Señor: — Dondequiera que las clases trabajadoras han tomado parte propia en los movimientos políticos, allí, desde el principio mismo, su política exterior se expresó en las pocas palabras: Restauración de Polonia. Así ocurrió con el movimiento cartista mientras existió; así ocurrió con los obreros franceses mucho antes de 1848, así como durante aquel año memorable, cuando el 15 de mayo marcharon hacia la Asamblea Nacional al grito de «¡Vive la Pologne!» – ¡Polonia para siempre! Así ocurrió en Alemania, cuando, en 1848 y 1849, los órganos de la clase obrera reclamaron la guerra contra Rusia por la restauración de Polonia. Y así ocurre incluso ahora —con una excepción, de la que hablaremos más adelante—, los obreros de Europa proclaman unánimemente la restauración de Polonia como parte integrante de su programa político, como la expresión más abarcadora de su política exterior. También la burguesía ha tenido, y sigue teniendo, «simpatías» por los polacos; simpatías que no le han impedido dejarlos en la estacada en 1831, en 1846, en 1863, y que ni siquiera le han impedido dejar que los peores enemigos de Polonia, como Lord Palmerston, manejaran los asuntos de modo que, mientras hablaban en favor de Polonia, ayudaran de hecho a Rusia. Pero con las clases trabajadoras es distinto. Ellas quieren intervención, no no intervención; quieren la guerra contra Rusia mientras Rusia se entrometa en Polonia; y lo han demostrado cada vez que los polacos se alzaron contra sus opresores. Y, recientemente, la Asociación Internacional de los Trabajadores ha dado una expresión más plena a este sentimiento instintivo universal del cuerpo que pretende representar, al inscribir en su estandarte: «Resistencia a las intrusiones rusas en Europa — Restauración de Polonia».

Este programa de política exterior de los obreros de Europa occidental y central ha encontrado un consentimiento unánime en la clase a la que se dirigía, con una sola excepción, como antes decíamos. Entre los obreros de Francia hay una pequeña minoría que pertenece a la escuela del difunto P. J. Proudhon. Esta escuela difiere in toto del común de los obreros avanzados y pensantes; los declara ignorantes y necios, y sostiene, en la mayoría de los puntos, opiniones completamente contrarias a las suyas. Lo mismo vale para su política exterior. Los proudhonianos, erigiéndose en jueces de la oprimida Polonia, emiten el veredicto del jurado de Staleybridge: «Se lo tiene bien merecido». Adoran a Rusia como la gran tierra del porvenir, como la nación más progresista sobre la faz de la tierra, al lado de la cual un país tan insignificante como los Estados Unidos no es digno de ser mencionado. Han acusado al Consejo de la Asociación Internacional de erigir el principio bonapartista de las nacionalidades y de declarar que el magnánimo pueblo ruso está fuera del círculo de la Europa civilizada; lo cual sería un pecado grave contra los principios de la democracia universal y la fraternidad de todas las naciones. Estas son sus acusaciones. Dejando aparte la fraseología democrática del remate, coinciden, como se verá enseguida, palabra por palabra y literalmente, con lo que los tories extremos de todos los países tienen que decir acerca de Polonia y de Rusia. Tales acusaciones no merecen refutación; pero, como proceden de una fracción de las clases trabajadoras, por pequeña que sea, quizá resulte conveniente exponer de nuevo el caso de Polonia y de Rusia, y vindicar lo que en adelante podemos llamar la política exterior de los obreros unidos de Europa.

Pero ¿por qué mencionamos siempre a Rusia sola en relación con Polonia? ¿Acaso dos potencias alemanas, Austria y Prusia, no han compartido el saqueo? ¿No mantienen también ellas partes de Polonia sojuzgadas y, en connivencia con Rusia, no trabajan para sofocar todo movimiento nacional polaco?

Es bien sabido cuánto luchó Austria por mantenerse al margen del asunto polaco; cuánto tiempo resistió los planes de Rusia y Prusia para el reparto. Polonia era una aliada natural de Austria frente a Rusia. Una vez que Rusia se hizo temible, nada podía convenir más a Austria que conservar a Polonia viva entre ella y el imperio naciente. Sólo cuando Austria vio que la suerte de Polonia estaba echada, que, con ella o sin ella, las otras dos potencias estaban decididas a aniquilarla, sólo entonces, por propia conservación, se avino a una parte del territorio. Pero ya en 1815 abogaba por la restauración de una Polonia independiente; en 1831 y en 1863 estaba dispuesta a ir a la guerra por ese objetivo y a ceder su propia porción de Polonia, con tal de que Inglaterra y Francia estuviesen preparadas para unírsele. Lo mismo durante la guerra de Crimea. Esto no se dice para justificar la política general del gobierno austríaco. Austria ha demostrado con bastante frecuencia que oprimir a una nación más débil es tarea afín a sus gobernantes. Pero, en el caso de Polonia, el instinto de autoconservación fue más fuerte que el deseo de nuevos territorios o los hábitos de gobierno. Y esto, por el momento, saca a Austria de la causa.

