Las esperanzas ilusorias que se hicieron concebir a los millones de trabajadores y sufrientes de este país hace treinta años no se han realizado. Se les dijo que la eliminación de las restricciones fiscales haría fácil la suerte de los pobres trabajadores; si no podía hacerlos felices y contentos, al menos desterraría para siempre el hambre de entre ellos.

Se alzaron en una conmoción terrible pidiendo «la gran hogaza**», los terratenientes se enfurecieron, los señores del dinero quedaron desconcertados, los señores de las fábricas se regocijaron —se hizo su voluntad—, la Protección recibió el golpe de gracia. Siguió un período de la prosperidad más maravillosa. Al principio los tories amenazaron con invertir la política, pero al ocupar los bancos ministeriales, en 1852, en vez de cumplir su amenaza, se sumaron al coro de alabanzas a la competencia ilimitada. Preparados para una pérdida pecuniaria, descubrieron con el mayor asombro que la renta territorial aumentaba a razón de más de 2.000.000 de libras esterlinas al año. Nunca en la historia de la humanidad hubo tanta riqueza —medios para satisfacer las necesidades del hombre— producida por tan pocas manos y en tan corto tiempo, como desde la abolición de las Leyes de Cereales. Durante el transcurso de veinte años, el valor declarado de las exportaciones anuales de productos y manufacturas británicas e irlandesas —los frutos de vuestro propio trabajo— aumentó de 60.000.000 a 188.900.000 libras. En veinte años la renta imponible de los lores y damas del suelo británico aumentó, según su propia confesión, de 98.000.000 a 140.000.000 de libras al año; la de los jefes de los oficios y profesiones, de 60.000.000 a 15* 110.000.000 de libras al año. ¿Podían los esfuerzos humanos lograr más?

¡Ay! Hay hijastros en la familia de Britania. Ningún Canciller del Exchequer ha revelado aún el secreto de cómo se distribuyen los 140.000.000 de libras entre los magnates territoriales, pero lo sabemos todo acerca de la gente de los oficios. Los favoritos especiales aumentaron de dieciséis, en 1846, a ciento treinta y tres, en 1866. Su ingreso medio anual subió de 74.300 a 100.600 libras cada uno. Se apropiaron de una cuarta parte del aumento de los veinte años. Los siguientes en el parentesco aumentaron de trescientos diecinueve a novecientos cincuenta y nueve individuos: su ingreso medio anual subió de 17.700 a 19.300 libras cada uno: se apropiaron de otra cuarta parte. La mitad restante se distribuyó entre trescientos cuarenta y seis mil cuarenta y ocho respetables, cuyos ingresos anuales oscilaban entre 100 y 10.000 libras esterlinas. Los millones de trabajadores, los productores de esa riqueza —las cenicientas de Britania—, recibieron bofetadas y puntapiés en lugar de medios peniques.

En el año 1864, la renta imponible bajo el epígrafe D** aumentó en 9.200.000 libras. De ese aumento, la metrópoli, con menos de una octava parte de la población, absorbió 4.266.000 libras, casi la mitad. De esa cantidad, 3.123.000 libras, más de un tercio del aumento de Gran Bretaña, fueron absorbidas por la City de Londres, por los favoritos de la ciento setenta y nueveava parte de la población británica: Mile End y la Torre, con una población obrera cuatro veces más numerosa, recibieron 175.000 libras. Los ciudadanos de Londres se ahogan en oro; los cabezas de familia de los Tower Hamlets están abrumados por los impuestos de pobres. Los ciudadanos, por supuesto, se oponen a la centralización de los impuestos de pobres bajo el principio de la autonomía local.

Durante los diez años terminados en 1861, los operarios empleados en el comercio del algodón aumentaron un 12 por ciento; su producción, un 103 por ciento. Los mineros del hierro aumentaron un 6 por ciento; la producción de las minas, un 37 por ciento. Veinte mil mineros del hierro trabajaban para diez propietarios de minas. Durante esos mismos diez años, los trabajadores agrícolas de Inglaterra y Gales disminuyeron en ochenta y ocho mil ciento cuarenta y siete, y, sin embargo, en ese período, varios cientos de miles de acres de tierras comunales fueron cercados y transformados en propiedad privada para ampliar las propiedades de la nobleza, y el mismo proceso continúa hoy.

