tesorero, un secretario general, secretarios corresponsales para los diferentes países, etc. El Congreso designa anualmente la sede del Consejo General, elige un número de miembros, con facultad de acrecentarlo, y fija la hora y el lugar de la reunión del siguiente Congreso. Los delegados se reúnen en el lugar y hora designados sin necesidad de invitación especial. El Consejo General puede, en caso necesario, cambiar el lugar, pero no tiene facultad para aplazar la hora de la reunión.
4. En sus reuniones anuales, el Congreso General recibirá una cuenta pública de los trabajos del Consejo General. En casos de urgencia, puede convocar el Congreso General antes del plazo anual ordinario.
5. El Consejo General establecerá una agencia internacional entre las diferentes asociaciones cooperantes, a fin de que los trabajadores de un país estén constantemente informados de los movimientos de su clase en todos los demás países; que la investigación del estado social de los diferentes países de Europa se realice simultáneamente y bajo una dirección común; que las cuestiones de interés general planteadas en una sociedad sean ventiladas por todas; y que, cuando se requieran medidas prácticas inmediatas, como, por ejemplo, en caso de querellas internacionales, la acción de las sociedades asociadas sea simultánea y uniforme. Siempre que parezca oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa de las propuestas que deban presentarse a las diferentes sociedades nacionales o locales. Para facilitar las comunicaciones, el Consejo General publicará informes periódicos.
6. Puesto que el éxito del movimiento obrero en cada país no puede asegurarse sino por el poder de la unión y la combinación, y, por otro lado, la utilidad del Consejo General Internacional depende en gran medida de si tiene que entenderse con unos pocos centros nacionales de asociaciones obreras, o con un gran número de pequeñas y desconectadas sociedades locales, los miembros de la Asociación Internacional harán todo lo posible por combinar las desconectadas sociedades obreras de sus respectivos países en cuerpos nacionales, representados por órganos centrales nacionales. Se sobreentiende, no obstante, que la aplicación de este estatuto dependerá de las leyes peculiares de cada país, y que, aparte de los obstáculos legales, ninguna sociedad local independiente será excluida de la correspondencia directa con el Consejo General.
7. Las diversas ramas y secciones, en sus lugares de residencia y hasta donde alcance su influencia, tomarán la iniciativa no sólo en todos los asuntos tendentes al mejoramiento progresivo general de la vida pública, sino también en la fundación de asociaciones productivas y otras instituciones útiles a la clase obrera. El Consejo General las alentará de todas las maneras posibles.
8. Todo miembro de la Asociación Internacional, al trasladar su domicilio de un país a otro, recibirá el apoyo fraternal de los Trabajadores Asociados.
9. Toda persona que reconozca y defienda los principios de la Asociación Internacional de los Trabajadores puede ser miembro. Cada rama es responsable de la integridad de los miembros que admita.
10. Toda sección o rama tiene derecho a nombrar su propio secretario corresponsal.
11. Aunque unidas en un vínculo perpetuo de cooperación fraternal, las sociedades obreras que se adhieran a la Asociación Internacional conservarán intactas sus organizaciones existentes.
12. Todo lo no previsto en los presentes Estatutos será suplido por Reglamentos especiales, sujetos a la revisión de cada Congreso.

5. LA CONFERENCIA PRELIMINAR DE LONDRES, SEPTIEMBRE DE 1865 408

El Consejo Central (más tarde denominado Consejo General) elegido 
en la reunión de St. Martin’s Hall había decidido celebrar el primer 
Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en 
Bruselas a comienzos de septiembre de 1865. Más tarde, consideró 
desacertada esta decisión, porque, por una parte, no había habido 
tiempo suficiente para que la Asociación echara raíces más profundas, 
mientras que, por otra, el gobierno belga, que se pliega a las órdenes 
de París en materia de política interior, renovó la ley que le permite 
expulsar a los extranjeros a voluntad.* En lugar de un Congreso general 
en Bruselas, el Consejo Central convocó, pues, una conferencia 
preliminar en Londres. En ella sólo podían tomar parte los delegados 
de los pocos comités dirigentes del continente.

La Conferencia de Londres determinó qué cuestiones serían 
discutidas en el siguiente Congreso general, en septiembre de 1866. 
Ginebra fue elegida como sede del Congreso.

336 Apéndices

6. EL CONGRESO DE GINEBRA, 3 AL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1866⁴¹⁰

Sesenta delegados estuvieron presentes, de los cuales 45 eran miembros de 25 
secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores y 15 
eran miembros de 11 sociedades afiliadas.

Al comienzo de los debates, se produjo una acalorada 
discusión acerca del derecho a participar en el Congreso. Habían 
llegado de Francia muchos miembros individuales de la Asociación 
que, aunque no podían presentar credenciales de ninguna sección, 
deseaban ser admitidos como delegados de las secciones parisinas y 
participar en las deliberaciones del Congreso. Apelaban a 
la legislación francesa que les prohibía tener una organización 
regular. Algunos miembros apoyaron su demanda. En su opinión, 
la organización del Congreso no había sido ni completa ni definitiva, 
y no debían por tanto ser demasiado estrictos o escrupulosos, y 
debían más bien admitir en las deliberaciones a cualquier miembro 
individual que suscribiera los principios de la Asociación. Los 
delegados británicos sostuvieron, sin embargo, que habían acudido 
como representantes de ramas y sociedades cada una de las cuales 
contaba con muchos miles de miembros, y que por estas razones 
exigían que se aplicara en el Congreso el sistema representativo; 
la admisión de individuos que no representaban a ningún cuerpo 
organizado menoscabaría la regla de igualdad en la votación y 
perjudicaría los derechos de los delegados británicos. El Congreso 
decidió que el derecho a participar en los debates y en la votación 
debía concederse exclusivamente a los delegados que pudieran 
presentar credenciales regulares.

* Informes detallados sobre las deliberaciones de todos los congresos de la Asociación se 
encuentran en la revista Der Vorbote. Politische und sociale Zeitschrift, que se publica 
desde 1866 como órgano central de la sección germanófona de la Asociación Internacional 
de los Trabajadores, bajo la dirección de Joh. Phil. Becker, por la editorial de la Asociación 
en Pré-l’Evéque 33, Ginebra. [Nota de Eichhoff.]

Apéndices 337

Una vez verificadas las credenciales, el Congreso procedió 
a elegir el Presidium y la Mesa, y fue elegido presidente un 
miembro del Consejo General de Londres, el relojero Jung. 
Dirigió los debates subsiguientes con gran habilidad. Los 
franceses de sangre ardiente, que preferían oírse hablar a sí mismos 
antes que a otros, dificultaron bastante la marcha de las 
deliberaciones, pero el tacto, la calma y la dignidad del presidente, 
apoyados por la actitud firme y sensata de los trabajadores ingleses 
y alemanes, prevalecieron sobre toda perturbación amenazante.

Nos llevaría demasiado lejos presentar aquí siquiera un breve 
resumen de los debates.* La discusión giró principalmente en torno a las 
«Instrucciones 

para los Delegados del Consejo General Provisional», cuyas 
disposiciones fueron en sustancia refrendadas por el Congreso. Los 
puntos más importantes fueron los siguientes:

El § 1 de estas Instrucciones concierne a la organización de la 
Asociación Internacional. Los Estatutos antes expuestos, que habían 
resistido la prueba de dos años de práctica, fueron recomendados 
para su adopción definitiva; se propuso Londres como sede del 
Consejo General para el año siguiente; y se sometió al Congreso 
la propuesta de elegir al Consejo General y a un Secretario General 
con un salario semanal de 2 libras esterlinas como único cargo 
remunerado de la Asociación.