En cuanto a Prusia, su parte de Polonia es demasiado insignificante para pesar mucho en la balanza. Su amiga y aliada, Rusia, se las ha apañado para aligerarle nueve décimas partes de lo que obtuvo durante los tres repartos. Pero lo poco que le queda pesa como una pesadilla sobre ella. La ha encadenado al carro triunfal de Rusia, ha sido el medio de permitir a su gobierno, incluso en 1863 y 1864, practicar impunemente, en la Polonia prusiana, aquellas violaciones de la ley, aquellas infracciones de la libertad individual, del derecho de reunión, de la libertad de prensa, que poco después se aplicarían al resto del país; ha falseado todo el movimiento liberal burgués que, por miedo a arriesgar la pérdida de unas cuantas millas cuadradas de tierra en la frontera oriental, permitió que el gobierno pusiera a un lado toda ley respecto a los polacos. Los obreros, no sólo de Prusia, sino de toda Alemania, tienen un interés mayor que los de ningún otro país en la restauración de Polonia, y en cada movimiento revolucionario han demostrado que lo saben. La restauración de Polonia es para ellos la emancipación de su propia patria del vasallaje ruso. Y esto, nos parece, también saca a Prusia de la causa. Cuando las clases trabajadoras de Rusia (si es que existe tal cosa en ese país, en el sentido que se entiende en Europa occidental) formen un programa político, y ese programa contenga la liberación de Polonia —entonces, y no antes, Rusia como nación quedará también fuera de la causa, y el gobierno del zar seguirá siendo el único bajo acusación.

II.
AL DIRECTOR DE THE COMMONWEALTH.

Señor: — Se dice que reclamar la independencia de Polonia equivale a reconocer el «principio de las nacionalidades», y que el principio de las nacionalidades es un invento bonapartista urdido para apuntalar el despotismo napoleónico en Francia. Ahora bien, ¿qué es ese «principio de las nacionalidades»?

Con los tratados de 1815, las fronteras de los diversos Estados de Europa se trazaron únicamente para ajustarse a la conveniencia diplomática y, en particular, a la conveniencia de la potencia continental entonces más fuerte: Rusia. No se tuvieron en cuenta ni los deseos, ni los intereses, ni las diversidades nacionales de las poblaciones. Así, Polonia fue dividida, Alemania fue dividida, Italia fue dividida, sin hablar de las muchas nacionalidades más pequeñas que habitaban el sureste de Europa y de las que pocos sabían algo por entonces. La consecuencia fue que, para Polonia, Alemania e Italia, el primerísimo paso en todo movimiento político consistió en intentar la restauración de esa unidad nacional sin la cual la vida nacional no era más que una sombra. Y cuando, tras la represión de los intentos revolucionarios en Italia y España, 1821-1823, y de nuevo, después de la revolución de julio de 1830 en Francia, los políticos extremos de la mayor parte de la Europa civilizada entraron en contacto entre sí y trataron de elaborar una especie de programa común, la liberación y unificación de las naciones oprimidas y subdivididas se convirtió en una consigna común a todos ellos. Así ocurrió de nuevo en 1848, cuando el número de naciones oprimidas se incrementó con una más, a saber, Hungría. No podía haber, en efecto, dos opiniones en cuanto al derecho de cada una de las grandes subdivisiones nacionales de Europa a disponer de sí misma, con independencia de sus vecinos, en todos los asuntos internos, siempre que no atropellara la libertad de las demás. Este derecho era, de hecho, una de las condiciones fundamentales de la libertad interior de todos. ¿Cómo podía, por ejemplo, Alemania aspirar a la libertad y a la unidad, si al mismo tiempo ayudaba a Austria a mantener a Italia sojuzgada, ya fuera directamente o por medio de sus vasallos? ¡Pues el desmembramiento total de la monarquía austríaca es precisamente la primera condición de la unificación de Alemania!