En doce años, la renta imponible para el socorro a los pobres en Inglaterra y Gales subió de 86.700.000 a 118.300.000 libras; el número de indigentes adultos aptos para el trabajo aumentó de ciento cuarenta y cuatro mil quinientos a ciento ochenta y cinco mil seiscientos.

Estas no son pinturas fantásticas, surgidas de las descabelladas especulaciones de incorregibles exaltados; son las confesiones de terratenientes y señores del dinero, registradas en sus propios libros azules. Uno de sus expertos declaró días atrás en la Cámara de los Lores que las clases propietarias, después de banquetear suntuosamente, apartan 150.000.000 de libras al año del producto de vuestro trabajo. Pocas semanas después, el presidente del Real Colegio de Cirujanos relató a un jurado reunido para investigar las causas de ocho muertes prematuras lo que él vio en la inmunda sala de St. Pancras.

También los favoritos de Hibernia se han multiplicado, y sus ingresos han aumentado, mientras una sexta parte de sus hijos e hijas trabajadores perecieron por el hambre y sus enfermedades consecuentes, y un tercio de los que quedaron fueron desahuciados, expulsados y expatriados por usurpadores atormentadores y criminales.

Este período de inigualada prosperidad industrial ha llevado a millares de nuestros consiervos —hombres y mujeres honestos, sencillos y laboriosos— a los patios de picar piedra y a la sala de deshacer estopa; el rosbif de sus sueños se ha convertido en bazofia. Cientos de miles de hombres, mujeres y niños vagan —parias despojados y sin hogar— por la tierra que los vio nacer, atestando las ciudades y pueblos, e infestando los caminos reales del campo en busca de trabajo para obtener alimento y cobijo, sin poder hallarlo. Otros miles, más animosos que honestos, caminan en la rueda de molino para expiar pequeños hurtos, prefiriendo la disciplina carcelaria a la comida del asilo, mientras los estafadores al por mayor están en libertad y los terratenientes criminales presiden los tribunales de sesiones trimestrales para administrar justicia. Miles de jóvenes y robustos cruzan los mares, huyendo de sus hogares nativos como de una plaga exterminadora; los viejos y débiles perecen al borde del camino de hambre y frío. Los hospitales y enfermerías están atestados de enfermos de fiebre y de hambre: la muerte por inanición se ha convertido en un suceso cotidiano y ordinario.

Todos los partidos están de acuerdo en que los sufrimientos de los pobres trabajadores nunca han sido más intensos, ni la miseria tan generalizada, ni los medios para satisfacer las necesidades del hombre tan abundantes como en la actualidad. Esto prueba sobre todo que el fundamento moral de todo gobierno civil, «que el bienestar de la comunidad entera es la ley suprema, y debe ser el fin y el objetivo de toda legislación civil», ha sido completamente desatendido. Quienes presiden los destinos de la nación han descuidado deliberadamente su deber primordial mientras atendían a los intereses particulares de los ricos para hacerlos más ricos, o bien su posición social, su educación, sus prejuicios de clase los han incapacitado para cumplir con su deber hacia la comunidad en general o para aplicar los remedios adecuados; en cualquier caso, han traicionado su mandato.

El gobierno de clase sólo es posible a condición de que aquellos que están sometidos estén asegurados contra la indigencia positiva. Las clases dominantes no han logrado asegurar al laborioso asalariado en la flor de su vida contra el hambre y la muerte por inanición. Sus remedios han fracasado de manera señalada, sus promesas no se han cumplido. Prometían economías; en su lugar han aumentado enormemente los gastos públicos. Prometían aligerar la carga de los impuestos de vuestros hombros; los ricos pagan sólo una fracción del aumento de los gastos; el resto se recauda sobre vuestros artículos de primera necesidad —incluso vuestros boletos de empeño están gravados— para mantener un ejército permanente, sacado de vuestras propias filas, que os dispare si dais muestras de descontento. Prometían reducir al mínimo el pauperismo: han hecho de la indigencia y la miseria vuestra condición media —la gran hogaza se ha reducido a la ausencia de hogaza—. Cada remedio que han aplicado no ha hecho más que agravar el mal, y no tienen otro que proponer; su dominio está condenado. Seguir así es arrastrar a todos a una ruina común. No hay más que un remedio, —y sólo uno— ¡Ayudaos a vosotros mismos! Decídios a no soportar por más tiempo este estado de cosas abominable; obrad de acuerdo con vuestra determinación, y desaparecerá.

