Lo que sigue es un breve e imparcial informe del trato al que mis compañeros de exilio (veinticuatro en total) y yo fuimos sometidos durante nuestro encarcelamiento en esa fosa de horrores, esa tumba viviente llamada Prisión de Portland.

Ante todo, es mi deber rendir un tributo de respeto y justicia a la memoria de mi amigo John Lynch, condenado por un tribunal extraordinario en diciembre de 1865 y fallecido en la prisión de Woking en abril de 1866.

Cualquiera que sea la causa que el jurado haya atribuido a su muerte, afirmo, y estoy en condiciones de probar, que su muerte fue acelerada por la crueldad de los guardianes de la prisión.

Estar encarcelado en pleno invierno en una celda fría durante veintitrés horas de cada veinticuatro, insuficientemente vestido, durmiendo sobre una tabla dura con un leño por almohada y dos mantas raídas que pesaban apenas diez libras como única protección contra el frío excesivo, privados, mediante un rasgo de crueldad inefablemente refinado, incluso de cubrir nuestros miembros helados con la ropa, que nos veíamos obligados a dejar fuera de la puerta de la celda, alimentados con una comida escasa e insalubre, sin otro ejercicio que un paseo diario de tres cuartos de hora en una jaula de unos 20 pies de largo por 6 de ancho, destinada a la peor clase de criminales: semejantes privaciones y sufrimientos quebrantarían incluso una constitución de hierro. No es, pues, de extrañar que una persona tan delicada como Lynch sucumbiera a ello casi de inmediato.

Al llegar a la prisión, Lynch pidió permiso para conservar puestas sus camisetas de franela. Su petición fue rechazada con rudeza. «Si me lo niegan, estaré muerto dentro de tres meses», respondió en aquella ocasión. ¡Ah, poco sospechaba yo que sus palabras se harían realidad! No podía imaginar que Irlanda perdería tan pronto a uno de sus hijos más entregados, ardientes y nobles, y que yo mismo perdería a un amigo probado y leal.

A principios de marzo observé que mi amigo tenía un aspecto muy enfermo y un día, aprovechando la breve ausencia del carcelero, le pregunté por su salud. Me respondió que se estaba muriendo, que había consultado al médico varias veces, pero que éste no había prestado la menor atención a sus quejas. Su tos era tan violenta que, aunque mi celda estaba muy alejada de la suya, podía oírla resonar día y noche por los pasillos vacíos. Un carcelero me dijo incluso: «Al número 7 le queda poco; debería estar en el hospital desde hace un mes. He visto muchas veces a presos comunes allí con un aspecto cien veces más saludable que el suyo.»

Un día de abril miré hacia fuera de mi celda y vi una figura esquelética que se arrastraba con dificultad, apoyándose en los barrotes para sostenerse, con un rostro de una palidez mortal, ojos vidriosos y mejillas hundidas. Era Lynch. No podía creer que fuera él hasta que me miró, sonrió y señaló el suelo como diciendo: «Estoy acabado». Esa fue la última vez que vi a Lynch.

Esta declaración de Casey corrobora el testimonio de Rossa sobre Lynch. Y no debe olvidarse que Rossa escribió su carta en una prisión inglesa mientras Casey escribía en una colonia penitenciaria australiana, lo que hacía absolutamente imposible toda comunicación entre ambos. Sin embargo, el gobierno acaba de declarar que las afirmaciones de Rossa son mentiras. Bruce, Pollock y Knox declaran incluso «que a Lynch le dieron franelas antes de que las pidiera».

Por otra parte, el Sr. Casey insiste con la misma firmeza con que el Sr. Bruce lo niega, en que Lynch se quejó de que «incluso cuando ya no podía caminar y se veía obligado a permanecer en la terrible soledad de su celda, su petición le fue denegada».

Pero como dijo el Sr. Laurier en su hermoso discurso:
«Dejemos a un lado el testimonio humano y acudamos al testimonio que no miente, al testimonio que no engaña, al testimonio silencioso.5»

El hecho es que Lynch entró en Pentonville rebosante de vida, lleno de esperanza, y tres meses más tarde aquel joven era un cadáver.

Hasta que los Sres. Gladstone, Bruce y su cohorte de policías puedan demostrar que Lynch no está muerto, pierden el tiempo con vanos juramentos.

 Report of the Commissioners on the Treatment of the Treason-Felony Convicts in the English Convict Prisons, London, 1867.— Ed.