El Congreso sancionó los Estatutos Provisionales, decidió que 
Londres permaneciera como sede del Consejo General, confirmó 
al Consejo General provisional de Londres en sus funciones para el 
año administrativo de 1866 a 1867 y fijó la apertura del siguiente 
congreso en Lausana para el primer lunes de septiembre de 
1867.

El § 2 de las Instrucciones concierne a la ayuda internacional que 
la Asociación podía prestar a los trabajadores de todos los países en 
su lucha contra el capital. Esta cuestión, señala, abarca toda la 
actividad de la Asociación, que aspira a combinar y generalizar los 
esfuerzos de emancipación hasta ahora dispersos de las clases 
obreras de los distintos países. En un caso, la Asociación ya podía 
atribuirse el mérito de haber contrarrestado con éxito las intrigas de 
los capitalistas, siempre dispuestos a utilizar al trabajador extranjero 
como herramienta contra el trabajador nativo en caso de huelgas. 
Es uno de los grandes fines de la Asociación hacer que los 
trabajadores de diferentes países no sólo sientan, sino que actúen 
como hermanos y camaradas en el ejército de la emancipación. 
Como una combinación internacional más de esfuerzos, se propuso 
llevar a cabo una «indagación estadística sobre la situación de las 
clases obreras de todos los países, a realizar por las propias clases 
obreras». Para que tuviera éxito, se enumeraron las cuestiones más 
pertinentes en el esquema que se ofrece más abajo. Al iniciar una 
obra tan grande, los trabajadores demostrarán su capacidad de 
tomar su propio destino en sus propias manos. Se propuso, por tanto, 
que todas las ramas de la Asociación comenzaran de inmediato el 
trabajo, y que el Congreso invitara a todos los trabajadores de 
Europa y de los Estados Unidos de América a colaborar en la 
recopilación de los elementos de la estadística de la clase obrera; que 
todos los informes y testimonios se remitieran

4 K. Marx, «Instructions for the Delegates of the Provisional General Council. 
The Different Questions».— Ed.

13*

338 Apéndices

al Consejo General, el cual los elaboraría en un informe general, 
añadiendo los testimonios como apéndice, y que este informe, junto 
con su apéndice, se publicara tras recibir la sanción del Congreso.

El esquema general de indagación propuesto contiene los 
siguientes puntos, que, por supuesto, pueden modificarse para 
adaptarlos a las condiciones locales:

1. Industria, nombre de la misma.
2. Edad y sexo de los empleados.
3. Número de empleados.
4. Salarios y jornales: (a) aprendices; (b) jornales por día o a 
destajo; (c) escala pagada por los intermediarios. Media semanal, 
anual.
5. (a) Horas de trabajo en las fábricas. (b) Horas de trabajo con 
los pequeños patronos y en el trabajo a domicilio, si el negocio se 
lleva a cabo en esas diferentes modalidades. (c) Trabajo nocturno y 
trabajo diurno.
6. Horas de comida y trato.
7. Clase de taller y de trabajo: hacinamiento, ventilación 
deficiente, falta de luz solar, uso de luz de gas, limpieza, etc.
8. Naturaleza de la ocupación.
9. Efecto del empleo sobre la condición física.
10. Condición moral. Educación.
11. Estado del oficio: si es oficio de temporada, o está distribuido 
de modo más o menos uniforme a lo largo del año, si las mercancías 
están sujetas a grandes fluctuaciones de precio, si están expuestas a 
la competencia extranjera, si se destinan al consumo interior o a la 
exportación, etc.⁷²¹

Estas propuestas del Consejo General fueron adoptadas por el 
Congreso por unanimidad, y la indagación y valoración estadísticas, 
por parte de los trabajadores, de su propia condición han venido 
prosiguiendo de manera constante desde entonces.

El § 3 de las Instrucciones concierne a la limitación de la jornada 
de trabajo. Ésta, dice, es una condición preliminar sin la cual todos 
los intentos ulteriores de mejora y emancipación están condenados a 
fracasar. Es necesaria para restaurar la salud y las energías físicas de 
la clase obrera, es decir, del gran cuerpo de toda nación, así como 
para asegurarles la posibilidad de desarrollo intelectual, trato 
sociable, acción social y política. Por esta razón, el Congreso debe 
declararse partidario de una limitación legal de la jornada de trabajo 
a ocho horas. Siendo esta limitación reivindicada de modo general 
por los trabajadores de los Estados Unidos,* el voto del Congreso 
la elevaría a la plataforma común de las clases obreras de todo el 
mundo. El trabajo nocturno sólo debe permitirse en casos 
excepcionales, en oficios y ramas especificados por la ley, con la 
tendencia a suprimir gradualmente todo trabajo nocturno. Esta 
propuesta, sin embargo, se refería 

Apéndices 339

únicamente a las personas adultas de 18 años y más, varones o 
mujeres, aunque estas últimas deben ser rigurosamente excluidas 
de todo trabajo nocturno, sea cual fuere, y de todo tipo de trabajo 
perjudicial para la delicadeza del sexo, o que exponga sus cuerpos a 
efectos venenosos y de otro modo deletéreos.

El Congreso accedió a estas propuestas por una mayoría de 50 
votos contra 10. La minoría consistió en aquellos delegados franceses 
que se contentaban con una limitación legal de la jornada de trabajo 
a 10 horas.

El § 4 de las Instrucciones ataca el mal social del «trabajo de los 
niños y jóvenes (de ambos sexos)» en su misma raíz.

Se admite que la tendencia de la industria moderna a hacer 
cooperar a niños y jóvenes de ambos sexos en la gran obra de la 
producción social es una tendencia progresiva, sana y legítima, 
aunque bajo el capital se haya visto desfigurada hasta convertirse en 
una abominación. En un estado racional de la sociedad, todo niño 
de 9 años debería empezar a convertirse en un trabajador productivo, 
de modo que ninguna persona adulta apta para el trabajo tuviera 
que ser eximida de la ley general de la naturaleza, que dice: trabaja 
para poder comer, y trabaja no sólo con el cerebro, sino también 
con las manos.

Sin embargo, por el momento, el Congreso se ocupa únicamente 
de la población trabajadora. Aquí distingue tres clases de niños y 
jóvenes de ambos sexos, cada una de las cuales debe ser tratada de 
manera diferente: la primera clase, de 9 a 12 años; la segunda, de 
13 a 15; y la tercera, de 16 a 17 años. Se propuso que el empleo de 
la primera clase en cualquier taller o en el trabajo a domicilio se 
restringiera legalmente a dos horas; el de la segunda, a cuatro; y el 
de la tercera, a seis horas de trabajo, y que para la tercera clase se 
dispusiera legalmente una pausa de al menos una hora para las 
comidas o el descanso.

Se dijo que sería deseable comenzar la instrucción escolar elemental 
antes de los 9 años, pero el Congreso trató aquí únicamente de los 
antídotos indispensables contra las tendencias de un sistema social 
que degrada al trabajador a mero instrumento para la acumulación de 
capital y obliga a los padres, por la necesidad de ganarse el sustento, 
a vender a sus propios hijos. Es preciso reivindicar los derechos de los 
niños y los jóvenes. Ellos son incapaces de actuar por sí mismos. Es, 
por tanto, deber de la sociedad cuidar de su bienestar.

Si la burguesía y la aristocracia descuidaban sus deberes para con 
su descendencia, era culpa suya. Al compartir los privilegios de estas 
clases, el niño estaba condenado también a sufrir sus prejuicios.