Hace unas semanas, una veintena de obreros de Londres discutieron el asunto. Llegaron a la conclusión de que la actual base económica de la sociedad es el fundamento de todos los males existentes, —que nada que no sea una transformación de las actuales disposiciones sociales y políticas puede servir, y que tal transformación sólo puede ser llevada a cabo por los millones de trabajadores mismos—. Consignaron sus conclusiones en una serie de resoluciones y convocaron una conferencia de obreros representativos, a quienes las sometieron a consideración. En tres reuniones consecutivas esas resoluciones fueron discutidas y adoptadas por unanimidad. Para llevarlas a cabo se fundó una nueva organización obrera, bajo el título de «Liga por la Tierra y el Trabajo». Se designó un consejo ejecutivo de más de cuarenta conocidos obreros representativos para elaborar una plataforma de principios derivados de las resoluciones preliminares adoptadas por la conferencia, que sirviera de programa de agitación mediante el cual se pueda efectuar un cambio radical.

Después de madura deliberación, el Consejo acordó lo siguiente:

1. Nacionalización de la tierra.
2. Colonización interior.
3. Educación nacional, laica, gratuita y obligatoria.
4. Supresión de los bancos privados de emisión. Sólo el Estado emitirá papel moneda.
5. Un impuesto directo y progresivo sobre la propiedad, en sustitución de todos los demás impuestos.
6. Liquidación de la deuda nacional.
7. Abolición del ejército permanente.
8. Reducción del número de horas de trabajo.
9. Igualdad de derechos electorales, con retribución de los diputados.

El éxito de nuestros esfuerzos dependerá de la presión que se pueda ejercer sobre los poderes existentes, y esto requiere número, unión, organización y combinación. Por lo tanto, os instamos a que os unáis, organicéis y combinéis, y lancéis el grito por toda Irlanda, Escocia, Gales e Inglaterra: «¡La tierra para el pueblo!», los legítimos herederos de los dones de la naturaleza. Ningún estado racional de sociedad puede dejar la tierra, que es la fuente de la vida, bajo el control de, y sujeta a los caprichos y antojos de, unos cuantos individuos particulares. Un gobierno elegido por el pueblo entero, y como fiduciario de él, es el único poder que puede administrarla en beneficio de toda la comunidad.

Insistid en que el Estado recupere las tierras incultas como comienzo de su nacionalización, y coloque en ellas a los desempleados. No permitáis que se cerque ni un acre más de tierra comunal para fines privados de los no productores. Obligad al gobierno a emplear el ejército, hasta su disolución definitiva, como una fuerza de pioneros para desbrozar, drenar y nivelar los terrenos baldíos destinados al cultivo, en vez de levantar campamentos para preparar la destrucción de vidas. Si los verdes campos y los huertos son incompatibles con el noble deporte de la caza, que emigren los cazadores.

Haced de los Nueve puntos de la Liga el programa obrero, la piedra de toque con la que probéis la calidad de los candidatos a los honores parlamentarios, y si los halláis espurios, rechazadlos como moneda falsa, pues quien no está por ellos está contra vosotros.

Se os estafa el fruto de vuestro trabajo mediante leyes agrarias, leyes monetarias y toda clase de leyes. De la mísera pitanza que os queda, tenéis que pagar el interés de una deuda que se contrajo para mantener sojuzgados a vuestros predecesores; tenéis que mantener un ejército permanente que en vuestra generación no sirve a ningún otro propósito, y se os somete sistemáticamente a un trabajo excesivo cuando estáis empleados, y a una alimentación insuficiente en todo momento. Sólo una serie de reformas radicales como las que señala nuestro programa podrá sacaros jamás del cenagal del desaliento en que estáis actualmente hundidos. La dificultad puede superarse mediante la unidad de propósito y de acción. Nosotros somos muchos; nuestros adversarios son pocos. ¡Trabajadores y trabajadoras de todos los credos y oficios, reclamad, pues, vuestros derechos como con una sola voz, y agrupaos, y unid vuestras fuerzas bajo la bandera de la «Land and Labour League» para conquistar vuestra propia emancipación!

John Weston, Tesorero
Martin J. Boon
Secretarios
J. George Eccarius