En el programa fundacional de nuestra Asociación afirmábamos: «No fue la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica resistencia a su criminal insensatez por parte de las clases obreras de Inglaterra, lo que salvó al Occidente de Europa de precipitarse de cabeza en una cruzada infame por la perpetuación y propagación de la esclavitud al otro lado del Atlántico.»* Ahora os toca a vosotros detener una guerra cuyo resultado más claro sería, por un período indefinido, hacer retroceder el movimiento ascendente de la clase obrera a ambos lados del Atlántico.

Apenas necesitamos deciros que existen potencias europeas ansiosamente empeñadas en empujar a los Estados Unidos a una guerra con Inglaterra. Basta un vistazo a las estadísticas comerciales para ver que la exportación rusa de materias primas —y Rusia no tiene otra cosa que exportar— cedía rápidamente ante la competencia norteamericana, hasta que la guerra civil invirtió bruscamente la balanza. Convertir justo ahora las rejas de arado americanas en espadas rescataría de la bancarrota inminente a ese poder despótico al que vuestros estadistas republicanos, en su sabiduría, han escogido como consejero confidencial. Pero, prescindiendo por completo de los intereses particulares de este o aquel gobierno, ¿no es acaso el interés general de nuestros opresores comunes convertir nuestra cooperación internacional, que crece a pasos agigantados, en una guerra intestina?

En un mensaje de felicitación al señor Lincoln con motivo de su reelección como presidente, expresamos nuestra convicción de que la guerra civil norteamericana resultaría ser de tan enorme importancia para el avance de la clase obrera como lo había sido la guerra de independencia norteamericana para el de la clase media.* Y, en efecto, la terminación victoriosa de la guerra antiesclavista ha abierto una nueva época en los anales de la clase obrera. En los propios Estados, un movimiento obrero independiente, mirado con malos ojos por vuestros viejos partidos y sus políticos profesionales, ha brotado a la vida desde aquella fecha. Para que fructifique necesita años de paz. Para aplastarlo, hace falta una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra.

El siguiente efecto palpable de la guerra civil fue, desde luego, el deterioro de la posición del obrero norteamericano. En los Estados Unidos, como en Europa, el monstruoso peso de una deuda nacional pasó de mano en mano hasta asentarse sobre las espaldas de la clase obrera. Los precios de los artículos de primera necesidad —dice uno de vuestros estadistas— han subido un 78 por ciento desde 1860, mientras que los salarios del trabajo no cualificado han subido un 50 por ciento, y los del trabajo cualificado solo un 60 por ciento. «El pauperismo —se lamenta— crece hoy en América más deprisa que la población.» Por añadidura, los sufrimientos de las clases obreras sirven de contraste al lujo de nuevo cuño de los aristócratas financieros, los «aristócratas de pacotilla» y demás alimañas engendradas por las guerras. Con todo, la guerra civil compensó todo esto al liberar al esclavo y por el consiguiente impulso moral que dio a vuestro propio movimiento de clase. Una segunda guerra, no santificada por un propósito sublime y una gran necesidad social, sino del tipo del Viejo Mundo, forjaría cadenas para el trabajador libre, en vez de romper las del esclavo. La miseria acumulada que dejaría tras de sí proporcionaría a vuestros capitalistas, a la vez, el motivo y los medios para divorciar a la clase obrera de sus audaces y justas aspiraciones mediante la espada sin alma de un ejército permanente.

De vosotros, pues, depende la gloriosa tarea de demostrar al mundo que, por fin, las clases obreras pisan la escena de la historia no ya como servidores serviles, sino como actores independientes, conscientes de su propia responsabilidad y capaces de imponer la paz allí donde sus pretendidos amos claman guerra.

En nombre del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores,

Nacionalidad británica: R. Applegarth, carpintero; M. J. Boon, ingeniero; J. Buckley, pintor; J. Hales, tejedor de bandas elásticas; Harriet Law; B. Lucraft, fabricante de sillas; J. Milner, sastre; G. Odger, zapatero; J. Ross, cerrador de botas; B. Shaw, pintor; Cowell Stepney; J. Warren, baulero; J. Weston, fabricante de pasamanos. Nacionalidad francesa: E. Dupont, fabricante de instrumentos; Jules Johannard, litógrafo; Paul Lafargue. Nacionalidad alemana: G. Eccarius, sastre; F. Lessner, sastre; W. Limburg, zapatero; Karl Marx. Nacionalidad suiza: H. Jung, relojero; A. Müller, relojero. Nacionalidad belga: M. Bernard, pintor. Nacionalidad danesa: J. Cohn, fabricante de cigarros. Nacionalidad polaca: Zabicki, cajista.

B. Lucraft, Presidente
Cowell Stepney, Tesorero
J. George Eccarius, Secretario General

Londres, 12 de mayo de 1869