1. LA FÓRMULA GENERAL DEL CAPITAL

La circulación de mercancías es el punto de partida del capital. Por tanto, la producción de mercancías, la circulación de mercancías y la forma desarrollada de esta última, el comercio, son siempre la base histórica a partir de la cual surge el capital. La historia moderna del capital data de la creación del comercio mundial y del mercado mundial en el siglo XVI. (p. 106.)

a Este capítulo corresponde a la Parte II de la edición inglesa de 1887 (Capítulo IV.—La fórmula general del capital, Capítulo V.—Contradicciones en la fórmula general del capital, Capítulo VI.—Compra y venta de la fuerza de trabajo).— Ed.

Si consideramos únicamente las formas económicas producidas por la circulación de mercancías, encontramos que su producto final es el dinero, y este último es la primera forma en que aparece el capital. Históricamente, el capital se enfrenta invariablemente a la propiedad territorial, en un primer momento, como riqueza dineraria, capital comercial o capital usurario, y aún hoy todo nuevo capital aparece por primera vez en escena en la forma de dinero que, mediante determinados procesos, ha de transformarse en capital.

El dinero como dinero y el dinero como capital se diferencian, en un principio, solo por su forma de circulación. Junto a M—D—M, la forma D—M—D, comprar para vender, también se presenta. El dinero que describe esta forma de circulación en su movimiento se convierte en capital, es ya capital en sí (es decir, por su destino).

El resultado de D—M—D es D—D, el intercambio indirecto de dinero por dinero. Compro algodón por £100 y lo vendo por £110; en definitiva, he cambiado £100 por £110, dinero por dinero.

Si este proceso arrojara como resultado el mismo valor dinerario que se invirtió originalmente en él, £100 de £100, sería absurdo. Sin embargo, ya sea que el comerciante realice £100, £110 o solo £50 por sus £100, su dinero ha descrito un movimiento específico completamente diferente del de la circulación de mercancías, M—D—M. Del examen de las diferencias de forma entre este movimiento y M—D—M se encontrará también la diferencia de contenido.

Las dos fases del proceso, tomadas por separado, son las mismas que en M—D—M. Pero hay una gran diferencia en el proceso en su conjunto. En M—D—M el dinero constituye el intermediario, la mercancía el punto de partida y el de llegada; en este caso, la mercancía es el intermediario, y el dinero el punto de partida y el de llegada. En M—D—M el dinero se gasta de una vez para siempre; en D—M—D solo se adelanta, ha de recuperarse. Refluye a su punto de partida. Aquí aparece ya, por tanto, una diferencia palpable entre la circulación del dinero como dinero y el dinero como capital.

En M—D—M el dinero solo puede retornar a su punto de partida mediante la repetición de todo el proceso, mediante la venta de nuevas mercancías. De ahí que el reflujo sea independiente del proceso mismo. En D—M—D, por el contrario, está condicionado desde el principio por la estructura misma del proceso, que es incompleto si el reflujo no se produce. (p. 110.)

El objeto último de M—D—M es el valor de uso; el de D—M—D, el valor de cambio mismo.

En M—D—M ambos extremos poseen la misma determinidad de forma económica. Ambos son mercancías y de igual valor. Pero al mismo tiempo son valores de uso cualitativamente diferentes, y el proceso tiene como contenido el metabolismo social. En D—M—D la operación, a primera vista, parece tautológica, carente de sentido. Cambiar £100 por £100, y de manera indirecta además, parece absurdo. Una suma de dinero solo se distingue de otra por su magnitud; D—M—D adquiere su sentido, por tanto, únicamente mediante la diferencia cuantitativa de los extremos. Se retira de la circulación más dinero del que se arrojó a ella. El algodón comprado por £100 se vende, por ejemplo, por £100 + £10; por tanto, el proceso sigue la fórmula D—M—D', donde D' = D + ΔD. Este ΔD, este incremento, es la plusvalía. El valor adelantado originalmente no solo se conserva intacto en la circulación, sino que añade a sí mismo una plusvalía, se expande —y este movimiento convierte el dinero en capital.

En M—D—M también puede haber una diferencia en el valor de los extremos, pero es puramente accidental en esta forma de circulación, y M—D—M no se vuelve absurda cuando los extremos son equivalentes —por el contrario, esta es más bien la condición necesaria para el proceso normal.

Sinopsis del tomo I de El capital — 27

La repetición de M—D—M está regulada por un objeto último exterior a ella: el consumo, la satisfacción de necesidades determinadas. En D—M—D, por el contrario, el comienzo y el fin son lo mismo, dinero, y esto ya hace que el movimiento sea interminable. Cierto, D + ΔD se diferencia cuantitativamente de D, pero también él es solo una suma limitada de dinero; si se gastara, ya no sería capital; si se retirara de la circulación, permanecería inmóvil como atesoramiento. Una vez que se da la necesidad de expansión del valor, esta existe tanto para D' como para D, y el movimiento del capital es ilimitado, porque su meta es tan inalcanzable al final del proceso como al comienzo. (Págs. 111-113.) En cuanto representante de este proceso, el poseedor de dinero se convierte en capitalista.

Si en la circulación de mercancías el valor de cambio alcanza a lo sumo una forma independiente del valor de uso de la mercancía, aquí se manifiesta de repente como una sustancia en proceso, dotada de movimiento propio, para la cual la mercancía y el dinero son meras formas. Más aún: como valor originario se diferencia de sí mismo como plusvalía. Se convierte en dinero en proceso y, como tal, en capital. (p. 116.)

D—M—D' aparece ciertamente como una forma peculiar del capital comercial únicamente. Pero también el capital industrial es dinero que se convierte en mercancías y que, mediante la venta de estas, se reconvierte en más dinero. Los actos que acontecen entre la compra y la venta, fuera de la esfera de la circulación, no cambian en nada esta forma. Por último, en el capital a interés el proceso aparece directamente como D—D, valor que es, por así decirlo, mayor que sí mismo. (p. 117.)