Este derecho de las grandes subdivisiones nacionales de Europa a la independencia política, reconocido como lo estaba por la democracia europea, no podía dejar de encontrar el mismo reconocimiento, sobre todo, entre las clases trabajadoras. En realidad, no era otra cosa que reconocer en otros grandes cuerpos nacionales de indudable vitalidad el mismo derecho a la existencia nacional individual que los obreros de cada país reclamaban para sí mismos. Pero este reconocimiento, y la simpatía por esas aspiraciones nacionales, se restringían a las grandes y bien definidas naciones históricas de Europa: estaban Italia, Polonia, Alemania, Hungría. Francia, España, Inglaterra, Escandinavia, no estaban subdivididas ni bajo dominación extranjera y, por tanto, sólo estaban indirectamente interesadas en el asunto; y, en cuanto a Rusia, no podía ser mencionada sino como detentadora de una cantidad inmensa de propiedad robada, que tendría que devolver el día del ajuste de cuentas.

Tras el golpe de Estado de 1851, Luis Napoleón, el Emperador «por la gracia de Dios y la voluntad nacional», tuvo que buscar un nombre democratizado y de resonancia popular para su política exterior. ¿Qué podía ser mejor que inscribir en sus estandartes el «principio de las nacionalidades»? Cada nacionalidad, árbitro de su propia suerte —a cada fracción desprendida de cualquier nacionalidad, permitírsele anexionarse a su gran madre patria— ¿qué podía ser más liberal? Sólo que, obsérvese, ahora ya no se trataba de naciones, sino de nacionalidades.

No hay país en Europa donde no existan distintas nacionalidades bajo un mismo gobierno. Los gaélicos de las Tierras Altas y los galeses son, sin duda, de nacionalidades diferentes a la de los ingleses, aunque nadie concederá a estos restos de pueblos desaparecidos hace tiempo el título de naciones, como tampoco a los habitantes célticos de Bretaña en Francia. Es más, ninguna frontera estatal coincide con la frontera natural de la nacionalidad, la del idioma. Hay multitud de personas fuera de Francia cuya lengua materna es el francés, así como hay multitud de personas de lengua alemana fuera de Alemania; y con toda probabilidad seguirá siendo así siempre. Es una consecuencia natural del confuso y lento desarrollo histórico por el que Europa ha atravesado durante los últimos mil años, que casi toda gran nación haya desprendido de su propio cuerpo algunas porciones periféricas, las cuales se han separado de la vida nacional y en la mayoría de los casos han participado en la vida nacional de algún otro pueblo; tanto es así, que no desean reincorporarse a su tronco principal. Los alemanes en Suiza y Alsacia no desean reunirse con Alemania, como tampoco los franceses en Bélgica y Suiza desean quedar políticamente vinculados a Francia. Y a fin de cuentas, no es poca ventaja que las diversas naciones, tal como están constituidas políticamente, tengan en su seno, en su mayoría, algunos elementos extranjeros que sirven de eslabones de unión con sus vecinos y varían la uniformidad, de otro modo demasiado monótona, del carácter nacional.

He aquí, pues, la diferencia entre el “principio de las nacionalidades” y el viejo principio democrático y obrero sobre el derecho de las grandes naciones europeas a una existencia separada e independiente. El “principio de las nacionalidades” deja enteramente intacta la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los pueblos históricos de Europa; más aún, si la toca, es sólo para perturbarla. El principio de las nacionalidades plantea dos tipos de cuestiones: en primer lugar, cuestiones de frontera entre esos grandes pueblos históricos; y en segundo lugar, cuestiones sobre el derecho a una existencia nacional independiente de esos numerosos y pequeños restos de pueblos que, después de haber figurado durante un período más o menos largo en el escenario de la historia, fueron finalmente absorbidos como partes integrales en una u otra de esas naciones más poderosas, cuya mayor vitalidad les permitió superar obstáculos mayores. La importancia europea, la vitalidad de un pueblo no es nada a los ojos del principio de las nacionalidades; ante él, los rumanos de Valaquia, que jamás tuvieron historia ni la energía necesaria para tenerla, tienen la misma importancia que los italianos, que poseen una historia de 2.000 años y una vitalidad nacional intacta; los galeses y los habitantes de la isla de Man, si lo desearan, tendrían igual derecho a una existencia política independiente, por absurdo que fuera, que los ingleses'. Toda esta cosa es un absurdo urdido con ropaje popular para arrojar polvo a los ojos de la gente superficial y para ser usado como una frase conveniente, o abandonado si la ocasión lo exige.