340 Apéndices

El caso de la clase obrera era completamente distinto. El obrero no era un agente libre. En lamentablemente demasiados casos, era incluso demasiado ignorante para comprender los verdaderos intereses de su hijo o las condiciones normales del desarrollo humano. La parte más ilustrada de la clase obrera, sin embargo, comprendía plenamente que el futuro de su clase, y por tanto de la humanidad, dependen enteramente de la formación de la joven generación obrera. Los obreros sabían perfectamente que, ante todo, era preciso salvar a los niños y a los trabajadores juveniles de los efectos demoledores del actual sistema de trabajo. Esto sólo podía lograrse convirtiendo la razón social en fuerza social y, en las circunstancias dadas, no existía otro método de hacerlo que mediante leyes generales impuestas por el poder del Estado. Si la clase obrera apoyaba al gobierno en la aplicación de tales leyes, no por ello fortalecería en lo más mínimo el poder gubernamental. Por el contrario, transformaría ese poder, ahora utilizado contra ella, en su propio instrumento. Mediante un acto general lograría lo que en vano habría intentado por una multitud de esfuerzos individuales aislados.

Partiendo de este punto de vista, el Congreso declaró que no se debería permitir a ningún padre ni empleador emplear trabajo juvenil, excepto cuando estuviera combinado con la educación.

Por educación se entendían tres cosas:

Primera, educación mental.

Segunda, educación corporal, tal como se imparte en las escuelas de gimnasia y mediante el ejercicio militar.

Tercera, formación tecnológica, que imparte los principios generales de todos los procesos de producción e inicia simultáneamente al niño y al joven en el uso y manejo prácticos de los instrumentos elementales de todos los oficios.

Un curso gradual y progresivo de formación mental, gimnástica y tecnológica debería corresponder a la clasificación de los trabajadores juveniles. Los costos de las escuelas tecnológicas deberían ser cubiertos en parte por la venta de sus productos.

La combinación de trabajo productivo remunerado, educación mental, ejercicio corporal y formación politécnica elevaría a la clase obrera muy por encima del nivel de las clases alta y media.

Se sobreentendía que el empleo de todas las personas de hasta 17 años inclusive* en trabajo nocturno y en todos los oficios perjudiciales para la salud debía ser estrictamente prohibido por la ley.

El Congreso estuvo de acuerdo unánimemente con estas explicaciones y añadió una resolución en el sentido de que la formación técnica de las personas juveniles debía ser tanto de naturaleza práctica como teórica, de modo que no se formara a capataces y contramaestres de fábrica, sino a obreros, en las proyectadas escuelas tecnológicas.

4a El original inglés dice: “todas las personas de [9] a 17 años (inclusive)”. — Ed.

7. EL CONGRESO DE LAUSANA,
2 AL 8 DE SEPTIEMBRE DE 1867415

Sesenta y cuatro delegados asistieron a este Congreso, entre los cuales el elemento alemán estuvo representado por 25 miembros.

Se prescindió de todas las ceremonias de apertura y el Congreso procedió de inmediato a elegir el Presidium y la Mesa. Eugène Dupont, miembro del Consejo General y delegado de la sección francesa en Londres, fue elegido para presidir y se las arregló hábilmente con sus nada simples deberes. Fue fortalecido en su tarea por el magnífico comportamiento de la asamblea. No hubo que suavizar palabras hostiles, no hubo que refutar declaraciones improcedentes, no hubo que registrar mociones sin tacto. Esta vez también se superó felizmente la dificultad de conducir la discusión en tres idiomas (inglés, alemán y francés), como había ocurrido en el primer congreso.

Lo más importante en este Congreso fueron los informes de las secciones individuales y de las sociedades afiliadas sobre los éxitos reales y el crecimiento de la Asociación. Nos llevaría demasiado lejos reproducir el contenido de estos sumamente interesantes informes aunque fuera solo en esquema, y tanto más podemos prescindir de ello aquí cuanto que la expansión actual de la Asociación será tratada en una sección posterior. Las actas oficiales del Congreso de 1867 han sido publicadas en francés por Chaux-de-Fonds, Imprimerie de la Voix de l’Avenir.4

Indicativo del espíritu del Congreso fue lo siguiente:

Gaspare Stampa de Milán, delegado del Consejo Central de las asociaciones obreras italianas, que agrupa a 600 sociedades obreras y tiene su sede en Nápoles, anunció en la sesión del 4 de septiembre que Garibaldi pasaría por Lausana camino del Congreso de la Paz en Ginebra; propuso que el Congreso designara una diputación para ir a Villeneuve a saludar a Garibaldi en nombre del Congreso y a invitarle a visitar el Congreso en su calidad de presidente honorario de las mencionadas asociaciones obreras italianas. Otros delegados se opusieron a esta moción. Por muy popular que fuera Garibaldi, un Congreso que representaba a la clase obrera no podía rendir homenaje a ningún individuo particular. Sin embargo, si Garibaldi deseaba ocupar su asiento en el Congreso como presidente honorario de las asociaciones obreras italianas, sería recibido tan cordialmente como cualquier otro delegado. Una vez despachada la moción de Stampa, el Congreso pasó al orden del día.

La celebración casi simultánea del Congreso internacional de la Paz*'* en Ginebra (9 al 12 de septiembre), en el que muchos miembros del Congreso Obrero pensaban participar a título privado, obligó a este último a definir su posición en relación con la Liga de la Paz en Ginebra. Esto se hizo mediante la siguiente resolución, calurosamente aplaudida*:

“Considerando que el peso de la guerra recae más pesadamente sobre la clase obrera que sobre cualquier otra clase de la sociedad, porque no solo se la despoja de sus medios de subsistencia, sino que también es la clase que más sangre derrama en ella;

“Considerando que el peso de la llamada paz armada recae tan pesadamente sobre el obrero como el de la guerra, al consumir las mejores energías del pueblo en trabajo improductivo y destructivo;

“Finalmente, considerando que todo remedio radical de este mal exige alterar las condiciones sociales imperantes, que reposan en la explotación de una parte de la sociedad por otra,

“El Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores declara su completa y enfática adhesión a la Liga de la Paz constituida en Ginebra el 7 de septiembre, y a sus esfuerzos en interés y por el mantenimiento de la paz, y exige no solo que se aboliera la guerra, sino también que se disuelvan los ejércitos permanentes y que en su lugar se constituya una alianza universal y libre de los pueblos sobre la base de la reciprocidad y la justicia, pero con la condición de que las clases trabajadoras sean emancipadas de su condición no libre y oprimida y de la discriminación social, y de que se ponga fin a la lucha mutua de las clases mediante la rectificación de las contradicciones existentes.”

a Adresse collective au Congres de la paix a Genéve, de la part des Travailleurs réunis en Congres a Lausanne. — Ed.

El Congreso Obrero de Ginebra de 1866 había sido objeto de un vivo debate en la prensa francesa, especialmente en la de París y Lyon. Sin embargo, los grandes periódicos londinenses lo habían pasado por alto en un silencio absoluto. No ocurrió lo mismo con el Congreso de Lausana un año después. El Times tuvo allí a su propio corresponsal. Además, publicó artículos editoriales sobre la Asociación Internacional de los Trabajadores,5 y su ejemplo fue seguido por los diarios y semanarios de toda Inglaterra. Después de que el Times marcara la pauta, los demás periódicos tampoco consideraron ya indigno dedicar no solo noticias sino incluso largos editoriales a la cuestión obrera. Todos ellos discutieron el Congreso Obrero. Era natural que muchos periódicos trataran el tema con un tono de superioridad e ironía. Pues toda empresa tiene su lado cómico además del sublime, ¿y cómo podría el Congreso Obrero, con sus locuaces franceses, estar completamente libre de él? Pero a pesar de todo, la prensa inglesa, en conjunto, trató el Congreso muy decentemente. Incluso The Manchester Examiner, que es de hecho el órgano de John Bright y de la Escuela de Manchester,*” lo retrató en un pertinente editorial como un acontecimiento importante y que hace época. Cuando se lo comparaba con su hermanastro, el Congreso de la Paz, la comparación favorecía siempre al hermano mayor. En el Congreso Obrero discernían una tragedia amenazante y fatídica, mientras que en el otro no veían más que farsa y burlesco.

