100 táleros es imposible. Sin embargo, este proceso ocurre a diario, y los economistas aún nos deben una explicación al respecto. Marx la proporciona del siguiente modo: el enigma sólo puede resolverse si encontramos en el mercado una mercancía de un tipo muy peculiar, una mercancía cuyo valor de uso consista en crear valor de cambio. Esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo. El capitalista compra fuerza de trabajo en el mercado y la hace trabajar para él, para vender de nuevo su producto. Debemos, pues, examinar en primer lugar la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? Según una ley bien conocida, es el valor de los medios de subsistencia necesarios para mantener y reproducir al obrero en la forma históricamente establecida en el país y la época de que se trate. Suponemos que la fuerza de trabajo del obrero se paga por su valor íntegro. Suponemos, además, que este valor está representado por seis horas de trabajo al día, o media jornada laboral. Pero el capitalista sostiene que ha comprado la fuerza de trabajo para toda la jornada y hace trabajar al obrero 12 horas o más.[1] De ahí que, con 12 horas de trabajo, haya adquirido el producto de seis horas de tiempo de trabajo sin remuneración. Marx concluye: toda plusvalía, cualquiera que sea la forma en que se distribuya, como ganancia capitalista, renta, impuesto, etc., es trabajo no pagado.

La lucha por la duración de la jornada laboral surge del interés del fabricante por obtener diariamente la mayor cantidad posible de trabajo no pagado, y del interés opuesto del obrero. Marx describe el curso de esta lucha en una ilustración que bien vale la pena leer, que ocupa alrededor de cien páginas, tomada de la gran industria inglesa; a pesar de la protesta del fabricante, paladín del librecambio, esta lucha terminó la primavera pasada con la sujeción, no sólo de toda la industria fabril, sino de toda la pequeña industria e incluso de la industria domiciliaria, a las restricciones de la ley fabril que limita el trabajo diario de las mujeres y de los menores de 18 años —y con ello indirectamente también el de los hombres— en las industrias más importantes a un máximo de 10½ horas.[2] Explica asimismo por qué la industria inglesa no ha sufrido, sino que, por el contrario, ha ganado con ello: porque el trabajo de cada obrero individual se hizo más intenso al acortarse su duración.

La plusvalía puede, sin embargo, aumentarse también por otro método distinto del de prolongar el tiempo de trabajo más allá del necesario para producir los medios de subsistencia necesarios o su valor. Según nuestro supuesto anterior, una jornada laboral dada de, digamos, 12 horas, contiene seis horas de trabajo necesario y seis horas de trabajo destinado a producir plusvalía. Si por algún medio logramos reducir el tiempo de trabajo necesario a cinco horas, quedan siete horas durante las cuales se produce plusvalía. Esto puede conseguirse acortando el tiempo de trabajo necesario para producir los medios de subsistencia necesarios, en otras palabras, reduciendo su coste, y esto, a su vez, sólo mediante mejoras en la producción. Sobre este punto, Marx ofrece de nuevo una ilustración detallada, examinando y describiendo las tres palancas principales mediante las cuales se producen estas mejoras: 1. la cooperación, o la multiplicación de las fuerzas que resulta del trabajo simultáneo y planificado de muchos individuos; 2. la división del trabajo tal como se desarrolló en el período de la manufactura propiamente dicha, es decir, hasta alrededor de 1770; y, por último, 3. la maquinaria, con cuya ayuda se ha desarrollado desde entonces la gran industria. Estas descripciones son también de gran interés y revelan un asombroso conocimiento experto, hasta en los detalles técnicos…

No podemos profundizar más en los detalles de los estudios sobre la plusvalía y los salarios; para evitar malentendidos, nos limitamos a señalar que los salarios son inferiores al producto total del trabajo, como Marx demostró con numerosas citas, hecho que tampoco es desconocido para la economía ortodoxa. Hemos de esperar que este libro brinde la oportunidad a los señores de la tradición ortodoxa de darnos más esclarecimientos sobre este punto realmente extraño. Es muy loable que todos los ejemplos fácticos aducidos por Marx estén tomados de las mejores fuentes, en su mayoría informes parlamentarios oficiales. Aprovechamos esta ocasión para apoyar la petición que el autor formula indirectamente en el prefacio: que también en Alemania se investiguen a fondo las condiciones de trabajo en las diversas industrias por comisionados del gobierno —que, sin embargo, no deben ser burócratas parciales— y que sus informes se presenten a la Dieta Imperial y al público.

El primer volumen concluye con una disertación sobre la acumulación del capital. Mucho se ha escrito ya sobre este punto, pero hemos de confesar que también aquí hay mucho de nuevo, mientras que lo viejo se presenta desde ángulos nuevos. Lo más original es el intento de demostrar que la acumulación de una población obrera sobrante va de la mano con la concentración y la acumulación del capital, y que, a la postre, ambas hacen, por un lado, necesaria, y por otro, posible, una revolución social.

Sea cual fuere la opinión del lector sobre las concepciones socialistas del autor, creemos haber mostrado más arriba que tiene ante sí una obra que se sitúa muy por encima de la literatura socialdemócrata corriente de nuestros días. Añadimos que, excepto por el estilo dialéctico algo riguroso de las primeras 40 páginas, y pese a su estrictez científica, la obra es muy fácil de seguir y se vuelve sumamente interesante por la manera sarcástica de escribir del autor, que no perdona a nadie.

[1] K. Marx, Contribución a la crítica de la economía política. — Ed.

[2] La página siguiente, donde evidentemente se analizaban la plusvalía y los salarios, falta. — Ed.

Reseña de El Capital para la Rheinische Zeitung 913