Por superficial que sea la cosa, se necesitaron cerebros más agudos que el de Luis Napoleón para inventarla. El principio de las nacionalidades, lejos de ser un invento bonapartista para favorecer la resurrección de Polonia, no es sino un invento ruso urdido para destruir Polonia. Rusia ha absorbido la mayor parte de la antigua Polonia con el pretexto del principio de las nacionalidades, como veremos más adelante. La idea tiene más de cien años, y Rusia la usa ahora todos los días. ¿Qué es el paneslavismo sino la aplicación, por Rusia y en interés ruso, del principio de las nacionalidades a los serbios, croatas, rutenos,¹ eslovacos, checos y otros restos de pueblos eslavos desaparecidos en Turquía, Hungría y Alemania? Incluso en este mismo momento, el gobierno ruso tiene agentes viajando entre los lapones en el norte de Noruega y Suecia, tratando de agitar entre estos salvajes nómadas la idea de una “gran nacionalidad fínica”, que ha de restaurarse en el extremo norte de Europa, bajo protección rusa, naturalmente. El “grito de angustia” de los lapones oprimidos se alza muy fuerte en los periódicos rusos —no por esos mismos nómadas oprimidos, sino por los agentes rusos— y en verdad es una opresión espantosa, ¡inducir a estos pobres lapones a aprender el civilizado idioma noruego o sueco, en vez de limitarse a su propio bárbaro idioma, medio esquimal! El principio de las nacionalidades, por cierto, sólo pudo ser inventado en Europa oriental, donde la marea de la invasión asiática, durante mil años, afluyó una y otra vez, dejando en la orilla esos montones de ruinas entremezcladas de naciones que aún hoy el etnólogo apenas puede desenmarañar, y donde el turco, el magiar fínico, el rumano, el judío y alrededor de una docena de tribus eslavas viven entremezclados en una confusión interminable. Ése fue el terreno para hacer funcionar el principio de las nacionalidades, y cómo lo ha hecho funcionar Rusia allí, lo veremos enseguida en el ejemplo de Polonia.

II.

LA DOCTRINA DE LA NACIONALIDAD APLICADA A POLONIA.

Polonia, como casi todos los demás países europeos, está habitada por gente de distintas nacionalidades. La masa de la población, el núcleo de su fuerza, lo forman sin duda los polacos propiamente dichos, que hablan la lengua polaca. Pero desde 1390 Polonia propiamente dicha ha estado unida al Gran Ducado de Lituania, el cual constituyó, hasta el último reparto en 1794, una porción integral de la República Polaca. Este Gran Ducado de Lituania estaba habitado por una gran variedad de razas. Las provincias septentrionales, sobre el Báltico, estaban en posesión de los lituanos propiamente dichos, pueblo que hablaba una lengua distinta de la de sus vecinos eslavos; estos lituanos habían sido, en gran medida, conquistados por inmigrantes alemanes que, a su vez, hallaban difícil mantenerse frente a los Grandes Duques lituanos. Más al sur y al este del actual reino de Polonia, estaban los rusos blancos, que hablaban una lengua intermedia entre el polaco y el ruso, pero más próxima a este último; y, finalmente, las provincias meridionales estaban habitadas por los llamados pequeños rusos, cuyo idioma es considerado hoy por la mayoría de los especialistas como perfectamente distinto del gran ruso (la lengua que comúnmente llamamos ruso). Por consiguiente, si alguien dice que pedir la restauración de Polonia equivale a apelar al principio de las nacionalidades, se limita a demostrar que no sabe de qué está hablando, pues la restauración de Polonia significa la reconstitución de un Estado compuesto por al menos cuatro nacionalidades diferentes.

Cuando el antiguo Estado polaco se estaba formando así mediante la unión con Lituania, ¿dónde estaba entonces Rusia? Bajo el talón del conquistador mongol, a quien polacos y alemanes combinados, 150 años antes, habían hecho retroceder al este del Dniéper. Hubo que librar una larga lucha hasta que los Grandes Duques de Moscú sacudieron finalmente el yugo mongol y se dispusieron a combinar los numerosos principados de la Gran Rusia en un solo Estado. Pero este éxito parece que no hizo sino aumentar su ambición. Apenas cayó Constantinopla en manos del turco, cuando el Gran Duque moscovita puso en su escudo de armas el águila bicéfala de los emperadores bizantinos, proclamando así su pretensión como sucesor y futuro vengador de éstos; y desde entonces, bien se sabe, los rusos han trabajado para conquistar Czaregrad, la ciudad del Zar, como llaman a Constantinopla en su lengua. Luego, las ricas llanuras de la Pequeña Rusia excitaron su codicia anexionista; pero los polacos eran entonces un pueblo fuerte, y siempre valiente, y no sólo sabían luchar por lo propio, sino también tomar represalias; a comienzos del siglo XVII llegaron incluso a ocupar Moscú durante unos años.