5 «The International Working Men’s Congress (From a Correspondent). Lausanne», The Times, Nos. 25909, 25911, 25912, 25913, 6, 9, 10, 11 de septiembre de 1867. — Ed.

8. LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES,
LOS SINDICATOS Y LAS HUELGAS@

Con la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores comenzó una nueva era para los sindicatos ingleses. Anteriormente, estaban exclusivamente absortos en la lucha por los salarios y el tiempo de trabajo, y estaban atados por la estrechez de miras del sistema gremial medieval.

Los sindicatos no solo son un cuerpo plenamente legal, sino también oficialmente reconocido, sancionado por una ley del Parlamento en 1825b y hecho necesario por los conflictos cotidianos entre el trabajo y el capital. Su propósito es defender los intereses de los obreros frente a los patronos y capitalistas. Su ultima ratio es la huelga,c cuya legalidad está consagrada en la mencionada ley del Parlamento a condición de que se evite toda ruptura directa de la paz (breach of the peace) y no se intente ninguna coerción ilegal del comercio (restraint of trade).d Bajo la protección de esta ley, los sindicatos se han extendido por todos los distritos fabriles de Inglaterra y, en virtud de su número, organización y fondos, han crecido hasta convertirse en un cuerpo poderoso que se enfrenta a los empleadores y se hace respetar por ellos, y hace sentir su influencia de muchas maneras diferentes. Han sobrevivido a todos los períodos de reacción política, a todos los contra-planes de los patronos y capitalistas, a todas las escaseces y crisis comerciales de las últimas décadas, y tienen la misma importancia para la organización de la clase obrera que el establecimiento de las comunas en la Edad Media tuvo para las clases medias de la sociedad burguesa, como Karl Marx, en efecto, demostró ya en 1847 en su obra contra Proudhon, titulada Misère de la Philosophie. Réponse à la Philosophie de la Misère par M. Proudhon (París 1847).*

Ahora se ha hecho evidente para estos sindicatos que, por un lado, sin saberlo, son un medio de organizar a la clase obrera, y que junto a sus fines inmediatos y actuales no deben olvidar el objetivo general de conquistar la completa emancipación política y social de la clase obrera. Por otro lado, también se les ha hecho evidente que ningún éxito definitivo era posible sin la combinación internacional y que, por su propia naturaleza, el movimiento obrero atravesaba las fronteras estatales y nacionales.

De ahí que se redactara y aprobara la siguiente resolución en la gran conferencia de delegados de los sindicatos del Reino Unido en Sheffield en 1866+:

* K. Marx, The Poverty of Philosophy. Answer to the “Philosophy of Poverty” by M. Proudhon.— Ed.

Que esta conferencia, apreciando plenamente los esfuerzos realizados por la Asociación Internacional para unir en un vínculo común de fraternidad a los trabajadores de todos los países, recomienda con la mayor seriedad a las diversas sociedades aquí representadas la conveniencia de afiliarse a dicha entidad, por considerar que ello es esencial para el progreso y la prosperidad de toda la comunidad obrera. P

El London Trades’ Council, que es el organismo central de los sindicatos obreros de Inglaterra, había concluido para entonces un acuerdo con el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Londres. El secretario del Trades’ Council, el Sr. Odger, era y sigue siendo también miembro del Consejo General de la Asociación Internacional. Sólo a partir de entonces las actividades de los sindicatos obreros de Inglaterra adquirieron un carácter universal, lo que se hizo evidente muy pronto cuando tomaron parte directa por primera vez en el movimiento político. El éxito que tuvieron es de todos conocido.

Apéndices 345

b Report of the Conference of Trades’ Delegates of the United Kingdom..., Sheffield, 1866.— Ed.

c El original alemán tiene el término inglés “Trades’ Council” entre paréntesis después de su equivalente alemán.— Ed.

En Inglaterra, al igual que en el continente, los años 1866 a 1868 fueron especialmente abundantes en huelgas por parte de los obreros y en lock-outs en las fábricas por parte de los capitalistas.* La razón común de ello fue la crisis de 1866*°' y sus secuelas. La crisis paralizó la especulación. Las grandes empresas se paralizaron y aquellos empresarios que, debido a la cambiada situación en el mercado monetario, no pudieron hacer frente a los compromisos financieros que habían contraído en la época en que la especulación estaba en su punto más alto, se vieron forzados a la bancarrota. El estancamiento de todas las empresas comerciales había llegado a un punto que sólo era superado por la extraordinaria abundancia de oro en los bancos de Inglaterra y Francia. Y el oro se había acumulado en los bancos porque ya no podía encontrar ningún uso para fines comerciales. Esto condujo a una paralización general del comercio y a una disminución general de los precios. Sólo los víveres, en particular el pan, la necesidad más vital de los obreros, habían subido de precio debido a las malas cosechas de 1866 y 1867. Y precisamente durante esta escasez general sobrevino la calamidad de la crisis universal, que se hizo sentir a los obreros mediante la reducción del tiempo de trabajo y la baja de los salarios por parte de los empleadores. De ahí las numerosas huelgas y lock-outs. Ocurrió, además, que las leyes contra las coaliciones obreras acababan de ser derogadas en Francia y otros países del continente.**' Indudablemente, también, las resoluciones de los congresos obreros de Ginebra y Lausana habían tenido un efecto moral, reforzado aún más por la conciencia que tenían los obreros en todas partes de que podían contar con el poderoso respaldo de la Asociación Internacional.

* Lock-out: cierre temporal de fábricas enteras y de todos los talleres de cualquier rama industrial, instrumento de los capitalistas para obligar a los obreros a aceptar salarios bajos. [Nota de Eichhoff.]

Pero la parte de la prensa burguesa europea que denunció a la Asociación Internacional de los Trabajadores por incitar estos conflictos estaba equivocada. En ninguna parte inició la Asociación huelga alguna, y se limitó meramente a intervenir allí donde el carácter de los conflictos locales justificaba su intervención y requería que tomase cartas en el asunto.

Concretamente, intervino en tres casos importantes, en los que también aprovechó la oportunidad para hacer una exitosa propaganda de sus principios.

Primero, unas observaciones generales sobre la táctica de la Asociación durante las huelgas de los obreros ingleses, en las que se había requerido su cooperación. De esto da cuenta el “Third Annual Report”* que el Consejo General de Londres presentó al Congreso de Lausana, y que dice:

“Solía ser una amenaza corriente de los capitalistas británicos, no sólo en Londres sino también en las provincias, cuando sus obreros no se sometían dócilmente a sus dictados arbitrarios, el suplantarlos mediante la importación de extranjeros. La posibilidad de que tales importaciones se produjeran era en la mayoría de los casos suficiente para disuadir a los obreros británicos de insistir en sus reivindicaciones. La acción emprendida por el Consejo General ha tenido el efecto de poner fin a que estas amenazas se hagan públicamente. Cuando se contempla algo de este tipo, tiene que hacerse en secreto, y la más mínima información obtenida por los obreros basta para frustrar los planes de los capitalistas. Por regla general, cuando se produce una huelga o un lock-out en cualquiera de los oficios afiliados, se instruye de inmediato a los corresponsales continentales de la Asociación para que adviertan a los obreros de sus respectivas localidades que no contraigan compromisos con los agentes de los capitalistas del lugar donde existe el conflicto. Sin embargo, esta acción no se limita a los oficios afiliados. La misma acción se emprende en favor de otros oficios cuando se recibe una solicitud.”