La gradual desmoralización de la aristocracia gobernante, la incapacidad para desarrollar una clase media y las constantes guerras que asolaban el país, quebraron al fin la fuerza de Polonia. Un país que persistía en mantener intacto el estado feudal de la sociedad, mientras todos sus vecinos progresaban, formaban una clase media, desarrollaban el comercio y la industria y creaban grandes ciudades —un país así estaba condenado a la ruina. Sin duda, la aristocracia arruinó a Polonia, y la arruinó completamente; y después de arruinarla, se reprocharon unos a otros haberlo hecho, y se vendieron a sí mismos y a su país al extranjero. La historia de Polonia, desde 1700 hasta 1772, no es sino un registro de la usurpación rusa del dominio en Polonia, hecha posible por la corruptibilidad de los nobles. Soldados rusos ocupaban casi constantemente el país, y los reyes de Polonia, si ellos mismos no eran traidores voluntarios, caían cada vez más bajo el pulgar del embajador ruso. Tan bien había surtido efecto este juego, y durante tanto tiempo se había practicado, que cuando Polonia fue por fin aniquilada, no hubo en Europa ninguna protesta y, en realidad, la gente se asombraba sólo de que Rusia tuviera la generosidad de ceder un trozo tan grande del territorio a Austria y a Prusia.

La manera en que se llevó a cabo este reparto es sumamente interesante. En aquel tiempo ya existía una ilustrada “opinión pública” en Europa. Aunque el periódico Times aún no había comenzado a fabricar ese artículo, existía esa clase de opinión pública que había sido creada por la inmensa influencia de Diderot, Voltaire, Rousseau y los demás escritores franceses del siglo XVIII. Rusia siempre supo que es importante tener a la opinión pública de su lado, si es posible; y Rusia se cuidó también de tenerla. La corte de Catalina II se convirtió en el cuartel general de los hombres ilustrados del día, especialmente franceses; la emperatriz y su corte profesaban el principio más ilustrado, y tan bien logró engañarlos que Voltaire y muchos otros cantaron las alabanzas de la “Semíramis del Norte” y proclamaron a Rusia el país más progresista del mundo, la cuna de los principios liberales, el campeón de la tolerancia religiosa.

Tolerancia religiosa: ésa era la palabra que se necesitaba para abatir a Polonia. Polonia siempre había sido extremadamente liberal en materia religiosa; de ello da fe el asilo que los judíos encontraron allí cuando eran perseguidos en todas las demás partes de Europa. La mayor parte de la gente en las provincias orientales pertenecía a la fe griega, mientras que los polacos propiamente dichos eran católicos romanos. Una porción considerable de estos católicos griegos había sido inducida, durante el siglo XVI, a reconocer la supremacía del Papa, y se les llamó griegos unidos; pero un gran número siguió siendo fiel a su antigua religión griega en todos los aspectos. Eran principalmente los siervos, siendo sus amos nobles casi todos católicos romanos, y por nacionalidad eran pequeños rusos. Ahora bien, este gobierno ruso, que no toleraba en su país ninguna otra religión salvo la griega y castigaba la apostasía como un crimen; que conquistaba naciones extranjeras y anexionaba provincias extranjeras a diestro y siniestro; y que en aquel tiempo se ocupaba de remachar aún más firmemente las cadenas del siervo ruso —este mismo gobierno ruso intervino de inmediato contra Polonia en nombre de la tolerancia religiosa, porque se decía que Polonia oprimía a los católicos griegos; en nombre del principio de las nacionalidades, porque los habitantes de estas provincias orientales eran pequeños rusos y debían, por tanto, ser anexionados a la Gran Rusia; y en nombre del derecho de revolución, armando a los

¹ Rutenos, así llamados para distinguirlos de los rusos moscovitas.

siervos contra sus señores. Rusia no tiene escrúpulo alguno en la elección de sus medios. Se habla de una guerra de clase contra clase como de algo sumamente revolucionario; pues bien, hace casi 100 años, Rusia organizó una guerra de ese tipo en Polonia, y menuda guerra de clase fue aquella, cuando soldados rusos y siervos pequeño-rusos se pusieron juntos a quemar los castillos de los señores polacos, con el único fin de preparar la anexión rusa, y una vez consumada ésta, los mismos soldados rusos volvieron a someter a los siervos al yugo de sus señores.