Efectivamente, así fue como se frustraron las maniobras de los capitalistas ingleses durante las huelgas relacionadas con los lock-outs de talleres y fábricas de excavadores de ferrocarriles, guardafrenos y maquinistas, obreros del zinc, trefiladores, leñadores, etc. En algunos casos, como la huelga de los cesteros de Londres, los capitalistas habían introducido clandestinamente obreros de Bélgica y Holanda. Sin embargo, tras un llamamiento del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, estos últimos hicieron causa común con los obreros ingleses.

Servicios aún mayores prestó a cierto grupo de obreros el comité administrativo de la Asociación en París. En

d “Third Annual Report of the International Working Men’s Association”. En el original, el título en inglés va seguido de su traducción alemana entre paréntesis.— Ed.

Roubaix, los fabricantes de cintas introdujeron reglamentos penales arbitrarios en sus fábricas que, naturalmente, equivalían principalmente a deducciones de los salarios. El resultado inevitable de este sistema de multas fue el despido de los obreros que protestaban contra él, el lock-out condujo a una revuelta y a una intervención armada de las autoridades.**” Aquí, sin embargo, intervino el Consejo Central de la Asociación Internacional en París y demostró que los fabricantes se habían hecho culpables de violar la ley con sus reglamentos al erigirse por su propia cuenta en legisladores, jueces y gendarmes. Como resultado, el gobierno francés se vio obligado a declarar que cualquier reglamento fabril privado, en la medida en que no fuera puramente administrativo sino que impusiera multas, era ilegal y constituía una usurpación manifiesta.

Los casos decisivos y más importantes de intervención de la Asociación Internacional de los Trabajadores fueron, sin embargo, los tres siguientes:

1. El cierre de los talleres de bronce de París en febrero de 1867

La gran importancia fundamental de este conflicto era la siguiente:

Las trade unions acababan de ser legalmente permitidas en Francia. Los obreros del bronce, un cuerpo de aproximadamente 5.000 personas, fueron los primeros en aprovecharse de ello y formaron un sindicato según el modelo inglés a principios de 1866. Naturalmente, desde el principio, esta asociación fue una espina clavada en el costado de los patronos, y estos decidieron destruirla en la primera oportunidad. Esta oportunidad se presentó en febrero de 1867, cuando el sindicato se vio obligado a intervenir en favor de sus miembros y a exigir a cinco de los patronos que se ajustaran a sus directrices. Al instante, los capitalistas formaron una coalición que exigió a sus obreros que dimitieran del sindicato o abandonaran los talleres. Esto culminó en un lock-out de unos 1.500 obreros del bronce por parte de 87 empresarios.

En este caso, por lo tanto, estaba en juego la existencia de este importante factor del movimiento en Francia.

Al comienzo del lock-out, el sindicato de obreros del bronce tenía un fondo de 35.000 francos. Decidió pagar a cada uno de los obreros despedidos 20 francos semanales y obtener un préstamo de los sindicatos ingleses para este fin a través de los buenos oficios de

348 Apéndices

la Asociación Internacional, con una devolución mensual de 5.000 francos.

Los obreros vencieron gracias al apoyo moral y pecuniario del Consejo General de Londres, que obtuvo las contribuciones deseadas de los sindicatos ingleses, y también gracias a la intervención del Consejo Central de París de la Asociación Internacional, que persuadió a los demás sindicatos de Francia para que prestaran un vigoroso apoyo a los obreros del bronce.

Además de la significación social del triunfo de los obreros franceses con la ayuda de sus hermanos ingleses, el caso tiene su importancia internacional, de lo cual dice lo siguiente Le Courrier français del 24 de marzo de 1867?:

“M. Thiers dijo que no es concebible ninguna política nueva en las relaciones internacionales. Sin embargo, acaba de ocurrir un hecho notable y de ninguna manera aislado que, procedente del pueblo, anuncia algo realmente nuevo.

“No podemos decir si el odio amargo, centenario y casi inhumano entre ingleses y franceses está todavía arraigado en el seno de una parte de las dos naciones. Pero el hecho de que el proletariado inglés ofrezca alianza y asistencia pecuniaria a los obreros del bronce de París para apoyarlos en una cuestión de empleo y salarios es un síntoma de una nueva política que los viejos partidos no comprenden ni pueden comprender.”

2. La huelga de Ginebra en la primavera de 1868*

* Una descripción detallada de esta huelga se da en el siguiente folleto: Die internationale Arbeiterassociation und die Arbeitseinstellung in Genf im Frühjahr 1868. Von Joh. Phil. Becker. Deutsche Verlagshalle, Pré-l’Evêque 33, Ginebra, 1868. Se recomienda encarecidamente a los obreros que lean este libro que adquieran tanto el folleto del valeroso Joh. Phil. Becker, cuyos ingresos se destinan exclusivamente a cubrir los gastos incurridos en el apoyo a la huelga, como la revista mensual Vorbote. Joh. Phil. Becker es él mismo de origen obrero y ha luchado por la clase obrera con la espada, la palabra y la pluma toda su vida con la mayor abnegación y devoción. Veterano del movimiento obrero, es tan enérgico como original en su pensamiento, y merece el reconocimiento de toda la clase obrera en contraste con los actuales petits grands hommes» de la “virtud saciada y la moralidad solvente”© que se están empujando por todas partes en los círculos obreros. Él es el alma y la vida del movimiento obrero internacional en Suiza y, de hecho, también ha alistado a todos los elementos alemanes que hasta ahora se adherían a la Asociación en la propia Alemania. [Nota de Eichhoff.]

» Pequeños grandes hombres.— Ed.

© Heinrich Heine, Neue Gedichte: Romanzen 7, Anno 1829.— Ed.

Mientras que el caso de los obreros del bronce de París concernía a la existencia de las trade unions en Francia, el caso aquí concernía a la

Apéndices 349

existencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores en el
Continente.»

El conflicto entre la Asociación Internacional de los Trabajadores
y una parte de los patronos de Ginebra estalló y siguió su
curso de la siguiente manera.

Desde agosto de 1867 se manifestaban signos de profundo descontento
por su condición entre los obreros de la construcción de Ginebra. Una
asamblea general de los obreros de la construcción, celebrada el 19 de enero
de 1868, acordó elegir un comité conjunto que entablara
negociaciones con los patronos y obtuviera, mediante un acuerdo amistoso,
una reducción del tiempo de trabajo de 12 a 10 horas y un aumento
salarial del 20 por ciento. Se redactó un memorándum y se
remitió a todos los maestros. En lugar de acceder a los obreros,
los patronos formaron una contracoalición y convocaron una asamblea
general de maestros de la construcción para el 18 de marzo, rechazando su
comité provisional las reiteradas propuestas del
comité obrero de mantener conversaciones amistosas entre delegados de
ambas partes antes de que tuviera lugar la asamblea general.

Esta actitud del comité provisional de los patronos mostró a los
obreros lo que debían esperar de la próxima asamblea
general de maestros. Su comité declaró que había fracasado en
su tarea de negociar un entendimiento con el comité de los
maestros, y en la noche del 14 de marzo solicitó
al Comité Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores
de Ginebra que tomara el asunto en sus manos y mediara para un
acuerdo.

Era deber de la Asociación atender esta solicitud.
Nombró una comisión de tres ciudadanos de Ginebra, cuyos intentos
privados de mediación, sin embargo, tampoco dieron resultado. El
20 de marzo, por tanto, después de que la asamblea general del 18
hubiera constituido finalmente una asociación patronal, la comisión
emitió una invitación pública a los «Messieurs les constructeurs»
para acudir a una reunión el 23 de marzo. Al día siguiente
apareció en los periódicos una respuesta pública que comunicaba a la
comisión de la Asociación Internacional, en nombre de la asamblea general
del 18 de marzo, que la asamblea general de maestros
había decidido, con sólo tres votos en contra, no mantener
negociación alguna con ella.

En la mañana del 23 de marzo, la comisión formada
por la Asociación Internacional dio a conocer este estado de cosas
mediante carteles murales, anunciando que si para la noche de ese día no se obtenía
un resultado favorable y se desvanecían todas las perspectivas de un
entendimiento amistoso con los patronos, se

350 Apéndices

haría redoble de tambores y se convocaría una asamblea general de todas las secciones de la
Asociación Internacional. A las seis de la tarde se dio la señal,
y los miembros de la Asociación acudieron en tropel desde todos los lados a
la Rue du Rhone, donde el sindicato tenía su local. La
burguesía estaba presa del pánico. Tiendas y casas fueron cerradas,
las cajas de caudales puestas a salvo, y a los empleados de algunos
comptoirs* se les entregaron armas y municiones. Mientras
tanto, la Asociación, con una fuerza de 5.000 hombres, marchó en orden
ejemplar hacia el campo de tiro, donde la anunciada asamblea
general discutió la gravedad de la situación y por unanimidad
aseguró a los obreros de la construcción el apoyo de la
Asociación Internacional. Una vez ocurrido esto, no fue la Internacional
sino los órganos directivos de los sindicatos de oficio quienes,
entre estruendosos vítores de sus miembros y entusiastas muestras de
apoyo, declararon la huelga de los cortadores de bloques, albañiles, yeseros
y pintores de casas en Ginebra. Acto seguido, la reunión se
dispersó en silencio. A las nueve de la noche, Ginebra ya había
recobrado su aspecto habitual.

Se envió palabra de la huelga, que había sido inevitable, al
Consejo General de la Asociación Internacional en Londres y
a los consejos administrativos de Bruselas, París y Lyon el
25 de marzo; se les solicitó apoyo urgente porque
la sección de la Asociación en Ginebra no estaba preparada para
la huelga, cuya magnitud excedía sus capacidades.

Entretanto, los patronos tampoco perdieron tiempo en invitar
a obreros por su cuenta, principalmente del Tesino y del Piamonte.
Pero éstos eran conducidos al local de la Asociación Internacional en el momento en que llegaban, y allí se les informaba del
estado de cosas y se les ganaba para el lado de los huelguistas.

Huelga decir que durante este tiempo la
Asociación Internacional fue objeto de los más salvajes ataques y las
más venenosas acusaciones. El Journal de Genève marcó la pauta y fue
respaldado del modo más enérgico por la Neue Zürcher Zeitung, la Neue freie
Presse de Viena y otros órganos de la burguesía radical, liberal y
conservadora. Como resultado del enérgico comportamiento del
Consejo Central de Ginebra, la causa de la huelga pasó
completamente a segundo plano, mientras que la Asociación Internacional fue empujada al frente del movimiento.

El 28 de marzo, la asociación patronal fijó carteles
murales fechados el 26 de marzo, en los que los patronos prometían

2 Oficinas.—Ed.
b Véase Neue freie Presse, núms. 1286 (suplemento), 1288, 1291, 29 y 31 de marzo y
3 de abril de 1868.—Ed.

Apéndices 351

considerar las reivindicaciones de los obreros con toda imparcialidad, les prevenían
contra el despotismo y las amenazas de la Asociación Internacional
de los Trabajadores, que, según decían, se mantenía con
dinero extranjero y había instigado la huelga, les recordaban el
previo entendimiento mutuo y amistoso, y les llamaban a
volver al trabajo de buena fe como individuos; los patronos
tendrían el mayor gusto en mejorar la suerte de los obreros y por el momento
les concederían una jornada laboral de 11 horas. Pero si,
contra lo esperado, no accedían a ello, los patronos
se verían obligados, por su parte, a cerrar también los talleres
en aquellos ramos de la construcción que aún no se habían sumado
a la huelga.

Todos los intentos de llegar a un entendimiento fracasaron porque
los patronos no querían tratar con delegados de la Asociación Internacional,
y puesto que ningún obrero individual se presentó al trabajo,
el amenazado cierre de fábricas se llevó a efecto el 30
de marzo, y se cerraron los talleres de ebanistas,
carpinteros y hojalateros. El efecto moral que este cierre tuvo sobre los
obreros de Ginebra lo ilustra mejor el hecho de que varios
sindicatos que antes se habían mantenido al margen de la
Asociación Internacional formaron secciones y solicitaron su admisión. Así lo hicieron los
carroceros, barreneros, talabarteros, tapiceros, limadores,
curtidores y otros. Durante estos pocos días la Asociación ganó mucho más
de mil nuevos miembros.

Los obreros empleados en el ramo de la joyería, tales como orfebres,
relojeros, torneros de cuencos y grabadores, que con pocas
excepciones son todos ciudadanos de Ginebra, celebraron una reunión a la que asistieron
más de 2.000 personas el 30 de marzo, y resolvieron como un solo hombre
aplicar todos los medios morales y materiales para ayudar a llevar la
causa de los obreros de la construcción a la victoria. En referencia a la
Asociación Internacional, la asamblea se declaró con toda firmeza
contra la falsa y maliciosa afirmación de que los obreros de Ginebra
estaban siendo sometidos a una presión tiránica por una sociedad extranjera.

Si hasta entonces la Asociación Internacional se había aplicado
diligentemente a resolver el conflicto, ahora, puesto que todos los intentos de
alcanzar un entendimiento habían fracasado, se trataba de obtener
medios para una prolongación de la huelga. El Comité Central de
la Asociación Internacional de Ginebra tenía que sostener a unos
3.000 obreros y sus familias, lo cual era una carga que los obreros
de Ginebra no podían concebiblemente soportar por sí solos.

Pero ya llovían las contribuciones de todas partes. Ante todo,
hay que rendir el más grato reconocimiento a los obreros
de Ginebra y a sus sindicatos por su espíritu de autosacrificio. Se

352 Apéndices

puede decir sin exageración que los obreros empleados de
Ginebra compartieron su pan con los que estaban sin trabajo.
Y no sólo cada cual dio voluntariamente parte de su salario;
las cajas de ahorros y los fondos de socorro de los sindicatos contribuyeron con sumas que oscilaban
entre 500 y 5.000 francos. Los sindicatos de otras ciudades suizas y las
sociedades obreras alemanas en Suiza tampoco faltaron a la cita.
Llegaron contribuciones de Alemania —Hanóver (Unión
Obrera), Hamburgo (Sociedad de Cultura Obrera), Schwerin
(obreros de la construcción), Rostock, Kaukehmen, Solingen, Mannheim
(Sindicato de Sastres), Esslingen (Sociedad de Cultura Obrera), Múnich
(Sociedad de Cultura Obrera), y otras ciudades. Particularmente
activos, sin embargo, fueron el Consejo General de la Asociación Internacional
en Londres y sus comités administrativos en Bruselas y
París. A principios de abril, el Consejo General ya estaba
en condiciones, a pesar de las dificultades formales que tuvo que superar
para obtener sumas mayores, de prometer al Comité Central
de Ginebra por lo menos 40.000 francos mensuales sólo de Inglaterra
hasta la culminación victoriosa de la huelga, en parte como préstamo y en
parte como donativo. Y por los buenos oficios de los comités administrativos
de Bruselas y París llegaron considerables contribuciones
de los sindicatos de esas dos ciudades, p. ej., 2.000 francos de los
tipógrafos, 1.500 de los hojalateros de París, etcétera.