Todo esto se hizo en nombre de la tolerancia religiosa, porque el principio de las nacionalidades no estaba de moda entonces en Europa Occidental. Pero se le presentó ante los ojos a los campesinos pequeño-rusos de la época, y ha desempeñado un papel importante desde entonces en los asuntos polacos. La primera y principal ambición de Rusia es la unión de todas las tribus rusas bajo el zar, que se autodenomina Autócrata de todas las Rusias (Samodergetz vseckh Rossyiskikh), incluyendo entre ellas a Rusia Blanca y a la Pequeña Rusia. Y para demostrar que su ambición no iba más lejos, tuvo buen cuidado, durante las tres particiones, de no anexionar más que provincias de Rusia Blanca y de Pequeña Rusia, dejando el país habitado por polacos, e incluso una parte de la Pequeña Rusia (Galitzia oriental), a sus cómplices. Pero ¿cómo están las cosas ahora? La mayor parte de las provincias anexionadas en 1793 y 1794 por Austria y Prusia se hallan hoy bajo dominio ruso, con el nombre de Reino de Polonia, y de cuando en cuando se alientan esperanzas entre los polacos de que si se someten a la supremacía rusa y renuncian a todas las pretensiones sobre las antiguas provincias lituanas, pueden esperar la reunión de todas las demás provincias polacas y la restauración de Polonia, con el Emperador de Rusia como Rey. Y si en la presente coyuntura Prusia y Austria llegaran a las manos, es más que probable que la guerra no tenga por objeto, en última instancia, la anexión de Schleswig-Holstein a Prusia o de Venecia a Italia, sino la anexión de la Polonia austriaca, y al menos de una parte de la Polonia prusiana, a Rusia.

Hasta aquí el principio de las nacionalidades en los asuntos polacos.

Firmado: Frederic Engels

KARL MARX

UNA ADVERTENCIA

Hace algún tiempo, los oficiales sastres de Londres formaron una asociación general para sostener sus reivindicaciones frente a los maestros sastres de Londres, que en su mayoría son grandes capitalistas. Se trataba no sólo de poner los salarios a tono con el encarecimiento de los medios de subsistencia, sino también de acabar con el trato extremadamente duro a los obreros en este ramo industrial. Los maestros trataron de frustrar este plan reclutando oficiales sastres, principalmente en Bélgica, Francia y Suiza. Ante esto, los secretarios del Consejo Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores publicaron en periódicos belgas, franceses y suizos una advertencia que fue un éxito completo. La maniobra de los maestros londinenses quedó desbaratada; tuvieron que ceder y satisfacer las justas exigencias de sus obreros.

Derrotados en Inglaterra, los maestros intentan ahora tomar contramedidas, empezando por Escocia. El hecho es que, a consecuencia de los sucesos de Londres, tuvieron que aceptar inicialmente un aumento salarial del 15 por ciento también en Edimburgo. Pero, en secreto, enviaron agentes a Alemania para reclutar oficiales sastres, sobre todo en las regiones de Hannóver y Mecklemburgo, con destino a Edimburgo. Ya ha sido embarcado un primer grupo. El propósito de esta importación es el mismo que el de la importación de culis indios a Jamaica, a saber, la perpetuación de la esclavitud. Si los maestros de Edimburgo lograran, mediante la importación de mano de obra alemana, anular las concesiones ya hechas, ello acarrearía inevitablemente repercusiones en Inglaterra. Nadie sufriría más que los propios obreros alemanes, que constituyen en Gran Bretaña un número mayor que los obreros de todas las demás naciones continentales. Y los obreros recién importados, completamente desamparados en una tierra extraña, no tardarían en caer al nivel de parias.

Es más, constituye un punto de honor para los obreros alemanes demostrar a otros países que ellos, al igual que sus hermanos de Francia, Bélgica y Suiza, saben defender los intereses comunes de su clase y no se convertirán en dóciles mercenarios del capital en su lucha contra el trabajo.

En nombre del Consejo Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores,

Karl Marx
Londres, 4 de mayo de 1866

Se ruega a los oficiales sastres alemanes que deseen más información sobre las condiciones en Gran Bretaña que dirijan sus cartas al comité de la sección alemana de la Asociación de Sastres de Londres, '/, Albert F. Haufe, Crown Public House, Hedden Court, Regent Street, Londres.