Vieron entonces los patronos que su plan de matar de hambre a los obreros
había fracasado. Pero como habían jurado que no tratarían con
el Consejo Central de la Asociación Internacional, en su nombre lo hizo
el Sr. Camperio, presidente del Consejo de Estado y
jefe del Departamento de Justicia y Policía de Ginebra. Notificó
al Comité Central de la Asociación el 8 de abril que enviase
delegados de todos los oficios de la construcción a su despacho con miras a
alcanzar un entendimiento. El acuerdo se produjo ya
al tercer día de las negociaciones. Los patronos concedieron a los
obreros una reducción del tiempo de trabajo en 1 y, en algunos casos, 2
horas, y un aumento salarial del 10 por ciento.

En la noche del mismo día (11 de abril), el Sr. Camperio dio a conocer
mediante carteles murales que el conflicto entre los trabajadores
y los patronos se había resuelto gracias a su mediación,
que la huelga debía darse por terminada y que el trabajo se
reanudaría el lunes (13 de abril).

Tampoco la Asociación Internacional de los Trabajadores perdió tiempo
en anunciar el feliz término de la huelga mediante carteles murales y,
a la par que agradecía a los trabajadores su valiente conducta durante las semanas
de lucha, les llamaba a olvidar todo lo ocurrido
y a acudir al trabajo el lunes con buen ánimo.

Apéndices 353

Para la Asociación Internacional de los Trabajadores el conflicto
resultó en una adhesión masiva de trabajadores en Suiza.

3. El sangriento conflicto entre el gobierno belga
y los mineros de Charleroi (marzo de 1868)

Bélgica es un paraíso para la burguesía. Su Constitución es el
ideal de un Estado burgués modelo. Su gobierno es el agente de
la burguesía, representante de la dominación del capital.
Nada hay más natural allí que el hecho de que la menor colisión
entre los intereses del capital y el trabajo precipite un conflicto
que culmina en una sangrienta solución por la pólvora y el plomo.*

Cuanto más resueltamente se ocupa allí la
Asociación Internacional de los Trabajadores de la causa de los oprimidos y
perseguidos, tanto más necesario resulta presentar un relato
exhaustivo de las causas de los disturbios obreros en la cuenca carbonífera
de Charleroi.

Apéndices

Entre las industrias nacionales de los diversos países, el carbón y el hierro figuran a la cabeza de la lista. Ambas industrias forman un todo orgánico. Ninguna fundición ni horno puede funcionar sin carbón, y también para las minas de carbón los hornos y las fundiciones son el consumidor más importante. Cualquier perturbación en una de estas industrias se hace sentir, por tanto, al instante en la otra, y una crisis metalúrgica, que se repite periódicamente como todas las crisis, repercute de manera inmediata y directa sobre el precio del carbón.

El país al que la naturaleza ha favorecido más en lo que respecta al carbón y al hierro es Inglaterra. Allí, tanto el carbón como el hierro se encuentran bastante cerca de la superficie y pueden extraerse con poco esfuerzo. Francia, en cambio, es la más desheredada, pues prácticamente no produce carbón propio y sus fundiciones dependen del carbón inglés o prusiano. Pero aunque para Francia la importación de carbón extranjero es una necesidad económica, somete a la carbonífera Bélgica a una competencia sumamente desagradable, porque Inglaterra y Prusia (con una vía fluvial a lo largo del Rin y sus afluentes) se hallan en una posición más favorable en cuanto al transporte, y porque los costos de transporte influyen sobre el precio local del carbón.

El precio general del carbón en cada país, por otro lado, depende de los salarios que se pagan por extraerlo. En efecto, la relevancia internacional de este factor salta a la vista debido a la diferencia en la cantidad de tiempo de trabajo empleado en los distintos países para producir la misma cantidad de carbón. También los salarios son tan diferentes como el tiempo de trabajo, y en Inglaterra son, por lo menos, un 26 ⅔% más altos que en el Continente.*

Las consecuencias para los trabajadores de las minas de carbón de los diferentes países son las siguientes:

Siempre que una crisis siderúrgica o algún otro factor comercial desfavorable deprime el precio del carbón, los propietarios de minas intentan rebajar los salarios. Sabiendo, sin embargo, que los salarios son ya tan bajos que cualquier nueva reducción constituye una dureza que, en ciertas circunstancias —como en épocas de escasez—, puede empujar al obrero a la desesperación, se ven obligados a buscar un pretexto plausible.

Por regla general, solo existen dos de tales pretextos: uno aplicable únicamente a Inglaterra y el otro solo al Continente.

El pretexto plausible del propietario de minas inglés son los bajos salarios en el Continente.

El pretexto plausible del propietario de minas continental es el bajo precio y la competencia del carbón inglés.

A qué estrecheces sociales han quedado reducidos en estas circunstancias los mineros del carbón belgas lo describe vívidamente el siguiente artículo^a del Demokratisches Wochenblatt:**

«Una situación más lamentable que la del minero del carbón belga apenas es concebible. Reducido a la condición de máquina industrial, ha sido despojado de todos los derechos y deberes sociales. No es más que un bien mueble que figura en el inventario del propietario de la mina junto a caballos, burros, herramientas y demás material de trabajo. Eso es un hecho. Una compañía minera se considera más rica cuando tiene en sus manos un mayor número de trabajadores. Cuando construye una colonia obrera por “razones humanitarias”, la ganancia directa es a lo sumo del 2 al 3 por ciento. Pero la ganancia indirecta es inconmensurablemente mayor, pues la compañía adquiere un número adicional de obreros que dependen completamente de la mina para su subsistencia, asegurando así la operación de la mina en cualquier circunstancia. Sería más apropiado llamar al minero del carbón siervo o esclavo que hombre libre, título que los economistas burgueses le aplican tan generosamente.

»Entre todas las clases trabajadoras, los mineros del carbón belgas llevan la marca de la esclavitud de manera más visible que los demás. Ignorancia, embrutecimiento, degradación física y moral: esos son los tristes efectos del dominio sin restricciones del capital en una industria que, de por sí, es probablemente más envilecedora para el hombre que cualquier otra. A decir verdad, la burguesía se complace en atribuir la miseria del minero del carbón a sus propios defectos y vicios arraigados, a su falta de previsión, frivolidad y disipación. Sabiamente, evita remontar el caso a sus fuentes, no sea que revele las causas y circunstancias que inevitablemente producen una condición que no puede hallar alivio en una vana compasión, sino que conviene al interés general remediar, y tan pronto como sea posible.

»Entre las razones específicas que convierten al minero del carbón en una máquina de carne y hueso, la principal es la naturaleza y las condiciones del trabajo mismo, y luego también la extraordinaria duración de la jornada de trabajo. Y es una ley económica del sistema social actual que las horas de trabajo tiendan a aumentar en la misma proporción en que el trabajo tiende constantemente a hacerse más duro.

»El trabajo del minero del carbón es puramente físico; no exige ningún esfuerzo mental. Su cerebro está casi completamente ocioso. Privado de todo estímulo, sus aptitudes mentales permanecen en un estado elemental, inerte, latente. En consecuencia, su mentalidad es estrecha hasta el extremo. Así como su actividad es puramente física, también sus necesidades y gustos son de naturaleza puramente física y embrutecida. La degradación intelectual y moral del minero del carbón no es en absoluto sorprendente si se observa la naturaleza de su oficio. Considerando los efectos ruinosos del esfuerzo físico que desfigura su cuerpo, resulta en efecto imposible que sus hábitos y su moral no entren en conflicto con la razón.

»El valor del minero del carbón se mide exclusivamente por sus músculos; la inteligencia no cuenta para nada, pues no se la necesita. Para trabajar en una mina no se requiere ni habilidad, ni talento, ni educación; basta con la fuerza física. Una breve descripción de las diversas operaciones en una mina de carbón mostrará al lector que, bajo el sistema económico actual, es imposible que el minero se perfeccione, sea física, mental o moralmente.

»El trabajo en una mina se divide generalmente de la siguiente manera: los *ouvriers à veine* (obreros de veta) cortan el carbón del filón, los *bouteurs* (empujadores) lo llevan a la galería y los *chargeurs à la taille* (cargadores del tajo) lo cargan en vagonetas o cubas. Los *haleurs* (haladores) tiran de las vagonetas hasta los pozos, donde se iza el carbón a la superficie. Los *coupers de voies* (cortadores de galerías), los *releveurs* (levantadores) y los *meneurs de terres* (acarreadores de tierra) excavan pozos y galerías y extraen la tierra y las piedras. Todos estos trabajos se realizan bajo la luz mortecina de una pequeña lámpara, en una atmósfera insalubre y cargada de polvo. Para hacer su trabajo, el minero del carbón debe adoptar posturas antinaturales, ya sea tendido de costado o de rodillas, agachado o doblándose penosamente, y a menudo solo puede avanzar arrastrándose para moverse hacia adelante o hacia atrás. Todo esto hace que su condición sea peor, más dolorosa, que la de un excavador o un peón agrícola, cuyos trabajos, aunque también son de naturaleza puramente manual, al menos se realizan al aire libre y a la luz del día.

»¿Es, por tanto, de extrañar que el minero del carbón se halle a un nivel intelectual y moral tan bajo? ¿Cómo puede un hombre que trabaja diariamente de 15 a 18 horas en un agujero lóbrego y sin ventilación conservar siquiera un rastro de las cualidades que distinguen al ser humano de la bestia? La criatura mejor organizada, con las más felices aptitudes espirituales, está condenada a degenerar rápidamente en un régimen tal, que busca destruir las capacidades del individuo. Hoy en día ya no se puede negar la influencia del cuerpo sobre el espíritu, de lo físico sobre lo moral. El estado físico del individuo suele ser un indicio del mental. El informe de la Cámara de Comercio de Mons de 1844, un documento oficial, retrata al minero del carbón en los siguientes términos: “Estos obreros tienen el rostro pálido en sus años jóvenes, el cuerpo encorvado, las piernas arqueadas y el andar lento. Casi sin excepción, llevan el sello de una senilidad prematura a la edad de 40 a 50 años.”

»Bidaut, ingeniero de minas, escribió en un informe oficial en 1843: “Es del todo indiscutible que esta ocupación (la del minero del carbón), que priva de la luz solar, obliga a inhalar gases distintos del aire puro, hace adoptar al cuerpo posturas antinaturales, expone a peligros constantes, etc., es de tal naturaleza que aleja al hombre lo más posible de las condiciones normales de vida y debería, por tanto, ser objeto de regulaciones especiales. Para mí esto está fuera de toda duda.”

»Lo que era cierto en 1843 sigue siéndolo en 1868. La condición física y moral del minero del carbón, aunque quizá no haya empeorado, ciertamente no ha mejorado. Lejos de haberse reducido, el tiempo de trabajo se ha alargado desde entonces, y los salarios, aun prescindiendo de la actual decadencia de los negocios, siguen siendo los mismos mientras el precio de los víveres ha subido. Aunque se han introducido mejoras considerables en la minería, los obreros no han obtenido beneficio alguno de ellas. Si, por ejemplo, el minero ya no desciende a la mina y sube por escaleras, el tiempo y la energía ahorrados benefician al patrono porque se realiza más trabajo. El efecto de todo esto es que el minero carece de flexibilidad mental, que desprecia la instrucción y la educación por considerarlas ocupación de “holgazanes”, que no envía a sus hijos a la escuela y se entrega a los placeres y diversiones más groseros. Mientras que el propietario de la mina tiene interés en mantener al minero en ese estado de embrutecimiento, es ayudado por una profusión de pequeños negocios que sacan provecho exclusivamente de los obreros y que, por tanto, dejarían de ser rentables si el obrero fuera sobrio, prudente y previsor. Tienden trampas al minero a cada paso para quitarle su último centavo. ¡Y qué fácil es seducir a gentes que carecen de la menor instrucción y cuya capacidad mental está en hibernación!

»Este estado de cosas no puede ni debe continuar. En vano se apela a las obligaciones de la humanidad; son impotentes frente a las leyes de la economía burguesa. Pero la burguesía se equivoca gravemente si cree que puede reducir a los obreros a siervos y bestias sin verse afectada ella misma por las consecuencias morales de ello. Basta con mirar a la burguesía de las regiones carboneras y de las ciudades fabriles. ¿De dónde proceden el desprecio por la cultura, por la ciencia, y la falta de pensamiento independiente fuera de los límites de sus empresas, y de dónde el grosero afán de placer que distingue al burgués? Ocurre exactamente lo mismo que con los plantadores y propietarios de esclavos de los Estados Unidos. Allí fueron la esclavitud y el trabajo esclavo los que causaron la desmoralización. También aquí efectos similares parecerían justificar la conclusión de que las causas son las mismas. Cuanto más se hunde al obrero, tanto más se hunde su patrono tras él; se corrompe moralmente con la misma seguridad que aquel a quien ha dejado de considerar un ser humano.»

* Según cálculos de Richard Whiting. Para determinar cuánto peor estaban los obreros en Francia que sus colegas en Inglaterra, supuso que, considerada la diferencia en el precio de los artículos de primera necesidad más importantes en ambos países, el obrero llegaba igual de lejos con 5 francos en Francia que con 5 chelines (es decir, 6 francos) en Inglaterra. Esto suponía una diferencia del 16 ⅔% debida únicamente a las discrepancias de precios. Identificando de esta sencilla manera francos y chelines como valores iguales para ambos países, Whiting halló además que los salarios en Francia eran por lo menos un 10% más bajos que en Inglaterra, mientras que los salarios en Francia, Bélgica y la Prusia renana eran aproximadamente iguales. [Nota de Eichhoff.]

** Demokratisches Wochenblatt, órgano del Partido Popular Alemán, Leipzig, impreso y editado por C. W. Vollrath. Su redactor jefe es Wilhelm Liebknecht. [Nota de Eichhoff.]

^a “Die Lage der belgischen Kohlenarbeiter”, Demokratisches Wochenblatt, núms. 20 y 21, 16 y 23 de mayo de 1868.— Ed.

«Los trabajadores mismos han encontrado un remedio contra los males que sufren
a causa de la industria privada y que, retroactivamente, cubren el cuerpo de la sociedad con
llagas supurantes. Este remedio es la educación y la cooperación. Nada, salvo una reducción
del tiempo de trabajo, puede poner al alcance del trabajador los beneficios de la ilustración y la educación.
Nada, salvo la participación en los beneficios del capital, puede librarlo de la miseria a la que hoy se halla
indefenso expuesto.

»El mejoramiento moral y material del trabajador es una cuestión de justicia social
y de bien público. No hay otro camino para resolver esta cuestión que
la educación pública y el establecimiento de sociedades cooperativas. Incumbe al Estado
poner en marcha estos remedios, fomentarlos y apoyarlos. Se destruirá a sí mismo
si permanece ocioso mientras los efectos del sistema económico burgués corrompen
y erosionan a la sociedad.»

Appendices 357

En febrero de 1867 ya se habían producido disturbios entre
los mineros de Marchienne, que solo pudieron ser sofocados por la fuerza
armada. La causa fueron las escaseces imperantes, en particular el elevado
precio del pan debido a la mala cosecha de 1866. Haciendo un llamamiento a los
trabajadores ingleses para que contribuyeran a sostener a las familias de las
desdichadas víctimas de la masacre, el Consejo General de la
Asociación Internacional dirigió el siguiente llamamiento a
principios de marzo de 1867*?: